El cerebro que cura - Álvaro Pascual-Leone - E-Book

El cerebro que cura E-Book

Álvaro Pascual-Leone

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Beschreibung

Para tener una vida plena y feliz, lo más importante es tener un cerebro sano. Esta es la premisa que defienden los autores: cómo una mente sana puede dar lugar a un cuerpo igualmente saludable. A través de sus estudios e investigaciones, los autores pretenden demostrar que llevar a cabo un patrón concreto de actividad cerebral nos permite resistir mejor las enfermedades, y puede incluso ayudarnos a vivir más. En El cerebro que cura descubriremos por qué el órgano rector es importante para mantenernos sanos y cómo conseguir que funcione a pleno rendimiento. La nutrición, el sueño, el ejercicio o la socialización son parte de los pilares fundamentales para lograr una mente, un cuerpo y un alma más sanos.

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Seitenzahl: 222

Veröffentlichungsjahr: 2019

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El cerebro que cura

Álvaro Pascual-Leone

Álvaro Fernández Ibáñez

David Bartrés-Faz

Primera edición en esta colección: febrero de 2019

© Álvaro Pascual-Leone, Álvaro Fernández Ibáñez y David Bartrés-Faz, 2019

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2019

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-17622-30-5

Diseño, realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET (1883-1955)

Todos, si nos lo proponemos, podemos ser escultores de nuestro propio cerebro.

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL (1852-1934)

Índice

I

NTRODUCCIÓN

1. ¿De qué va este libro?

2. El fruto de un equipo

P

ARTE

1 Un cerebro para tu salud

3. Un momento histórico

4. Salutogénesis

5. ¿Para qué tenemos cerebro?

6. El cerebro le resulta caro al cuerpo y está siempre trabajando

7. El cerebro está en constante cambio

8. ¿Qué es un cerebro sano?

P

ARTE

2 Siete pilares de la salud cerebral

9. Salud integral

10. Nutrición

11. Sueño

12. Ejercicio físico

13. Entrenamiento cognitivo

14. Socialización

15. Plan vital

P

ARTE 3

Lo que nos queda por saber

16. La necesidad de investigación

17. Barcelona Brain Health Initiative

E

PÍLOGO

¿Cómo nos cura nuestro cerebro y qué podemos hacer para ayudarlo?

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Epígrafe

Índice

El cerebro que cura

Colofón

Introducción

1.¿De qué va este libro?

Todos ansiamos tener una vida plena y feliz. Para tenerla es importante estar sano y, para lograr esto, lo más importante es tener un cerebro sano. Con este breve libro queremos ayudarte a que tu cerebro esté lo más sano posible a lo largo de toda tu vida y, gracias a eso, a que tengas buena salud y puedas disfrutar de ello.

Soy Álvaro Pascual-Leone, catedrático de neurología en la Escuela de Medicina de Harvard, en Boston, Massachusetts, en los Estados Unidos de América. Dirijo un centro de investigación, el Centro Berenson-Allen de Estimulación Cerebral, y la División de Neurología del Comportamiento en el Centro Médico Beth Israel Deaconess. Mi trabajo de investigación se centra en estudiar los mecanismos de plasticidad cerebral —la propiedad intrínseca del cerebro que hace que cambie en respuesta a toda experiencia, influencia, pensamiento, sentimiento, insulto o lesión—. Como médico, busco traducir en intervenciones y tratamientos lo que vamos aprendiendo sobre los mecanismos que controlan la plasticidad cerebral a lo largo de la vida para beneficiar a aquellos afectados por enfermedades, prevenir el riesgo de trastornos cognitivos, reducir el impacto de la demencia y las enfermedades neurodegenerativas, minimizar el daño de los trastornos del desarrollo y promover el mantenimiento de las capacidades de un cerebro vibrante a lo largo de toda la vida.

Hoy en día está de moda hacer ejercicio, y mucha gente sale regularmente a correr. Mi mujer disfruta corriendo. A mí no me gusta, pero voy al gimnasio casi todos los días y hago bicicleta, levanto pesas e incluso corro varias veces por semana. La gente dice que tenemos que ser más activos, que debemos movernos más. Muchos aseguran que, si lo hacemos, podremos reducir la pérdida de memoria que parece acecharnos con la vejez y disminuir el riesgo de demencia. Algunos creen que hacer ejercicio físico no solo ayuda a mejorar nuestra salud, sino que también nos ayuda a pensar mejor e incluso puede hacernos más listos. No sé, a mí correr me cansa y no parece hacerme más listo, pero desde luego me encuentro mejor cuando voy al gimnasio por la mañana y lo echo en falta cuando no lo hago.

En cualquier caso, la idea no es nueva. La idea de que tener un cuerpo sano da lugar a una mente sana es tan común que yo salgo a correr con unas zapatillas Asics, una marca japonesa que corresponde al acrónimo de la famosa sentencia del poeta romano Décimo Junio Juvenal (60-128), quien, a finales del siglo I, en una de sus sátiras, escribía:

«Anima sana in corpore sano.»

Esta frase venía a predecir lo que ahora conocemos gracias a los avances científicos: tener un corazón sano, unos músculos sanos y un metabolismo que funciona correctamente no solo beneficia al cuerpo, sino también al alma, al entendimiento, al cerebro. Juvenal tenía razón, pero nos hemos pasado veinte siglos mirando en una sola dirección, del cuerpo hacia la mente, y, sin embargo, hoy sabemos que la dirección inversa, desde la mente hacia el cuerpo, también es correcta.

Ese es el tema de El cerebro que cura: cómo una mente sana puede dar lugar a un cuerpo sano.

Si quieres estar sano, la primera diana debe ser tu salud cerebral. No esperes que tu mente sane por tener un cuerpo sano. Si quieres salud, atiende a tu alma primero.

El cerebro que cura trata de explicar por qué esto es así y discute las posibilidades que nos abre esta constatación. Cuando hacemos ejercicio, cuando yo me pongo mis zapatillas Asics y salgo a correr (incluso si me limito a correr veinte minutos cada día o a caminar rápidamente quince minutos), este ejercicio continuado y mantenido tiene consecuencias, y una de ellas es que la actividad en ciertas áreas de mi cerebro se estructura mejor, que partes de mi cerebro literalmente crecen y que, al fin y al cabo, quizás estoy haciendo un ejercicio cuyo mayor beneficio no es que mi corazón sea más fuerte, sino que mi cerebro esté más sano y pueda encargarse mejor de atender a las necesidades del resto de mis órganos internos.

Además, si «el cerebro cura», esto significa que del mismo modo que salgo a correr por las mañanas para mantener mi cuerpo en la mejor forma posible y beneficiar a mi cerebro, hacer el equivalente de «correr» con mi cerebro quizás me permitiría ayudar aún más a que mi cuerpo esté sano. En las últimas décadas hemos empezado a entender qué significa eso de «hacer el equivalente a correr» con el cerebro.

Por ejemplo, estudios en personas que tienen el hábito de meditar muestran que la meditación promueve la actividad de las áreas cerebrales que monitorizan y modulan la función de los órganos internos. Los resultados de algunos estudios epidemiológicos indican que estas personas tienden a tener mejor salud. Sin embargo, al interpretar estos hallazgos hay que tener en cuenta que, a menudo, se trata de personas que también se cuidan más, viven una vida más saludable, tienen menos estrés y controlan mejor su ritmo de sueño y vigilia. Ahora bien, a la postre, parece que cierto patrón de actividad cerebral promueve la salud, nos permite resistir mejor las enfermedades y puede incluso permitirnos vivir más.

En este libro quiero contar lo que estamos aprendiendo sobre el apasionante mundo del cerebro y su efecto sobre nuestra salud general, qué es lo que cada uno de nosotros puede hacer al respecto y por qué motivo esto es ahora quizá más importante que nunca para la humanidad. Ni el alma más bondadosa puede aplacar todas las embestidas del cuerpo. Sin embargo, podemos hacer mucho por tener cuerpo, mente y alma en forma. Este libro trata sobre cómo el cerebro puede ayudarnos a sanar.

2.El fruto de un equipo

En 1938, durante la Gran Depresión en los Estados Unidos, Harvard lanzó un estudio para llegar a entender qué factores nos ayudan a vivir una vida sana y feliz. El estudio empezó con 268 estudiantes del segundo año en la universidad de Harvard (Harvard College), a los que han seguido durante ocho décadas. Todos eran hombres, porque en 1938 Harvard College solo aceptaba a hombres, mientras que Radcliffe College, afiliado con Harvard, era solo para mujeres. Hoy solo diecinueve de aquellos 268 hombres, que incluían, por ejemplo, al presidente John F. Kennedy, siguen vivos, pero el estudio se extendió a sus esposas y a sus hijos, que ahora tienen ya entre cincuenta y setenta años de edad. A lo largo de las décadas, el estudio original se fusionó con otros estudios similares en Boston para aumentar la muestra, y los investigadores han seguido longitudinalmente a los participantes y a sus familias para caracterizar la trayectoria de su salud. Algunos participantes acabaron siendo médicos, abogados, empresarios de gran éxito, mientras que otros se vieron afectados por esquizofrenia, demencia, alcoholismo, etcétera. Algunos se casaron, mientras que otros se quedaron solteros. Algunos enviudaron jóvenes o se divorciaron y se volvieron a casar o no. Algunos tuvieron hijos o los adoptaron, mientras que otros nunca tuvieron descendencia. Robert Waldinger, el actual director del estudio y profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard, destaca que uno de los hallazgos más importantes es que nuestras relaciones más cercanas tienen una poderosísima influencia sobre nuestra salud. Aquellos que estaban más satisfechos con sus relaciones personales a los cincuenta años son los más sanos a los ochenta. Además, aquellos que mantienen un matrimonio estable a los ochenta sufren menos por sus enfermedades y tienen menos dolor físico. Las relaciones cercanas son más importantes para la felicidad y para la salud que la riqueza o la fama y tienen un valor predictivo mayor sobre la salud que la clase social, la inteligencia o los genes. Los solitarios, los que no se sienten apoyados y arropados por sus parejas, familias y amigos, sufren más y se mueren más pronto. La soledad es más peligrosa para la salud que el alcoholismo o fumar. La soledad mata. Atender a nuestro cuerpo —como decía Juvenal— es importante, pero atender a nuestras relaciones lo es más aún. Si quieres cuidar de tu salud, cuida tus relaciones con tu pareja, con tus hijos, con tus familiares y amigos.

Por eso, este libro se lo dedico a Teresa, mi madre, entre otras muchas cosas, por su sabiduría al insistir en que no lo pensara más y me casara con premura con Elizabeth. Y a ella, mi esposa, por aceptar y aguantarme desde entonces y por hacerme el más afortunado de los hombres. Y a nuestros hijos, Ana, Nico y Andrés, nuestra verdadera razón de ser.

La razón de ser

Los japoneses tienen una palabra para la «razón de ser»: ikigai. Y tener un ikigai es importante para la salud. Japón es uno de los países del mundo donde la gente vive más años. Y quizá el ikigai tenga algo que ver con ello. Ikigai proviene de la palabra ikiru, que significa «vivir», y de la palabra kai, que significa algo así como «la realización de aquello que uno espera». Además, la palabra kai significa «concha», y las conchas se consideraban mágicas y valiosas en el periodo Heian, el último del clasicismo japonés, entre los años 794 y 1185. Esta doble acepción añade el significado de «valor o tesoro de la vida». O sea, ikigai viene a significar la verdadera razón de nuestra existencia, aquello que nos ayuda a levantarnos por la mañana y nos da aliento y energía para continuar a pesar de las adversidades de la vida, el propósito de nuestra existencia. El ikigai no tiene por qué ser algo fijo o inmutable a lo largo de la vida. El ikigai de cada uno de nosotros puede cambiar, y puede ser una o varias personas —mis hijos—, o una labor profesional —mi labor investigadora—, o la dedicación generosa a los demás —mi servicio médico y educativo—, o una creencia espiritual o religiosa. No tiene por qué ser algo grandioso, pero, en cualquier caso, es algo que lo trasciende a uno, que va más allá de la propia existencia. La felicidad futura de mis hijos y de los hijos de mis hijos es mi ikigai.

Estudios en la isla japonesa de Okinawa, una de las regiones del mundo con mayor expectativa de vida y con una población inusualmente numerosa de personas de más de cien años, confirman que el ikigai es un concepto crucial en la cultura. Tener un ikigai bien definido y una red social de relaciones estrechas —lo que en Okinawa llaman moai— son los factores más importantes para predecir esa longevidad y la salud en edad avanzada. Si tú, lector, no tienes un ikigai definido, ¡invéntalo! Y si no careces de un moai —de amigos y colaboradores estrechos—, ¡establece y cuida esas relaciones!

Yo tengo la suerte de tener colegas y colaboradores cercanos, y este libro es fruto de la colaboración con Álvaro Fernández Ibáñez y David Bartrés-Faz.

Álvaro Fernández Ibáñez

La segunda parte del libro busca ofrecer consejos prácticos para promover la salud cerebral. Ahora bien, consejos basados en evidencia científica. Y para esa importante labor nadie mejor que mi tocayo Álvaro. Álvaro Fernández Ibáñez es economista y analista de nuevas tendencias. Bilbaíno de origen, dirige SharpBrains, una organización reconocida a nivel internacional que investiga y aconseja acerca de cómo mejorar la salud, la educación y la formación a través de la ciencia del cerebro y la tecnología. Álvaro, además, forma parte del Consejo para el Mejoramiento Humano del Foro Económico Mundial (FEM) y es uno de los jueces del Global Teacher Prize y de la iniciativa para innovación, cerebro y salud de MIT Solve. Su trabajo, en colaboración con cientos de científicos, ejecutivos y emprendedores, consiste en evaluar nuevos descubrimientos científicos y nuevas tecnologías para identificar oportunidades de mejora durante toda la vida, teniendo en cuenta que el cerebro humano es nuestro recurso más valioso y más preciado. Nadie mejor, pues, para ayudar a resumir y valorar qué podemos hacer cada uno de nosotros para promover nuestra salud cerebral a lo largo de toda nuestra vida.

Álvaro Fernández dedica este libro a Mari Nieves, su ama, por su constante flujo de risa y de comida, y a su aita y amama y a sus hermanos y primos por compartir tantas alegrías cotidianas con su esposa y con su hija Isabella. Al final, todos somos hechura de todos, y el estado de salud de nuestro cerebro depende de esas gentes que nos rodean.

Los dos Álvaros, reunidos el 6 de septiembre de 2017 en Washington D. C., después de haber impartido nuestras respectivas charlas en la conferencia BrainFutures, comentamos nuestra ilusión por este libro y por guiar a todos los lectores a través de una revolución científica que ya está en marcha:

Si quieres tener buena salud, cuida tu cuerpo —por ejemplo, come y duerme adecuadamente, evita tóxicos y ve al médico regularmente—, haz ejercicio físico, ejercita tu cerebro con nuevos retos, presta atención a tus relaciones para mantenerlas cercanas y entrañables, evita la soledad y define y persigue una aspiración o propósito vital. Concretando: si quieres tener salud y bienestar, cuida tu cerebro, porque tu cerebro te cura. Ese es el tema de este libro, y de nuestras vidas.

David Bartrés-Faz

Es un placer y un lujo contar también con David, que nos ayuda a enmarcar lo que sabemos en lo que nos queda por aprender y que ha presentado un estudio ambicioso y pionero: el Barcelona Brain Health Initiative, del que es el investigador principal. David es profesor de psicología de la Facultad de Medicina en la Universidad de Barcelona. Amante del estudio de la complejidad del comportamiento humano, un aspecto que lo fascina son las diferencias individuales que definen el mantenimiento de la capacidad mental a lo largo de la vida y el envejecimiento. Y es que David recuerda el impacto que le causó, a mediados de los años noventa, la lectura de artículos científicos en los que se presentaba a grupos de personas de edad avanzada con lesiones extensas en determinadas partes del cerebro y, sin embargo, un funcionamiento intelectual normal. En su actividad investigadora posterior, David ha podido observar en muchas ocasiones casos similares: médicos, científicos, empresarios y personas en general con un alto nivel cognitivo que, no obstante, presentaban altos grados de atrofia en sus cerebros. Típicamente, la literatura científica nos habla de la educación como aspecto protector que explica estas discrepancias. Y, a pesar de ello, a menudo David también ha encontrado a personas de edad avanzada que, sin tener ningún tipo de educación formal, son extremadamente listas y mantienen un grado de adaptación a su medio laboral, social y familiar excepcional. ¿Qué es lo que ha promovido el mantenimiento de la salud cerebral en ellas?

David comenta estos temas a menudo con su mujer, Cristina, psicóloga y neurocientífica, y a quien él dedica este libro. A David y a Cristina les encanta fijarse en las personas «resilientes», aquellas que logran mantener su capacidad cerebral y emocional óptima y orientar su comportamiento hacia lo que realmente les importa —tienen un ikigai bien definido—, a pesar de las circunstancias, a veces negativas. Cristina, con su gran capacidad de intuir las razones del comportamiento humano, suele argumentar que los aspectos vinculados a la maduración cerebral, así como aquellos relacionados con la personalidad o con el temperamento, tienen una alta relevancia. Probablemente esto sea cierto, pero ¿cómo interactúan esos factores con los estilos de vida para dar lugar a desenlaces favorables para el individuo?

David practica kárate desde hace años. En la línea que comentábamos al principio de esta introducción, probablemente el kárate es bueno para el cuerpo y el cerebro, tanto por el componente de actividad física como por su aspecto filosófico y espiritual. Pero, además y sobre todo, a David le encanta. ¿Esto implica un mayor beneficio del kárate en David que correr o ir al gimnasio para mí? ¿Debería David haber empezado a practicar kárate antes? En cuanto a la salud cerebral, ¿tiene relación la práctica del kárate con otros hábitos de vida como el estudio, la alimentación o el sueño, o son independientes?

Barcelona Brain Health Initiative

Obviamente, estas preguntas planteadas en un solo caso, o las circunstancias individuales de David, Álvaro o las mías, resultan insuficientes para poder responder al problema que nos ocupa en este libro. Sin embargo, caracterizar los estilos de vida, la estructura psicológica y los sustratos biológicos cerebrales en un grupo grande de población puede arrojar un conocimiento extremadamente rico y del que todavía no disponemos. Este es precisamente el objetivo del Barcelona Brain Health Initiative, un estudio promovido por el Institut Guttmann y la Obra Social ”La Caixa”, que presentamos al final del libro. Un estudio que busca definir con mayor precisión esos factores y convertirlos en prescripciones personalizables para promover la salud de cada uno de nosotros, prevenir enfermedades cerebrales y minimizar su impacto y la discapacidad que pueden causar. Gracias al Barcelona Brain Health Initiative estamos conociendo y aprendiendo de grandes expertos y profesionales, y a todos ellos les debemos muchas de las ideas contenidas en este libro.

Parte 1Un cerebro para tu salud

3.Un momento histórico

Por primera vez en la historia de la humanidad vive en el mundo más gente mayor de sesenta y cinco años que niños menores de cinco. Gracias a los avances en medicina y, sobre todo, en salud pública, la gente vive más años, lo cual debería ser enormemente beneficioso para la humanidad. Con los años ganamos en sabiduría. Los abuelos ven el mundo con la perspectiva de la experiencia y son capaces de ofrecer consejo y tomar decisiones más equilibradas. Sin embargo, la edad también conlleva el creciente riesgo de enfermedades. En particular, envejecer es el mayor factor de riesgo para las enfermedades del cerebro. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades del cerebro afectan a una de cada cinco personas a lo largo de su vida y representan ya hoy la causa principal de discapacidad. Con la creciente expectativa de vida, el riesgo es cada vez mayor.

Así pues, vivimos un momento histórico. Tenemos la oportunidad de beneficiarnos más que nunca de la sabiduría de los mayores gracias a la creciente expectativa de vida, pero corremos el riesgo de llegar a la vejez con cerebros dañados por acumulación de enfermedades, de no poder afrontar el coste social de cuidar de los mayores con confusión, trastornos cognitivos, falta de memoria, depresión y cambios de la personalidad. Quizá por ello se da tanto énfasis a querer vivir más años, pero manteniendo un cerebro joven. Y, sin embargo, no se trata solo de eso ni tampoco es que sea posible. Al avanzar en edad no debemos desear mantener el cerebro de nuestra infancia o juventud, sino conseguir tener el cerebro mejor y más sano posible de la edad que tenemos. Yo recuerdo cómo era a los dieciocho años y no quiero repetir muchas de las decisiones que tomé entonces. Tengo tres hijos fantásticos, pero no quiero tener el cerebro de sus edades, ni ellos se beneficiarían si yo lo tuviera. Lo que quiero es poder ofrecerles todo lo que puede dar mi cerebro con la experiencia de cincuenta y seis años, sin daño ni falta de capacidad. La oportunidad histórica, y el gran reto de la humanidad, es seguir aumentando la expectativa de vida asegurando que llegaremos a la vejez con cerebros sanos y una capacidad cognitiva vibrante e intacta.

La vida es peligrosa. Además del riesgo de accidentes y catástrofes naturales, estamos continuamente expuestos a gérmenes, toxinas y sustancias químicas que pueden causarnos enfermedades y dañar nuestro organismo. Las células de nuestro cuerpo están en continuo cambio y pueden causar cáncer o reacciones autoinmunes —en las que nuestro propio organismo se convierte en el causante de daño—. Sin embargo, hay gente que se mantiene sana la mayoría del tiempo.

Los factores patogénicos, es decir, las causas directas de enfermedades, pueden ser necesarios, pero nunca son suficientes para causar enfermedad y discapacidad. Nuestros genes, sin duda, contribuyen a nuestro riesgo individual de ponernos enfermos. Sin embargo, la evidencia antropológica, epidemiológica, sociológica, psicológica y médica demuestra que nuestra personalidad, creencias, expectativas, modo de vida, situación vital y circunstancias son determinantes para nuestro riesgo de enfermedad. De hecho, hoy sabemos que todos estos factores tienen un impacto incluso en la expresión de nuestros genes, y hay una nueva disciplina científica y médica, la epigenética, que estudia estos mecanismos para poder desarrollar nuevos tratamientos.

Nuestro cerebro mantiene una relación continua y estrecha con todos los órganos de nuestro cuerpo y tiene la capacidad o la propiedad intrínseca de ser una fuente de salud. Nuestro cerebro puede curarnos. Lo que tenemos que hacer es aprender a utilizarlo sistemáticamente para poder beneficiarnos de ello. Pero es también un arma de doble filo, ya que nuestro cerebro puede asimismo causarnos enfermedades.

Curiosamente, esto es algo en lo cual los médicos vamos muy por detrás de la gente. No existe un conocimiento médico que nos permita dar una receta de lo que uno necesita hacer, del tipo: «Ande tanto, haga tantos puzles, piense en tantas cosas, juegue con estos juegos de ordenador o tome tal medicina y así promoverá su salutogénesis, es decir, la capacidad de su cerebro de promover su salud». Esto es precisamente lo que debemos conseguir, pero, de momento, solo podemos escuchar a la gente, hacerles entender lo que piensan, lo que esperan, lo que sueñan, lo que desean, lo que experimentan... Todo esto provoca cambios en su cerebro, y estos cambios tienen impacto no solo en sus sueños y en sus expectativas, sino en su propia salud. Por tanto, es útil aprender de aquellos que son capaces de descubrir los elixires de la vida, porque lo que están realmente descubriendo es cómo modificar su cerebro para mejorar su salud.

Hay personas que son menos susceptibles que otras a enfermedades y a la discapacidad, y estamos aprendiendo de ellas qué hacer para mantener la salud. Durante siglos, el foco de la investigación médica ha sido intentar entender cómo y por qué nos ponemos enfermos. Sin embargo, la salud no es simplemente la ausencia de enfermedad. Así pues, es momento de estudiar qué promueve la salud, por qué algunos se mantienen sanos y qué podemos hacer todos los demás para conseguirlo.

Salutogénesis, del latín salus, que significa «salud», se refiere a los factores comportamentales y cognitivos, los factores cerebrales, que promueven la salud modulando las interacciones entre el sistema nervioso y los sistemas endocrino e inmunitario. Gracias a nuestro cerebro tenemos mecanismos dedicados a mantenernos sanos. Cada uno de nosotros tiene un cerebro distinto, y el reto es optimizar y potenciar de forma personalizada los mecanismos salutogénicos de nuestro cerebro para que nos permitan llegar a la vejez con vigor y con las capacidades intactas.

4.Salutogénesis

En el siglo XIV, la peste negra causó la muerte —según algunas fuentes— de hasta casi dos tercios de la población de Europa y de sesenta a ochenta millones de personas de una población mundial estimada entonces en unos trescientos millones. La población mundial había crecido enormemente durante la Edad Media, lo que conllevó la necesidad de cultivar tierras cada vez de menor calidad y bajo rendimiento, y eso provocó una creciente falta de nutrición. Quizá la desnutrición y la consecuente falta de defensas por un sistema inmunitario debilitado propició en mucha gente la infección por la bacteria de la peste. Algunos historiadores han argumentado que esta epidemia demuestra la crisis del sistema feudal que la hizo posible. Y es cierto que el riesgo de enfermedad era particularmente alto entre los pobres. Sin embargo, también murieron reyes como Alfonso XI de Castilla o Juana II de Navarra, Margarita de Luxemburgo —la reina esposa de Luis I de Hungría— o Felipa de Lancaster —la reina consorte de Juan I de Portugal—. La peste negra no solo afectó a los pobres. Aparentemente, nadie estaba a salvo.