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En "El Niño de la Bola", Pedro Antonio de Alarcón nos sumerge en un relato conmovedor que explora la vida de un niño huérfano que enfrenta la adversidad con una resiliencia admirable. El autor utiliza un estilo narrativo ágil y emotivo, característico del romanticismo español, donde se muestran tanto las miserias de la pobreza como la dignidad del ser humano en situaciones límite. El contexto literario de la obra se sitúa en la España del siglo XIX, un periodo marcado por la búsqueda de la identidad nacional y el desarrollo de corrientes literarias que abogan por la crítica social, lo que se refleja en la preocupación de Alarcón por las injusticias de su tiempo. Pedro Antonio de Alarcón fue un prolífico escritor, dramaturgo y político, cuya trayectoria estuvo marcada por su compromiso social y su interés en los problemas de su época. Criado en una familia afectada por las dificultades económicas, vivió de cerca las realidades de la pobreza, lo que sin duda influenció su obra literaria. Su experiencia como viajero y corresponsal también enriqueció su perspectiva, permitiéndole articular con precisión las emociones y sufrimientos de sus personajes. Recomiendo encarecidamente "El Niño de la Bola" a todos aquellos que deseen adentrarse en una prosa rica y penetrante que invita a la reflexión sobre temas como la pobreza, la soledad y la búsqueda de pertenencia. Esta obra no solo representa un hito en la literatura española, sino que también ofrece una profunda introspección psicológica que resonará en el lector moderno, convirtiéndola en un texto atemporal que merece ser leído y reconsiderado. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Entre la devoción que cohesiona a un pueblo y las pasiones que lo desgarran, late la paradoja que en El Niño de la Bola convierte la fe en espejo de los deseos más humanos. Pedro Antonio de Alarcón, figura clave de la narrativa española del siglo XIX, compone aquí una novela realista con herencia romántica, publicada en el último cuarto de ese siglo y situada en la España provincial. Su prosa, atenta a las costumbres y a la psicología, invita a leer tanto el paisaje social como los repliegues íntimos de los personajes. El título remite a una popular imagen del Niño Jesús con orbe, desde la cual la narración observa la vida comunitaria.
Sin adelantar la trama, basta decir que la intriga se organiza en torno a un joven cuya trayectoria vital queda atravesada por ese símbolo devocional que da nombre al libro, y por la mirada constante de su entorno. Lo que comienza como un retrato de costumbres se tensa pronto en conflicto ético y sentimental, donde honor, deseo y reputación se miden frente a la autoridad colectiva. El lector reconoce una voz narrativa omnisciente, flexible y a ratos irónica, que alterna cuadros de vida cotidiana con escenas de intensa carga emocional, sostenida por una sintaxis clara y una cadencia segura.
El Niño de la Bola se inscribe en la estela del realismo español tardío, cuando la novela se consolida como laboratorio de análisis social sin renunciar al pulso romántico de la pasión y el destino. Ambientada en una localidad pequeña de la España decimonónica, la obra recurre al detalle costumbrista para examinar roles, jerarquías y rituales, pero también las fisuras que los atraviesan. Alarcón despliega un saber de observador minucioso: describe con precisión los gestos de la convivencia y, sin didactismo, deja que la fricción entre creencia y conveniencia ilumine los móviles profundos de sus criaturas.
El libro interroga la relación entre fe y superstición, la construcción social de la inocencia y la culpa, y la tirantez entre libertad individual y disciplina comunitaria. Explora, además, los lenguajes del honor y sus efectos sobre el cuerpo y la palabra, el poder del rumor y el peso de los signos públicos. El simbolismo del Niño con la esfera funciona como eje imaginario donde convergen esperanza, miedo y control, y desde ahí se teje una reflexión sobre cómo los símbolos ordenan afectos y decisiones. Sin sermonear, la narración muestra mecanismos de obediencia y de resistencia cotidianos.
Leer esta novela es asistir a un movimiento gradual: de la estampa luminosa de un pueblo a la penumbra de sus dilemas morales, de la anécdota local a preguntas de alcance universal. La voz de Alarcón guía con cortesía firme, modulando la distancia entre narrador y personajes para intensificar la empatía sin perder el juicio crítico. El ritmo combina descripción y acción con equilibrio clásico, de modo que el suspense nace más de las motivaciones que de las sorpresas. La lengua, sobria y precisa, sabe alzar momentos de lirismo y, cuando conviene, una ironía leve y reveladora.
Aunque situada en el siglo XIX, la novela dialoga con inquietudes contemporáneas: la economía de la reputación, la presión del grupo, el uso público de los símbolos y la fragilidad de la intimidad bajo una mirada social incesante. La tensión entre normas heredadas y deseo personal sigue siendo una experiencia reconocible, como también la confusión entre convicción religiosa y conveniencia social. El retrato de la masculinidad y de los condicionamientos que pesan sobre las mujeres permite lecturas actuales, conscientes de la persistencia de ciertos pactos morales. El libro invita a pensar cómo se fabrica la autoridad desde relatos compartidos.
En suma, El Niño de la Bola ofrece una puerta de entrada privilegiada al universo de Alarcón y a un modo de narrar que fusiona tradición y examen crítico. Su trama, centrada en caracteres definidos por su comunidad y por un símbolo que los excede, mantiene la tensión sin necesidad de grandilocuencias. La obra seduce por la inteligencia de su mirada y por su capacidad para convertir lo local en meditación sobre la libertad y la responsabilidad. Leída hoy, no suena a antigüedad: su ética de la atención al otro y a la palabra pública permanece vivamente actual.
Publicada en 1880, El Niño de la Bola de Pedro Antonio de Alarcón es una novela realista de ambientación decimonónica que explora la religiosidad popular y el peso de la opinión pública. El título alude a una imagen devocional del Niño Jesús que porta un globo, emblema que articula la vida de una comunidad y marca el destino de un muchacho al que se mira como prodigio. En torno a ese foco simbólico, la narración abre un cuadro de costumbres, jerarquías y expectativas, donde la fe se mezcla con el honor y la reputación. Desde el inicio, el protagonista crece observado, celebrado y medido.
El niño, rodeado de cuidados familiares y de la atención de autoridades religiosas, es educado para encarnar un ideal de pureza y sacrificio. La comunidad le atribuye virtudes excepcionales y le confiere un apelativo ligado al culto que preside las fiestas locales, señalándolo como ejemplo. Alarcón describe el ritmo de la vida cotidiana, sus ritos y sus pequeñas miserias, mientras el muchacho aprende a vivir con la alabanza constante. Esa mirada ajena, sin embargo, le impone una disciplina interior que roza la vanidad y la culpa, y que hará de su conciencia un territorio disputado entre la devoción y el deseo.
La llegada de la adolescencia agita ese frágil equilibrio. Un encuentro afectivo, tan humano como imprevisto, despierta en el protagonista sentimientos que no caben en el molde de santidad construido para él. La novela contrapone lo íntimo y lo público: paseos, conversaciones y silencios se ven filtrados por la vigilancia de vecinos y mentores. A medida que el joven intenta comprenderse, la trama muestra cómo la escenificación de la virtud puede chocar con la verdad de las emociones. El lenguaje sobrio de Alarcón deja ver dudas, ilusiones y temores, sin renunciar al retrato minucioso del ambiente que los provoca.
El conflicto se intensifica cuando las redes sociales del lugar —parentescos, alianzas y rivalidades— comprometen el rumbo de los jóvenes. Personas influyentes, movidas por celos, interés o celo moral, interpretan cada gesto y lo convierten en ejemplo o escarnio. El protagonista busca conciliar su fervor con la posibilidad del amor, y acude a quienes cree guiarán su conducta, pero descubre que el consejo también puede ser una forma de control. El relato expone la fricción entre conciencia y normas, y cómo el prestigio religioso, lejos de amparar, puede convertirse en un instrumento que otros manejan para afirmar su poder.
Una cadena de malentendidos precipita un episodio público que magnifica las tensiones latentes. La reputación del muchacho, antes intocable, se ve súbitamente cuestionada, y con ella la del entorno que lo elevó. La joven implicada padece también la mirada implacable de la comunidad, que dirime culpas antes de escuchar razones. Alarcón construye así un estudio de la rumorología y del daño que causan la prisa por juzgar y la devoción sin discernimiento. El ritmo narrativo se acelera hacia una encrucijada en la que honor, fe y afecto compiten, exigiendo una toma de postura que tendrá consecuencias para todos.
En el tramo final, la novela conduce a una confrontación ética en la que cada personaje debe responder por lo que eligió creer y por lo que hizo creer a los demás. Sin traicionar su verosimilitud, Alarcón matiza las culpas y los méritos, y muestra que las salidas no son simples. La resolución —que aquí no se revela— reordena el sentido del símbolo del Niño de la Bola, confrontando la inocencia idealizada con la experiencia. Lo decisivo no es el desenlace puntual, sino la transformación interior que, a través del conflicto, enseña los límites de la fama piadosa y del amor idealizado.
Como novela del realismo español de fines del siglo XIX, la obra dialoga con el debate moral de su tiempo sobre honor, libertad y conciencia, y lo traduce en personajes reconocibles y situaciones verosímiles. Su vigencia reside en la crítica a la teatralidad social y en la pregunta por la autenticidad de la fe y de los afectos cuando todo se somete al escrutinio público. El retrato de la presión comunitaria y de la fragilidad de las etiquetas impuestas en la infancia conserva fuerza contemporánea. Sin depender de giros sorpresivos, el libro permanece como una indagación sostenida en los riesgos de confundir devoción con prestigio.
Publicada en 1880, El Niño de la Bola pertenece a la etapa final de Pedro Antonio de Alarcón (1833–1891), granadino de Guadix y periodista, novelista y político. La obra aparece en plena Restauración borbónica (desde 1874), en un mercado editorial madrileño ya consolidado y con un público ampliado por la alfabetización. Alarcón, que había alcanzado notoriedad con El sombrero de tres picos (1874) y la novela de tesis El escándalo (1875), se movía entonces en un realismo atento a las costumbres. Su formación periodística y su experiencia como cronista de la Guerra de África (1859–1860) marcaron su mirada narrativa.
El marco espacial remite a Andalucía oriental, con paisajes y sociabilidades reconocibles de la provincia de Granada y su entorno. En ese contexto, la vida cotidiana se ordenaba en torno a la parroquia, el ayuntamiento y los juzgados de partido, mientras la Guardia Civil (creada en 1844) patrullaba caminos y cortijos. La diócesis de Guadix, una de las más antiguas de España, articulaba la disciplina eclesiástica y las devociones locales. El título alude a una iconografía difundida desde el Barroco: el Niño Jesús con orbe o “bola”, muy presente en oratorios domésticos y templos andaluces, símbolo de autoridad espiritual y apoyo devocional popular.
El trasfondo político abarca de la crisis del reinado de Isabel II (1833–1868) al ciclo abierto por la Revolución de 1868, el Sexenio Democrático (1868–1874) y la Restauración de 1874. Esas oscilaciones entre liberalismo y reacción consolidaron redes locales de poder —el caciquismo— que mediatizaban justicia, trabajo y elecciones. La Constitución de 1876, vigente cuando se publica la novela, consagró un régimen monárquico, centralista y confesional, con tolerancia religiosa limitada. En ese marco de orden público y control social, los conflictos comunitarios y familiares adquirían resonancia pública, reforzados por autoridades municipales, notarios y clero como instancias de legitimación y mediación.
La Andalucía decimonónica combinaba latifundios y minifundios, con amplias capas de jornaleros sometidos a la estacionalidad agrícola. La viticultura, el olivar y los cereales sustentaban muchas economías locales, mientras el ferrocarril, extendido desde las décadas de 1850 y 1860, conectaba capitales de provincia y puertos. Persistían fenómenos de bandolerismo en sierras andaluzas, atajados por la Guardia Civil, y se reforzaban dispositivos de vigilancia rural. En las ciudades medianas, cofradías, casinos y círculos recreativos articulaban sociabilidad y jerarquías. Esa estructura económica y asociativa condicionaba expectativas matrimoniales, movilidad social y reputación, resortes colectivos que la narrativa realista convierte en motor de tensiones y decisiones privadas.
Las relaciones Iglesia-Estado definieron la vida pública. Tras la desamortización liberal (Mendizábal, 1836; Madoz, 1855), el Concordato de 1851 restableció rentas y atribuciones al clero y declaró al catolicismo religión del Estado. La enseñanza quedó regulada por la Ley Moyano (1857), con amplio papel eclesiástico, y las devociones populares continuaron canalizadas por parroquias y cofradías. La Revolución de 1868 introdujo mayor tolerancia, matizada después por la Constitución de 1876. Las imágenes del Niño Jesús —incluida la variante con “bola”— formaban parte de la piedad doméstica y festiva andaluza, con novenas, rosarios y procesiones que encuadraban calendarios, promesas y expectativas morales comunitarias.
El siglo XIX español vio el auge de la prensa y la profesionalización del periodismo. Alarcón se formó en redacciones y fue diputado en Cortes, además de cronista en la Guerra de África, experiencia que consolidó su fama con Diario de un testigo de la Guerra de África (1859–1860). La cultura impresa difundía folletines y novelas por entregas, acercando relatos a lectores urbanos y rurales. Ese circuito mediático favoreció el realismo observacional y el retrato de tipos locales. En 1880, los debates literarios sobre moral, verosimilitud y utilidad social de la novela enmarcaban su producción, bajo la mirada de una crítica cada vez más exigente.
En lo estético, la obra se sitúa entre el costumbrismo heredado del Romanticismo y el realismo que dominaría la década. Frente al naturalismo militante que ganaba terreno desde Francia, varios autores españoles cultivaron la “novela de tesis” de inspiración católica. Alarcón, que había evolucionado hacia posiciones religiosas y conservadoras, defendió la función moral de la literatura sin renunciar a la observación social. El Niño de la Bola recoge ese equilibrio: interés por la escena andaluza, lenguaje coloquial controlado y atención a usos, fiestas y jerarquías. El trasfondo doctrinal no anula la representación minuciosa de ambientes, voces y rituales cotidianos.
Leída en su coyuntura, la novela dialoga con tensiones centrales de la España de la Restauración: autoridad y conciencia, costumbre y ley, culto popular e institución eclesial. Muestra cómo la fama, el honor y la pertenencia condicionan decisiones íntimas, en sociedades donde la sanción vecinal y el padrinazgo pesan tanto como la norma escrita. Al situar la iconografía del Niño Jesús en el corazón de promesas y expectativas, la obra refleja la densidad simbólica del catolicismo andaluz y su función cohesionadora, a la vez que sugiere los riesgos de instrumentalizar la devoción o confundir fervor y prestigio social.
EN LO ALTO DE LA SIERRA.
SINFONÍA.
Entre la vetusta Ciudad, cabeza de Obispado, en que ocurrieron los famosos lances de «El Sombrero de tres picos[1],» y la insigne Capital de aquella estacionaria Provincia, donde hay todavía muchos moros vestidos de cristianos, álzase, como muralla divisoria de sus respectivos horizontes, un formidable contrafuerte de la Sierra más erguida y elegante de toda España.
Cerca de diez leguas de espesor (las mismas que la Capital y la Ciudad distan entre sí) tiene por la base aquel enorme estribo de la gran cordillera, miéntras que su altura, graduada por término medio, será de seis ó siete mil piés sobre el nivel del mar.—Subir á tal elevacion por retorcidas cuestas, y descender de allí luégo por otras cuestas no ménos retorcidas, es la tarea comun de cuantos van ó vienen de una á otra comarca; cosa que sólo podia hacerse, á la fecha en que principia nuestra relacion, por un mal camino de herradura, convertido poco despues en un mucho peor camino carretero.
Ahora bien, amigos lectores: el primer cuadro del drama romántico de chaqueta y rigurosamente histórico (aunque no político) que voy á contaros (tal y como aconteció, y yo lo presencié, entre la extincion de los Frailes y la creacion de la Guardia Civil, entre el suicidio de Larra y la muerte de Espronceda, entre el Abrazo de Vergara y el Pronunciamiento del General Espartero; en 1840, para decirlo de una vez) tuvo por escenario la cumbre de esa montaña, el promedio de ese camino, el tránsito del uno al otro horizonte; punto crítico y neutro, que dista cinco leguas de la Ciudad y otras cinco de la Capital, y en que, por ende, suelen encontrarse al mediodía y decirse «¡á la paz de Dios, caballeros!» los viandantes que salieron al amanecer de cada una de ambas poblaciones.
Es aquel un paraje rudo, áspero y pedregoso, sin historia, nombre ni dueño, guardado por esquivos gigantes de pizarra, donde la Naturaleza, vírgen y tosca como salió de las manos del Criador, vive pobremente, pero sin muchos cuidados, entregada á la dulce rutina de sus invariables quehaceres.—Tan árida y escabrosa es aquella region, que nadie ha entrado nunca en codicia de disputar á los animales silvestres el pacífico, inmemorial disfrute de las escasas hierbas y atroces matorrales que festonean sus riscos; por lo que, ni siquiera hoy, despues de la desamortizacion y venta de todo lo criado, figura tal arrabal del Planeta en el catastro de la riqueza pública.—Sin embargo, no vivian completamente á sus anchas, en la época de que va hecha mencion, los inciviles y sueltos moradores de aquella majestuosa soledad; pues, amén de las importunidades ordinarias que á ciertas horas les ha acarreado siempre la vecindad del sendero humano, solia acontecer por entónces con demasiada frecuencia, que ladrones en cuadrilla, ó no en cuadrilla, armados de terribles trabucos, acechaban allí á los viajeros inofensivos, y áun á la misma Justicia del Estado, como en lugar muy á propósito, por lo estratégico, para librar batalla á las leyes sociales.
El dia de que tratamos (sábado, 5 de Abril), sería ya la una de la tarde, y áun no se habia divisado alma viviente en aquel pavoroso recinto, cerrado á la vista por las ondulaciones de las montañas subalternas. Hallábanse, pues, solos y gustosísimos los pájaros, las bestiecillas montaraces y los reptiles é insectos que lo habitan; todos ellos doblemente regocijados y juguetones á la sazon, con motivo de haberse dignado subir á aquellas alturas, á pasar unos dias en su compaña, la hermosa y galante Primavera...
Allí estaba, sí, la pródiga deidad, y bien se conocia donde quier el mágico influjo de sus gracias y donosura. En todas partes habia flores: en las solanas, en las umbrías, entre las peñas, en los mismos líquenes de las rocas, hasta en el tortuoso sendero frecuentado por el hombre, y en las cruces y lápidas conmemorativas de bárbaros asesinatos...—Respirábase un aire cargado de aromas deleitosos. Los pajarillos se decian sus amores con breves y agudos píos, que turbaban, ó hacian más notable y solemne, el hondo silencio del resto de la Creacion... Tambien se percibian de vez en cuando leves murmullos de arroyuelos que pugnaban por abrirse paso entre importunas guijas; pero muy luégo cesaba el rumor, por haber hallado el agua más cómoda ruta... Pintadas mariposas revolaban de acá para allá, no ménos lindas que las flores en que libaban, y más libres que ellas; miéntras que tímidas alimañas y recelosas aves codiciadas por los cazadores retozaban descuidadamente, áun en el odiado camino de herradura... ¡Todo, todo era paz, y amor y delectacion en la tierra y en el ambiente!... El mismo cielo sonreia, como un padre satisfecho de la ventura de sus hijos...—Dijérase que el mundo acababa de ser criado... La infatigable Naturaleza parecia una doncella de quince abriles.
De pronto, todos los animales se avisparon y echaron á correr ó á volar, apartándose del camino, y una nube de polvo empañó la transparencia de la atmósfera hácia la parte de la Capital...
Era que venía el Hombre.
Y, pues que el Hombre, el rey de la Creacion, solia pasar por allí dando el mal ejemplo de temer á sus prójimos, nada tuvo de particular ni de ofensivo que los humildes irracionales se apresurasen, como todos los dias, á evitar su real presencia.
NUESTRO HÉROE.
Aquella nube de polvo traia en su seno á un arrogante jinete, seguido de un arriero á pié y de tres soberbias mulas cargadas de equipaje.
El caballero, á juzgar por su figura y vestimenta y por el abigarrado aspecto de las tales cargas, parecia juntamente un feriante, un contrabandista y un indiano. Tambien hubiera sido fácil suponerlo un capitan de bandidos de primera clase, que regresara á su guarida con el rico botín de alguna afortunada empresa.
Érase un jóven como de veintisiete años; fino y elegante, aunque vestía de chaqueta (traje usado entónces en Andalucía por personas muy principales), y tan airoso, nervudo y bien formado, que habria podido servir de modelo para la famosa estatua del Gladiador combatiente. La mencionada chaqueta, así como el chaleco y el pantalon (ó más bien calzon de montar) que llevaba, eran de punto azul muy ceñido al cuerpo, y concluia por abajo su equipo en unos botines ó polainas de gamuza gris, con sendas espuelas de plata labrada, dignas éstas de un Capitan General. Gruesos botones de muletilla, tambien de plata, orlaban hasta cerca del codo las boca-mangas de la chaqueta y servian de botonadura al chaleco. Un pañuelo negro de crespon, anudado á la marinera, le servia de corbata, y negro era asimismo el rico ceñidor de seda china que ajustaba á modo de faja su esbelta cintura. En los puños y cuello de la camisa lucía costosos brillantes; pero ninguno de tanto valor como el que radiaba en el dedo meñique de su mano izquierda. Finalmente, el sombrero (que en aquel momento se acababa de quitar) era de finísima paja de color de café, ancho de alas y muy alto y puntiagudo, como los usan muchas gentes de América y de las Dos Sicilias,—á cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de «sombrero de catite.»
Tan singular personaje (á quien sentaba perfectamente aquel raro atavío semi-andaluz, semi-exótico) llamaba la atencion, más que por todo lo dicho, por la varonil hermosura de su cara. Que ésta habria sido de extraordinaria blancura, indicábalo aún aquella parte de su despejada y altiva frente que el sombrero solia proteger; pero, en lo demas, habíala quemado el sol por tal extremo, que su palidez marmórea habia adquirido un tinte como de oro mate, cuyo tono igual y sosegado no carecia de hechizo. Eran negros y muy rasgados y grandes sus africanos ojos, medio dormidos á la sombra de largas pestañas; mas, cuando súbitamente los abria del todo, excitado por cualquier idea ó caso repentino, salia de ellos tanta luz, tanto fuego, tanta energía vital, que su mirada no podia soportarse. Esta mirada reunia á un mismo tiempo la temible majestad de la del leon, la fijeza de la del águila y la inocencia de la del niño; sólo que era más triste que la del último, y más tierna en ocasiones que la de los citados reyes de las selvas y de los aires.—Su abundante cabello, negro tambien y muy cortado por detras, orlaba ámpliamente la parte superior de la cabeza, semejando una rizada pluma tendida del lado izquierdo al derecho; lo cual daba mayor realce á aquella fogosa fisonomía. Completaban su peregrina belleza un perfil intachable, sirio más bien que griego, una boca escultural, clásica, napoleónica, tan audaz como reflexiva, y, sobre todo, una barba negra, undosa, de sobrios aunque largos rizos, trasunto fiel de las nobles y celebradas barbas árabes y hebreas. En resúmen, y para pintar con un solo rasgo tan interesante figura, diremos que, por su estilo oriental, por su selvática melancolía, por su atlética complexion, por la viril hermosura del semblante y por la grandeza de alma que resplandecia en sus ardientes ojos, cualquier aficionado á estudios artísticos hubiera comparado á nuestro héroe (prescindiendo de su grotesco traje y de los accesorios profanos que lo rodeaban) al terrible San Juan Bautista cuando regresó del Desierto á la edad de 29 años.
Montaba el jóven que tan minuciosamente hemos descrito un soberbio potro cordobes, negro como la endrina, enjaezado con silla á la española, sobre cuyo arzon iba sujeto un angosto maletin de baqueta y sobre cuya grupa ostentaba vivos y múltiples colores una manta mejicana de gran mérito, ó, mejor dicho, lo que allí se denomina un zarape[2].—Armas... no llevaba en su persona ni en su cabalgadura; pero, hablando en verdad, de uno de los tres bagajes mencionados pendian juntas cuatro excelentes escopetas (dos de ellas con todos los honores de espingardas) que podian sacar de apuros á cualquier valiente...
Digamos algo del arriero.—Su pantalon largo, de tela veraniega; la chaquetilla de lienzo blanco que llevaba al hombro, á lo húsar; su faja encarnada, casi siempre desceñida y arrastrando; su sombrero calañés tirado atras, y su fisonomía movible y falsa como la de un comediante, denotaban al individuo de baja estofa del litoral malagueño; nacido en la playa, al aire libre; criado sin casa ni hogar; educado por los truhanes más listos del viejo y corrompido Mediterráneo, y capaz de todo lo malo y de todo lo bueno que pueda hacer un hombre, salvo decir la verdad dos veces seguidas ó rehusar una copa de aguardiente.
Por último: las cargas de las tres mulas se componian de cofres, maletas, arcas antiguas, cajones esterados, cestas y cuévanos de diversos tamaños y hechuras, y otra infinidad de lios de raras materias y formas. Recios manojos de larguísimos bambúes y de enormes y vistosas plumas empenachaban además gallardamente cada uno de estos bagajes; y, en fin, sobre el altísimo túmulo y copete del mayor de ellos, veíase una gran jaula de hoja de lata, dentro de la cual se consumia de nostalgia el más corpulento y verde loro que haya atravesado nunca el Océano Atlántico.—Indudablemente, el apuesto jóven, ó la persona á quien hubiese robado (suponiendo que nos las hayamos con un bandido), acababa de llegar de América...
Nada podemos asegurar todavía sobre estas cosas. El mismo arriero las ignoraba á la sazon, segun que dijo despues, jurándolo por un puñado de cruces. Lo único que en tal punto y hora sabía era que, el mártes de aquella semana, lo habia buscado un fondista de Málaga para que condujese aquel voluminoso equipaje á la Ciudad de que va hecha referencia: que el presunto indiano, feriante, contrabandista ó salteador de caminos, llevaba ya entónces seis ú ocho dias de llamar la atencion de los malagueños por su bizarro porte y raro y lujoso traje: que el magnífico potro en que ahora viajaba era muy conocido y envidiado en aquella poblacion, como de la propiedad del Marqués de ***, al cual podia muy bien habérselo comprado el forastero: que éste habia vivido allí en la mejor fonda, dándose muy buen trato; pero sin que nadie hubiese ido á visitarle: que en el libro del Establecimiento estaba inscrita su entrada bajo el nombre de Manuel Venegas, y que «D. Manuel» le decian efectivamente el amo y los mozos, por más que luégo se guiñaran, como dudando de que tal persona pudiese llamarse de un modo tan cristiano; y, en fin, que durante las tres jornadas y media que llevaban de camino, nadie habia dado muestras de conocer al misterioso jóven, el cual era por otra parte de tan pocas palabras y tan fresco y valiente para no contestar á ciertas preguntas, que el arriero no habia podido sacar de él más luz que muchos y buenos cigarros á todas horas, mucho arroz con pollos en las posadas, y muchos vasos de vino ó de aguardiente en cuantas ventas ó ventorrillos les salian al encuentro, cosas tanto más de agradecer, cuanto que el generoso donador no fumaba, ni bebia, ni apénas probaba bocado...
Réstanos hacer una advertencia; y es que, como el cruce de los viajeros procedentes de la Capital y de la Ciudad no solia verificarse (segun ya hemos dicho) hasta que unos y otros llegaban á aquellas alturas de la Sierra, nuestro jóven y su especie de espolique no habian tropezado todavía con nadie el referido sábado; bien que ya comenzasen á oir á lo léjos el monótono cencerreo de una recua, y algun que otro rasgo oratorio de arriero, de esos que hacen á las bestias encoger el rabo y salir al trote...
HABLA EL CORO.
No tardó en aparecer al opuesto confín del reducido paisaje la tribu de jumentos anunciada por tan claros rumores, sobre la cual iban procesionalmente todos los pasajeros que aquel dia habian tenido precision de encaminarse de la Ciudad á la Capital; dado que entónces era sábia costumbre no hacer este viaje sino formando grandes caravanas, en evitacion de tropiezos con la partida de ladrones del Tuerto B, del Chato X, del Manco H, ó de cualquier otro lisiado por la mano de Dios,—que siempre fueron los cabecillas más célebres y temidos.—Y, áun así, el encuentro solia tener lugar, con derrota segura de los confederados viajeros.
Marchaba esta vez al frente de la comitiva una pareja de aceiteros del Reino de Jaen, escoltada por muchos burros de vacío, sobre cuyas albardas yacían exánimes los desocupados pellejos. Venían luégo otros cuatro asnos de la misma recua, convertidos en cabalgaduras de dos mujeres de fisonomía, edad y clase medianas y de dos hombres por el mismo estilo, uno de ellos con gorra de cuartel, en que brillaba la modesta insignia del Subteniente de ejército, y el otro con medias negras de lana y todo el corte de sacristan ó de meritorio del oficio.—Seguian unos cuantos mozalvetes (estudiantes, sin duda, que regresaban á la Universidad despues de las vacaciones de Semana-Santa), los cuales andaban á pié por su gusto y para enredar más, pues allí tenian de sobra caballerías en que subirse; y cerraba la procesion el jefe de los aceiteros, cuya ámplia faja debia de contener el producto contante y sonante de la venta del aceite, dado que montaba una mulilla muy vivaracha, como para volver grupas y ponerse en salvo al primer barrunto de amigos de lo ajeno.—Las dos señoras (que bien merecian este dictado por su gravedad olímpica) iban en sendas jamugas, con sus correspondientes almohadas de cama y la indispensable colcha de percal (para mayor decoro): el subteniente, que era grueso, habia tenido que sentarse á mujeriegas en el ancho y tosco aparejo de esparto, por miedo de abrirse hasta la cintura yendo á horcajadas; y el sacristan, en virtud de igual temor, aunque era de ménos carnes, habia optado por montar un borrico en pelo, del cual ya se habia caido dos ó tres veces.
Debemos apresurarnos á advertir que ninguno de estos vulgarísimos personajes tiene nada que ver con el presente drama, por más que figuren en él un momento, como parte de la masa de gente anónima que los trágicos griegos llamaron Coro y que todavía manotea y canta en nuestras óperas y zarzuelas.—Fíjese, pues, el lector en lo que esos coristas hablen, sin parar mientes en sus insignificantes personas, y se ahorrará muchos quebraderos de cabeza.
—¡Ya están ahí!—exclamó el sacristan, tirándose al suelo, voluntariamente esta vez, al distinguir la nube de polvo en que venía envuelto nuestro protagonista.
—¿Quién dice usted que viene, hombre de Dios?—preguntó el militar.
—¡Los ladrones!—¿No los está usted viendo? ¿No sabe usted que este es el sitio clásico de los robos?
—¡Ladrones, doña Paz! ¡Oh ventura!... ¿No se lo dije á usted?—gritó alegremente uno de los estudiantes, acercándose á la ménos fea de las dos mujeres y poniéndose á bailar delante de su burro.
—¡Ladrones!—¡Jesus me valga!—¡Ave María Purísima!—¡San Antonio bendito!—¡Qué va á ser de mí!—Pues, y ¿de mí?—Capitan... ¡no nos abandone usted!...—chillaron alternativamente las dos hembras.
—¡No lloreis, oh viudas! ¡oh divinidades de barbecho! ¡oh Didos abandonadas por dos crueles difuntos en lo más florido y hasta granado de vuestra mayor edad! (añadió otro estudiante.)—¡Vosotras, que tanto jugais en esta batalla, pedid á Dios lo que mejor os convenga!—¡En cuanto á mí, soy tan desdichado, que ningun bien ni mal pueden hacerme los ladrones!
—¡Mano á las escopetas!—decia entretanto el subteniente con voz de mando, dirigiéndose á los aceiteros, que eran los únicos que llevaban tales armas.
—¡Oh... no! ¡Más vale rendirse!... (gimió el sacristan.) La resistencia equivale á una muerte segura...—¿No es verdad, señoras?
—Deténgase usted, comandante... (gritaron las dos viudas:) ¡Deténgase usted, y sea lo que Dios quiera!
—Señoras... ¡No hay cuidado!... (pronunció uno de los aceiteros con cierta sorna.) Cuando salgan los ladrones, yo daré la voz de rompan-filas.
—Pues ¿qué gente es aquella?—preguntó el ascendido subteniente.
—Allí no viene más... (replicó el trajinante) que un caballero, mejor montado que nosotros, en compañía de un mozo á pié...—¡Me parece que la partida no es para asustarse tanto!
—Pues ¿saben ustedes lo que digo? (exclamó otro escolar, mirando de soslayo al guerrero de profesion.) ¡Que aquel caballero andante es más valiente que todos nosotros juntos, supuesto que viaja ménos acompañado!
—¡Oiga usted, jóven! (respondió el subteniente, que era catalan.) Si yo no vengo solo, no es porque necesite el auxilio de botarates como usted...
—¡Jesus, qué hombres! (clamó doña Paz, atravesando su burro entre ambos contendientes.) ¡Siempre va una con ellos con el alma en un hilo!
—¡No tiemble usted, doña Pacecita! (dijo el estudiante insultado, abrazándose á las robustas piernas de la jamona.) Que yo, por evitar á usted un disgusto, soy capaz de los mayores sacrificios de amor propio...—Y ¡qué gorda está usted, y qué rica!...
—¡Insolente! (gritó la viuda, arreando su bestia, para librarse del escolar.) ¡Si viviera mi Luis, no me veria en estos lances!...—Espérese usted, doña Antonia...—¡Ay qué niños! ¡qué niños!...
Á todo esto, el hombre á caballo se venía encima, y pronto se halló á distancia de ser examinado minuciosamente por la gente de la recua; con lo cual dió punto la centésima cuestion que llevaban armada aquel dia los imberbes, empecatados estudiantes.
—¡Buen mozo es el viajero!—dijo doña Paz á doña Antonia.
—¡Demasiado!—murmuró ésta, que se habia puesto muy amarilla, y se restregaba los ojos como no dando crédito á lo que veia...
—¡Hermoso caballo!—exclamaba por su parte el militar.
—Lo que trae ese hombre (observó un estudiante) es una vestimenta y un sombrero de todos los demonios. ¡Parece un húngaro de los que van á la Ciudad á remendar calderas!
—¡Silencio, imprudente! (repuso el militar:) ¿No ve usted que lo va á oir?
En efecto: el gallardo jóven pasaba ya por en medio de la comitiva, á la cual saludó gravemente, llevándose la mano al sombrero y sin articular palabra.
—¡Buenas tardes!...—¡Á la paz de Dios!...—¡Vayan ustedes con Dios!...—contestaron expresivamente los de la Ciudad, como muy agradecidos á que aquel encuentro no les hubiese costado caro.
—¡Salud, Caballeros! ¡Vayan ustedes con la Vírgen!—respondió el arriero de Málaga, quien, por lo visto, habia pasado tambien algun miedo.
Entretanto, nuestro buen sacristan habia parado su burro, y estaba con la boca abierta viendo alejarse al hombre misterioso...
Por último, se santiguó, metió los talones á su cabalgadura y se incorporó á la caravana, lleno de espanto.
—Doña Paz... doña Paz... (dijo entónces;) ¿No ha conocido usted á ese?
—Yo no... Pero doña Antonia debe de haberlo conocido, y de resultas se ha puesto medio mala...—¿Quién es?
—¡Es el Niño de la Bola[3]!
—¡Jesus! (exclamó doña Paz:) ¿Qué está usted diciendo?
—Lo que usted oye...
—Sí... sí... tiene usted razon...—Pero ¡qué cambiado está!
—Y ¿quién es el Niño de la Bola? (preguntó el subteniente:) ¿Algun bandido?
—No, señor... Es algo peor que eso... ¡Es el demonio en persona, aunque se haya criado en la Iglesia!...
—Explíquese, buen amigo...
—Midan ustedes sus palabras... (interrumpió doña Paz:) Doña Antonia nos está oyendo, y don Bernardino sabe que es tia segunda de la que...—En fin ¡el señor me entiende!...—Á mí no me gusta meterme en asuntos ajenos...
—El Niño de la Bola (prosiguió diciendo el sacristan) es el hombre más valiente y más atroz que Dios ha criado...—¡Una fiera, señor! ¡Una fiera, en toda la extension de la palabra!
—Pero ¡voto va deu! (insistió el militar:) ¿Qué ferocidades ha hecho ese hombre? Y, sobre todo, ¿cómo se le permite que ande suelto por el mundo?
—Le diré á usted...—Todos creíamos que habia muerto...—Hace ocho años que se marchó á las Indias, y yo no sé de dónde sale ahora...—¡Buen jaleo se va á mover en la Ciudad en cuanto llegue!...—¡Muchísimo me alegro de no encontrarme allí estos dias!
—Pero ¡señor Cura! ó ¡señor... vamos... lo que usted se denomine!... (replicó el subteniente:) ¡acabe de reventar! ¿En qué se le ha conocido hasta ahora á ese hombre que sea una fiera? ¿Ha matado? ¿Ha robado? ¿Ha pegado fuego á alguna ciudad?
—No, señor... No ha hecho nada de eso; pero es porque no ha querido...—¡Tiene las fuerzas de un Samson! ¡Bástele á usted saber que él fué quien mató al oso que tantos estragos hacía en toda esta Sierra en tiempos del Rey Absoluto!...
—Pues si mató al oso, dió muestras de ser un hombre de bien... (repuso el catalan.) ¿Por qué compararlo entónces con el diablo?
—No niego yo que sea hombre de bien...—¡Lo que yo niego es que sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?—¡Y cuenta que yo lo conozco como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...—Pero conozco que es un leon, un tigre... una bestia feroz...—Y, si no, que se lo pregunten á la Dolorosa, ó, mejor dicho, á la familia de ésta!—¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más bonita del mundo!...
