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"El Doctor Centeno", obra de Benito Pérez Galdós, es una novela escrita en 1883 que exhibe el maestría del autor en retratar la sociedad española de su tiempo. La trama se centra en la vida de un médico rural, el doctor Centeno, cuyas experiencias revelan las tensiones entre el idealismo profesional y las duras realidades sociales. A través de un estilo narrativo que combina la prosa minuciosa con diálogos espontáneos, Galdós logra capturar la psicología de sus personajes, así como las circunstancias históricas que influyen en su comportamiento. La obra, parte del movimiento naturalista, también refleja la preocupación del autor por los problemas sociales y políticos de España, insertándolos en un contexto crítico que pone de manifiesto su compromiso con la transformación social. Benito Pérez Galdós, uno de los grandes exponentes del realismo literario español, fue un prolífico novelista que reflejó en sus obras las inquietudes y aspiraciones de su época. Nacido en Las Palmas en 1843, Galdós tuvo un recorrido académico y cultural que lo llevó a París, donde se empapó de ideas renovadoras. Su interés por la medicina y la capacidad de empatizar con diferentes estratos sociales lo llevaron a crear personajes complejos y multidimensionales, como el doctor Centeno, cuya historia es un reflejo de la lucha entre el idealismo y la realidad. Recomiendo "El Doctor Centeno" a los lectores interesados en una exploración crítica y profunda de la sociedad española del siglo XIX. Galdós, a través de su prosa rica y detallada, no solo narra una historia cautivadora sobre un médico ideológico, sino que también invita a la reflexión sobre el papel del individuo en el cambio social. Esta obra es esencial para aquellos que deseen comprender mejor el contexto de una España en transformación y el papel que la literatura juega en la representación de esas cambiantes realidades. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Un muchacho sin más patrimonio que su hambre y su terquedad se interna en Madrid para negociar con el mundo su propio nombre. Así late el corazón de El doctor Centeno, una novela donde la necesidad empuja y la inteligencia abre resquicios. Galdós convierte el afán de aprender en una aventura moral: el conocimiento no es diploma, sino herramienta de supervivencia y espejo de carácter. En estas páginas, la ciudad tienta, disciplina y modela. El lector se asoma a un umbral: el de una adolescencia que busca oficio, cobijo y sentido en un laberinto urbano que al mismo tiempo acoge y desorienta.
Considerada un clásico, la obra perdura por la precisión con que retrata vidas modestas sin reducirlas a estampas. El realismo galdosiano, atento a gestos, tonos y objetos, compone una sinfonía de lo cotidiano que no envejece. La ironía, nunca cruel, ilumina contradicciones sociales y personales; la compasión, lejos del sentimentalismo, sostiene la mirada crítica. Esa combinación de observación minuciosa y humanidad convierte a El doctor Centeno en un hito del ciclo madrileño del autor. Su capacidad para interrogar ambiciones, fracasos y pequeñas victorias la mantiene viva para lectores de épocas diversas, que reconocen en ella una educación sentimental tan singular como arquetípica.
Su autor, Benito Pérez Galdós (1843–1920), figura capital de la narrativa en lengua española, escribió El doctor Centeno en la década de 1880, dentro de sus llamadas novelas contemporáneas. En ese periodo, España vivía la Restauración borbónica, con su promesa de estabilidad y sus desigualdades persistentes, y Madrid crecía como escenario de aspiraciones y desencantos. La novela responde a ese clima: observa el pulso de la calle, los mecanismos de la educación y el peso de la economía doméstica. Leída en conjunto con otras obras de aquellos años, revela a un Galdós en plena madurez, refinando herramientas que articularon su gran proyecto realista.
El planteamiento es tan claro como fértil: seguir a un joven de origen humilde, Felipe Centeno, que llega a la capital decidido a abrirse camino y a instruirse. Su ruta lo conduce por pensiones, aulas y consultas, por oficios menudos y favores inciertos, siempre entre el hambre de saber y la urgencia material. Galdós dispone a su alrededor una red de figuras mayores que lo acogen, lo exploran o lo utilizan, según los vaivenes de la necesidad y la oportunidad. Sin revelar sus derivas, basta decir que la relación entre aprendizaje y supervivencia ordena el relato y le da su inconfundible respiración.
En esta historia se cruzan temas perdurables: la movilidad social como promesa y espejismo; la educación entendida como disciplina, escalera y moral; la caridad y el mérito, en tensión permanente; la construcción de una identidad bajo presión económica. Galdós examina las fronteras entre obediencia y dignidad, entre astucia y honradez, entre vocación y conveniencia. Como en cierta picaresca modernizada, la ciudad enseña a leer signos, a hablar con prudencia, a negociar afectos y trabajos. Pero aquí no hay moralejas prefabricadas: lo que triunfa es la experiencia, ambigua y concreta, hecha de pequeños actos que, sumados, modelan a la persona.
Parte del encanto y la potencia de El doctor Centeno reside en su técnica narrativa. El narrador, dúctil y cercano, transita del retrato social al examen psicológico, modulando la distancia con un humor que aligera sin distraer. El estilo indirecto libre permite oír los pensamientos de los personajes sin romper la verosimilitud, y el diálogo reproduce cadencias orales de la calle madrileña. Los objetos —muebles gastados, gabinetes, libros de segunda mano— hablan tanto como las palabras. Todo contribuye a una atmósfera de verdad, donde lo material y lo moral se entrelazan para mostrar cómo las circunstancias cincelan el carácter.
Madrid no es mero telón de fondo, sino organismo vivo que marca ritmos y destinos. Sus barrios, mercados, aulas y hospitales configuran un mapa de oportunidades desiguales, donde cada puerta puede ser un ascenso o una trampa. Galdós, maestro del costumbrismo crítico, registra oficios, jerarquías, hábitos y hablas con una precisión que hoy resulta también histórica. Pero el paisaje urbano no se convierte en catálogo: es fuerza dramática. La intemperie del invierno, el bullicio de las tiendas, la burocracia de las instituciones y el rumor de los corrillos condicionan la conducta y la imaginación, imprimiendo al relato un pulso público inconfundible.
El doctor Centeno ocupa un lugar significativo dentro del entramado novelístico de Galdós, que con paciencia de artesano fue entrelazando personajes, espacios y temas para levantar una gran cartografía moral de su tiempo. La novela dialoga con otras piezas madrileñas del autor, comparte su interés por la vida doméstica y los mecanismos sociales, y consolida un método de exploración: seguir existencias ordinarias para revelar estructuras colectivas. En ese sentido, es puerta de entrada idónea al universo galdosiano, pues combina la aventura íntima de una formación con la amplitud coral de una ciudad observada a diferentes alturas y distancias.
Leer hoy esta obra confirma que su clasicismo no proviene solo de la importancia histórica, sino de la calidad estética. La dosificación del ritmo, la densidad de escenas memorables y la finura en el dibujo de caracteres producen una impresión de vida plena. Galdós evita la caricatura y permite que incluso figuras secundarias respiren y contradigan expectativas. La novela se sostiene en una ética de la atención: mirar sin prejuzgar, escuchar antes de sentenciar, comprender antes de corregir. Ese programa humanista, aplicado con rigor narrativo, confiere a El doctor Centeno una luz propia dentro del panorama del realismo europeo.
Su influencia ha sido duradera. La manera de hacer ciudad —esa red de voces, oficios y azares— se reconoce en buena parte de la narrativa urbana española posterior. La combinación de sátira, ternura y diagnóstico social ha servido de referente para escritores que quisieron pensar la modernización, la precariedad o la educación sentimental desde abajo. También el retrato del aprendizaje como conflicto ético, y no solo como ascenso profesional, ha dejado huella en relatos de formación del siglo XX y del XXI. Así, más que modelo cerrado, El doctor Centeno funciona como caja de herramientas a la que otros regresan.
Esta introducción invita a una lectura atenta a los matices. Importa el hilo principal —la forja de un joven—, pero también importan los bordes: las escenas de tránsito, los gestos de hospitalidad o cálculo, los silencios de los pasillos, la economía de las casas. Fíjese el lector en cómo cambian las palabras según el ámbito, en cómo el cuerpo acusa el cansancio o el hambre, en cómo el entusiasmo intelectual pugna con lo inmediato. Sin anticipar desenlaces, puede afirmarse que cada capítulo añade una capa de experiencia, y que el conjunto compone una educación moral sin manual.
En tiempos de movilidad forzada, empleos frágiles y carreras que exigen credenciales y flexibilidad, los dilemas de El doctor Centeno conservan plena vigencia. La novela recuerda que aprender es también decidir a quién se debe, qué se acepta y qué se rechaza cuando el porvenir está en juego. Su actualidad no reside en la coincidencia de circunstancias, sino en la lucidez con que observa la relación entre deseo, necesidad y sociedad. Por eso vuelve y volverá a ser leída: porque ofrece una historia concreta y, a la vez, un espejo durable de las pruebas que toda iniciación impone.
El doctor Centeno, novela de Benito Pérez Galdós publicada en 1883 dentro de sus novelas contemporáneas, sigue a Felipe Centeno, un muchacho de origen humilde que llega a Madrid animado por la esperanza de progresar. El apodo de “doctor” acompaña desde el inicio sus aspiraciones ligadas al estudio y al trabajo sanitario, pero también evidencia la distancia entre el deseo y la realidad. El relato se abre con el tránsito del campo a la capital y sitúa al protagonista en un entorno urbano abigarrado, donde la supervivencia inmediata marca el ritmo de cada día y las promesas de mejora dependen de favores, oportunidades escasas y perseverancia.
En Madrid, Felipe se acomoda como puede en casas de huéspedes y empleos menudos, en contacto con consultas, boticas y oficinas que le permiten atisbar el mundo académico. El aprendizaje no es sólo técnico: la ciudad funciona como una escuela de ingenio, paciencia y prudencia. La novela presenta una topografía de la capital de la Restauración, con sus barrios contrastados, su burocracia inerte y sus pequeños héroes cotidianos. Galdós perfila a su protagonista sin idealizarlo, atento a la necesidad de comer, vestir y pagar deudas, y a la vez a la ilusión de convertirse en alguien con nombre y oficio reconocidos.
La amistad con Alejandro Miquis, joven brillante y atropellado, introduce a Felipe en tertulias, cafés y salones donde se mezclan ambición, arte y vanidad. Miquis encarna el encanto del talento que no siempre encuentra cauce, y su trato empuja a Centeno a mirar más alto sin dejar de sentir vértigo. Entre ambos se teje una lealtad hecha de confidencias, favores y discusiones, que Galdós utiliza para contrastar temperamentos: la prudencia trabajosa de Felipe frente al impulso desbordado de Alejandro. Esa relación, cambiante y fértil, dinamiza el relato y abre puertas a un Madrid menos doméstico y más tentador.
El recorrido académico y profesional de Felipe se compone de clases, recados, horas de estudio a deshora y una cadena de pequeñas humillaciones. Galdós observa con ironía los ritos de la enseñanza, la rigidez de ciertos profesores y la distancia entre teoría y práctica. El muchacho aprende a moverse entre ventanillas y jerarquías, a captar los códigos del decoro y las trampas del favor. La figura del “doctor” se vuelve aspiración concreta y máscara social, un título que otros pronuncian con sorna o respeto según convenga, mientras el protagonista mide su avance por exámenes, encargos y la reputación que va ganando o perdiendo.
En paralelo, la vida de la casa de huéspedes ofrece un microcosmos donde se reflejan clases y valores. Allí circulan historias de penuria y remiendos, pero también solidaridades discretas y afectos que no siempre se confiesan. Felipe, todavía inexperto, se descubre sensible a la cercanía femenina, a la admiración y a los celos, sin que la novela convierta lo sentimental en eje melodramático. Estas tramas íntimas sostienen la humanidad de los personajes y tensan la balanza entre deber y deseo. Madrid aparece como un escenario que premia la apariencia y pone a prueba, día a día, la consistencia del carácter.
Las dificultades económicas, las enfermedades que acechan a los pobres y la seducción de soluciones rápidas empujan a los personajes a decisiones límite. Galdós explora con finura la moral de la necesidad: cuándo una mentira parece excusable, qué significa deber lealtad a un amigo o a un patrón, cómo se administra la vergüenza. Felipe aprende a distinguir el oportunismo de la verdadera ayuda, y a medir el costo de la ambición. La sátira de oficios y títulos vacíos convive con una empatía constante hacia quienes, como él, se sostienen a fuerza de voluntad y una suerte siempre caprichosa.
A medida que avanza la narración, los caminos de Centeno y Miquis se bifurcan y se cruzan, marcados por exámenes decisivos, encargos comprometidos y promesas que se posponen. Un golpe de fortuna puede abrir una puerta y un contratiempo cerrarla al instante. La música de los cafés, las discusiones políticas tenues y el murmullo de pasillos institucionales componen un fresco social donde lo público y lo privado se contaminan. El protagonista ensaya formas de independencia mientras calcula los riesgos de cada paso, atrapado entre la urgencia del presente y la apuesta por un futuro incierto.
El tramo final intensifica las tensiones domésticas y profesionales: una indiscreción, un rumor o un malentendido bastan para trastocar equilibrios frágiles. La identidad de “doctor Centeno” se vuelve, al mismo tiempo, aspiración y carga, pues obliga a estar a la altura de un nombre que todavía no se posee del todo. Las amistades se ponen a prueba y la ciudad, indiferente, sigue su curso. Sin resolver en términos tajantes los dilemas mayores, Galdós acerca al lector a decisiones significativas, cuyas consecuencias importan más por lo que revelan del carácter que por el brillo de un desenlace.
El doctor Centeno se sostiene como una novela sobre la educación sentimental y social de un joven en la España de la Restauración. Más que celebrar el ascenso individual, explora qué se gana y qué se pierde al intentar abrirse camino entre trampas de clase, mascaradas de prestigio y lealtades frágiles. Su vigencia radica en la mirada crítica, compasiva y lúcida sobre la precariedad, la formación y la responsabilidad. Galdós convierte la peripecia de Felipe Centeno en un espejo de la ciudad moderna y en una pregunta que perdura: qué significa, de verdad, “llegar a ser alguien” sin dejar de ser uno mismo.
El doctor Centeno, publicada en 1883, se sitúa en el Madrid de la segunda mitad del siglo XIX, una capital en expansión sometida a los vaivenes de la política nacional. La narración se encuadra bajo instituciones dominantes como la monarquía, la Iglesia, la burocracia estatal y los organismos de beneficencia. Ese entramado sostiene, pero también constriñe, la vida urbana: regula la educación, asigna empleos, reparte auxilios y establece jerarquías sociales. Galdós explora cómo los individuos de extracción humilde, aspirantes a ascender por la vía del estudio o el trabajo, se enfrentan a una ciudad que ofrece oportunidades a la vez que mantiene barreras simbólicas y materiales profundamente arraigadas.
El trasfondo político abarca el final del reinado de Isabel II, la Revolución de 1868, el Sexenio Democrático (1868-1874) y la Restauración borbónica desde 1874. La nueva etapa, consolidada con la Constitución de 1876, prometía orden tras décadas de inestabilidad. Sin embargo, el turnismo entre conservadores y liberales y el caciquismo local limitaron la participación efectiva. La novela refleja una sociedad que busca seguridad tras los sobresaltos revolucionarios, pero donde las prácticas clientelares y el inmovilismo frustran el mérito individual. Galdós capta ese clima ambiguo: aspiraciones modernizadoras conviven con inercias que dificultan la movilidad social de quienes carecen de protección.
Madrid experimentó un crecimiento urbanístico decisivo. El Plan Castro (1860) impulsó los ensanches y consolidó barrios burgueses como Salamanca, mientras el casco tradicional mantuvo corralas y viviendas hacinadas. La coexistencia de avenidas nuevas, alumbrado de gas y tranvías de tracción animal (en servicio desde comienzos de la década de 1870) con callejones insalubres subraya la desigualdad espacial. El Canal de Isabel II, operativo desde 1858, mejoró el abastecimiento de agua, aunque su impacto fue desigual. El doctor Centeno se hace eco de esa topografía social: la distancia entre el lujo emergente y la penuria cotidiana organiza itinerarios, encuentros y desencuentros entre clases.
Un eje relevante es la red de beneficencia y la modernización de la medicina. En Madrid, el Hospital General y de la Pasión alojaba servicios ligados a la Facultad de Medicina de San Carlos, donde se renovaban prácticas clínicas y anatómicas bajo fuerte influencia francesa. La coexistencia de médicos titulados, practicantes, boticarios y estudiantes ilustra un campo profesional en transición. Las instituciones caritativas amparaban a huérfanos y pobres, pero también disciplinaban su conducta. La novela se nutre de este escenario: el estudio, el aprendizaje y el contacto con hospitales y boticas aparecen como vía de ascenso, aunque atravesada por precariedad y dependencia.
La Ley Moyano (1857) estableció el marco de la enseñanza primaria y secundaria, ampliando la red escolar pero con fuertes carencias de financiación y cobertura. La Iglesia mantuvo un papel central en la instrucción, mientras el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (fundada en 1876) defendieron una pedagogía laica y científica. El acceso de las capas populares a la educación fue irregular: alfabetización en aumento pero desigual territorial y socialmente. En ese contexto, la novela muestra itinerarios de formación que combinan escuela, tutorías informales, becas de favor y aprendizajes, reflejando cómo el talento del joven pobre requiere padrinazgo y una tenacidad que no siempre garantiza el sistema.
La economía española atravesó una modernización incompleta. El ferrocarril creció con fuerza desde mediados de siglo, financiado en buena medida por capital extranjero, pero la industria se concentró en unos pocos polos (textil catalán, siderurgia y minería norteñas). Las crisis de 1866 y 1868, vinculadas a la especulación ferroviaria y a tensiones fiscales, golpearon a comerciantes, artesanos y empleados. En la Restauración mejoraron ciertos indicadores, pero persistieron salarios bajos, inestabilidad laboral y estrechez crediticia para los pequeños. Ese cuadro sostiene la trama social de la novela: tenderos, oficinistas y aprendices se debaten entre el ahorro minucioso y la incertidumbre del mercado urbano.
La vida cotidiana dependía de un frágil ecosistema de crédito miúdo: el Monte de Piedad, las casas de empeño, los préstamos de vecindad y la venta a plazos. La adopción de la peseta (legislada en 1868, con acuñación desde 1869) introdujo el patrón decimal, pero no mitigó por sí sola la inseguridad financiera de los hogares. Muchas economías domésticas se articulaban en torno al empeño de ropas o joyas, a las libretas de ahorro y a deudas con intereses gravosos. Galdós retrata ese régimen de supervivencia: presupuestos domésticos calculados al céntimo, trueques, subarriendos y la ansiedad constante de no poder satisfacer alquileres y cuentas.
La hegemonía católica, reafirmada por el Concordato de 1851 y consolidada en la Restauración, permeaba moral, educación y beneficencia. Las cofradías, procesiones y prácticas de piedad conformaban un calendario que organizaba el barrio y sus solidaridades. A la vez, el liberalismo gadolsiano denuncia la confusión entre caridad y control social, y la utilización de lo religioso como máscara de intereses. El doctor Centeno registra confesores influyentes, donantes, beatas y familias respetables, no para desacreditar la fe, sino para examinar cómo la religión se entrelaza con poder, reputación y recursos, y cómo ese entramado condiciona el horizonte vital de los más débiles.
La burocracia y la cultura cortesana modelaban un ideal de estabilidad: el empleo público, la plaza segura y la cercanía al ministerio. La “empleomanía” se convirtió en aspiración de la pequeña burguesía madrileña, muchas veces más por necesidad que por vocación. Ese mundo de expedientes, oposiciones, cartas de recomendación y cafés cercanos a las oficinas define un ritmo social que Galdós conoce bien. En la novela, el circuito de favores, tarjetas y presentaciones señala la importancia de las redes. La recompensa al esfuerzo aparece mediada por la habilidad para moverse en un laberinto donde importan menos los méritos que el padrinazgo.
La cuestión del servicio militar y las “quintas” pesaba sobre las familias humildes. El sorteo obligaba a muchos jóvenes, mientras que la redención en metálico permitía a quienes podían pagar eludir la leva, generando un sentimiento de injusticia. En paralelo, la Guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878) drenó recursos y alimentó tensiones, visibles en impuestos y reclutamientos. Aunque la intriga novelesca no es bélica, el horizonte de la conscripción y la colonia gravita sobre decisiones familiares y expectativas de futuro. Galdós recoge los efectos indirectos de la política imperial en los barrios, donde la fortuna de uno se juega en una papeleta.
Las normas de género restringían la capacidad jurídica y económica de las mujeres, especialmente las casadas. La ausencia de divorcio civil y los estrechos márgenes del honor y la respetabilidad condicionaban proyectos personales. Las oportunidades laborales se concentraban en el servicio doméstico, la costura, el comercio de proximidad o la enseñanza elemental. En ese universo, el presupuesto del hogar y la gestión de pequeños créditos solían recaer en ellas. La novela muestra cómo la moral pública y la vigilancia vecinal limitan y, a veces, protegen; y cómo la respetabilidad puede ser un capital o un yugo, según los recursos y la red de apoyos disponibles.
La esfera pública se animó con la expansión de la prensa, cafés y tertulias. Madrid contaba con diarios de variada orientación, y la novela por entregas acercó la literatura a un público más amplio. Hubo periodos de libertad y de restricciones, en función de los vaivenes políticos, pero el hábito de leer noticias, folletines y sátiras arraigó. Galdós, periodista antes que novelista consagrado, interiorizó el pulso de la calle y el lenguaje de los cafés. El doctor Centeno reproduce esa sonoridad: chismes, editoriales, sermones y rumores circulan como moneda social, moldeando reputaciones y decisiones tanto como las leyes formales.
En lo literario, el realismo y, con matices, el naturalismo aportaron instrumentos para examinar la sociedad con detalle y causalidad social. Galdós dialoga con Balzac y Dickens, pero aplica esa mirada a Madrid y sus capas medias y populares. El doctor Centeno integra el ciclo de “novelas contemporáneas”, que entrelaza personajes y espacios a través de varios títulos, componiendo un fresco urbano de larga duración. El énfasis en la observación minuciosa de interiores, hablas, rutinas y vínculos familiares no es un simple decorado: busca identificar mecanismos sociales —educación, crédito, reputación— que organizan el ascenso o la caída de los individuos.
Los cambios tecnológicos alteraron tiempos y distancias. El telégrafo, extendido desde mediados de siglo, acortó comunicaciones oficiales y comerciales. El ferrocarril facilitó la migración hacia la capital, mientras el tranvía articuló recorridos intraurbanos accesibles a capas medias. La telefonía era aún incipiente y minoritaria en los años ochenta, sin incidencia masiva en la vida popular. Ese marco explica la llegada a Madrid de jóvenes provincianos en busca de estudio, oficio o protección. Galdós explota ese contraste entre la promesa de movilidad y la persistencia de barreras, mostrando que la novedad técnica no disuelve la vieja lógica de las jerarquías sociales.
La cuestión higienista cobró centralidad por las epidemias de cólera del siglo XIX (con oleadas en 1854-55, 1865 y 1885). Las políticas de saneamiento, vacunación y control de aguas y desagües avanzaron lentamente y con resistencias. En Madrid, el hacinamiento en corralas y patios interiores dificultaba la prevención. El discurso médico y las campañas de higiene pública penetran en la cultura popular con desconfianzas y pedagogías. En la novela, hospitales, boticas y prácticas sanitarias forman parte del paisaje y del léxico, reforzando la dimensión material de la pobreza: la enfermedad no es solo biológica, sino también un indicador de condiciones de vivienda y trabajo.
Tras la Restauración, la promesa de normalidad coexistió con la consolidación de redes de poder difíciles de remover. El encasillado electoral, los notables locales y la negociación de favores produjeron una estabilidad que muchos percibieron como estancamiento. Galdós no escribe panfletos, pero su ficción examina cómo la moral pragmática —hacer “lo posible”— sustituye al ideal meritocrático. El doctor Centeno expone, mediante escenas domésticas, aulas, consultas y oficinas, la fricción entre vocaciones y trabas institucionales. Lo político aparece destilado en hábitos y expectativas: el orden se mantiene, pero los resortes de la movilidad siguen cautivos de la intercesión y el apellido.
Culturalmente, la ciudad ofrecía teatro, zarzuela y lecturas baratas, junto al Ateneo y sociedades científicas que difundían ideas reformistas. La coexistencia de sociabilidad popular y circuitos ilustrados permite a Galdós tender puentes entre mundos distantes que, sin embargo, se rozan a diario. La novela actúa como cartografía moral de esa convivencia: beneficencia, escuela, botica, ministerio y sala de estar se conectan por corredores visibles e invisibles. En ese sentido, El doctor Centeno funciona como espejo y crítica de su época: devuelve la imagen de una sociedad que moderniza infraestructuras y discursos, pero que aún no ha desanudado los vínculos entre estatus, favor y destino.
Benito Pérez Galdós (1843-1920) fue uno de los grandes novelistas en lengua española y figura central del realismo decimonónico. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria y afincado en Madrid desde su juventud, retrató con amplitud la vida social, política y cultural de la España del siglo XIX y comienzos del XX. Su obra, extensa y diversa, combina ambición histórica, observación psicológica y una prosa sobria de gran eficacia narrativa. Es recordado sobre todo por los Episodios nacionales y por un conjunto de novelas que fijaron un canon moderno, además de su relevante incursión en el teatro y su continua reflexión sobre la modernización del país.
Se formó inicialmente en su isla natal y, en 1862, se trasladó a Madrid para estudiar Derecho en la Universidad Central, estudios que abandonó al inclinarse por el periodismo y la literatura. Frecuentó el Ateneo y los ambientes intelectuales de la capital, donde leyó y debatió sobre estética, historia y política. Entre sus referencias literarias destacan Cervantes y los realistas europeos, en especial Balzac, Dickens y Flaubert, cuya atención al detalle y a los caracteres dejó huella en su proyecto narrativo. En el clima reformista y laico de la época, asimiló ideas krausistas que orientaron su mirada crítica sobre la sociedad española.
Su carrera narrativa se abrió con novelas de ambientación histórica y contemporánea que revelaron pronto su talento. Publicó La fontana de oro (1870), ambientada en el Madrid liberal, y obras como Doña Perfecta (1876), Gloria (1877) y Marianela (1878), que consolidaron su prestigio y su interés por la conflictividad moral y religiosa. A comienzos de la década de 1880 amplió su registro con títulos como La desheredada (1881) y El amigo Manso (1882), donde afinó el análisis psicológico y la crítica de costumbres. Estas obras mostraron un realismo atento a la vida cotidiana y a las tensiones entre tradición y modernidad.
En su madurez alcanzó una plenitud creativa con novelas de gran aliento y complejidad. Fortunata y Jacinta (1887) suele considerarse su obra maestra por la amplitud de su fresco social madrileño. En esos años publicó también Tormento y La de Bringas (ambas de 1884), Lo prohibido (1885) y Miau (1888), así como, ya en la década siguiente, Tristana (1892), Nazarín (1895), Misericordia (1897) y El abuelo (1897). Estas narraciones examinan la vida urbana, las relaciones de clase, la religiosidad, el papel de la mujer y las transformaciones políticas, con una prosa flexible que combina ironía, diálogo vivo y observación minuciosa.
En paralelo, concibió y desarrolló los Episodios nacionales, una vasta serie de novelas históricas iniciada en 1873 y organizada en cinco series. A través de protagonistas ficticios y personajes históricos, recorrió los grandes hitos del siglo XIX español, desde la Guerra de la Independencia hasta la Restauración. Con un enfoque divulgativo y dinámico, buscó acercar la historia al gran público y ofrecer una lectura crítica de los procesos políticos. La serie, publicada en entregas sucesivas durante décadas, alcanzó enorme popularidad y contribuyó a fijar un relato accesible y matizado del pasado reciente, sin renunciar a la ambición literaria.
Además de novelista, fue un dramaturgo muy activo. Llevó a escena Realidad (1892) y estrenó obras como Electra (1901), que provocó una notable polémica y movilización social, así como Mariucha (1903) y Casandra (1910). Su teatro, como su narrativa, discutió el peso de la tradición y la autoridad en la vida contemporánea. Participó en la vida pública como diputado en varias legislaturas de la Restauración, vinculado a corrientes liberales y republicanas, y defendió posiciones laicas y reformistas. Fue miembro de la Real Academia Española y, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, fue propuesto en varias ocasiones al Premio Nobel de Literatura.
En sus últimos años padeció una progresiva pérdida de visión, prácticamente ceguera, que no le impidió seguir trabajando con ayuda de colaboradores. Atravesó dificultades económicas y recibió apoyos públicos para sostener su actividad. Murió en Madrid en 1920, en medio de un amplio reconocimiento ciudadano. Su legado se mantiene como referencia mayor del realismo hispánico y como crónica literaria de la España contemporánea. Su influencia alcanza a generaciones posteriores de narradores y dramaturgos, y varias de sus obras han tenido notables adaptaciones teatrales y cinematográficas. La actualidad de sus temas confirma la vigencia de su mirada crítica y humanista.
INTRODUCCIÓN Á LA PEDAGOGÍA
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho, mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan insignificante, que ningún transeunte, de éstos que llaman personas, puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta de inmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas. Porque hay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con la primera mosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro insectillo que á nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador de alimañas lo coja para engalanar su colección entomológica... Es un héroe más obscuro que las historias de sucesos que aún no se han derivado de la fermentación de los humanos propósitos; más inédito que las sabidurías de una Academia, cuyos cuarenta señores andan á gatas todavía, con el dedo en la boca, y cuyos sillones no han sido arrancados aún al tronco duro de las caobas americanas.
Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre Naturaleza el lugar que le corresponde, y que respire, ande y desempeñe una y otra función vital con el alborozo y brío de todo sér que estrena sus órganos. Y así, al llegar al promedio de la cuesta, á trozos escalera, á trozos senda mal empedrada y herbosa, incitado sin duda por los estímulos del aire fresco y por el sabroso picor del sol, da un par de volteretas, poniendo las manos en el suelo, y luego media docena de saltos, agitando á compás los brazos como si quisiera levantar el vuelo. Desvíase pronto á la derecha y se mete por los altibajos del cerrillo de San Blas; vuelve á los pocos pasos, vacila, mira en redondo, compara, escoge sitio, se sienta...
Es un señor como de trece ó catorce años, en cuyo rostro la miseria y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe á cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas que llaman socráticas, la boca no pequeña, los ojos tirando á grandes, el conjunto de las facciones poco limpio, revelando escasas comodidades domésticas, y ausencia completa de platos y manteles para comer; las manos son duras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota y ventilada por mil partes, coturno sin suela, calzón á la borgoñona, todo lleno de cuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión ó cimera sin forma, que es el más lastimoso desperdicio de sombrero que ha visto en sus tenderetes el Rastro.
De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mi hombre, á una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero aparece un pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro de estanco; por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetes de empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen ó llueven seis bellotas y algunos ochavos y cuartos; más abajo se descubre un papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tres plumas de acero, un trozo de lápiz, higos pasados, un periódico doblado, con los dobleces rotos y ennegrecidos... Aparta con diligente mano aquellos objetos que hasta ahora no se consideran digestivos, desenvuelve y tiende sobre el suelo el periódico á modo de mantel, y sobre él va poniendo los varios artículos de comer y fumar. Se coloca bien, echando una pierna á cada lado del papel; quita, pone, clasifica, ordena, se recrea en su banquete y lo despacha en dos credos.
No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo y arrojando á la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usa una de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo; si se lleva á la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en él con limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozado espíritu un gracioso prurito de comer como los señores, ¿por qué se ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es que el historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectual que pide su oficio, se remonte ahora á los orígenes de aquella propiedad, y escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde el fiero cigarrote, los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual, si sale airoso de su empresa y lo descubre todito, se acreditará de sabio averiguante, que es lo mejor para tener crédito y laureles sin fin. Llevado de su noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros, estropea códices, destripa legajos, y al fin ofrece á la admiración de sus colegas los siguientes datos, preciosa conquista de la sabiduría española:
Á 10 de Febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en la Ronda de Embajadores[1], fué mi hombre obsequiado con bellotas por una vendedora de aquel artículo, de otro que llaman cacahuet, de papelillos de fósforos y avellanas. Veintitrés mil razones se emplean para demostrar la probabilidad de que esta esplendidez fuera recompensa de uno ó de varios servicios, quizás recados á la vecina, ir á comprar dos libras de jabón, ó traer un saco de ropa desde el lavadero de las Injurias. Y de igual modo aparecen sacadas de la obscuridad de los tiempos pretéritos la procedencia de las demás vituallas y del cigarro, si bien en esto último hay dos versiones, igualmente remachadas con poderosa lógica. ¿Se lo encontró en la calle? ¿Se lo dió Mateo del Olmo, sargento primero de artillería montada?... Basta. Esta sutil erudición no es para todos, por lo cual la suprimimos. Adelante.
Después de comer como los señores, piensa mi hombre que fumarse ricamente un puro es cosa también muy conforme con el señorío. ¡Lástima no tener fósforos de velita para echar al viento la llama y encender, á estilo de caballero, en el hueco de la mano! El héroe coge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa la rígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, el color verdoso de la retorcida hierba, toda llena de ráfagas negras y de costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, por partes, un pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha con distintas substancias y despojos vegetales. ¡Y cómo pesa! El héroe lo balancea en la mano. Es soberbia pieza de á tres... ¡Fuego!
Un papelillo entero de mixto se consume en la empresa incendiaria; pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante la cola del monstruo. Éste se defiende con ferocidad de las quijadas, que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible, titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretada tripa, abre largas minas y galerías, por donde el aire se escapa con imponentes bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadas lentamente, se retuercen, se esparranclan, se dividen en cortecillas foliáceas. Durísima vena negra se defiende de la combustión y asoma fiera por entre tantas cenizas y lavas... Pero el intrépido fumador no se acobarda y sus quijadas sudan, pero no se rinden. ¡Plaf! Allá te va una nube parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Al insecto que coge me lo deja en el sitio. Síguele otra que el héroe despide hacia el cielo como la humareda de un volcán; otra que manda con fuerza hacia el Este. El Ocaso, el Norte son infestados después. ¡Con qué viril orgullo mira el valiente las espirales que se retuercen en el aire limpio! Luego le cautiva y embelesa el fondo de país sub-urbano que se extiende ante su vista, el cual comprende el Hospital, la Estación, fábricas y talleres remotos, y, por fin, los áridos oteros de los términos de Getafe y Leganés. No lejos de las últimas construcciones se nota algo que brilla á trechos entre los pelados chopos, como pedazos de un espejillo que se acaba de romper en las manos de cualquier ninfa ribereña. Es el río que debe su celebridad á su pequeñez, y su existencia á una lágrima que derramó sin duda San Isidro al saber que estos arenales iban á ser Corte y cabeza de las Españas. El héroe mira todo con alegría, y después escupe.
Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estación se ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los bazares para uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece que no tienen término. Las negras máquinas maniobran sin cesar, trayendo y llevando largos rosarios de coches verdes con números dorados. Sale un tren. ¿Á dónde irá? Puede que á la Rusia ó al mesmo Santander... ¡Qué tié que ver esto con la estación de Villamojada! Allá va echando demonios por aquella encañada... Sin ponderancia, esto parece la gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa!... Al héroe le entra una risa franca y ruidosa, y vuelve á escupir.
¿Pues y la casona grande que está allí arriba, con aquella rueda de colunas?... ¡Ah! ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo ha dicho. Ya se va destruyendo. ¡Sabe más cosas...! En aquella casa se ponen los que cuentan las estrellas y desaminan el sol para saber esto de los días que corren y si hay truenos y agua por arriba... Paquito le ha dicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan grandes como cañones, con las cuales... Otra salivita.
¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto? El Hospital empieza á tambalearse, y por fin da graciosas volteretas poniendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientos descalzos. La Estación y sus máquinas se echan á volar, y el río salpica sus charcos por el cielo. Éste se cae como un telón al que se le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por montera á nuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimo en las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia... El monstruo, vencedor y no quemado por entero, cae de sus manos; quiere el otro dominarse, lucha con su mal, se levanta, da vueltas, cae atontado, pierde el color, el conocimiento, y rueda al fin como cuerpo muerto por rápida pendiente como de tres varas, hasta dar en un hoyo.
Silencio: nadie pasa... Transcurren segundos, minutos...
Alejandro Miquis[1], estudiante de leyes, natural del Toboso, de veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes, alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio. Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés, esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa y sombrero de copa[3], aquellas culminantes chisteras de hace veinte años, que parecían aparatos de calefacción ó salida de los humos de la cabeza. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la severidad de continente, heredada de la generación anterior, imponía á todo madrileño fino el deber de añadir á su cabeza, á todas horas, el inconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente, por dicha nuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño y limitando su uso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de la edición pequeña de La Iberia[2] (fijarse bien en la fecha, que era por Febrero de 1863), y á ratos leía, á ratos peroraba. Miquis, con la capa terciada, el brazo enfático, la mano expresiva, tan pronto cantaba como tiraba al sable sin sable. Cienfuegos leyó en voz alta una frase parlamentaria; Miquis, sin oirle, dijo en tono de teatro aquellos afamados versos de Quevedo:
[1] Hermano de Augusto Miquis. (La Desheredada.)
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
Pero no á su defensa sus hazañas...
Iba á seguir; pero, sorprendido, gritó:
—¡Un muerto!—y fué corriendo hacia donde estaba el héroe.
—Quita, hombre, si es un chico... Duerme.
Ambos le tocaron con la punta del pie. Después Cienfuegos, arrodillándose, le observó de cerca. Le sacudieron, le incorporaron. Nada: como un saco.
—Parece desmayado... ¡Eh! chico, despabílate. ¿Tienes hambre, frío?... Á ver, Cienfuegos, mediquillo, lúcete. ¿Qué es esto?
—¿Qué ha de ser? Borrachera... Es un pillete. Mira cómo abre los ojos... ¡Eh! mequetrefe, ¿te estás burlando de nosotros? Si hubiera por ahí un jarro de agua, se lo echaríamos por la cabeza... ¡Eh! perdis, levántate.
—Hombre, no le pegues.
—Enséñale dos cuartos y verás cómo salta.
El héroe abrió los ojos... Pero como si la impresión de la luz renovara su mal, apretó los párpados, quedándose otra vez como muerto.
—¿Has bebido más de la cuenta? ¿Tienes frío? Si no respondes, te echaremos á rodar por el cerrillo abajo.
Uno le cogió por los hombros, otro por los pies y le balancearon un rato. Se divertían de veras. Pusiéronle después en mejor sitio, y Miquis, con seriedad filantrópica, dijo á su compañero:
—Hay que ver lo que tiene. No seamos bárbaros... Si yo fuera médico... Porque se dan casos de muerte por hambre. ¿Qué se te ocurre, qué dices? Hombre, receta.
—Al momento. Pero para este mal, la botica es la panadería.
El héroe, sin abrir los ojos, empezó á temblar. ¡Pero qué temblor de agonía!
—Si lo que tiene es frío...
—Puede ser. En tal caso no hay mejor boticario que un sastre.
Miquis se quitó al punto la capa. El otro, que le conocía bien, echóse á reir.
—Bonita te la pondrá... Deja, hombre, deja. Ahora me acuerdo: tengo un gabán, que no me sirve, con más ventanas que la catedral de Toledo... Mequetrefe, despierta, abre los ojos, responde: ¿te pondrías tú mi gabán?
Ni respuesta ni señales de haber oído dió el infeliz, que sólo parecía tener vida para sus violentos temblores. Miquis le echó encima su capa, y procuraba envolverle en ella, cosa no fácil estando el otro tendido en tierra. Fué preciso liarle dándole sucesivas vueltas sobre sí mismo. Cienfuegos se moría de risa viendo á su compañero en aquella faena, no menos humanitaria que cómica. En aquel punto y ocasión pasó un señor, hombre respetable por su edad y figura, alto, afable, y que en todo se revelaba como persona de esa clase intermedia en que suavemente se verifica la transición del estado humilde al acomodado. Iba decentemente vestido. Según se mirase á ésta ó á la otra parte de su empaque, debía de variar la calificación que de él se hiciera, pues por el gabán correcto y cepillado parecía más, por la gorra de paño menos de lo que realmente era. Por su corbata de seda negra, traspasada con alfiler de cabecita de oro y menudas perlas, figuraba más; menos por el cesto de provisiones que colgado del brazo llevaba. Los que no le conociesen como conserje del Observatorio, creeríanle algo á manera de caballero sirviente. Paróse á ver la curiosa escena y á dar un palmetazo en el hombro de Cienfuegos, el cual se volvió y dijo con énfasis el nombre de aquel sujeto, cortándolo con la cadencia y número de un endecasílabo:
—Don Floren...cio Mora...les y Temprado.
—Se saluda á la pareja... ¿Vienen ustedes á tomar café con el señor de Ruiz? Estará haciendo la observación de las doce... Pasen ustedes... ¿Y qué es esto? Ya: un borrachillo. ¡Se ven por aquí unos puntos!... El señor director trabaja para que el ministro nos mande cerrar estos terrenos, á ver si nos vemos libres de la gentuza que viene aquí á tomar el sol... ó á tomar la luna, que de todo hay... ¡Oh! Miquis, le ha puesto usted su capa. ¡Vaya con usted!
—Lo que tiene este caballero es hambre.
—Pues por un pedazo de pan no ha de quedar.
—Allá iremos todos, señor de Morales y Temprado,—dijo Miquis, mientras el buen señor seguía con paso lento hacia su domicilio.
El héroe empezó á dar señales de vida. Agasajábase poco á poco en la pañosa, cogiendo por aquí un pliegue, por allí otro, y manifestando gran confortamiento y gozo con aquel inesperado abrigo.
—Como me la rompas, verás...—le dijo Miquis amenazándole.—Vamos á cuentas. ¿Te tomarías tú un café?
Creyérase que estas palabras tenían la preciosa virtud de resucitar á los muertos, según se despabiló nuestro hombre.
—No le digas tal cosa, porque pega un brinco y te rompe la capa.
—¿Te comerías tú una chuleta?
El muchacho miraba con espanto á su favorecedor. Estaba atónito de puro incrédulo. Sin duda le parecía burla lo que oía.
—Si es idiota... ¿pero no lo ves?
—Dime, ¿eres idiota?
El otro contestó con la cabeza negativamente. La energía de su muda réplica quitaba toda duda.
—No, tú no eres memo; pero eres un grandísimo pillo.
Otra negativa del héroe, pero tan enérgica, que á poco más se le cae la cabeza de los hombros.
—Ya... Lo que no tiene duda es que eres mudo.
El héroe sonrió un poco, y con trémula, pero muy clara voz, dijo así:
—No, hombre, que sé hablar.
Desde la puerta del Observatorio viejo, otro joven, bastante menos joven que Miquis y Cienfuegos, dió dos ó tres gritos de esta manera:
—¡Eh, perdidos! ¡Juan Antonio!... caballeros, ¡que estoy aquí!
Cienfuegos corrió hacia arriba, y cuando estuvo junto á Ruiz, que así se llamaba el auxiliar de astrónomo, el primer saludo fué:
—Mira ese tonto de Miquis.
—¿Qué hace? ¿Con quién habla?
—¿Pero has visto qué célebre...?
—¿Quién está ahí en el suelo?... ¿una chica?
—Un gandul que hemos encontrado como muerto. Le ha dado su capa.
—¡Alejandro!... ¡Otro como éste...!
Miquis subía paso á paso, frotándose las manos. Con zumba y chacota le acogieron sus dos amigos.
—Tú no aprendes nunca—le dijo el registrador del firmamento.—Dale bola... que te vas á quedar sin capa... Y van dos.
—No lo creas. Es una persona honrada.
Ruiz se partía de risa.
—Este pobre Miquis es de lo más inocente...
Los tres fueron hacia el Observatorio nuevo, donde está la gran ecuatorial y las habitaciones de los astrónomos. Entraron; pero al poco tiempo salió Alejandro y bajó hacia donde había dejado su capa. Conviene decir que el llamado héroe se hallaba muy bien dentro de su inesperado sayo, y empezaba á mirarlo como cosa propia. Poquito á poquito se fué acomodando en la sabrosa amplitud pegadiza del paño, y al fin, como quien no hace nada, se embozó hasta los ojos. ¡Qué gusto!... ¡Y qué bien comprendía la felicidad de los escogidos mortales que poseen una capa! En su vida había probado él las delicias de prenda tan amorosa. Así, cuando se vió solo, aliviado del respeto que le imponía su favorecedor, se familiarizó más con la hermosa tela, y se envolvió mejor, y la apretó contra sí. Lentamente se desvanecía el horrible malestar que le había privado de conocimiento; pero el maldito frío no se le quitaba. Sus fuerzas eran escasas, y cuando probó á ponerse en pie tuvo que dejarse caer de nuevo, porque las piernas no querían sostenerle. Como sabandija herida, se fué arrastrando hasta un lugar más seco y abrigado. Buscando apoyo en el tronco de un árbol, se sentó en cuclillas, se colgó la capa sobre la cabeza y se tapó con ella todo, no dejando abierto más que un triángulo, por el cual le asomaban solamente ojos y nariz.
Era tan estrafalaria figura, que sería preciso buscarle semejante en las momias egipcias ó en salvajes y feos ídolos africanos. Como había cambiado de sitio, Miquis no le encontró al tornar á la rampa. «¡Ah! pillo»,—murmuraba, volviendo á un lado y otro los ojos, hasta que llegó hasta él la voz débil del héroe con estas palabras:
—Señor... que no me he ido... que estoy aquí.
—Pues te vas haciendo confianzudo... ¡Qué fresco!...—le dijo el estudiante de leyes, sentándose frente á él.—Si creerás que te voy á dar la capa... No seas tonto, tápate, tápate más. Eso se llama cogerlo con gana. No, no te entrarán moscas.
—Señor, tengo mucho frío... Luego se la daré[1q].
—Me gusta la franqueza... Parece que no eres corto de genio.
El otro se reía dando diente con diente. El frío y cierto gozo que cosquilleaba en su espíritu, se expresaban juntamente en un solo fenómeno.
—Vamos á ver. Has de responderme sin mentira... porque tú eres muy mentiroso... ¿Cómo te llamas?
—Celipe.
—¿Y qué más?
—Celipe Centeno.
—¿De dónde eres?
—De Socartes.
—¿Y dónde está eso?
—Al lado de Villamojada... ya lo sabrá usted. Donde están las minas...
—Pero ¿qué minas, hombre, qué minas?
—Las minas de Socartes... Aquí está el río, aquí Villamojada, aquí mis minas...
—Enterados... ¿Y tienes padre y madre?
—Sí, señor. Pero como no querían que yo desaprendiese... me tomé la carretera y me vine acá.
—Anda, pillete... Á buena cosa habrás venido tú... Con que á desaprender... ¿En qué has venido? ¿en tren, en carromato...?
—Re-córch... Á patita limpia, señor... Siete desemanas y dos días.
—¿Y qué haces aquí? Pedir limosna, vagabundear, merodear...
El héroe no entendía esta última palabra; que si la entendiera, habría protestado severamente. Tan sólo dijo:
—Busco un desacomodo.
No hay medio de averiguar de dónde había sacado el entendimiento de mi hombre aquel barbarismo de anteponer á ciertas palabras la sílaba des. Sin duda creía que con ello ganaban en finura y expresión y que se acreditaba de esmerado pronunciador de vocablos.
—¿Buscas un des...? ¿Qué dices, muchacho?...
—Digo que estoy buscando... de ver cómo encuentro... de que poniéndome á servir á un señor, me deje tiempo para destruirme.
—Hombre, sí, destrúyete, porque eres el bárbaro mayor que he visto... Pero explícame, ¿cómo te las arreglas? ¿cómo y dónde vives? ¿quién te mantiene?
El héroe dió un gran suspiro, un suspirote que no cabía dentro de la rotonda del Observatorio.
—Una noche dormí en aquella casa.
Señalaba al Museo.
—¿En el Museo?... ¿dentro?
—No, señor. ¿Ha visto usted unos ujeros que hay por desalante, donde están unas figuras muy guapas?... Pues allí. Otra noche dormí en la puerta de esa fráica...
—¿Qué?
—De esa fráica que hay allá... donde hacen el desalumbrado de las calles.
—El gas... ¿Y cómo hiciste el viaje?... ¿pidiendo limosna?
—¡Re-có...! ¿no le digo?... Pues yo traía dinero... Cuando llegué á este pueblo, no me quedaba nada... El primer día me dieron medio pan... Yo gano también haciendo recados á las lavanderas, y en la Estación un señor me dió á llevar el desequipaje...
—¿Y qué enfermedad tienes?... ¿Por qué estabas desmayado?
—Porque me fumé un cigarro que me dió ayer Mateo del Olmo, sargento de la desartillería. Es de mi pueblo, trabajó en mis minas, y fué novio de mi hermana Pepina... Desencendí mi cigarro, y cuando tan siquiera di seis chupadas, todo me daba vueltas.
—¿Y dónde vives ahora?
—En un tejar que hay allá abajo... ¿Ve usted aquella chimenea grande, grande? ¿Ve usted aquella pared blanca, muy blanca? Tiene unas letras que dicen: Calenturón.
—¿Cómo?
—Calenturón. Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos pobres. Nos da de comer la mujer del guarda del almacén.
—¿De qué almacén?
—Del almacén de Calenturón.
—¿Qué es eso?
—Venden cal-en-terrón.
—¿Sabes leer?
—Cuando estuve en casa de la tía Soplada... Me tomó de criado para que le hiciera recados. Tiene puesto de ropas desusadas en el Rastro. No me daba salario, sino la comida, y me puso en la escuela de la calle del Peñón. Estuve un mes y días. Desaprendí las letras, pegué al Catón, y cuando iba á entrarle al Juanito, me salí de casa de la Soplada, porque tiene un hijo muy malo, que me zurraba. No he vuelto á la escuela; pero me leo todos los letreros de las tiendas, y cuando cojo en la calle un pedazo de Correspondencia, me lo paso todo.
—Bien, hombre, bien. Casi, casi eres un sabio.
—¿Quiere tomarme por criado?—dijo el rapaz prontamente.
—Yo no necesito criado.
—Sí, señor: tómeme, tómeme.
—Por de pronto, vete desprendiendo de la capa, que ya noto su falta, y todos somos de carne y hueso.
Como el caracol se asoma tímidamente al boquete de su choza calcárea, y luego poco á poco, halagado del sol, va saliendo y alargándose, así Felipe iba sacando, por sucesivos avances, primero una mano, luego el cuello, los brazos, y al fin medio cuerpo. Probó á levantarse; pero el mareo y lo mucho que había hablado, le tenían muy débil.
—¿Qué has comido hoy?
—Bellotas...
—¿Y ayer?
—Bellotas... pan...
—No sigas, hombre. Me da dolor de estómago oirte. ¿Comerías tú alguna cosita caliente?
Echando el alma por los ojos, contestó Felipe mejor que lo habría hecho con palabras.
—Ven conmigo. Á ver si echas una carrera de aquí á aquella casa grande.
—Sí que podré,—repitió el héroe, midiendo con ansiosas miradas la distancia.
—Allí hay convitazo... ¿Viste aquel buen señor que pasó por aquí? Es el conserje. Celebra los días de su esposa. Le voy á decir que te convide. Verás. Anda, valiente... No, no te quites la capa. Embózate en ella... Vamos, hombre, con gracia, con aire.
El otro se reía, probando á embozarse y sin poderlo conseguir.
—Así, bien, así... á la macarena. Eres un zascandil... Me gusta ese garbo. Adelante, paso firme. Bien.
La risa que le entró al héroe impedíale andar, pues tan extremada era su debilidad.
—¡Cómo se ríe!... Vaya, que es usted tonto de veras, señor de Centeno.
Él, que se oyó llamar señor, tuvo una tan fuerte acometida de hilaridad, que se cayó al suelo, temblando de brazos y piernas como un epiléptico.
—¡Ay mi capa, ay mi capita de mi alma!
—No, señor, no... no se la destropeo,—dijo ahogadísimo Felipe, poniéndose primero de rodillas, luego á cuatro pies, y por último...
—¡Aúpa, hombre valiente! ¡Ya estás en pie! ¡Gracias á Dios! Ni que fueras de algodón... Pues tú puedes andar. ¡Ah, chiquilicuatro! lo que tú tienes es mucha marrullería.
—¿Yo?...
—Hipócrita.
Felipe no entendía; mas creyendo era cosa de gracia, siguió riendo. Miquis le daba empujones y pellizcos, le tiraba de un brazo...
—Que me hace cosquillas, señor.
—¡Pillo, granuja!
—¡Ay, ay!
—Si usted sigue con sus bromas, señor don Felipe, le doy á usted una puntera, que del salto va usted á su pueblo, allí donde están sus minas.
Llegaron así á la puerta del Observatorio nuevo.
—Entra, hombre... No gastes cumplidos.
Es circular aquel vestíbulo, y con cierto aderezo arquitectónico á la griega. En el centro, cual decorativa estatua representando la vigilancia á la entrada del palacio del estudio, estaba don Florencio Mora...les y Temprado. No pudo contener una observación bondadosa, que salió de sus respetables labios en esta forma:
—Tan chiquillo es el uno como el otro.
—Señor Morales, me tomo la libertad de...
—Es usted muy dueño, señor de Miquis,—dijo el bendito Morales, ocultando discretamente un bostezo de hambre tras la palma de la mano.
—De recomendarle á usted al señor de Centeno, que no ha comido hoy nada caliente. Puesto que tiene usted convidados...
—Es verdad... y si usted gusta de honrarnos, señor de Miquis...
—Gracias... Yo voy arriba. Ruiz nos va á leer una comedia. Con que...
—Queda de mi cuenta...—dijo Morales disimulando otro bostezo.—Y la hora de comer se alarga... Entre paréntesis, amigo: como hoy tenemos algo extraordinario... ¡Qué tareas en esa cocina!...
De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una de las de la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía á las habitaciones particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y Felipe, mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la izquierda en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio estaban.
—Ea, siéntate aquí—dijo á Felipe, señalándole un banquillo, el buen sujeto, á quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto existía en aquellos edificios para andar en tratos con la luna y las estrellas.—Suelta la capa, que se la vas á poner perdida á don Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?
Y sin esperar respuesta, luego que puso la capa bien doblada sobre una silla, empezó á pasearse por la habitación, golpeando duramente con uno y otro pie sobre la estera. Una voz de mujer dijo desde la estancia interna que con aquélla se comunicaba:
—Florencio, ¿todavía no se te han calentado los pies?
—Todavía... Vamos, vamos, prisita, prisita... ¡Qué horas de comer!...
Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón ó estancia principal del domicilio florentino. Allí estaban reunidos los convidados, esperando el momento. Se oía gente y gozosa algazara: voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe veía una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina le anunciaban lo que iba á pasar. El observaba todo, callado y circunspecto. Nada perdía su activa penetración; á su instintivo examen de las cosas, nada se escapaba. De todo, imágenes y olores, iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino, recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes como grandes; de la exactitud de su andar y ademanes, que le daba cierto parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe detalle alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con atención discreta, paso á paso, en su rápido progresar, y decía para sí: «Ya ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan agua en las copas, ya empiezan.»
Don Florencio vió con marcada satisfacción que la comida empezaba, y dió su último paseo. Su mujer salió á recibirle.
—Todavía el izquierdo está como hielo—dijo él dando una gran patada con la aludida extremidad.—¿Vamos á la mesa? Gracias á Dios. Ya era hora.
Felipe notó entonces aumento y difusión de los diversos vapores de comida. Tan pronto olía á cosas fritas, tan pronto á guisados, todo suculento, delicado y confortativo. Él miraba, afectando cierta indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera de la mesa, que justamente caía delante de la puerta, le vigilaba desde su asiento. Á los otros comensales no les veía Felipe; pero les oía, y podía distinguir, por el metal de cada voz, las varias personas que estaban en la mesa. El habla de la señora con ninguna otra podía confundirse; había dos voces que parecían de señorita fina, dos ó tres de niño, y á todas las dominaba una varonil, sonora, grave, al mismo tiempo decidora y chispeante, pues no pronunciaba palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.
