Una cuestión de confianza - Lilian Darcy - E-Book

Una cuestión de confianza E-Book

Lilian Darcy

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Beschreibung

Todavía afectada por la noticia de que su hermana fallecida había dejado una niña, la abogada Meg Jonas se preparó para demandar al padre de su sobrina, reclamando la custodia de la niña. Pero Adam Callahan también tenía noticias que la sorprenderían más que la inexplicable atracción que sentía por el guapo doctor. Adam no tenía ninguna intención de perder a su adorada hija. Desesperado por salvarle la vida, recurrió a la única mujer que podía ayudarlo. Adam sabía que podía resultar peligroso permitir que Meg entrara en sus vidas, sin embargo, era mucho más peligroso que no lo hiciera...

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Seitenzahl: 161

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Lilian Darcy

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una cuestión de confianza, n.º 1143- marzo 2021

Título original: Her Sister’s Child

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-132-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

NO PIENSO perder a mi hija!

Adam Callahan masculló las palabras mirando con cara de rabia las ventanas del segundo piso del edificio a donde se dirigía. Estaba seguro de haber visto la cortina moverse ligeramente. Se preguntó si lo estarían mirando.

No lo sorprendería.

No confiaba en los abogados y menos aún desde la semana anterior, en que había recibido la carta de Meg Jonas, Abogada, suite 201, 5608 West Broadbank Av, Philadelphia. Su carta le resultaba un poco sospechosa, como si escondiese algo, aunque las intenciones de sus clientes estaban clarísimas.

Bajándose de la poderosa motocicleta, volvió a mascullar las palabras, con la fuerza de una amenaza y el poder de un juramento.

—¡No voy a perder a Amy!

También había desesperación en su voz al pensar en el temor aún más oscuro que lo había embargado en las últimas semanas, antes de oír siquiera hablar de Meg Jonas.

Mal que le pesase, necesitaba a esas personas. La vida de Amy quizás dependiese de ellos. Los necesitaba mucho más de lo que jamás hubiese deseado necesitar a la gente que le disputaba su derecho a la custodia de su única hija.

Si no los hubiese necesitado, habría conseguido un abogado que les dijese que no tenían ningún fundamento para arrebatarle lo que era suyo de forma incuestionable. Pero según se hallaba la situación, necesitarían trabajar todos en equipo durante las siguientes semanas con el objetivo común del bienestar de Amy.

Ya llegaba diez minutos tarde a la cita, pero no había sido por su culpa. Se había retrasado en el trabajo e intentado llegar a tiempo conduciendo la moto por las callejuelas secundarias de Philadelphia para evitar los típicos atascos de tráfico en hora punta.

¡Que esperase! Que ella y sus clientes no se creyesen que lo tenían pendiente. No tenían ninguna base para reclamar la custodia de su hija. ¡Ninguna!

Pausadamente, se quitó los guantes de cuero negro y luego comenzó a desabrocharse el casco negro de metal. Si Meg Jones lo miraba desde la ventana, que mirase todo lo que le viniese en gana…

 

 

Desde su ventana, con un dedo apenas sosteniendo la cortina, Meg vio al extraño vestido de cuero negro sacudir su melena espesa y oscura. Nerviosa porque él llegaba tarde, lo espió con la intención de evaluarlo antes de que él tuviese la oportunidad de hacer lo mismo con ella.

Era evidente que no tenía ninguna prisa. ¿No era esa reunión importante para él, por el amor de Dios? Lo era para ella, para sus padres. Terriblemente importante.

Pero él parecía totalmente despreocupado mientras de quitaba los pantalones y la chaqueta de cuero negro bajo los cuales llevaba una camisa azul y unos pantalones oscuros.

Su hermana Cherie había amado a aquel hombre lo suficiente para tener un hijo con él, se recordó. Según las fechas que Meg conocía, su hermana había estado enrollada con él más de un año. Un récord para Cherie, que nunca lograba que nada le durase demasiado tiempo. Ni un hombre, ni un plan, ni una dirección.

Ese era el motivo por el que Meg y su padre habían perdido el contacto con ella durante los meses cruciales de su embarazo. Y por eso ni se habían enterado del bebé de Cherie hasta que la carta de Adam Callahan le había llegado inesperadamente a su padre en California hacía dos semanas.

Pero Cherie estaba muerta…

Meg tragó el nudo que se le hizo en la garganta. A veces pasaban meses o incluso años sin saber nada de Cherie, pero ahora sabían que se había ido para siempre. Y de repente se enteraban de que había dejado una niñita que vivía con el macarra de su padre, lo cual les daba a todos una segunda oportunidad.

—La oportunidad de que papá y yo hagamos por la hija de Cherie lo que nunca pudimos hacer por ella —murmuró Meg en voz alta, casi como una plegaria. Una plegaria por que todo saliese bien.

¿Cómo se lo tomaría Adam Callahan? ¿Le resultaría un alivio entregar a su bebé a sus abuelos, que la recibirían con todo cariño? ¿O tendrían que batallar por la niña? Patty, la segunda mujer de su padre, tenía todas sus ilusiones puestas en el bebé.

Ahora que se había quitado el traje de motorista, guardándolo en el compartimento de la moto y llevaba el casco inocentemente bajo el brazo, Adam Callahan no parecía tan amenazador. Su camisa azul y sus pantalones oscuros eran de lo más conservadores y elegantes. Pero la mirada que echó a la ventana reflejaba fría rabia y había tal determinación en sus viriles facciones, que un escalofrío recorrió a Meg de arriba abajo.

Siempre sospechó que ese hombre sería peligroso. Había sido un peligro para Cherie, ya que, según parecía, casi se habían matado en un accidente con la moto debido a su conducción temeraria, y eso no era todo.

«¿Qué tipo de amenaza será para mí?», se preguntó, con una creciente sensación de temor.

—¡Contrólate, Meg! —se regañó en voz alta—. Esto es una reunión profesional, no una confrontación. Soy un abogado que representa a unos clientes. Es una coincidencia que uno de esos clientes sea mi padre… quizás debería haber escuchado a mi instinto y no haber dejado que papá me convenciese. Soy demasiado cercana, me interesa mucho.

Buscó tranquilizarse y se dio la vuelta, mirando su oficina, de la que se sentía tan orgullosa. Llevaba trabajando solo siete meses, desde que aprobó el examen que la habilitaba para ejercer en Pennsylvania, pero su clientela había ido creciendo de forma constante y ya había tenido un par de casos que habían resultado realmente satisfactorios. Nada del otro mundo, solo unos testamentos, unos contratos de compraventa y un divorcio bastante sencillo. Sabía que sus clientes estaban satisfechos y varios de ellos se lo habían dicho. Se estaba corriendo la voz de que era buena. Pero el caso que tenía entre manos era algo completamente diferente de lo que ella había llevado, y al resultar algo personal…

«No voy a arruinarlo con mis sentimientos», se prometió Meg.

Alisándose la falda del traje azul marino, se dirigió a abrir la puerta.

 

 

No era lo que él esperaba.

Ese fue el pensamiento de Adam cuando le estrechó la mano a la abogada al presentarse. Su apretón era firme, ni demasiado blando ni demasiado duro. Le ofreció café en voz ligeramente ronca. Al aceptar, aunque no tenía el menor deseo de tomarlo, se preguntó si siempre sería igual de ronca o solo en ese momento. Sintió que la suya también le saldría ronca en ese momento.

Porque ella no era en absoluto lo que él se imaginaba. Mentalmente, anotó las diferencias. Tenía unos veintitantos años, cuando él había supuesto cuarenta. Su boca suave y rosada y sus claros ojos grises no tenían nada que ver con el rostro duro y aburrido que se había imaginado que lo recibiría, enmascarado apenas con una expresión de profesionalidad y cortesía.

Y bonita. No había presupuesto que sería tan bonita. Las abogadas no solían venir en paquetes como ese, con rostro en forma de corazón y oscuras melenas largas que le rozaban los hombros. No eran elegantes y delicadas, ni vestían trajes azules de buen corte con blusas blancas que se ajustaban a sus formas. Y decididamente no tenían bocas llenas de labios perfectamente maquillados en suave tono canela rosado. Lo cierto era que esos labios le recordaban a los de alguien más. Alguien importante.

Era evidente que ella hacía un esfuerzo por mantenerse calmada y se preguntó por qué. La oyó carraspear, acomodarse el cabello detrás de la oreja y luego servir el café con un pulso no demasiado firme, casi volcando el caliente líquido.

Por primera vez en semanas, se sintió más tranquilo. Esa mujer tenía algo que lo tranquilizaba, acallándole la desconfianza y el dolor, algo a lo que instintivamente quería responder y confiar. No tenía sentido en absoluto, pero de momento, sintiendo que llevaba ventaja, se dejó llevar por ese poderoso instinto y se tranquilizó.

—No quiero crema, gracias —le dijo, pero ella ya había vertido un poco en su propia taza y automáticamente movió la mano para servirle a él. Era obvio que estaba tan ensimismada que no lo había oído, así es que además de repetirlo, le apoyó la mano sobre la suya para evitar que lo hiciera.

El contacto resultó extrañamente íntimo. Ella lo miró como un animal asustado y él sintió como una descarga eléctrica le recorría el cuerpo, lo que le hizo retirar la mano rápidamente antes de que se quemase. ¿Qué le estaba sucediendo?

—¿Crema no? —repitió ella, como si nunca hubiera oído que el café se podía tomar de otra manera.

—Ni azúcar. Me parece que me doy cuenta de porqué se ha dedicado a la abogacía —dijo él.

Ella se había separado de él después de aquel breve contacto físico, y pareció sobresaltarse más todavía.

—¿Por qué? —preguntó, revolviendo el café solo con una cucharilla.

—Porque no serviría nunca para camarera —dijo, esbozando una pequeña sonrisa. Esperó un instante y obtuvo su recompensa.

Ella lanzó una carcajada de regocijo.

—Es mi tragedia secreta. No puedo servir café.

—Me imagino que le habrá frustrado toda su existencia. Venga, deme eso antes de que ponga la taza en órbita.

Ella sonrió, suspirando luego y él vio cómo la expresión de inquietud le volvía a los ojos. Una expresión de pena, de sufrimiento, como si tuviese algo personal que la hacía angustiarse.

No había nada en la vida privada de aquella mujer que le interesase a él, se dijo. Por el contrario, mucho mejor si se encontraba nerviosa. ¡Tenía que aprovecharse de ello!

Y de repente, toda su rabia concentrada volvió con toda su fuerza, ahogando totalmente la química que había entre los dos.

—¿Dónde están los Fontaine? —preguntó—. ¿No deberían hallarse aquí también? ¿Y Cherie, dónde está? ¿Qué es esto? Necesito varias respuestas, señorita Jonas, y tengo intención de conseguirlas.

Se dio cuenta inmediatamente de que había cometido un error al perder la calma. Su bebé, Amy, solo tenía catorce meses y ya era la cuarta vez, sí, la cuarta que se enfrentaba a la posibilidad de perderla. Tenía toda la razón del mundo para perder el control, pero por desgracia no podía ganar esa lucha suscitando pena. Tenía que mantener la cabeza fría.

Apoyando las manos en la mesa tras la cual se sentaba la abogada, se irguió frente a ella.

—Su carta fue muy breve. Y daba bastante poca información —añadió antes de que ella pudiese responder a su diatriba inicial—. Lo único que sé es que usted representa a los padres de Cherie y que ellos reclaman la custodia de mi hija. Me gustaría saber más.

Retrocediendo, se sentó frente a ella, decidido a tomárselo con calma y no dejarse guiar por sus sentimientos. Bastaba con ver lo que le había sucedido hacía un instante con el contacto físico con ella.

Pero era evidente que a ella tampoco le resultaba fácil controlar sus emociones, porque tomó un trago de café para tranquilizarse antes de hablar.

—Para empezar —dijo la abogada—, ¿tiene usted algún representante legal en esta cuestión?

—Todavía no —dijo Adam, decidiendo rápidamente que lo mejor sería decir la verdad—. Espero que podamos resolverla de forma amistosa, ya que tengo confianza en mi derecho como padre de Amy en lo que se refiere a su custodia. Hubiera preferido que los Fontaine me hubiesen escrito personalmente en vez de meter a un abogado para que complicase el tema.

Ella inspiró profundamente.

—Mire, tal como ha dicho, debería aclararle unas cuestiones primero. Para empezar, mis clientes no se llaman Fontaine. Era lógico que usted lo supusiese así, ya que son los padres de Cherie, pero Fontaine era el nombre artístico de mi hermana, que ella adoptó cuando comenzó a competir en concursos de belleza infantil a los cinco años. Sepa usted que actúo en nombre de Burt Jonas y su esposa Patricia.

—¿Jonas? —repitió él—. Pero ese es su…

—Sí —dijo ella, asintiendo con la cabeza—. Burt Jonas es mi padre, Patty es mi madrastra y Cherie es… ¡oh, demonios! Era mi hermana menor.

—¿Qué quiere decir con que era? —exigió Adam roncamente, mientras el corazón le daba un vuelco en el pecho. ¿Era idea suya o ella intentaba controlar las lágrimas?

Eso sí que era inesperado. Otra tragedia y, lo que era más increíble todavía, otra amenaza para Amy. Aparte de la pena y la pérdida, si algo le había sucedido a su madre, ¿qué efecto tendría eso sobre sus posibilidades de vivir?

—Lo siento —dijo Meg Jonas, haciendo un evidente esfuerzo—. Nos dimos cuenta por la carta dirigida a mi padre pidiéndole que se pusiera en contacto con usted, que usted no lo sabía. Cherie murió hace unos seis meses en un accidente de aviación en el Caribe. Una avioneta. El piloto y otras dos modelos también perdieron la vida. Fue muy difícil para mi padre. Lo sigue siendo. Hacía un año que no sabía nada de ella, cómo ponerse en contacto…

—Típico de Cherie —dijo Adam, un poco trémulo—. Yo tuve el mismo problema con ella más de una vez.

—Sí, así era ella —dijo Meg—. Hacía unas semanas que se había puesto en contacto por fin, diciendo que había reiniciado su carrera de modelo, que estaba bien, y, de repente, su muerte.

Adam lanzó un improperio en voz baja.

—Tiene que haber sido… Me refiero a que… ¡demonios!, hasta a mí me resulta…

Meg asintió con la cabeza silenciosamente y ambos se quedaron varios minutos envueltos en sus pensamientos. Ella fue quien habló primero.

—Señor Callahan, yo…

—Doctor —corrigió él automáticamente, mirando a la distancia.

—¿Doctor? ¿Es usted doctor? ¿Doctor en medicina?

—Sí —dijo él, mirándola—. Residente de tercer año de pediatría. ¿Por qué? ¿La sorprende?

Ella se había inclinado hacia delante y lo observaba con enervante intensidad.

—Sí —reconoció bruscamente—. Cherie dijo un par de cosas sobre usted que…

Ahora le tocó a él sorprenderse. La relación con Cherie había durado unos dos meses.

—¿Cherie le habló de mí?

—No mucho —dijo Meg Jones.

—¿Pero nada sobre Amy?

—No. Hasta recibir su carta, no teníamos ni idea de que ella había tenido un bebé. Nada en absoluto. Un nuevo sobresalto —sonrió, pero la leve sonrisa no le llegó a los ojos.

—Demasiados —reconoció Adam, sabiendo que para la hermana de Cherie el mayor sobresalto estaba por venir… cuando él considerase que había llegado el momento de dárselo.

—Siempre tuve la sensación de que no la conocía demasiado bien —dijo ella, hablando lentamente, con la mirada clavada en la mesa—. Nuestros padres se separaron cuando yo tenía ocho años y Cherie tres —continuó.

Adam la escuchó, asombrado de que ella, el abogado de sus contrincantes, le abriese su corazón de esa forma, pero consciente a la vez de lo extraño de la situación.

—Ellos decidieron quedarse cada uno con una de nosotras. Yo me quedé con mi padre —dijo ella— mientras Cherie se fue con mi madre. Siempre me he sentido culpable por ello.

—¿Culpable?

—Yo salí ganando. No sé si ella le habló de su infancia…

—Algo me contó —replicó Adam—. Como piezas sueltas de un rompecabezas. Nunca me dio la imagen completa.

Nuevamente Meg esbozó su sonrisa triste.

—Así era Cherie. Mi madre era igual. Siempre en busca de un nuevo sueño, pero nunca lo bastante en un sitio para explicarle a nadie qué era lo que buscaba. Se recorrió todo el país con Cherie a la zaga, volviendo a mi padre loco de desesperación. Se llegó a mudar hasta dos veces por año. Mi pobre padre nunca sabía si la encontraría en el número de teléfono que tenía. Nunca sabía si podría contar con Cherie para las vacaciones o si tendría que cancelar sus planes porque no la podía localizar. Creo que llegó un momento en que tiró la toalla.

Adam estaba tan atento a la forma en que aquella compleja y sensible mujer le relataba la historia que ni pensaba en lo que significaba realmente.

—Se protegió del amor hacia Cherie con una gruesa capa de cemento, como si fuese algo radioactivo —dijo ella, abriendo sus manos como si le pidiese disculpas por la torpe comparación.

—Creo comprenderlo.

—Sufría demasiado —prosiguió ella—. Es un hombre organizado y sensato, mientras que mi madre, que murió hace varios años, era… —volvió a mirarlo y su sonrisa era más amplia, aunque igual de complicada—. No permita que le digan que los opuestos se atraen.

—¿No? —preguntó Adam, pensando en el destino que lo había llevado a conocer a Cherie, aunque nunca se arrepentiría de haberla conocido. Nunca.

—Bueno, de acuerdo, se atraen —concedió Meg— al principio. Eso fue lo que sucedió con mis padres. Pero los opuestos no funcionan cuando se trata de una relación duradera.

—En eso estoy de acuerdo con usted.

—Así que crecí sin conocer a mi hermana y poco a mi madre. Fue increíble descubrir que Cherie tenía un hijo. ¿Cómo logró localizar a mi padre? Al principio no comprendimos bien porque usted tenía el nombre equivocado y todo eso.

Aunque Adam sabía que le tocaba abrir su corazón, decidió no hablar de la enfermedad de Amy todavía y de lo que necesitaba. Tenía tiempo para ello y era importante que lo hiciera bien.

Se recordó firmemente que probablemente esa abogada era como todas las demás, a pesar de que era capaz de hablarle a un extraño como él desde el fondo de su corazón. Seguro que estaba cortada con el mismo patrón que Garry, su compañero de piso, que le robó a su novia delante de sus narices y luego se rio y le dijo que bajase a la tierra cuando él se dio cuenta de ello.

—Necesitaba ponerme en contacto con Cherie —dijo, evitando dar detalles deliberadamente—, pero no sabía cómo. Después de que Amy naciese, incluso antes, parecía que Cherie iba en declive.

—Lo sé —asintió Meg con la cabeza—. Eso fue lo que hizo que su muerte fuese más fácil de aceptar para mi padre, el hecho de que hubiese logrado darle la media vuelta a su vida y murió haciendo lo que le gustaba hacer, a punto de lograr el verdadero éxito.

—Así que estuve a punto de poner el tema en manos de un detective privado. Incluso me pregunté si no estaría viviendo en la calle.

—Lo comprendo —volvió a asentir Meg—. Nosotros también tuvimos esos temores a veces.