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Kane O'Rourke no quería ser el premio de aquella locura que había organizado su hermano, pero no había conseguido que aceptara un no por respuesta. Así que el millonario O'Rourke decidió que haría que la bella Bethany Cox se alegrara de haber ganado el concurso. Lo que no esperaba era que ella se negara a salir con él... Solo porque Kane fuera rico y guapo no significaba que Beth tuviera que decir que sí a todo lo le ofreciera. Entonces, ¿por qué al estar en su presencia le había resultado tan difícil rechazarle de nuevo? Pero... ¿conseguiría una modesta chica cautivar a un hombre como él durante algo más que una noche llena de romanticismo?
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Seitenzahl: 152
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Martha Ann Ford
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Cita con un Millonario, n.º 1302 - mayo 2015
Título original: A Date with a Billionaire
Publicada originalmente por Silhouette© Books.
Publicada en español en 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6363-7
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Acaba de ganar la cita con un multimillonario, señorita Cox —dijo una alegre voz al teléfono.
Beth miró el auricular, atónita, antes de volver a ponérselo en la oreja.
—¿Perdone?
—Llamamos de KLMS, la emisora de radio. Y acaba usted de ganar un romántico fin de semana en Victoria, Columbia Británica, con Kane O’Rourke, el soltero más codiciado de Seattle.
Beth, que iba a sentarse en una silla, apuntó mal y acabó en el suelo.
—¡Ay!
—¿Se encuentra bien, señorita Cox?
—Sí… es que me he caído al suelo.
—¿Han oído eso? —rio el locutor—. Deberíamos haberle dicho a nuestra ganadora que se sentase. ¿Está contenta con el premio, señorita Cox?
—No. Yo…
—Se ha quedado sin palabras, amigos —rio el locutor, como si hubiera hecho una broma desternillante.
—¿Estoy en el aire? —preguntó Beth.
—Sí, señorita. Es usted la afortunada ganadora de nuestro sorteo.
Beth estaba segura de que la fortuna no tenía nada que ver y más segura de que ella no quería participar en ningún concurso. Lo conocía, desde luego. La mitad de los habitantes de Crockett, Washington, trabajaba para Kane O’Rourke, un multimillonario tremendamente atractivo. El concurso era de lo único que se hablaba desde que lo habían anunciado en la radio.
—¿Quiere decirle algo a nuestros oyentes, señorita Cox? Estamos deseando saber lo que siente al saberse ganadora.
—Pues yo… —Beth miró hacia el porche y vio entrar a su vecina con un aparato de radio en la mano.
—¡Has ganado! —exclamó Carol que, inmediatamente, le quitó el auricular—. Soy Carol Hoit, una amiga de Beth Cox.
Mientras Carol hablaba con el locutor, Beth intentó entender aquel lío. Su vecina debía haberla apuntado en el concurso sin decirle nada. Como estaba casada, Carol no podía tomar parte en el juego y había insistido varias veces en que lo hiciera ella.
Pero Beth no quería salir con nadie. Había perdido a su prometido en un accidente de montaña unos años antes y, aunque su corazón no estuviera enterrado con él, seguía teniendo un profundo agujero en el pecho.
Sin prestar atención al parloteo de Carol, Beth tomó un viejo periódico en el que se anunciaba el concurso. En primera página había una fotografía del atractivo Kane O’Rourke. Tenía ojos irlandeses, pensó. Miraba directamente, como un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería.
Todo el pueblo pensaría que estaba loca pero, concurso o no concurso, ella no pensaba pasar un fin de semana con aquel multimillonario.
La ganadora del concurso radiofónico rechaza cita con el multimillonario.
Kane O’Rourke miró el titular del periódico con expresión horrorizada.
—Lo mato —murmuró.
—¿A quién? —preguntó su directora de márketing.
—A tu hermano.
—También es tu hermano —le recordó Shannon—. ¿Cuál de ellos y qué te ha hecho… esta semana?
Kane levantó la mirada.
—Patrick. Le dije que no quería saber nada del maldito concurso y ahora mira lo que ha pasado —exclamó, mostrándole el periódico.
Su hermana levantó una ceja.
—Él te pidió un favor y tú dijiste «lo que quieras, Patrick». Cuando te enteraste de lo que era, deberías haberle dicho que no. Pero sigues pensando que somos niños a los que tienes que cuidar.
—Eso no es verdad. Sabía que la emisora de radio no iba bien, así que cuando me pidió… —Kane dejó escapar un suspiro de exasperación—. Toma, lee el artículo.
—¿Ha dicho que no? —murmuró Shannon, con una sonrisa en los labios.
—No tiene ninguna gracia. ¿Te das cuenta de lo embarazoso que es esto para mí y para la emisora de Patrick?
—Podrías pedir la mano de la ganadora. A lo mejor así te acepta.
Kane fulminó a su hermana con la mirada.
—No pienso casarme nunca. Ya tengo suficientes problemas. Y no estás ayudando nada, idiota.
Shannon le tiró el periódico.
—Habla con ella. Tiene cara de buena persona. A lo mejor está prometida o algo así y al periódico le ha parecido mejor publicar esta historia.
Kane miró la fotografía de Bethany Cox. Estaba un poco desenfocada, pero tenía una sonrisa encantadora. Por lo que el artículo decía de ella, parecía una persona comprensiva y generosa. Y quizá podría entender lo importante que era el concurso para su hermano. Patrick había cometido errores en el pasado y aquel podría ser un éxito… un éxito que deseaba conseguir por sí mismo, sin la ayuda del dinero de nadie.
—Seguramente lo estropearía —murmuró Kane—. Deberías hablar tú con ella.
Shannon negó con la cabeza.
—¿No crees que puedes arreglarlo todo? Pues arregla esto. Además, cualquier mujer se pondría furiosa si enviases un mensajero en lugar de ir en persona.
—Pero tú eres mi hermana.
—Eso da igual —dijo ella, poniéndose seria—. Kane, ten cuidado. Esto podría ser un problema serio para la emisora. Si tiene novio, podremos utilizarlo como argumento. Si no, será mejor que la convenzas. Sé encantador. ¿Qué mujer soltera rechazaría una cita con un multimillonario encantador?
Kane guardó el periódico en su maletín.
—No lo sé. Pero creo que voy a enterarme.
Beth metió la pala en la tierra, sujetando una planta particularmente obstinada con la otra mano. No una simple planta, una preciosa azucena que estaba en el sitio que no le correspondía.
Oyó que un coche se detenía cerca de la casa, pero como no esperaba a nadie siguió tirando de la pertinaz azucena.
—¿Señorita Cox?
Las raíces salieron entonces del tirón, cubriéndola de tierra. Beth se dio la vuelta y, frente a ella, vio unos pantalones de hombre. Cuando levantó la mirada, se quedó atónita.
Kane O’Rourke.
Lo había visto a distancia muchas veces. En estrados, dando discursos, aceptando premios, ese tipo de cosas. Pero nunca tan cerca.
—¿Sí?
Kane le ofreció su mano.
—¿Cómo está? Soy Kane O’Rourke y se supone que tenemos una cita.
¿Una cita? ¿No había leído el periódico? El reportero del diario local había sacado las cosas de quicio, pero no pensaba aceptar el fin de semana en Victoria. Aunque, aparentemente, Kane O’Rourke no estaba convencido.
—¿Señorita Cox? —repitió, con la mano extendida.
Beth hizo una mueca.
—Perdone, es que tengo las manos manchadas de tierra —murmuró, incorporándose.
—No pasa nada —dijo él, tomando su mano.
Apenas había tenido tiempo de mover las piernas cuando se vio catapultada hasta quedar al nivel de… la barbilla de O’Rourke. Beth medía un metro setenta y siete y estaba acostumbrada a no quedar por debajo de ningún hombre. Pero, evidentemente, Kane O’Rourke no era como cualquier otro hombre.
Desprendía un magnetismo especial. Intensos ojos azules, pelo oscuro, innegable aire de autoridad y labios sensuales. Beth tragó saliva, incómoda. No se había sentido tan deslumbrada por un hombre desde la muerte de Curt.
—¿Qué quería, señor O’Rourke? —preguntó, intentando soltar su mano.
—Si no le importa, me gustaría charlar un momento con usted.
Charlar. Ella sabía de qué quería «charlar». Debería haberle dicho personalmente que no pensaba aceptar la cita, pero no era fácil ponerse en contacto con un conocido multimillonario. Lo había intentado, sin éxito.
—Muy bien.
—¿Le importa si hablamos dentro? Aquí hace mucho calor.
—De acuerdo.
Cuando soltó su mano, Beth por fin pudo respirar. Y eso la irritó. Ella no era una niña que se quedara embobada al ver un hombre guapo. Era una mujer de veintiséis años y tenía cierta experiencia con el sexo opuesto… al menos la suficiente para mostrar más sentido común del que estaba mostrando.
—Es muy agradable —dijo O’Rourke cuando entraron en la casa.
Todas las ventanas estaban abiertas y, como tenía sólidas paredes de piedra, el interior era muy fresco.
Beth sabía que su casa era vieja y debía parecerle insignificante a un hombre como él, pero era mucho más de lo que se hubiera atrevido a soñar de pequeña, cuando vivía con familias de acogida. Por fin tenía su propia casa. Eso era lo más importante del mundo.
—A mí me gusta.
—Lo he dicho de verdad, señorita Cox. No era solo por cumplir.
Beth se volvió entonces. Él la estaba mirando intensamente y, por primera vez en muchos años, se puso colorada. Aunque no sabía por qué. No quería salir con él, punto. Por amable que fuera.
—Siéntese, por favor. ¿Quiere un vaso de té helado?
—Sí, muchas gracias.
Estaba nerviosa. No esperaba la visita de Kane O’Rourke y tampoco había previsto que fuera tan perceptivo. Pero debería haberlo imaginado. Un hombre no gana montañas de dinero siendo un tonto.
Intentando aparentar tranquilidad, Beth se lavó las manos antes de sacar la jarra de té de la nevera.
—¿Azúcar?
—No, gracias —contestó Kane, sin dejar de mirarla con un brillo de burla en los ojos—. No confía en mí, ¿verdad?
—¿Qué?
—Que no confía en mí. ¿Desconfía de todo el mundo o yo soy especial?
—Yo confío en mucha gente —replicó ella—. Y no tengo razones para desconfiar de usted.
—Pero no quiere pasar un fin de semana conmigo.
Desde luego, iba directo al grano.
—Yo no salgo con nadie, así que no es nada personal.
No quería contarle que solo había tenido un par de citas desde la muerte de Curt. Y que ambas habían sido un desastre. Había perdido al amor de su vida y algo así solo se encuentra una vez.
Suspirando, Beth le ofreció un vaso.
—Espero que le guste el té con menta, señor O’Rourke. La menta es de mi propio jardín.
—Me gusta mucho.
Kane tenía los ojos clavados en ella. No era una belleza, pero su cara era muy expresiva. Todo su cuerpo era expresivo, desde la barbilla levantada hasta la postura defensiva de los hombros.
Era alta, delgada, de piernas interminables, pechos pequeños y larga melena de color rubio oscuro, sujeta a duras penas por una trenza. Y tenía unos ojos preciosos, de color coñac. Podría pasarse horas mirando aquellos ojos fascinantes, que parecían cambiar de color según su estado de ánimo.
Él solía evitar a las mujeres difíciles, y sabía sin ningún género de dudas que Bethany Cox no iba a ser fácil de convencer.
—Por favor… llámame Kane —dijo, con una sonrisa que su hermana Shannon consideraba «encantadora». Aunque a Beth parecía dejarla fría—. ¿Puedo llamarte Bethany? ¿O te llaman Beth?
—Beth, pero no tiene sentido tutearnos si no vamos a vernos nunca más —replicó ella.
Paciencia. Eso era lo que necesitaba. Mucha paciencia.
Beth Cox podía ser obstinada, pero no era antipática. Había algo muy sincero, muy honesto en ella.
—Puede que acabemos siendo amigos.
—No lo creo.
Kane levantó una ceja. «No» parecía ser su palabra favorita.
No pasarían el fin de semana juntos.
No quería ser su amiga.
No.
Y él no estaba acostumbrado a aceptar negativas. De nadie.
¿Por qué le decía que no? Beth Cox era joven, soltera… y ella misma se había metido en aquel lío. Además, había notado un cierto brillo de interés en sus ojos. Por mucho que se empeñara en negarlo.
—¿Hay algo que le disgusta de mí? —preguntó Kane entonces.
—No.
—¿Entonces?
Beth se encogió de hombros.
—Pertenecemos a mundos diferentes. Mírese, con ese traje de chaqueta un sábado por la tarde. Parece que va a un funeral —le dijo, con toda sinceridad. Después, se mordió los labios—. Perdone, es un traje muy elegante.
—¿Un funeral? Muchas gracias —murmuró Kane, preguntándose qué hacía en aquella casa, con una mujer que lo insultaba tranquilamente.
Podía soportar que su familia lo llamase «estirado», pero que se lo llamase una desconocida…
—Perdone, lo he dicho sin pensar. Curt decía que ese era mi mayor defecto.
—¿Quién es Curt?
Ella apartó la mirada.
—Mi… prometido. Murió hace unos años en un accidente de montaña. Era miembro de un equipo de rescate.
—Lo siento.
—Bueno, el caso es que yo no puedo compararme con usted. Vivimos en mundos diferentes.
Acostumbrado a todo tipo de trucos femeninos para conseguir un halago, Kane no daba crédito. Pero si Beth estaba buscando un halago, debía ser la mejor actriz del mundo. Y eso lo intrigaba. En general, las mujeres querían impresionarlo.
—¿Sabe una cosa? Tiene razón —dijo entonces, quitándose la chaqueta—. ¿Pasa algo? —preguntó, al ver su expresión de sorpresa.
—No —contestó Beth.
Pero sus ojos habían cambiado de tonalidad. Se volvieron más oscuros, más misteriosos. Debía tener unos veinticinco años, diez o doce menos que él. Quizá la ponía nerviosa y esa era la razón para rechazar el premio. O podría ser la muerte de su prometido, aunque ocurrió años atrás.
—Si lo que le preocupa es pasar la noche conmigo, le aseguro que dormiremos en habitaciones separadas, señorita Cox. Tanto la KLMS como yo tenemos una reputación que mantener.
—No estaba preocupada por eso. Yo soy la última mujer en la que usted estaría interesado… en ese aspecto.
Kane movió el hielo dentro de su vaso. No entendía aquella negativa tan vehemente. La mayoría de las mujeres tenían una gran confianza en su habilidad para atraer a los hombres.
—¿Por qué dice eso?
Beth volvió a encogerse de hombros.
—Sus gustos no son un secreto para nadie.
—No parece usted el tipo de persona que lee revistas del corazón. O lo que pasa por revistas del corazón en Crockett.
—No, pero la gente habla —murmuró Beth, mirándose la camiseta.
Sabía que Kane O’Rourke estaba acostumbrado a salir con las mujeres más guapas del mundo. Ella no era guapa, de modo que se sentiría ridícula a su lado.
Kane tomó su mano entonces y Beth sintió un escalofrío. Comparada con la del hombre, la suya parecía frágil y diminuta.
—Quizá soy un poquito estirado, pero también soy una persona decente. Mis hermanos dicen que siempre estoy dando órdenes y controlando sus vidas pero soy el mayor, de modo que es lo más lógico —dijo, sonriendo.
«Soy el mayor».
El corazón de Beth dio un vuelco. Le habría encantado formar parte de una familia; la más joven, la mayor, le daba igual.
—¿Cuántos hermanos tiene?
—Cuatro hermanos y cuatro hermanas. Y mi madre. Pero ella cree que soy perfecto, como es natural.
—Sí, claro —murmuró Beth. Pero no sabía lo que era tener una madre que te creía perfecto.
Y le gustaba mucho la voz de Kane, con un leve acento irlandés. Sabía que sus padres habían emigrado desde Irlanda y sabía también que Kane O’Rourke era el perfecto ejemplo del sueño americano. Hijo de emigrantes pobres, había conseguido el éxito y la fortuna siendo muy joven. No solo eso. Lo había conseguido teniendo que mantener a su madre viuda y a ocho hermanos. Y era tan guapo que la dejaba sin aliento.
Pero no podía ser.
Beth soltó su mano de un tirón. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tocado a un hombre y quizá ciertos sentimientos empezaban a despertarse… sentimientos que no quería despertar.
—Debe ser bonito tener una familia tan grande —dijo, llevando los vasos al fregadero.
Le gustaban demasiado esos sentimientos. Pero la asustaban más.
Nerviosa, intentó concentrarse en el fino chorro de agua que salía del grifo. Otra reparación. Las cañerías de la casa eran muy viejas y había aprendido a hacer chapuzas para ahorrar dinero. Tenía muchas cosas que hacer y no le hacían falta distracciones. Tenía una casa, amigos, era socia de una tienda… Todo lo que necesitaba.
Lo que no necesitaba era a Kane O’Rourke destruyendo su largamente acariciada tranquilidad.
—No sé por qué entró en el concurso si no pensaba aceptar el premio —dijo él entonces.
—Yo no me apunté al concurso. Lo hizo mi vecina Carol.
«Yo no me apunté al concurso».
Kane pensó que podrían argüir eso para buscar otra ganadora, pero decidió que no. Lo mejor sería convencerla de que pasara con él un fin de semana… en habitaciones separadas. Y la próxima vez que Patrick le pidiera un favor, antes de aceptar le haría firmar un documento ante notario.
—Ya veo. Pero, ¿por qué no se puso en contacto conmigo antes de hablar con el periódico?
—Llamé a su oficina dos veces, pero nadie me devolvió la llamada —contestó Beth—. Además, yo no quería hablar con el periodista, pero él no hacía más que molestarme hasta que le dije que no pensaba aceptar el premio.
Tendría que hablar con las telefonistas de su oficina, pensó Kane. Solían filtrarle cientos de llamadas, pero precisamente aquella deberían haberla pasado.
—La verdad es que tampoco yo quería ser el premio en un concurso radiofónico, pero mi hermano Patrick es el dueño de la emisora y le pareció una buena idea promocional —dijo entonces, pensando que la sinceridad era su mejor arma con aquella chica.
—¿Su hermano es el propietario de la emisora?
—Sí. Está intentando ganar oyentes en Seattle y…
—¿Y se le ocurrió lo del fin de semana con un millonario?
Kane arrugó la nariz.
—Ya sabe cómo es la familia. Al final, uno acepta hacer cualquier favor por absurdo que sea. Aunque salir con usted no sería absurdo —se apresuró a explicar—. Pero yo me sentí ridículo siendo ofrecido como premio y ahora me siento incluso peor.
—Debería haberle dicho a su hermano que no.
—Eso es lo que dice Shannon.
—¿Quién es Shannon?
—Mi hermana.
—Ya —murmuró Beth.
Normalmente, Kane entendía bien a las mujeres, pero Beth Cox era inclasificable. Y su reacción ante ella, también. No podía dejar de mirar sus pechos, apenas marcados bajo la camiseta, y sus largas piernas. Parecía demasiado joven, demasiado inocente. Y él tenía una norma: no salir jamás con una chica a la que pudiese hacer daño.