Rimas - Lope de Vega - E-Book

Rimas E-Book

Лопе де Вега

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Beschreibung

Uno de los poemarios más conocidos del poeta Lope de Vega, compuesto por sonetos, églogas, epístolas y epitafios que van desde el humor al sentimentalismo pasado por los motivos pastoriles.

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Seitenzahl: 102

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Lope de Vega

Rimas

 

Saga

Rimas

 

Copyright © 2003, 2021 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726618754

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

Rimas (1602) - I -

Versos de amor, conceptos esparcidos,

engendrados del alma en mis cuidados,

partos de mis sentidos abrasados,

con más dolor que libertad nacidos:

Expósitos al mundo, en que perdidos, 5

tan rotos anduvisteis y trocados,

que sólo donde fuisteis engendrados

fuéranse por la sangre conocidos.

Pues que le hurtáis el laberinto a Creta,

a Dédalo los altos pensamientos, 10

la furia al mar, las llamas al abismo,

si aquel áspid hermoso no os aceta,

dejad la tierra, entretener los vientos:

descansaréis en vuestro centro mismo.

- II -

Cuando imagino de mis breves días

los muchos que el tirano amor me debe,

y en mi cabello anticipar la nieve,

más que los años, las tristezas mías,

veo que son sus falsas alegrías 5

veneno que en cristal la razón bebe,

por quien el apetito se le atreve,

vestido de mil dulces fantasías.

¿Qué hierbas del olvido ha dado el gusto

a la razón, que sin hacer su oficio 10

quiere contra razón satisfacelle?

Mas consolarse quiere mi disgusto,

que es el deseo del remedio indicio,

y el remedio de amor querer vencelle.

- III -

Cleopatra a Antonio en oloroso vino

dos perlas quiso dar de igual grandeza,

que por muestra formó naturaleza

del instrumento del poder divino.

Por honrar su amoroso desatino, 5

que fue monstruo en amor como en belleza,

la primera bebió, cuya riqueza

honrar pudiera la ciudad de Nino.

Mas no queriendo la segunda Antonio,

que ya Cleopatra deshacer quería, 10

de dos milagros reservó el segundo.

Quedó la perla sola en testimonio

de que no tuvo igual hasta aquel día,

bella Lucinda, que naciste al mundo.

- IV -

Era la alegre víspera del día,

que la que sin igual nació en la tierra,

de la cárcel mortal y humana guerra

para la patria celestial salía;

y era la edad en que más viva ardía 5

la nueva sangre que mi pecho encierra,

cuando el consejo y la razón destierra

la vanidad, que el apetito guía;

cuando Amor me enseño la vez primera

de Lucinda en su sol los ojos bellos, 10

y me abrasó, como si rayo fuera.

Dulce prisión, y dulce arder por ellos,

sin duda que su fuego fue mi esfera,

que con verme morir descanso en ellos.

- V -

Sirvió Jacob los siete largos años,

breves, si el fin cual la esperanza fuera;

a Lía goza y a Raquel espera

otros siete después, llorando engaños.

Así guardan palabra los extraños: 5

pero en efecto vive, y considera

que la podré gozar antes que muera

y que tuvieron término sus daños.

Triste de mí, sin límite que mida

lo que un engaño al sufrimiento cuesta, 10

y sin remedio que el agravio pida.

Ay de aquel alma a padecer dispuesta,

que espera su Raquel en la otra vida,

y tiene a Lía para siempre en esta.

- VI -

Al sepulcro de amor, que contra el filo

del tiempo hizo Artemisia vivir claro,

a la torre bellísima de Faro,

un tiempo de las naves luz y asilo;

al templo Efesio de famoso estilo, 5

al Coloso del sol, único y raro,

al muro de Semíramis reparo,

y a las altas Pirámides del Nilo;

en fin, a los milagros inauditos,

a Júpiter Olímpica, y al templo, 10

Pirámides, Coloso y Mauseolo;

y a cuantos hoy el mundo tiene escritos,

en fama vence de mi fe el ejemplo,

que es mayor maravilla mi amor solo.

- VII -

Estos los sauces son, y ésta la fuente,

los montes éstos, y ésta la ribera,

donde vi de mi sol la vez primera

los bellos ojos, la serena frente.

Este es el río humilde y la corriente, 5

y ésta la cuarta y verde primavera,

que esmalta el campo alegre, y reverbera

en el dorado Toro el sol ardiente.

Árboles, ya mudó su fe constante;

mas, ¡oh gran desvarío!, que este llano, 10

entonces monte le dejé sin duda.

Luego no será justo que me espante

que mude parecer el pecho humano,

pasando el tiempo que los montes muda.

- VIII -

De hoy más las crestas sienes de olorosa

verbena y mirto coronarte puedes,

juncoso Manzanares, pues excedes

del Tajo la corriente caudalosa.

Lucinda en ti bañó su planta hermosa, 5

bien es que su dorado nombre heredes,

y que con perlas por arenas quedes

mereciendo besar su nieve y rosa.

Y yo envidiar pudiera su fortuna,

mas he llorado en ti lágrimas tantas, 10

(tú buen testigo de mi amargo lloro),

que mezclada en tus aguas pudo alguna

de Lucinda tocar las tiernas plantas,

y convertirse en tus arenas de oro.

- IX -

Tu ribera apacible, ingrato río,

y las orillas que en tus ondas bañas,

se vuelven peñas cóncavas y extrañas,

y fuego tu licor sabroso y frío.

Abrase un rayo tu frescor sombrío, 5

los rojos lirios y las verdes cañas,

niéguente el agua sierras y montañas,

y sólo te acompañe el llanto mío.

Hasta la arena, que al correr levantas,

se vuelvan fieros áspides airados; 10

mas, ¡ay cuán vana maldición esperas!

Que cuando en ti mi sol baño sus plantas,

con ofenderla tú, dejó sagrados

lirios, orilla, arena, agua y riberas.

- X -

Cuando pensé que mi tormento esquivo

hiciera fin, comienza mi tormento,

y allí donde pensé tener contento,

allí sin él desesperado vivo.

Donde enviaba por el verde olivo, 5

me trujo sangre el triste pensamiento;

los bienes que pensé gozar de asiento

huyeron más que el aire fugitivo.

Cuitado yo, que la enemiga mía,

ya de tibieza en hielo se deshace, 10

ya de mi fuego se consume y arde.

Yo he de morir, y ya se acerca el día,

que el mal en mi salud su curso hace

y, cuando llega el bien, es poco y tarde.

- XI -

A don Luis de Vargas

Cuando la madre antigua reverdece,

bello pastor, y a cuanto vive, aplace,

cuando en agua la nieve se deshace

por el sol, que el Aries resplandece,

la hierba nace, la nacida crece, 5

canta el silguero, el corderillo pace;

tu pecho, a quien su pena satisface,

del general contento se entristece.

No es mucho mal la ausencia, que es espejo

de la cierta verdad o la fingida; 10

si espera fin, ninguna pena es pena.

¡Ay del que tiene por su mal consejo

el remedio imposible de su vida

en la esperanza de la muerte ajena!

- XII -

A Micaela de Luján, su amante

Así en las olas de la mar feroces,

Betis, mil siglos tu cristal escondas,

y otra tanta ciudad sobre tus ondas

de mil navales edificio goces.

Así tus cuevas no interrumpan voces, 5

ni quillas toquen, ni permitan sondas;

y en tus campos tan fértil correspondas,

que rompa el trigo las agudas hoces.

Así en tu arena el indio margen rinda,

y al avariento corazón descubras 10

más barras que en ti mira el cielo estrellas.

Que si pusiere en ti sus pies Lucinda,

no por besarlos sus estampas cubras,

que estoy celoso, y voy leyendo en ellas.

- XIII -

A una tempestad

Con imperfectos círculos enlazan

rayos el aire, que en discurso breve

sepulta Guadarrama en densa nieve,

cuyo blanco parece que amenazan.

Los vientos, campos y naves despedazan; 5

el arco, el mar con los extremos bebe,

súbele al polo, y otra vez le llueve,

con que la tierra, el mar y el cielo abrazan.

Mezcló en un punto la disforme cara

la variedad con que se adorna el suelo, 10

perdiendo Febo de su curso el modo.

Y cuando ya parece que se para

el armonía del eterno cielo,

salió Lucinda, y serenose todo.

- XIV -

Vierte racimos la gloriosa palma,

y sin amor se pone estéril luto,

Dafne se queja en su laurel sin fruto,

Narciso en blancas hojas se desalma.

Está la tierra sin la lluvia en calma, 5

viles hierbas produce el campo enjuto;

porque nunca el amor pagó tributo,

gime en su piedra de Anaxarte el alma.

Oro engendra el amor de agua y de arenas;

porque las conchas aman el rocío 10

quedan de perlas orientales llenas.

No desprecies, Lucinda hermosa, el mío,

que, al trasponer del sol, las azucenas

pierden el lustre y nuestra edad el brío.

- XV -

A la batalla de África

Oh nunca fueras África desierta

en medio de los trópicos fundada,

ni por el fértil Nilo coronada

te viera el alba cuando el sol despierta.

Nunca tu arena inculta descubierta 5

se viera de cristiana planta honrada,

ni abriera en ti la portuguesa espada

a tantos males tan sangrienta puerta.

Perdiose en ti de la mayor nobleza

de Lusitania una florida parte, 10

perdiose su corona y su riqueza.

Pues tú que no mirabas su estandarte,

sobre él los pies, levantas la cabeza

ceñida en torno del laurel de Marte.

- XVI -

De Endimión y Clicie

Sentado Endimión al pie de Atlante,

enamorado de la Luna hermosa,

dijo con triste voz y alma celosa:

-¿En tus mudanzas quién será constante?

Ya creces en mi fe, ya estás menguante, 5

ya sales, ya te escondes desdeñosa,

ya te muestras serena, ya llorosa,

ya tu epiciclo ocupas arrogante.

Ya los opuestos indios enamoras,

y me dejas muriendo todo el día, 10

o me vienes a ver con luz escasa.

Oyole Clicie, y dijo: -¿por qué lloras?,

pues amas a la Luna que te enfría.

¡Ay de quien ama al Sol que sólo abrasa!

- XVIII -

Píramo triste, que de Tisbe mira

teñido en sangre el negro manto, helose;

vuelve a mirar, y sin morir muriose,

esfuérzase a llorar, tiembla y suspira.

Ya llora con piedad y ya con ira; 5

al fin para que el alma en paz repose,

sobre la punta de la espada echose

y, sin partir el alma, el cuerpo espira.

Tisbe vuelve y le mira apenas, cuando

arroja el blanco pecho al hierro fuerte, 10

más que de sangre de piedad desnudo.

Píramo, que su bien mira espirando,

diose prisa a morir, y así la muerte

juntó los pechos, que el amor no pudo.

- XIX -

Pasando un valle oscuro al fin del día,

tal que jamás para su pie dorado

el sol hizo tapete de su prado,

llantos crecieron la tristeza mía.

Entrando en fin por una selva fría, 5

vi un túmulo de adelfas coronado,

y un cuerpo en él vestido, aunque mojado,

con una tabla, en que del mar salía.

Díjome un viejo de dolor cubierto:

-Este es un muerto vivo, ¡extraño caso! 10

anda en el mar y nunca toma puerto-.

Como vi que era yo, detuve el paso,

que aun no me quise ver después de muerto

por no acordarme del dolor que paso.

- XX -

Si culpa el concebir, nacer tormento,

guerra vivir, la muerte fin humano,

si después de hombre tierra y vil gusano,

y después de gusano polvo y viento;

si viento nada, y nada el fundamento, 5

flor la hermosura, la ambición tirano,

la fama y gloria pensamiento vano,

y vano, en cuanto piensa, el pensamiento;

quien anda en este mar para anegarse,

¿de qué sirve en quimeras consumirse, 10

ni pensar otra cosa que salvarse?

¿De qué sirve estimarse y preferirse,

buscar memoria, habiendo de olvidarse,

y edificar, habiendo de partirse?

- XXI -

A Baco pide Midas que se vuelva

oro cuanto tocare, ¡ambición loca!

Vuelves en oro cuanto mira y toca,

el labrado palacio y verde selva.

A donde quiera que su cuerpo envuelva, 5