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En "Episodios Nacionales - La Colección Completa (1-5)", Benito Pérez Galdós ofrece un fresco histórico sobre la España del siglo XIX, abarcando desde la Guerra de Independencia hasta la restauración borbónica. A través de un estilo realista y detallado, Galdós entrelaza hechos históricos con la vida de personajes ficticios, creando una narrativa que no solo informa sino que también conmueve. Su prosa, rica en descripciones y diálogos, refleja tanto la complejidad de su tiempo como la lucha social y política del pueblo español. Esta obra es un testimonio del determinante contexto literario del Realismo y del Naturalismo, en el que Galdós se posiciona como un observador agudo de su entorno. Benito Pérez Galdós, una de las figuras más destacadas de la literatura española, nació en 1843 en Las Palmas de Gran Canaria y dedicó gran parte de su vida a la escritura y la política. Su interés por la realidad social y política de España, sumado a su formación y a sus experiencias en el extranjero, lo llevaron a plasmar en sus obras una profunda crítica a las injusticias de su época. La serie de los "Episodios Nacionales" se enmarca dentro de su deseo de narrar la historia de España desde la perspectiva de los ciudadanos comunes, dejando una huella indeleble en la literatura. Recomiendo encarecidamente la lectura de "Episodios Nacionales - La Colección Completa (1-5)" a todos aquellos interesados en explorar los matices de la historia y la cultura españolas. Esta obra no solo es un relato histórico fascinante, sino también una reflexión sobre la identidad nacional y los conflictos sociales que aún resuenan en la actualidad. Galdós logra en sus páginas una conexión entre el pasado y el presente, ofreciendo al lector una experiencia enriquecedora y esclarecedora. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Episodios Nacionales - La Colección Completa (1-5) reúne, en un solo cuerpo, las cinco series de novelas históricas de Benito Pérez Galdós, un proyecto literario compuesto por 46 novelas escritas entre 1873 y 1912. El ciclo abarca, con continuidad narrativa, la historia de España desde la batalla de Trafalgar y la Guerra de la Independencia hasta la Restauración canovista, ofreciendo un recorrido sostenido por las transformaciones políticas, sociales y culturales del siglo XIX. Esta edición presenta el conjunto íntegro de la empresa narrativa, respetando su arquitectura seriada y su progresión cronológica, para facilitar una lectura fluida de la gran crónica novelada con la que Galdós renovó el diálogo entre historia y ficción.
El propósito de reunir estas obras es ofrecer un mapa literario completo de la España contemporánea al autor, concebido para leerse como una secuencia de relatos autónomos que, sin embargo, se potencian al ser recorridos de principio a fin. La colección aspira a preservar la cohesión interna del ciclo, de modo que el lector aprecie la continuidad de motivos, escenarios y resonancias históricas. Al integrar las cinco series, el volumen brinda la totalidad del proyecto galdosiano: una suma en la que cada “episodio” ilumina el conjunto y ayuda a comprender los procesos que transformaron la vida pública, la experiencia cotidiana y la conciencia nacional del siglo XIX español.
El género predominante es la novela histórica seriada. Dentro de ese marco, Galdós ensambla registros diversos: relato bélico y de campaña, crónica política y parlamentaria, costumbrismo urbano y rural, narración sentimental, peripecias de aprendizaje y destellos de la tradición picaresca. Aunque la colección no incluye teatro, poemas, cartas ni diarios como géneros independientes, algunas novelas incorporan recursos epistolares, memorialísticos y ensayísticos dentro de la propia trama. La variedad de voces narrativas —testigos, protagonistas, cronistas— y la alternancia de primera y tercera persona contribuyen a la riqueza de perspectivas, sin abandonar nunca la inteligibilidad de la intriga ni el hilo conductor de los acontecimientos públicos.
Estilísticamente, el ciclo conjuga realismo de observación minuciosa con ironía narrativa, viveza dialogal y un notable pulso escénico. Galdós equilibra la solemnidad de la historia con el humor, el pathos con la sátira, y los grandes sucesos con la textura de lo cotidiano. La estructura episódica favorece la tensión y la sorpresa sin sacrificar verosimilitud, mientras el léxico, dúctil y expresivo, se adapta a hablas regionales, jergas profesionales y registros sociales. El detalle documental —topónimos, uniformes, costumbres, protocolos— se integra en la acción sin lastre erudito, de modo que el saber histórico sostiene la narración y la narración humaniza la historia.
A lo largo del conjunto late un haz de temas unificadores: el conflicto entre libertad y absolutismo, el aprendizaje cívico, la construcción de la ciudadanía y del espacio público, la relación entre fe, razón y política, la experiencia de la guerra y del exilio, el peso del clientelismo y de la corrupción, la emergencia de nuevas clases medias y la persistencia de la desigualdad. También se exploran el papel del ejército, la prensa y las tertulias, la tensión entre centro y periferia, y la memoria compartida como fundamento de la identidad nacional. Cada novela interroga, desde la experiencia concreta, el modo en que las ideas se encarnan en vidas particulares.
La Primera Serie recorre los años de la Guerra de la Independencia y sus prolegómenos, desde Trafalgar hasta la batalla de los Arapiles. Novelas como Trafalgar, La corte de Carlos IV, El 19 de Marzo y el 2 de Mayo, Bailén, Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz, Juan Martín el Empecinado y La batalla de los Arapiles ofrecen una panorámica de frentes militares y ciudades sitiadas, pero también de hogares, talleres y puertos. Protagonistas jóvenes ingresan en la historia por azar o necesidad, y, al crecer con los acontecimientos, incorporan la dimensión formativa del ciclo sin desvelar pormenores decisivos del desenlace de cada trama.
La Segunda Serie se adentra en el Trienio Liberal, la reacción absolutista y la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis. El Equipaje del Rey José, Memorias de un Cortesano de 1815, La Segunda Casaca, El Grande Oriente, 7 de Julio, Los Cien mil Hijos de San Luis, El Terror de 1824, Un Voluntario Realista, Los Apostólicos y Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos retratan conspiraciones, debates constitucionales y redes clientelares, junto a escenas domésticas y costumbristas. El énfasis se desplaza de los campos de batalla a salones, cafés y cámaras, donde el poder se discute y reconfigura, y donde se aprende el precio de la libertad y del orden.
La Tercera Serie aborda la Primera Guerra Carlista y el programa reformista asociado a Mendizábal, con foco en la política, la economía y la vida en campaña. Zumalacárregui, Mendizábal, De Oñate a La Granja, Luchana, La Campaña del Maestrazgo, La Estafeta Romántica, Vergara, Montes de Oca, Los Ayacuchos y Bodas Reales muestran la fractura civil y sus intentos de sutura. El ciclo experimenta con dispositivos narrativos —incluidos pasajes de corte epistolar— para dar cuenta de alianzas, escisiones y negociaciones. La épica militar convive con la administración de lo cotidiano, subrayando el impacto de la política sobre vidas y patrimonios.
La Cuarta Serie sigue los pronunciamientos, las alternancias de poder y las tensiones internacionales del reinado de Isabel II, así como los prolegómenos de la Revolución de 1868. Las Tormentas del 48, Narváez, Los Duendes de la Camarilla, La Revolución de Julio, O'Donnell, Aita Tettauen, Carlos VI en la Rápita, La Vuelta al Mundo en la Numancia, Prim y La de los Tristes Destinos acercan al lector a gabinetes, cuarteles y plazas públicas, y a episodios exteriores como la campaña de África o la hazaña naval de la fragata Numancia. La intriga cortesana y la movilización popular se interrogan mutuamente, sin revelar desenlaces particulares.
La Quinta Serie se ocupa del Sexenio Democrático y del tránsito a la Restauración. España Sin Rey, España Trágica, Amadeo I, La Primera República, De Cartago a Sagunto y Cánovas exploran los intentos de redefinir la legitimidad política, la experimentación institucional y la búsqueda de estabilidad. Las novelas muestran la prueba de la monarquía parlamentaria, las tensiones republicanas y la recomposición del sistema de partidos. La perspectiva galdosiana combina escepticismo y esperanza, con atención a la vida material y simbólica de la nación, evitando anticipar resoluciones de trama para preservar la experiencia de lectura.
Más allá de su valor histórico, los Episodios Nacionales son un laboratorio narrativo de primer orden. El lector puede hallar en ellos educación sentimental, radiografía de clases, análisis de discurso político y aventuras de viaje y batalla. La mezcla de rigor y viveza los ha convertido en referente canónico de la narrativa en lengua española. Su legibilidad contemporánea descansa en la humanización de los procesos colectivos y en la conciencia de que la historia no es un telón de fondo, sino el medio en que se forman convicciones, afectos y proyectos. Cada episodio dialoga con debates actuales sobre memoria, ciudadanía y representación.
Esta colección propone un itinerario de lectura que admite múltiples accesos. Puede recorrerse de principio a fin, seguirse por series o consultarse en episodios concretos, sin perder coherencia. Reunir el ciclo completo facilita comparar tratamientos de un mismo motivo a lo largo del tiempo, reconocer recurrencias simbólicas y apreciar la evolución del punto de vista. El orden aquí respetado favorece la continuidad histórica y la maduración de temas y formas. El resultado es un corpus orgánico que, leído de manera unitaria, revela la ambición artística y la potencia interpretativa de Galdós ante el siglo XIX español.
Benito Pérez Galdós (1843-1920) es una de las cumbres de la narrativa en lengua española y figura central del realismo decimonónico. Su obra abarca desde la novela de tesis hasta el retrato costumbrista y el teatro, pero su empresa más ambiciosa fue la serie de los Episodios nacionales, un vasto ciclo que convirtió la historia contemporánea de España en materia novelesca. Con una prosa clara, personajes memorables y un agudo sentido crítico, Galdós enlazó memoria, política y vida cotidiana. Su proyecto combinó documentación e imaginación para ofrecer, a través de generaciones, una visión panorámica de los conflictos y transformaciones del siglo XIX.
Formado inicialmente en Canarias, se trasladó joven a Madrid, donde cursó estudios de Derecho y se vinculó al periodismo y a las tertulias literarias. La lectura de Cervantes, Balzac y Dickens, junto con el clima intelectual liberal y el debate filosófico de su tiempo, orientó su sensibilidad hacia un realismo atento a la experiencia común y a la crítica de las instituciones. Su método combinó la observación directa con una sólida consulta de fuentes históricas y hemerográficas. Esa mezcla de rigor y creación resultó decisiva para articular un relato nacional que, sin renunciar a la trama novelesca, ilumina procesos políticos y sociales complejos.
La Primera Serie de los Episodios nacionales recorre la Guerra de la Independencia desde Trafalgar hasta La Batalla de los Arapiles. Títulos como La Corte de Carlos IV, El 19 de Marzo y el 2 de Mayo, Bailén, Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz y Juan Martín el Empecinado trazan un arco que va del colapso del Antiguo Régimen a la resistencia popular. Galdós introduce testigos ficticios que se cruzan con figuras históricas, humanizando el gran relato bélico. El pulso de la calle, el humor y la compasión por los humildes matizan la épica, inaugurando una forma de historia novelada accesible y vibrante.
La Segunda Serie se adentra en la restauración fernandina y las tensiones entre absolutismo y liberalismo. En El Equipaje del Rey José, Memorias de un Cortesano de 1815, La Segunda Casaca, El Grande Oriente y 7 de Julio se despliegan intrigas palaciegas y movimientos populares. Los Cien mil Hijos de San Luis, El Terror de 1824, Un Voluntario Realista, Los Apostólicos y Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos muestran la represión, el exilio y el fervor ideológico. El novelista afina su mirada sobre el poder y la opinión pública, subrayando la fragilidad institucional y las lealtades cambiantes en una sociedad en transición.
La Tercera Serie aborda el primer carlismo y la compleja reforma del Estado. Con Zumalacárregui, Mendizábal, De Oñate a La Granja, Luchana y La Campaña del Maestrazgo, el foco se mueve entre frentes militares y decisiones financieras que alteran la vida civil. La Estafeta Romántica, Vergara, Montes de Oca, Los Ayacuchos y Bodas Reales muestran la emergencia de nuevas élites y sensibilidades. El tono adquiere capas románticas y sentimentales, sin perder la ironía, y las generaciones se renuevan para reflejar el relevo histórico. La narración integra espacios urbanos y rurales, destacando cómo las reformas impactan oficios, credos y costumbres.
La Cuarta Serie se abre a las convulsiones europeas y españolas de mediados de siglo. Las Tormentas del 48, Narváez, Los Duendes de la Camarilla y La Revolución de Julio, seguidas de O'Donnell, Aita Tettauen, Carlos VI en la Rápita, La Vuelta al Mundo en la Numancia, Prim y La de los Tristes Destinos, articulan golpes, campañas coloniales y crisis dinásticas. La Quinta Serie narra el Sexenio Democrático: España Sin Rey, España Trágica, Amadeo I, La Primera República, De Cartago a Sagunto y Cánovas. El ciclo, inconcluso, alcanza una madurez estilística que alterna crónica, sátira y un hondo examen del aprendizaje ciudadano.
Más allá de los Episodios nacionales, Galdós cultivó la novela contemporánea y el teatro, y participó activamente en la vida pública. Su ideario liberal y su crítica de la intransigencia clerical impregnan personajes y conflictos, sin reducirlos a tesis. En sus últimos años afrontó graves problemas de visión, pero mantuvo la dedicación literaria. Falleció en 1920. Su legado perdura en la consolidación de una tradición realista capaz de abarcar lo íntimo y lo histórico, y en el modelo de serie narrativa que hace inteligible un siglo de España. La relectura actual confirma la vigencia ética y estética de su proyecto.
Benito Pérez Galdós (1843-1920) concibió los Episodios Nacionales como una crónica novelada de la España contemporánea, desde los estertores del Antiguo Régimen hasta la Restauración. Publicados entre 1873 y 1912, suman cuarenta y seis novelas repartidas en cinco series que recorren, con personajes ficticios y documentación rigurosa, los años ca. 1805-1876. Galdós, periodista y atento lector de memorias, gacetas y diarios de sesiones, combinó observación social y síntesis histórica para explorar cómo guerras, pronunciamientos y reformas modelaron la nación liberal. El proyecto dialoga con el romanticismo histórico, pero emplea un método realista y pedagógico, donde testigos plebeyos y clases medias filtran la alta política y la experiencia cotidiana.
La Primera Serie se abre con el derrumbe del equilibrio europeo que sostuvo a la monarquía borbónica. Trafalgar (1805) anticipa la crisis naval y económica de España, mientras La Corte de Carlos IV retrata la política del valido Godoy en un horizonte de reformas frustradas. El 19 de Marzo y el 2 de Mayo concentra la doble sacudida de 1808: el Motín de Aranjuez, que precipita las abdicaciones de Bayona, y el levantamiento madrileño contra las tropas francesas. Napoleón en Chamartín muestra la ocupación imperial y el inicio de una guerra que, más allá de batallas, fue también un conflicto civil y social.
Los asedios de Zaragoza y Gerona evocan la resistencia urbana, el papel de las milicias y el sufrimiento de la población, mientras Cádiz ilumina la retaguardia política y marítima bajo el bloqueo. Juan Martín el Empecinado sitúa la guerra irregular y sus redes comarcales en el centro del relato, y La Batalla de los Arapiles (1812) marca un giro estratégico con la campaña de Wellington. En conjunto, estas novelas alternan frentes y ciudades para registrar la pluralidad de la Guerra de la Independencia: alianzas internacionales, rivalidades entre juntas, movilización popular y devastación económica que condicionaría la posguerra.
Cádiz y la Constitución de 1812 ocupan un lugar vertebrador. En la ciudad-puerto sitiada, las Cortes impulsan un programa liberal que proclama la soberanía nacional, reorganiza la representación, limita jurisdicciones señoriales y propone una nueva relación entre Estado e Iglesia. La cultura constitucional se alimenta de prensa, tertulias y sociabilidad republicana en el sentido clásico, no republicano contemporáneo. La guerra obliga a conciliar principios y urgencias, y el debate sobre ejército, fiscalidad y colonias anticipa fricciones futuras. Galdós capta la vitalidad gaditana y la tensión entre legalidad y fuerza, sin ocultar que la obra de 1812 nacería asediada y con apoyos desiguales.
La Segunda Serie sigue el retorno de Fernando VII (1814) y la restauración absolutista. El Equipaje del Rey José, situado en la retirada napoleónica tras Vitoria (1813), aborda la huida afrancesada y los dilemas de colaboración y persecución. Memorias de un Cortesano de 1815 explora el reinado desde la intriga palaciega y el clientelismo, mientras La Segunda Casaca rastrea carreras administrativas en un Estado que reconcentra poder. El Grande Oriente observa los temores y redes atribuidas a la masonería en una Europa de congresos conservadores. Este bloque vincula cultura cortesana, vigilancia policial y reconfiguración de élites en una España que clausura, por decreto, el experimento gaditano.
El Trienio Liberal (1820-1823) emerge como un laboratorio constitucional convulso. La sublevación de Riego obliga al rey a jurar la Constitución, se restablece la Milicia Nacional y se reordenan diputaciones y ayuntamientos. 7 de Julio recrea los choques en Madrid de 1822 entre guardias reales y milicianos, emblema de la pugna entre soberanía popular y poderes tradicionales. Mientras, la descomposición imperial en América alcanza su desenlace, con efectos fiscales y políticos en la Península. Los Cien mil Hijos de San Luis registra la intervención francesa de 1823 que restituye el absolutismo, y evidencia la fragilidad española ante decisiones internacionales.
La década ominosa (1823-1833) queda descrita mediante episodios de represión y contrarrevolución: El Terror de 1824, Un Voluntario Realista y Los Apostólicos muestran redes ultrarrealistas, comisiones de vigilancia y la instrumentalización de milicias civiles. Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos sitúa el conflicto político en pueblos y conventos, con tensiones entre anticlericalismo y catolicismo militante. Se suceden conspiraciones, exilios y censura en un marco de crisis económica y aislamiento diplomático. Sin hacer crónica judicial, Galdós sitúa a funcionarios, clérigos, artesanos y militares ante un Estado que oscila entre restauración punitiva e intentos fallidos de modernización.
La Tercera Serie se organiza en torno a la sucesión de 1833 y la Primera Guerra Carlista. Zumalacárregui muestra la eficacia militar carlista en el norte, la dimensión foral y la guerra de movimientos. Luchana narra la ruptura del cerco de Bilbao (1836) y el ascenso de Espartero, mientras La Campaña del Maestrazgo sigue a Cabrera en el oriente peninsular. Vergara culmina con el célebre abrazo de 1839, que integra mandos carlistas en el ejército isabelino y cierra el frente vasconavarro, aunque no toda la guerra. Estas obras explican cómo una disputa dinástica condensó modelos de Estado, identidades territoriales y reformas sociales.
La reforma económica y el rediseño institucional ocupan un arco crucial. Mendizábal dramatiza la desamortización eclesiástica (1836-1837), orientada a financiar la guerra y crear propietarios, con efectos ambivalentes sobre el mundo rural. De Oñate a La Granja conduce al motín de 1836 que restablece la Constitución, y Montes de Oca recuerda pronunciamientos previos y sus mártires. Los Ayacuchos alude a oficiales con experiencia americana que condicionan la política peninsular. Bodas Reales sitúa, ya en los años cuarenta, la diplomacia matrimonial de Isabel II y su hermana, signo de la hegemonía moderada y del uso del trono para cerrar grietas internas y externas.
Galdós subraya los giros culturales del romanticismo, su culto a la gloria y al sentimiento, y la emergencia de un espacio público impreso. La Estafeta Romántica se sirve de cartas, prensa y teatro para mostrar cómo se forjan opiniones, reputaciones y campañas políticas. Crecen los públicos lectores y los itinerarios de sociabilidad urbana, mientras se consolidan imprentas y cafés. El romanticismo convive con una incipiente sensibilidad realista y con debates sobre historia nacional. A la vez, avanza una modernización desigual: manufacturas catalanas, ferrerías vascas, capital mercantil y nuevos oficios urbanos, que problematizan la cuestión social en un país mayoritariamente campesino.
La Cuarta Serie recorre el reinado de Isabel II desde las resonancias de 1848. Las Tormentas del 48 capta el eco español de las revoluciones europeas y la respuesta de orden. Narváez condensa la hegemonía moderada, centralizadora y disciplinaria (Guardia Civil, 1844). Los Duendes de la Camarilla examina la influencia cortesana en nombramientos y políticas. La Revolución de Julio narra la Vicalvarada de 1854 y el Bienio Progresista, con reformas en ferrocarriles, prensa y la desamortización de Madoz (1855). Este ciclo revela el vaivén entre constitucionalismo y gobierno de espuelas, en un sistema que busca estabilidad con instrumentos autoritarios.
O'Donnell presenta la Unión Liberal como intento de centrar el tablero y estabilizar turnos de poder. Aita Tettauen aborda la Guerra de África (1859-1860), concebida como afirmación internacional y cohesión interna. Carlos VI en la Rápita recuerda el fallido intento carlista de 1860, prueba de la persistencia dinástica. La Vuelta al Mundo en la Numancia celebra la modernización naval y la proyección exterior tras la guerra del Pacífico, con la fragata acorazada circunnavegando entre 1865 y 1867. Estos episodios integran armada, industria y opinión pública, ampliando el repertorio simbólico del Estado liberal más allá del conflicto doméstico.
El trasfondo de mediados de siglo es la aceleración material. Se inauguran ferrocarriles (Barcelona-Mataró, 1848; Madrid-Aranjuez, 1851), se telegrafía la administración y crecen banca y crédito (Banco de España, 1856). El ciclo especulativo desemboca en la crisis de 1866, que erosiona al régimen. La Ley Moyano (1857) ordena la instrucción pública y eleva la alfabetización, multiplicando lectores. Madrid y Barcelona se expanden con nuevos barrios, servicios y prensa diaria. Este paisaje técnico y urbano, visible en varias tramas, explica la centralidad creciente de la opinión, las redes de sociabilidad política y las primeras organizaciones obreras y mutuales.
La Revolución de 1868, La Gloriosa, articula una coalición de progresistas, unionistas y demócratas. Prim sigue la ingeniería de alianzas militares y civiles que derroca a Isabel II; La de los Tristes Destinos observa el exilio de la reina y la apertura del Sexenio Democrático. La Constitución de 1869 consagra sufragio masculino amplio, libertades de culto y prensa, y reforma la arquitectura del Estado. Se discute el modelo de soberanía, la cuestión religiosa y la opción monárquica o republicana. Como telón, la Guerra de los Diez Años en Cuba (desde 1868) tensiona finanzas y estrategia, aun cuando el foco novelístico permanezca en la Península.
La Quinta Serie aborda el experimento de 1868-1876. España Sin Rey trata el interregno y la búsqueda de soberano; España Trágica refleja la fragilidad del nuevo orden y el asesinato de Prim (1870). Amadeo I examina un reinado minado por la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), el republicanismo y los conflictos laborales. La Primera República dramatiza el federalismo y el cantonalismo (1873-1874) en un contexto bélico múltiple. De Cartago a Sagunto conduce al pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto (1874), que restaura la monarquía. Cánovas fija el armazón de la Restauración: Constitución de 1876, turno dinástico y centralización administrativa.
En conjunto, los Episodios funcionan como comentario sobre la construcción del Estado liberal y sus sombras. Galdós examina promesas de ciudadanía, ley y progreso frente a inercias de caudillismo, pronunciamiento y confesionalismo. La política se entiende como administración, finanzas, opinión y guerra, pero también como educación cívica. La narración privilegia voces subalternas y provinciales, mostrando la nación como suma de territorios e historias locales. Sin absolver ni demonizar, critica el fanatismo y el oportunismo, y reconoce el valor de la tolerancia y el trabajo civil. Así, propone una memoria nacional crítica, no mitológica, abierta a la autoconciencia.
La recepción histórica de la colección la convirtió en una pedagogía civil. A fines del XIX, lectores y críticos vieron en Galdós un historiador moral de la España contemporánea. La Generación del 98 releyó sus páginas para pensar decadencia y regeneración. Durante el siglo XX, distintas corrientes ideológicas usaron los Episodios para discutir la modernización, la tolerancia y el sentido del patriotismo, proyectando en ellos debates sobre guerra civil y europeización. La crítica actual subraya su rigor documental y polifonía narrativa. Para el público, la serie sigue siendo un puente entre memoria y análisis, útil para comprender los ritmos largos de la política española.
De Trafalgar a La batalla de los Arapiles, este ciclo recorre la Guerra de la Independencia desde la mirada de testigos ficticios que atraviesan frentes y ciudades (Cádiz, Zaragoza, Gerona). Con ritmo de novela de aventuras y crónica de costumbres, combina épica, aprendizaje y compasión por el pueblo, mientras convierte los grandes hitos históricos en experiencia íntima y vivida.
De El equipaje del rey José a Un faccioso más y algunos frailes menos, el foco pasa al reinado de Fernando VII y al choque entre liberalismo y absolutismo, entre constitución, conspiraciones y represión. Intrigas palaciegas, sociedades secretas y exilios se entrelazan con amores y lealtades ambiguas; el tono se oscurece y la ironía se afila sin perder el pulso narrativo.
Desde Zumalacárregui hasta Bodas reales, Galdós aborda la Primera Guerra Carlista y los intentos de modernización que siguen, entre reformas, pronunciamientos y pactos frágiles. La mezcla de crónica militar, política y sentimentalismo romántico ilumina la fractura territorial y moral de un país que busca cohesión sin renunciar a sus diferencias.
De Las tormentas del 48 a La de los tristes destinos, el relato se adentra en el isabelismo maduro: camarillas, caudillos y política exterior, con episodios que van de la Guerra de África a conspiraciones y odiseas navales. El fresco coral se ensancha y la sátira de la vida cortesana convive con una crítica más severa a la corrupción y al militarismo como vía de gobierno.
De España sin rey a Cánovas, el ciclo cubre el Sexenio Democrático: revolución, monarquía parlamentaria, primera república y restauración, entre esperanzas de reforma y desencanto. El tono se vuelve más reflexivo y ensayístico, con diagnósticos sobre ciudadanía y parlamentarismo que coronan la madurez estilística del proyecto y su mirada lúcida sobre la inestabilidad política.
Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.
Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.
Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797.
Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.
La sociedad en que yo me crié era, pues, de lo más rudo, incipiente y soez que puede imaginarse, hasta tal punto, que los chicos de la Caleta éramos considerados como más canallas que los que ejercían igual industria y desafiaban con igual brío los elementos en Puntales; y por esta diferencia, uno y otro bando nos considerábamos rivales, y a veces medíamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas pedreas, que manchaban el suelo de heroica sangre.
Cuando tuve edad para meterme de cabeza en los negocios por cuenta propia, con objeto de ganar honradamente algunos cuartos, recuerdo que lucí mi travesura en el muelle, sirviendo de introductor de embajadores a los muchos ingleses que entonces como ahora nos visitaban. El muelle era una escuela ateniense para despabilarse en pocos años, y yo no fui de los alumnos menos aprovechados en aquel vasto ramo del saber humano, así como tampoco dejé de sobresalir en el merodeo de la fruta, para lo cual ofrecía ancho campo a nuestra iniciativa y altas especulaciones la plaza de San Juan de Dios. Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoy recuerdo con vergüenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Dios de que me librara pronto de él llevándome por más noble camino.
Entre las impresiones que conservo, está muy fijo en mi memoria el placer entusiasta que me causaba la vista de los barcos de guerra, cuando se fondeaban frente a Cádiz o en San Fernando. Como nunca pude satisfacer mi curiosidad, viendo de cerca aquellas formidables máquinas, yo me las representaba de un modo fantástico y absurdo, suponiéndolas llenas de misterios.
Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras, con pequeñas naves, rudamente talladas, a que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión y seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta. Para que todo fuera completo, cuando venía algún cuarto a nuestras manos por cualquiera de las vías industriales que nos eran propias, comprábamos pólvora en casa de la tía Coscoja de la calle del Torno de Santa María, y con este ingrediente hacíamos una completa fiesta naval. Nuestras flotas se lanzaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho; disparaban sus piezas de caña; se chocaban remedando sangrientos abordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación; cubríalas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapo de color encontrado en los basureros; y en tanto nosotros bailábamos de regocijo en la costa, al estruendo de la artillería, figurándonos ser las naciones a que correspondían aquellos barcos, y creyendo que en el mundo de los hombres y de las cosas grandes, las naciones bailarían lo mismo presenciando la victoria de sus queridas escuadras. Los chicos ven todo de un modo singular.
Aquélla era época de grandes combates navales, pues había uno cada año, y alguna escaramuza cada mes. Yo me figuraba que las escuadras se batían unas con otras pura y simplemente porque les daba la gana, o con objeto de probar su valor, como dos guapos que se citan fuera de puertas para darse de navajazos. Me río recordando mis extravagantes ideas respecto a las cosas de aquel tiempo. Oía hablar mucho de Napoleón, ¿y cómo creen ustedes que yo me lo figuraba? Pues nada menos que igual en todo a los contrabandistas que, procedentes del campo de Gibraltar, se veían en el barrio de la Viña con harta frecuencia; me lo figuraba caballero en un potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y el correspondiente trabuco. Según mis ideas, con este pergenio, y seguido de otros aventureros del mismo empaque, aquel hombre, que todos pintaban como extraordinario, conquistaba la Europa, es decir, una gran isla, dentro de la cual estaban otras islas, que eran las naciones, a saber: Inglaterra, Génova, Londres, Francia, Malta, la tierra del Moro, América, Gibraltar, Mahón, Rusia, Tolón, etc. Yo había formado esta geografía a mi antojo, según las procedencias más frecuentes de los barcos, con cuyos pasajeros hacía algún trato; y no necesito decir que entre todas estas naciones o islas España era la mejorcita, por lo cual los ingleses, unos a modo de salteadores de caminos, querían cogérsela para sí. Hablando de esto y otros asuntos diplomáticos, yo y mis colegas de la Caleta decíamos mil frases inspiradas en el más ardiente patriotismo.
Pero no quiero cansar al lector con pormenores que sólo se refieren a mis particulares impresiones, y voy a concluir de hablar de mí. El único ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado afecto, era mi madre. Sólo recuerdo de ella que era muy hermosa, o al menos a mí me lo parecía. Desde que quedó viuda, se mantenía y me mantenía lavando y componiendo la ropa de algunos marineros. Su amor por mí debía de ser muy grande. Caí gravemente enfermo de la fiebre amarilla, que entonces asolaba a Andalucía, y cuando me puse bueno me llevó como en procesión a oír misa a la Catedral vieja, por cuyo pavimento me hizo andar de rodillas más de una hora, y en el mismo retablo en que la oímos puso, en calidad de ex-voto, un niño de cera que yo creí mi perfecto retrato.
Mi madre tenía un hermano, y si aquélla era buena, éste era malo y muy cruel por añadidura. No puedo recordar a mi tío sin espanto, y por algunos incidentes sueltos que conservo en la memoria, colijo que aquel hombre debió de haber cometido un crimen en la época a que me refiero. Era marinero, y cuando estaba en Cádiz y en tierra, venía a casa borracho como una cuba y nos trataba fieramente, a su hermana de palabra, diciéndole los más horrendos vocablos, y a mí de obra, castigándome sin motivo.
Mi madre debió padecer mucho con las atrocidades de su hermano, y esto, unido al trabajo tan penoso como mezquinamente retribuido, aceleró su fin, el cual dejó indeleble impresión en mi espíritu, aunque mi memoria puede hoy apreciarlo sólo de un modo vago.
En aquella edad de miseria y vagancia, yo no me ocupaba más que en jugar junto a la mar o en correr por las calles. Mis únicas contrariedades eran las que pudieran ocasionarme un bofetón de mi tío, un regaño de mi madre o cualquier contratiempo en la organización de mis escuadras. Mi espíritu no había conocido aún ninguna emoción fuerte y verdaderamente honda, hasta que la pérdida de mi madre me presentó a la vida humana bajo un aspecto muy distinto del que hasta entonces había tenido para mí. Por eso la impresión sentida no se ha borrado nunca de mi alma. Transcurridos tantos años, recuerdo aún, como se recuerdan las medrosas imágenes de un mal sueño, que mi madre yacía postrada con no sé qué padecimiento; recuerdo haber visto entrar en casa unas mujeres, cuyos nombres y condición no puedo decir; recuerdo oír lamentos de dolor, y sentirme yo mismo en los brazos de mi madre; recuerdo también, refiriéndolo a todo mi cuerpo, el contacto de unas manos muy frías, pero muy frías. Creo que después me sacaron de allí, y con estas indecisas memorias se asocia la vista de unas velas amarillas que daban pavorosa claridad en medio del día, el rumor de unos rezos, el cuchicheo de unas viejas charlatanas, las carcajadas de marineros ebrios, y después de esto la triste noción de la orfandad, la idea de hallarme solo y abandonado en el mundo, idea que embargó mi pobre espíritu por algún tiempo.
No tengo presente lo que hizo mi tío en aquellos días. Sólo sé que sus crueldades conmigo se redoblaron hasta tal punto, que cansándome de sus malos tratos, me evadí de la casa deseoso de buscar fortuna. Me fui a San Fernando; de allí a Puerto Real. Junteme con la gente más perdida de aquellas playas, fecundas en héroes de encrucijada, y no sé cómo ni por qué motivo fui a parar con ellos a Medinasidonia, donde hallándonos cierto día en una taberna se presentaron algunos soldados de Marina que hacían la leva, y nos desbandamos, refugiándose cada cual donde pudo. Mi buena estrella me llevó a cierta casa, cuyos dueños se apiadaron de mí, mostrándome gran interés, sin duda por el relato que de rodillas, bañado en lágrimas y con ademán suplicante, hice de mi triste estado, de mi vida, y sobre todo de mis desgracias.
Aquellos señores me tomaron bajo su protección, librándome de la leva, y desde entonces quedé a su servicio. Con ellos me trasladé a Vejer de la Frontera, lugar de su residencia, pues sólo estaban de paso en Medinasidonia.
Mis ángeles tutelares fueron D. Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de navío, retirado del servicio, y su mujer, ambos de avanzada edad. Enseñáronme muchas cosas que no sabía, y como me tomaran cariño, al poco tiempo adquirí la plaza de paje del Sr. Don Alonso, al cual acompañaba en su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho y con mucho trabajo la pierna correspondiente. No sé qué hallaron en mí para despertar su interés. Sin duda mis pocos años, mi orfandad y también la docilidad con que les obedecía, fueron parte a merecer una benevolencia a que he vivido siempre profundamente agradecido. Hay que añadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la más desarrapada canalla, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que en poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunos años después, a pesar de la falta de todo estudio, hallábame en disposición de poder pasar por persona bien nacida.
Cuatro años hacía que estaba en la casa cuando ocurrió lo que voy a referir. No me exija el lector una exactitud que tengo por imposible, tratándose de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados en el ocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin, después de una larga vida, siento que el hielo de la senectud entorpece mi mano al manejar la pluma, mientras el entendimiento aterido intenta engañarse, buscando en el regalo de dulces o ardientes memorias un pasajero rejuvenecimiento. Como aquellos viejos verdes que creen despertar su voluptuosidad dormida engañando los sentidos con la contemplación de hermosuras pintadas, así intentaré dar interés y lozanía a los mustios pensamientos de mi ancianidad, recalentándolos con la representación de antiguas grandezas.
Y el efecto es inmediato. ¡Maravillosa superchería de la imaginación! Como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se leyó, así miro con curiosidad y asombro los años que fueron; y mientras dura el embeleso de esta contemplación, parece que un genio amigo viene y me quita de encima la pesadumbre de los años, aligerando la carga de mi ancianidad, que tanto agobia el cuerpo como el alma. Esta sangre, tibio y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caduco organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis venas con acelerada pulsación. Parece que en mi cerebro entra de improviso una gran luz que ilumina y da forma a mil ignorados prodigios, como la antorcha del viajero que, esclareciendo la obscura cueva, da a conocer las maravillas de la geología tan de repente, que parece que las crea. Y al mismo tiempo mi corazón, muerto para las grandes sensaciones, se levanta, Lázaro llamado por voz divina, y se me sacude en el pecho, causándome a la vez dolor y alegría.
Soy joven; el tiempo no ha pasado; tengo frente a mí los principales hechos de mi mocedad; estrecho la mano de antiguos amigos; en mi ánimo se reproducen las emociones dulces o terribles de la juventud, el ardor del triunfo, el pesar de la derrota, las grandes alegrías, así como las grandes penas, asociadas en los recuerdos como lo están en la vida. Sobre todos mis sentimientos domina uno, el que dirigió siempre mis acciones durante aquel azaroso periodo comprendido entre 1805 y 1834. Cercano al sepulcro, y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En cambio yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día.
A este sentimiento consagré mi edad viril y a él consagro esta faena de mis últimos años, poniéndole por genio tutelar o ángel custodio de mi existencia escrita, ya que lo fue de mi existencia real. Muchas cosas voy a contar. ¡Trafalgar, Bailén, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles!… De todo esto diré alguna cosa, si no os falta la paciencia. Mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero.
En uno de los primeros días de Octubre de aquel año funesto (1805), mi noble amo me llamó a su cuarto, y mirándome con su habitual severidad (cualidad tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente blando), me dijo:
«Gabriel, ¿eres tú hombre de valor?»
No supe al principio qué contestar, porque, a decir verdad, en mis catorce años de vida no se me había presentado aún ocasión de asombrar al mundo con ningún hecho heroico; pero el oírme llamar hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al mismo tiempo indecoroso negar mi valor ante persona que lo tenía en tan alto grado, contesté con pueril arrogancia:
«Sí, mi amo: soy hombre de valor».
Entonces aquel insigne varón, que había derramado su sangre en cien combates gloriosos, sin que por esto se desdeñara de tratar confiadamente a su leal criado, sonrió ante mí, hízome seña de que me sentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna importante resolución, cuando su esposa y mi ama Doña Francisca entró de súbito en el despacho para dar mayor interés a la conferencia, y comenzó a hablar destempladamente en estos términos:
— No, no irás… te aseguro que no irás a la escuadra. ¡Pues no faltaba más!… ¡A tus años y cuando te has retirado del servicio por viejo!… ¡Ay, Alonsito, has llegado a los setenta y ya no estás para fiestas!
Me parece que aún estoy viendo a aquella respetable cuanto iracunda señora con su gran papalina, su saya de organdí, sus rizos blancos y su lunar peludo a un lado de la barba. Cito estos cuatro detalles heterogéneos, porque sin ellos no puede representársela mi memoria. Era una mujer hermosa en la vejez, como la Santa Ana de Murillo; y su belleza respetable habría sido perfecta, y la comparación con la madre de la Virgen exacta, si mi ama hubiera sido muda como una pintura.
D. Alonso, algo acobardado, como de costumbre, siempre que la oía, le contestó:
«Necesito ir, Paquita. Según la carta que acabo de recibir de ese buen Churruca, la escuadra combinada debe, o salir de Cádiz provocando el combate con los ingleses, o esperarles en la bahía, si se atreven a entrar. De todos modos, la cosa va a ser sonada».
— Bueno, me alegro — repuso Doña Francisca — . Ahí están Gravina, Valdés, Cisneros, Churruca, Alcalá Galiano y Álava. Que machaquen duro sobre esos perros ingleses. Pero tú estás hecho un trasto viejo, que no sirves para maldita de Dios la cosa. Todavía no puedes mover el brazo izquierdo que te dislocaron en el cabo de San Vicente.
Mi amo movió el brazo izquierdo con un gesto académico y guerrero, para probar que lo tenía expedito. Pero Doña Francisca, no convencida con tan endeble argumento, continuó chillando en estos términos:
«No, no irás a la escuadra, porque allí no hacen falta estantiguas como tú. Si tuvieras cuarenta años, como cuando fuiste a la tierra del Fuego y me trajiste aquellos collares verdes de los indios… Pero ahora… Ya sé yo que ese calzonazos de Marcial te ha calentado los cascos anoche y esta mañana, hablándote de batallas. Me parece que el Sr. Marcial y yo tenemos que reñir… Vuélvase él a los barcos si quiere, para que le quiten la pierna que le queda… ¡Oh, San José bendito! Si en mis quince hubiera sabido yo lo que era la gente de mar… ¡Qué tormento! ¡Ni un día de reposo! Se casa una para vivir con su marido, y a lo mejor viene un despacho de Madrid que en dos palotadas me lo manda qué sé yo a dónde, a la Patagonia, al Japón o al mismo infierno. Está una diez o doce meses sin verle, y al fin, si no se le comen los señores salvajes, vuelve hecho una miseria, tan enfermo y amarillo que no sabe una qué hacer para volverle a su color natural… Pero pájaro viejo no entra en jaula, y de repente viene otro despachito de Madrid… Vaya usted a Tolón, a Brest, a Nápoles, acá o acullá, donde le da la gana al bribonazo del Primer Cónsul… ¡Ah!, si todos hicieran lo que yo digo, ¡qué pronto las pagaría todas juntas ese caballerito que trae tan revuelto al mundo!»
Mi amo miró sonriendo una mala estampa clavada en la pared, y que, torpemente iluminada por ignoto artista, representaba al Emperador Napoleón, caballero en un corcel verde, con el célebre redingote embadurnado de bermellón. Sin duda la impresión que dejó en mí aquella obra de arte, que contemplé durante cuatro años, fue causa de que modificara mis ideas respecto al traje de contrabandista del grande hombre, y en lo sucesivo me lo representé vestido de cardenal y montado en un caballo verde.
«Esto no es vivir — continuó Doña Francisca agitando los brazos — . Dios me perdone; pero aborrezco el mar, aunque dicen que es una de sus mejores obras. ¡No sé para qué sirve la Santa Inquisición si no convierte en cenizas esos endiablados barcos de guerra! Pero vengan acá y díganme: ¿Para qué es eso de estarse arrojando balas y más balas, sin más ni más, puestos sobre cuatro tablas que, si se quiebran, arrojan al mar centenares de infelices? ¿No es esto tentar a Dios? ¡Y estos hombres se vuelven locos cuando oyen un cañonazo! ¡Bonita gracia! A mí se me estremecen las carnes cuando los oigo, y si todos pensaran como yo, no habría más guerras en el mar… y todos los cañones se convertirían en campanas. Mira, Alonso — añadió deteniéndose ante su marido — , me parece que ya os han derrotado bastantes veces. ¿Queréis otra? Tú y esos otros tan locos como tú, ¿no estáis satisfechos después de la del 14?
D. Alonso apretó los puños al oír aquel triste recuerdo, y no profirió un juramento de marino por respeto a su esposa.
«La culpa de tu obstinación en ir a la escuadra — añadió la dama cada vez más furiosa — , la tiene el picarón de Marcial, ese endiablado marinero, que debió ahogarse cien veces, y cien veces se ha salvado para tormento mío. Si él quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, su brazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buen hora, y Dios quiera que no vuelva a parecer por aquí…; pero tú no irás, Alonso, tú no irás, porque estás enfermo y porque has servido bastante al Rey, quien por cierto te ha recompensado muy mal; y yo que tú, le tiraría a la cara al señor Generalísimo de mar y tierra los galones de capitán de navío que tienes desde hace diez años… A fe que debían haberte hecho almirante cuando menos, que harto lo merecías cuando fuiste a la expedición de África y me trajiste aquellas cuentas azules que, con los collares de los indios, me sirvieron para adornar la urna de la Virgen del Carmen.
— Sea o no almirante, yo debo ir a la escuadra, Paquita — dijo mi amo — . Yo no puedo faltar a ese combate. Tengo que cobrar a los ingleses cierta cuenta atrasada.
— Bueno estás tú para cobrar estas cuentas — contestó mi ama — : un hombre enfermo y medio baldado…
— Gabriel irá conmigo — añadió D. Alonso, mirándome de un modo que infundía valor.
Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad con tan heroico proyecto; pero cuidé de que no me viera Doña Francisca, la cual me habría hecho notar el irresistible peso de su mano si observara mis disposiciones belicosas.
Ésta, al ver que su esposo parecía resuelto, se enfureció más; juró que si volviera a nacer, no se casaría con ningún marino; dijo mil pestes del Emperador, de nuestro amado Rey, del Príncipe de la Paz, de todos los signatarios del tratado de subsidios, y terminó asegurando al valiente marino que Dios le castigaría por su insensata temeridad.
Durante el diálogo que he referido, sin responder de su exactitud, pues sólo me fundo en vagos recuerdos, una tos recia y perruna, resonando en la habitación inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante viejo, oía desde muy cerca la ardiente declamación de mi ama, que le había citado bastantes veces con comentarios poco benévolos. Deseoso de tomar parte en la conversación, para lo cual le autorizaba la confianza que tenía en la casa, abrió la puerta y se presentó en el cuarto de mi amo.
Antes de pasar adelante, quiero dar de éste algunas noticias, así como de su hidalga consorte, para mejor conocimiento de lo que va a pasar.
D. Alonso Gutiérrez de Cisniega pertenecía a una antigua familia del mismo Vejer. Consagráronle a la carrera naval, y desde su juventud, siendo guardia marina, se distinguió honrosamente en el ataque que los ingleses dirigieron contra la Habana en 1748. Formó parte de la expedición que salió de Cartagena contra Argel en 1775, y también se halló en el ataque de Gibraltar por el Duque de Crillon en 1782. Embarcose más tarde para la expedición al estrecho de Magallanes en la corbeta Santa María de la Cabeza, que mandaba Don Antonio de Córdova; también se halló en los gloriosos combates que sostuvo la escuadra anglo-española contra la francesa delante de Tolón en 1793, y, por último, terminó su gloriosa carrera en el desastroso encuentro del cabo de San Vicente, mandando el navío Mejicano, uno de los que tuvieron que rendirse.
Desde entonces, mi amo, que no había ascendido conforme a su trabajosa y dilatada carrera, se retiró del servicio. De resultas de las heridas recibidas en aquella triste jornada, cayó enfermo del cuerpo, y más gravemente del alma, a consecuencia del pesar de la derrota. Curábale su esposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y a los navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres de Jesús y María en boca de un devoto.
Era Doña Francisca una señora excelente, ejemplar, de noble origen, devota y temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo; caritativa y discreta, pero con el más arisco y endemoniado genio que he conocido en mi vida. Francamente, yo no considero como ingénito aquel iracundo temperamento, sino, antes bien, creado por los disgustos que la ocasionó la desabrida profesión de su esposo; y es preciso confesar que no se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que contentarse con uno solo: la encantadora y sin par Rosita, de quien hablaré después. Por éstas y otras razones, Doña Francisca pedía al cielo en sus diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadras europeas.
En tanto, el héroe se consumía tristemente en Vejer viendo sus laureles apolillados y roídos de ratones, y meditaba y discurría a todas horas sobre un tema importante, es decir: que si Córdova, comandante de nuestra escuadra, hubiera mandado orzar a babor en vez de ordenar la maniobra a estribor, los navíos Mejicano, San José, San Nicolás y San Isidro no habrían caído en poder de los ingleses, y el almirante inglés Jerwis habría sido derrotado. Su mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitándome en mis atribuciones, le decíamos que la cosa no tenía duda, a ver si dándonos por convencidos se templaba el vivo ardor de su manía; pero ni por ésas: su manía le acompañó al sepulcro.
Pasaron ocho años después de aquel desastre, y la noticia de que la escuadra combinada iba a tener un encuentro decisivo con los ingleses, produjo en él cierta excitación que parecía rejuvenecerle. Dio, pues, en la flor de que había de ir a la escuadra para presenciar la indudable derrota de sus mortales enemigos; y aunque su esposa trataba de disuadirle, como he dicho, era imposible desviarle de tan estrafalario propósito. Para dar a comprender cuán vehemente era su deseo, basta decir que osaba contrariar, aunque evitando toda disputa, la firme voluntad de Doña Francisca; y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinación de mi amo, que éste no tenía miedo a los ingleses, ni a los franceses, ni a los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes, ni al mar irritado, ni a los monstruos acuáticos, ni a la ruidosa tempestad, ni al cielo, ni a la tierra: no tenía miedo a cosa alguna creada por Dios, más que a su bendita mujer.
Réstame hablar ahora del marinero Marcial, objeto del odio más vivo por parte de Doña Francisca; pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo D. Alonso, con quien había servido.
Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase.
Puede decirse que su vida era la historia de la marina española en la última parte del siglo pasado y principios del presente; historia en cuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas. Marcial había navegado en el Conde de Regla, en el San Joaquín, en el Real Carlos, en el Trinidad, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, al parecer derrotados con honra o destruidos con alevosía, sumergieron con sus viejas tablas el poderío naval de España. Además de las campañas en que tomó parte con mi amo, Medio-hombre había asistido a otras muchas, tales como la expedición a la Martinica, la acción de Finisterre y antes el terrible episodio del Estrecho, en la noche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa María, en 5 de octubre de 1804.
A la edad de sesenta y seis años se retiró del servicio, mas no por falta de bríos, sino porque ya se hallaba completamente desarbolado y fuera de combate. Él y mi amo eran en tierra dos buenos amigos; y como la hija única del contramaestre se hallase casada con un antiguo criado de la casa, resultando de esta unión un nieto, Medio-hombre se decidió a echar para siempre el ancla, como un viejo pontón inútil para la guerra, y hasta llegó a hacerse la ilusión de que le gustaba la paz. Bastaba verle para comprender que el empleo más difícil que podía darse a aquel resto glorioso de un héroe era el de cuidar chiquillos; y en efecto, Marcial no hacía otra cosa que cargar, distraer y dormir a su nieto, para cuya faena le bastaban sus canciones marineras sazonadas con algún juramento, propio del oficio.
Mas al saber que la escuadra combinada se apercibía para un gran combate, sintió renacer en su pecho el amortiguado entusiasmo, y soñó que se hallaba mandando la marinería en el alcázar de proa del Santísima Trinidad. Como notase en D. Alonso iguales síntomas de recrudecimiento, se franqueó con él, y desde entonces pasaban gran parte del día y de la noche comunicándose, así las noticias recibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados, haciendo conjeturas sobre los venideros y soñando despiertos, como dos grumetes que en íntima confidencia calculan el modo de llegar a almirantes.
En estas encerronas, que traían a Doña Francisca muy alarmada, nació el proyecto de embarcarse en la escuadra para presenciar el próximo combate. Ya saben ustedes la opinión de mi ama y las mil picardías que dijo del marinero embaucador; ya saben que D. Alonso insistía en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y ahora me resta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se presentó a defender la guerra contra el vergonzoso statu quo de Doña Francisca.
«Señor Marcial — dijo ésta con redoblado furor: — si quiere usted ir a la escuadra a que le den la última mano, puede embarcar cuando quiera; pero lo que es este no irá.
— Bueno — contestó el marinero, que se había sentado en el borde de una silla, ocupando sólo el espacio necesario para sostenerse — : iré yo solo. El demonio me lleve, si me quedo sin echar el catalejo a la fiesta.»
Después añadió con expresión de júbilo:
«Tenemos quince navíos, y los francesitos veinticinco barcos. Si todos fueran nuestros, no era preciso tanto… ¡Cuarenta buques y mucho corazón embarcado!»
Como se comunica el fuego de una mecha a otra que está cercana, así el entusiasmo que irradió del ojo de Marcial encendió los dos, ya por la edad amortiguados, de mi buen amo.
«Pero el Señorito — continuó Medio-hombre — , traerá muchos también. Así me gustan a mí las funciones: mucha madera donde mandar balas, y mucho jumo de pólvora que caliente el aire cuando hace frío.»
Se me había olvidado decir que Marcial, como casi todos los marinos, usaba un vocabulario formado por los más peregrinos terminachos, pues es costumbre en la gente de mar de todos los países desfigurar la lengua patria hasta convertirla en caricatura. Observando la mayor parte de las voces usadas por los navegantes, se ve que son simplemente corruptelas de las palabras más comunes, adaptadas a su temperamento arrebatado y enérgico, siempre propenso a abreviar todas las funciones de la vida, y especialmente el lenguaje. Oyéndoles hablar, me ha parecido a veces que la lengua es un órgano que les estorba.
Marcial, como digo, convertía los nombres en verbos, y éstos en nombres, sin consultar con la Academia. Asimismo aplicaba el vocabulario de la navegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con el hombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquél y los miembros de éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo, decía que había cerrado el portalón de estribor; y para expresar la rotura del brazo, decía que se había quedado sin la serviola de babor. Para él el corazón, residencia del valor y del heroísmo, era el pañol de la pólvora, así como el estómago el pañol del viscocho. Al menos estas frases las entendían los marineros; pero había otras, hijas de su propia inventiva filológica, de él sólo conocidas y en todo su valor apreciadas. ¿Quién podría comprender lo que significaban patigurbiar, chingurria y otros feroces nombres del mismo jaez[1q]? Yo creo, aunque no lo aseguro, que con el primero significaba dudar, y con el segundo tristeza. La acción de embriagarse la denominaba de mil maneras distintas, y entre éstas la más común era ponerse la casaca, idiotismo cuyo sentido no hallarán mis lectores, si no les explico que, habiéndole merecido los marinos ingleses el dictado de casacones, sin duda a causa de su uniforme, al decir ponerse la casaca
