2,14 €
Noches Blancas es una delicada exploración de las emociones humanas, los sueños y las desilusiones, ambientada en el melancólico escenario de San Petersburgo. Fiódor Dostoyevski construye una narrativa introspectiva que revela los anhelos de un joven soñador, cuya vida solitaria adquiere un nuevo significado al conocer a Nastiénka, una joven igualmente marcada por la esperanza y la tristeza. La obra reflexiona sobre la naturaleza transitoria de los encuentros y el impacto de los sueños al enfrentarse con la realidad. Desde su publicación, Noches Blancas ha sido reconocida por su sensibilidad lírica y su profundo análisis psicológico. A través de una trama sencilla, Dostoyevski explora temas universales como el amor idealizado, la soledad y el deseo de conexión, convirtiendo a la novela en un retrato atemporal de la condición humana. La narrativa en primera persona, con un tono confesional, intensifica el vínculo entre el protagonista y el lector, otorgando una autenticidad única a las emociones expresadas. La relevancia duradera de la obra reside en su capacidad para capturar las sutilezas de las relaciones humanas y los dilemas emocionales que surgen en el umbral entre el sueño y la realidad. Al retratar el impacto fugaz pero transformador de un encuentro, Noches Blancas invita a los lectores a reflexionar sobre la fugacidad de la felicidad y la resiliencia de la esperanza, incluso frente a las inevitables decepciones de la vida.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 101
Veröffentlichungsjahr: 2025
Fíódor Dostoyevski
NOCHES BLANCAS
Título original:
White Nights
PRESENTACIÓN
NOCHES BLANCAS
PRIMERA NOCHE
SEGUNDA NOCHE
TERCERA NOCHE
CUARTA NOCHE
LA MAÑANA
Fiódor Dostoyevski
1821 – 1881
Fiódor Dostoyevskifue un escritor ruso ampliamente reconocido como uno de los mayores novelistas en la historia de la literatura. Nacido en Moscú, Dostoyevski es famoso por sus obras que exploran temas como la moralidad, el sufrimiento humano, la psicología y profundas cuestiones existenciales, influyendo en generaciones de escritores, filósofos y artistas. Sus narrativas profundizan en los dilemas éticos y las complejidades del alma humana, consolidándolo como una figura central en la literatura universal.
Primeros Años y Formación
Fiódor Dostoyevski nació en una familia de clase media. Su padre, un médico estricto, tuvo una gran influencia en su infancia, marcada por una disciplina rigurosa y episodios trágicos. Tras la muerte de su madre, Dostoyevski fue enviado a la Escuela de Ingeniería Militar en San Petersburgo, donde estudió para seguir una carrera técnica. Sin embargo, su verdadera pasión era la literatura, y pronto comenzó a dedicarse a la escritura, publicando su primera obra, Pobres Gentes (1846), que fue bien recibida por la crítica, destacándolo como un nuevo talento literario.
Carrera y Contribuciones
La obra de Dostoyevski se caracteriza por su profundidad psicológica y su intenso realismo. Entre sus principales obras se encuentran Crimen y Castigo (1866), Los Hermanos Karamázov (1880), El Idiota (1869) y Memorias del Subsuelo (1864). Sus novelas exploran las luchas internas de sus personajes, a menudo situados en contextos de pobreza, desesperación y dilemas morales.
En Crimen y Castigo, Dostoyevski narra la historia de Raskólnikov, un joven estudiante que comete un asesinato bajo la justificación de un ideal filosófico, pero es consumido por la culpa y el remordimiento. La obra es un profundo análisis de la moralidad, la redención y el impacto psicológico del crimen. En Los Hermanos Karamázov, el autor aborda temas como la fe, la razón, la familia y la responsabilidad, creando una novela considerada por muchos como su obra maestra.
Impacto y Legado
Dostoyevski fue un pionero en la exploración de las profundidades de la mente humana, influyendo en campos como la psicología y la filosofía. A menudo se le cita como un precursor del existencialismo, habiendo inspirado a pensadores como Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Jean-Paul Sartre. Su capacidad para revelar las matices del sufrimiento humano y los conflictos internos de sus personajes hizo que sus obras fueran atemporales, resonando en los dilemas contemporáneos.
Sus narrativas son notables por su habilidad para combinar cuestiones sociales y políticas con análisis psicológicos y espirituales. La Rusia de su época se retrata como un microcosmos de las luchas humanas universales, y sus obras a menudo presentan una crítica al materialismo y a la alienación de la modernidad.
Dostoyevski falleció en 1881, a los 59 años, debido a complicaciones de salud causadas por la epilepsia y problemas pulmonares. A pesar de las dificultades financieras y los desafíos personales que enfrentó a lo largo de su vida, su legado literario permanece vivo. Es considerado uno de los mayores escritores de la literatura mundial, y sus obras siguen siendo ampliamente estudiadas y admiradas por su profundidad y relevancia.
Hoy en día, Dostoyevski es celebrado por su capacidad para abordar cuestiones universales de la condición humana, creando personajes complejos y tramas que desafían al lector a reflexionar sobre temas como la moralidad, la libertad y el sentido de la existencia. Sus contribuciones a la literatura y la filosofía consolidan su lugar entre los mayores genios de la historia.
Sobre la obra
Noches Blancas es una delicada exploración de las emociones humanas, los sueños y las desilusiones, ambientada en el melancólico escenario de San Petersburgo. Fiódor Dostoyevski construye una narrativa introspectiva que revela los anhelos de un joven soñador, cuya vida solitaria adquiere un nuevo significado al conocer a Nastiénka, una joven igualmente marcada por la esperanza y la tristeza. La obra reflexiona sobre la naturaleza transitoria de los encuentros y el impacto de los sueños al enfrentarse con la realidad.
Desde su publicación, Noches Blancas ha sido reconocida por su sensibilidad lírica y su profundo análisis psicológico. A través de una trama sencilla, Dostoyevski explora temas universales como el amor idealizado, la soledad y el deseo de conexión, convirtiendo a la novela en un retrato atemporal de la condición humana. La narrativa en primera persona, con un tono confesional, intensifica el vínculo entre el protagonista y el lector, otorgando una autenticidad única a las emociones expresadas.
La relevancia duradera de la obra reside en su capacidad para capturar las sutilezas de las relaciones humanas y los dilemas emocionales que surgen en el umbral entre el sueño y la realidad. Al retratar el impacto fugaz pero transformador de un encuentro, Noches Blancas invita a los lectores a reflexionar sobre la fugacidad de la felicidad y la resiliencia de la esperanza, incluso frente a las inevitables decepciones de la vida.
Era una noche maravillosa, una noche de esas que puede que sólo se den cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, estaba tan claro que, al mirarlo, involuntariamente uno tenía que preguntarse: ¿Será posible que bajo este cielo pueda vivir gente con todo tipo de caprichos y enfados? Esta es también una pregunta de jóvenes, querido lector, de muy jóvenes aunque, ¡ojalá el Señor la enviara más a vuestra alma! Hablando de señores caprichosos y con todo tipo de enfados, no puedo por menos que recordar mi comportamiento ejemplar de ese día. Ya por la mañana temprano me había empezado a atormentar una extraña congoja. De repente, me pareció que todos me abandonaban, a mí, que soy un solitario, y que todos me daban la espalda. Aquí, claro, cualquiera tendría derecho a preguntar: ¿Quiénes son todos? Porque llevo ocho años viviendo en San Petersburgo y no he sabido entablar ni una sola amistad. Pero ¿para qué quiero yo esa amistad? Aun sin ella, me conozco todo Petersburgo. Y por eso me pareció que todos me abandonaban cuando la ciudad entera se ponía en pie para, acto seguido, irse a la dacha. Me dio miedo quedarme solo, y tres días enteros anduve vagando apesadumbrado por la ciudad sin lograr entender qué me ocurría. Ya fuera a Nevski, ya fuera a un jardín, o incluso si paseaba por la orilla, no había ni una sola persona de las que acostumbraba a ver el resto del año en esos mismos lugares a una hora determinada. Por supuesto, ellos a mí no me conocen, pero yo a ellos sí. Y, además, bien: casi me he aprendido su fisonomía, me deleito cuando están alegres y me aflijo cuando su ánimo se nubla. Casi he trabado amistad con un viejecito al que me encuentro en Fontanka todos los días a la misma hora. Su fisonomía es tan majestuosa, tan soñadora… Siempre va murmurando y moviendo la mano izquierda, en la derecha lleva un bastón largo y nudoso de puño dorado.
Él ha reparado en mí y muestra sincero interés. Si se diera el caso de que yo no estuviera a la hora acostumbrada en Fontanka, estoy seguro de que sentiría añoranza. Y es que a veces nos falta poco para saludarnos, sobre todo cuando los dos estamos de buen humor. Hace poco, después de dos días sin habernos visto, al encontrarnos el tercero ya íbamos a llevarnos la mano al sombrero, pero afortunadamente recapacitamos a tiempo, bajamos la mano y, con simpatía, pasamos el uno junto al otro. También las casas me son conocidas. Cuando camino, todas parecen correr por la calle delante de mí, todas sus ventanas me miran y casi me hablan: Muy buenas, ¿qué tal está? Yo bien, gracias a Dios, pero en el mes de mayo me añadirán un piso. O: ¿Qué tal está? Resulta que mañana vienen a hacerme unos arreglos. O: Por poco no salgo ardiendo, me asusté. Entre ellas tengo favoritas, amigas íntimas; una tiene intención de que este verano le trate un arquitecto. Pasaré a propósito todos los días para que no la curen de cualquier forma, ¡protégela, Señor! Y nunca olvidaré la historia de una casita muy linda, color rosa claro. Era una casa de piedra muy bonita, me miraba tan afablemente, miraba a sus torpes vecinas con tanto orgullo que mi corazón se alegraba cuando tenía ocasión de pasar junto a ella. Y, de repente, la semana pasada voy paseando por la calle y fue mirar a mi amiga y oír un grito lastimero: ¡Van a pintarme de amarillo!. ¡Canallas! ¡Bárbaros! No se apiadaron de nada, ni de las columnas ni de las cornisas, y mi amiga amarilleció como un canario. Por poco no se me altera la bilis por este incidente y hasta hoy no he sido capaz de visitar mi desfigurada casita, a la que cubrieron con el color del Imperio del dragón.
Y ahora, lector, comprende de qué manera me conozco todo San Petersburgo.
Ya he dicho que estuve tres días atormentado por la inquietud mientras no adiviné su causa. En la calle me sentía mal — este no está, ese tampoco, ¿dónde se habrá metido el otro? — , pero en casa tampoco era yo. Dos noches estuve buscando respuestas — ¿qué es lo que falta en mi rincón? ¿Por qué me molesta quedarme aquí? — y observaba perplejo las paredes verdes, enhollinadas, el techo repleto de telarañas que Matriona criaba con gran acierto, revisaba una y otra vez todos mis muebles, examinaba cada silla: ¿no estaría aquí mi desgracia? — y es que basta con que una silla no esté como debiera, como ayer, para que yo ya no sea yo — , miraba por la ventana, y todo en vano… ¡No me sentía ni una pizca mejor! Incluso se me ocurrió llamar a Matriona y, como si fuera un padre, echarle una bronca por las telarañas y por el desaliño en general. Pero ella sólo me miró sorprendida y se marchó sin haber dicho ni palabra, así que las telarañas siguen hoy felizmente colgadas. Por fin esta mañana adiviné lo que ocurría. ¡Oh! Pero… ¡si se libran de mí para ir a la dacha! Discúlpeme por esta frase trivial, pero no estaba yo para estilos elevados…, y es que todo lo que podía existir en Petersburgo o se había trasladado a la dacha o iba de camino. Porque todo señor respetable de apariencia seria que hubiera contratado un cochero al momento se transformaba, para mí, en un respetable padre de familia que, después de sus obligaciones habituales, se encamina ligero a las entrañas de su familia, a la dacha. Porque cada transeúnte tenía ahora un aspecto completamente especial que por poco no decía a todo aquel que se encontraba: Señores, nosotros estamos aquí de paso, dentro de dos días nos vamos a la dacha.