Puñalada trapera - Antonio García Ángel - E-Book

Puñalada trapera E-Book

Antonio García Ángel

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Beschreibung

En esta selección de cuentos, hecha con ahínco y pulso de editor experimentado por Juan F. Hincapié, encontramos figuras muy interesantes de la literatura nacional. Algunos de ellos ya consagrados, profusamente editados y traducidos; otros apenas despuntan en sus carreras. Todos nos ofrecen relatos de gran calidad y relevancia. Puñalada trapera, la antología de cuento colombiano publicada este año por Rey Naranjo, quiere ser una paliza a veintidós manos. Como dice John Naranjo en la Introducción, el objetivo era "coger a mansalva" dos grandes clichés sobre el cuento en Colombia: que el cuento no vende en nuestro mercado editorial y que es un género de y para escritores. Tarea nada fácil cuando, afirma él mismo, es jodido ser optimistas por la caída del volumen de ventas de libros en la última década y las imposiciones de un mercado colonizado por megapulpos mercantiles que le han hecho zancadilla a apuestas arriesgadas, pequeñas e independientes.

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Introducción

Desde esta orilla del mercado editorial cada día cuesta más trabajo ser optimistas. La contracción es la tendencia, el volumen de ventas ha caído un 20% en la última década, y el surgimiento de un engendro bicéfalo que reina e impone lecturas a lo largo y ancho del territorio hispanoamericano es aceptado como un dogma. Paradójicamente, la salud de la literatura colombiana parece vigorizada. Una fiel muestra de ello es este libro que usted, estimado lector, tiene en sus manos. Son diversos los afluentes de estos escritos: algunos llegan desde el norte, de los cada vez más especializados posgrados de escritura creativa, e incluso de connacionales cuya lengua materna es el inglés. Otras aguas nos llegan desde España, con autores que han desarrollado una carrera allí y han sentado sus domicilios en Barcelona, Madrid o Sevilla. En el terreno local, los meandros recorren la variopinta geografía literaria nacional mostrando una clara influencia de los talleres de escritura que se realizan por todos lados. Sin importar su procedencia, a todos les pedimos lo mismo: envíennos el mejor inédito que tengan. El tema, la extensión… todo queda a criterio del creador. En Rey Naranjo Editores tenemos muy claro que únicamente la espontaneidad hace buenos escritores.

En esta selección de cuentos, hecha con ahínco y pulso de editor experimentado por Juan F. Hincapié, encontramos figuras muy interesantes de la literatura nacional. Algunos de ellos ya consagrados, profusamente editados y traducidos; otros apenas despuntan en sus carreras. Todos nos ofrecen relatos de gran calidad y relevancia.

Es una frase manida esa que dice que el cuento no vende en el mercado editorial. También es un tópico decir que el cuento es un género de y para escritores. A primera vista, parece descabellado hacer libros en los tiempos que corren. Con este primer volumen de Puñalada trapera esperamos coger a mansalva estos clichés y, por lo menos, asestarles un primer golpe. También pretendemos que nuestro optimismo trascienda las ideas preconcebidas y contagie a toda la cadena del libro; es este el motivo de haber apostado por un libro totalmente colombiano. Como el salmón, vamos a contracorriente. Esperamos que los lectores nos den la razón.

John Naranjo

№ 1

Jabalíes

Antonio García Ángel

{ Para Laura }

Me hiere el sol, me duele la cabeza, siento la cara entumecida y un diente flojo. El taxista pregunta si estoy bien. Le digo que no y después me pregunta algo más pero no le respondo. Me muevo el diente flojo con la lengua, me miro la camiseta ensangrentada y pienso que eso acaso puede apiadar a Cristina. O hasta la emputa más, quién sabe. Ella de todas formas venía cocinando la rabia desde temprano. Había hecho mala cara cuando le dije que me iba a ver el partido en la casa de Jaimito. Me dijo ¿seguro vas a venir después del partido?, porque a las ocho y media quedamos en estar donde Mónica. Una prima de ella, que es una vieja boba, y el marido, Fercho, que es severo pendejazo, hicieron una comida porque estaban cumpliendo cuatro años de casados. Le prometí, le juré y rejuré que llegaría a las siete y media, pero no había acabado el primer tiempo y ya estábamos eufóricos porque íbamos ganándole a Nacional dos a uno, con goles de Uribe y Agudelo, que estaban enchufados. Habíamos prendido un porro y estábamos tomando un roncito que sacó Jaime. A las siete y cuarto llamó Cris a preguntarme si ya estaba en camino y le dije que estaba por salir. Se puso toda rancia y dijo que me estaba esperando, que a ella no le gustaba llegar tarde. Le dije que no jodiera, que tampoco íbamos a llegar de primeros, que en Bogotá todo el mundo llega tarde. Al ratico ya nos estábamos oliendo la primera raya, y Jaimito empezó a dar lora con no se la deje montar que a uno las hembras siempre quieren mandarlo. El güevón de Jaimito siempre me trabaja la moral. El segundo tiempo fue aburrido pero mantuvimos el marcador. A las ocho y diez me llamó Cristina y no le quise contestar. Qué intensidad, si ya habíamos quedado que estaba por salir. Pero pues sí era tardecito, entonces le chatié diciéndole que llegara adonde Mónica y que yo caía allá. Se puso bien brava, dijo que no debí llevarme el carro, que para qué era tan cómodo y a ella la ponía a andar en taxi. Yo le dije que todo bien, le mandé caritas de sorry hasta que más o menos se contentó y me dijo que saliera ya para donde Mónica, que ella ya iba a pedir el taxi. Le contesté que allá nos veíamos, pero seguimos bebiendo y echando mierda, Jaimito hablándome de su romance putero. El caso es que cuando miré el celular eran las diez y media. Llamé de una, contestó y yo procuré hablar poco porque creo que se me notaba la pea. Me dijo o vienes ya o no vengas, y colgó. Le dije a Jaimito que me iba ya mismo para la casa de Mónica, le conté lo que me había dicho Cristina. Él me respondió que entonces era mejor que me fuera para mi casa y allá esperara a Cris, ¿porque cómo va a llegar en ese estado allá?, dígale que no se sintió bien, que comimos unas empanadas acá y le sentaron mal… Como si Cristina fuera güevona. Pero me pareció buena idea más bien llegar a la casa y llamarla, no llegar allá a estar todo tenso enfrente de otra gente. Pero no me fui de una porque si ella se iba a demorar un ratico en volver, podíamos echar un par de peleas en Mortal Kombat Inferno. El hijueputa de Jaime me estaba dando una zunda brava con Nightwoolf, que se le sabe todos los trucos. Yo perdí con varios hasta que me fue bien con Baraka y se puso más reñido. Nos pasamos a las hembritas y él me estaba levantando feo con Kitana. Yo jugaba con Sonya y con Milena o no sé cómo se llama, él se pasó a Jade y con esa también me estaba dando en la jeta. Claro, ahí ya estábamos fumando otro porro, y como cuando a uno le ganan queda todo rabón, con ganas de revancha, yo le decía marica, bueno, el último, pero jugábamos otro y otro, hasta que miramos qué hora era y tun, la una. Ahí me asusté, me pareció la puta cagada con Cris. Seguro que ya había llegado a la casa. Le marqué dos veces y no me contestó. En wasap estaba la progresión completa desde te estoy esperando, ¿en cuánto llegas? hasta no puedo más, no puedo más con esta mierda, con todo tipo de emoticones, un jabalí que ella pone cuando está iracunda. Jaimito me dijo que como yo salía para mi casa, de camino lo podía dejar en el chochal. Y pues sí, de una.

En el carro me quejé de la gallina que me iban a dar, y craso error: Jaimito se explayó en el discurso sobre la voluntad de dominación femenina. Es entendible porque él estuvo casado seis años con Marta, que era una profesora de yoga flaquita, lánguida, con cara de virgen, y sin exagerar es la mujer más brava, más severa, más controladora, más agresiva que he conocido en la vida. Jaime al principio decía, cuando no le conocía el puto genio, es que Marta me da paz. No lo culpo: uno la veía meditando en un parque en ese magazín mañanero que daban en Canal 13, la veía inhalar y exhalar con busetas de fondo y no podía imaginarse las rabias tan hijueputas que le daban, los niveles de jodencia que alcanzaba. Quería que Jaimito hiciera todo así o asá, cuando no lo estaba regañando le hablaba con impaciencia, lo celaba como loca, hasta que por fin Jaimito se mamó de ella y se separó, se entregó al poliamor, luego se cuadró con una chica, se tragó, le puso los cachos, se volvió a tragar de otra, lo echaron, se volvió a cuadrar y se tragó, le puso los cachos y lo echaron, y así sucesivamente, pero entretanto se había hecho habitual de un burdel en Chapinero, abajito del Carulla, y ahora anda enamorado de una puta. Se gasta como un millón de pesos mensuales allá, y ella se lo da gratis como una de cada cuatro veces. Fui a llevarlo antes de seguir para la casa, donde me esperaba la conversación compleja con Cristina. Pero yo tenía ganas de ver cuál era el chiste con el sitio, que según Jaime era una chimba y había las re hembras, tenía curiosidad de la puta que según él era el amor de su vida. Decidí tomarme una última cerveza antes de llegar. Igual, una cerveza de más no iba a hacer la diferencia: la pelea iba a ser la misma. Entonces periquito en las ñatas y pa’l chuzo, que resultó todo cuco, pura estética setentera, con bola de espejos, sillones blancos con rojo, muy estudio cincuenta y cuatro, o pues lo que uno se imagina que fue estudio cincuenta y cuatro. La puta de Jaimito estaba entreteniendo a unos manes en un reservado que tenía cortinas, pero se alcanzaba a ver un poco hacia dentro. Jaime quedó todo despechado, pidió ron Abuelo y lo sirvió con la mirada perdida en las cortinas. Pero le duró poquito porque llegaron Sol y Amparo. Ambas estaban bien buenas. Amparito, la que se parchó conmigo, en serio se iba a podrir. Tenía unas tetotas, una cinturita, una cara que aguantaba. Me puse a coquetearle por joder, pues pensaba tomarme ese trago de ron y arrancar en diez minutos, pero sonó un merengue todo guapachoso y salimos a bailar, y se movía rico la Amparo, echábamos buen paso, y seguimos bailando. Jaimito estaba en consultorio sentimental con Sol cuando volvimos a la mesa, miré el reloj y no sé cómo había corrido así el tiempo: eran las tres pasadas. Tenía seis llamadas perdidas y un mensaje de voz que no quise oír. En wasap me decía que estaba preocupada por mí, preguntaba si estaba bien, pedía que diera señales de vida, me decía que le había marcado a Jaime y tampoco había contestado. Sol ya se había ido, él estaba ahí con la mirada perdida. Claro, el marica en ese estado qué iba a contestar. Amparo había empezado a decirme papito, yo me lo como bien comidito. Yo me hice el güevón y serví el último antes de irme a la casa. Jaimito resplandeció cuando se fueron los del reservado y llegó su puta a la mesa. Dijo que se llamaba Andrea, aunque él me había contado que su verdadero nombre era Francy. Era bonita, culona, hembra, pero no para ser el amor de la vida de nadie. Salí a bailar otra vez con Amparo y ella me mordió la oreja, me dijo que subiéramos, que ella se iba a portar bien conmigo. No sé en qué momento terminé en un cuarto diciéndome esto que estoy haciendo está muy mal, esto agrava todo, ¿por qué no me fui antes?, mientras me comía a Amparo. Pero llegó el punto en que reflexioné, me dije si ya estoy en éstas pues no me lo voy a tomar a mal, ya qué hijueputas. Alcancé hasta a foquiarme un ratico. A la salida estaba culposo, paranoico de que Cristina me sintiera el olor, entonces me eché ron como si fuera perfume. Me bañé en ron, mejor dicho, mientras Jaimito y las putas se reían. Jaimito se puso a partir perico en la mesa y nadie dijo nada. Las putas, felices. Entonces me eché un par de aspiradas, y Jaime estaba pidiendo más ron, y el parche estaba bueno, y mi celular seguía vibrando con todo tipo de reclamos, emoticones, caritas, jabalíes. A las cuatro y pico ya me quedaba un átomo de pila, le escribí lo siento y nada más porque se me apagó el teléfono. No supe a qué hora salí del chochal pero estaba clarito. Jaime se quedó allá, rumbiando con Francy. Agarré la Séptima hacia el norte, bajé hacia el barrio y todo se puso negro hasta que pum, me despertó el guarapazo. Ahí se me pasmó la borrachera. Me había subido a un andén altísimo, me había reventado la jeta. Intenté retroceder, el carro no se movió y traqueó horrible. Cuando me bajé a mirarlo estaba hecho una mierda, las llantas como atravesadas, la rejilla de adelante zafada, pedazos de metal tirados por ahí, además de humo. Tuve que llamar a la grúa. Me arrancaron como doscientos mil, más los doscientos y pico que me gasté allá en el chochal, más lo que va a costar el arreglo del carro, que tiene dizque la tijera, el eje, el radiador, la suspensión y no sé qué más mierdas putiadas. El man del taller calculó que bajito cuatro palos y medio. Estuve de buenas que no llegó la policía, porque ahí sí me parten, se llevan el carro de Cristina para los patios, lo deshuesan de una. O me hubiera tocado también darles plata. Súmele lo del odontólogo, porque este puto diente se me va a caer y voy a quedar mueco. Ponerse un diente cuesta como cinco palos… No quiero llegar a la casa. Me hiere el sol, me duele la cabeza, siento la cara entumecida. Ante mi silencio el taxista calla y prende la radio. Miro por la ventanilla el azul del cielo y la gente trotando en la ciclovía. ¶

№ 2

Calderas

Mónica Gil Restrepo

A pesar de los 76 kilómetros recorridos la montada apenas comienza. El lote se ha desparramado durante el largo descenso en el que cada cual busca con los frenos la velocidad a la que el viento golpee sin intimidar, la mayoría devorando los kilómetros que más tarde habrá que masticar. Yo me aferro con cautela a las palancas de los frenos para contener el ánimo desbocado de las ruedas y observo cómo los demás se pierden entre las curvas que el monte parece tragarse.

Ya cerca al río respiro un aire cálido y pienso que quizá de ahí viene su nombre: Calderas. Mientras nos reagrupamos para iniciar el retorno, sobre el puente, paso con un sorbo largo de agua un puñado de maní que me como sin ganas. De nuevo en marcha, concentro la mirada en las bielas del ciclista que me antecede, el compás de su pedaleo presente en mi cabeza. Solo me percato del palo cuando lo levanta la llanta cuyo trazo imito y, tras el crujido con el que se atraviesa en el rin, los radios comienzan a quebrarse. Son unas cuantas milésimas de segundo, mientras pierdo el balance y el tenedor se queda sin soporte. No alcanzo a protegerme con las manos. El asfalto, en apariencia liso desde el sillín, raspa el pómulo derecho y la barbilla, y con el golpe siento en mi piel el calor de las piedras aglomeradas por la brea viscosa. El silencio dura un instante. Luego, tras el sonido de unas zapatillas soltando los pedales, alguien me toma del brazo.

—¿Estás bien?

Entiendo a qué se refiere la pregunta y en este caso me parece fácil responder.

—Sí. Creo.

El Doctor me mira. Un chorro de líquido de su caramañola para lavar la sangre, un tacto rápido bajo la sien, una ojeada al casco fisurado. La muñeca izquierda exhibe el blanco lechoso de un raspón fresco por el que sus ojos pasan de largo. Un dolor seco en el hombro. Noto el charol carcomido de mis zapatillas nuevas y busco el sitio exacto en el que la carretera ha reclamado su brillo. Encuentro el pequeño trozo de cuero atascado en el realce que ha dejado una maleza en su lucha triunfal por perforar el asfalto. De nuevo el hombro. Me siento. La camisa, rasgada. Ligera para estar cómoda en el calor abrasador, no resistió el roce contra las piedras. Tampoco las mangas protectoras. La derecha, rota a la altura del codo ensangrentado.

—¿Te duele?

Nicolás también me observa con preocupación.

—La rueda —digo para desplazar tanta atención.

—No importa.

Me incorporo. Solo llevamos quinientos metros de un ascenso largo. Las chicharras anuncian con su canto el comienzo de la mañana, y en el aire tibio todavía se siente la humedad de la noche condensada en la vegetación.

Alejandro revisa la bicicleta. El carbono de la trepadora derecha está limado. También el tensor. Me lo hace saber. Un despicado en la barra superior, justo en el lugar en que convergen la pintura roja, blanca y negra, estropea la geometría estudiada del marco.

—¿Entonces? ¿Te vas a subir al carro?

Faltan 38 kilómetros de cuesta y luego otro tanto. Apenas iniciábamos el retorno.

—¿Hay otra rueda? —pregunto, sabiendo de sobra la respuesta, pero con ganas de posponer la decisión. La cabeza me pulsa y trago para disimular el nudo en la garganta.

Jorge, quien sin darme cuenta se ha bajado de la camioneta que nos abastece, se dirige en silencio hacia la parte trasera y, sin ganas, saca el repuesto. No le parece. De mí depende entonces.

—Voy a seguir. Estoy bien.

—¿Seguro?

—¿No te duele mucho?

—Falta lo duro. Cuando se te pase el susto, el dolor va a incrementar.

Sopeso estas últimas palabras. Además de sentido común, se encuentran respaldadas por la autoridad del médico. Lleva el pelo largo y las canas sobresalen por entre el casco, proclamando su veteranía. Como no parezco convencida, me mira con severidad.

—Después de estos accidentes se queda débil.

Es un ultimátum.

Me preocupan el sol sobre las heridas, el rin con los radios destrozados, el dolor en el hombro, el codo que comienza a hincharse. Pienso en mi mamá y anticipo el sermón justificado. Que tengo dos niñas.

Los primeros pedalazos cuestan, mientras los músculos, tensos por el golpe, recuperan el tono preciso en el que son a la vez fuertes y flexibles. Encontrar el ritmo tampoco es fácil, regular el corazón que, sobresaltado, palpita sin cadencia.

—Tranquila que vamos a subir suave.

Quizá en esta oportunidad esa sea la intención, aunque conozco lo pronto que se desvanecen las promesas en el calor de los ascensos.

Alejandro posa su mano sobre mi espalda. Me mira con detenimiento y señala la carcasa golpeada del pulsómetro. En la muñeca veo otra herida, justo donde sobresale el cúbito.

—Las gafas también están raspadas.

Me da rabia. Adelante algunos comentan los daños de la bicicleta.

—Lo del tensor no es grave. Una lijada suave, un poco de barniz y listo. Igual con las trepadoras.

—Claudia es una maga con el aerógrafo. Queda como nueva.

—Lástima el rin. Ahí no hay nada que hacer.

El temblor del brazo derecho aumenta e intento no apoyar mi peso en él, pero entonces la espalda se resiente. El sol, cada vez más alto, intensifica su resplandor. Las heridas supuran y sé que lo mejor sería cubrirlas. Se me ocurre hacerlo con crema antipañalitis. El óxido de zinc que protege contra la humedad también es pantalla solar.

Como respondiendo a mis inquietudes, después de la siguiente curva se asoma una casita que no noté bajando. Veo dos niños persiguiendo un perro, un ejemplar con orejas de murciélago y pelaje barcino. Parece sonreír mientras escapa. En otra oportunidad intentaría jugar a adivinar sus razas, combinadas de manera única. Tras los geranios y begonias del corredor, sembrados en recipientes variados que incluyen llantas recortadas y latas de Saltinas, la oscuridad de la casa resulta invitadora.

Detengo la marcha sabiendo que es mi última oportunidad. El grupo se impacienta. La idea es subir juntos, pero se está o no en la movida. Los chocles de las zapatillas resuenan contra el piso de cemento. Se asoma una mujer joven con un bebé en brazos y me mira con recelo. Sabe que no estoy interesada en los sarros con formas diversas que se ofrecen baratos a quienes aman el jardín. Tampoco en los gajos de murrapos que cuelgan de la viga del corredor. Los miro con anhelo, pero me obligo a enfocarme.

—¿Necesita el baño?

Su voz es áspera.

Cuando pido un poco de la crema, me mira como sin saber a qué me refiero. Insisto porque con el niño no hay disculpa: aquí tiene que haber crema antipañalitis. A contraluz mi silueta debe resultar extraña. Entonces retiro el casco y las gafas y me acerco un poco más. No hay simpatía. El aire fresco de la casa golpea contra el pómulo y la barbilla lacerados y por instinto levanto una mano para tocarlos con cuidado. El gesto parece ablandarla. También resuenan las chanclas contra el piso frío mientras se dirige a un costado de la sala y desaparece tras la cortina con boleros que hace las veces de puerta. Regresa con un pote grande, azul y blanco, y me lo ofrece en silencio. Sonrío sin ganas al ver la carita que parece mirarme con picardía desde la etiqueta, me quito el guante de la mano derecha, y lo destapo.

—¿Puedo lavarme las manos? Es para no ensuciar la crema —aclaro.

Me hace señas para que la siga y sale por la parte trasera de la casa. Una niña mayor está arrancando cebolla junca mientras otro perro la observa desde la diminuta era que no podría llamarse huerta. No parezco despertar su interés. Desde más abajo llegan las carcajadas de los otros niños. Desciendo ocho escalones hasta toparme con tres tablas mal aserradas.

—Mueva una para entrar.

Se ven pesadas pero me limito a obedecer. Queda al descubierto un cubículo con un sanitario sin tapa y una minúscula poceta. No hay espejo. Me lavo con los restos del jabón azul que no hace espuma, paso los dedos húmedos por las heridas, salgo, y de nuevo me topo con los ojos fríos de la mujer. Lleva el pelo recogido con una pinza verde, de la que se escapan algunos mechones. Huele a humo y su camiseta roja, además de estar tiznada, tiene manchas cremosas en los hombros. Noto el mismo tono en las comisuras de los labios del bebé.

De nuevo en la salita tomo el frasco que ha quedado destapado sobre la nevera amarilla que parece ronronear. Hundo mis dedos en la crema cuya costra se resiste y me hago a una cantidad generosa. Sin aspavientos cubro rápido las heridas, las repaso, y retiro el exceso en las piernas. El hollín que se ha adherido en el camino me los devuelve negros.

Nos miramos. Entrego el frasco y dudo. No sé cómo proceder.

—Váyase. No hay de qué.

Las palabras suenan fuertes, pero se ha adelantado a mi agradecimiento. Me despido con una sonrisa.

En el fulgor de la mañana los cascos de los demás lanzan destellos que ciegan mis pupilas dilatadas. El grupo desperdicia la sombra de un algarrobo cercano y eso me basta para entender lo absurdo que se les hace mi afán por proteger las heridas del sol. Sin hacerles perder más tiempo, me monto y seguimos el trayecto.

Ahora no quiero hablar. Me mantengo en el centro del pelotón para evitar el desgaste de la conversación o el riesgo de quedarme rezagada. Empezando la cuesta es más tendida y me anima pensar que la temperatura irá bajando a medida que escalemos: por cada ciento ochenta metros de desnivel acumulado, un grado menos. No sé dónde lo habré leído, pero recuerdo el dato con ánimo.

Me concentro de nuevo en la rotación, esta vez de Alejandro. Sé que le gusta señalar y me alertará sobre cualquier obstáculo: huecos, rizados en el asfalto, vidrios, tal vez otro palo.

Descanso en los tramos sombreados, donde el monte se apodera de los barrancos y la carretera semeja un túnel. Una vez superados, el paso aumenta, como si quisiéramos recorrer en menos tiempo el trayecto atizado por el sol. El dolor ha ido cediendo, casi puedo olvidarme de él durante los segmentos que transcurren sin que la palpitación en el hombro se extienda por todo el brazo y baje por el pecho hasta asentarse en el abdomen. Cuando esto ocurre respiro hondo e intento exhalarla.

El líquido de las caramañolas se ha puesto tibio. Desgastada, bebo con avidez. Con el ruido ensordecedor de los camiones y buses llega el olor también caliente a ACPM que no hay más remedio que inhalar. El ardor en mis piernas se intensifica, como si el humo robara a las bocanadas el oxígeno necesario para abastecerlas. El primer puente, bajo el que corre una quebrada rocosa de aguas bravías, marca un cambio en el ritmo. Los lentes de las gafas se empañan con un rocío minúsculo y la neblina más arriba constata el progreso en el ascenso. El constante alternar de los cambios y la respiración jadeante de algunos delatan la incomodidad con el paso. Otros ya empiezan a jalar, a tantear con largadas la fuerza de los demás.

El pelotón permanece unido pero ya no trabaja en grupo. Las miradas calibran. Nadie quiere ir adelante, gastando. Las conversaciones han terminado y la caída ha quedado abajo, cerca al río. Al llegar a una batea destapada, Alberto y Alejandro se adelantan, pero no han pasado cinco minutos cuando ya los hemos alcanzado.

Los primeros pinos que salpican el paisaje me llenan de entusiasmo. Se avecina el segmento más duro, pero me siento bien. El dolor ha sido reemplazado por un segundo aire que me garantiza quevoy a llegar. Las nubes que más abajo parecían dispersas se han juntado. El sol ha cedido el paso a un cielo gris y lúgubre y mis fosas nasales detectan el cambio en la presión atmosférica. Huele a agua.

Alejandro avisa calambre: poco entrenamiento y principio de gripa. Va a intentar llegar al alto pero se exime del combate. De nuevo pone su mano en mi espalda, esta vez con un poco más de presión.

—¿Te empujo?

Para eso sí le alcanza. Una mirada es suficiente para que la retire.

—Ah, estás fuerte —responde con un asomo de sonrisa.

Debo entrenar el doble para estar a la altura de ellos.

Viene el último puente, el que marca los seis kilómetros faltantes. Luego un par de curvas cerradas, un falso plano largo y la carretera serpenteante hasta la cima. Es el tramo más duro, porque en cada recodo se guarda la esperanza de llegar y la distancia restante se recorre en minutos dilatados.

Un nuevo sobrepaso de Alberto. No quiero dejarlo ir. Me ha hecho caer, debió advertirme de la presencia del palo, o como mínimo pudo excusarse, pero de su boca no ha salido ni una palabra. Lleva veinte años montando en bicicleta y sabe que los primeros deben tener ojos para el resto. Tal vez resiente el ánimo con el que se ha extendido su afición. Me mantengo a una distancia prudente para que no pueda escuchar mi respiración. Quiero cogerlo desprevenido, tantear su estado antes de adelantarlo sin dudar.

Todo se reduce a equilibrar piernas, corazón y cabeza en un malabarismo aún más complejo por la volátil correspondencia de las partes. Cuando las bocanadas no mitigan los latidos de mi corazón, me paro en los pedales para que otros músculos reciban la mayor parte de la carga. El aire frío me ayuda. Quema al entrar, con menos oxígeno los cuádriceps arden, pero roto rápido y con ritmo. Trato de ignorar el calambre en el pie derecho, muevo los dedos e intento repartir el hormigueo, hacerlo subir por el talón hasta perderlo en el gemelo. Pienso que todo tiene su momento y que en el alto podré complacer a esa voz que me dice que no tengo que hacerlo, que puedo subirme al carro, que nada pasa si lo hago.

Avanzo en el falso plano. Dieciocho, veinte, veinticuatro, veintiséis kilómetros por hora y los latidos a mil. Las rayas amarillas que cada cien metros marcan la carretera se suceden a mayor velocidad. El viento que toma impulso desde el alto frena, pero también refresca. Con un gesto rápido deslizo el cierre de la camisa y siento cómo se enfría el sudor recogido en mi pecho. Me acerco a Alberto y entiendo que está perdido. Jadea. Con razón el apodo: Cachalote. Me adelanto y con esfuerzo sostengo el paso. Me cuesta porque respiro sin hacer ruido, pero la satisfacción es suficiente para permitirme liberarlo gradualmente, haciéndole creer que tengo el tanque lleno. Atrás siento un cambio en su pedaleo. Intenta acelerar para alcanzarme, pero pronto se rinde.

También lo sobrepasa el Doctor con un aplastante «Ánimo que ya vamos a llegar». Puedo sentir sus ojos clavados en mi espalda. Pedaleo con más fuerza, en redondo para ser eficiente. Viene por mí. Bajoun cambio para aumentar la resistencia y me levanto del sillín, transmitiendo más potencia a los pedales; baja un cambio. Me alcanza y se hace a mi lado. Balanceo los brazos; balancea los suyos. Vuelvo a sentarme; también se sienta. No conversa, pero me mira con los ojos de quien ha estado en esto durante mucho tiempo y no puede sorprenderse porque ya lo ha visto todo. Lo miro y de nuevo a la carretera. La fronda se está tomando la berma que prefiero. En partes debo pedalear sobre la línea blanca que marca el margen y cuando la atravieso el rugido de los camiones retumba de manera exponencial en mi cabeza.

Nos mantenemos así unos minutos, esperando un cambio en la inclinación de la que alguno se pueda aprovechar. El Doctor sabe medirse.Se ha guardado atrás y ha estado particularmente silencioso.

—¿Qué es ese líquido azul que tenés en la caramañola? —Aprovecho para ponerle tema.

Traga antes de hablar.

—Powerade.

—Pura azúcar, me dejó la cara empegotada. ¿Y no comés nada? —continúo.

—Me cae pesado.

Lo dice rápido, antes de inhalar profundo. Atribuyo al cansancio la parquedad de sus respuestas y espero una oportunidad. Dejo que se adelante una rueda para que se tranquilice. Me incomoda la compañía que no es tal. A la cabeza regula el paso. Hoy no ha mencionado triunfos anteriores para alimentar su pedaleo.

Dejo de pensar en él y me permito rodar, percatarme de la sangre que llega a las piernas, del bombeo vigoroso que abastezco a bocanadas, de la llama que irradia desde el centro y que me funde con la bicicleta, con el pavimento, con la brisa, con los pinos.

Ya en el alto me cuesta respirar. Me inclino y aflojo las correas de las zapatillas. Como el dolor no mejora, me las quito y a través de las medias siento la rugosidad de las piedras despertando los dedos entumecidos. Sin brisa, el sudor corre por mis mejillas y de nuevo advierto la quemazón. Camino hasta la tienda en la que algunos toman Pony Malta, agua, Coca-Cola o comen ponqué Ramo. Advierto que todo es blanco: la fachada, el piso de cerámica, las baldosas de las paredes, las mesas y las sillas plásticas. Me siento, pero no puedo tragar, tanto ha sido el esfuerzo. El médico toma la silla del lado y antes de hacerme compañía, me da un par de palmadas indulgentes en la espalda.

—Muy bien. Tenés fondo.

La sonrisa no llega a los ojos y noto un ligero temblor en el mentón, sobre el que reposan cristales de sal enredados en la incipiente barba gris.

También sonrío.

—Aunque —continúa—, lo de hoy no vale. Con la adrenalina que secretaste en la caída me llevabas ventaja.

Sus ojos siguen gélidos.

Miro la costra de sangre en mi muñeca, las venas dilatadas de los antebrazos, el sudor que me empapa; siento el rápido golpeteo en las sienes y no respondo a sus palabras. Lo dejo, si es que puede, con la satisfacción de un empate que, reemplazando adrenalina por testosterona, en todo caso se debería a las hormonas.

Al fondo, en un espejo pringado que señala la entrada a los baños, observo el reflejo del hematoma que se extiende por fuera del pómulo cubierto con crema. Para mañana se habrá juntado con el de la barbilla. ¶

№ 3

Educaciónsentimental

Luis Noriega

La adolescencia desconoce la ironía.

El que habla es el maestro. Todos lo conocemos. Al frente, dominando el salón, pasea hacia la ventana y se detiene allí, casi dando la espalda a un auditorio que, para usar sus palabras, desconoce la réplica.

—La adolescencia desconoce la ironía —repite—. Por eso La educación sentimental no es una novela adolescente, como acaba de sugerir el señor… Perdón, he olvidado su nombre.

El señor perdón-he-olvidado-su-nombre no sabe si las palabras del maestro son una invitación y la duda le hace perder las décimas de segundo que le hubieran permitido pronunciar su nombre, cualquier nombre, y elevarlo por encima de las anónimas cabezas de sus compañeros hasta alcanzar los oídos del maestro.

—En todo caso… —oye decir al maestro, que, indiferente, continúa.

Su mirada se pierde más allá de la ventana, en los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia. A perdón-he-olvidado-su-nombre esa actitud le seduce y repugna al mismo tiempo. Imagina (es apenas la tercera vez que asiste a clase) que es un gesto arrogante destinado a aclarar que es él el que puede mirar por la ventana y una forma de mostrar el desdén que le inspiran quienes se afanan en tomar nota de sus interminables monólogos. No obstante, también cree que hay razones profundas para ese desdén. Lleva un par de semanas conociendo a sus compañeros y está convencido de que buena parte de ellos, todos ellos tal vez, son indignos del maestro. El maestro habla a la ventana porque para él hablar es una forma de pensar y lo que le interesa es el curso de su pensamiento, no la correcta transcripción de sus palabras.

Sin embargo, semejante descripción es injusta con el maestro, cuya mirada efectivamente se ha detenido en los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia, pero al que nunca se le hubiera ocurrido que ello pudiera interpretarse como un gesto arrogante.

¿Qué piensa el maestro?

El maestro mira los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia y piensa: «Por esto regresé».

Y esboza una sonrisa invisible para los estudiantes a los que da la espalda.

La adolescencia desconoce la ironía.

Al terminar la clase sigue lloviendo. Y mientras el maestro, amparado en un precario paraguas, atraviesa la universidad rumbo al paradero, el temporal arrecia.

Para cuando llega a casa los verdes prados se han transformado en charcos hediondos, y abre la puerta del apartamento empapado de pies a cabeza y con los zapatos cubiertos de barro. El lirismo nostálgico que lo embargaba una hora antes ha naufragado en el aguacero, y tras cambiarse de ropa, mira con fastidio la suciedad que ha dejado por todo el pasillo.

«Por esto regresé», se dice mientras se dispone a limpiar el desastre, en una especie de chiste privado destinado a fomentar su desdicha. Había regresado (casi veinte años atrás) para mojarse, resfriarse, limpiar suelos y sentirse miserable.

Cuando termina con el suelo, sigue con los papeles en el estudio. Las fichas aguantarán otro chaparrón. El ejemplar de La educación sentimental, no. Es una vieja edición de bolsillo y ya va siendo hora de cambiarla. Como a todos los libros en los que por primera vez leyó una obra maestra, le tiene cierto cariño, pero no apego. Su biblioteca de estudiante, es evidente, no se cuenta entre las cosas por las que regresó, la lista cambiante que ese día han encabezado los aguaceros en el campus. Durante un rato ojea los márgenes en busca de alguna nota que valga la pena rescatar. Aunque comienza siendo exhaustivo, pronto se harta del personaje insufrible que escribió la mayoría de ellas y arroja el libro en la papelera.

Para perdón-he-olvidado-su-nombre, el resto de la jornada fue más amable. Sin paraguas, tuvo que esperar a que el aguacero terminara y eso le deparó un encuentro inesperado.

Leía en la cafetería cuando una muchacha se sentó frente a él para decirle que ella también pensaba que La educación sentimental era una novela adolescente o, al menos, que creía entender en qué sentido lo había dicho él.

Yo. Entender. Tú.

Los pronombres y el verbo eran perfectos. Y cuando sus ojos se toparon con los de Irene, las palabras sobraban.

Ella lo había escuchado durante la clase. Lo había entendido. Lo había buscado para decírselo. ¿Podía pedir más?

Él quería más, claro, por supuesto; la cuestión era si podía pedirlo. La diferencia le parecía muy importante. Hay dioses que premian la osadía y la ambición, pero el suyo solía castigarlas, y él se sentía mejor preguntando.

Quizá como premio a semejante prudencia, hubo más. Ella no lo llamó perdón-he-olvidado-su-nombre sino que empezó diciéndole Memo, como hacía el resto de sus compañeros, y terminó llamándolo Guillermo, que, dijo, le parecía más bonito.

Sí, La lección del maestro, la novela, no el cuento, de Henry James.

El que corrige es, una vez más, el maestro. Pero esta vez el escenario no es el salón de clase.

Por alguna razón que no ha considerado necesario explicar, ha llegado tan tarde que los únicos estudiantes que aún permanecían en el salón eran perdón-he-olvidado-su-nombre, alias Guillermo, según ha entendido, e Irene, su compañera, novia o amiga, una muchacha dulce y despierta en la que había reparado desde comienzo del semestre. Los ha encontrado hablando, ha dado por hecho que lo esperaban, «los únicos», y le ha parecido apropiado premiarlos invitándolos a un café.

Un café con el maestro: el primer paso para explicarle qué querías decir cuando dijiste eso que pareció tan desacertado durante la clase anterior (todas ellas) o para que él te corrija e ilumine sin público.

—La diferencia entre cuento y novela —prosigue el maestro— no es problema de dimensiones: hay excelentes novelas de apenas unas pocas páginas.

Con el orgullo chapoteando en el poso negro que ha quedado en la taza que tiene delante, alias Guillermo oye el suspiro con el que Irene anuncia que ha topado con la genialidad. La del maestro, como es lógico. Una vez más.

El regreso a casa de alias Guillermo se cuenta entre las peores experiencias desde su llegada a la capital.

Tras el café, siguieron conversando con el maestro hasta que este les propuso ir a cine. Irene accedió encantada. Él dijo que le era imposible.

Por un lado, no tenía plata. Por otro, no se había ganado la confianza que daba acceso a la llave de la puerta de la pensión y no quería tener que aguantar los reproches de la vieja bruja que la regentaba por llegar tarde. Bruja. Llave. Pensión. ¿Cómo no se había dado cuenta? Su realidad era la de un personaje de cuento de hadas, uno ridículo y patético.

Nada de eso les dijo al maestro e Irene, que lo dejaron para irse juntos al cine con sus mejores deseos de que aprovechara el tiempo y estudiara todo eso que tenía que estudiar. Sin embargo, encerrado en su habitación, el doncel de la torre descubre que no está estudiando la novela decimonónica, sino viviéndola, consumido por los celos y el punto de vista.

¿Qué tal la película? ¿Buena?

No, excelente. Y arrolladora. Y desconcertante. Y muchas cosas más que ella entendió gracias a los comentarios, incisos, llamadas de atención y notas a pie que el maestro supo intercalar durante la proyección.

Ambos habían concluido que era una pena que él no hubiera podido acompañarlos. Porque seguro le habría encantado.

Y habría aprendido un resto.

Lamentablemente él no quería enterarse de lo mucho que tenía por aprender y huyó de la cafetería bañado en llanto de acuerdo con las convenciones del héroe adolescente que desconoce la ironía.

¡Puta suerte la suya! Enamorarse de la nueva favorita del maestro.

Al maestro le gusta decir que a todas las mujeres que ha conocido ha tenido que educarlas. Aprendió la frase de otro maestro y la adoptó en el acto. Es una fórmula «algo» misógina, reconoce, pero mientras corrige el trabajo de Irene no puede dejar de pensar que no ha perdido validez.

Una cita le saca una sonrisa incrédula que dos páginas después se transforma en interrogante retórico: ¿Qué sería de ellas si no las educara? Resignado, se levanta para buscar el ejemplar de La educación sentimental. Es el mismo que hace un mes rescató de la papelera del estudio después de conocer el precio de la nueva edición a la que le había echado el ojo. El timbre de la puerta lo sorprende intentando localizar el pasaje que la alumna cree estar analizando.

—Papá: te buscan —anuncia una voz desde el umbral.

El maestro no ha decidido aún qué va a decirle a Irene del trabajo. Por el momento, se dice, lo mejor es ofrecerle un té.

Cuando Guillermo comprende que el trabajo al que tantos elogios dedica el maestro es el suyo queda petrificado. Por fin, piensa, ha dejado de ser perdón-he-olvidado-su-nombre.

Sin embargo, al terminar la clase, mientras sus compañeros le palmean la espalda a medida que van abandonando el salón, él solo tiene ojos para las marcas rojas que salpican cada página del ensayo como un sarampión. El nivel de la ortografía, ha lamentado el maestro al devolvérselo, no estaba a la altura de las ideas expuestas.

Los elogios y la profusión de errores lo avergüenzan por igual, aunque por razones opuestas, y dos días después acude al despacho del maestro para prometerle que será más cuidadoso con las tildes y las comas, pero también para decirle cuánto valora sus comentarios y lo mucho que le gustaría profundizar en ciertos temas que, afortunada coincidencia, son los que constituyen la especialidad del maestro.

Al verlo en la puerta, el maestro lo saluda con una sonrisa y lo invita a pasar y sentarse.

—Memo. ¿Puedo llamarte Memo? —empieza.

La conversación es casi como la había imaginado y, también, como la había temido. Tras invitarlo al grupo de estudio que se reúne en su casa los sábados por la mañana, el maestro añade que si quiere puede decirle a Irene que lo acompañe.

Antes que por las manos que le tapan los ojos, la reconoce por el olor, un perfume afrutado, más bien infantil.

—Te pillé.

Y Guillermo, que en verdad se siente pillado, se apresura a cerrar el libro que lo ha llevado a la biblioteca. Es el poemario del maestro. De Urías, como lo llaman Irene y el resto de sus compañeros, menos respetuosos (o pueblerinos) que él. ¿Es bueno?

—Buenísimo —dice sin vacilar—. Muy profundo.

Le avergüenza menos mentir que confesar que solo ha leído unos pocos poemas y no ha entendido ninguno, y ha aprendido que en tales circunstancias «profundo» es un adjetivo mucho mejor que «oscuro». Mencionar la invitación a la casa del maestro le parece la mejor forma de evitar tener que elucidar en qué consiste esa profundidad.

El entusiasmo inicial de Irene parece desvanecerse cuando le aclara que no serán los únicos invitados. No es que no le guste la idea de participar en el grupo de estudio del maestro, es que, para ser sincera, los uriólogos le parecen unos posudos.

Los uriólogos es como la gente de la facultad llama al selecto club que forman los alumnos preferidos de Urías. El club al que ahora pertenece él. O pertenecen ellos. O casi pertenecen.

—Son los mejores estudiantes de la carrera —dice para defenderles.

¿O ha sido para defenderse?

Irene dice que lo pensará. Y se despide plantándole un beso en la mejilla que lo deja aún más incapacitado para entender los versos del maestro.

Relee las tres líneas que componen el poema que lleva por título Hjelmsleviana. Y se rinde.

Le importa un bledo ser uno de los mejores estudiantes de la carrera.

Le importa un bledo que el maestro recomiende a sus compañeros leer sus trabajos.

Ese es el tipo de cosas que le pasan por la cabeza mientras corre por los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia para alcanzar a Irene antes de que llegue a la salida de la calle Cuarenta y cinco.

Cuando identifica el paraguas multicolor, está completamente empapado. Eso hace que ella se ría, y él se dice que le fascina verla reírse.

Con todo, no sabe cómo explicar la prisa, la ropa empapada, el tartamudeo sin recurrir a la lógica de cuento de hadas de la que ha decidido escapar. Lo tiene hechizado, sí, pero no piensa decírselo. Así que se conforma con acompañarla a esperar un taxi mientras le cuenta alguna trivialidad que, como no deja de señalar ella, bien habría podido contarle sin mojarse, por teléfono (si pudiera llamar desde la pensión).

Un taxi frena antes de que haya reunido el valor para decirle lo que de verdad quería decirle y es entonces, cuando entiende que el tiempo se ha agotado, que le suelta la frase en la que no ha dejado de pensar desde la primera vez que pasaron la tarde hablando juntos, esto es, que Irene es lo mejor que le ha pasado en la vida después de La guerra de las galaxias. Ella se hace repetir la frase y sonríe. Es muy tierno, le dice. Y sube al taxi.

Guillermo se queda en la esquina, bajo la lluvia, pensando en que ha dicho lo más romántico que puede decirle a una mujer sin causar ningún efecto. No, no ha sido tierno. Ha sido cursi. Ha hecho el ridículo. Otra vez. Maldice su ingenuidad, su inexperiencia y lanza un grito que, quiere creer, es un canto de amor wookiee. Está en ello cuando el taxi que había abordado Irene se detiene antes de haber avanzado cien metros.

Irene desciende y se expone a la lluvia y lo llama y él corre hasta ella y, temblando, la besa, en los labios, y ella corresponde.

El primer beso, sin embargo, no es el instante fuera del tiempo que le habían prometido. Están mojados. Hace frío. Suenan pitos. Y Guillermo vive la escena en cámara lenta. Piensa que su forma de besar es demasiado torpe. Y piensa que Irene piensa que es demasiado torpe. Pero en lugar de lamentar no ser el pirata espacial que le hubiera gustado ser, piensa que no es el maestro.

Quiere saber qué es lo que le ha abierto las puertas del grupo de estudio del maestro.

Quiere creer que está ahí por los méritos de su trabajo, un ensayo original y prometedor, como ha dicho el maestro al presentarlo, pero le resulta imposible sacarse de la cabeza la decepción que creyó percibir en su mirada cuando le abrió la puerta y descubrió que había venido solo. Intenta no pensar en ello y prestar atención a lo que el maestro y sus discípulos más adelantados discuten sin preocuparse por la presencia del novato.

Por desgracia, la poesía colombiana del siglo xx le parece la cosa menos estimulante sobre la cual debatir un sábado a las diez de la mañana y no tarda en empezar a pensar en el grupo como «los uriólogos».

Él, se dice, no es un uriólogo. No está ahí para formar parte del comité de aplausos del maestro. No está ahí para oír exégesis de poemas que no leería ni a palo.

El listado de negativas se va prolongando a lo largo de la velada, pero Guillermo no se atreve a preguntarse por qué entonces está ahí.

Recítanos uno de tus poemas insectívoros.

El responsable de esta invitación displicente es el amigo del maestro, un poeta, uno de verdad.

La amistad y el aguardiente disculpan las burlas que desde hace media hora el tipo dedica al maestro por, le ha explicado Irene, una serie de poemas eróticos en los que el maestro se metamorfosea en topo. A él la imagen le parece de mal gusto, pero no a Irene, que encuentra «muy sutiles» los versos que describen al hombre topo como un hocico flexible, insaciable y ciego. La culpa, piensa Guillermo, es suya: fue él quien le regaló a Irene el poemario del maestro.

—El orden de los insectívoros ya no existe —aclara el maestro impasible—. La clasificación actual es soricomorfos.

El club de admiradores del maestro disfruta con esa réplica erudita llamada a poner en su sitio al borracho: puede que sus poemas sean magníficos, pero, han aprendido, su obra no sería nada de no ser por todo lo que el maestro ha sabido encontrar en ella. Sin crítica, la poesía se detendría en seco.

El amigo poeta, sin embargo, no se rinde.

—Colega, a estas alturas lo que importa es si pertenecemos al orden de los viagrófagos o de los proustáticos —dice antes de soltar una carcajada y pedir otro aguardiente.

El chiste ha dejado a la mesa en silencio. Pero esta vez Guillermo advierte que alguien más tiene que esforzarse para no dejar escapar una risa comprometedora: otro discípulo varón del maestro, un tipo de séptimo semestre.

Dicen que es el estudiante más brillante de la carrera. Dicen que el maestro se tira a la novia.

Es ella la que ha insistido en que hagan el amor.

Ha hablado así, de hacer el amor.

De todo lo demás se han encargado a partes iguales la biología y la inexperiencia.

La imagen del hombre topo no lo abandona y se superpone a otras imágenes, mucho más didácticas aunque, probablemente, menos poéticas.

—Se supone que debe ser algo divertido —le susurra Irene—: relájate.

Él está de acuerdo, sobre todo en lo de se supone.