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La muerte de Ausias Susmozas, el manirroto patriarca del Pigalle, un teatro de pasado glorioso, reúne a sus tres hijos. Todos pretenden recoger algún consuelo monetario que compense el nulo cariño que les dispensó su progenitor. Pero este sólo les ha dejado una deuda inabordable: el banco se quedará el Pigalle si no logran saldarla. No tienen experiencia, pero deciden montar en tiempo récord, y con un equipo desastroso, una obra que podría salvar la vida de su teatro… e incluso la suya. Una tremenda y divertida sátira sobre el mundo teatral y sobre el mundo, en general, en quiebra. "Al enfrentarse a la ingente tarea de la producción de su obra de teatro, los tres Susmozas imaginaban un álbum de cromos recién comprado. Que había que rellenar a base de comer pastelitos, atesorar estampas, negociar los cromos repetidos, perseverar con perspicacia hasta dar con los difíciles y pegarlos con cuidado para que quedaran derechos. Pero sin paga de domingo para comprar los pastelitos."
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Seitenzahl: 409
Veröffentlichungsjahr: 2020
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A la perrita Blackie le encantaba hacer teatro.
Si se avecinaba bronca, se hacía la dormida;
si la llamaban para salir a pasear un día de lluvia, se hacía la muerta;
y si la acusaban de hacerse la dormida o la muerta...
se hacía la sorda..
Índice
Portada
Los huerfanitos
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Se llama SANTIAGO LORENZO. Los astros se alinearon para que naciera un buen día de 1964 en Portugalete, Vizcaya. Primero miró, luego observó, después filmó y ahora escribe. En todas esas etapas vivió y en ninguna hizo lo que hacen los actores: actuar. Denle una goma de borrar Milan y unas tijeras y les creará un mundo. Aunque hace tiempo que con un teclado hace lo mismo y mejor. Este artista pretecnológico de pulsaciones lentas (quizás por su corazón grande), que vive a caballo (o a autobús de varios caballos) entre Madrid y un taller que ha elegido en una aldea de Segovia, estudió imagen y guión en la Universidad Complutense y dirección escénica en la RESAD. Siempre tuvo claro que ante problemas reales, sólo sirven las soluciones imaginarias, así que en 1992 creó la productora El Lápiz de la Factoría, con la que dirigió cortometrajes como el aplaudido Manualidades. Porque además de eso, al artista artesano Lorenzo siempre le gustó construir maquetas imposibles trabajadas con las manos: una cómoda con cajones que se abren por los dos lados, puertas por donde sólo podría pasar el Hombre más Delgado del Mundo y teatritos donde los Madelman son los protagonistas. Si no gozara del don de la escritura, podría haberse empleado en cualquier oficio antiguo: sereno, porque tranquilo lo es un rato, o jefe de estación ferroviaria, porque los trenes portátiles le gustan más que a un hombre alegre una pandereta. En 1995, produjo Caracol, col, col, que ganó el Goya como Mejor Corto de Animación. Cuatro años después se empeñó en estrenar Mamá es boba, la historia palentina de un niño algo alelado, pero a la vez muy lúcido, acosado en el colegio y con unos padres que, a su pesar, le provocan una vergüenza tremenda. La película pasará a la historia como uno de los filmes de culto de la comedia agridulce, y con ella fue nominado, para su sorpresa, al Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Londres. En 2001 abrió, junto a Mer García Navas, Lana S.A., un taller dedicado al diseño de escenografía y decorados con el que hicieron tanto muñequitos de plastilina para el anuncio del euro como la prisión que aparece en una de las entregas de Torrente. En 2007 estrenó Un buen día lo tiene cualquiera, donde volvía a elevar una historia de una persona para explicar un problema colectivo: la incapacidad, afectiva e inmobiliaria, para encontrar un sitio en el mundo (o un piso en la ciudad, para el caso). Harto de los tejemanejes del mundo del cine, decidió cederle sus ideas a esto de la literatura, por lo que en 2010 publicó la novela Los millones (Mondo Brutto), uno de los libros del año con un gancho cómico y un golpe más bien trágico: a uno del GRAPO le toca la primitiva; no puede cobrar el premio porque carece de DNI. Desde entonces, ha escrito Los Huerfanitos, se ha deleitado con ábsides de catedrales y con capítulos de Aída y ha continuado atacando los vicios de la sociedad de la única forma posible: con la risa, el recurso de los hombres que gozan de una inteligencia libre de presunción. También ha seguido hablando con voz grave, lanzando chanzas coheteras y fumando un pitillo a cada hora en punto con tiros cortos. Ha hecho, en definitiva, muchas cosas, pero su mayor temor continúa siendo caerse a la ría desde lo alto del puente colgante de Portugalete, patrimonio de la Humanidad desde 2006.
Título original: Los huerfanitos
Diseño de colección: Setanta
www.setanta.es
© de la ilustración de cubierta: Ricardo Cavolo
© de la foto del autor: Pascual Anega
© del texto: Santiago Lorenzo, 2012
© de la edición: Blackie Books S.L.U.
Calle Església, 4-10
08024 Barcelona
www.blackiebooks.org
Maquetación: Newcomlab
Primera edición: octubre de 2020
ISBN: 978-84-18187-54-4
Todos los derechos están reservados.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
Suelo soñar que me llaman para salir a escena. Quinientas personas esperan que llene hora y media de espectáculo con un monólogo que ni siquiera he empezado a leer.
C. B., actor, en confesión privada.
Ausias Susmozas, empresario teatral de éxito notorio, requirió la extremaunción después del último telediario. No fue sencillo encontrar a quien oficiara, porque ya eran las tantas. Finalmente, un sacerdote del colegio Gaztelueta se ofreció a la administración de los óleos y tomó confesión al moribundo. Empezó el cura, para despertar a Ausias de la modorra.
—Ave María Purísima.
—Hola.
—Dime tus pecados.
—Te voy a decir los que no he cometido, que si no no acabamos nunca.
—Vale.
—Los he cometido todos. Menos uno.
—Cuál.
—El sexto de los capitales.
El sacerdote no recordaba muy bien de qué iba ese. Reunió valor, venció vergüenza, apeló en su conciencia al bien morir del enfermo y preguntó.
—Cuál era el sexto, que a veces los confundo.
—La envidia. La he provocado toda. Pero nunca he sentido ninguna.
De penitencia se recetó una jaculatoria, porque a Ausias no le restaba hálito para más. Su interpelación final fue para el lealísimo Gran Damián.
—¿Esos tres siguen sin venir?
Ausias había mandado llamar a sus hijos al verse en el trance último. Gran Damián dio la callada por respuesta.
—Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer.
Murió seis minutos después.
Agonía, absolución, óbito y velatorio se produjeron el día 26 de enero de 2012 en el número 65 de la avenida de Zugazarte, vía admirable del barrio de Las Arenas (Getxo, Vizcaya). Seis incondicionales se hallaban presentes. Borrachos por el dolor y por los aromas que supuran las maderas nobles, destrozados por la pena, incapaces de comprender que por una vez el viejo talento se fuera a dormir el primero, incapaces de concebir que hubiera en él menos vida que en ellos, incapaces de imaginar qué hacer ahora sin su guía. Eran sólo algunos, los más fieles, de los cientos de hombres y mujeres que lo habían acompañado durante años de montarla, en escena o en la calle. Seis ancianos taciturnos que, sobre la gravedad que concede la firmeza de carácter, llevaban colgada la mueca de quien ha pasado la vida riéndose de ellas —de la gravedad y de la firmeza de carácter—. Con otros seis más habrían parecido los doce del Cid, que ahora partía hacia su definitivo destierro sin poder ellos ir a su zaga.
Estaban Esteban y Lidia, actores retirados; doña Paloma, la taquillera que se convirtió en institución en su garita del teatro; Lesmes, que se ocupó desde 2002 del cuidado de Ausias y al que ilusionaba que el empresario le llamara mayordomo; Amaya, que lo amó durante sus últimos once meses. Y allí estaba Gran Damián, quien desde siempre llamaron así.
Ni Ausias ni él supieron nunca localizar el día en que se conocieron (en febrero o en marzo de 1961, según uno u otro). Ausias y él se inventaron, literalmente, el Pigalle, el teatro de la calle Alcalá de Madrid en el que se instalaron a manufacturarse sus propias vidas. Gran Damián imaginó como el que más, encaró problemas, aguantó desaires, descubrió talentos, se extasió de gozo, soportó salidas de tono y siempre se mantuvo a la sombra de Ausias por pura admiración hacia el tótem que hoy fallecía.
Gran Damián vagaba por la habitación sin explicarse cómo era posible que estuviera ocurriendo aquello. Se hacía extraño verle llorar. No tenía cara para eso, como si hubiera nacido sin lagrimales en una gozosa minusvalía. Sus mejillas debían de estar preguntándose qué eran aquellas salmueras, porque Gran Damián pasó la vida riéndose. Cuando venían mal dadas, más todavía: se encaraba con las dificultades con la expresión de un luchador sádico que va a aplastar a golpes al espectador mindundi que le insultó desde las gradas. Así respondía a las contrariedades, con la fuerza juvenil de quien se tomara tan a traca el éxito como el fracaso. La noche en la que murió Ausias, sin embargo, parecía el san Pedro al que los escultores clásicos trazaban los surcos bajos los ojos, aquellos que la erosión de la pena dejaron en el apóstol por los ríos de arrepentimiento vertidos tras negar a Jesús.
A las dos horas del fallecimiento apareció Críspulo, el menor de los tres hijos de Ausias. Este fue el flojo resultado de comparecencias a la llamada de Ausias: el de una sola, y ya fuera de tiempo. El pequeño de los Susmozas tenía treinta y siete años. Dos menos que Bartolomé, el mediano, y cinco menos que Argimiro, el mayor. El padre les había puesto nombres de chirigota, porque los debió de encontrar divertidos. Y nominó en orden alfabético, A, B y C, para no liarse, en previsión de los despistes vocativos en los que este padre sin, precisamente, vocación, iba a incurrir. Con todo, siempre se estuvo equivocando. Ellos, para disimular su cruz, se habían abreviado Argi, Barto y Crispo.
Crispo entró en el dormitorio y contempló el cadáver. Se enteró de que la muerte se acababa de marchar, dejando aquel tieso yacente. Luego, dos lágrimas le mojaron la nariz, para su extrañeza. Crispo se sonó y ahí quedó la explosión de llanto.
Fueron las únicas que vertió. No se sentía tan unido a su padre como para más. Pero lo que de verdad sí le sorprendió fue lo de los seis leales. Nunca les había visto llorar. Estaba tan acostumbrado a que todos ellos anduvieran siempre a carcajadas, soltando sus chistes privados, mofándose de todos, que creyó que los llantos eran de cachondeo. Se guardó el desenfado que llevaba ensayado y del que pretendía hacer gala para no desentonar. Habría sido una equivocación. Lo de hoy no hacía gracia, y a los presentes, a los que menos.
El veterano Gran Damián, llorando como un chiquillo, se acercó a Crispo y le entregó un sobre cerrado.
—De parte de Ausias.
—Una carta. Qué teatrada —dijo el hijo, que de golpes de efecto paternos tenía comido lo suyo.
Crispo rasgó la solapa, sacó la carta y la leyó para sí. Había llegado tarde. No tanto como sus hermanos, que ni vinieron, pero había llegado tarde.
Ausias siempre necesitó el trato con la gente. Lo podía haber desplegado como promotor de discotecas, alcalde de urbe o comercial de maquinaria pesada. Pero cayó en el teatro y allí se afincó. El amor por la escena, que sintió de lleno, vino después. Arrendó el renqueante Pigalle en 1966 y allí se instaló, haciendo de aquel caserón su latifundio. Ya nunca adquirió piso, ni chabola, ni cabaña, ni chalé. Las cosas no se dieron mal. A los cinco años de llegar, Ausias acabó comprando el teatro. Argi, Barto y Crispo nacieron prácticamente allí, y allí pasaron sus días hasta que echaron a volar.
A este siempre le fue bien. Produjo de todo. De lo bueno y de lo regular, que a veces se alabó y a veces se denostó. Él y los suyos crearon y destruyeron, giraron por el mundo, influyeron a veces en los ánimos y en las ideas, estrenaron maravillas y estrenaron medianías, sometieron a algunos hombres y a algunas mujeres a arrasadoras fascinaciones.
Montaron también mierdas infames: versiones escénicas de las películas más idiotas, remedos de musicales bastardeados, cagarrutas para soplamingas. Funcionaban muy bien. Las montaban a mala idea, produciendo basura aposta para reírse de la gente a la que le sacaban las pelánganas. Ausias y los pigallistas se metían entre el público y rechinaban a carcajadas con las manifestaciones de ánimo de los espectadores más memos: con sus lagrimones, sus risillas, sus suspiros de admiración, sus sonrisas de emoción ante los mensajes más podridos. Las cursiladas eran más eficaces cuanta más vergüenza ajena hubieran pasado ellos inventándolas, y celebraban su habilidad trocando los sentires de platea por sus risotadas acalladas.
Excelsas o ridículas, sus funciones casi siempre rendían, y las taquillas brillaban. A veces las cosas se torcían, y el espectáculo pinchaba. Era entonces cuando daba gusto estar a la vera de Ausias. Se agarraba una depresión de veinte minutos, se veía desde fuera la cara de «pero qué está pasando» y le daba por carcajearse, mirando al pazguato —él mismo— que se aplicó con mimo al trabajo y que recibía por recompensa la indiferencia del público. Cuando se equivocaba y patinaba, y cuando acababa de chotearse de sí mismo, llamaba a todo el mundo para volver de nuevo al trabajo. Con semejante espíritu, a Ausias le iba mal en cada vez menos ocasiones.
Era fenomenal para todo. Su Pigalle era un jolgorio para todo el mundo: para los cientos de técnicos y actores que anduvieron por allí, viajeros o residentes; y para los miles de espectadores que se lo pasaron pipa con sus funciones. Capitaneado por Ausias, el teatro era una suerte de comuna, de convento, de circo, de milicia. Que generaba a mansalva dinero, placer, reflexión y cachondeo, respectivamente. Todo gracias a él, que brillaba en su trono como la ajorca cimera de una corona imperial.
No tuvo gracia, sin embargo, para los tres pequeños Susmozas.
Ausias era de esos sujetos que, pongamos por caso, tenía un hijo un día. Era anunciar el natalicio y ponerse sus amigos y empleados a echar críos al mundo (fenómeno que se da por ahí en torno a individuos altamente cautivadores). Por tres veces, Ausias fertilizó. Por tres veces, y a renglón seguido, se puso medio Pigalle a engendrar camadas.
Pues bien. Como padre, ya era otra cosa. Parcela en la que cabría la disensión de pareceres. A un lado, casi toda la gente, que lo veía como correcto progenitor porque todo se lo perdonaban. Al otro, sus tres hijos. Quienes, se convendrá, vivían la experiencia paterna de Ausias con un nivel de implicación tirando a alto. Para los tres Susmozas, y para quien lo mirara con objetividad, el Ausias padre era nefasto. Sólo reseñar un episodio que, similar a tantos de parecido calado, hace las veces de suceso canónico.
En agosto de 1979, el Pigalle cerró una semana por vacaciones. Todos los empleados se fueron a sus casas. También Ausias y los niños, que, como vivían allí, permanecieron en el teatro. Al segundo día, un martes por la tarde, Ausias se arregló como para una fiesta y desapareció. Los tres pequeños Susmozas se encontraron solos en el caserón.
Al principio fue muy divertido, jugueteando con el circuito cerrado de televisión que acababan de instalar en el prohibido despacho de Ausias. Pero las horas fueron pasando una tras otra, y los tres chiquitines iban confirmando que aquello no era un descuido pasajero. El entusiasmo por la libertad repentina se iba alternando con el terror a que les hubieran olvidado allí para siempre. A las dos de la mañana fueron plenamente conscientes de su abandono.
Lloraron Crispo y Barto, y Argi se sintió hermano mayor (lloró también). Se acostaron sin cenar, porque la incertidumbre les congeló el hambre. Rendidos por el esfuerzo de soportar tanta perplejidad, se durmieron agotados. Habría sido bueno que Ausias se hubiera ahorrado los hijos.
Por la mañana comieron lo que encontraron, y se enfrentaron al miércoles. Entre la ingenuidad y el desconcierto, Crispo llamó por teléfono a su casa. Le respondía un pitido insistente, porque se estaba llamando a sí mismo. Intentaron cocinar y provocaron un conato de incendio que consiguieron sofocar a base de ollas de agua, pero que les dejó una tos que no curó hasta octubre.
El jueves, Argi se fue a la sala de los discos a torturarse con una canción italiana que le daba mucha pena, una cosa desgarradora con la voz de una niña solita y un señor mayor. Se encontró allí a Barto, lamiéndose las heridas con otra tonada más italiana todavía, sobre las esperanzas que trae cada nuevo día. Luego apareció Crispo, que venía a bañarse en la suya, ya italiana perdida, que hablaba de lo rico que es hacerse compañía. Se ofrecieron sus canciones. Parecían tituladas aposta para que el dolor se les atragantara, mortificante como un paseo por las brasas. En las letras de las tres comparecía Ausias, y su ausencia se magnificaba con lo que les había hecho por omisión. Fue un guateque trágico de tres únicas melodías, todas de significación infausta, todas como ni a propio intento, y si aquello fue una fiesta, esa fue la de los niños huérfanos, arrumbados en llanto porque papá se había tenido que marchar a una gestión desconocida a no se sabía dónde.
Transcurrieron jueves y viernes. El sábado se acabaron el pan y la leche, y las galletas, las chocolatinas y las pipas del ambigú. Les tenían bien dicho que no salieran a la calle solos. Pero se imponía una expedición.
A Barto y a Crispo les aterraba la idea de salir. A Argi también, pero se vio obligado a demostrar la valentía del veterano y hubo de aceptar cuando se le designó como enviado. Para ocultar su pánico, Barto y Crispo adujeron que lo mejor sería que ellos dos se quedaran dentro. Para vigilar y que no entrara nadie a robar. Que habría sido lo mejor que les hubiera podido pasar, para que al menos una cuadrilla de bandidos al asalto les hiciera algo de caso.
Reunieron sus ahorros. Argi se llegó al atrio del Pigalle. Era un niño de diez años con ciento cuarenta y cinco pesetas en el bolsillo que planeaba salir a campo abierto y entrar en el primer bar que encontrara para pedir ayuda. Nada más ver la luz del día, sin embargo, cayó en la cuenta de que lo que les estaba pasando a él y a sus hermanos no era ya una descortesía, un desliz, una jugarreta de adulto olvidadizo. Sino algo mucho más grave, un desentenderse que atentaba contra la mismísima, elemental entidad animal de apego al cachorro. Conciencia que le dominó lo suficiente como para sentir una inmensa vergüenza vicaria, en cuanto a hijo directo de un mamífero tan desnaturalizado.
Así que detuvo sus pasos, apabullado por la idea de que una vez en el bar tendría que contar lo del abandono flagrante. No sería capaz, y supo que, paralizado por el sonrojo, iba a acabar haciendo como que no entraba a nada, o que entraba a ver qué, o que entraba a mirar a ver. Que el bochorno arreciaría cuando se viera allí estando por estar, sin andar a cosa alguna, haciendo como que recordaba que venía a jugar al pinball, agarrándose a los mandos para que no vieran que le temblaban las manos.
Para entonces, ya todo el adulterío viandante estaba preocupado por el niño del atrio, tieso, abandonado a la entrada de un teatro cerrado por vacaciones. Se fue a él un coronel del Ejército de Tierra, le dijo que qué hacía ahí y pronto se montó a su alrededor un remolino de gente compadeciente. A Argi no le cupo más que contar la verdad. Entraron con él al teatro y se encontraron con el resto de los hermanitos, desechados bajo las techumbres. Los niños esperaban recibir de sus salvadores el reconocimiento que se debe a todo robinsón. Pero no fue así.
Los policías y los curiosos cargaron un poco contra la dejadez de Ausias y se centraron luego en poner a los pequeños de bobos para arriba. A ver si no tenía traca lo de que se hubieran quedado quietos tras la fuga del padre, como tres calzoncillos recién planchaditos en su cajón. Se acabaron riendo de ellos a escondidas, allí reclusos sin iniciativa siquiera para salir a una ventana a pegar voces de auxilio. Lo de los servicios sociales, por entonces, ni existía. Con lo que les dieron un paquetón con bocadillos y peras y les dejaron un número de teléfono por si querían algo. El ninguneo se transfiere solo.
El domingo por la noche comenzaron a llegar de vuelta los trabajadores del Pigalle. Ausias no regresó hasta el lunes. Pegó dos guantazos a Monociclo, un maquillador cojo de Tenerife al que, según juraba, había mandado al teatro el martes por la tarde para ocuparse de la guarda de los niños durante toda la semana. El empleado afirmaba que nadie le había encargado nada semejante, que no habría olvidado una petición de objeto tan delicado y que se habría hecho cargo de la encomienda incluso con agrado. El Monociclo juraba con berridos de muy menor intensidad, como denotando que la verdad estaba con él. Por qué iba a estar mintiendo, por qué habría desatendido la custodia, por qué se iba a jugar el puesto por zafarse de una tarea fútil, hasta gustosa. Nadie creyó a Ausias, que vendría de pasar una semana estupenda a base de jamón y mujeres, lo suficientemente abstraído en sus placeres como para caer en la cuenta de que nunca había pedido nada al maquillador de Tenerife. Pero tampoco nadie dijo nada.
Con el tiempo, y de forma escalonada, los jóvenes Susmozas salieron pitando del Pigalle en cuanto vieron la ocasión. Emprendieron sus vidas al margen unos de otros, por no recordar las desnudeces padecidas. Ocuparon los empleos que encontraron, buscaron sus afectos, tuvieron picos y valles, se establecieron donde fueron cayendo. Labraron como pudieron sus sencillas haciendas, siempre con más menesteres que dispendios y con mucha más precariedad que boato. Pero sin tener que sufrir a Ausias. Por el Pigalle, ni volvieron. En busca de qué, iban a andar volviendo.
Años después, cada uno por separado, cada uno en su casa, cada uno en su ciudad, los tres Susmozas ya adultos se preguntaban por qué no salieron del Pigalle en busca de socorro en el mismo momento en el que se percataron de la situación. Por qué no se lanzaron a la calle a denunciar lo que les ocurría y a ponerse bajo los cuidados de quien fuera. Por qué aguantaron sin pedir ayuda, si bastaba con bajar las escaleras y arrojarse a las calles de Madrid. Los tres anduvieron pensando que quizá no salieron porque se les tenía prohibido salir a la vía pública. Que quizá permanecieron allí porque tenían víveres, o porque alguien acabaría por descubrirles, o acaso porque sólo era cuestión de esperar. Adujeron para sí mismos razones tan baladíes.
Pero los tres concluyeron que no salieron porque salir no habría valido para nada. Daba igual buscar socorro y llenar luego la andorga, curar el rasguño, tomar la coca-cola de consuelo. Porque ya habían recibido el disparo de desprecio. Salir del Pigalle no restañaba el daño más que en sus lindes laterales (el hambre, la sed, esas minucias). No por huir del teatro arreglaban nada. El único mal infligido era el de su absoluto olvido, y cambiar la prisión del escenario por el cielo abierto de la calle de Alcalá no restituía la situación a la normalidad que anhelaban. El destrozo ya estaba perpetrado, con la tripa llena o con la tripa vacía. La mortadela en el estomaguito no iba a explicarles por qué ni siquiera Ausias quería saber nada de ellos. La solución no iba a venir tomando una tortilla francesa ni presentándose en la sacristía de una iglesia. Saliendo ellos al ágora, nada de lo que importaba arreglar se arreglaba. Quizá sí volviendo el padre al Pigalle. Que no volvió hasta el martes, cuando ya no valía.
Gran Damián citó a los tres Susmozas para el día 13 de febrero de 2012 en el teatro Pigalle, con objeto de tratar el tema de las sucesiones. Los convocó a las ocho de la mañana, hora intempestiva que el albacea fijó sin dar opción a madrugón menos cruento.
Argi viajó desde Alicante, Barto desde Toledo, Crispo desde Papatrigo (Ávila). La víspera de la reunión con Gran Damián, Argi se alojó en un hostal de Sol, Barto en una pensión de Huertas y Crispo en casa de un medio conocido. Hacía años que los hermanos no se trataban, por lo que cada uno hizo sus planes según sus circunstancias y sin proponer encuentro previo.
Se levantaron muy temprano, nerviosos ante el reencuentro. Pagaron injusto castigo a la virtud de la puntualidad cuando los tres coincidieron en Alcalá, en ruta hacia el Pigalle. Cada cual habría preferido caminar solo, pero no hubo más remedio, en nombre de la decencia fraternal, que cubrir juntos el último trecho hasta el teatro. Compartieron la calle sin nada que decirse, apretando el paso para que pareciera que el esfuerzo andariego les privaba de aliento para la conversación. Se notaba que sería un día de sol.
Con su aspecto de palacio de los años veinte, a base de eclecticismo y garigoleo decorativo, el Pigalle manchurreaba la calle de Alcalá a la altura del metro Sevilla con su recia gama de grises, la de los humos de los años. Cinco pisos de laberintos. Más sus desvanes, buhardillas y azoteas (para coronar) y sus sótanos, fosos y galerías bajo cota de tierra (para escarbar en el pasado). En la fachada, esparcidas por todo el frontal y en sus diferentes órdenes, callaban las figuras alegóricas de no se sabe qué fulanos, en faz o de cuerpo entero. A la altura del cuarto piso, en toda la bisectriz, se enseñoreaba la cabeza de una suerte de joker de magnética sonrisa. Todos habían acabado por sacar parecido a ese rostro con Ausias. Quizá no por la fisonomía, que no casaba demasiado con los rasgos del director. Sí desde luego por el gesto, que era igualito.
En 1971, tras fructíferos años de arriendo, Ausias había comprado el Pigalle por la entonces exorbitante cantidad de ciento veinte millones de pesetas. El teatro lo valía. Había firmado una hipoteca a treinta años que lo convertiría en 2001 en dueño y señor de un edificio soberbio levantado sobre un solar privilegiado. A él o a sus herederos.
Y eso, a los Susmozas, no les impedía odiar aquel teatro. El plan de todos era el mismo: deshacerse de él en cuanto pudieran. En 1997 había sido declarado bien de interés cultural (cosa que divirtió muchísimo a Ausias), así que no podría venderse ni dedicarse a otro uso que no fuera el escénico hasta 2035 (lo del uso extrateatral, tampoco después). Pero, a veintitrés años vista, los hermanos tenían la jubilación mucho más que asegurada.
Pues bien: en la idea de la posesión no había nada de codicia. La venta del teatro tenía para los Susmozas una trascendencia mucho mayor que la económica. Sería un chorro de pelas, evidentemente. Pero a sus ojos, sin embargo, el torbellino de billetes quedaba hasta racaneado, hasta regateado, hasta escatimado, en la medida en que no tenían claro que el pastizal les fuera a compensar por tantas calamidades padecidas en el Pigalle a cuenta de su padre. Para sus dueños por herencia, el Pigalle era ante todo una indemnización de gracia y justicia por las injusticias sin gracia padecidas durante sus infancias dentro de sus mil muros. Esa venta millonaria no les resarciría de las fatigas padecidas, pero era todo lo que cabía cobrar por tanto daño. Percibirían un dinero carísimo. Porque no sería un monto en euros, sino en compensaciones. La cantidad por la que venderían en su día el Pigalle no era desde luego como para despreciarla. Pero no era eso lo que estaba en juego. Aquí la transacción no ponía en relación el peso de unos fajos con el volumen de unos bienes transferidos. Aquí lo que se ventilaba era que la justa satisfacción por tanta pasada les dejara vivir el resto de sus vidas con la tranquilidad de quien ha cobrado sus deudas. Aunque fuera en forma de dinero.
Pasaron al atrio, y luego al vestíbulo, por los portones que Gran Damián había dejado sin candar. El Pigalle llevaba cerrado desde agosto de 2004, cuando Ausias se cansó del teatro, se hartó de Madrid, lo abandonó todo y se marchó a vivir a Las Arenas. Se notaban los años de quietud, que campaba como suele: en el espesor del aire y en lo turbio del ambiente. Muebles amontonados, la mezclilla de guarrería y aguas con sus pisadas y sus patinazos, los ejemplares de las Páginas Amarillas que menudean por todo local abandonado, las colillas sobre los lapos antiguos... La más que probable presencia de ratas. El vestíbulo, no obstante, era magnífico, con sus molduras renegridas por su cara superior (la que recibe la mugre), sus puertas imponentes con las bisagras como balas de artillería ligera y la diadema grácil de los frisos volados sobre los accesos a sala.
Dos escaleras, una por mano, ascendían a los pisos superiores, con sus aramboles de latón y sus sendas alfombras rojas, ya rajadas como la lengua de quien mascó el picapica. Los tres hermanos Susmozas tomaron la de la derecha, que es hacia donde se gira instintivamente cuando se siente miedo: por tener enfilada a los pasos la mano de golpear.
Fueron subiendo. Por las paredes, pero también por los suelos, al paso salían carteles y fotografías enmarcados, anunciando espectáculos de los setenta, ochenta y noventa. Los tres iban sintiendo el fortísimo olor a polvo, que es antes táctil o gustativo que olfativo y que nubla la vista al adherirse al globo ocular y a las pestañas. Un olor que deja una secuela de mocos grandes y crujientes como empanadillas.
No se tenían tanta confianza como para ponerse a comentar nada, pero por vencer el miedo a roedores y cucarachas cambiaron entre ellos algunas palabras. Fueron las más elementales, acerca de los sucesos más genéricos ocurridos en el transcurso de los lustros que llevaban sin verse. Hacía veintiún años que Argi no pisaba el Pigalle, contra los dieciocho de Barto y los trece de Crispo. Cada vez más suspendido cada uno en sus recuerdos, los tres se fueron distanciando a partir de la segunda planta, como los ciclistas en carrera.
Llegaron al quinto piso, en el que su padre situó su despacho y en el que Gran Damián les esperaba. Arriba, donde siempre estuvo, se toparon con el armario cachondo, un mueble en el que Ausias los encerraba a veces medio en broma, medio en serio: la práctica era irresistiblemente divertida para el primer mencionado (Ausias). Para los otros (cada crío, según tocara), lo que empezaba de traca jovial acababa siempre derivando en algo mucho peor que cruel.
—Todavía da miedo verlo —musitó Argi.
Los tres se aguantaron las ganas de abrir las portezuelas y mirar adentro: por si quedara algún objeto perdido o algún hermano reo del que todos se hubieran olvidado.
Pasaron al despacho a través de su entrada descomunal. Allí seguía todo. La pesada sillería, tapizada en cuero verde, henchida de culos. Los anaqueles de madera maciza, de piezas tan gigantescas que daban ganas de creer que el edificio se construyó en torno a ellos porque ni por aquella puerta exagerada parecían caber. El monitor del circuito cerrado de televisión, antigualla tecnológica. El escritorio, sobre el que descansaban mil libros, un ladrillo de obra, un sándwich de hacía ocho años, un sable de caballería, un desodorante en stick, reseco como piedra pómez. Las paredes enteladas de rojo cereza estaban tan repletas de fotos, dibujos y cuadros enmarcados como los pasillos de todo el edificio. Todo en un estilo clásico que ya estaba desfasado cuando Ausias se hizo con el Pigalle, y que fue poniéndose al día según el tiempo iba convirtiendo cada uno de los muebles en proclamas de sugerentes extravagancias atemporales. Los juguetes y los trofeos del líder andaban por doquier. Y el parqué, llorando a cada paso. El olor a polvo se confundía aquí con el olor a padre.
Al cabo de la inmensa mesa esperaba el abatido Gran Damián, con barba de días, con su traje trasnochado y su cartera de cuero sobado. Su entrada en febrero debía de haber sido desgarradora, porque no lucía mejor cara que a finales de enero. Y eso chocaba a los hermanos, que no le hacían con aquella expresión dolorosa. Era para ellos el que siempre estuvo allí, como un tío carnal que siempre se divertía y nunca con ellos tres, adscrito como estaba al progenitor. Era una presencia eterna, pero era a su vez la de un hombre del que apenas sabían nada y al que hoy no había más remedio que dirigirse, a ver qué quería. Tantas y tantas horas compartidas, pero con tan pocas vivencias en común, no movían precisamente a la fluidez. Fue Argi quien se lanzó a hablarle.
—¿Damián?
—Pasen, por favor.
De usted les trató, como si la muerte de Ausias los hubiera convertido en licenciados. A él se fueron los sobrinos postizos, y le fueron dando la mano uno a uno. Tampoco para Gran Damián parecía fácil el contacto.
Todos sonreían forzados mientras iban tomando asiento en torno al gran tablero, soltando fórmulas del tipo de «¡Cuánto tiempo...!», y colgajos así. Gran Damián no era ajeno al hecho de que a los chicos, la muerte de Ausias les dolía lo justo. Pero declaró aquello de «siento mucho lo de su padre», cuando el pesar de la pérdida era mucho más intenso en él que en sus tres hijos. En este espesor del trato estancado, Argi ejerció de nuevo de hermano mayor, con el gesto adusto que copió de niño de los westerns y que se le quedó para siempre. Le pareció que un héroe del oeste se habría lanzado a reconfortar al anciano, que fue lo que él hizo.
—Sabemos que lo siente, Damián, que estuvo muy unido a él y que lo dice de verdad.
El eterno lugarteniente quería parecer animadete. Le salía del culo de mal. Todavía no lloraba. Los esfuerzos por evitarlo le honraban.
—No queremos que se tome trabajo extra —echó Barto un capote—. Denos las instrucciones precisas, que nosotros nos ocupamos de los trámites.
—Desde luego, Damián —dijo Argi—. Usted ya ha trabajado bastante.
—Sí, queremos liquidar esto cuanto antes —dijo Barto en el mano a mano entre hermanos mayores—. Necesitaremos alguna orientación respecto a la herencia, pero queremos que usted descanse.
Fluía amable, pero la conversación cambió entonces a tono sombrío en boca de Gran Damián.
—Yo lo que les ruego es mucho ánimo.
¿Ánimo? Ya se habían dado los pésames. ¿No se les notaba a leguas que el ánimo les sobraba para encarar el deceso? Nadie supo muy bien a qué venía aquella llamada a la resignación, en una tesitura en la que sólo el viejo plañía y en la que los demás mantenían una entereza que, como no provenía más que de la indiferencia, no contaba como mérito virtuoso. Habló Gran Damián.
—Ausias no ha dejado mucho.
No les pillaba de nuevas la noticia. Con el tren de vida que llevaba papá, todos presentían el dato.
—Por eso no se preocupe. Nunca hemos esperado mucho de él —dijo Argi.
Gran Damián sacó un informe de su cartera.
—Muy bien. Qué dice el acta —preguntó Barto.
—Que Ausias no ha dejado nada. Sólo el Pigalle. O al menos un cacho de él.
Vaya gracia. Los hermanos se habrían mirado asombrados buscando el soporte del grupo. Pero les daba vergüenza porque hacía años que no se llamaban ni en caso de matrimonio. Fueron a la reunión a ver qué les tocaba, a ver con qué partidas entretendrían a las arañas de sus arcas hasta el día de la venta del caserón. Y se encontraron con estas poquezas y con estas embajadas.
Gran Damián habló:
—Ausias compró el Pigalle el 9 de marzo de 1971, a la una de la tarde. —Y el inciso de exactitud sentimental inquietaba a todos—. Había que haber acabado de pagarlo en 2001. Pero no se han dado las condiciones para que sea así.
Lo de llamar al ánimo tenía su sentido, se iba viendo.
—Han ustedes heredado su hipoteca.
Han ustedes: eran las dislocaciones propias del lenguaje de los nervios.
—El banco ejecutará el embargo el 27 de julio. Sin más prórroga, sin más dilación y sin más nada. Porque hace ya años que se agotaron todos los plazos.
Lo mejor era acabar de compilar los datos. Todos, y cuanto antes. Así lo veía Barto, que tomaba tal modo de hacer como norma común de actuación.
—Cuánto se debe de hipoteca.
Los Susmozas llevaban sus vidas en un modesto devenir, sin más incidencias que las justas, con sus recibos más o menos al día y con sus pagos no demasiado demorados. Conservaban sus ahorros de corto alcance, y poco más. Con Ausias como modelo de lo que no había que hacer, ninguno era titular de bienes raíces. Instalados en su encomiable austeridad, inmunes a las ingenuas rutilancias de la propiedad, vivía cada uno en su piso, de mejor o peor empaque pero en arriendo en los tres casos. Un coche, tres ordenadores, dos teles, una bici, algunos muebles. Eso juntaban, en una lista de pertenencias de valor decreciente que acababa por gomas de borrar, calzadores de hoteles, pinzas para la ropa y la pelusa de los bolsillos.
Argi tenía sus ocho mil ahorrados, a base de dar clases de alemán a zopencos que apenas dominaban su lengua materna. Barto había reunido casi trece mil, tras aprobar su oposición a funcionario de la Junta de Castilla-La Mancha y tomar un donut en vez de dos en el rato de almuerzo de media mañana. Crispo, sin oficio ni beneficio, disponía de doscientos cincuenta y tres euros en una cuenta corriente exangüe. Que, sumados a los cuarenta y siete que llevaba en el bolsillo, dejaban una cifra hermosamente redonda.
Gran Damián no se decidía a hablar. Los hermanos prefirieron pensar que era otra manifestación del desgarro por la pérdida del amigo. No era sólo por eso. Era también por lo que tenía que decir. Que era, más bien, grave. El anciano puso coto a su implada y entró en materia.
—Trescientos sesenta mil euros. Con una rayita de negativo delante.
—Y de eso, cuánto nos toca pagar a nosotros.
—Trescientos sesenta mil euros. Vamos, todo.
En un principio, la hipoteca de 1971 se fue liquidando con puntualidad. Entró dinero durante lustros, mucho dinero, el de las taquillas reventonas y el de los patrocinios generosos. La hipoteca mamaba a lo bestia, no obstante, y el tren de vida de Ausias no ayudaba a cumplir con puntualidad. Las burbujas del champán trataban de tú a las burbujas inmobiliarias, de las que Ausias se comió tres o cuatro (muchas más se bebió de las otras). Jugaron los vaivenes de las inflaciones, las devaluaciones de moneda, los ipecés generales, los particulares del sector, todo el pifostio.
Hacia 1995, el empresario empezó a solapar unos créditos con otros. En 2001, cuando el préstamo tendría que haber quedado liquidado, Ausias tenía el asunto de su propiedad hecho un costurón, a base de zurcidos superpuestos para los que el banco no iba a soltar más hilo. En los albores de la segunda década del siglo, en plena crisis financiera, ni el encanto del promotor ni la paciencia del acreedor dieron más de sí. Se acabaron los favores y se exigió liquidar lo que restaba, bajo la voluntad firme del banco de quedarse con el Pigalle. Luego, Ausias tuvo a bien morirse. Con sus flecos colgando. Que, como quisieron los caprichos del mercado, importaban sesenta millones de los ciento veinte que valía en 1971. La mitad aritmética, con el tantísimo dinero que Ausias había metido en eso.
Argi habló de renovar el crédito. Pero no había nada que hacer, como explicó Gran Damián con su voz casi inaudible. Hacia 2005, el banco empezó a ver clara la posibilidad de quedarse con el teatro entero. Su intención era reabrirlo y explotarlo como sala cultural con el nombre de la entidad, en una práctica que empezaba entonces a ser muy común. Sólo tenían que esperar. Se adivinaba que el viejo Ausias, ya muy mermado de ilusiones y fuerzas, no reuniría los billetes —extremo en el que no se equivocaron—. Luego sólo restaría actuar por la vía de impagados y embargo.
—No quieren más moratorias. Ahora quieren el teatro. Ya no quieren el dinero. Han visto mucho más rentable esperar a que ustedes se vengan abajo. Ya no quieren el remiendo: casi tienen la cabeza, para qué pujar por la caspa. Nunca les van a conceder otro crédito. Ustedes ya no pueden aplazar el pago: sólo hacerlo de una santa vez. No van a seguir acumulando deudas con ustedes, y menos pudiendo quedarse con el Pigalle entero, que ya hay bases sobradas para que se lo queden. Ellos tienen muy fácil quedarse con el todo porque no traigan ustedes la parte.
—No es el único banco del mundo. Hay otros.
—No para ustedes. Aparte de que el nombre del Pigalle figura en todos los registros de impagados, y aparte de que no hay ninguna voluntad entre los bancos de entrar en conflicto con sus acreedores sólo por ayudarles a ustedes, y aparte de que la situación prestataria es la que es; aparte de todo eso, es que ustedes no tienen nada con lo que avalar sus solicitudes de crédito.
Gran Damián estaba muy al tanto de los posibles de los herederos.
—Sólo este teatro. Pero vayan a contarle a los bancos que no podrán devolverles el préstamo hasta 2035. Yo ya lo he hecho. Igual tienen ustedes más suerte.
—No busquemos en los bancos. Tiene que haber particulares dispuestos a prestarnos el dinero.
—Ya lo he intentado. Quedé con siete empresarios.
—¿Y no les ha encantado la idea?
—Cuando a los seis primeros les dije lo de 2035, me dijeron lo mismo que los de los bancos. Al séptimo ya ni fui.
Inmersos en la crisis financiera del cambio de década, conseguir un crédito era poco menos que imposible. Pero la situación era tan fiera que ni siquiera en coyuntura boyante habría sido viable.
—¡Alquilarlo a compañías!
Gran Damián también lo había probado: ofrecer el Pigalle a compañías teatrales, las únicas empresas a las que, por culpa de la declaración de bien de interés cultural, les podían arrendar el teatro. En enero había fijado un precio de alquiler de 60.000 euros mes, el cociente necesario para saldar la deuda en seis meses. Las gestiones habían sido nefastas. La renta resultaba prohibitiva, por lo que ni las compañías grandes lo consideraron (casi todas tenían, de hecho, su propio coto en arriendo). Tanteó la rebaja, y lo mismo. Bajo todo ello subyacía la evidencia de que ninguna empresa quería indisponerse con la entidad acreedora, de la que casi todos eran feudatarios. Gran Damián sólo había conseguido que se corriera la voz del desastre del Pigalle, haciéndolo público y notorio.
El 27 de julio se les figuró a todos como rotulado en un inmenso paredón de fusilamiento. Argi se sonrió medio ido. Barto se aflojaba la corbata. Crispo se levantó a dar dos pasos.
—¿Y quién ha sido el contable en esta casa de putas? —Argi aguantaba la cólera.
—Ya lo saben. Ausias aquí lo ha sido todo: el director, el autor, el escenógrafo, el promotor, el tramoyista y, desde luego, el contable, el tesorero y el administrador único. Hubiera sido su propio albacea, si hubiera podido.
Gran Damián, hecho un pingajo con patas que parecía venirse al suelo a cada gesto, tensaba los músculos de la cara. Por pena, pero también por prevención. Él no tenía la culpa de nada, pero habría encontrado muy justificable que cualquiera de los tres quisiera desahogarse con el de fuerzas más mermadas y partirle el hocico por estar dando estas nuevas.
El anciano sabía que Argi daba clases de alemán y que Crispo vivía a salto de mata sin oficio ni beneficio. También que Barto se había ido por el sector administrativo. Dejó que fuera él quien diera curso al consiguiente desarrollo del drama. Le pareció menos violento que fuera uno de los hermanos (el letrado, mejor) quien verbalizara la verdad que él no se atrevía a pronunciar. Barto dijo:
—¡Nos vamos a quedar sin esto! —Y abarcaba el aire con los brazos.
No podía ser. Había que lanzar propuestas, tirando por donde fuera.
—¿Y la casa de papá? —inquirió el mayor—. Esa en la que se murió. La de las Vascongadas. —Así llamó Argi a Las Arenas.
—Llevaba un año embargada cuando murió —respondió Gran Damián—. Estaban a punto de lanzarle cuando se fue por propio pie. Nadie consiguió echarle nunca de ningún sitio.
Gran Damián seguía previendo agrios repartos de sagradas obleas si los herederos caían en el depresivo silencio. Para ganar la situación por la mano, se aprestó a intervenir.
—Piensen en algo, por favor —pidió con la mirada arrasada.
Los Susmozas iban haciendo en sus cabezas el repaso de las amistades a las que pedir ayuda. Buscaban candidatos para el sablazo. Pero flacos álbumes, los de este casting. Pocos amigos y de mal pasar, y los hermanos se hacían cruces por las pocas relaciones cultivadas, por tanto vivir de cara adentro, por dejar pasar el cumpleaños del conocido sin mandar felicitación. Haciéndose siempre los misántropos para disimular su compulsiva timidez. A algunos ciudadanos conocían, cómo no. Gentes como ellos que quizá guardaban en sus huchas el remanente para la autocesta de Navidad, para cuando el coche dijera hasta aquí, para cuando al niño le salieran unos granos preocupantes. Pero es que la guita que les hacía falta era muchísima guita. El agujero del butrón que les habían hecho era descomunal, y a ver qué coño de garantías de devolución podían ellos prometer. Para conseguir el dinero ya no valía con pedirlo. Ahora había que generarlo. El prestado no sólo no arreglaba el problema, sino que lo hacía engordar. Sólo valía el otro, el que se gana por derecho propio sin engendrar más flujo a deber.
El derrumbe era general. La imposibilidad de otra utilización que no fuera la teatral mandaba al infierno las estrategias de guerrilla que los tres hermanos estaban pergeñando: alquileres del edificio para mítines, ferias, entregas de premios y presentaciones de empresas de venta piramidal. Gran Damián lo expresó a las claras.
—Lo del bien de interés y esa mierda les perjudica lo que más. Si no, aquí íbamos a estar con estas caras de pisacacas.
Atacaron pues por la zona de inventariables: liquidación al peso de butacas, cañerías de plomo y marcos para fotos. Pero no se podía tocar ni un tornillo hasta mediados de los treinta. Luego pasaron a los fungibles: bombillas de cien watios, cuadernos sin empezar, botes de pintura empezados. Pero nadie quería comprar morralla. Todas las posibilidades de saldo las había concebido antes Gran Damián, y ninguna valía. Sintiéndolo mucho, el anciano derribaba planes de choque como quien achicharra francotiradores en un videojuego. Los Susmozas no podían enajenar los bienes estructurales, y los de valor espurio no los quería nadie porque la basura siempre ha sido artículo gratuito en los vertederos. Y la mano de Ausias, abriendo boquetes a cañonazos en el paramento que estos cuatro querían enlucir a llana y yeso.
A cada hermano le pasó ante los ojos la película de su vida. Porque los tres se estaban muriendo y porque todo lo que estaba ocurriendo contradecía tantos recuerdos de abundancia. Recuerdos de infancias de desprecios, pero en las que siempre había dinero por todos sitios.
—¡Pero todo lo que estrenaba papá reventaba las taquillas! —gritó Argi—. ¡Vivía como nadie!
—Pues se ha gastado todo lo que ganó, más los trescientos y pico mil que les deja de recuerdo. —Gran Damián no hacía más que pintarlas negras.
Al fin, todos quedaron en silencio. Se posaron en el alféizar del ventanal los gorrioncitos que dan envidia por su sustento resuelto por el Creador, y Argi recordó un episodio que le pareció que venía muy a cuento.
—Había un sargento en la mili que cargaba las copas que se tomaba en la cantina a un soldadito de Murcia. Cuando se licenció, el de Murcia debía casi medio millón de pelas en el bar. Qué risa nos pasamos todos a cuenta de él. Y ahora el de Murcia soy yo...
—Lo que no me cabe en la cabeza —dijo Barto— es que alguien sea un sucio de corazón con tantas ganas. Papá tenía encima todas esas deudas y se pegaba la vida padre.
—A eso sí que nunca renunció —recordó Gran Damián—. Pero al fin y al cabo era su dinero.
—¡No era su dinero! ¡Era el que debía al banco! ¡Era el que nos iba a endilgar a nostros! —Argi.
—Se lo ha comido todo sabiendo que nosotros veníamos detrás. Cada vez que se cogió un taxi o cada vez que se tomó un whisky en un bar estaba robándonos una baldosa del Pigalle —Barto.
—La que nos toca pagar ahora. Me corto un dedo si no lo ha hecho aposta —Crispo.
