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¿Cómo amar a más de una persona? ¿Qué significa tener una pareja no-monógama o no-sexual? ¿Es posible subvertir las tecnologías de poder que se usan para comercializar cuerpos y deseos? ¿Por qué no compartir cama sin tener sexo, o tener sexo sin compartir cama? Estas y otras cuestiones son abordadas por las trece voces que se reúnen en este segundo volumen para reflexionar y cuestionar formas de relacionarse, cuidarse y quererse en lo sexoafectivo. Segundo título de la serie (h)amor de Continta Me Tienes, una serie que reflexiona sobre nuevas maneras de relacionarse sexoafectivamente.
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Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2021
Romper la monogamia como apuesta política
Brigitte Vasallo
Brigitte Vasallo. Escritora. Dinamizadora de los talleres #OccupyLove, por una revolución de los afectos.
Romper la monogamia como apuesta política1
Brigitte Vasallo
El amor y el desamor, la traición, el flechazo, la conquista: las maravillas del amor exclusivo y su demonio, la infidelidad real o imaginada, sexual o emocional, física o cibernética son los temas preferidos de todos nuestros delirios, por muy distintas que sean las épocas, los ámbitos y las formas. Amar, sufrir y mentir, el famoso «mentir, follar, morir» de Céline, parecen parte indivisible de la misma realidad. El amor eterno es el paraíso y su gran enemigo es la infidelidad, así que los cuernos claman la búsqueda de culpables. ¿Quién ha sido?
La culpa puede recaer en la persona infiel, convertida de inmediato en una zorra/un cabrón y que merece castigo (la muerte o la muerte en vida que es la soledad y el rechazo); también en la persona cornuda que no ha sabido darle a su pareja «lo que necesita» y merece ser abandonada; o, mejor aún, en la tercera persona «que se ha metido por medio», opción especialmente cómoda porque permite cargarse la pieza que menos duele y seguir adelante con la pareja sin apenas plantearse nada. Es decir, la culpa del dolor la tiene todo el mundo menos la monogamia misma: las miradas nunca apuntan hacia el sistema que queda así al margen del debate y de toda duda.
La monogamia es el único pacto social, junto con el patriotismo (la otra gran forma de monogamia) que es intocable, incuestionable. Hemos dejado de creer en Dios, en el capital, en el patriarcado y en los telediarios. Nos hemos cargado la virginidad obligatoria, el matrimonio obligatorio y la heterosexualidad obligatoria. Nos hemos llenado la boca de libertades, indignaciones y asambleas, hemos formulado proyectos de mundos nuevos, de relaciones sociales, vecinales, culturales nuevas, pero al llegar a casa acabamos refugiadas en el esquema conocido de siempre: una cosa es ser liberal y otra cosa muy distinta es ser cornuda. Gritar contra el sistema está muy bien, pero poner tus sistemas emocionales, tus relaciones al frente mismo de la revolución… eso es un auténtico coñazo.
Pero el amor, esa palabra…
¿Por qué es tan difícil cuestionar la monogamia? Ya no decimos el matrimonio, superado por todo el mundo salvo peperos, gais y hipsters (qué curiosas coincidencias transculturales), pero la pareja cerrada, mirándose eternamente a los ojos y desinteresada del mundo entero, la unidad de felicidad incuestionable que es el dúo, tiene una fortaleza teórica envidiable. Teórica, porque en la práctica, cualquier pareja monógama con una mínima duración se tiene que enfrentar a los grandes dilemas del modelo y que pueden ser, por ejemplo, que te enamores del vecino, que te enrolles con una amiga una noche de juerga o que te descubras tendencias eróticas hacia el sexo contrario (contrario al de tu pareja, se entiende).
Posiblemente el gran escollo para el debate sea esa aceptación de la monogamia como sistema natural que la vincula necesariamente al amor como si fuesen sinónimos. Criticar la monogamia es cuestionar el amor, ponerlo en duda. ¡El amor!
Pero ¿qué narices es el amor? Amor son, por ejemplo, el Horacio y la Maga de Cortázar recorriendo París, amándose y desamándose a través de Rayuela: el dolor de barriga, la risa floja, la mirada perdida, la alegría constante, el embobamiento. El amor caído del cielo, el rayo que te parte. El amor que lo puede todo, que te cala hasta los huesos, que no entiende de clases sociales, ni de normas preestablecidas, ni de fronteras. Que no tiene lógica ni falta que le hace. El amor que te eleva varios palmos sobre el suelo, que te hace mejor, más alegre, más fuerte, más generosa. Más feliz.
Eso existe, claro, lo hemos sentido. Lo hemos vivido. Es real.
Lo que tal vez no sea tan real, ni tan espontáneo, ni tan benéfico es todo el ropaje con el que cubrimos inmediatamente ese amor que sentimos y que creemos que forma parte del amor mismo. La perdurabilidad y la exclusividad son dos de sus adjetivos: Beatriz, Julieta, (Romeo, Tadzio), para serlo, deben ser amores únicos y eternos. Condiciones sin duda sublimes en este mundo vulgar y efímero.
El gran amor, (también llamado amor romántico), l’amour, es una imagen liberadora pero sospechosamente repetitiva, extrañamente común. Cúspide de la evolución emocional del ser humano, el enamoramiento y su materialización, el Everlasting Love, nos parece lo más, especialmente comparado con las uniones de conveniencia de siglos anteriores o de latitudes distintas y con los matrimonios tradicionales, unidos por la hipoteca, los churumbeles y la costumbre, desapasionados y malhumorados. El amor romántico (el amor-de-verdad®) ofrece un marco emocional totalmente distinto y aparentemente liberador: más allá de convencionalismos y consideraciones, como fuerza irracional que todo lo puede.
Poner en cuestión l’amour, tratar de pensar modelos que desmonten la monogamia obligatoria y que la conviertan en una opción personal entre otras muchas posibles, no es cuestionar el amor. Bien al contrario, es tratar de entender el Amor, en mayúscula, más allá de sus construcciones, del amor en minúscula. Es seguir apostando por él, más allá de los finales felices y las comidas de perdices.
Hate That I Love You
La mayor amenaza para la monogamia obligatoria y todas sus imágenes es la vida misma. Una estúpida vida que se niega a morir a pesar del amor, que insiste en cruzarnos con personas fascinantes, sensuales, divertidas y amargamente tentadoras. Una vida que, a pesar de todos los cuentos y todas las canciones, no cancela los deseos por causa del amor. ¿Cómo sellar de una vez la puerta de ese magnífico y elástico cuarto de los hermanos Marx que son nuestro corazón y nuestra cabeza? Si queremos ser honestas y consecuentes con nuestros pactos monógamos parece que solo hay una vía: la renuncia, la represión, el autocontrol, la fidelidad entendida como exclusividad.
El epicentro emocional de la fidelidad viene dado con el concepto mismo: en el sistema de pensamiento monógamo apenas podemos estar enamoradas simultáneamente de dos personas, porque no sabemos ni cómo construir semejante imagen. Sí amamos simultáneamente a mucha gente, pero solo nos atrevemos a darle a una la connotación romántica. El epicentro sexual de la cuestión también se asume sin mucha duda en un principio pero contiene retos importantes.
Tener relaciones sexuales durante toda la vida (el amor eterno) con una misma única persona no siempre es tan satisfactorio como dicen las películas. Para empezar, porque las personas evolucionamos sexualmente a través de los años, y por mucho que ames a tu pareja, no siempre evolucionas en la misma dirección. Para seguir, porque una sola persona difícilmente puede cubrir todas las fantasías sexuales a riesgo de convertirse (y convertirla) en una esclava sexual. Y, para acabar, porque hay algo que una pareja de largo recorrido, por pura definición, no puede ofrecer: la novedad. Y la novedad, en términos sexuales, puede ser muy atractiva. Hay, pues, una cuestión práctica de necesidades, deseos y fantasías en la gestión de la fidelidad.
Hay también una cuestión moralista que aparece por los bajos fondos: si nuestro amour nos pidiese dejar de hablar con los demás de por vida nos parecería aberrante y saltarían todas las alarmas del maltrato. Pero al tiempo que pensamos el amor como un sentimiento exclusivo, pensamos el sexo más como un vicio que como una parte esencial del ser, necesaria y constituyente de la vida. Por eso cuesta tanto reivindicar y defender la diversificación sexual, especialmente para las mujeres e incluso ante nosotras mismas.
En una sociedad pobre en lenguaje y lecturas, las mujeres sexuales contamos con el privilegio de la sinonimia: zorras, putas, guarras o, para los listos de la clase, ninfómanas, el término buenista que convierte nuestra sexualidad en una patología (de satiriasis, su equivalente masculino, nadie ha oído hablar). Sigue siendo más fácil y más serio decir «tengo sed» que afirmar «quiero follar». Pero son gritos igualmente vitales e igualmente necesarios.
Por si fuera poco, también hay una cuestión política implícita en esa fidelidad sexual y emocional entendida como componente obligatorio del dúo feliz: la propiedad de los cuerpos y de los placeres que nos adentra en las marismas del capitalismo emocional.
El capitalismo emocional
«Eres mío», «yo soy tuya», «te lo he dado todo», «te debo la vida», «me robaste el corazón», «voy a conquistarla». «Me las pagarás».
El triángulo amoroso que forman la monogamia, la fidelidad y el amor romántico usa términos del capital para definirse. Y las palabras, lo sabemos, no son inocentes. Si nuestro impulso romántico busca la media naranja, una vez que logramos ser naranjas completas la otra persona nos pertenece. O, al menos, pertenece a ese cítrico redondamente perfecto que formamos como dúo. Así, como propiedad, si nuestra «mitad» tiene relaciones sexuales o afectivas con otras personas nos está quitando algo que nos pertenece, está disminuyendo nuestra parte de ser. Compartir el amor es, sin duda, el infierno. Pero, en realidad, el amor no se comparte. No es como alquilarle una habitación en tu casa a alguien, o como dejarle la ropa a tus hermanos, o como viajar en un mismo coche para pagar a medias la gasolina. El Amor, con mayúsculas, no es un bien escaso sino un órgano que crece cuando lo ejercitas, un ser vivo que responde al alimento. El amor debería ser energía renovable, ese estado ideal que no resta, sino que suma. Que no te mengua, sino que eleva tu potencia y te hace grande.
Maite Larrauri lo explica así en su libro El deseo según Deleuze:
Vamos a tomar prestada una idea de Nietzsche y definiremos a las personas vitalistas como aquellas que aman la vida no porque están acostumbradas a vivir, sino porque están acostumbradas a amar. Estar acostumbrada a vivir significa que la vida es algo conocido, que sus presencias, sus gestos, sus sucesiones se repiten y ya no sorprenden. Amar la vida porque estamos acostumbradas a vivir es amar lo que ya hemos vivido. En cambio, amar la vida porque estamos acostumbradas a amar no nos remite a una vida repetitiva. Lo que se repite es el impulso por el cual nos unimos a las ideas, a las cosas y a las personas; no podemos vivir sin amar, sin desear, sin dejarnos llevar por el movimiento mismo de la vida. Amar la vida es aquí amar el cambio, la corriente, el movimiento perpetuo. La persona vitalista no ha domesticado la vida con sus costumbres, porque sabe que la vida es mucho más fuerte que una misma.
Entendido de esta manera, el amor no crea cítricos… sino campos de patatas.
El campo de patatas deleuziano o la metáfora de los amores en red
¡En pie! Escuchemos a Deleuze y Guattari:
Contrariamente a los sistemas centrados (incluso policentrados), de comunicación jerárquica y de uniones preestablecidas, el rizoma es un sistema acentrado, no jerárquico y no significante, sin General, sin memoria organizadora o autómata central, definido únicamente por la circulación de estados.
Podríamos entender las relaciones amorosas, afectivas y/o sexuales, partiendo de esta idea: el amor ni empieza ni acaba obligatoriamente en el dúo sino que puede tener otras formas; crear, en lugar de estructuras cerradas, «polículas», «núcleos afectivos», como propone la (h)artivista Marian Pessah, que se puedan relacionar entre ellos, que se alimenten, que compartan espacios físico y/o emocionales. Crear rizomas, campos de patatas interconectadas entre sí, con lugares de unión y zonas de tránsito, con núcleos acentrados y solidarios.
El amor, en esta imagen, no es la patata: una patata por sí sola no es más que un pobre tubérculo. El amor, nuestra vida amorosa, afectiva, sexual es todo el campo, todas las relaciones que establecemos los unos con las otras, y las relaciones de todos ellos con todos los demás. Un sistema de alimentaciones multidireccionales y constantes, de cuidados compartidos, una red en construcción perpetua.
Deleuze y Guattari oponen el ejemplo del árbol (estructura jerárquica) frente al rizoma, el campo de patatas, horizontal. En la gestión de los amores, podríamos oponer el bloque de pisitos del capitalismo emocional a las acampadas horizontales de los amores en red. Igual que tomamos las plazas deberíamos tomar las relaciones y empezar a construir desde ellas un mundo nuevo.
¿Precioso, verdad?
Pues, ahora, las malas noticias, porque nuestro paraíso particular tiene dos peligros mortales: los celos y el escaqueo. Y de ambos lo más fácil de gestionar, lo creáis o no, son los celos.
Los celos
A menudo se dibuja a las personas que proponemos relaciones no-monógamas como personas que no somos celosas. Tenemos el privilegio de la indiferencia y por lo tanto podemos llevar a cabo relaciones de este tipo. No es así: en cualquiera de las propuestas que pueden englobar las relaciones no-monógamas, los celos y su gestión son un tema central. Tal vez la diferencia es que los discursos no-monógamos no contemplan los celos como determinantes en las relaciones y no se entienden como causa sino consecuencia, no como enfermedad sino como síntoma de carencias o necesidades no atendidas, y que pueden colmarse y calmarse.
Las experiencias compartidas parecen coincidir en que la mejor manera de desactivar los celos es la comunicación y la empatía. Poder explicar a las personas con las que te relacionas cómo te sientes respecto a tu entorno afectivo y sexual sin miedo a juicios ni reproches, poder compartir dudas, angustias y temores y poder recibir respuestas que te calmen los demonios hasta que los demonios desaparezcan por sí mismos. Tantos siglos de educación monógama no se solucionan simplemente decidiendo no ser monógama. Hay miles de teclas que se mueven con esa decisión y sentirte acompañada por las personas que te quieren y que también siguen sus propios procesos es de una ayuda inestimable. Las primeras veces que rompes el vínculo entre amor y monogamia parece abrirse todo un abismo ante ti, pero solo hay que dar el paso: con tranquilidad, con honestidad, con calma. Y descubrir que en el infierno de los celos, al fin, no hay más que cuatro demonzuelos mal puestos y absolutamente superables.
El escaqueo emocional
Los celos son gestionables y vencibles. Hay libros para aconsejarse, fórmulas demostradas y grupos de apoyo para superarlos y vivir sin ellos. Sin embargo, contra el escaqueo hay poco remedio. Las relaciones no-monógamas son también el refugio y la excusa perfecta para el individualismo emocional, para esconder bajo una pose moderna la incapacidad para el compromiso con la vida misma: amar a mucha gente para en el fondo no tener que amar a nadie.
Del mismo modo que la posesión de los cuerpos y deseos ajenos forma parte del capitalismo emocional, la desvinculación de los mismos también lo es, pues comparte con ella la cosificación, el usar y tirar: las personas y los cuerpos como puro objeto de consumo, como entes sustituibles.
En el campo de patatas del amor, en el rizoma, ningún elemento es sustituible y ninguno es prescindible: las relaciones y las personas cambian, se transforman, influyen las unas en las otras y en ocasiones desaparecen y aparecen otras nuevas. Pero no aparecen en su lugar, no suplantan.
El cambio de paradigma que propone la ruptura de la monogamia obligatoria no es la banalización definitiva de los amores, sino todo lo contrario: el compromiso final, el que late en el fondo de los compromisos políticos, ideológicos y sociales, pero que es bastante más jodido, bastante menos vistoso y bastante más arriesgado.
Comprometerse es, en el fondo, dejarse comprometer, dejarse poner en un compromiso. Eso quiere decir romper barreras de inmunidad, renunciar a la libertad clientelista de entrar y salir con indiferencia del mundo como si fuese un supermercado o una página web. Quiere decir dejarse afectar, dejarse tocar, dejarse interpelar, saberse requerido, verse concernido… entrar en espacios de vida en los que no podemos aspirar a controlarlo todo, implicarnos en situaciones que nos exceden y que nos exigen inventar nuevas respuestas que tal vez no tendremos y que seguro que no nos dejarán igual. Todo compromiso es una transformación forzosa y de resultados no garantizados.
