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Romper las normas nunca sentó tan bien A Diana Dixon se le presenta un verano movidito: es una animadora que está ensayando para un concurso de bailes de salón, hace malabarismos con dos trabajos y lidia con un exnovio que no entiende que ya no son pareja. Desde luego, no tiene tiempo que perder con Shane Lindley, su nuevo vecino, un jugador de hockey prepotente y con fama de rompecorazones. Para que la convivencia sea pacífica, habrá que instaurar algunas normas: nada de fiestas y, sobre todo, ningún contacto entre ellos. Pero cuando Shane decide fingir que tiene novia para poner celosa a su ex, ¿quién mejor que su vecina descarada para interpretar el papel? Diana se muestra reticente, eso implicaría romper sus propias normas, pero al final accede. Aunque, claro, no esperaban la chispa que empieza a arder entre ellos… ¿Tendrán el valor de convertir su farsa en algo real? No te pierdas la adictiva serie Campus Diaries, best seller del New York Times de la autora superventas de Kiss Me
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Seitenzahl: 702
Veröffentlichungsjahr: 2025
V.1: marzo de 2025
Título original: The Dixon Rule
© Elle Kennedy, 2024
© de la traducción, Andrea Arroyo Valverde, 2025
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.
Se declara el derecho moral de Elle Kennedy a ser reconocida como la autora de esta obra.
Diseño de cubierta: Sourcebooks
Adaptación de cubierta: Taller de los Libros
Ilustración de cubierta: Monika Roe - Shannon Associates
Corrección: Raquel Bahamonde
Publicado por Wonderbooks
C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10
08013, Barcelona
www.wonderbooks.es
ISBN: 978-84-10425-02-6
THEMA: YFM
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
A Diana Dixon se le presenta un verano movidito: es una animadora que está ensayando para un concurso de bailes de salón, hace malabarismos con dos trabajos y lidia con un exnovio que no entiende que ya no son pareja. Desde luego, no tiene tiempo que perder con Shane Lindley, su nuevo vecino, un jugador de hockey prepotente y con fama de rompecorazones. Para que la convivencia sea pacífica, habrá que instaurar algunas normas: nada de fiestas y, sobre todo, ningún contacto entre ellos.
Pero cuando Shane decide fingir que tiene novia para poner celosa a su ex, ¿quién mejor que su vecina descarada para interpretar el papel? Diana se muestra reticente, eso implicaría romper sus propias normas, pero al final accede. Aunque, claro, no esperaban la chispa que empieza a arder entre ellos… ¿Tendrán el valor de convertir su farsa en algo real?
No te pierdas la adictiva serie Campus Diaries, best seller del New York Times de la autora superventas de Kiss Me
«¡No te pierdas La norma Dixon! Es la combinación perfecta de hockey romance y fake dating. Disfruté cada momento de su lectura, ¡y estoy deseando ver quién será la próxima pareja de esta serie!»
Harlequin Junkie
«¡Madre mía, fantástico! La norma Dixon es, sin duda, uno de mis libros favoritos del año.»
About That Story
«Estaba deseando leerlo desde que terminé El efecto Graham, ¡y me ha encantado!»
Books & Other Pursuits
«¡Me encantan los libros de Elle Kennedy! En La norma Dixon encontramos el mismo humor y sarcasmo que en sus novelas anteriores sobre hockey. Y la química entre Shane y Diana, madre mía, es algo fuera de serie. ¡No podía leer lo suficientemente rápido!»
Readaholic Book Reviews
«Me ha encantado este libro. ¡Diana y Shane funcionan muy bien juntos! No te pierdas La norma Dixon si buscas un sports romance con fake dating y enemies to lovers.»
Life according to Jamie
#wonderlove
Se forman dos gotas de agua en la parte superior de mi espejo y, luego, empiezan a caer lentamente, como si hicieran una carrera. Apuesto conmigo misma a que la gota número dos será la ganadora, ya que es un poco más grande. Hazlo a lo grande o no lo hagas, ¿no? Pero a medida que gana velocidad, se desvía hacia la izquierda. La gota uno mantiene el rumbo y cae sobre el tocador del baño.
Por eso me niego a apostar.
Cojo una toallita y limpio el resto de la condensación para revelar mi reflejo. Un rubor rosado me cubre el pecho y los hombros, lo que evidencia que el agua estaba ardiendo. La ducha no funciona bien, pero no tengo dinero para llamar al fontanero y mi padre me dijo que no puede acercarse por estos lares hasta finales de la semana, lo que significa que tendré que ducharme con agua hirviendo durante unos días más, si no me quemo la piel antes.
Después de que papá arregle la ducha, pienso, quizá pueda reparar el cajón del armario de la cocina que, de repente, se niega a abrirse. Y, luego, averiguar por qué el dispensador de hielo del frigorífico ha dejado de funcionar sin motivo aparente.
Ser propietaria de una vivienda es agotador, sobre todo cuando eres una incompetente total. ¿He dicho ya que el problema original con el cabezal de mi ducha era que no dejaba de gotear? Intenté arreglar la gotera yo misma tras ver un tutorial en internet y, gracias a eso, el chorro de la ducha se convirtió en lava de volcán. La fontanería autodidacta no es lo mío.
Me aparto del espejo y cojo una toalla rosa y esponjosa del gancho de la puerta antes de salir del baño lleno de vapor e inhalar el aire normal del pasillo.
—Casi muero ahí dentro —informo a Skip cuando entro en la sala de estar mientras me envuelvo con la toalla. Miro al otro lado de la espaciosa estancia tipo loft, hacia la pecera de setenta litros situada contra la pared más alejada de la sala de estar.
El pez gordo y dorado me devuelve su mirada letal e inquietante.
—Odio que no puedas parpadear —le digo—. Me da un miedo que te cagas.
Vuelve a mirarme y, luego, agita las aletas y nada hacia el otro extremo de la pecera. Un segundo después, se esconde detrás de un cofre del tesoro dorado, aunque sigue a la vista. Cuando le mostré una foto de Skip al chico de la tienda de peces, me dijo que nunca había visto un pez dorado tan grande. Al parecer, mi pez tiene sobrepeso, por no mencionar que es demasiado silencioso para mi paz mental. No me fío de las mascotas que no hacen ruido.
—¿Sabes qué, Skip? Un día de estos te enfadarás por algo y, en lugar de consolarte, yo también me alejaré nadando. Así que métete en tu maldito cofre pirata y ahógate en él.
Odio los peces. Si tuviera elección, no tendría un pez. Mi tía muerta fue quien me impuso esta horrible tarea, ya que me legó su preciado e inútil pez dorado en su testamento. Parecía que el albacea intentaba contener la risa cuando leyó esa parte en voz alta frente a nuestra familia. Mi hermano pequeño, Thomas, no se molestó en contenerla: se echó a reír hasta que papá lo fulminó con la mirada.
Lo bueno es que la pecera venía con el apartamento de la tía Jennifer, lo que me convierte en propietaria de una casa a los veintiún años. A veces se gana y, otras, se pierde.
La ducha ha sido tan abrasadora que ahora me muero de sed. Quiero beberme una botella entera de agua antes de vestirme. Camino descalza hacia la nevera, pero me tropiezo cuando el teléfono suena de repente en la encimera de granito y me sobresalto. Me giro y miro la pantalla; luego, reprimo un gemido. Es un mensaje de mi ex.
Percy: Ey, ¿quieres quedar esta noche para que nos pongamos al día? Estoy libre a partir de las 8.
Nop. Paso. Pero, obviamente, no puedo ser tan brusca. Puede que tenga mal genio, pero no soy borde sin necesidad. Tendré que buscar una forma de decepcionarlo con amabilidad.
Esta no es la primera vez que me escribe para «que nos pongamos al día». Supongo que es culpa mía, ya que le dije que podíamos seguir siendo amigos después de romper con él. Consejo: nunca ofrezcas mantener la amistad si no lo dices en serio. Es una idea abocada al desastre.
Dejo el teléfono en la encimera y cojo una botella de agua del frigorífico. Me ocuparé del mensaje de Percy después de vestirme.
Cuando tiro la botella vacía en la papelera situada bajo el fregadero, oigo el sonido familiar de un maullido que proviene del pasillo. Las paredes finas como el papel de mi apartamento no bloquean el ruido que se oye al otro lado de la puerta. Escucho todas las pisadas y, por supuesto, los pasitos de las diminutas patas de Lucy no son una excepción. Además, ese animalucho lleva un cascabel colgado del collar, lo que da a conocer cada uno de sus movimientos.
Contengo una palabrota mientras el sentido de responsabilidad se apodera de mí. Adoro a mi vecina de abajo, Priya, pero su gato escapista me vuelve loca. Al menos una vez a la semana, Lucy consigue escapar de su apartamento sin que la vean.
Al abrir la puerta, una ráfaga de aire frío entra en el recibidor. Me froto la piel de gallina que se me forma en los brazos mientras salgo y piso las baldosas lisas frente a mi puerta.
—¿Lucy? —la llamo con voz cantarina.
Sé que no debo permitir que mi tono deje entrever ningún atisbo de frustración cuando la llamo por su nombre. Al menor signo de rabia, esa bola de pelo gris saldrá disparada escaleras abajo hacia la puerta del vestíbulo como un meteorito que se precipita hacia la Tierra.
Meadow Hill, nuestro complejo de apartamentos, no es como otros edificios. No es una monstruosidad de cincuenta pisos repleta de cientos de apartamentos. En cambio, el arquitecto que lo diseñó se basó en un complejo de playa, por lo que el terreno consta de quince edificios de dos plantas, cada una de las cuales alberga cuatro apartamentos. Todos los edificios están conectados por caminos sinuosos, muchos de los cuales dan al exuberante jardín, las pistas de tenis y la piscina. La última vez que Lucy se escapó, mi otro vecino de abajo, Niall, acababa de volver del trabajo. Lucy aprovechó que la puerta del vestíbulo se abrió y pasó volando por su lado en busca de la eterna libertad.
—¿Lucy? —la llamo de nuevo.
El tintineo de un cascabel me provoca desde la escalera. Con un maullido ronco, la gata gris rayada aparece en el escalón superior. Se sienta, toda recatada y formal, y me mira fijamente de forma desafiante.
«Sí, estoy aquí —se burla de mí—. ¿Qué vas a hacer ahora, perra?».
Despacio, me pongo de rodillas para estar casi a la misma altura que ella.
—Eres la gata del diablo —la informo.
Me estudia durante unos segundos. Luego, levanta una pata y la lame con recato antes de volver a colocarla sobre la baldosa.
—Lo digo en serio. Las frías manos de Satanás te trajeron aquí desde el infierno y te entregaron personalmente. Sé sincera, ¿te ha enviado para atormentarme?
—Miau —dice con aire de suficiencia y sin parpadear.
Me quedo boquiabierta. ¡Básicamente, la muy perra me lo acaba de confirmar!
Me acerco de rodillas mientras agarro la parte superior de la toalla. Estoy a medio metro de distancia cuando, sin previo aviso, unas voces resuenan en el vestíbulo y unos pasos retumban desde el pie de las escaleras.
Lucy sale disparada y literalmente salta sobre mi hombro como si fuera una pequeña vallista en las Olimpiadas felinas. Se cuela por la rendija abierta de mi puerta, y estoy tan sorprendida que tropiezo hacia delante. Por instinto, extiendo las manos frente a mí para evitar la caída, lo que me hace perder el control de la toalla.
Cae al suelo justo cuando una sombra se cierne sobre mí.
Suelto un chillido de sorpresa. Cuando me quiero dar cuenta, tres jugadores de hockey me miran fijamente.
A mi cuerpo desnudo. Porque estoy desnuda.
¿He dicho ya que estoy desnuda?
—¿Va todo bien, Dixon? —pregunta una voz profunda y burlona.
Me apresuro a ocultar mi desnudez con las manos, pero solo tengo dos y hay por lo menos tres zonas que preferiría tapar.
—Dios mío, mirad hacia otro lado —ordeno al tiempo que agarro la toalla del suelo.
En su defensa, diré que los chicos apartan la mirada. Me levanto de golpe y me coloco la toalla a toda prisa. De todas las personas que podrían haberme encontrado en esta situación, tenían que ser Shane Lindley y sus amigos. ¿Qué hacen aquí…?
De repente, lo entiendo. Oh, no.
El temor se me instala en la boca del estómago al ver los ojos oscuros de Shane llenos de diversión.
—No. ¿Es hoy?
Me ofrece una amplia sonrisa, mostrando una dentadura blanca y perfecta.
—Oh, es hoy.
Satanás ataca de nuevo.
Shane se muda aquí.
Conmigo no, por suerte. Porque eso sería espantoso por partida doble. Nunca podría compartir piso con un imbécil tan engreído. Ya es bastante malo que vivamos en la misma planta. Los padres de Shane, que son ricos y parece que creen que malcriar excesivamente a sus hijos ayuda a criar adultos humildes, le compraron a su para nada humilde hijo el apartamento junto al mío. Ha estado vacío desde que mi último vecino, Chandra, se jubiló y se mudó a Maine para estar más cerca de su familia.
Mi mejor amiga, Gigi, está casada con el mejor amigo de Shane, Ryder, así que me advirtió que la mudanza se llevaría a cabo en algún momento de esta semana. Sin embargo, me habría gustado tener información más concreta sobre el día y la hora. O al menos un mensaje de aviso hoy. Así podría haber estado preparada y, tal vez, no llevaría una toalla. Sin duda, pienso recriminarle esto durante la cena de esta noche.
—No te preocupes, no hemos visto nada. —La tranquilidad rezuma del rostro inocente de Will Larsen.
—Yo te he visto las tetas y una nalga —dice Beckett Dunne con amabilidad.
No sé si reír o gemir. Con su rostro perfecto, su ligero acento australiano y su cabello rubio ondulado, Beckett es demasiado sexy para su propio bien. Todo lo que sale de su boca resulta sencillamente encantador, mientras que sonaría sórdido si proviniera de cualquier otra persona.
—Bórralos de tu memoria —le advierto.
—Imposible —responde antes de guiñarme un ojo.
Vuelvo a mirar a Shane y mi buen humor desaparece.
—Aún no es tarde para vender —digo en tono esperanzado.
Pero sé que solo es un bonito sueño. No se irá a ninguna parte, no después de que sus padres probablemente se hayan gastado una fortuna renovando el apartamento para él. El mes pasado, no dejaron de oírse ruidos de construcción que provenían de su piso. El pobre Niall, que vive abajo, tenía crisis nerviosas a diario causadas por los taladros eléctricos. Ese hombre es tremendamente alérgico al ruido.
Me pregunto qué cambios habrá hecho Shane en el apartamento. Apuesto a que lo ha convertido en una cueva de hombres estereotipada para satisfacer sus gustos de mujeriego.
Y creedme, conozco muy bien esos gustos. Incluyen (hasta ahora, pero sigo contando) dos compañeras y media del equipo de animadoras, ya que con la tercera solo se morreó. Aun así, el tipo se abre camino entre ellas como un granjero después de la temporada de cosecha. Gigi me dijo que el año pasado le rompieron el corazón y que es la primera vez en mucho tiempo que está soltero. Dice que está recuperando el tiempo perdido. Pero eso me suena a un puñado de excusas, y no creo que sea necesario excusar a los mujeriegos. Simplemente nacen con ese gen.
—No hace falta que finjas ser una chica dura delante de ellos —me dice Shane—. Todos saben que te gusto.
Resoplo.
—Creo que el único al que le gustas eres tú.
En serio, no me sorprendería que el tipo pasara su tiempo libre fuera de la pista de hielo comiéndose con los ojos frente al espejo. Todo el mundo sabe que los jugadores de hockey están obsesionados con dos cosas: el hockey y ellos mismos. Y Shane Lindley no es una excepción.
No me dejo cautivar por lo guapo que es, aunque es indiscutiblemente hermoso. Alto y guapo. Boca amplia y sensual, y cabello negro rapado. Cuerpo de atleta musculado y hoyuelos que cavan pequeños surcos en sus mejillas cada vez que intenta atraerte con una sonrisa descarada. Esta tarde, ese cuerpo fibrado está cubierto con unos pantalones cortos de baloncesto y una camiseta roja que complementa su piel morena.
Cuando noto que los ojos grises de Beckett examinan de nuevo mi cuerpo envuelto en la toalla, lo miro con el ceño fruncido.
—Puedes mirar todo el tiempo que quieras, pero te prometo que la toalla no volverá a soltarse.
—Bueno, si se cae, preferiría no perdérmelo. —Sus dientes prácticamente brillan por las luces fluorescentes cuando me lanza esa sonrisa lasciva.
—¿Ese es tu apartamento? —pregunta Will mientras señala la puerta que hay detrás de mí.
—Por desgracia.
—Joder. Cuando Gigi dijo que seríais vecinos, no pensé que fuera tan literal —comenta al tiempo que pasea la mirada de mi puerta a la del otro lado del pasillo.
—Por favor, no me lo restriegues —gruño. Luego, me dirijo a Shane—: Si esperas una fiesta de bienvenida, no es tu día de suerte. Mi nuevo objetivo es encontrar una manera de vivir mi vida sin cruzarme nunca contigo.
—Buena suerte. —Los ojos marrón oscuro de Shane brillan con humor—. Porque mi nuevo objetivo es que nos convirtamos en mejores amigos y pasemos cada minuto del día juntos. Ah, oye, hablando de eso. Voy a dar una fiesta este fin de semana. Deberíamos ser coanfitriones. Mantener las dos puertas abiertas y…
—No. —Levanto el dedo índice en el aire y le apunto con él—. Nop. Ni de broma. De hecho, vosotros dos… —Fulmino con la mirada a Will y Beckett—… esperadlo en su apartamento. Lindley y yo tenemos que establecer unas normas de compromiso.
Me río para mis adentros mientras sigo a la rubia furiosa hasta su apartamento. En el momento en que salimos del recibidor y entramos en la sala principal, tengo que parpadear un par de veces porque no es para nada lo que esperaba. La sala de estar contiene muebles que no combinan y una alfombra burdeos que contrasta con el sofá de estampado floral azul pálido. La clase de sofá que podrías encontrar en la casa de tu abuela muerta cuando vas a recoger sus cosas. Es decir, nadie de la familia se va a pelear por ese sofá, a menos que sea para discutir sobre quién tiene que llevarlo y donarlo a la beneficencia.
—Parece el piso de una auténtica señora de los gatos —señalo.
—Miau —gimotea algo desde la cocina.
—Mierda. Tienes un gato de verdad. —Abro la boca de par en par cuando un gato atigrado gris aparece por detrás de la estrecha isla y me mira como si hubiera matado a sus crías.
La expresión de Diana refleja la del gato.
—Esa es Lucy. Le gusta escabullirse cuando nuestra vecina de abajo visita a uno de sus pacientes.
—¿Qué hay? —le digo a la gata mientras asiento con la cabeza a modo de saludo.
—No te molestes. Es un demonio de las profundidades del infierno —dice Diana en el momento exacto en que Lucy se acerca y se frota contra mi pierna.
La gata ronronea feliz mientras restriega su cuerpo peludo contra mis espinillas.
Diana nos mira con el ceño fruncido.
—¿Por qué no me sorprende que os llevéis bien? Vete, Lucy. Lindley y yo tenemos que hablar.
Lucy se limita a sentarse a mis pies y sigue ronroneando.
—Tiene buen gusto para la gente —digo al tiempo que sigo observando mi extraño entorno.
Hay un armario antiguo repleto de cristalería que está totalmente fuera de lugar junto a la estantería supermoderna situada a su lado. ¿Y eso es…?
—Oh, Dios mío. ¿Tienes un pez? ¿Quién tiene un pez de mascota? Ten un poco de orgullo, Dixon.
Sus ojos verde esmeralda me lanzan bolas de fuego. Prácticamente, siento el calor.
—No te metas con mi pez. No es perfecto, pero es mío.
Contengo la risa. No se me escapa que lo único que sigue llevando es una toalla. Y… bueno, no voy a mentir…, está para comérsela, joder. Diana es preciosa, con sus ojos grandes, su pelo rubio platino y su boca insolente. Es un poco más baja de lo que suele gustarme, y es que apenas mide un metro y medio (metro sesenta si somos generosos). Una belleza diminuta con una personalidad enorme. Aunque parece que gran parte de esa personalidad implica reventarle las pelotas a un servidor.
—Voy a cambiarme. Pero tenemos que hablar, así que no te muevas de aquí.
—Puedo ayudarte a vestirte —le ofrezco inocentemente.
—Puaj. Nunca.
Reprimo otra risa. Diana y yo tenemos una relación de amor-odio. Es decir, ella me odia y a mí me encanta chincharla.
Mientras se aleja, admiro la forma en que la toalla se le sube por la parte posterior de los muslos tonificados. Juro que vislumbro la curva inferior de sus nalgas. Su piel clara hace gala de un intenso bronceado veraniego, lo cual me indica que estará aprovechando bien la piscina de afuera. Joder, ahora tengo piscina. Este complejo es una pasada.
Me importa una mierda que mis amigos y compañeros de equipo me sigan picando por el hecho de que mi «padre ricachón» me haya comprado un apartamento. Sí, mi familia tiene dinero, pero no soy un idiota malcriado que se cree con derecho a todo. No le pedí a mi padre que me comprara un apartamento. Para él, solo es una inversión: en cuanto me gradúe de la Universidad de Briar y me vaya a Chicago para jugar en la NHL, alquilará el piso a otra persona, igual que hace con las otras mil propiedades que tiene en Vermont y el norte de Massachusetts.
Mientras tanto, puedo disfrutar de mi propio espacio después de haber compartido casa con Ryder y Beckett durante los últimos tres años. Dos de esos años los pasé en Eastwood, nuestra antigua universidad. Después de que los equipos de hockey masculino de Eastwood y Briar se fusionaran, nos mudamos a Hastings, la pequeña ciudad más cercana al campus de Briar.
Diana vuelve con un par de pantalones cortos diminutos y una camiseta holgada. No lleva sujetador, por lo que mi mirada se dirige involuntariamente hacia los botones apretados de sus pezones, que hacen presión contra el material fino.
—Deja de mirarme las tetas.
No niego que eso es lo que estaba haciendo. Me encojo de hombros, desvío la mirada y señalo la estancia tipo loft con la mano.
—Si obviamos el horrible diseño de interiores, el piso es bastante bonito. También parece un poco más grande que el mío. ¿Cuánto pagas de alquiler?
—No estoy de alquiler. Y no pienso decirte cuánto pago de hipoteca. ¿Puedes ser más metomentodo?
Arqueo las cejas de la sorpresa.
—¿Eres la propietaria? Eso es la hostia.
Hace una pausa, como si no quisiera hablar conmigo, y luego dice:
—Mi tía me lo dejó en su testamento. Solo vivió un año aquí antes de morir.
Miro a mi alrededor. No quiero preguntar, pero…
—Oh, Dios mío, no murió en esta habitación. Tuvo un ataque al corazón en su oficina en Boston.
—Vaya. Menuda mierda. Lo siento.
—No pasa nada. Vamos a aclarar esto de una vez. Las normas. —Diana se cruza de brazos—. El hecho de que ahora estés en Meadow Hill no significa que puedas campar a tus anchas por aquí.
—Creo que eso es exactamente lo que significa. —Muerto de la risa, me cruzo de brazos para imitar su pose—. Vivo aquí.
—No, vives ahí. —Señala la pared que hay detrás de ella para indicar mi apartamento situado al otro lado—. Tú no vives aquí. —Gesticula con la mano para señalar su sala de estar—. Así que no vayas por ahí ofreciendo montar fiestas en mi casa.
—No me he ofrecido. Simplemente he hecho una sugerencia.
Me ignora.
—Porque no voy a montar ninguna fiesta contigo. Este es mi santuario. No sé qué te ha dicho Gigi sobre mí…
—Que eres un incordio.
Diana jadea.
—Mentira.
—Y muy exigente.
—Ni de broma.
—En realidad, eso sí que lo dijo.
Mi comentario hace que entrecierre los ojos, y sé que después de esta charla le escribirá a Gigi para que se lo confirme. La mujer de mi mejor amigo (joder, todavía me resulta raro decirlo) me advirtió que me mantuviera alejado de Diana y me aconsejó que dejara en paz a su mejor amiga si no quería reprimendas diarias. Sin embargo, eso no está en mi naturaleza. Algunas personas pueden evitar la confrontación. Otras pueden perder el sueño ante la idea de no gustarles a alguien…, y sé a ciencia cierta que yo no le gusto a Diana. Pero no me opongo a la confrontación y, por alguna razón, su desagrado solo hace que quiera molestarla todavía más. Es el niño de parvulitos que hay en mí. Todos los hombres vuelven a sus días de parvulario de vez en cuando.
—¿Me estás escuchando? —refunfuña.
Levanto la cabeza. Oh, sigue sermoneándome. Estaba distraído.
—Claro. Nada de fiestas en tu apartamento.
—Y nada de fiestas en la piscina.
Arqueo una ceja.
—¿Hablas en nombre de todo el edificio?
—No. El edificio habla en nombre del edificio. ¿No has leído tu dossier de propietario?
—Cariño, acabo de llegar.
—No me llames cariño.
—Antes de llegar siquiera a mi puerta, me has arrastrado hasta aquí.
—Bueno, pues lee tu dossier de la asociación de propietarios. Nos tomamos esto muy en serio, ¿vale? La asociación se reúne dos veces al mes, los domingos por la mañana.
—Ya, no pienso ir.
—No esperaba que lo hicieras. Y, francamente, no quiero que vayas. Muy bien… —Da palmadas como si estuviera dirigiendo uno de sus ensayos de animadoras. Diana es la capitana de las animadoras de Briar—. Resumamos las reglas. No te pases con las fiestas. Limpia las máquinas después de usar el gimnasio. Nada de sexo en la piscina.
—¿Y mamadas en la piscina?
—Mira, no me importa a quién quieras chupársela, Lindley. Pero no lo hagas en la piscina.
Le sonrío.
—Me refería a que yo sería quien la recibiera.
—¿Ah, sí? —Diana sonríe con dulzura—. Creo que lo más importante que tienes que recordar es que no somos amigos.
—Entonces, ¿somos amantes? —Le guiño el ojo.
—No somos amigos ni amantes. Somos compañeros de planta. Somos residentes tranquilos y respetuosos del edificio Abedul Rojo en Meadow Hill. No nos molestaremos…
—Pues tú me estás molestando un poco ahora.
—No causaremos problemas y, preferiblemente, tampoco hablaremos.
—¿Esto no se considera hablar?
—No. Esta conversación conduce a que no se produzcan futuras conversaciones. En conclusión, no somos amigos. Ni una tontería. Ah, y deja de tirarte a mis compañeras de equipo.
Ah, así que se trata de eso. Todavía está enfadada porque me enrollé con algunas de sus animadoras el semestre pasado. Al parecer, una de ellas, Audrey, se enamoró de mí y se distrajo tanto durante el ensayo que se cayó de la pirámide y se torció el tobillo. Pero ¿por qué eso es culpa mía? Cuando estoy en el hielo, puedo abstraerme de todo y concentrarme en el hockey. Ignoro todas las distracciones y lo doy todo en la pista. Si Audrey no pudo dejar de pensar en un tipo con el que se acostó una vez, me da a mí que es cosa suya.
—Está bien —digo con impaciencia—. ¿Hay más normas Dixon o puedo irme ya? Mis muebles no van a montarse solos.
—Eso es todo. Aunque, en realidad, solo hay una norma Dixon que importa. No se permiten Shanes.
—¿Permitirse dónde?
—Aquí y en todas partes. Pero sobre todo cerca de mí. —Sonríe de nuevo, pero carece de humor—. Vale, eso es todo. —Señala la entrada—. Ya puedes irte.
—Conque va a ser así, ¿eh?
—Sí, literalmente acabo de decirte que va a ser así. Bienvenido a tu nueva casa, Lindley.
Salgo de su apartamento como me ha pedido y vuelvo al mío, donde Will y Beckett intentan montar mi nuevo sofá modular. Will está cortando con un cuchillo el plástico en el que vienen envueltos los enormes cojines, mientras que Beckett está agachado en el suelo de madera, tratando de averiguar cómo fijar la sección principal al sillón. Opté por un color gris oscuro porque será más fácil de limpiar. Aunque tampoco es que vaya a hacerlo nunca: mi madre insiste en enviar a una persona para que limpie cada dos semanas. Hizo lo mismo cuando vivía en la casa que compartía con los chicos. Según ella, mis habilidades para limpiar son y siempre serán mediocres. No estoy de acuerdo. Creo que al menos rozo el aprobado. Tengo que apuntar alto en lo que a limpieza se refiere.
—Perdonad —les digo a los chicos—. Dixon tenía que darme la brasa durante un rato. Es su forma de demostrarme su amor.
Will resopla.
Beckett levanta la vista con una sonrisa.
—Sí, lo siento, colega, pero es una chica a la que no vas a conquistar con esos hoyuelos.
Probablemente tenga razón.
—Tío, no le gustas nada de nada —añade Will, dejando bien clara su opinión—. Cené con ella y Gigi la semana pasada, y cuando mencionamos tu nombre, Diana puso los ojos en blanco con tanta fuerza que parecía que se le fueran a salir de la cara.
—Vaya, gracias. Escuchar eso me hace sentir muy bien conmigo mismo.
—Sí, estoy seguro de que ha sido un duro golpe para tu enorme ego.
Me acerco para ayudar a Will con los cojines y, luego, los tres arrastramos el sofá hasta otro sitio porque Beck decide que no puede estar debajo de la ventana debido al frío que hará en invierno. Colocamos el sofá modular de modo que queda frente a la pared de ladrillo rojo más alejada de la sala de estar. Doy un paso atrás para observar la distribución. Queda perfecto.
—Deberíamos montar la televisión allí —digo al tiempo que señalo la pared de ladrillo—. ¿Podemos taladrar ahí?
—Sí, no debería haber problema —responde Beckett mientras camina hacia la pared para examinarla. Se aparta de la cara unos cuantos mechones desordenados de pelo rubio—. Larsen, coge el taladro.
—Fíjate —me burlo—. Eres todo un manitas.
Beckett me guiña el ojo.
—¿De verdad te sorprende escuchar que soy bueno con las manos?
También es verdad.
Cuando el sofá y la televisión ya están colocados, nos dirigimos al dormitorio para armar la cama. Es de metro y medio, aunque probablemente habría cabido una de metro ochenta. Will desempaqueta el material de montaje. Beckett y yo organizamos las distintas piezas de madera de color burdeos brillante. Mientras trabajamos, Beck divaga sobre todo lo que planea hacer cuando vaya a casa este verano. Técnicamente, su casa está en Indianápolis, que es donde se mudó su familia cuando Beckett tenía diez años, pero nació y se crio en Australia. Se va a Sídney el domingo.
—Qué pena que ninguno de los dos vengáis —dice con tristeza—. Entiendo por qué Ryder no puede. Pero ¿va en serio? ¿Ninguno de los dos podíais hacer una escapadita?
Me encojo de hombros.
—Sí, lo siento. No puedo largarme a Australia. El único momento en que de verdad puedo pasar tiempo con mi familia es en verano. —Es la verdad. Durante el resto del año, me concentro en el hockey y, en menor medida, en el trabajo escolar necesario para poder seguir en el equipo.
Beckett asiente.
—Te entiendo. La familia es importante. —Sé que tiene muy buena relación con sus padres y sus primos de Australia. Es hijo único, así que son como hermanos para él.
—Me sorprende que no vayas —digo con la mirada clavada en Will.
Se encoge de hombros.
—Este verano me toca trabajar. Quiero hacer un viaje de mochilero por Europa después de la graduación. Pasar seis meses o tal vez un año por ahí.
—Guay. Suena genial.
Beckett se ríe de mí.
—Dijo el tío que no viajaría de mochilero ni muerto.
—Eso no es verdad. Lo haría sin dudarlo.
—¿En serio? —pregunta Beck con recelo.
—Por supuesto. Llevaría una mochila mientras exploráramos alguna parte interesante de la ciudad y, después, me la quitaría cuando regresara a mi hotel de cinco estrellas.
—Cabrón engreído.
Sonrío. Sinceramente, no me importa vivir sin comodidades. Acampar mola. Y viajar de mochilero por Europa suena genial. Pero ¿por qué viajar con un presupuesto limitado cuando ni siquiera cuentas con uno?
—Has conseguido un trabajo de jardinería o algo así, ¿no? —le pregunto a Will.
—En una empresa de piscinas.
Abro la boca de par en par.
—¿Eres el limpiapiscinas?
Cuando Will asiente, Beckett suelta un suspiro intenso.
Lo miro divertido.
—¿Tienes algo que añadir?
—Es solo que… no te hagas ilusiones. Descubres que tu amigo es un limpiapiscinas, te montas una película en la cabeza y luego, ¡zas!, él revienta tu burbuja y tus sueños se van volando como una pluma llevada por el viento.
—Demasiadas metáforas rebuscadas solo para decir que no me acuesto con clientes. —Will pone los ojos en blanco y me reitera ese punto—. No me acuesto con clientes.
—¿Por qué no, joder? —Me imagino a las maduritas desatendidas en bikinis diminutos mientras se acercan contoneándose a Will para llevarle vasos de limonada y, de repente, «Ups, se me ha caído la parte superior del bikini. ¿Te apetece follar?».
—Porque me despedirían, para empezar. —Su tono es seco.
—Está bien. Pero ¿qué es la vida sin el riesgo de que te despidan?
—Lo dice el niño rico.
—¿Tu padre no es congresista? Me da a mí que probablemente eres más rico que yo. Es decir, eres la última persona que necesita trabajar como limpiapiscinas durante todo el verano.
—Bah. No quiero estar en deuda con mi padre. Prefiero abrirme camino por mi cuenta.
Supongo que eso es admirable. Dicho esto, no pienso quejarme del hecho de que mis padres sigan manteniéndome. Tengo veintiún años y estoy felizmente en paro. Es el verano anterior al último año y quiero disfrutar de cada segundo. Mi plan es centrarme en la fuerza y el acondicionamiento físico antes de que empiece esta temporada de hockey. Ir al gimnasio todas las mañanas. Intentar incorporar la natación a mi entrenamiento cardiovascular. También me he hecho socio de un club de golf que hay por aquí cerca, así que pisaré el green al menos un par de veces por semana.
Que comience el Verano de Shane.
Cuando los chicos y yo terminamos de armar la cama y limpiar, Beck y Will me preguntan si me apetece ir a cenar con ellos a la ciudad, pero rechazo la invitación. Quiero desempaquetar algunas cajas y organizar mis cosas.
Por sus servicios ofrecidos esta tarde, les pagaré en forma de cerveza y una fiesta el sábado por la noche, que Beckett me recuerda mientras los acompaño al recibidor.
—No te olvides de mi fiesta de despedida —dice con voz cansada.
—Sí, claro, la fiesta de despedida que estás organizando para ti mismo.
—¿Y?
—Que es una estupidez. Pero estoy deseando bautizar la piscina, así que supongo que una fiesta para celebrar que el idiota de mi amigo se va de vacaciones es una razón tan buena como otra cualquiera.
Se ríe.
—¿Qué ha dicho tu nueva vecina sobre la fiesta?
—¿Dixon? Oh, está emocionada. Se muere de ganas.
—Ten cuidado —me advierte Will—. Diana puede ser despiadada. Y no tiene reparos en jugar sucio.
—¿Se supone que eso debe disuadirme? —pregunto con una sonrisa—. Cuanto más sucio, mejor.
Una vez se han ido mis amigos, me dirijo hacia la isla de la cocina para revisar todos los documentos que mi madre me dejó en la encimera. Mis padres estuvieron aquí ayer para hacer los últimos preparativos antes de la mudanza, lo que significa que mi madre llenó la nevera y se aseguró de que tuviera todos los documentos importantes a mano, mientras mi padre se enzarzaba con su contratista.
Me siento en un taburete alto de cuero negro y suspiro al revisar la gran pila de papeles. La información es tan aburrida como esperaba.
Paso las páginas hasta que una me llama la atención. Es un mapa ilustrado de la propiedad de Meadow Hill, de modo que me inclino hacia delante y me apoyo sobre los antebrazos para estudiarlo. ¿Por qué todos los edificios están bautizados con nombres de árboles? El mío se llama Abedul Rojo. El de al lado es Pino Plateado. Fresno Blanco, Sauce Llorón y Arce Azucarero. El edificio principal se llama Sicómoro, que es donde están nuestros buzones. También contamos con un guardia de seguridad las veinticuatro horas en el acceso al complejo. Eso está bien.
Aparto el mapa e intento concentrarme en la siguiente página, pero es muy aburrida de leer. Como ha dicho Diana, la asociación de propietarios se reúne cada dos semanas y me invitan a asistir. Pero ¿dos veces al mes? ¿Qué clase de asociación de propietarios tiene que reunirse tan a menudo? ¿Y en domingo? Ya, ni muerto me verán en un peñazo de reunión vecinal en la que las madres futboleras y sus maridos frustrados sexualmente discuten sobre las normas de la piscina y cuándo poner en marcha sus cortacéspedes. Me niego a ser tan mundano.
Las ordenanzas sobre el ruido no tienen ningún sentido. Dicen que no se puede hacer ruido después de las nueve de la noche entre semana, excepto los viernes, cuando la hora límite son las once de la noche. No se puede hacer ruido después de medianoche los fines de semana, excepto los domingos, que solo se permite hacer ruido hasta las diez de la noche. Básicamente, ni el viernes ni el domingo cuentan como fin de semana, y la única noche en la que puedes divertirte es el sábado. De acuerdo.
Cuando llevo la mitad de la pila, me rindo. Ya terminaré el resto más tarde. Mi cerebro no está preparado para tanto aburrimiento.
Me dirijo a mi nuevo dormitorio. Mi método para empaquetar las cosas de mi habitación de la antigua casa fue muy práctico. Para gran consternación de mi madre, metí la mayor parte de mi ropa y sábanas en bolsas de basura. No es agradable, pero sí eficiente. Hurgo en la bolsa de ropa de cama y encuentro un juego de sábanas y fundas de almohada nuevas. En otra bolsa hay un edredón y una colcha. Después de hacer la cama, me siento a los pies de la misma, saco el teléfono del bolsillo y marco el número de mi madre.
—¡Hola! —responde con alegría—. ¿Ya has terminado?
—Sí, los chicos se acaban de ir. El sofá, la televisión y la cama ya están montados.
—Bien. ¿Qué te parece el apartamento en general? ¿Te gusta? ¿Te parece bien la gama de colores que elegimos para la cocina? ¿Y el salpicadero? Pensé que los azulejos blancos se verían más elegantes.
—Todo está genial —le aseguro—. Lo digo en serio. Gracias de nuevo por todo lo que has hecho. Ni yo mismo podría haberlo decorado tan bien.
Mi madre lo escogió todo, literal: las muestras de pintura, el diseño de las paredes, los cachivaches en los que probablemente ni siquiera hubiera pensado, como escurreplatos y perchas.
—No hay problema —dice—. Lo que sea por mi hijo. ¿Has…? ¡Maryanne! ¡No! ¡Dame ese bicarbonato de sodio! —Su voz se oye amortiguada mientras reprende a mi hermana pequeña. Luego regresa y vuelvo a escucharla con claridad—. Lo siento. Tu hermana me está volviendo loca. Está intentando construir un cohete de agua modificado.
—Perdona, ¿cómo dices?
—Aprendieron a construir minicohetes de agua en el campamento la semana pasada, y tu hermana ha encontrado la manera de modificarlo para que tenga más potencia. —Mi madre maldice en voz baja—. Es culpa nuestra por enviarla al campamento espacial.
—Pensaba que iba al campamento de geología.
—No, eso es en agosto.
Solo mi hermana pequeña asistiría no a uno, sino a dos campamentos de ciencias en un solo verano. Afortunadamente, eso no la convierte en una cerebrito porque es, sin duda alguna, la niña de diez años más guay que he conocido en mi vida. Maryanne es increíble. De hecho, mis padres también lo son. Siempre hemos estado muy unidos.
—Bueno, había algo más que quería preguntarte… —dice pensativa—. Ah, sí. Los otros tres apartamentos en Abedul Rojo. ¿Qué tal tus vecinos? ¿Has conocido a alguno?
—Solo a una. Estaba fuera de su apartamento completamente desnuda cuando hemos llegado.
—¿Qué? ¿Estás de broma? —jadea mi madre.
—No. Estaba persiguiendo a un gato y se le ha caído la toalla. El mejor accidente que he presenciado en mi vida.
—No seas grosero, Shane.
Me río para mis adentros.
—Lo siento, pero no tienes nada de qué preocuparte. Ella me odia, así que todo va bien.
—¿Qué? Eso no suena nada bien. ¿Por qué no le gustas?
—Oh, la conozco de Briar, es amiga de una amiga. No pasa nada. Realmente no la considero una vecina. Estoy seguro de que los demás son geniales y nada desagradables.
Charlamos un poco más y hago planes para volver un par de días a casa, en Vermont, a finales de semana. En cuanto cuelgo, me pregunto quién más estará en la ciudad esta semana. Si algún viejo amigo del instituto está de visita durante las vacaciones de verano y…
«¿A eso nos dedicamos ahora? —se burla una voz en mi cabeza—. ¿A mentirnos a nosotros mismos?».
A tomar por culo. Vale. Me pregunto si Lynsey estará allí. Y sé que no debería preguntármelo. Ni debería importarme. Porque rompimos hace poco más de un año, y eso es mucho tiempo para seguir pensando en alguien, joder.
Por suerte, me vibra el teléfono cuando me llega un mensaje, lo que evita que piense en lo patético que soy por seguir colgado de mi exnovia.
Crystal: ¿Ya te has instalado?
La he conocido en la ciudad hace unas horas, cuando los chicos y yo estábamos tomando un café en Starbucks antes de venir aquí. Es guapa. Pelo oscuro y brillante. Una gran sonrisa. Un canalillo más grande si cabe. Hemos intercambiado números mientras esperábamos en la cola, lo que ha hecho reír a Beckett y Will.
Como necesito encauzar mi cabeza lo antes posible, no tardo en escribir una respuesta para Crystal. Lo último que quiero hacer esta noche es quedarme aquí sentado obsesionándome con mi ex. No pienso darle el gusto. Pero sí me lo voy a dar a mí mismo.
Yo: ¿Quieres pasarte esta noche?
Crystal: Sí, podría acercarme. Mañana no tengo campamento de animadoras.
Supongo que también debería mencionar que Crystal es animadora en Briar. Sí. Otra compañera de equipo de Diana.
Aquí me tenéis, rompiendo todas las normas de Dixon.
Yo: Te enviaré un mensaje con la dirección.
—¡Joder, me meo viva! ¡Aparta! ¡Apártate, Diana! ¡Déjame pasar!
Gigi Graham entra a toda prisa por la puerta y prácticamente me empuja contra el armario del pasillo. Tenemos planes para cenar esta noche, pero en lugar de esperarme en la entrada del edificio Sicómoro como se suponía que habíamos acordado, ha usado su llave de repuesto para acceder al vestíbulo y ha aparecido en mi apartamento con una emergencia urinaria.
Sus sandalias golpean el parqué mientras corre hacia el baño como una loca. Tiene demasiada prisa como para cerrar la puerta y, segundos después, escucho el leve sonido del fluido que golpea la porcelana.
—¿Dónde están tus modales? —grito.
—Desaparecieron después del tercer café helado. Cometí el error de beberme otro de un trago justo antes de salir de Boston para venir a buscarte.
—Café helado, ¿eh? ¿Estás segura de que no estás… ya sabes…?
—¿Qué?
—Embarazada, Gigi.
Se oye un jadeo fuerte y estrangulado.
—¿¡Qué!? ¡Por Dios, no! Que me haya casado no significa que esté preparada para tener hijos. He bebido demasiado en el coche y no me apetecía parar. Créeme, serías la primera persona a la que llamaría si me quedara embarazada. Porque perdería los papeles por completo.
La cisterna suena. La oigo lavarse las manos y después vuelve a la cocina, mucho más relajada.
Desvía la mirada hacia la mesa de café, donde se detiene.
—¿Has adoptado a un gato?
Debido al caos que ha generado la mudanza de Shane al piso de al lado, me había olvidado de Lucy. Está acurrucada bajo la mesa, moviendo la cola con nerviosismo. Le he escrito a Priya para decirle que se la devolvería cuando saliera a cenar.
Entonces, Lucy se da cuenta de mi mirada y suelta un maullido quejumbroso.
—Ah, ¿estás enfadada conmigo? ¿En serio? ¿Me pillan desnuda delante del mujeriego de mi vecino porque decides ponerme a prueba y yo soy la mala? —Me vuelvo hacia Gigi y respondo a su pregunta—. Es la gata de mi vecina y es un demonio. Tenemos que dejarla abajo cuando salgamos.
—Espera, ¿te refieres a Shane? —Gigi se echa a reír—. ¿Shane te ha visto desnuda?
—Me he caído cuando Lucy ha salido corriendo y se me ha escurrido la toalla justo cuando Shane subía las escaleras —gruño—. Odio que Lindley me lleve ventaja. Verme desnuda le ha dado munición de por vida. —Miro hacia arriba con exasperación—. ¿Qué he hecho para merecer esto?
—¿Por qué estás hablando con el techo?
—No estoy hablando con el techo. Estoy hablando con el universo.
—¿Por qué el universo está ahí arriba? Está a nuestro alrededor.
—Vale, entonces estoy hablando con los dioses. Con los cincuenta.
—Qué rara eres, tía. —Se aleja de la encimera—. Bueno, ¿nos vamos?
El sonido de sus sandalias al pisar las baldosas de la cocina no es más fuerte que el de la caída de un bolígrafo para mis oídos, pero para mi vecino Niall, nuestros pasos bien podrían haber sido una avalancha de ollas y sartenes que caen del techo.
—¡No hagas tanto ruido! —grita su voz apagada desde abajo.
—Repito, ¿qué he hecho para merecer esto? —Doy un pisotón al suelo—. Si te molesta algo tan básico como caminar, Niall —grito—, ¡entonces mañana fliparás cuando me ponga a bailar!
—Supongo que vendrá Kenji —dice Gigi, divertida.
—Sí.
Kenji es un amigo del colegio y, más importante, mi compañero de baile. Este es nuestro tercer año como aspirantes a campeones de baile de salón, y no vamos a participar en una competición cualquiera. Estamos hablando del evento de baile amateur más grande del país, que se celebra todos los años en Boston.
Sí, amigos. Estoy hablando del Campeonato Nacional Avanzado de Bailes de Salón Amateur.
Antes se llamaba CNBSA, sin la primera A, pero muchos principiantes se lo tomaban muy a la ligera. ¡Dios no lo quiera! Así que ahora participamos a nivel AVANZADO, toma ya. Lo que significa que no cualquiera puede pagar la inscripción para competir. Los porteros del salón de baile no se andan con rodeos. De hecho, ni siquiera puedes clasificarte para el CNABSA sin pasar una ronda preliminar. Todos los participantes potenciales deben enviar un vídeo de dos minutos que muestre una rutina de la lista de bailes aprobados. Un jurado de tres miembros revisa cada vídeo de audición y da luz verde a las parejas que pueden competir.
Lo que significa que estoy ensayando para algo en lo que tal vez ni siquiera llegue a participar. Sin embargo, Kenji y yo nos clasificamos el año pasado, así que tengo muchas esperanzas de que lo consigamos de nuevo.
—Siempre estás haciendo mil cosas —se maravilla Gigi—. El equipo de animadoras, esto del baile…
—Solo son dos cosas.
—Vale, pero siempre te lanzas de cabeza a este tipo de eventos. Bastante caótico es tu horario de ensayo como para añadir el baile de salón a la mezcla, pero de alguna manera te las apañas para tomártelo igual de en serio. Si tuviera que concentrarme en algo aparte del hockey y esforzarme de la misma manera, sería una zombi. —Sacude la cabeza y cae en otra cosa—. ¡Y tienes dos trabajos! Es increíble. ¿Escondes algún poder sobrenatural?
Me encojo de hombros.
—La vida es demasiado corta para no hacer todas las cosas que quiero hacer.
—La vida también es agotadora. —Gigi resopla—. Para todos menos para ti, al parecer.
Es cierto que tengo demasiada energía. No se lo voy a negar.
Cojo mi bolso del sillón tapizado a cuadros que está al lado del sofá, me cuelgo la correa del hombro y me arrodillo frente a la mesa de café.
—Vamos, demonio. Es hora de volver a casa.
Lucy intenta alejarse, pero la atrapo a pesar de su maullido de protesta.
—No —ordeno—. Ya me he cansado de tus malos humos.
Consigo sujetar firmemente a la gata mientras cierro la puerta con llave y, luego, Gigi y yo bajamos el único tramo de escaleras hasta el primer piso. Lucy bufa con enfado cuando se la paso a una Priya muy aliviada.
—Gracias por cuidar de ella —dice Priya con los ojos oscuros brillantes de gratitud—. Habría subido corriendo para llevármela antes, pero no podía dejar a mi paciente solo en el apartamento.
—No te preocupes. Aunque seguro que a Niall no le ha gustado oír sus maullidos retumbando por los pasillos mientras merodeaba por el edificio.
El hombre con el sentido del oído más agudo del planeta lo confirma.
—¡Esto es inaceptable! —se queja una voz apagada desde detrás de la puerta del 1.º B.
—¡Oh, cállate ya, Niall! —grita Priya.
Mi mejor amiga niega con la cabeza mientras salimos del pequeño vestíbulo y caminamos por el amplio sendero que hay frente a mi edificio.
—¿Qué? —inquiero.
—¿Sabes? Puede que tu madre tenga razón sobre este apartamento. Ni siquiera puedes caminar por tu propia cocina sin que te griten. Es ridículo.
Cuando se resolvió la herencia de la tía Jennifer, mi madre quería que vendiera el apartamento y me quedara con el dinero, como hizo mi hermano pequeño con el apartamento de Boston. Pero Thomas y yo somos criaturas muy diferentes. A pesar de lo que piensa la mayoría de la gente cuando me conoce, soy una persona bastante hogareña. Me encanta salir, claro, pero también me gusta quedarme en casa y, a veces, incluso lo prefiero.
Thomas, por otro lado, es un culo inquieto. Su sueño es trabajar para una organización internacional como Médicos Sin Fronteras al terminar la carrera de Medicina. Se graduó del instituto esta primavera, y ahora se está tomando un año sabático para explorar el mundo y hacer voluntariado en un par de organizaciones benéficas. El dinero de la venta del apartamento de la tía Jennifer no solo financiará sus viajes, sino que también cubrirá la matrícula de la Facultad de Medicina.
A mí me dieron una beca completa para Briar, lo que significa que no tengo que pagar la universidad, y explorar el mundo no me interesa mucho. Así que, en realidad, no necesito el dinero. Excepto tal vez para pagar a un manitas de verdad. Pero nunca le diría eso a mi madre. No quiero darle la satisfacción de saber que mi situación doméstica no es tan maravillosa como cree.
Mi madre nunca ha tenido muchas expectativas puestas en mí, pero ya me he acostumbrado. Me molesta, claro, pero no hay nada que pueda hacer para cambiar el modo en que me ve. Y la verdad es que no le guardo ningún rencor a mi madre. Simplemente, no tenemos mucha relación. Tenía doce años cuando mis padres se divorciaron, y escogí vivir con mi padre porque no es tan estricto. Mi madre tenía una larga lista de reglas que yo debía respetar. Vivir lejos de ella creó una barrera en nuestra relación que no pudimos romper. Una distancia que no pudimos superar.
Tampoco ayuda que piense que soy idiota. Lo digo en serio. A ojos de mi madre, cualquiera con un coeficiente intelectual inferior a 150 está por debajo de ella.
Gigi y yo cenamos en una hamburguesería en Hastings, donde charlamos sobre nuestros planes de verano mientras esperamos a que traigan nuestra comida.
—¿De verdad no puedes venir a Tahoe? —Es incapaz de ocultar su decepción.
La familia de Gigi pasa todos los agostos en el lago Tahoe, pero este año solo se quedarán dos semanas porque Gigi se casa a finales de mes. Resulta algo innecesario, si tenemos en cuenta que ella y Ryder se casaron en secreto en abril. Pero sus padres (bueno, principalmente su padre) obligaron a Gigi a celebrar una boda en condiciones.
—No puedo —digo con pesar—. Tengo que trabajar.
Resulta casi imposible encontrar trabajo en Hastings, sobre todo durante el año académico. Si quieres un trabajo estable, debes conducir durante una hora hasta Boston, lo que suele llevar más tiempo a gente que, como yo, no tenemos coche. Cuando conseguí este trabajo de camarera en el restaurante de la ciudad, no me lo pensé dos veces. Es un sacrificio necesario: trabajo en el Della’s durante el verano y me aseguro un trabajo para el otoño. También soy entrenadora en un campamento juvenil de animadoras en julio y agosto, así que tampoco podría haber ido a Tahoe.
—Tendré algunos fines de semana libres y muchas noches entre semana —le digo a Gigi—. Así que tendré tiempo para ir a verte a Boston o ayudarte con cosas de la boda. Podré acompañarte a las pruebas del vestido y todo eso.
—Ah, no te preocupes. Mi tía Summer se está encargando de todo. —Suspira—. Seguro que empezarás a recibir al menos dos correos electrónicos al día.
No tiene ni idea. Ya los estoy recibiendo. Estoy planeando la despedida de soltera de Gigi con su otra dama de honor, Mya, la excompañera de cuarto de Gigi. Y la tía Summer ya se nos ha echado encima. Insiste en participar en nuestros planes, a pesar de que ni siquiera forma parte del séquito nupcial. La mujer es un torbellino caótico con ropa de diseñador.
—Es increíble que vaya a ir a tu boda sin acompañante —digo cuando caigo en la cuenta.
—Podrías ir con Shane.
Me río tan fuerte que la pareja sentada a nuestro lado nos mira.
—Vale. Shane queda descartado. —Ahora parece incómoda—. Te sugeriría que le preguntaras a Percy, ya que insistes en seguir siendo su amiga, pero, sinceramente, preferiría que no viniera. También preferiría que te olvidaras de eso de ser amigos.
—No tienes de qué preocuparte. Solo se lo dije por ser amable. —Dudo. —Y ahora me arrepiento. Antes me ha escrito para preguntarme si me apetecía salir con él.
—Espero que le hayas dicho que no.
—No le he contestado.
—Bien, no lo hagas.
Sonrío.
—No te gustaba nada, ¿eh?
—No. Era un poco idiota —admite, aunque no es la primera vez que lo dice.
Durante los seis meses que duró mi relación con Percy, a menudo hablaba con Gigi sobre lo que pensaba ella de mi exnovio. La principal pega que le ponía era la diferencia de edad, aunque, si soy sincera, aquello era parte de su atractivo y fue el factor decisivo que me llevó a seguir con él durante tanto tiempo, pese a que a los pocos meses ya era evidente que éramos incompatibles.
Percy tiene veintiséis años y, aunque cinco años no es mucha diferencia en el contexto general de las cosas, sí que marca una diferencia cuando estás en la veintena. Muchos chicos que conozco de veinte o veintiún años parecen chiquillos en comparación con los que he conocido de veinticinco o veintiséis.
La madurez de Percy me atrajo hacia él. No puedo negar que era excitante estar con alguien mayor. Era muy seguro de sí mismo y se mantenía firme con sus opiniones y sus objetivos. Era dulce y atento. Me trataba como una compañera valiosa y no como una muñeca sexual glorificada, que es como me trataban muchos hombres a los que he tenido la desgracia de conocer. Era un perfecto caballero.
Al menos, lo fue al principio.
En cuanto lo conocí mejor, me di cuenta de que no es seguro, sino susceptible. Es obstinado, sí, pero de una manera condescendiente. Y ese hombre dulce y atento tenía la costumbre de enfurruñarse cuando algo no salía como él quería.
—Fue muy posesivo cuando salimos todos juntos aquella vez —me recuerda Gigi. Hace una mueca—. Ah, y te dijo que te quería mientras lo hacíais. Eso es rarísimo.
Razón no le falta. Percy podía ser… intenso cuando se trataba de compartir sus sentimientos. La primera vez que soltó las dos palabras mágicas fue mientras se corría. No le respondí y, a juzgar por el brillo molesto de su mirada, aquello no le hizo ni pizca de gracia. Le dije en broma que los «te quiero» pronunciados mientras se mantienen relaciones no se pueden tomar en serio debido a las endorfinas. Entonces, unas semanas después, me invitó a cenar y, mientras compartíamos el postre y usábamos la misma cuchara, lo repitió, y esa vez lo dijo muy en serio.
De nuevo, no le respondí.
Para mí, estas cosas llevan su tiempo. Solo le he dicho a un novio que lo quería, y llevábamos más de seis meses saliendo. Sin embargo, cuando Percy y yo cumplimos los seis meses y todavía no sentía nada más allá de un «supongo que me gusta», fue una clara señal de que no éramos compatibles.
Eso y el hecho de que estrellara un vaso contra la pared.
Sí.
Nunca se lo he contado a Gigi. No quería darle más motivos para odiar a mi novio. No obstante, tras una discusión telefónica con su hermano mayor, Percy lanzó una copa llena de vino contra la pared de su sala de estar mientras yo, sentada en el sofá en completo silencio, observaba cómo explotaba en fragmentos de vidrio y las gotas de color rojo sangre empapaban la alfombra.
No voy a mentir: fue un chasco total. Sé que algunas personas necesitan dar rienda suelta a su rabia. A ver, he oído hablar de esas «habitaciones de la rabia» en las que la gente paga dinero para destrozar televisores y jarrones viejos con bates de béisbol. Y aunque yo también tengo mal carácter, nunca he roto nada en un brote de ira. Ver a Percy perder los estribos de esa manera por una pelea tonta con su hermano porque no irá en Acción de Gracias me dio un poco de repelús. Rompí con él tres días después.
Le deben de estar pitando los oídos a mi ex, porque elige ese momento para volver a escribirme. Vaya, ya van dos mensajes.
Sé que debería responder, pero no sé cómo comportarme con él. Cada vez que lo dejo acercarse un poco, intenta recuperarme.
—Joder, parece que se muere por verme esta noche —digo mientras leo los mensajes.
—Que se vaya a la mierda.
Sonrío y me como el último bocado de mi hamburguesa. Después de cenar, damos un paseo por la calle principal, entramos en algunas tiendas para ver baratijas hechas a mano y ropa exclusiva, y luego Gigi me lleva a casa. Debe volver a Boston esta noche, ya que se quedará con sus padres hasta que ella y Ryder se muden a su propia casa en septiembre.
—Ojalá estuvieras en la residencia este verano, así no tendrías que conducir más de una hora para pasar el rato conmigo —me quejo de morros.
—La verdad es que no creo que nos veamos mucho en los próximos dos meses. Tengo que organizar la maldita boda. Además, nos vamos a Arizona la semana que viene, así que Ryder está muy estresado. Por no hablar del viaje a Tahoe con la familia, a Italia con el marido y de la boda en sí.
Suelto un silbido.
—No veas. Estás hecha toda una viajera. Y deja de hacer las cosas al revés, ¿quieres? ¿Os fugáis, os vais de luna de miel y luego celebráis la boda? ¿Dónde has aprendido eso?
Resopla.