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Este diálogo entre el Hagakure y El arte de la guerra nos invita a reflexionar sobre la forma en que Japón y China han condensado su saber sobre la figura del guerrero y las diversas formas en que uno debe conducirse por la vida para alcanzar sus objetivos. Veremos que estos textos poseen muchos puntos en común, pero me gustaría remarcar primero que para estos pueblos el guerrero es, ante todo, un héroe. En su origen griego, la palabra "héroe" deriva de "Eros" (dios del amor, hijo de Venus). Héroe es entonces el amante-guerrero: su acción tiene como motor al amor y ese sentimiento es pasión y dedicación por lo que hace en cada instante. Esta es una de las claves para entender ambos textos; la pasión impulsa a estos verdaderos artistas, sólo eso les permite ser capaces de sacrificar su vida por la causa que creen justa. En este sentido, todos somos guerreros o deberíamos serlo. Para el oriental este ser y hacer constituyen un arte. Ahora bien, existen guerreros porque hay competencia. Cuando dos guerreros compiten por lo mismo se vuelven rivales. Etimológicamente "rival" significa "el que quiere lo mismo". Cuando queremos lo mismo y sólo uno puede tenerlo, surge entonces el conflicto. Este conflicto puede ser considerado como un movimiento activo hacia la solución.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Yamamoto, Yoshi
El camino del guerrero : Hagakure / Yoshi Yamamoto ; comentarios de Leandro Han. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Pluma y Papel, 2019.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-648-168-7
1. Estrategia. I. Han, Leandro, com. II. Título.
CDD 181.12
© de esta edición, Pampia Grupo Editor 2019
Juan B. Alberdi 872 (1424) C.A.B.A.
Buenos Aires, Argentina
E-mail: [email protected]
www.pampia.com
Director Editorial: José Marcelo Caballero
Ilustración de tapa: Equipo editorial
Diseño de interior: Equipo editorial
Editado en Argentina
Sobre esta Colección
Descubriendo lo práctico de la sabiduría
El hombre se escribe a sí mismo, su libro es un compromiso con el otro.
Edmond Jabes
Es cierto que un descubrimiento puede ser algo fortuito, es decir, podemos hacer un descubrimiento por casualidad. Este hallazgo, en forma de descubrimiento, irrumpe y nos sorprende: estamos mirando un paisaje y por casualidad descubrimos un camino que nos lleva hacia un lago que desconocíamos, buscando un objeto perdido descubrimos que otro -que tenemos a mano- puede adaptarse para lograr la misma función que el primero… Esta es una forma de interpretar el descubrimiento: como sorpresa, como hallazgo inesperado.
Pero podemos pensar en otra forma de considerar el descubrimiento. En el contexto de esta colección, cuando hablo de “descubrir” me refiero a un acto distinto. Me gustaría pensar que cuando des-cubro algo, lo develo. Develar es quitar un velo que cubre una cosa y me impide verla desde otra perspectiva. De esta forma, el descubrimiento sigue siendo una actividad, pero ahora también me implica como hacedor, como intérprete.
Por ejemplo, puedo utilizar una roca como pisapapeles, pero también me es posible interpretarla como arma o como un instrumento para generar fuego. Cada una de estas lecturas devela nuevos usos para la roca, le quitan un velo que mantenía latente una función posible de ser aprovechada y llevada a la práctica.
Ahora bien, en el caso de un texto, el velo tiene forma de una interpretación estandarizada, una forma de exponerlo que conocemos y aceptamos sin cuestionar, una interpretación que cierra en vez de abrir un espacio de pensamiento. Esa clausura y apertura interpretativa señala claramente dos estrategias opuestas de lectura. Podemos decir que el primer tipo se manifiesta a sí misma como una lectura acabada, que no hace más que relegar al lector al lugar de mero espectador (éste sólo se limita a recibir un producto terminado, sin participar en ninguna construcción propia). La segunda invita al lector a buscar una interpretación, abre un juego donde el intérprete se vuelve cómplice y -al mismo tiempo- artífice del texto.
Las traducciones y/o interpretaciones que se presentan en esta colección intentan ser lecturas libres y abiertas de textos clásicos. En todos los casos, se buscará develar un sentido que nos permita acercar el saber milenario a la dinámica (práctica) de nuestra vida cotidiana. Para ligar estos polos tan lejanos realizaremos un ejercicio creativo que nos descubra perspectivas distintas sobre los textos y nuestras experiencias. Como ya he sugerido, este trabajo tendrá éxito si es completado y llevado a la práctica por el lector en su rol de artífice interpretativo. Lo curioso de enfrentarse (ponerse cara a cara) con un texto es que no podemos evitar interpretarlo.
Los textos que se presentarán en esta colección tienen sólo un objetivo: abrir el diálogo con el lector, invitarlo a plantear preguntas, promover en él un pensamiento creativo que lo transporte hacia nuevos horizontes de experiencia. Ellos despliegan (no encierran) una pluralidad de sentidos; estos conceptos son los que constituyen su riqueza. Como si se tratara de diamantes, poseen miles de caras que reflejan un abanico de posibles visiones sobre nuestra vida. El conjunto de estas visiones es sabiduría, que a lo largo de los siglos se ha ido acumulando a través de las reflexiones sobre estos escritos.
Al develar el texto, lo interpreto y al interpretarlo… lo construyo.
Pienso que el saber que despliegan estas obras escritos solo se vuelve sabiduría cuando se convierte en experiencia, es decir, cuando se llevan a la práctica. La sabiduría es esencialmente práctica y esta práctica, a su vez, se vuelve transformadora de nuestra experiencia vital.
En esta era de información, sobran eruditos e individuos de gran conocimiento, pero faltan sabios. Por eso no alcanza con leer y reflexionar, es necesario llevar estas enseñanzas al plano cotidiano para vivirlas y compartirlas. Sólo de esta forma podremos saborear el manjar que nos ofrecen estos maravillosos textos.
Sabiduría y compromiso
Una de las características del sabio es su compromiso con los que no han alcanzado (aún) la sabiduría. Dicho compromiso establece un vínculo con el otro, que se convierte entonces en discípulo. Este supremo compromiso del sabio es el de compartir. Pues sólo cuando el sabio comparte, existe un discípulo y existe entonces un maestro. Si ningún sabio compartiera su sabiduría no existiría nadie para reconocerlo como tal. Sólo existen sabios cuando la sabiduría es compartida. Es más, podríamos decir que sin el acto de compartir, no existe sabiduría. Una persona sola no puede ser sabia, debe descender y compartir con otros aquello que ha develado.
La sabiduría es un encuentro entre alguien que busca y alguien que amablemente accede a compartir lo que ha encontrado. Se trata, claro está, de algo compartido. Y este acto de compartir es un acto de amor.
Sería maravilloso y provechoso que todos compartiéramos lo que sabemos y buscáramos con dedicación lo que ignoramos. Pienso que todos somos discípulos y también maestros, sin duda lo sabemos, pero nos falta diálogo e interés por lo que el otro tiene para decirnos.
Cara a cara con la sabiduría
Cada libro surge como respuesta a una pregunta que el autor se ha planteado. Estos libros que presentamos, soportan un sin número de preguntas y respuestas.
Es este acto de preguntar y preguntarnos desde la reflexión lo que nos permite actualizar la sabiduría contenida en una obra. Solemos leer un texto y quedarnos con una lectura que sentimos parcial o previamente acotada a un determinado ámbito. Debemos saber que la sabiduría es como un comodín, no puede ser limitada pues, por definición, es omniabarcante, es metáfora viva, apertura permanente. Podemos tomar como ejemplo al primer libro de la Biblia: el Génesis. La sabiduría de este texto bíblico es tan grande que seguimos interpretando y preguntando por él. Cada vez que lo leemos nos encontramos con más cuestiones y también con más respuestas.
A continuación presentamos una serie de obras conceptuales que se han enriqueciendo con el devenir del tiempo, nuestro desafío es continuar interpretándolas para encontrar y contemplar entre líneas esos destellos de sabiduría.
Esta será una lectura de muchas posibles, pero intenta ser aquella que nos acerque al aspecto más existencial del texto.
Para el lenguaje de la fotografía, “velarse” significa borrarse. Esa fue la suerte de estos textos, muchos han desaparecido simplemente por que no se revelaban como prácticos, útiles o aplicables. Al no revelarse, quedaban velados. Hoy nos animamos a retomarlos para interpretarlos y hacer uso de nuestra libertad de leer; también nos permitimos escuchar y opinar sobre lo que otros han pensado sobre ellos. Es así como intentamos aportar algo a este diálogo interminable con la sabiduría…
Notas Introductorias
Una estrategia de lectura
Este diálogo entre el Hagakure y El arte de la guerra nos invita a reflexionar sobre la forma en que Japón y China han condensado su saber sobre la figura del guerrero y las diversas formas en que uno debe conducirse por la vida para alcanzar sus objetivos.
Veremos que estos textos poseen muchos puntos en común, pero me gustaría remarcar primero que para estos pueblos el guerrero es, ante todo, un héroe.
En su origen griego, la palabra “héroe” deriva de “Eros” (dios del amor, hijo de Venus). Héroe es entonces el amante-guerrero: su acción tiene como motor al amor y ese sentimiento es pasión y dedicación por lo que hace en cada instante.
Esta es una de las claves para entender ambos textos; la pasión impulsa a estos verdaderos artistas, sólo eso les permite ser capaces de sacrificar su vida por la causa que creen justa.
En este sentido, todos somos guerreros o deberíamos serlo. Para el oriental este ser y hacer constituyen un arte. Ahora bien, existen guerreros porque hay competencia. Cuando dos guerreros compiten por lo mismo se vuelven rivales. Etimológicamente “rival” significa “el que quiere lo mismo”. Cuando queremos lo mismo y sólo uno puede tenerlo, surge entonces el conflicto. Este conflicto puede ser considerado como un movimiento activo hacia la solución.
Ser rival es distinto de ser enemigo. El rival no es necesariamente un enemigo, el guerrero genuino conoce a su rival y lo estima como a un semejante. Si la rivalidad se vuelve violenta entonces habrá guerra, pero ninguno de nuestros dos autores quiere llegar a esta instancia. El desafío máximo del guerrero es conquistar la victoria sin siquiera guerrear. La gran victoria es aquella que soluciona el conflicto antes de que se presente. Es por eso que no encontraremos en estos textos lo que quizás podríamos esperar…
Uno de los comentaristas modernos más reconocidos es sin duda Tao Hanzhang. Este general chino cuenta en su ensayo: “Los principales puntos flacos en El arte de la guerra de Sun Tzu se deben al hecho de que allí no se discute la naturaleza de la guerra”1. Paradójicamente este comentario es acertado, el libro del maestro Sun no se limita a la naturaleza de la guerra sino que se extiende a toda situación factible de ser considerada conflicto, habla de actitudes y estrategias que pueden servirnos para evitar un enfrentamiento que nos aleje del objetivo buscado. Otro tanto podríamos decir del Hagakure, que es más un tratado moral que un ensayo sobre combate.
Sigamos con el ejemplo del esquema anterior. Tenemos dos rivales en busca de un objetivo. Uno de los guerreros apela a la estrategia e intenta distraer al rival con el fin de evitar el conflicto y lograr su objetivo. En este caso hace algo simple: muestra al adversario un nuevo objetivo (estrella) y lo aleja del objetivo principal; de esa forma alcanza la victoria sin que el otro ni siquiera lo note. Esta estrategia para ganar sin combatir la vemos reflejada en varios actos de nuestra vida diaria: los medios nos muestran una noticia para desviar la atención que ponemos en otra, la madre compra algo a su hijo para evitar que piense en otras cosas, los jefes recompensan a sus empleados para evitar que intenten irse a otra empresa…