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Las aventuras de Huckleberry Finn es una obra que se inscribe en el canon de la literatura estadounidense, publicada en 1884. La novela sigue el viaje del joven Huck a lo largo del río Misisipí, donde se enfrenta a cuestiones de libertad, moralidad y amistad. Twain emplea un estilo de realismo y un lenguaje coloquial que captura la voz del sur de Estados Unidos, lo cual no solo enriquece la narración, sino que también la sitúa en un contexto socio-histórico marcado por la esclavitud y las tensiones raciales. La obra está escrita en forma de una narrativa en primera persona, permitiendo al lector adentrarse en los pensamientos y sentimientos del protagonista mientras navega por un paisaje tanto físico como moralmente complicado. Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, fue un escritor y humorista nacido en 1835 en Missouri, cuyas experiencias en el sur de Estados Unidos y su trabajo como río navegante influyeron en su escritura. A menudo considerado el padre de la literatura estadounidense moderna, Twain utilizó su pluma para criticar las injusticias sociales y explorar la naturaleza humana. Recomiendo encarecidamente Las aventuras de Huckleberry Finn a cualquier lector que busque una comprensión profunda de la sociedad estadounidense de la época y un relato cautivador que combina crítica social con un sentido de aventura y camaradería. La obra de Twain sigue siendo relevante y resuena en nuestras discusiones contemporáneas sobre la moralidad, la libertad y la amistad. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Un niño a la deriva, un río inmenso y una conciencia que despierta contra la corriente de su tiempo. Esa imagen inicial condensa el corazón de Las aventuras de Huckleberry Finn: el choque entre la libertad íntima y las reglas de una sociedad que pretende domesticarla. En la balsa que desciende el Mississippi se juega algo más que una travesía; se ensaya una ética que desconfía de las ceremonias, de las jerarquías y de las verdades recibidas. El paisaje fluido, amplio y cambiante se convierte en espejo y prueba de un carácter que aprende navegando a tientas, sin mapa más seguro que su propia intuición moral.
La condición de clásico de este libro no depende solo de su fama escolar, sino de su energía artística y su capacidad de interpelar a generaciones distintas. Mark Twain compuso una narración de aventuras que es, a la vez, sátira social, novela de iniciación y crónica de un país en transformación. Su humor, a menudo acerado, logra que lo placentero de la lectura conviva con interrogantes hondos sobre justicia, compasión y pertenencia. Esta doble virtud —placer y pensamiento— explica su circulación perdurable y el modo en que, una y otra vez, los lectores encuentran en sus páginas un espejo inquietante.
El autor de la obra, Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, escribió la novela a partir de la década de 1870, con períodos de pausa, y la llevó a publicación en 1884 en el extranjero y en 1885 en Estados Unidos. Ambientada en el período anterior a la Guerra Civil estadounidense, sitúa su acción a lo largo del río Mississippi y en poblaciones ribereñas del Sur. La premisa es sencilla y sugestiva: un muchacho, Huck Finn, narra en primera persona cómo emprende una fuga que pronto lo une a Jim, un hombre esclavizado que busca su libertad; juntos descienden el río y enfrentan episodios diversos.
Uno de los logros decisivos del libro es la voz narrativa. Twain arriesgó una escritura que reproduce hablas vernáculas, acentos y ritmos locales, algo inusual en su tiempo dentro de una novela de ambición nacional. La perspectiva de Huck, con su mezcla de ingenuidad, picardía y lucidez, ordena la experiencia y filtra el mundo adulto. Esta elección fortalece el realismo de la obra y, al mismo tiempo, subraya la distancia entre las certezas “respetables” y el juicio espontáneo del narrador. El resultado es un relato de camino, picaresco y cambiante, donde la lengua se vuelve escenario de conflicto y descubrimiento.
En el centro late una tensión moral: obedecer las normas o atender a la compasión. La amistad entre Huck y Jim, forjada en la intemperie, interroga de modo directo la institución de la esclavitud y la lógica de los prejuicios. La novela no expone tesis, prefiere mostrar situaciones en las que la lealtad, el miedo y el sentido común chocan con códigos aceptados. Esa apuesta por la experiencia concreta permite que el lector perciba cómo se forma, vacila y se fortalece una conciencia, sin discursos doctrinarios, a partir de decisiones pequeñas que, sumadas, delinean un carácter.
Twain despliega una sátira que apunta a múltiples blancos: el sentimentalismo fácil, la violencia ritualizada, la superstición, la impostura intelectual y las pretensiones de respetabilidad. Las comunidades ribereñas, sus conflictos domésticos y sus formas de autoridad quedan expuestos con ironía precisa. El humor, lejos de suavizar la crítica, la vuelve más incisiva. A través de episodios que no requieren ser anticipados aquí, el libro muestra cómo la credulidad, el afán de lucro y el prestigio mal entendido sostienen costumbres injustas. Esa mirada punzante no excluye la compasión; más bien la exige como contrapeso a la farsa.
La originalidad formal de la obra transformó la narrativa estadounidense. Su combinación de aventura episódica, realismo lingüístico y punto de vista juvenil abrió caminos para novelas de carretera, relatos de aprendizaje y textos que adoptan voces regionales con ambición universal. El río como estructura —un curso que avanza y obliga a decisiones— brinda una arquitectura flexible, apta para incorporar personajes, climas y tonos distintos, sin perder unidad. Esta elasticidad técnica contribuye a su vitalidad: el libro respira, se expande y, al volver a leerse, revela conexiones y resonancias que una primera lectura apenas sugiere.
Desde su aparición, el libro generó entusiasmos y recelos. En distintos momentos fue cuestionado por su lenguaje y por el tratamiento de la cuestión racial, lo que derivó en debates públicos y, en ocasiones, en restricciones escolares. Tales controversias, aunque disímiles, confirman su potencia incómoda y su insistencia en poner en primer plano las contradicciones de su época. Lejos de agotar la lectura, han estimulado nuevas aproximaciones críticas y pedagógicas que procuran contextualizar el texto, leer sus ambivalencias y reconocer tanto su audacia estética como sus tensiones históricas.
La influencia de Las aventuras de Huckleberry Finn se percibe en autores posteriores que exploraron la voz juvenil, el viaje como aprendizaje y el examen moral del país. Su huella alcanza a novelistas del siglo XX para quienes el habla viva y el paisaje estadounidense son materia literaria principal. Escritores como Ernest Hemingway destacaron su centralidad, y la crítica ha señalado afinidades y debates con figuras como William Faulkner, Ralph Ellison o Toni Morrison. Esa conversación, hecha de admiraciones y reservas, muestra que el libro no es reliquia, sino un interlocutor que obliga a afinar argumentos y poéticas.
El Mississippi, más que escenario, funciona como principio ordenador. Es libertad de movimiento y también riesgo, promesa y extravío. En sus márgenes, la identidad se vuelve menos fija, las jerarquías se aflojan y se prueban alianzas improbables. La balsa, espacio frágil y móvil, establece un contraste con la rigidez de la orilla, donde pesan la propiedad, el honor mal entendido y la costumbre. Ese juego entre fluidez y arraigo da a la novela una imaginería poderosa que sostiene la emoción de la aventura y acompaña el vaivén de dudas, descubrimientos y lealtades que moldean a sus protagonistas.
Leer hoy la novela permite advertir su rara combinación de entretenimiento y profundidad. La prosa es ágil, la trama ofrece peripecias memorables y, sin embargo, la emoción no se limita al suspenso: deriva de un examen persistente de lo que significa actuar bien cuando la ley se aparta de la justicia. Esa fusión crea una experiencia de lectura que, sin requerir erudición, recompensa la atención. En cada vuelta del viaje, la comedia y la amenaza conviven, y el lector reconoce que la madurez, más que un punto de llegada, es una práctica exigente y siempre incompleta.
En última instancia, Las aventuras de Huckleberry Finn perdura porque vincula el deseo de libertad con la obligación de mirar de frente las desigualdades que una sociedad produce. Sus preguntas sobre amistad, responsabilidad y coraje cívico siguen resonando en debates contemporáneos sobre pertenencia, racismo y autoridad. Regresar al libro no es solo rendir homenaje a un clásico, sino aceptar una invitación a desconfiar de lo obvio, a escuchar voces distintas y a imaginar formas más justas de convivencia. En la corriente de sus páginas, el presente encuentra un espejo móvil y un horizonte siempre abierto.
Publicada por primera vez en 1884 en el Reino Unido y en 1885 en Estados Unidos, Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain es una novela de iniciación y sátira social ambientada antes de la Guerra Civil estadounidense, a lo largo del río Misisipi. Narrada en primera persona por Huck, un muchacho que el lector conoció en Las aventuras de Tom Sawyer, la obra explora tensiones entre libertad y autoridad, conciencia individual y normas colectivas, racismo y humanidad. El relato combina episodios de viaje con observación crítica de costumbres, y emplea una variedad de hablas regionales que apuntalan su realismo y su ironía.
Inicia con Huck viviendo con la viuda Douglas y su hermana, la señorita Watson, quienes intentan civilizarlo mediante educación religiosa y modales. El regreso de su padre, un hombre alcohólico y violento, introduce el conflicto doméstico: el control coercitivo frente al impulso de independencia. Pap secuestra a Huck y lo lleva a una cabaña apartada, donde el niño experimenta tanto la brutalidad como la astucia necesaria para sobrevivir. La tensión entre obedecer y escapar se intensifica cuando el sistema legal y comunitario se muestra incapaz de protegerlo, preparando el terreno para una decisión radical que desencadena el eje del viaje.
Huck finge su muerte y huye a la isla Jackson, donde descubre a Jim, el hombre esclavizado por la señorita Watson, que ha escapado al temer una venta al sur. La alianza entre ambos nace de la necesidad y se convierte en compañía, con un pacto tácito de cuidado mutuo. Arman una balsa y bajan por el Misisipi con la intención de alcanzar Cairo, en Illinois, para desde allí intentar llegar a territorio libre por el río Ohio. La naturaleza del río ofrece refugio y riesgo a la vez, y el secreto compartido exige a Huck replantearse prejuicios heredados.
El trayecto se articula en episodios donde el azar y la precariedad ponen a prueba su ingenio. Una niebla espesa los separa y revela la fragilidad de los planes. Un naufragio expone a ambos a criminales y a la indiferencia moral que Twain denuncia de modo recurrente. Encuentros con barqueros, patrones de vapor y orillas cambiantes subrayan la incertidumbre de viajar de noche y ocultarse de día. En cada traba, Huck evalúa qué significa ser leal, y cómo esa lealtad choca con las costumbres de su entorno, que consideran a Jim una propiedad antes que una persona.
En tierra firme, Huck convive con una familia acomodada cuyo mundo de modales refinados contrasta con una antigua enemistad sangrienta con sus vecinos. La hospitalidad y la violencia coexisten en una estructura social que justifica duelos, honra y venganzas. Twain utiliza esta etapa para escarbar en la lógica del orgullo y la tradición que enmascara impulsos destructivos. El episodio, al tiempo que amplía el mapa humano del sur anterior a la guerra, refuerza en Huck la idea de que el orden respetable puede ocultar brutalidad, y que la seguridad aparente de los hogares no garantiza justicia ni compasión.
Más adelante, la balsa recoge a dos estafadores ambulantes que se autoproclaman nobles exiliados y convierten el viaje en un teatro de engaños. Con farsas, sermones impostados y espectáculos burdos, explotan la credulidad de pueblos ribereños y dejan tras de sí tensiones y humillaciones. Su mayor treta involucra a una familia en duelo y una herencia disputada, donde Huck observa cómo la mentira organizada se disfraza de legalidad y religión. La sátira apunta a la facilidad con que la autoridad aparente seduce a comunidades enteras, mientras el narrador afila su juicio moral ante el sufrimiento causado por la avaricia.
Las maniobras de los impostores agravan los peligros para Jim y comprometen la discreción de la balsa. El espectro de la captura se vuelve más cercano a medida que descienden por regiones donde la vigilancia sobre personas esclavizadas es más estricta. Huck se ve forzado a decidir entre su educación, que le dicta deberes legales, y una conciencia que lo impulsa a proteger a su amigo. La novela intensifica el conflicto ético sin resolverse del todo en esta fase, mostrando cómo el miedo, la complicidad social y el interés económico convergen para sostener prácticas que deshumanizan.
Hacia el tramo final, circunstancias fuera de su control separan a los compañeros, y Huck debe improvisar en un entorno rural donde reaparece una figura conocida que trastoca los planes. Las soluciones que se proponen combinan audacia e imprudencia, multiplicando los obstáculos prácticos y morales. Twain redobla el tono paródico en contraste con la seriedad del dilema central, subrayando la distancia entre el juego y la vida real. Sin revelar desenlaces, esta sección plantea hasta qué punto es posible conjugar ingenio y compasión en un contexto legal injusto, y qué costos trae esa elección para los involucrados.
Más allá de la peripecia, la novela perdura por su examen de la conciencia individual frente a leyes y costumbres que legitiman la esclavitud, por su retrato del habla popular y por su crítica a la hipocresía institucional. Twain propone una meditación sobre la libertad personal, la amistad improbable y la responsabilidad de actuar según un criterio ético propio. Su vigencia reside en la capacidad de interpelar al lector acerca de prejuicios normalizados y del poder del lenguaje para humanizar o degradar. Las aventuras de Huckleberry Finn sigue dialogando con el presente al escrutar la moral de una sociedad en tránsito.
Las aventuras de Huckleberry Finn, publicada en Gran Bretaña en 1884 y en Estados Unidos en 1885, sitúa su acción en la cuenca del río Misisipi antes de la Guerra de Secesión. El escenario combina poblaciones de un estado esclavista, Misuri, con márgenes de estados libres como Illinois, bajo instituciones que ordenaban la vida: la esclavitud racial, la autoridad patriarcal, iglesias protestantes muy influyentes y un mercado en expansión. La obra mira retrospectivamente ese mundo desde la posguerra, pero retrata costumbres, hablas y conflictos morales de la década anterior al conflicto bélico, cuando el río articulaba economías regionales y la legalidad permitía la propiedad de personas de ascendencia africana.
El Misisipi era, en el siglo XIX, la arteria logística del interior norteamericano. Desde las décadas de 1820 y 1830, el auge de los barcos de vapor multiplicó el tráfico de mercancías y pasajeros, conectando granjas, aserraderos y puertos como San Luis y Nueva Orleans. La navegación implicaba riesgos de bajíos, meandros y choques, pero también posibilitaba empleos, movilidad y noticias. En torno a los embarcaderos surgieron oficios, ferias y espectáculos ambulantes. Ese entorno fluvial, con su mezcla de modernidad técnica y precariedad, se refleja en la obra como espacio de tránsito y de escape, en contraste con la fijeza de las plantaciones y pequeñas comunidades ribereñas.
La esclavitud era el eje institucional del valle bajo del Misisipi. Aunque el comercio transatlántico se prohibió en Estados Unidos en 1808, el tráfico interno de personas esclavizadas creció con la expansión algodonera y azucarera. Nueva Orleans fue uno de los mayores mercados del país, y Misuri, admitido como estado esclavista en 1821, vinculó el alto Misisipi a esas corrientes económicas. La ley establecía la condición hereditaria de la esclavitud, imponía vigilancia y castigos, y permitía la separación de familias en ventas. El libro, al plasmar la cotidianidad de poblaciones donde la esclavitud era legal, muestra la normalización social de esa institución y las tensiones morales que generaba.
El marco legal reforzaba la captura de personas fugitivas. La Ley de Esclavos Fugitivos de 1793, y más tarde la de 1850, autorizaron la persecución y devolución de quienes escapaban, incluso en estados libres, y penalizaron a quienes los auxiliaran. Antes de 1850 ya existían patrullas y recompensas, y muchos estados del Norte aprobaron leyes de libertad personal para frenar abusos. En la frontera entre Misuri e Illinois, las diferencias jurídicas creaban zonas grises: cruzar el río podía significar un riesgo distinto según el lugar y la época. La novela explora ese choque entre ley y conciencia, al mostrar personajes enfrentados a mandatos legales que consideran inmorales.
Los movimientos abolicionistas cobraron fuerza desde la década de 1830, con periódicos como The Liberator y sociedades antiesclavistas que apelaban a la opinión pública, las iglesias y el sistema judicial. El Ferrocarril Subterráneo articuló redes clandestinas de apoyo y rutas hacia el Norte y Canadá. En la región de San Luis, casos como el de Dred Scott, iniciado en Misuri y resuelto por la Corte Suprema en 1857 negando ciudadanía a las personas negras, mostraron la pugna entre jurisdicciones y derechos. La obra de Twain proyecta ese ambiente de discusión nacional, situando la acción en un paisaje fronterizo donde la ayuda a fugitivos podía ser heroísmo o delito.
La cultura popular de la época difundió ideologías raciales a través de espectáculos y caricaturas. El minstrel show, muy extendido en la primera mitad del siglo XIX, codificó estereotipos que circularon por teatros, ferias y prensa ilustrada. La recepción visual del libro se inserta en ese entorno: su primera edición incluyó ilustraciones de E. W. Kemble, dibujante formado en las convenciones gráficas de su tiempo. En la prosa, la sátira de Twain pone en escena prejuicios cotidianos, credulidades y abusos de poder, de manera que el lector confronta lugares comunes de la cultura racial dominante sin que el texto abandone el registro verosímil de la vida ordinaria.
El trasfondo religioso del Medio Oeste y el Sur estaba marcado por el Segundo Gran Despertar, con avivamientos, camp meetings y una expansión de denominaciones bautistas y metodistas. Organizaciones de temperancia, sociedades bíblicas y escuelas dominicales promovían reformas morales y disciplina social. La predicación insistía en la conversión individual y en códigos de conducta, pero convivía con jerarquías y discriminaciones. Twain, criado en un ambiente donde la retórica piadosa era ubicua, satiriza en la novela la distancia entre lo proclamado y lo practicado. Esa crítica no niega la centralidad de la religión en la vida cotidiana, sino que examina sus usos sociales y su potencial de hipocresía.
La cultura del honor y el recurso a la violencia extralegal formaban parte de muchas comunidades de la frontera y del Sur, donde la autoridad formal era limitada o precaria. Feudos locales, vendettas, duelos y linchamientos aparecían con frecuencia en la prensa de la época. Junto a ello proliferaban curanderos, espectáculos de variedades y estafadores que explotaban la credulidad pública. La novela recoge ese clima de volatilidad y credulidad, al situar a sus personajes entre poblaciones donde la justicia sumaria y el embuste convivían con la devoción y la decencia, subrayando cómo la opinión de la multitud podía bascular con rapidez entre la risa y la violencia.
El auge del algodón, facilitado por la desmotadora desde fines del siglo XVIII, y el cultivo de la caña en Luisiana dinamizaron la economía del Misisipi. Sostuvieron cadenas de crédito, seguros y transporte que beneficiaron a comerciantes y propietarios, apoyados en el trabajo forzado de personas esclavizadas. El pánico financiero de 1837 y sus secuelas mostraron la fragilidad del sistema, afectando a agricultores, peones y trabajadores del río. Los vapores movilizaban troncos, cereales, textiles y seres humanos en un circuito que unía pequeñas granjas con grandes plazas comerciales. La novela sitúa su peripecia en ese tejido económico, atento a precios, temporadas, empleos temporales y desigualdades estructurales.
Samuel Langhorne Clemens, conocido como Mark Twain, nació en 1835 en Florida, Misuri, y creció en Hannibal, a orillas del Misisipi. De adolescente trabajó como aprendiz de imprenta y tipógrafo, y en 1857 inició su formación como piloto de vapor, oficio que ejerció hasta el cierre del tráfico fluvial por la Guerra de Secesión en 1861. Su seudónimo procede del argot de los sondadores del río, marca de dos brazas de profundidad. La familiaridad técnica con corrientes, bancos de arena y oficios portuarios nutre la precisión de la novela. Su libro Life on the Mississippi (1883) recupera memorias e impresiones que alimentan esa reconstrucción.
Al estallar la guerra, Twain se alistó brevemente en una milicia confederada local en 1861, experiencia que luego narró con ironía. Pronto abandonó el conflicto y se desplazó al Oeste, donde se dedicó al periodismo y a la escritura humorística. Tras el éxito de relatos y conferencias, se consolidó como autor de alcance nacional. En los años 1880 apoyó públicamente la educación de afroamericanos; por ejemplo, costeó la formación del estudiante de derecho Warner T. McGuinn en Yale y más tarde participó en actos de recaudación para el Instituto Tuskegee. Esa trayectoria ilumina la sensibilidad ética con que aborda la esclavitud y el racismo en su ficción.
El clima literario de la posguerra civil favoreció el realismo y el regionalismo, con atención a tipos locales, oficios y hablas. Twain llevó al extremo la mímesis verbal al incluir múltiples dialectos en su narración, como explica en una nota preliminar. Ese interés por la oralidad lo emparenta con tradiciones de humor fronterizo y con la novela picaresca, pero también con corrientes etnográficas y lingüísticas de su siglo. El resultado desafió convenciones de decoro: la crítica discutió si el habla vernácula era arte o vulgaridad. En contexto, la apuesta estética se lee como intervención cultural que documenta, sin idealización, la textura social de la América interior.
La historia editorial del libro refleja tensiones de su tiempo. Se publicó primero en Londres a fines de 1884 y en Estados Unidos en 1885, bajo el sello de Charles L. Webster and Company, mediante el sistema de suscripción por agentes itinerantes. Las ilustraciones fueron de E. W. Kemble. La primera tirada estadounidense sufrió un retraso por la alteración obscena de una plancha, detectada y reemplazada antes de la distribución. En 1885, la Biblioteca Pública de Concord, Massachusetts, retiró la obra por considerar su lenguaje grosero. Las controversias acompañaron a robustas ventas, mostrando cómo el realismo satírico de Twain desafiaba normas morales y de gusto vigentes.
Entre 1865 y 1877, la Reconstrucción amplió derechos mediante enmiendas constitucionales y legislaciones federales, pero su retroceso posterior abrió paso a nuevas formas de segregación y violencia. En 1883, la Corte Suprema invalidó disposiciones clave de la Ley de Derechos Civiles de 1875, debilitando la protección frente a la discriminación privada. En la década de 1880 se afianzaron leyes y prácticas de separación racial en estados del Sur. Publicada en ese contexto, la novela reabría la memoria del orden esclavista ante un público que debatía el alcance de la ciudadanía negra, y forzaba a considerar la distancia entre emancipación legal y justicia social efectiva.
Los desarrollos tecnológicos y mediáticos transformaron la vida cotidiana. El telégrafo, expandido desde la década de 1840, aceleró la circulación de noticias que los diarios locales difundían junto a crónicas sensacionalistas. Los barcos de vapor siguieron dominando el comercio fluvial hasta la competencia ferroviaria avanzada. Circos, museos itinerantes, espectáculos de variedades y charlatanes de medicinas patentadas recorrían pueblos ribereños, difundiendo modas, canciones y engaños. Ese ecosistema cultural aparece en la obra como telón de fondo de la movilidad y del fraude, y explica la rapidez con que rumores, impresos y anuncios podían moldear la opinión o brindar oportunidades a quienes sabían explotarlos.
Las normas de género y autoridad doméstica asignaban a las mujeres el ideal de la verdadera feminidad, centrado en piedad, pureza y hogar, mientras el derecho de cohabitación y tutela situaba a los varones como jefes legales. La escolarización primaria se extendía, pero la disciplina infantil seguía ligada a modelos severos. Reformas de propiedad conyugal avanzaron de modo desigual según los estados a partir de mediados de siglo. La obra capta ese universo de expectativas, en el que la respetabilidad se medía por modales, vestimenta y obediencia, y confronta esa civilidad con experiencias de pobreza, itinerancia y orfandad habituales en la América fronteriza.
Así, la novela funciona como espejo y crítica de su época. Al reconstruir el valle del Misisipi anterior a la guerra desde la sensibilidad de la posguerra, confronta ley y conciencia, comunidad y multitud, progreso técnico y violencia estructural. El río encarna movilidad y ambigüedad, mientras la ribera fija normas, privilegios y castigos. La sátira expone prejuicios raciales, dogmas religiosos y credulidades populares sin convertirlos en caricaturas inverosímiles. Por eso su lectura ha suscitado debates continuados sobre su valor pedagógico y su historicidad. Más allá de la trama, la obra obliga a pensar cómo una nación recuerda, discute y disputa su propio pasado.
Samuel Langhorne Clemens, conocido mundialmente como Mark Twain, nació en 1835 en Missouri y murió en 1910 en Connecticut. Fue periodista, conferencista y, sobre todo, uno de los grandes narradores de lengua inglesa. Sus obras más célebres incluyen The Adventures of Tom Sawyer, Adventures of Huckleberry Finn, The Innocents Abroad y Life on the Mississippi. Con humor y sátira, retrató la vida estadounidense de su siglo, del río Mississippi a las fronteras occidentales y los salones europeos. Su prosa coloquial abrió camino a una voz literaria nacional, capaz de combinar entretenimiento popular con crítica moral y social sostenida.
Figura pública de enorme magnetismo, Twain encarnó al escritor moderno: profesional de la palabra, empresario cultural y observador incansable. Popularizó el libro de viajes humorístico, cultivó la novela de formación y experimentó con la fábula social y la ciencia ficción satírica. Su impacto trascendió la literatura: fue referencia del orador público, del periodismo narrativo y del humor como instrumento crítico. La perdurabilidad de su obra radica en su precisión verbal, su oído para los hablares locales y su capacidad para exponer las tensiones de la democracia estadounidense sin abandonar el placer de contar historias.
Creció en la ribera del Mississippi, en un entorno marcado por el trabajo artesanal, la imprenta y la navegación fluvial. Su educación formal fue limitada y pronto aprendió el oficio de tipógrafo, corrigiendo pruebas y componiendo páginas en periódicos locales. Esa práctica lo entrenó en la concisión, la agudeza de titulares y el pulso de la crónica. En su juventud trabajó como piloto de barcos de vapor, experiencia que le proporcionó un caudal de imágenes, jergas y ritmos que marcarían su estilo. El término “mark twain”, propio de la sonda fluvial, se convertiría en su seudónimo literario definitivo.
Sus influencias combinan tradiciones orales de anécdotas ribereñas, el humor sureño y la vena satírica del periodismo decimonónico. La lectura de clásicos en inglés y la Biblia modeló su oído para la cadencia, mientras que el contacto con periódicos metropolitanos lo acercó al realismo emergente. La amistad con escritores y editores influyentes, entre ellos defensores del cuento de “color local”, reforzó su apuesta por voces vernáculas. Viajes extensos por Europa, el Mediterráneo y el Pacífico ampliaron sus referencias y agudizaron su mirada comparativa, base de su prosa de viajes, en la que contrasta costumbres, lenguajes y mitologías nacionales.
Twain se dio a conocer con crónicas y cuentos periodísticos, entre ellos The Celebrated Jumping Frog of Calaveras County. Consolidó su reputación con el libro de viajes The Innocents Abroad (1869), irreverente ante reliquias, guías y solemnidades. Siguieron Roughing It, sobre el Oeste estadounidense, y un conjunto de conferencias que lo convirtieron en celebridad. Su ‘yo’ narrativo, curioso y burlón, formó un pacto con lectores internacionales: entretener mientras desmitificaba tópicos. Ese equilibrio entre comicidad y observación minuciosa abrió una veta que muchos imitarían, desde la crónica turística hasta el ensayo satírico de costumbres.
Con The Adventures of Tom Sawyer (1876) y Adventures of Huckleberry Finn (publicada en la década de 1880), Twain fijó un canon narrativo apoyado en la voz infantil y el habla coloquial del Mississippi. La primera idealiza y cuestiona, a la vez, los rituales de la niñez y del pueblo pequeño; la segunda, más audaz en su ética, enfrenta hipocresías sociales sin perder la ligereza del relato de aventuras. Aunque enfrentaron controversias por lenguaje y temas, con el tiempo fueron consideradas obras centrales de la literatura estadounidense, por su tratamiento del habla popular y su agudeza moral sin moralismos.
El alcance de su ficción se amplía con The Prince and the Pauper (1881), sátira histórica sobre identidad y poder; A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court (1889), que enfrenta tecnología moderna y mito caballeresco; y Pudd’nhead Wilson (1894), donde explora el racismo y la fragilidad de la identidad legal. En todas, Twain juega con máscaras, géneros y anacronismos para desestabilizar certezas. Su recepción osciló entre el entusiasmo y el desconcierto, pero la crítica reconoce hoy su inventiva formal, su oído para el diálogo y la valentía con que lleva el humor hasta el borde de la incomodidad.
En no ficción, Life on the Mississippi (1883) combina memoria y reportaje sobre la navegación fluvial, y Following the Equator (finales de los 1890) surge de una gira mundial de conferencias que también le sirvió para afrontar deudas provocadas por malas inversiones editoriales y mecánicas. Como empresario, tuvo éxitos y fracasos, pero como conferencista fue inigualable: sus presentaciones mezclaban historias, digresiones y sátiras improvisadas. Ensayos y relatos como The Man That Corrupted Hadleyburg (1899) consolidaron su fama de moralista irónico, diestro en exponer vanidades cívicas y tentaciones colectivas sin recurrir al sermón.
Twain asumió posturas públicas nítidas. Fue un crítico del imperialismo de su época, en especial de la expansión estadounidense en ultramar y de abusos coloniales europeos. Textos como King Leopold’s Soliloquy (1905) y el relato alegórico The War Prayer, publicado tras su muerte, revelan su repudio al lenguaje patriótico cuando encubre violencia. Practicó una sátira que desarma la retórica bélica y la idolatría del poder. Su humor no buscaba neutralidad: aspiraba a revelar costos humanos y contradicciones morales. Esa vocación crítica, sustentada en datos de prensa y observación directa, refuerza el vínculo entre su literatura y su intervención cívica.
En asuntos internos, denunció el racismo, cuestionó linchamientos y ridiculizó jerarquías de casta. Su uso del habla vernácula fue, a la vez, recurso artístico y comentario social sobre quién puede narrar la nación. Mostró interés por la educación y apoyó, de forma documentada, la formación de jóvenes con escasos recursos, incluidos afroamericanos. Mantuvo un escepticismo persistente ante dogmatismos religiosos, que aflora en escritos tardíos como What Is Man? y Letters from the Earth (póstumo). También defendió la libertad de expresión y la propiedad intelectual, consciente del papel del escritor en la esfera pública moderna.
En los años finales, acumuló reconocimientos académicos y una fama global que lo llevó a cultivar una imagen pública singular, incluido su célebre traje blanco. Las pérdidas familiares y los reveses económicos tiñeron de pesimismo algunos textos tardíos y motivaron proyectos extensos, como dictados autobiográficos destinados a publicación póstuma. Residió en distintas ciudades del noreste estadounidense y, hacia el cierre de su vida, en Connecticut. Escribió con mayor aspereza contra la hipocresía social y religiosa, sin abandonar el ingenio. Su salud fluctuó, pero siguió activo en prensa y conferencias, con la convicción de que el humor podía decir verdades difíciles.
Murió en 1910, poco después del regreso del cometa Halley, cuya aparición también había coincidido con su nacimiento; la coincidencia fue muy comentada. Tras su muerte, salieron a la luz escritos que confirmaron su veta escéptica y experimental, entre ellos versiones de The Mysterious Stranger y Letters from the Earth. Su legado incluye museos en lugares asociados a su vida y una presencia constante en escuelas y debates públicos. Adventures of Huckleberry Finn sigue generando discusiones sobre raza, lenguaje y censura, prueba de su vigencia. Twain permanece como referencia mayor del humor literario y la crítica democrática.
No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain[1] y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada. Nunca he visto a nadie que no mintiese alguna vez, menos la tía Polly, o la viuda, o quizá Mary. De la tía Polly —es la tía Polly de Tom— y de Mary y de la viuda Douglas se cuenta todo en ese libro, que es verdad en casi todo, con algunas exageraciones, como he dicho antes.
Bueno, el libro termina así: Tom y yo encontramos el dinero que los ladrones habían escondido en la cueva y nos hicimos ricos. Nos tocaron seis mil dólares a cada uno: todo en oro. La verdad es que impresionaba ver todo aquel dinero amontonado. Bueno, el juez Thatcher se encargó de él y lo colocó a interés y nos daba un dólar al día, y todo el año: tanto que no sabría uno en qué gastárselo. La viuda Douglas me adoptó como hijo y dijo que me iba a cevilizar, pero resultaba difícil vivir en la casa todo el tiempo, porque la viuda era horriblemente normal y respetable en todo lo que hacía, así que cuando yo ya no lo pude aguantar más, volví a ponerme la ropa vieja y me llevé mi pellejo de azúcar y me sentí libre y contento. Pero Tom Sawyer me fue a buscar y dijo que iba a organizar una banda de ladrones y que yo podía ingresar si volvía con la viuda y era respetable. Así que volví.
La viuda se puso a llorar al verme y me dijo que era un pobre corderito y también me llamó otro montón de cosas, pero sin mala intención. Me volvió a poner la ropa nueva y yo no podía hacer más que sudar y sudar y sentirme apretado con ella. Entonces volvió a pasar lo mismo que antes. La viuda tocaba una campanilla a la hora de la cena y había que llegar a tiempo. Al llegar a la mesa no se podía poner uno a comer, sino que había que esperar a que la viuda bajara la cabeza y rezongase algo encima de la comida, aunque no tenía nada de malo; bueno, sólo que todo estaba cocinado por separado. Cuando se pone todo junto, las cosas se mezclan y los jugos se juntan y las cosas saben mejor.
Después de cenar sacaba el libro y me contaba la historia de Moisés y los juncos, y yo tenía ganas de enterarme de toda aquella historia, pero con el tiempo se le escapó que Moisés llevaba muerto muchísimos años, así que ya no me importó, porque a mí los muertos no me interesan.
En seguida me daban ganas de fumar y le pedía permiso a la viuda. Pero no me lo daba. Decía que era una costumbre fea y sucia y que tenía que tratar de dejarlo. Eso es lo que le pasa a algunos. Le tienen manía a cosas de las que no saben nada. Lo que es ella bien que se interesaba por Moisés, que no era ni siquiera pariente suyo, y que maldito lo que le valía a nadie porque ya se había muerto, ¿no?, pero le parecía muy mal que yo hiciera algo que me gustaba. Y además ella tomaba rapé; claro que eso le parecía bien porque era ella quien se lo tomaba.
Su hermana, la señorita Watson, era una solterona más bien flaca, que llevaba gafas, acababa de ir a vivir con ella, y se le había metido en la cabeza enseñarme las letras. Me hacía trabajar bastante una hora y después la viuda le decía que ya bastaba. Yo ya no podía aguantar más. Entonces pasaba una hora mortalmente aburrida y yo me ponía nervioso. La señorita Watson decía: «No pongas los pies ahí, Huckleberry» y «No te pongas así de encogido, Huckleberry; siéntate derecho», y después decía: «No bosteces y te estires así, Huckleberry; ¿por qué no tratas de comportarte?» Después me contaba todos los detalles del lugar malo y decía que ojalá estuviera yo en él. Era porque se enfadaba, pero yo no quería ofender. Lo único que quería yo era ir a alguna parte, cambiar de aires. No me importaba adónde. Decía que lo que yo decía era malo; decía que ella no lo diría por nada del mundo; ella iba a vivir para ir al sitio bueno. Bueno, yo no veía ninguna ventaja en ir adonde estuviera ella, así que decidí ni intentarlo. Pero nunca lo dije porque no haría más que crear problemas y no valdría de nada.
Entonces ella se lanzaba a contarme todo lo del sitio bueno. Decía que lo único que se hacía allí era pasarse el día cantando con un arpa, siempre lo mismo. Así que no me pareció gran cosa. Pero no dije nada. Le pregunté si creía que Tom Sawyer iría allí y dijo que ni muchísimo menos, y yo me alegré, porque quería estar en el mismo sitio que él.
Un día la señorita Watson no paraba de meterse conmigo, y yo empecé a cansarme y a sentirme solo. Después llamaron a los negros para decir las oraciones y todo el mundo se fue a la cama. Yo me fui a mi habitación con un trozo de vela y lo puse en la mesa. Después me senté en una silla junto a la ventana y traté de pensar en algo animado, pero era inútil. Me sentía tan solo que casi me daban ganas de morirme. Las estrellas brillaban y las hojas de los árboles se rozaban con un ruido muy triste; allá lejos se oía un búho que ululaba porque se había muerto alguien y un chotacabras y un perro que gritaban que se iba a morir alguien más, y el viento trataba de decirme algo y yo no entendía lo que era, de forma que me daban calofríos. Después, allá en el bosque, oí ese ruido que hacen los fantasmas cuando quieren decir algo que están pensando y no pueden hacerse entender, de forma que no pueden descansar en la tumba y tienen que pasarse toda la noche velando. Me sentí tan desanimado y con tanto miedo que tuve ganas de compañía. Luego se me subió una araña por el hombro y me la quité de encima y se cayó en la vela, y antes de que pudiera yo alargar la mano, ya estaba toda quemada. No hacía falta que me dijera nadie que aquello era de muy mal fario y que me iba a traer mala suerte, así que tuve miedo y casi me quité la ropa de golpe. Me levanté y di tres vueltas santiguándome a cada vez, y después me até un rizo del pelo con un hilo para que no se me acercaran las brujas. Pero no estaba nada seguro. Eso es lo que se hace cuando ha perdido uno una herradura que se ha encontrado, en vez de clavarla encima de la puerta, pero nunca le había oído decir a nadie que fuese la forma de que no llegara la mala suerte cuando se había matado a una araña.
Volví a sentarme, todo tiritando, y saqué la pipa para fumar, porque la casa estaba ya más silenciosa que una tumba, así que la viuda no se iba a enterar. Bueno, al cabo de mucho tiempo oí que el reloj del pueblo empezaba a sonar: bum… bum… bum… doce golpes y todo seguía igual de tranquilo, más en silencio que nunca. Poco después oí que una rama se partía en la oscuridad entre los árboles: algo se movía. Me enderecé y escuché. En seguida escuché apenas un «¡miau! ¡miau!» allá abajo. ¡Estupendo!, yvoyy digo «¡miau! ¡miau!» lo más bajo que pude y después apagué la luz y me bajé por la ventana al cobertizo. Entonces me dejé caer al suelo y me fui arrastrando entre los árboles, y claro, allí estaba Tom Sawyer esperándome.
Fuimos de puntillas por un sendero entre los árboles que había hacia el final del jardín de la viuda, inclinándonos para que no nos dieran las ramas en la cabeza. Cuando pasábamos junto a la cocina me tropecé con una raíz e hice un ruido. Nos agachamos y nos quedamos callados. El negro grande de la señorita Watson, que se llamaba Jim[2], estaba sentado a la puerta de la cocina; lo veíamos muy claro porque tenía la luz de espaldas. Se levantó, alargó el cuello un minuto escuchando y después dijo:
—¿Quién es?
Se quedó escuchando un rato; después salió de puntillas y se puso entre los dos; casi podríamos haberlo tocado. Bueno, apuesto a que pasaron minutos y minutos sin que se oyera un ruido, aunque estábamos muy juntos. Me empezó a picar un tobillo, pero no me atrevía a rascármelo, y después me empezó a picar una oreja, y después la espalda, justo entre los hombros. Creí que me iba a morir si no me rascaba. Desde entonces lo he notado muchas veces. Si está uno con gente fina, o en un funeral, o trata de dormirse cuando no tiene sueño, si está uno en cualquier parte en que no está bien rascarse, entonces le pica a uno por todas partes, en más de mil sitios. Y en seguida va Jim y dice:
—Eh, ¿quién es? ¿Dónde estás? Que me muera si no he oído algo. Bueno, ya sé lo que voy a hacer: voy a quedarme aquí sentado escuchando a ver si lo vuelvo a oír.
Así que se sentó en el suelo entre Tom y yo. Se apoyó de espaldas en un árbol y estiró las piernas hasta que casi me tocó con una de ellas. Me empezó a picar la nariz. Me picaba tanto que se me saltaban las lágrimas. Pero no me atrevía a rascarme. Después me empezó a picar por dentro. Luego por abajo. No sabía cómo seguir sentado sin hacer nada. Aquella tortura duró por lo menos seis o siete minutos, pero pareció mucho más. Ahora ya me picaba en once sitios distintos. Pensé que no podía aguantar ni un minuto más, pero apreté los dientes y me preparé para intentarlo. Justo entonces Jim empezó a respirar de forma muy regular, y en seguida me sentí cómodo otra vez.
Tom me hizo una señal —una especie de ruidito con la boca— y nos fuimos arrastrando a gatas. Cuando estábamos a unos diez pies, Tom me susurró que sería divertido dejar atado a Jim al árbol. Pero le dije que no; podía despertarse y armar jaleo, y entonces verían que yo no estaba en casa. Tom dijo que no tenía suficientes velas y que iba a meterse en la cocina a buscar más. Yo no quería que lo intentase. Dije que Jim podría despertarse y entrar. Pero Tom prefería arriesgarse, así que entramos gateando y sacamos tres velas, y Tom dejó cinco centavos en la mesa para pagarlas. Después salimos, y yo estaba muerto de ganas de que no fuéramos, pero Tom estaba empeñado en que antes tenía que ir a gatas adonde estaba Jim y gastarle una broma. Esperé y me pareció que pasaba mucho rato, con todo aquello tan callado y tan solo.
En cuanto volvió Tom nos echamos a correr por el sendero, dimos la vuelta a la valla y por fin llegamos a la cima del cerro al otro lado de la casa. Tom dijo que le había quitado a Jim el sombrero y se lo había dejado colgado en una rama encima de la cabeza, y que Jim se había movido un poco, pero no se había despertado. Después Jim diría que las brujas lo habían hechizado y dejado en trance, y que le habían estado dando vueltas por todo el estado montadas en él y después le habían vuelto a colocar debajo de los árboles y le habían colgado el sombrero en una rama para indicar quién lo había hecho. Y la siguiente vez que lo contó, Jim dijo que lo habían llevado hasta Nueva Orleans y después cada vez que lo contaba alargaba más el viaje, hasta que al final decía que le habían hecho recorrer el mundo entero y casi le habían matado de cansancio y que le había quedado la espalda llena de forúnculos. Jim estaba tan orgulloso que casi ni hacía caso de los demás negros. Había negros que recorrían millas y millas para oír lo que contaba, y lo respetaban más que a ningún negro de la comarca. Había negros que llegaban de fuera y se quedaban con las bocas abiertas contemplándolo, como si fuera una maravilla. Los negros se pasan la vida hablando de brujas en la oscuridad, junto al fuego de la chimenea, pero cuando uno de ellos se ponía a hablar y sugería que él sabía mucho de esas cosas, llegaba Jim y decía: «¡Bueno! zy tú qué sabes de brujas?», y aquel negro estaba acabado y tenía que quedarse callado. Jim siempre llevaba aquella moneda de cinco centavos atada con una cuerda al cuello y decía que era un talismán que le había dado el diablo con sus propias manos diciéndole que podía curar a cualquiera con él y llamar a las brujas cuando quisiera si decía unas palabras, pero nunca contó lo que tenía que decir. Llegaban negros de todos los alrededores y le daban a Jim lo que tenían, sólo por ver aquella moneda de cinco centavos, pero no la querían tocar, porque el diablo la había tenido en sus manos. Jim prácticamente ya no valía para sirviente, porque estaba muy orgulloso de haber visto al diablo y de que las brujas se hubieran montado en él.
Bueno, cuando Tom y yo llegamos al borde del cerro miramos desde allí arriba hacia el pueblo y vimos tres o cuatro luces que parpadeaban, donde quizá había gente enferma, y por encima las estrellas brillaban estupendas, y al lado del pueblo pasaba el río, que medía toda una milla de ancho y que corría grandioso en silencio. Bajamos del cerro y nos reunimos con Joe Harper y Ben Rogers y dos o tres chicos más, que estaban escondidos en las viejas tenerías. Así que desamarramos un bote y bajamos dos millas y media por el río, donde estaba la gran hendidura entre los cerros, y desembarcamos.
Fuimos a una mata de arbustos y Tom hizo que todo el mundo jurase mantener el secreto, y después les enseñó un agujero en el cerro, justo en medio de la parte más espesa de los arbustos. Después, encendimos las velas y entramos a cuatro patas. Recorrimos unas doscientas yardas y después la cueva se abrió. Tom estudió los pasadizos y en seguida se metió debajo de una pared donde no se notaba que había un agujero. Pasamos por un sitio muy estrecho y salimos a una especie de sala, toda húmeda, sudorosa y fría, y allí nos paramos. Entonces va Tom y dice:
—Ahora vamos a fundar una banda de ladrones que se llamará la Banda de Tom Sawyer. Todo el que quiera ingresar tiene que hacer un juramento y escribir su nombre con sangre.
Todos querían. Entonces Tom sacó una hoja de papel en la que había escrito el juramento y lo leyó. Cada uno de los chicos juraba ser fiel a la banda y no contar nunca ninguno de sus secretos, y si alguien le hacía algo a algún chico de la banda, el chico al que se le ordenara matar a esa persona y su familia tenía que hacerlo, y no podía comer ni dormir hasta haberlos matado a todos y marcarles con el cuchillo una cruz en el pecho, que era la señal de la banda. Nadie que no perteneciese a la banda podía utilizar esa señal, y si lo hacía había que denunciarlo, y si volvía a hacerlo, había que matarlo. Y si alguien que pertenecía a la banda contaba los secretos, había que cortarle el cuello y después quemar su cadáver, tirar las cenizas por todas partes y borrar su nombre de la lista con sangre, y nadie de la banda podía volver a mencionar su nombre, sino que quedaba maldito y había que olvidarlo para siempre.
Todo el mundo dijo que era un juramento estupendo y le preguntó a Tom si se lo había sacado de la cabeza. Dijo que sólo una parte, pero que el resto lo había sacado de libros de piratas y de ladrones y que todas las bandas de buen tono tenían un juramento.
Algunos pensaron que estaría bien matar a las familias de los chicos que contaran los secretos. Tom dijo que era una buena idea, así que sacó un lápiz y la escribió. Entonces va Ben Rogers y dice:
—Pero está Huck Finn, que no tiene familia; ¿qué haríamos con él?
—Bueno, ¿no tiene un padre? —preguntó Tom Sawyer.
—Sí, tiene padre, pero últimamente no lo encuentra nadie. Antes estaba siempre borracho con los cerdos en las tenerías, pero hace un año o más que no lo ve nadie. Siguieron hablando del tema, y me iban a dejar fuera de la banda, porque decían que cada chico tenía que tener una familia o alguien a quien matar, porque si no no sería justo para los demás. Bueno, a nadie se le ocurría nada que hacer; todos estaban callados y pensativos. Yo estaba por echarme a llorar, pero en seguida se me ocurrió una salida y les ofrecí a la señorita Watson: podían matarla a ella. Todos dijeron:
—Ah, estupendo. Eso está muy bien. Huck puede ingresar.
Después todos se clavaron un alfiler en un dedo para sacarse sangre para la firma y yo dejé mi señal en el papel.
—Bueno —va y dice Ben Rogers—, ¿a qué se va a dedicar esta banda?
—Nada más que robos y asesinatos —dijo Tom.
—Pero, ¿qué vamos a robar? Casas o ganado, o…
—¡Bah! Robar ganado y esas cosas no es robar de ver dad; ésos son cuatreros —va y dice Tom Sawyer—. No somos cuatreros. Eso no resulta elegante. Somos salteadores de caminos. Paramos las diligencias y los coches en la carretera, con las máscaras puestas, y matamos a la gente y les quitamos los relojes y el dinero.
—¿A la gente hay que matarla siempre?
—Pues claro. Es lo mejor. Algunas autoridades no están de acuerdo, pero en general se considera que lo mejor es matar a todos… salvo a algunos que se pueden traer aquí ala cueva y tenerlos hasta que queden rescatados.
—¿Rescatados? ¿Qué es eso?
—No lo sé. Pero eso es lo que hacen. Lo he visto en los libros, así que desde luego es lo que tenemos que hacer nosotros.
—Pero, ¿cómo vamos a hacerlo si no sabemos lo que es?
—Bueno, maldita sea, tenemos que hacerlo. ¿No os he dicho que está en los libros? ¿Queréis hacerlo distinto de los libros y que salga todo al revés?
—Bueno, Tom Sawyer, eso está muy bien decirlo, pero, ¿cómo diablos van a quedar rescatados esos tipos si no sabemos cómo se hace? Eso es lo que me gustaría saber a mí. ¿Qué crees tú que es?
—Bueno, no sé. Pero a lo mejor si nos quedamos con ellos hasta que queden rescatados significa que nos tenemos que quedar con ellos hasta que se hayan muerto.
—Bueno, algo es algo, es una respuesta. ¿Por qué no podías haberlo dicho antes? Nos los quedamos hasta que se queden muertos de un rescate, y vaya una pesadez que van a resultar: comiéndolo todo y tratando de escaparse todo el tiempo.
—Qué cosas dices, Ben Rogers. ¿Cómo van a escaparse cuando hay una guardia que los vigila dispuesta a pegarles un tiro si mueven un dedo?
—¡Una guardia! Ésa sí que es buena. O sea que alguien tiene que quedarse sentado toda la noche sin dormir nada, sólo para vigilarlos. Me parece una bobada. ¿Por qué no podemos darles un garrotazo y que se queden rescatados en cuanto los traigamos?
—Porque no es lo que dicen los libros, por eso. Vamos, Ben Rogers, ¿quieres hacer las cosas bien o no? De eso se trata. ¿No crees que la gente que ha escrito los libros sabe lo que está bien hacer? ¿Crees que tú vas a enseñarles algo? Ni mucho menos. No, señor, vamos a rescatarlos como está mandado.
—Bueno. Me da igual; pero de todas maneras digo que es una tontería. Oye, ¿matamos también a las mujeres?
—Mira, Ben Rogers, si yo fuera tan ignorante como tú trataría de disimularlo. ¿Matar a las mujeres? No; nadie habrá visto nada parecido en los libros. Las traes a la cueva y te portas con ellas de lo más fino del mundo, y poco a poco se enamoran de ti y ya no quieren volver a sus casas.
—Bueno, si es así, estoy de acuerdo, pero tampoco me dice mucho. En seguida tendremos la cueva tan llena de mujeres y de tipos esperando al rescate que no quedará sitio para los ladrones. Pero adelante, no tengo nada que decir.
El pequeño Tommy Barnes ya se había dormido, y cuando lo despertaron tenía miedo, se echó a llorar y dijo que quería volver a su casa con su mamá y que ya no quería ser bandido.
Así que todos se rieron mucho de él, y cuando lo llamaron llorón él se enfadó y dijo que iba a contar todos los secretos. Pero Tom fue y le dio cinco centavos para que se callase y dijo que todos nos íbamos a casa y nos reuniríamos la semana que viene para robar a alguien y matar a alguna gente.
Ben Rogers dijo que no podía salir mucho, sólo los domingos, así que quería empezar el domingo que viene; pero todos los chicos dijeron que estaría muy mal hacerlo en domingo, y se acabó la discusión. Decidieron reunirse para determinar la fecha en cuanto pudieran y después elegimos a Tom Sawyer primer capitán y a Joe Harper segundo capitán de la banda y nos fuimos a casa.
Subí por el cobertizo a rastras hasta mi ventana justo antes del amanecer. Mi ropa nueva estaba toda llena de manchas de barro, y yo, cansado como un perro.
