La buena vida - Álex Rovira - E-Book

La buena vida E-Book

Àlex Rovira

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Beschreibung

Tendemos a plantearnos las cuestiones esenciales de la vida cuando esta nos enfrenta a una situación límite. Porque aunque estemos vivos, muchas veces nos olvidamos de vivir la vida. Una cosa es ser simples espectadores del tiempo y el espacio que definen el escenario en el que nos movemos, y otra muy diferente reescribir el guion en la medida de nuestras capacidades y responsabilidades. Que tengamos una buena vida o no dependerá de las decisiones que tomemos en cada momento y de las actitudes que elijamos. La vida es bella si decidimos poner la belleza en ella. En esta obra reveladora, Álex Rovira nos enseña que la conquista de nuestros sueños se esconde tras los gestos más cotidianos, y que el camino se anda con los pies firmes en el suelo y la mirada siempre hacia las estrellas. Así es como podremos ser capaces de construir una vida bella, una buena vida.

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Seitenzahl: 137

Veröffentlichungsjahr: 2019

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La buena vida

Álex Rovira

Primera edición en esta colección: enero de 2019

© Álex Rovira, 2019

© Plataforma Editorial, 2019

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-17622-19-0

Diseño de cubierta y composición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

A Laia, Pol y Mariona

PALABRAS PARA JULIA

Tú no puedes volver atrásporque la vida ya te empujacomo un aullido interminable.

Hija mía, es mejor vivircon la alegría de los hombresque llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada,te sentirás perdida o sola,tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te diránque la vida no tiene objeto,que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdatede lo que un día yo escribípensando en ti como ahora pienso.

Un hombre solo, una mujerasí tomados, de uno en unoson como polvo, no son nada.

Pero yo, cuando te hablo a ti,cuando te escribo estas palabras,pienso también en otros hombres.

Tu destino está en los demás,tu futuro es tu propia vida,tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas,que les ayude tu alegría,tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdatede lo que un día yo escribípensando en ti como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartesjunto al camino, nunca digasno puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú veráscómo a pesar de los pesarestendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay eleccióny este mundo tal como esserá todo tu patrimonio.

Perdóname, no sé decirtenada más, pero tú comprendeque yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdatede lo que un día yo escribípensando en ti como ahora pienso.

JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO

Prólogo Buena vida y buena gente

Han transcurrido ya once años desde que, en 2008, se publicó la primera edición de esta obra. A pesar del paso del tiempo, el libro sigue plenamente vivo, y han sido centenares de miles de lectores en diversos países los que han hecho posible que su latido siga hasta hoy con fuerza y con la celebración de una nueva edición, esta vez de la mano de mi querido amigo Jordi Nadal y de su Plataforma Editorial.

Frida Kahlo escribió: «Enamórate de ti, de la vida, y luego que te quiten lo que quieras». Y es cierto: podemos hacer buena la vida al enamorarnos de ella, al ser conscientes de que la suma de nuestros instantes, la vida, es un proceso de ganar y perder, de realizaciones y de pérdidas, de sorpresas agradables y desagradables, de nacimientos y muertes; la vida es un latido. Y en este latido nos acompañarán momentos de gozo, de alegría, de realización, de plenitud, de felicidad, de profundo placer, pero también momentos de ausencia, de desconcierto, de desesperación, de miedo, de soledad, de dolor, de extrañeza, de vacío. En este latido puro que es la existencia, una lección fundamental que debemos aprender es amar lo que tenemos mientras podamos disfrutar de ello.

Como dice Frida, debemos enamorarnos de la vida, y necesariamente también de nuestra propia existencia, de la vida que no solo vemos afuera, sino igualmente de la vida que reside en nosotros. La pérdida es inevitable en esta existencia, como también lo es el factor sorpresa que nos puede bendecir en cualquier momento. Vivamos, entonces, con el corazón abierto a recibir los dones que nos sean regalados por la existencia y estemos dispuestos también a aprender a decir adiós cuando estos decidan o tengan que marcharse.

Esa es la idea fundamental de este libro: la vida como latido, como sístole y diástole, como inspiración y espiración, como día y noche, como una dualidad pura que marca los contrastes de la existencia. Y saber vivir es, a mi modo de ver, precisamente abrirse a los dones con gratitud y alegría y saber decir adiós manteniendo la gratitud para incorporar finalmente en nuestra experiencia y sentido el don recibido.

Pero no puede haber buena vida sin buena gente. A lo largo de mi vida he conocido a personas de una talla humana inmensa. Buenas y bellas personas, generosas, tiernas, lúcidas, amables, sensibles. Personas que no van de nada, que tienen al pequeño ego en su lugar, incluso a veces ese ego se hace imperceptible. Espiritualmente, estas personas son gigantes, y lo son precisamente por su humildad, por su sencillez, por su alegría, porque el niño o la niña interior que tienen dentro aún late con fuerza y transmite amor, alegría, apoyo y generosidad hacia los demás. Estas son las almas que brindan semillas de buena vida al mundo. Personas humildes que tienen los pies en el suelo y la cabeza en las estrellas. Mujeres y hombres que conjugan el verbo amar desde el verbo cuidar, desde el amor, la entrega y también el buen humor.

Qué fascinante que «humano», «humor», «humus» y «humildad» compartan el mismo prefijo y la misma raíz etimológica: hum, tierra. Es por eso que hemos querido ilustrar la nueva portada de esta nueva edición con unas bellas flores que se abren a la vida ancladas a la tierra, a lo humilde, al humus.

Qué importante es saber tener los pies en el suelo para desde allí conectar con los demás con humildad, con simetría, sin artificios. En la sabiduría de la Grecia clásica, ser humilde quería decir ser pequeño. Y es verdad, es en el cuidado de lo pequeño, de los pequeños detalles, donde se expresa la grandeza y desde donde se crean las circunstancias para una buena vida compartida. Porque nada es menor para el que de verdad sabe amar con humildad, con ternura, para el que sabe escuchar y tiene los pies en el suelo. Es en esa humanidad desnuda donde nace fértilmente la buena gente, la que crea buenas vidas.

Gracias de nuevo por estar aquí y plácida e inspiradora lectura.

ÁLEX ROVIRA CELMA

1.La vida es bella, ya verás

«La vida es lo que hacemos de ella.»

AFORISMO TIBETANO

Hay momentos en los que pensamos que la vida no tiene sentido. En otros, cuando debemos hacer frente a la pérdida, al duelo, a la crisis o al dolor, sentimos que la vida es dura, absurda, difícil, agotadora. Pero también tenemos momentos de alegría, de plenitud, de goce, de felicidad, en los que sentimos en lo más hondo de nuestro ser que la vida merece mucho la pena, que es profundamente bella. Cuando eso se produce, podemos pensar que el simple hecho de estar vivos, de ser conscientes, es un regalo extraordinario. En esos momentos de gracia, nos parece que todo encaja, que todo cobra sentido y que la vida es una oportunidad para aprender, crecer, compartir y amar.

Pero ¿qué es la vida? Esta pregunta admite, por lo menos, tantas respuestas como seres humanos existen. En realidad, estas son infinitas si consideramos que cada uno de nosotros podemos responderla de diferentes maneras dependiendo de lo que estemos viviendo en el momento en que se nos formula o nos formulamos nosotros mismos la pregunta. Quizás una de las más razonables que he escuchado proviene del aforismo tibetano que reza: «La vida es lo que hacemos de ella». La vida es y será lo que hagamos de ella, es cierto. Y especialmente será el conjunto de significados, de sentidos que decidamos darle.

Pero más cierto es aún que construir una vida plena, llena de sentido, no es tarea fácil. Argumentos para el pesimismo, el cinismo o la resignación han sido, son y serán siempre abundantes. Pero ¿qué nos quedaría entonces si decidiéramos vivir desde la pura inercia, desde la apatía o desde el cinismo? Nada, probablemente, nada más que el mal humor, la tristeza, la angustia o la depresión.

Es cierto que, si nos gustan, las cosas que vivimos son como son, pero, si no nos gustan, las cosas también son como son. Es nuestra tarea ponerles el signo, el color y el sentido. Y es que, a pesar de los pesares, como nos dice el bello poema «Palabras para Julia» que José Agustín Goytisolo escribió para su hija y con el que se abre este libro, «es mejor vivir con la alegría de los hombres que llorar ante el muro ciego». También, pese a los golpes de nuestra existencia, podemos tener amor, esperanza, podemos luchar por la dignidad propia y del otro, construir nuestro destino en la voluntad de servir, crear la felicidad para los que nos rodean, aquellos a quienes amamos. La vida es bella, y será bella, si decidimos poner la belleza en ella, si decidimos comprometernos y lo hacemos instante a instante. Quizás ese es el gran reto de nuestra existencia.

Porque la buena vida es mucho más que el dolce fare niente, que la simple búsqueda del placer. Porque, aunque este desempeña su papel, la belleza de la existencia, su bondad, reside en el compromiso con esta, y este compromiso es, en esencia, una actitud que podemos elegir aquí y ahora.

La vida, una actitud

«El ser humano siembra un pensamiento y recoge una acción. Siembra una acción y recoge un hábito. Siembra un hábito y recoge un carácter. Siembra un carácter y recoge un destino.»

SIVANANDA

Hace bastantes años que tengo la costumbre de preguntar a mis amigos o conocidos si se consideran personas con buena o con mala suerte. Es un ejercicio muy interesante que me ha llevado a constatar un hecho revelador: entre una gran parte de los que se consideran personas con mala suerte hay motivos objetivos para comprender y compartir su sentimiento, ya que han sufrido reveses de toda índole que justifican su percepción, su vivencia y la atribución de ese signo a su vida. Pero lo más interesante es lo que ocurre entre la amplia mayoría de los que se declaran personas con buena suerte. En una gran parte de las personas que consideran que han vivido una vida afortunada se observa que también ha habido circunstancias difíciles, llenas de momentos penosos, de grandes sacrificios, penurias y vicisitudes, algunas de ellas tanto o más penosas que las circunstancias de aquellos que se sienten desafortunados. ¿Cómo es posible entonces que haya tantas personas que, a pesar de sus vicisitudes, se consideran personas con buena suerte? ¿Son acaso inconscientes o ingenuas? Nada de eso. Más bien todo lo contrario. Estas personas se consideran personas con suerte porque, a pesar de todo, sienten que esas arduas experiencias les han servido para aprender, para crecer, para mejorar como seres humanos, para ampliar su percepción de la existencia, para relativizar, para soltar y saber que todo lo bueno es un regalo y que de toda adversidad se puede obtener el fruto de la sabiduría si uno pone su empeño en dar un sentido a lo vivido y decide seguir andando para compartir ese fruto con los que lo rodean.

Las circunstancias vividas son similares en ambos casos, entre los que se consideran personas con buena suerte, por un lado, y los que se consideran personas con mala suerte, por el otro, pero la vivencia y la elaboración del sentido de la experiencia son tan distintas entre ambos que uno se siente víctima del azar y del infortunio mientras que el otro considera que eso forma parte del juego de la vida y, lejos de resignarse, decide asumir la experiencia vivida como un activo que le permitió aprender, cambiar, crecer y al que, por extraño que pueda parecer, conviene estar agradecido.

Como aquella persona que me relataba que a raíz de su cáncer aprendió que debía cuidarse más, quererse más, estar más pendiente de su dieta, de su estilo de vida, de su cuerpo, de su salud física y, especialmente, de su salud emocional. O como aquel emprendedor que se arruinó y que en lugar de culpar a su socio, a la competencia o al mercado, asumía que el motivo de su fracaso había sido su arrogancia y la falta de formación, humildad y perspectiva ante un proyecto para el que no estaba preparado. ¿Cuáles son entonces los elementos que definen a las personas que consideran que tienen buena suerte en la vida a pesar de haber sufrido circunstancias tan dolorosas como las de aquellos que se consideran personas con mala suerte? Vamos a enumerar a continuación los más representativos:

Tienen una actitud positiva ante las experiencias que viven, incluso cuando estas, de entrada, aparecen como un revés, una dificultad o una crisis. Su optimismo no se ancla en la ingenuidad, sino en la lucidez y en el compromiso con su entorno. Cuando se presenta la adversidad, se cuestionan en qué medida han contribuido a la situación y actúan en consecuencia para resolver la crisis que se haya producido.

Se saben responsables de sus actos. Ante el error o la adversidad, no tienden a culpar a un tercero, sino que se preguntan en qué medida ellos son, consciente o inconscientemente, causa de lo que les ha ocurrido y, en consecuencia, se cuestionan cómo pueden enmendarlo haciendo uso desde la palabra hasta la acción reparadora.

No viven el error como una mácula o algo de lo que avergonzarse, sino que hacen de él una fuente de aprendizaje.

Disponen de buenas dosis de confianza. Ello los lleva a mantenerse fieles al que es su propósito, a perseverar, a trabajar para crear las condiciones que favorezcan la aparición de aquello que persiguen.

Visualizan: utilizan su imaginación para crear con su mente su anhelo ya realizado. Funcionan con un «hay que creerlo para verlo» más que con un «hay que verlo para creerlo».

Son perseverantes y resolutivos: no postergan las cuestiones que tienen pendientes de resolver.