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No hay ninguna reina, ningún Destino ni ningún ejército que pueda alejarme de ti. Un rey exiliado. Un rey que usurpa el trono de su hermano. Una reina para unirlos a todos. Una guerra a punto de estallar. Un destino inamovible. Las puertas del Ninfeo se han abierto. Ya no hay vuelta atrás. La profecía está en marcha.
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Seitenzahl: 888
Veröffentlichungsjahr: 2024
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A mi familia, mi ancla.
Sofie
—
Después de tres siglos de agonía, de súplicas, de promesas vacías y de estratagemas aparentemente inconexas que la habían llevado al borde de la locura... Sofie por fin lo veía.
Se arrastró por los adoquines del santuario, desnuda y de rodillas. En cuanto se incorporó para saludar al Destino del Fuego y vio en sus duros rasgos una expresión expectante, Sofie supo que algo había cambiado de forma drástica. Y que había cambiado a su favor.
–¿Lo ha hecho? ¿Ha liberado a las ninfas? –barbotó con histeria, aferrándose a cada sílaba que salía de su boca.
Malachi se paseó alrededor del ataúd de piedra que albergaba los dos cadáveres. Su forma corpórea era tan magnificente como sobrecogedora.
–El proceso ha comenzado –tronó con voz profunda y retumbante. Las comisuras de sus labios se crisparon de placer cuando se agachó para rozar con un dedo la mejilla perfectamente conservada de Romeria–. Sea o no consciente de ello.
Sofie se apretó el estómago con las manos en un intento de contener los nervios.
–¿Cuánto falta? –¿Cuánto faltaba para que volviera a sentir a Elijah estrechándola entre sus brazos?
–Pronto, amor mío. Muy pronto –Malachi alzó la vista para fijarla en ella–. Hasta entonces, tengo una tarea para ti.
Romeria
—
Una carcajada estridente dentro del castillo compite con el ruido de nuestros pasos y provoca que Jarek frunza el ceño.
Miro al formidable legionario que se cierne sobre mí. Su cuerpo esculpido está forrado de cuero, tiene el cabello castaño recién rapado a los lados de la cabeza y el mechón central se sujeta en tres gruesas trenzas recogidas en la nuca.
–Venga ya. No es posible que te desagraden los niños.
–¿No? –Arquea una ceja y su atractivo rostro refleja diversión–. Si vierais lo que hacen cuando sufren por primera vez la sed de sangre, no os parecerían tan encantadores esos salvajes monstruitos.
Pongo una mueca al recordar la inquietante descripción que hizo Zander de los inmortales islorianos cuando aprenden a alimentarse.
–Niños mortales –corrijo.
–Son un pelín menos salvajes. Igual de molestos. –Examina el entorno, como si esperara que una amenaza se materializara en las paredes en cualquier momento–. Y este no es su sitio –añade en un murmullo.
Estalla otra risa infantil que rebota con un eco estremecedor en este reino hueco que vibra con magia ancestral.
–¿Y el nuestro sí?
Abrí el muro de la montaña hace tres días y, desde entonces, hemos recorrido todos los rincones de Ulysede y hemos encontrado señales de que es una ciudad próspera –hay tiendas de alimentación, de ropa, flores que decoran los alféizares–, pero carente de vida más allá del ganado, los pájaros cantores y algún que otro gato callejero. Elisaf halló una armería repleta de piezas relucientes, donde había metal suficiente para equipar a un pequeño ejército. Cada coraza blasonada llevaba el emblema de dos lunas crecientes de Ulysede. También hay una cámara del tesoro repleta de monedas de oro estampadas con el mismo escudo, pero no hemos visto a nadie que lleve armadura alguna ni que cobre por su trabajo.
Es como si Ulysede se hubiera construido y después se hubiera congelado en el tiempo y estuviera esperándonos. Para qué, aún lo ignoramos.
Es una ciudad desierta, bordeada de muros montañosos escarpados e imposibles de escalar. Pero solo un estúpido se creería que nos encontramos dentro de la montaña, y habría que ser aún más estúpido para pensar que seguimos en Islor. Cuando aquella antigua muralla cubierta por la escritura de las ninfas, la llamada Fortaleza de Piedra, se abrió y atravesamos las puertas, dimos un paso más allá de nuestra realidad. El detalle de que todas las noches haya dos lunas en el cielo lo confirma.
Estudio el fresco del techo del corredor: la pintura muestra un mercado abarrotado con gente vendiendo su mercancía. Están rodeados de carros, de caballos y de soldados con el escudo de Ulysede en las corazas. El castillo de arenisca blanca, con sus agujas color azul regio y sus imponentes almenas, está lleno de frescos que muestran escenas llenas de vida, pero no ofrecen ninguna pista de quiénes son esas personas ni de a qué época pertenecen.
¿Representan el pasado?
¿O tal vez muestran un prometedor futuro?
Supongo que este sí es mi sitio, ya que lo que desveló el secreto de Ulysede fue mi sangre: una inexplicable combinación de la princesa Romeria, heredera del trono de Ybaris e hija de Aoife, diosa del agua, y Romy Watts de Nueva York, una ladrona de guante blanco humana que ignoraba su naturaleza como invocadora clave. Además, sobre un trono lleno de púas descansaba una corona de espinas a la espera de que me la colocara en la cabeza.
La pregunta es: ¿y ahora qué?
Cuando Jarek y yo entramos en el gran salón, pasa corriendo una niña –una de las humanas de Norcaster rescatadas de las jaulas donde las tenían sus guardianes–, perseguida por Eden. Parecen estar jugando al pillapilla.
–¡Te pillé! –declara Eden, abrazándola y obteniendo a cambio un estridente chillido de alegría.
Jarek sube levemente la comisura de la boca, y dudo que sea por la niña. Mi doncella es la única que parece capaz de suavizar las duras aristas del guerrero.
Al vernos, Eden suelta a la niña y hace una reverencia.
–¡Majestad! –exclama antes de pasear sus inocentes ojos azules por mi atuendo. Llevo unas calzas negras y una túnica que saqué del amplio y surtido armario. Arruga la frente–. ¿No era de vuestro agrado el vestido que os preparé?
–No puede entrenar con falda –zanja Jarek antes de darme oportunidad de contestar.
Pongo los ojos en blanco. Jarek no admite réplica; se ha obcecado en que debo ejercitarme a diario en la pista de entrenamiento del castillo. Teniendo en cuenta todo lo que me queda por aprender, lanzar una daga no me parece tan vital, pero estoy mejorando: la hoja ya no rebota contra el blanco.
–El vestido era precioso. –Los armarios de los aposentos de la reina rebosan de ropa y toda me queda como si estuviera hecha a medida, justo pensando en mí–. Pero –añado, señalando lo que llevo puesto– con esto es mucho más fácil moverse, en general.
–Sí, supongo que sí. –Eden se muerde el labio y fija la mirada en Jarek. No sabría decir en qué ha acabado su mutuo interés porque el único momento en que el legionario se aleja de mí es cuando estoy en mi habitación con Zander, y ni siquiera entonces; Elisaf lo ha visto vagando por los pasillos hasta altas horas de la noche.
La niña, oculta tras las faldas de Eden, nos mira a Jarek y a mí. Recuerdo haberla visto asomarse por los huecos del carromato a las afueras de Kamstead, el pequeño pueblo que apestaba a carne quemada. Antes iba vestida con harapos sucios de hollín, pero ahora está recién bañada y lleva un vestidito amarillo.
Me pregunto cuál de los dos la asusta más: ¿el legionario con incontables espadas sujetas a su cuerpo forrado de cuero, o la princesa ybarisana, ahora reina de Ulysede, con veneno en la sangre y una magia inconmensurable corriendo por su cuerpo?
Le dedico una sonrisa amable.
–¿Cómo te llamas?
–Betsy, alteza. –Intenta hacer una reverencia, pierde el equilibrio y tropieza. Puede que sea por la edad; no creo que tenga más de cinco años. O puede que no esté versada en las formalidades al proceder del norte, donde no está extendida la costumbre de inclinarse ante la realeza. Sea como sea, estoy convencida de que Corrin estaría escandalizada.
–¿Te gusta estar aquí?
Asiente con la cabeza de forma ferviente, pero vacila antes de señalar hacia arriba con el dedo.
–¿De verdad eso es una ninfa?
Miro hacia donde señala: la estatua de piedra en el centro de la gran sala. La criatura mide al menos tres metros de altura y lleva puesta una armadura de púas, como si estuviera lista para la batalla. Sus alas dentadas parecen diseñadas tanto para volar como para atravesar a sus enemigos, y tiene garras en las manos dispuestas a destrozar la carne de sus oponentes. La primera que vi la estatua me creí que era un daaknar.
–Creemos que sí.
Hay innumerables versiones de estas criaturas aladas por todo Ulysede: desde gárgolas temibles hasta delicadas figuras humanas y un millar de formas intermedias. De entrada, supuse que las humanas eran las representaciones auténticas de las ninfas que me hablan a través de risas infantiles que solo yo oigo, pero Gesine me advirtió que no debía darlo por sentado. Los videntes han visto la aterradora versión que se cierne sobre nosotros y, hasta ahora, sus visiones no nos han llevado por mal camino.
Betsy inclina la cabeza hacia atrás para estudiar a la amenazadora criatura.
–¿Cómo es posible que una cosa tan horrible pueda crear una ciudad tan bonita?
Eden le chista y echa una mirada cautelosa hacia arriba, como si la piedra pudiera oír la dura crítica.
Tal vez lo haga.
Aunque desde que atravesamos las puertas me invadió una sensación de seguridad y esperanza, soy incapaz de ignorar la escalofriante sensación de que no estamos solos y de que este lugar no es lo que parece.
Respiro hondo para calmar los latidos agitados de mi corazón, que se me acelera cada vez que pienso en ese problema constante. Sonrío para que no se dé cuenta de mi aprensión.
–No lo sé, pero me alegro mucho de que la construyeran.
Es el refugio que necesitábamos desesperadamente mientras Zander decide cuál es la mejor estrategia para salvar Islor y yo profundizo en mis nuevas habilidades como invocadora clave.
Unas pisadas atraen nuestra atención; por la enorme escalinata trota ágilmente Elisaf. Nadie adivinaría jamás que mi guardia nocturno fue despedazado por una bestia hace apenas una semana y estuvo a punto de cerrar los ojos y no abrirlos más. Se detiene en el rellano cuando nos ve, hace una leve inclinación de cabeza y sé que Zander le debe de haber mandado que viniera a buscarme.
–¿Necesitáis alguna cosa más, majestad? –pregunta Eden.
–Nada, gracias. –No importa lo mucho que le insista para que deje las formalidades; se sumerge en el protocolo con la misma facilidad con la que yo respiro.
–En ese caso, he oído que Mirren ha encontrado ingredientes para hacer un budín de pan –comenta Eden, y la cara de Betsy se ilumina ante la perspectiva de comer algo dulce–. Majestad. –Hace una reverencia y sus ojos se posan brevemente en los de Jarek–. Comandante –añade, antes de guiar a la niña hacia el pasillo que conduce a las cocinas del castillo.
Jarek la observa abismado durante unos instantes antes de volver a concentrarse.
–Conque «comandante», ¿eh? –me burlo, adoptando un tono sensual, mientras avanzamos por la amplia sala vacía hasta la escalinata. Me pregunto si Jarek seguirá sintiendo el mismo deseo por Eden ahora que ya no necesita su sangre, al menos no dentro de estos muros. Aquí ha desaparecido la maldición de dos mil años de antigüedad que creó a los «demonios de Malachi». Ningún inmortal isloriano ha sentido ni una punzada de esa ansia imposible de contener desde que cruzamos las puertas; algo que le ha levantado notablemente el ánimo a Zander.
–Ese es el título que me concedisteis, ¿no? –replica Jarek con sequedad, sin inmutarse lo más mínimo.
–Sí. –Y solo lo hice después de que Zander insistiera en que una reina necesita rodearse de gente de confianza; no se me ocurre mejor guerrero a mi lado que el legionario letal que ha demostrado que su lealtad a Islor es mucho más importante que los prejuicios que tiene contra Ybaris y Mordain–. Pero ¿por qué será que me estoy imaginando ahora que os traéis un jueguecito de comandante y sirvienta entre los dos?
–Porque tienes la mente sucia –responde.
Finjo un jadeo ofendido.
–¿Así es como le hablas a tu reina?
–Porque tenéis la mente sucia, majestad.
Contengo una carcajada ante la falta de deferencia, pero lo cierto es que la agradezco. Jarek y yo hemos tenido nuestras diferencias –el hosco guerrero me odiaba abiertamente, desconfiaba de mí y me ha deseado la muerte en muchas ocasiones, y yo se lo he pagado con la misma moneda–, pero desde la batalla contra los retoños y aquel grifo monstruoso se ha forjado un sentimiento de respeto y confianza mutua entre ambos. Lo único que pasa es que está enterrada bajo una gruesa capa de arrogancia y malos modales.
No es lo único implícito en nuestra relación. Una noche tranquila, justo antes de que los retoños se deslizaran como sombras armados con cuerdas de merth, dejé entrever la verdad de mi auténtica naturaleza. En cuanto Jarek se dio cuenta de que aquello tenía que ver con los Destinos, me hizo callar y se negó a escucharme. Desde que llegamos a Ulysede ha permanecido a mi lado mientras Gesine me impartía lecciones de invocadora, pero nunca me ha pedido una explicación y yo no se la he dado. Desde luego, jamás he admitido lo que soy.
–¿Te pidió que me sacaras de la cama si todavía no me había levantado? –le grito a Elisaf mientras subimos los escalones.
Mi guardia nocturno sonríe y se le marcan unas arruguitas en las comisuras de sus profundos ojos castaños.
–Su majestad os espera en la sala de guerra. Insistió en que la reina estuviera presente para discutir asuntos urgentes.
La reina. ¿Alguna vez dejaré de sentir que está hablando de otra persona?
–¿Qué asuntos urgentes..., lord Elisaf? –El tratamiento ha pasado a ser una broma recurrente entre nosotros desde que Elisaf interceptó una de las cartas de Atticus donde este ofrecía oro, tierras y un título de nobleza a la persona que capturara a la traidora princesa ybarisana y la entregara a Cirilea–. ¿Has encontrado alguna tierra en mi vasto reino que te atraiga?
–De hecho, sí, majestad. Al otro lado del río hay un terreno adecuado para la agricultura, con unos cuantos acres de zona de cultivo, un corral con cerdos y un gallinero. Fearghal ha empezado a darles de comer.
–Así que quieres ser granjero. –Las ninfas realmente han pensado en todo.
–Puede que se le dé mejor arrear cerdos que manejar una espada –gruñe Jarek, arrastrando ruidosamente las botas contra el mármol, aunque el guerrero sea capaz de moverse tan silenciosamente como un gato cuando quiere.
–Y, sin embargo, tú fuiste derrotado por un retoño –replica Elisaf sin alterarse.
–Cinco retoños que blandían merth crudo –le espeta Jarek, frotándose distraídamente el pecho con una mano en el punto donde tenía incrustada la daga. Fue necesario todo el poder curativo de Gesine para mantenerlo con vida.
Si permito que continúe la discusión, puede que lleguen a las manos.
–¿De qué asuntos urgentes necesita hablar Zander? –intervengo. Me abandonó en nuestra cama hace horas tras depositar un beso en mi frente e insistir suavemente en que no durmiera demasiado, que tenemos mucho trabajo y poco tiempo.
La expresión de Elisaf cambia y desaparece todo rastro de humor.
–De decisiones que no pueden esperar, me temo. De lo que vamos a hacer.
–Así que... lo de siempre –murmuro mientras subimos las escaleras.
El segundo día descubrimos la sala de guerra de Ulysede, en lo alto de un torreón con vistas al río y a la ciudad. Supuso un contraste agradable con la sala de guerra que tenía Zander en Cirilea, una estancia circular sin ventanas en la planta baja del castillo. Aquí, la luz del día entra a raudales por el ventanal e ilumina la espaciosa sala apenas amueblada. En un rincón hay un sencillo escritorio de madera con material de escritura y un estuche de cera con el lacre de las dos medias lunas.
Sin embargo, lo que más llama la atención es la losa del centro, donde hay extendido un mapa actualizado en que las tierras de Islor e Ybaris aparecen divididas en dos por la Gran Grieta. Otro misterio inexplicable que plantea preguntas en una ciudad que lleva sellada decenas de miles de años.
–... ya han llegado a Kamstead, lo que significa que sabrán que avanzamos hacia el norte; siempre que no sigan recorriendo los pueblos alrededor de Norcaster.
Me da un vuelco el corazón al ver a Zander inclinado sobre la mesa, con los guanteletes a un lado y los cincelados antebrazos rodeando el mapa. Es una imagen habitual: su atractivo rostro está tenso por lo mucho que le pesan los problemas de Islor y lleva el pelo castaño dorado echado hacia atrás, probablemente por haberle dado un empujón frustrado con la mano.
Incluso vestido de cuero como un guerrero tiene un aspecto regio.
Y es mío.
Si alguien le hubiera dicho a la ladrona de joyas de Nueva York que una hechicera pelirroja la enviaría a un mundo alternativo para habitar el cuerpo de una princesa traicionera y tomar posesión de una piedra a instancias del dios del fuego, se habría reído en su cara y habría considerado que deliraba.
Y, sin embargo, aquí estoy, enamorada de un rey que abandonó su trono y su reino para salvarme la vida.
Zander siempre me ha parecido imponente, desde el primer momento en que le vi a la orilla del río de Cirilea, forrado con su armadura y con la daga dispuesta a atravesarme el corazón. En los días, semanas y meses transcurridos desde entonces, ha desempeñado todos los papeles posibles en mi vida: desde verdugo a captor, pasando por cómplice reticente, aliado improbable y amante desconfiado.
Pero ahora mi corazón le pertenece y es mi motivación para aceptar cada nuevo desafío de este mundo letal.
Zander deja de estudiar el mapa y me observa.
–No entiendo cómo puedes dormir tanto –comenta con una pizca de reprimenda en la voz.
Me acerco a él.
–Alguien me mantuvo despierta hasta altas horas de la noche.
–Alguien me mantuvo despierto a mí y, sin embargo, ya he recorrido la mitad de Ulysede.
Su máscara pétrea se resquebraja, permitiendo que asome un atisbo de humor mientras me agarra la mano y la suelta de inmediato. He terminado por acostumbrarme a las dos caras de Zander: el hombre apasionado que admira cada centímetro de mi cuerpo y lo recorre con la boca tomándose su tiempo, y el gobernante inflexible, parco en palabras y de naturaleza melancólica. Solo conozco su lado sensible tras la intimidad de nuestras puertas, pero no me importa. Es embriagador enfrentarse a esta versión pétrea por el día y ver cómo se resquebraja conmigo todas las noches.
Ante los demás, sin embargo, es un rey exiliado, centrado únicamente en cómo recuperar su trono y salvar Islor.
Ambas tareas parecen imposibles.
Y ahora que la Legión ha concluido satisfactoriamente que no hay una amenaza mortal acechándonos entre estos muros –no una inminente, al menos–, Zander ha pasado todo el tiempo aquí dentro, dándole vueltas a su próximo movimiento.
–¿Hablabas de Telor y su ejército? –Me acerco al mapa y observo el camino que va desde las montañas de Venhorn hacia el sur, en dirección a Norcaster.
–Todavía no hay signos de que se estén acercando ni tampoco de los ybarisanos, pero nuestros exploradores solo pueden cubrir cierta cantidad de terreno antes de verse obligados a dar la vuelta para evitar que se les eche la noche encima.
O, concretamente, para evitar a los retoños que salen al atardecer para cazar y van armados con merth crudo, un regalo que la princesa de Ybaris les hizo tras realizar un trato que no acabamos de entender y que ha tenido como resultado la captura de dos legionarios en Norcaster. Otros han perdido la vida por su culpa en el viaje hasta aquí.
–¿No habéis sacado nada del retoño que habéis estado... interrogando?
Abarrane está de pie en el lado opuesto de la mesa, con el pelo del color del trigo maduro recién trenzado y una docena de espadas sujetas a su flexible cuerpo de guerrera. Luce su habitual expresión severa.
–Todavía nada, pero acabará cediendo. –Desde que llegamos a Ulysede, la comandante de la Legión de Zander ha pasado todas las noches torturando al prisionero ante las puertas, en un intento de descubrir la ubicación de Iago y Drakon.
Rendirse o morir. Abarrane no emplea métodos suaves de persuasión. Que siga vivo –y que continúe sin confesar– es sorprendente.
–Si a estas alturas no ha dicho dónde están, no tengo esperanzas de que lo haga –suspira Zander, como si me leyera la mente.
–Entonces, escogeré a un puñado de legionarios y haré una batida.
–No podemos dedicarnos a dar caza a lo loco a los retoños por las montañas en busca de dos legionarios que quizás ya estén muertos –dice Jarek, uniéndose a la conversación.
Las pupilas de Abarrane se vuelven hacia su antiguo segundo al mando.
–Los obligaremos a salir, entonces.
–¿Y si los que salen son cien? Si no fuera por las cuerdas de merth, la batalla estaría igualada, pero ¿con ellas? –Sacude la cabeza–. Solo encontrarás a Drakon y a Iago cuando acabes tirada a su lado, sirviendo de alimento para los retoños.
–Entonces, ¿qué sugieres? ¿Qué abandonemos a tus camaradas ante esos... esos...? –Su rostro se retuerce de rabia y se le arruga la fina cicatriz que va desde la frente hasta la oreja.
–No estamos sugiriendo eso. –Zander le lanza una mirada de advertencia a Jarek. A pesar de lo fría que puede llegar a ser Abarrane, es ferozmente protectora con sus guerreros, especialmente con aquellos a los que entrenó desde niños–. Pero tenemos asuntos más urgentes que rescatar a dos legionarios. Hudem está cerca y, entre el veneno que circula y el edicto de Atticus de ejecutar humanos sin juicio, Islor pronto se hará pedazos.
–Me arriesgaría a decir que ya lo ha hecho –murmura Elisaf sombríamente.
–Razón de más para que me marche ahora.
–¿A hacer qué? –barboto, sintiendo una oleada de pánico. No me sorprende que Zander planee abandonar la seguridad de Ulysede para regresar a Islor, donde le persigue el ejército del rey, donde sucumbirá de nuevo a la maldición de la sangre que tanto desprecia. Lleva hablando de marcharse de aquí desde que llegamos, pero es una temeridad y no sé cómo hacérselo entender.
–Debo convencer a Telor de que se una a nosotros. Los señores occidentales le seguirán. Incluso Rengard abandonará la neutralidad si Telor está conmigo –sentencia con convicción.
–¿Con cuántos hombres cuenta Telor? ¿Mil? ¿Eso dijo Rengard?
–Más o menos.
–Tú tienes quince guerreros, Elisaf y yo. –Y yo apenas domino mis afinidades. Estoy aprendiendo, y rápido, pero ahora mismo sería más un lastre que una ventaja.
–Once guerreros y no cuenta con vos –corrige Jarek, con la mandíbula apretada con testarudez. Cuando lo nombré comandante, uno de los requisitos que exigió fue poder contar con Zorya, Horik y Loth como una pequeña unidad de la Legión, para protegerse de cualquier amenaza dentro de Ulysede.
Zander y Abarrane estuvieron de acuerdo.
¿Y quedarme yo en Ulysede? Nunca he dicho que fuera a hacer tal cosa, pero ahora no es el momento de discutir con este cabezota.
–No puedes enfrentarte a mil soldados, Zander. Sería un suicidio.
–No estoy desvalido, como bien sabes. –Sonríe.
–Ya, ya lo sé. Especialmente si tienes la intención de matarlos a todos en cuanto los veas. –Recuerdo que solo necesitó una única llama diminuta para arrasar un manzanar entero, gracias a su poderosa afinidad élfica con el fuego de Malachi.
–Eso no es lo que planeo hacer –admite–. Pero, cuanto más esperemos, más tiempo le daremos a Atticus para averiguar dónde estamos y enviar más soldados que nos cerquen.
–Estoy convencida de que Atticus ya sabe dónde estamos. –La zona vagamente, al menos, pero ignora que exista un reino dentro del suyo. Me encantaría poder convertirme en una mosca y estar en la pared mirándole cuando reciba esa noticia–. Bien, ¿entonces quieres hablar con Telor primero? ¿Recuerdas lo que pasó la última vez que hablaste con un lord? ¿En El Yak Grasiento de Norcaster? Déjame que te lo recuerde: podrías haber muerto, y él solo tenía... ¿cuántos, doce soldados?
Zander aprieta los dientes.
–No cometeré el mismo error dos veces.
–Vale, pero podrías cometer otro. Telor cuenta con mil soldados. Además, están los retoños.
–Y cualquier otra amenaza que surja de entre las sombras –añade Elisaf, alisándose el pantalón de cuero con una mano. Puede que su muslo sea tan fuerte como siempre, pero tiene innumerables cicatrices plateadas de dientes en el lugar donde le destrozó el grifo.
Zander se pellizca el puente de la nariz. Hemos tenido esta conversación cientos de veces y jamás nos ponemos de acuerdo.
–Bien. Entonces, ¿qué sugieres, Romeria? ¿Que siga escondiéndome aquí, entre estas paredes blancas e inmaculadas? –Hace un gesto a nuestro alrededor–. ¿Qué clase de rey sería entonces?
Uno vivo. Me trago las palabras porque son egoístas y porque no doblegarán su voluntad.
–¿No podemos esperar unos días más a ver si vienen los ybarisanos? –insisto–. Sabemos que recorren Kamstead con regularidad y recibirán el mensaje que dejamos. Vendrán.
Abarrane contiene una carcajada.
–¿Tan convencida estáis de que os jurarán lealtad?
–Que ellos sepan, sigo siendo la princesa Romeria de Ybaris. Le han jurado lealtad a su madre, así que se da por descontado que también va incluida la princesa, ¿no? –Finjo toda la convicción que puedo, porque no tengo la menor idea de si sabrán a estas alturas que he traicionado los planes de la reina Neilina.
–¿Y qué pasará cuando se den cuenta de que no eres la misma princesa? –pregunta Zander.
–Ya cruzaremos ese puente... Solo te pido que esperes unos días más. Tú mismo lo has dicho: necesitas que Telor te escuche, y doscientos ybarisanos con sus afinidades harían que se lo pensara dos veces antes de atacar.
–Si los ybarisanos no nos matan antes a nosotros –masculla Jarek. Le lanzo una mirada fulminante. No estás ayudando.
Zander cruza los brazos con expresión hosca mientras su mente bulle.
–Nuestra situación es muy precaria; no tenemos ni idea de lo que sabe la reina Neilina. Sí, suponemos que ha descubierto a estas alturas que conocemos cuál es la fuente del veneno, pero no sabemos qué órdenes habrán recibido esos ybarisanos que vienen hacia nosotros. Entre ellos hay comunicación.
–¿Y si atacan los ybarisanos? –pregunta Abarrane.
–Confío en que las puertas de Ulysede nos proporcionen protección suficiente. Pero si los ybarisanos atacan, si ataca alguien, no tendremos más remedio que defendernos con todas nuestras fuerzas.
–Masacrar a los ybarisanos antes de la llegada del ejército de Telor sería una muestra de buena fe hacia él –señala Jarek con una sonrisa maligna.
–Haces que parezca tan fácil... –Los ojos de Zander se vuelven a posar en el mapa, en el reino que perdió a manos de su hermano traidor–. No quiero una batalla con los ybarisanos ni con Telor. Necesitamos aliados, no enemigos. Precisamos que todos y cada uno de esos hombres marchen hacia Cirilea con nosotros.
–Así que hablamos de mil soldados de Telor, de doscientos ybarisanos que posiblemente vengan a atacarnos, y estamos en una ciudad fortificada. Un momento fantástico para que te marches de aquí. –No puedo evitar el sarcasmo.
Rechina las muelas.
–Les daremos a los ybarisanos un día más –consiente finalmente, y suspiro aliviada. Es lo único que le puedo pedir: un solo día cada vez–. Entretanto, a lo mejor esta noche te puedo ayudar con el retoño, a ver si le soltamos la lengua. –Le hace un gesto con la cabeza a Abarrane.
–Agradecería vuestra ayuda. –Sonríe ella.
Me estremezco al pensar en cuáles podrían ser los métodos de persuasión de Zander. Ya le he visto usar el fuego antes, en las entrañas del castillo de Cirilea, cuando intentó sonsacarle información al príncipe Tyree. Al menos interrogan al retoño fuera de nuestros muros, para que nadie dentro de Ulysede tenga que oír los aullidos.
–Pasemos a otra cosa. ¿Qué ha descubierto la bruja? –exige Abarrane, cambiando bruscamente de tema.
Me encojo de hombros.
–Un montón de libros sobre cosas que no había visto nunca en los archivos de Mordain. Voy a hablar con ella cuando acabemos aquí.
Insatisfecha con mi respuesta, se gira hacia Jarek y arquea una ceja.
–Parece estar buscando algo específico. No sale de la biblioteca. –La primera orden de Jarek como comandante de Ulysede fue asignarle a Zorya la vigilancia de todos los movimientos de Gesine. Oficialmente, es por garantizar su seguridad en esta misteriosa ciudad, pero conozco a Jarek. No confía en ella.
–¿Buscando qué, exactamente? –La mirada dura de Zander es penetrante.
Jarek resopla.
–¿Acaso creéis que ha dado explicaciones?
–Tendrá que darlas para demostrar dónde residen sus verdaderas lealtades –afirma Zander. Jarek no es el único que no confía en Gesine; Zander no oculta que cree que es leal a Mordain, la isla de los invocadores que no sienten ningún amor por Islor y que me ejecutarían en un santiamén si supieran que existo. Y la suspicacia de Zander no ha hecho más que crecer desde que se abrieron las puertas de Ulysede.
–Por favor, ¿podríamos tener en cuenta lo inestimable que ha sido la ayuda de Gesine? –les recuerdo a todos, notando cómo crece la ira en mi interior–. Escapamos de Cirilea gracias a ella. Encontramos este lugar gracias a ella, y la maldición de la sangre ha desaparecido aquí. Algunos estamos vivos gracias a ella, sin más. –Apunto a Jarek–. Nos ha ayudado y curado durante todo el camino mientras todos la amenazabais sin parar. –Y se ha convertido en una amiga para mí en un mar de enemigos.
–La pregunta es si nos ayuda en nuestro beneficio o en el suyo –me presiona Zander–. No des por sentado que una sacerdotisa impulsada por la profecía hace esas cosas por pura bondad desinteresada.
–Tal vez no. –No soy tonta–. Pero continuáis actuando como si Gesine fuera una villana que conspira contra nosotros. –Zander inhala profundamente y le paro en seco–. Te juro por lo más sagrado que, si me dices en tono condescendiente que no sé lo que es Mordain... –gruño entre los dientes apretados. Esta es otra discusión que hemos tenido demasiadas veces sin que ninguno de los dos cediera.
La amenaza tácita hace que contenga la lengua y se trague lo que pensaba decir.
–Lo que sea que esté buscando no es más importante que entrenarte para que aprendas a manejar tus afinidades. ¿Conoces a otra persona en todo Islor que pueda hacerlo? –Presiona las manos contra el mapa–. Debería centrarse en el futuro en lugar de dedicarse a escudriñar libros mohosos sobre el pasado.
–Tienes toda la razón. Así que si hemos terminado aquí... –Me giro en redondo y me marcho, confiando en que mi enfado deje una atmósfera incómoda en la sala.
Jarek me sigue, casi pisándome los talones.
–Hacemos bien en desconfiar de ella –dice.
–¿Ah, sí? Por cierto, ¿cómo tienes la cicatriz del pecho? Ya sabes, la de la daga que básicamente te mató –le espeto.
Frunce los labios.
–Nuestros caminos solo serán el mismo mientras nosotros avancemos en la dirección que ella persigue. Gesine es Mordain.
–De ahí es de donde viene, no quién es.
–Seguid repitiéndolo si eso os hace sentir mejor. –Su sonrisa es sombría–. Pronto aprenderéis que no hay diferencia cuando se trata de los de su clase.
Recuerdo que la biblioteca de Cirilea me pareció enorme cuando entré por primera vez, con sus cuatro plantas y sus escaleras de caracol de hierro. Sin embargo, la biblioteca de Ulysede es tan grandiosa que forma un auténtico reino de pleno derecho. Ocupa tres pisos dentro del castillo y cada uno de ellos se extiende más allá de donde alcanza mi vista. Las hileras de estanterías de madera pulida son interminables y están repletas de libros, la mayoría en la misma escritura del trono y el altar del santuario. El aire huele a papel, tinta y madera, pero no a humedad, como cabría esperar de una antigua biblioteca. La iluminación es escasa: la luz queda mitigada por las vidrieras. Los faroles compensan la penumbra, puesto que se van encendiendo solos –o por alguna mano invisible– al sentir que se acerca un visitante.
Descubrimos la biblioteca del castillo poco después de que llegáramos y, desde entonces, Gesine no ha salido de allí a menos que se viera obligada. Permanece en un escritorio con un candil de aceite y una pila de libros que cambia constantemente.
Zorya nos saluda nada más entrar.
–¿Qué he hecho para merecer semejante castigo, comandante? –protesta.
–Juraría que dijiste que te encantaban los libros y los invocadores. – Jarek sonríe.
–Necesitas lavarte las orejas. –Frunce el ceño en dirección a Gesine, encorvada sobre el escritorio, aparentemente ajena a nuestra llegada–. La bruja me da órdenes todo el día. «Busca un libro con esta palabra, Zorya», «Busca una sección con este símbolo, Zorya» –la imita en tono burlón–. ¿Y acaso me da las gracias cuando se los llevo?
Que la letal guerrera se dedique a buscarle libros me resulta sorprendente, pero confirma lo que ha dicho Jarek: Gesine no está absorbiendo información al azar. Está a la caza de algo específico y lleva días sin descansar. Las únicas pausas que se ha tomado han consistido en darme alguna lección rápida para trabajar con mis afinidades.
–¿Dónde está Pan? –Miro a mi alrededor buscando su pícaro rostro–. ¿No se supone que os estaba ayudando?
–Se marchó; ni idea de adónde ni de por qué –Zorya entorna su único ojo bueno; el mutilado por una hoja de merth en la huida de Cirilea está escondido tras el parche de cuero–. Probablemente esté otra vez jugando a ser rey.
Lo encuentro muy poco probable. La última vez que Jarek pilló a Pan sentado en mi trono con la corona en la cabeza, gritando órdenes a súbditos imaginarios, le prometió que confeccionaría un nuevo cojín para sentarse con su pellejo. Estoy bastante segura de que el mortal se hizo pis encima.
Seguramente Pan se habrá marchado de la biblioteca porque Zorya le amenazó con cortarle la lengua si no se callaba, y es consciente de que la legionaria no bromea.
–¿Qué busca Gesine?
–¿Cómo lo voy a saber? Para eso tendría que hablarme. Casi ni se mueve de este sitio oscuro. Apenas come. No se ha bañado. –Resopla con desagrado–. Anoche la encontré desmayada sobre un libro, babeando. Tuve que despegarle la cara de la página. –Zorya sacude la cabeza–. Prefiero con mucho la Gesine con la que viajábamos. ¿Esta Gesine? Es diferente, y no me gusta.
Lo que acaba de decir hace que un atisbo de inquietud penetre en mi mente.
–¿Cómo de diferente?
Zorya se encoge de hombros.
–Distraída e irascible. Habla sola. Murmura, sobre todo. Incoherencias.
El pánico se apodera de mí. ¿Y si...?
Dejo a Jarek con Zorya y su mal humor y me apresuro a acercarme hacia la invocadora elemental. Mi aprensión crece a cada paso que doy.
–¿Has encontrado algo interesante?
Sin respuesta.
–¿Gesine? –insisto con voz más aguda de lo que pretendo, teñida de ansiedad.
Levanta la cabeza.
–Oh, Romeria. Disculpadme. Estaba tan concentrada... –Tiene unas ojeras profundas, el pelo negro despeinado y el vestido hecho un desastre. No estoy acostumbrada a verla desaliñada; es justo lo opuesto a la serena invocadora que conocí en la botica de Cirilea.
Pero su mirada verde esmeralda me observa con una sagacidad familiar, y doy gracias en silencio antes de señalar con la cabeza el libro que tanto la ha cautivado.
–¿Algo interesante?
–Sí, creo que sí. Bueno, interesante para mí, al menos. No soy tan hábil traduciendo esta lengua como algunos escribas de Mordain mucho más sabios. El estilo es arcaico y me está llevando una eternidad, pero creo que estos textos son anteriores a la era de los invocadores. –Alcanza uno en la parte superior de una pila–. Describen a unos seres llamados «místicos» que nacían con afinidades elementales de un poder variable; algo muy parecido a los invocadores. Sin embargo, no nacían de mortales; eran capaces de reproducirse y sus afinidades se transmitían de generación en generación. Increíble, ¿verdad? –Sus ojos se iluminan con un placer auténtico.
–¿Qué les pasó?
–Aún no he encontrado nada que explique su desaparición, pero seguro que está por ahí en alguna parte. –Señala las estanterías con la mano–. En Mordain no se sabe nada de esa época, al margen de los textos encontrados en Skatrana y las visiones de los videntes. Me parece importante que las ninfas protegieran estos conocimientos dentro de Ulysede.
–¿Ese es el motivo por el que Zorya tuvo que despegarte la cara de un libro anoche? ¿Porque estás desesperada por saber lo que les pasó a esos místicos?
–Estoy desesperada por saberlo todo. Hay tanto que aprender aquí... –Gesine se hunde en su silla con expresión grave–. Hay tantísimas cosas que podrían tener valor para nuestra causa... y me temo que me queda muy poco tiempo.
No tengo necesidad de preguntar a lo que se refiere: es la misma angustia que ha hecho que me acercara corriendo a ella. Sobre la cabeza de Gesine pende un reloj que hace tictac, el mismo que hay sobre cada elemental. Marca una cuenta atrás en el destino del que no pueden escapar: pasar de ser un poderoso invocador a un frágil vidente. Yo también habría sucumbido al cambio –sin saberlo– si hubiera seguido siendo Romy Watts, la ladrona de Nueva York, y no hubiera habitado este cuerpo élfico inmortal.
El inevitable desenlace sigue fresco en nuestras mentes: perdimos a Ianca hace poco más de una semana. Se convirtió en una versión marchita de sí misma que languidecía envuelta en pieles de animal. Se aferró a las visiones hasta que se desvaneció su vínculo con la realidad.
No sabemos con certeza cuándo le ocurrirá a Gesine, pero al parecer el cambio se produce entre la tercera y la cuarta década de vida, y más temprano cuanto más fuerte sea el elemental.
Gesine tiene treinta y seis años y es una poderosa invocadora con tres afinidades. Podría ocurrir dentro de cuatro años, cuatro meses o cuatro semanas. Podría ocurrir mañana.
Vacilo antes de hablar.
–¿Has... sentido algo? –Wendeline me dijo una vez que algunos elementales notan los primeros tirones del cambio en su cordura mientras que otros se acuestan completamente lúcidos y se despiertan idos.
–¿Aparte de sentirme abrumada y sin preparación suficiente? –Sonríe de forma débil–. Tal vez esta angustia intensa sea por culpa de la falta de sueño.
–Zorya dice que estabas babeando.
Gesine gime y se pasa las palmas de las manos por la cara.
–Ya me lo ha dicho. Varias veces. Supongo que estaba agotada; ni siquiera recuerdo que me llevara a mi habitación.
Solo para regresar corriendo hasta aquí.
¿Pero para qué? Intuyo lo mismo que Jarek y Zorya: que Gesine busca algo concreto. Pero si no lo comparte abiertamente, tendrá sus razones.
–He estado creando barreras como me enseñaste. Creo que lo he conseguido. –Principalmente en puertas, usando mi afinidad con Vin’nyla, el Destino del Aire, para tejer un muro impenetrable, una protección mucho más fuerte que la que podría proporcionar ninguna cerradura. Me llevó algo de práctica: las patadas de Jarek convirtieron en astillas cuatro puertas de madera antes de que consiguiera dominarlo. Con la última barrera, se desplomó de dolor y quedó confirmado que su hombro había impactado con un muro invisible tan duro como una piedra.
–Estáis captando las cosas rápidamente. Y ya no necesitáis el anillo. –Me da un toquecito en el dedo desnudo, donde solía llevar el anillo de compromiso de la princesa Romeria, una poderosa joya forjada a partir del talismán de oro de Aoife, con una piedra blanca mate de origen desconocido que se cree que procede de las ninfas.
–Cumplió su función. Ya no tengo nada que enmascarar. –El zumbido de mi magia de invocadora que procede de mi interior ahora es una sensación reconfortante, no el estruendo paralizante que me suponía antes. Y me he terminado resignando a ver la cara de la princesa Romeria cuando me miro al espejo en lugar de aquella con la que crecí–. ¿Qué debería practicar ahora?
–¿Levantar un muro de llamas, quizás?
Entrecierro los ojos.
–Eso ya me lo enseñaste, ¿recuerdas? –Aunque la primera vez lo hice yo sola, por necesidad.
–Tenéis razón, lo hice. –Pestañea y desvía la mirada hacia la interminable colección de libros–. Estoy tan cansada...
–Entonces deberías tomarte un respiro. Aquí no hay nada que sea tan importante, ¿verdad? –pregunto, intentando que mi tono no transmita suspicacia. Es lo que recibe de todos los demás y no la necesita también de mí.
–Me temo que podría haberlo –murmura de forma vaga–. Pero esto es demasiado como para que lo haga yo sola.
–Zorya y Pan te han estado ayudando, ¿no?
–Sí, pero no es suficiente. –Sacude la cabeza–. No, necesitaría expertos. Docenas de ellos. –Vacila, como si se armara de valor antes de seguir hablando–. Hay quienes podrían usar sus afinidades para dirigir mejor la búsqueda.
–¿Y de dónde vas a sacar a esa gente, salvo de Mordain?
Se muerde el labio inferior, y sé perfectamente cuál es su respuesta: eso es exactamente lo que quiere. Zander me advirtió que Gesine acabaría solicitándolo y que, cuando lo hiciera, la respuesta sería un «no» rotundo. Después de la traición de Wendeline, entiendo que no esté dispuesto a recibir con los brazos abiertos a más invocadores.
Casi puedo ver los engranajes que se mueven en la cabeza de Gesine mientras busca la forma de convencerme.
–Implicaría que tendríamos que hablarles de Ulysede y de cómo abrimos la puerta, lo que significaría confesar lo que soy. –Una invocadora clave. Mi mera existencia es tal ofensa para ellos que se castiga con la muerte, y ha sido así desde hace dos mil años.
–Comparto vuestras preocupaciones –comienza–. Pero no estoy hablando de informar a todo el gremio...
–¿Y puedes controlar eso?
–Los escribas lo han hecho durante años, respecto a la invocación de Ianca.
–Que tú sepas. ¿Hace cuánto que no estáis en contacto? ¿Desde antes de escapar de Argon? Eso fue hace meses. Todo ha cambiado. Han salido a la luz muchísimas cosas.
Se muerde el labio.
–Confío en que la Maestra Escriba involucre exclusivamente a las personas necesarias.
–Pues yo no. –Y Zander, menos. Tampoco se prestará a mantener esta conversación–. Lo último que necesitamos es que la reina Neilina descubra que no soy su hija y se lo diga a los doscientos ybarisanos que vienen hacia aquí. –Con suerte–. Les ordenará que me maten. No pueden descubrir que no soy la princesa Romeria. Los necesitamos en nuestro bando cuando aparezca el ejército de Telor. ¿Y qué pasa si tu Maestra Escriba decide que, a pesar de la profecía, es demasiado arriesgado permitir que ande suelta una invocadora clave, y considere que es aún peor que juegue a ser la reina de Ulysede? –Sí, la palabra clave es jugar. Noto que voy subiendo la voz a medida que me entra el pánico.
–La profecía ya predijo que las ninfas volverán a caminar por la tierra en la era de los invocadores, y eso significa que un invocador clave debe sobrevivir a la eliminación. Lo saben... aunque aún no lo sepan.
–Eso no significa que se vayan a quedar sentados mirando. Tú misma lo has dicho: no todo el mundo en Mordain valora la profecía. –Niego con la cabeza–. Lo siento, Gesine, pero es demasiado arriesgado. A estas alturas sigo con vida gracias a haber guardado el secreto. –Tengo muy claro que Zander me habría matado si se hubiera enterado al principio.
Frunce el ceño, incómoda.
–Supongo que debo informaros, entonces, de que ya es demasiado tarde. Ya está en marcha.
Se me revuelve el estómago.
–¿Cómo que es demasiado tarde? ¿Qué es lo que está en marcha?
–Los escribas ya saben la verdad sobre ti.
–¿Cómo? ¿Quién se lo ha dicho? –Mi voz aterrada resuena en la cavernosa biblioteca.
Gesine me observa sin remordimiento alguno.
–Fui yo.
Agatha
—
–Maestra Escriba, ¡mira lo que hago! –Paityn levanta el dedo índice y muestra una diminuta llama que baila en la punta, radiante de emoción.
–Enhorabuena. Enséñamela otra vez cuando sea tres veces más grande. Y practica fuera, en un sitio despejado, no vayas a prender fuego al gremio entero.
Me fuerzo a sonreír al pasar junto a mi pupila por el corredor, pero no aflojo el paso mientras aferro el pergamino entre las manos. Debería esconder esta carta antes de que alguien descubra que la tengo en mi poder –Destinos, lo que debería hacer es quemarla–, pero me temo que Allegra la necesitará. Además, la conozco: exigirá leer lo que ha dicho Gesine o no se lo creerá.
A duras penas lo creo yo.
¿Una invocadora clave de otro mundo que acaba en Islor por las intrigas de Malachi? En mis casi ocho décadas de vida, nunca había oído hablar de algo así. No hay ni rastro de nada parecido en los archivos: lo conocería. Me he pasado la vida entera inmersa en los escritos de los escribas y los videntes, y sus enormes conocimientos están al alcance de mi mano.
Y, sin embargo, está pasando. Ahora debo decidir cómo proceder.
Desearía no tener que involucrar a Allegra. La Segunda del gremio es demasiado joven y ambiciosa, y su habilidad para fingir es inquietante. Su astucia podría rivalizar con la de la reina Neilina, y hay veces que temo encontrarme atrapada en una red creada por ella. No es ningún secreto que Allegra aspira a alcanzar algún día el puesto de Primera del Gremio. Hasta dónde será capaz de llegar para conseguirlo... La preocupación me tiene sin dormir, mirando al techo, hasta altas horas de la madrugada.
Pero, de todos los líderes del gremio que hay en Mordain, Allegra es la única que valora el papel de los escribas. Los demás nos desprecian, tanto por nuestra mediocre afinidad como por la importancia que damos a nuestros videntes. Estamos marginados, tenemos muy poco poder y no servimos de ninguna utilidad real, al margen de recopilar conocimientos y formar a los invocadores más jóvenes al principio.
Además, no tengo más remedio que involucrar a Allegra. Carezco de la afinidad necesaria para enviarle una respuesta a Gesine, y no hay ningún escriba lo bastante fuerte como para asegurar que la carta llegue a su destinataria. Debemos mantener abierta la comunicación para obtener más información de vital importancia sobre esta invocadora clave y lo que significa para el destino de todos.
Cruzo las almenas en dirección a la torre del gremio. Más allá se extienden las rocas y las aguas azules, y a lo lejos, al otro lado del canal, centellean las joyas del castillo de Argon a la luz del sol. Al norte de Nyos, la isla de Mordain ofrece unas vistas impresionantes de montañas y frondosos bosques verdes. De niña, adoraba cuando mis maestros nos permitían ir a las praderas a recoger plantas y hongos para los horticultores y químicos.
He disfrutado de esas excursiones a lo largo de muchas décadas y he llevado a la naturaleza a mis jóvenes alumnos para poner a prueba sus incipientes habilidades antes de pasar a lecciones más complejas, pero últimamente mis viejos huesos encuentran traicionero ese terreno tan accidentado, así que me he visto obligada a dejar las salidas para los más jóvenes y hábiles, y a quedarme relegada en los húmedos túneles oscuros donde se afanan los escribas sin que nadie se lo agradezca.
La ciudad de Nyos es inmensa, un espectáculo para la vista, con la imponente torre del gremio en el centro rasgando el cielo; sus pináculos sirven de acicate evidente tanto para los invocadores como para los niños que esperan encontrar su chispa. El gremio es lo primero que se ve al cruzar las aguas desde Ybaris. Es un magnífico monumento diseñado por los hábiles invocadores de piedra, auténticos artistas. Pero lo que realmente anhelan los que regresan a Mordain es la ciudad que se encuentra a sus pies: las prósperas calles repletas de tiendas y tabernas y sus casitas a dos aguas, habitadas por personas que comparten ideas afines en un mundo que nos obliga a la servidumbre bajo el yugo de la reina y sus súbditos.
Súbditos que los marginan de inmediato en cuanto nacen, se les hace la prueba y se descubre que son algo más que simples mortales.
Cuando llego a las pesadas puertas de madera, ya está reunido el consejo general. Los dos guardias de la puerta me observan de forma inflexible, con las manos en las empuñaduras de las espadas. Siempre me ha parecido innecesario apostar centinelas que custodien una sala llena de hábiles invocadores, puesto que ya la protegen contra todos los males. Es casi tan estúpido como forrar a estos guerreros de élite con armaduras de la cabeza a los pies y armarlos con espadas cuando sus afinidades son más mortíferas que el acero. No obstante, si lo que se persigue es que sirvan de disuasión para cualquiera que intente interrumpir una sesión del consejo, es eficaz.
–Saludos, Darius, Fatima. –Les hago un asentimiento con la cabeza, como si el único delito que hubiera cometido hoy contra el gremio fuera llegar tarde a una reunión. Los ojos azules cristalinos de Darius brillan de sorpresa; por supuesto, ambos daban por sentado que el viejo cuervo que los entrenó hace tres décadas no los reconocería tras sus intimidantes máscaras. Levanto la barbilla–. Espero que ambos sigáis practicando con la llama. –Una habilidad trivial de principiante, teniendo en cuenta todo lo que han aprendido desde que los reclutaron para el escuadrón de las Sombras.
Hay un centelleo de placer en los ojos de Fatima y me imagino su amplia sonrisa infantil, la que tenía de niña, oculta tras el metal.
–Por supuesto, Maestra Escriba.
–Muy bien. –Hago un gesto seco hacia la puerta e intento templar mis nervios.
Tira del manillar y la puerta se abre con un ruidoso chirrido que hace que todos me miren mientras me acomodo en mi asiento.
–... su majestad está fuera de sí de preocupación. No ha tenido noticias de ninguno de sus hijos en un ciclo lunar entero, pero los últimos mensajes que han llegado de Cirilea son alarmantes. Hablan de la captura del príncipe Tyree y de que hay una recompensa por la cabeza de la princesa Romeria –expone Lorel en la mesa del consejo, ignorando mi tardía entrada. La Primera está vestida con su atuendo formal carmesí y plateado y lleva el pelo recogido en un moño, indicio de que acaba de regresar de Argon y está transmitiendo las palabras directamente de boca de la reina–. Además, ha jurado vengarse de Islor por el asesinato del rey Barris.
–¿Y te enseñó el cuerpo del supuesto asesino isloriano responsable de la muerte del rey? –pregunta Solange con la voz tan ronca que suena casi como un ronroneo. La acusación tácita queda colgando en el aire como la colada en un tendedero, a la vista de todos.
Lorel frunce los labios y las arrugas de la edad se le marcan en la piel alrededor de la boca. Llegó a Mordain dos décadas después que yo, pero ha envejecido prematuramente durante el tiempo que lleva como Primera.
–No tuvo a bien hacerlo, y no me corresponde a mí hacer una petición semejante.
–Habría sido lo razonable –interviene Allegra, sentada frente a Solange. Ella también lleva su traje escarlata y plateado sin otro motivo que el de destacar en la asamblea. Las dos invocadoras se consideran del mismo rango, Segundas por debajo de la Primera. Al ser las tres gobernadoras del gremio, deciden lo que se considera importante. El resto de nosotros, los maestros de cada facción, somos meros espectadores, respondemos ante ellas y nos dedicamos a engatusar a otros para que tomen partido en las raras ocasiones en las que tiene lugar una votación. Al final, siempre prevalece la decisión de Lorel.
La esbelta figura de Solange permanece rígida en su asiento. Su larga melena castaña, trenzada y recogida en un moño, añade severidad a sus rasgos. A sus treinta y ocho años, es la Segunda más joven de la historia del gremio.
–Supongo que pedir cuentas es un lujo que no podemos permitirnos.
–¿Cómo lo interpretaría su majestad, salvo como una muestra de la desconfianza de Mordain? –Las cejas de Lorel se arquean en señal de desafío.
La Segunda no se inmuta.
–Los Destinos nos libren de la audacia de no parecer acobardados ante la reina ybarisana –resopla Solange; es la única que se atreve a desafiar de forma tan descarada la toma de decisiones de la Primera.
Pocos en esta mesa son tan estúpidos como para creer que las decisiones de Lorel están motivadas por otra cosa que no sea la necesidad de ganarse el favor de la reina Neilina y conservar así su posición sagrada. Aún menos son tan idiotas como para creer que nuestros vecinos sureños tuvieron algo que ver con la muerte del rey. Es bien sabido que Neilina se oponía a cualquier tipo de acuerdo con Islor y le guardaba rencor a su marido por considerarlo posible.
–¿Y qué decisión ha tomado la reina? –interviene Allegra, evitando que la discusión llegue a mayores. Sabia decisión. Aunque la joven Segunda sea una conspiradora nata, se mueve por la cuerda floja de la diplomacia con tal facilidad que muy pocos verían indicios de traición.
Ante eso, el flácido rostro de Lorel se vuelve sombrío.
–Sus esfuerzos para conseguir apoyo han sido fructíferos. Ejércitos tanto de mortales como de elfos marchan en masa, contingentes no vistos desde que el rey Ailill y la invocadora Farren rasgaron una abertura en la Nulidad. La reina intenta rescatar a sus hijos de los demonios de Malachi.
–¿Y qué se espera de Mordain? –inquiere Allegra, pero todos sabemos la respuesta. La llevamos temiendo meses.
–Los elementales se están organizando para partir hacia el frente. –La Primera cuadra los hombros como si se estuviera preparando para la batalla–. He garantizado la presencia de las Sombras, nuestros sanadores más poderosos y nuestros arquitectos, que se unirán a ellos.
Surgen murmullos alrededor de la mesa. A mi lado, la Maestra Sanadora Brigitta suelta el aliento que contenía: es el único signo de que le preocupe enviar a la guerra a sus mejores discípulos, a los más brillantes.
–Mordain no ha luchado en una batalla desde hace cien años –indica Solange con serenidad forzada.
–¿No es precisamente para eso para lo que entrenas a tus Sombras? –le espeta Lorel.
Solange aprieta los dientes. Desde hace una década, cuando murió el anterior maestro, las Sombras han sido suyas –las recluta y las entrena–. Nunca ha tenido que enviarlas a la muerte.
–Esta no es la guerra de Mordain.
–Pero somos aliados, y eso es lo que hacen los aliados: apoyarse mutuamente.
Contengo un bufido. La reina Neilina estrangula con una tenaza a Mordain y tiene como rehenes a nuestros bebés invocadores para que cumplamos todos sus caprichos. Somos tan aliados como los mortales de Islor lo son de los guardianes que los esclavizan para alimentarse de su sangre.
–Propongo que celebremos una votación –dice Allegra.
–El resultado no cambiará nada. La reina Neilina ha solicitado nuestro apoyo y yo, como Primera del gremio, se lo he concedido –declara Lorel, sin un ápice de vacilación–. Se dará la orden de que se reúnan aquellos invocadores apostados fuera de Ybaris. Portadores de luz, sanadores, arquitectos... Se espera que todos marchen hacia la Grieta y desempeñen su papel en colaboración con el ejército de la reina.
Los maestros de esas facciones cruzan miradas de preocupación. Ninguno está entrenado para ir a la guerra. Pero eso a la reina Neilina le es indiferente.
El Maestro Mensajero Barra se aclara la garganta.
–¿Acaso sabemos lo que está ocurriendo realmente al sur de la Grieta? Los rumores que nos han llegado son... confusos en el mejor de los casos.
Y si hay alguien que disponga de información, esa es la rama del gremio que se dedica a recopilarla gracias a su afinidad con Vin’nyla, bendiciendo los vuelos de los cuervos a través del abismo.
Ojalá pudiera pedirle a Barra que le entregue mis cartas a Gesine, pero todo el mundo sabe que el maestro aspira a ocupar algún día el sillón de Lorel. Hasta que llegue el momento oportuno, Lorel lo tiene comiendo de su mano. Mientras, Barra confía en que la Primera hable bien de él ante la reina. Me preocupa que esté cuestionando ahora las decisiones de la Primera, aunque sea sutilmente. Significa que tiene más información de lo que parece.
–¿Y cuáles son esos rumores? –inquiere Solange, apretando los labios.
–Para empezar, que el rey Zander ha sido exiliado, y su hermano, Atticus, ha reclamado el trono para sí.
–Sus problemas políticos no nos conciernen. –Lorel descarta esa información–. La reina no va a sentarse a negociar con ninguno de los dos.
–Sí, Primera, pero hay cuestiones preocupantes sobre el veneno que inunda esas tierras, que infecta a los mortales y mata a los inmortales que se alimentan de ellos.
–El veneno no es nuevo. Ya hemos oído hablar de él. Recordemos que así fue como murieron la reina Esma y el rey Eachann.
–Sin duda. Pero se rumorea que la fuente de ese veneno es la propia sangre de la princesa Romeria.
La sala se queda en silencio.
Lorel parpadea varias veces.
–Obviamente es mentira. Los islorianos se están inventando esa historia para echarle la culpa a Ybaris de todos los problemas que tengan los demonios de Malachi.
Barra respira hondo para tranquilizarse. Un maestro del gremio no puede perder los estribos y estallar contra la Primera; habría graves consecuencias. Como mínimo se enfrentaría a un descenso de rango; y en el peor de los casos, a una espada en la garganta. La Maestra Horticultora Maeve, sentada frente a nosotros, puede dar fe de ello. Esta es la segunda sesión del consejo a la que acude; sustituyó al maestro anterior, que sufrió una muerte prematura tras enfrentarse directamente a la Primera.
–Tal vez, pero me ha llegado ese mensaje de diferentes fuentes...
–Es imposible.
–Yo no diría imposible –interviene Allegra–. Hay una forma de conseguirlo.
–Algo de esa magnitud requeriría una invocación a los Destinos, un acto de traición que nuestras hermanas elementales son incapaces de realizar mientras lleven el collar. La propia reina Neilina lo prohibió hace siglos –truena Lorel, cada vez más alto a cada palabra que pronuncia.
Mientras crece la tensión e inunda la estancia, siento el repentino e inexplicable impulso de alzar la voz y confirmar que lo que ha pasado es exactamente eso.
Una fulminante mirada de advertencia de Allegra hace que me muerda la lengua.
Lorel se inclina hacia ella.
–¿Es eso lo que estás sugiriendo, Allegra? ¿Que la reina Neilina le quitó el collar a una de nuestras hermanas y le ordenó que invocara a un Destino?
¡Sí! No tendría que sugerirlo: sé a ciencia cierta que eso fue lo que hizo. Ianca lo admitió.
Pero si pronunciara esas palabras en voz alta, estaría desvelando todos los secretos que guardan los escribas desde hace años, y nos valdría a muchos una sentencia de muerte.
El rostro de Allegra permanece inescrutable.
–Jamás me atrevería a sugerir una traición como esa.
–Más vale que no. –Lorel golpea la mesa con el puño, como si ese tema quedara zanjado–. Hablando de elementales, su majestad espera que le mandemos dos nuevos para reemplazar a la invocadora Gesine y a la invocadora Ianca. Cuanto antes mejor.
–Pero son demasiado jóvenes... Nadie ha completado todavía su formación –protesta Allegra, que sabe perfectamente cuál es la situación, ya que es la supervisora de los estudios elementales.
–He transmitido tus preocupaciones a la reina, pero se muestra inflexible: quiere que le enviemos dos de inmediato.
Me encorvo para que no se me note la mueca. Por supuesto que la reina es inflexible. Beatrix y Cressida tienen diecisiete y quince años respectivamente. Son jóvenes y asustadizas, y será mucho más fácil persuadirlas si decide tentar de nuevo a los Destinos. Así sucedió la última vez: Ianca cometió una insensatez que fue el triunfo de la reina.
Pero la profecía siempre se abre camino; debo tenerlo presente. Si el objetivo final de Malachi es que todo el poder de las ninfas vuelva a henchir estas tierras, debe llevar maquinando su plan desde hace mucho más tiempo del que podamos sospechar.
–Tendrá que bastar con el entrenamiento que han recibido. Pueden completar el resto de su instrucción con sus hermanas mayores de Argon. Al fin y al cabo, allí hay diecinueve –declara Lorel. Otro asunto que sería digno de debate, pero el tema está zanjado.