Un poco de magia nocturna - Liz Jarrett - E-Book

Un poco de magia nocturna E-Book

Liz Jarrett

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Qué mal podía hacerles una pequeña aventura temporal antes de separarse para siempre? Dani Karlinski no podía evitarlo; como buena abogada de Chicago, sólo creía en los hechos, no en las maldiciones de su excéntrica abuela. Pero resultaba que alguien había demandado a su abuela asegurando que su maldición se había cumplido y le había arruinado el negocio. Afortunadamente el amigo de Dani, el investigador Travis Walker, iba a ayudarla. Al principio lo único que había entre ellos eran los negocios, pero pronto Dani se encontró cautivada por el buen humor y el atractivo de Travis. Y aunque él sentía lo mismo, Dani estaba a punto de trasladarse a Nueva York a proseguir con su carrera...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 164

Veröffentlichungsjahr: 2012

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2005 Liz Lounsbury. Todos los derechos reservados.

UN POCO DE MAGIA NOCTURNA, Nº 1421 - abril 2012

Título original: A Little Night Magic

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0004-5

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Capítulo Uno

Travis Walker volvió a leer el mensaje que tenía en la mano: Clienta necesita ayuda con maldiciones de su abuela. Vendrá a la 1:00.

¿Qué era aquello? ¿Investigaciones Walker había caído tan bajo como para preocuparse por abuelas malhabladas? Si su hermano no estuviera de luna de miel, pensaría que aquello era otra broma de Max. Pero el canalla estaba en Bahamas disfrutando de la vida.

No, aquella nota era de Elvin Richards, el nuevo ayudante, más conocido como «El Favor». Travis estaba saliendo con la tía de Elvin cuando aceptó contratarlo. Algunas veces, un hombre diría que sí a cualquier cosa.

Desgraciadamente, su tía, que tenía unas piernas de escándalo, había desaparecido. Pero Elvin seguía allí. Eso le enseñaría a tomar decisiones con el corazón en lugar de con la cabeza.

Aunque, para ser sincero, no había tomado esa decisión precisamente con el corazón. Otra parte de su anatomía había sido el factor decisivo.

Sí, podría despedirlo, pero eso no sería justo. Elvin era un chico tan simpático y alegre… Sería como despedir a Santa Claus.

Y él no era tan malvado.

–¡Elvin! –gritó, en lugar de usar el complicado sistema de intercom. A Max le encantaba, pero Travis lo odiaba porque tenía demasiados botones–. ¿Qué significa este mensaje? –preguntó, cuando el susodicho asomó la cabeza en el despacho.

Elvin, un joven universitario, rubio, típicamente norteamericano, sonreía como de costumbre.

–¿Qué mensaje, jefe?

–El de la cita de la una –contestó Travis, mostrándole el papel–. ¿Se puede saber qué significa esto?

–Significa que una señora quiere que la ayude porque su abuela dice muchas palabrotas. Supongo.

Travis arrugó el ceño.

–¿Y qué demonios tiene que ver eso con una agencia de investigación? ¿No le pediste más información a esa mujer?

Elvin seguía sonriendo mientras negaba con la cabeza. Elvin sonreía siempre.

–No. Como Max y tu siempre decís que hay que tener cuidado para no ofender a los clientes… no le pregunté nada. Pero creo que su abuela habla como un marinero –contestó, mirando alrededor como para comprobar que nadie podía oírlos–. La mía también era así. Decía cada barbaridad…

Travis no dudaba que la abuela de Elvin hubiera dicho tacos a todas horas, pero esa información no lo ayudaba nada.

–La próxima vez, entérate de algo más, hombre.

Afortunadamente, Max no estaba allí. Su hermano había dejado claro desde el principio que Elvin era asunto suyo, pero, claro, como cualquier hermano, disfrutaba señalando los problemas que creaba una contratación hecha con las hormonas.

–No se me da bien sacarle información a la gente. Además, ¿qué podía preguntarle?

–Somos investigadores privados, Elvin. Buscar información es precisamente nuestro trabajo.

–A mí me parece un poco grosero.

Antes de que Travis pudiera contestar, y tenía muchas cosas en la punta de la lengua, sonó el timbre de la oficina. Elvin fue a abrir la puerta y él se quedó esperando. Dos minutos después, como «El Favor» no daba señales de vida, salió al vestíbulo.

Elvin estaba mirando a la clienta con cara de cordero degollado. Ah, muy profesional, mirar a las clientas con ojitos tiernos.

Pero cuando se fijó en la clienta, Travis tuvo que tragar saliva. Sí, la cara de cordero degollado estaba justificada. Porque la mujer que estaba sentada en la recepción era una morena alta y preciosa, la clase de mujer que acude a un detective privado en las películas, pero nunca en la vida real.

Ella sonrió y Travis sintió que toda la sangre se le iba hacia los bajos. Y luego, cuando se acercó a él, con ese movimiento de caderas…

Cielos.

–Hola –lo saludó, con una voz tan seductora como su rostro.

Travis se percató de que tenía los ojos negros. Negros como la noche. La clase de ojos en los que un hombre podría ahogarse.

–¿Se encuentra bien? –preguntó ella, sin dejar de sonreír.

Travis intentó salir de su estupor. Debía de haber puesto la misma cara de idiota que Elvin.

–Sí, claro. Soy Travis Walker –dijo, ofreciéndole su mano.

–¿Y yo quién soy?

«Vaya, hombre». «Para una vez que entra una clienta guapa en la oficina, tiene que ser una loca».

–¿Mi hada madrina? –intentó bromear.

Ella dejó de sonreír. ¿Por qué? ¿La conocía?, se preguntó entonces. Debía de conocerla de algo. Pero no había salido con ella, eso seguro. Si hubiera salido con ella, se acordaría.

El ADN de un hombre no olvida ciertas cosas.

–Soy Danielle. Danielle Karlinski –dijo ella entonces, con su voz aterciopelada–. Dani.

–¡Gypsy! –exclamó Travis.

Ella soltó una carcajada.

–Ahora me llaman Dani, Matador.

–¿Matador? –exclamó Elvin–. ¿Por qué te llama Matador, Travis?

Hacía años que nadie lo llamaba así.

–Es un mote del instituto.

Había querido dejarlo ahí, pero olvidaba que a Gypsy la divertía mucho el asunto.

–En el instituto, todos los de la pandilla teníamos un mote. A mí llamaban Gypsy porque tenía el pelo y los ojos negros…

–No, no era por eso –la interrumpió Travis–. Te llamábamos así porque tu abuela nos dijo que tu familia era gitana.

–¡Pero no era verdad! Sólo una pandilla de tontos como vosotros podría haberse creído eso. Mi padre se dedicaba a los seguros y mi abuelo tenía una ferretería. De gitanos nada.

Travis sonrió. Se alegraba mucho de verla. Pero había cambiado tanto en esos años. En el instituto era una cría flacucha, con gafas.

Ya no. Ahora era preciosa. Alta, con curvas generosas, sexy… una fantasía de mujer.

–Oye, Matador –rió ella entonces–. Vuelve a la tierra.

–Estás muy guapa. Has cambiado mucho.

–Ah, gracias. Yo podría decir que tú también has cambiado, pero no es verdad. Sigues intentando ligar con todo lo que se te pone delante, ¿eh?

–Eso no es verdad –protestó Travis. Bueno, sí era verdad. Le gustaba ligar con todo lo que se le ponía por delante. Todo lo que le interesaba, claro.

–Admítelo, Travis. Eres un seductor.

Él iba a protestar de nuevo, pero decidió no hacerlo.

–Ya sé que en el instituto era un poco loco, pero he cambiado.

–¿Ah, sí?

–Lo digo en serio, estás guapísima. Y no sólo por fuera. Seguro que sigues siendo tan dulce como cuando estábamos en el instituto.

Dani le regaló una sonrisa tierna y Travis tuvo que contenerse para no hacer un bailecito de victoria. Sabía que no podría resistirse…

–No me lo puedo creer –rió ella entonces–. ¿Les dices esas cosas a las mujeres?

–¿Qué cosas?

–Travis, cariño, las mujeres siempre saben cuándo un hombre está mintiendo para conseguir algo. Como abogado, me dedico a estudiar a la gente y siento decirte que cuando uno miente es porque no confía en sí mismo. Deberías buscar ayuda profesional.

Travis se quedó boquiabierto.

–Gracias por tu preocupación, pero me las arreglaré –consiguió decir.

Dani lo miró como las mujeres miran a un cachorro.

–Bueno, pero recuerda: no debe avergonzarte reconocer que tienes un problema.

Como Elvin estaba pendiente de cada palabra, Travis decidió proseguir la conversación en su oficina.

–Tu preocupación me abruma.

Ella soltó una carcajada. Curioso, se le había olvidado cuánto se reían en el instituto. Pero ahora, viendo a Gypsy de nuevo, debía admitir que habían sido unos años fantásticos.

–No me has dicho por qué lo llamabais Matador –dijo Elvin entonces.

–Porque ligaba con todo lo que llevase faldas. Las chicas del instituto estaban locas por él –contestó Dani–. Con una mirada las dejaba K.O.

–No es verdad –protestó Travis–. Es que yo había vivido en muchos sitios, siendo hijo de militar, y era más sofisticado que vosotros. Era fácil impresionar a las chicas.

Dani sonrió. Una sonrisa suave, tentadora.

Una sonrisa muy sexy.

Desde luego, se había convertido en una mujer de bandera.

–¿Travis, un seductor? ¿Travis las tenía locas a todas? –rió Elvin, incrédulo.

Eso lo devolvió a la realidad. Estaba a punto de decirle que sí, que en el instituto tenía locas a todas las chicas… No, mejor no. Si lo hiciera, quedaría como un crío.

–Ven, vamos a mi despacho. Explícame qué es esa historia de tu abuela.

Cuando Dani pasó a su lado, Travis respiró su perfume… un perfume tan sensual como todo en ella.

Y, de nuevo, sus hormonas se volvieron locas. Para controlarse, miró a Elvin. Y, como esperaba, verlo prácticamente babeando hizo que se le pasara el mareo.

–¿No tienes nada que hacer?

–Sí, claro. Pero esto es más interesante –contestó él–. ¿Tú qué crees que pasa con su abuela? –preguntó luego, en voz baja.

–¡Travis, entra de una vez y te lo contaré! –gritó Dani desde el despacho.

–Luego me lo cuentas –dijo Elvin en voz baja.

–Ponte a trabajar, anda.

Cuando iba a cerrar la puerta de su despacho, Travis se percató de que Elvin estaba muy ocupado… con un juego de ordenador.

–Ese crío –murmuró.

–Seguramente para él eres una figura paterna –dijo Dani.

–¿Ésa es tu opinión como estudiante del comportamiento humano? –bromeó él.

–Pues sí. Es un chico muy joven y quiere impresionarte.

En ese momento, Elvin empezó a cantar la cancioncilla de un anuncio de televisión. Un anuncio de una tienda de juguetes. Y cantaba bien alto, con mucho entusiasmo. Travis levantó una ceja.

–¿Quiere impresionarme?

–A lo mejor necesita tiempo.

–Sí, unos doscientos años.

Dani rió de nuevo.

–Me alegro muchísimo de verte.

Y entonces hizo lo que Travis esperaba que hiciera desde que entró en su oficina.

Le dio un abrazo.

Dani estaba contenta de haber ido a ver a Travis. Sabía que él podría ayudarla y se alegraba mucho de verlo. Además, estar con él le daba cierta tranquilidad. Y tranquilidad era precisamente lo que le faltaba. Entre el nuevo puesto de trabajo en el bufete de Nueva York, su familia…

Pero Travis le recordaba los buenos tiempos, así que lo abrazó con fuerza.

–Hola, amigo.

Él la abrazó también. Estar en sus brazos la hacía sentirse segura y… algo más. Algo a lo que no podía poner nombre. Algo que parecía…

Deseo.

Dani se apartó de golpe. Muy bien, eso era nuevo. Ella nunca había deseado a Travis. Ni siquiera cuando estaban en el instituto. Para ella, siempre fue su amigo. Nunca le había gustado como hombre, nunca había soñado con él.

Pero eso había cambiado en los últimos segundos. Y ahora sólo podía pensar en lo guapo que estaba, en cómo lo atraía.

Horror.

–¿Pasa algo? –preguntó Travis.

Dani intentó averiguar por su expresión si se había dado cuenta, pero no fue capaz. En fin, daba igual porque no iba a volver a pasar. No tenía intención de volver a abrazarlo.

–Estoy bien –contestó, dejándose caer en una de las sillas–. Pero tengo cierta prisa, así que deja que te cuente.

–El mensaje decía que esto tiene algo que ver con tu abuela y sus palabrotas. ¿Qué pasa, se ha metido en algún lío por insultar a alguien?

Dani levantó los ojos al cielo.

–¿Mi abuela Freda? Qué va, mi abuela cree que «porras» es un taco.

–Entonces, no entiendo…

Tampoco ella entendía lo que acababa de pasarle con Travis, pero años de experiencia como abogado le habían enseñado a concentrarse en lo que era importante.

–No sé si te acuerdas de mi abuela.

–Sí me acuerdo. Recuerdo que era… bastante especial.

–Desde luego. Pero hay algo que no sabes. Cuando mi abuela se enfada con alguien, suelta una maldición… aunque no son más que cosas de vieja, claro.

Travis asintió.

–Ya. No entiendo nada.

–Deja que te explique…

–Sí, por favor.

–Mi abuela va por ahí lanzando maldiciones contra gente que, según ella, le ha hecho daño. Lleva años haciéndolo. Para mi familia, ésa es su pequeña idiosincrasia.

–¿Y qué hace? –preguntó Travis–. ¿Mira a la gente con ojos malignos, los señala con el dedo y dice: «Morirás de una forma horrible»?

Dani dejó escapar un suspiro.

–No, son maldiciones más bien románticas.

Él se pasó una mano por la cara.

–Maldiciones románticas. Ésa es una frase que no se oye muy a menudo. A ver, ponme un ejemplo.

–Ésta es la que está causando problemas: le dijo al de la tintorería que el amor le haría perder la cabeza.

–¿Y fue así? Dani asintió.

–Sí. Es un hombre viudo, mayor… empezó a salir con una jovencita y dejó de prestar atención a su negocio.

–¿Y?

–Y cree que es culpa de mi abuela.

Travis intentaba contener la risa.

Una mujer más amable le habría dicho: «Adelante, ríete», pero Dani decidió que era mejor ponerse seria. Tenía que tomárselo en serio porque el problema de su abuela era muy serio.

–¿Y por qué lanza ese tipo de maldiciones?

–Mi abuela piensa que la gente enamorada es feliz. Que la gente feliz es buena. Y a ella le gusta la gente buena. Así que los ayuda a enamorarse para que sean buenos.

–Ya veo –murmuró Travis–. ¿Y para qué necesitas un detective, si se puede saber?

–El de la tintorería dice que va a demandar a mi abuela. Dice que le ha arruinado el negocio.

–¿Y qué quieres que haga yo? ¿Que demuestre que ese tipo mantiene relaciones sexuales, pero no más que antes de la maldición de tu abuela?

–No, eso no valdría de nada. Aparentemente, sólo vivía para el negocio antes de conocer a esa chica –suspiró Dani–. Y luego dejó que el negocio se fuera al garete, como él dice, porque el amor le hizo perder la cabeza.

Travis se rascó la barbilla.

–No te ofendas, pero no creo que el amor tuviera nada que ver con el asunto.

–Estoy de acuerdo, pero no sé si un jurado lo vería de esa forma –suspiró ella, mirándolo a los ojos–. Quiero que me ayudes a encontrar a otras personas a las que mi abuela haya lanzado una maldición. Si podemos probar que sus maldiciones no han afectado a nadie, tendremos ganado el caso.

–¿Tú crees? En las clases de psicología nos decían que si una persona quiere creer algo, lo cree, sea verdad o no. Si alguien cree sinceramente que una maldición puede afectarlo, la maldición surte efecto.

–Pero si encontramos a otras personas a las que mi abuela haya lanzado una de sus maldiciones, personas que no crean en ellas… –Dani empezó a jugar con las tiras de su bolso.

Hablar de aquello siempre la ponía de los nervios. No quería que su abuela Freda se metiera en un lío, pero no tenía tiempo para andar investigando. Por fin había conseguido un trabajo estupendo en un bufete de Nueva York y debía empezar en menos de dos semanas. Debería estar sacando las cosas de su apartamento y no en la oficina de Travis.

Pero su abuela la necesitaba y no podía decirle que no.

–Trav, necesito tu ayuda. Sé que suena completamente ridículo, pero eso es lo que pasa. Yo creo que ese hombre está usando lo de la maldición como excusa para condonar su absurdo comportamiento. Y ya sabes cómo funciona el sistema legal en este país. Te pueden demandar por cualquier estupidez… y a mi abuela podría costarle muy caro.

Travis asintió con la cabeza.

–Yo creo que tu plan podría funcionar, Gypsy.

–En estas circunstancias, creo que no deberías llamarme Gypsy.

–Sí, es verdad. Bueno, ¿tienes una lista de las personas a las que tu abuela ha lanzado una maldición?

–Mi abuela Freda quiere hablar contigo personalmente –suspiró Dani–. Se ha negado a darme los nombres. Quiere que vayas a casa.

–¿Cuándo?

–Cuando puedas.

Sabía que le estaba pidiendo demasiado. Hacía años que no se veían y, de repente, aparecía en su oficina pidiendo que la ayudara…

–Muy bien. Ahora mismo, si quieres.

Dani no había esperado que aceptase de inmediato, así que dejó escapar un suspiro de alivio. Había sabido por instinto que Travis la ayudaría.

–Muchas gracias.

–¿Quieres que vayamos juntos o has venido en coche?

–He venido en mi coche.

–Muy bien. ¿Elvin te ha dado las tarifas? Somos viejos amigos, pero…

–No, no, por supuesto. Insisto en pagar la tarifa normal.

–De acuerdo. Dame la dirección –dijo Travis, levantándose–. Voy a decirle a Elvin que nos vamos.

Dani lo siguió. Por primera vez en varias semanas se sentía optimista. Estaba segura de que Travis iba a ayudarla. Y era estupendo volver a verlo.

Mientras lo veía hablar con el joven de recepción, no pudo dejar de pensar en lo guapo que estaba. Su abuela le había preguntado por él y Dani quiso creer que no estaría gordo y calvo…

No, ni lo uno ni lo otro. Seguía siendo guapísimo… y destilaba sensualidad. Alto, con el pelo castaño oscuro, una sonrisa preciosa… estaba más guapo que nunca.

Pero el atractivo de Travis Walker era mucho más que unos rasgos bonitos. Sus gestos, su postura, su forma de andar, el brillo travieso de sus ojos, su virilidad…

Nunca le había parecido interesante cuando estaban en el instituto, pero ahora sí.

Y lo mejor sería poner la mayor distancia posible entre los dos. Ella no tenía tiempo para distraerse con un hombre.

Se concentraría en su nuevo puesto de trabajo, decidió Dani. Por muy atractivo que fuera Travis Walker.

Capítulo Dos

Travis estudió la casa de los padres de Dani y lanzó un silbido. El señor Karlinski debía de vender muchos seguros, pensó. Era una casa enorme, moderna, lujosa. Desde luego, no parecía la casa de alguien a quien llamaban «Gypsy».

–De haber sabido que eras una niña rica habría intentado ligar contigo en el instituto.

–Eso no es verdad –sonrió ella, cerrando la puerta de su BMW–. Tú no salías con chicas listas en el instituto. Y supongo que recordarás lo lista que yo era.

Riendo, Travis la siguió. Aquel caso iba a ser muy divertido.

Durante esos años había pensado algunas veces en su pandilla del instituto. Hasta que cumplió los catorce, Max y él había ido cambiando de ciudad, incluso de país, según destinaban a su padre. Nunca pudo hacer amigos en el colegio, pero cuando llegaron a Chicago por fin se acabaron los cambios. Por eso, cuando su hermano y él se licenciaron en la Armada, volvieron a esa ciudad. Les gustaba Chicago. Para ellos, era su hogar, más que cualquier otro sitio. De hecho, Travis mantenía el contacto con algunos de la pandilla.

Casi como si hubiera leído sus pensamientos, Dani le preguntó:

–¿Sigues viendo a Will, Mike o Brian?

Curioso que sólo le hubiera preguntado por los chicos.

–Brian y yo nos vemos una vez cada dos o tres semanas y echamos un partido de baloncesto. Ahora es ingeniero.

–No me imagino a Brian jugando al baloncesto –sonrió ella, mientras subía los escalones del porche–. Siempre fue muy patoso.

–Ahora no lo es tanto.

–Ah, claro, por eso juegas con él, porque le ganas –rió Dani.

–Uno tiene que ganar cuando puede –sonrió Travis.

Le gustaba su risa. Mucho. Y sus ojos también.