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Los artículos reunidos por Iván Illich en Alternativas ponen en cuestión la naturaleza de certidumbres particulares, reflejadas en tradiciones, valores, grupos o instituciones. Todos están guiados por un objetivo común que, inevitablemente, generó interés y polémica tras su aparición: "Confío en que cada una de mis afirmaciones —airada o apasionada, diestra o inocente— provoque también una sonrisa y, con ella, una nueva libertad, aunque sea una libertad que tuvo su precio". Así Illich encara la frivolidad de las políticas que pretenden combatir la pobreza a través de la idea de progreso, la superficialidad de las reformas del clero católico, los mecanismos de obediencia que reproduce el sistema escolar o las consecuencias humanas y naturales del desarrollo económico. Producto de un lúcido entendimiento particular, el conjunto de ideas aquí expuestas nos recuerda que la crisis institucional contemporánea reclama una actitud crítica radical ante las certezas impuestas.
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Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Iván Illich (Viena, 1926-Bremen, 2002) es considerado uno de los pensadores más importantes y lúcidos de la segunda mitad del siglo XX. Estudió teología y filosofía en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma y el doctorado en historia en la Universidad de Salzburgo. Se ordenó sacerdote y fue nombrado párroco en Nueva York. Además, fungió como vicerrector de la Universidad Católica de Ponce en Puerto Rico y como catedrático en la Universidad de Fordham, Nueva York. En Cuernavaca, México, fundó el Centro Intercultural de Documentación con el fin de capacitar misioneros para América Latina; sin embargo, debió abandonar la carrera sacerdotal tras sus críticas a la Iglesia católica y por haber desarrollado las teorías sobre la educación y la sociedad desescolarizada. El FCE ha publicado sus Obras reunidas en dos volúmenes (2006 y 2008) y su libro En el viñedo del texto. Etología de la lectura: un comentario al Didascalicon de Hugo de San Víctor (2002).
Alternativas
Sección de Obras de Sociología
Traducción de ERNESTO MAYANS, MARÍA TERESA MÁRQUEZ,MATEA PADILLA DE GOSSMAN, ELIANA BAYTELMANy CARLOS R. GODARD BUEN ABAD
Revisión de la traducción de JAVIER SICILIA y HUMBERTO BECK
Introducción de ERICH FROMM
Primera edición, 2024 [Primera edición en libro electrónico, 2024]
Distribución mundial
Alternativas forma parte de Obras reunidas I de Iván Illich, publicado por el FCE en 2006.
© Valentina Borremans Título original: Celebration of Awareness
D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8417-2 (rústica)ISBN 978-607-16-8485-1 (ePub)ISBN 978-607-16-8497-4 (mobi)
Impreso en México • Printed in Mexico
ALTERNATIVAS
Introducción
Prefacio
I. La alianza para el progreso de la pobreza
II. La metamorfosis del clero
Eclipse del clérigo
El culto de mañana
El sacerdote secularizado
Sacerdotes a título provisional
La estrategia de la transición
El futuro del celibato
La costumbre, creadora de confusión
La elección voluntaria de una vida «impotente»
La vida religiosa
El celibato clerical
¿Es el sacerdocio una profesión?
Conclusión
III. El reverso de la caridad
IV. La vaca sagrada
El mito liberal y la integración social
La Alianza para el Progreso (de las clases medias)
La escuela: institución anticuada
El monopolio de la escuela sobre la educación
La escuela como manía obsesiva
La escuela: tabú intocable
La escuela en el mundo de la electrónica
La escuela como símbolo de estatus
La escuela: creadora de déspotas
V. La desescolarización de la Iglesia
VI. La alternativa a la escolarización
El currículum oculto de las escuelas
Los supuestos ocultos de la educación
La mano oculta en un mercado educativo
La contradicción de las escuelas como herramientas del progreso tecnocrático
Recuperación de la responsabilidad de enseñar y aprender
Una nueva tecnología más que una nueva educación
La «pobreza»
VII. Conciencia política y control de la natalidad
El fracaso de lo mágico
El contexto de la urbanización
¿Resistencia a la riqueza?
Alienación ideológica
La Iglesia católica como agente publicitario
VIII. La aceleración paralizadora
IX. La expropiación de la salud
El contragolpe del progreso
Remedios para las explosiones prematuras
Némesis industrial
Tántalo
Cultura y salud
La destrucción del dolor
La eliminación de la enfermedad
La lucha contra la muerte
Sumario
X. La elocuencia del silencio
No hay necesidad de una introducción a los siguientes artículos o al autor de los mismos. Sin embargo, si el doctor Illich me ha honrado al invitarme a escribirla y si yo acepté gustoso, la razón en nuestras dos mentes parece ser que esta introducción ofrece una oportunidad que permite clarificar la naturaleza de una actitud y una fe comunes, a pesar del hecho de que algunos de nuestros puntos de vista difieren considerablemente. Incluso algunos de los puntos de vista del propio autor de los artículos no son hoy los mismos que él mantenía cuando los escribió, en diferentes ocasiones y en el curso de los años. Pero él se ha mantenido coherente en lo esencial de su actitud y es esa esencia la que ambos compartimos.
No es fácil encontrar una palabra justa que describa esa esencia. ¿Cómo se puede concretar en un concepto una actitud fundamental hacia la vida sin con ello distorsionarla y torcerla? Pero, dado que necesitamos comunicarnos con palabras, el término más adecuado —o, mejor dicho, el menos inadecuado— parece ser «radicalismo humanista».
¿Qué se quiere decir con radicalismo? ¿Qué es lo que implica radicalismo humanista?
Por radicalismo no me refiero principalmente a un cierto conjunto de ideas sino más bien a una actitud, a una «manera de ver», por así decir. Para comenzar, esta manera de ver puede caracterizarse con el lema: de omnibus dubitandum; todo debe ser objeto de duda, particularmente los conceptos ideológicos que son virtualmente compartidos por todos y que como consecuencia han asumido el papel de axiomas indudables del sentido común.
En ese sentido, «dudar» no implica un estado psicológico de incapacidad para llegar a decisiones o convicciones, como es el caso de la duda obsesiva, sino la disposición y capacidad para cuestionar críticamente todas las asunciones e instituciones que se han convertido en ídolos, en nombre del sentido común, la lógica y lo que se supone que es «natural». Ese cuestionamiento radical sólo es posible si uno no da por sentados los conceptos de su propia sociedad o de todo un periodo histórico —como la cultura occidental desde el Renacimiento— y, más aún, si uno aumenta el alcance de su percepción y se interna en los aspectos de su pensar. Dudar radicalmente es un acto de investigación y descubrimiento; es comenzar a darnos cuenta de que el emperador está desnudo y de que su espléndido atuendo no es más que el producto de nuestra fantasía.
Dudar radicalmente quiere decir cuestionar; no quiere necesariamente decir negar. Es fácil negar simplemente al aseverar lo opuesto de lo que existe; la duda radical es dialéctica en cuanto abarca el proceso del desenvolvimiento de los opuestos y se dirige hacia una nueva síntesis que niega y afirma.
La duda radical es un proceso; un proceso que nos libera del pensamiento idolatrante; un ensanchamiento de la percepción, de la visión creativa e imaginativa de nuestras posibilidades y opciones. La actitud radical no existe en el vacío. No empieza de la nada, sino que comienza en las raíces, y la raíz, como dijo una vez Marx, es el hombre. Pero decir «la raíz es el hombre» no quiere significar un sentido positivista, descriptivo. Cuando hablamos del hombre no hablamos de él como una cosa sino como un proceso; hablamos de su potencial para desarrollar sus poderes; los poderes de dar mayor intensidad a su ser, mayor armonía, mayor amor, mayor percepción. También hablamos del hombre con un potencial para ser corrupto, con su poder de acción que se transforma en la pasión de poder sobre los demás, con su amor por la vida que degenera en pasión destructora de la vida.
El radicalismo humanista es un cuestionamiento radical guiado por el entendimiento de la dinámica de la naturaleza del hombre y por una preocupación por el crecimiento y pleno desarrollo del hombre. En contraste con el positivismo contemporáneo, el radicalismo humanista no es «objetivo», si por «objetividad» se entiende teorizar con pasión sin una meta manifiesta que impulse y nutra al proceso del pensamiento. Pero el radicalismo humanista es extremadamente objetivo si por ello se entiende que cada paso en el proceso del pensamiento está basado en evidencias críticamente analizadas y si además se le vincula al examen de las premisas del sentido común. Todo esto significa que el radicalismo humanista cuestiona cualquier idea y cualquier institución con el objeto de saber si ayudan u obstaculizan la capacidad del hombre para vivir en la plenitud y la alegría. Éste no es el lugar para analizar completamente algunos ejemplos del tipo de premisas de sentido común que son cuestionadas por el radicalismo humanista. Ni siquiera es necesario hacerlo, porque los artículos del doctor Illich tratan precisamente acerca de tales ejemplos; como la utilidad de la escuela obligatoria o la función actual del clero. Se podrían agregar muchos ejemplos más, algunos de los cuales están implicados en los artículos del autor. Quiero mencionar sólo unos cuantos: el concepto moderno de «progreso», que significa el principio del constante aumento de la producción, del consumo, del ahorro de tiempo, de la maximización de la eficiencia y ganancias, del cálculo de todas las actividades económicas sin tomar en cuenta sus efectos sobre la calidad de la vida y el desarrollo del hombre; el dogma de que el aumento del consumo conduce a la felicidad del hombre, de que el manejo de las empresas a gran escala debe ser por necesidad burocrático y alienado; el que el objeto de la vida es tener (y usar), en lugar de ser; el que la razón reside en el intelecto y está divorciada de la vida afectiva; el que lo más nuevo es siempre mejor que lo más viejo; el que el radicalismo es la negación de la tradición; el que lo contrario de «ley y orden» es la falta de estructuras. En pocas palabras, el que las ideas y categorías que han surgido durante el desarrollo de la ciencia moderna y la industrialización son superiores a todas aquellas de culturas anteriores, e indispensables para el progreso de la raza humana.
El radicalismo humanista cuestiona todas estas premisas y no se asusta de llegar a ideas y soluciones que puedan sonar absurdas. Veo el gran valor de los escritos del doctor Illich precisamente en el hecho de que representan el radicalismo humanista en su aspecto más pleno e imaginativo. El autor es un hombre de particular coraje, gran vitalidad, erudición y brillo extraordinarios, y fértil imaginación, y todo su pensamiento está basado en su preocupación por el desarrollo físico, espiritual e intelectual del hombre. La importancia de su pensamiento, tanto en éste como en sus otros escritos, reside en el hecho de que tienen un efecto liberador sobre la mente; porque muestran posibilidades totalmente nuevas; vitalizan al lector porque abren la puerta que conduce fuera de la cárcel de las ideas hechas rutina, estériles, preconcebidas. A través del impacto creador que comunican —salvo para aquellos que reaccionan con ira hacia tanto sinsentido— estos escritos pueden ayudar a estimular la energía y la esperanza para un nuevo comienzo.
ERICH FROMM
Cada capítulo de este volumen registra un esfuerzo de mi parte por poner en duda la naturaleza de una certidumbre particular. De ahí que cada uno de ellos encare una decepción —la decepción incorporada a una de nuestras instituciones—. Las instituciones crean certezas y, cuando se las toma en serio, las certezas amortecen el corazón y encadenan la imaginación. Confío en que cada una de mis afirmaciones —airada o apasionada, diestra o inocente— provoque también una sonrisa y, con ella, una nueva libertad, aunque sea una libertad que tuvo su precio.
No fue por accidente que la mayoría de estos artículos obtuvo notoriedad al poco tiempo de su publicación original. Cada ensayo fue escrito en un lenguaje distinto, iba dirigido a un diferente grupo de lectores, tenía por intención dar en el blanco de una crisis particular de confianza. Cada uno de ellos irritó a algunos burócratas consumados en momentos en que se les hacía difícil racionalizar una posición según la cual sólo había que resolver una crisis interna en una situación estable.
De ahí que los ensayos fueran literalmente escritos para una ocasión particular. El paso del tiempo hace necesario precisar algunos detalles ocasionales: las estadísticas, la situación que se discutía —e incluso mi propia actitud— pudieron haber cambiado desde entonces en cuestión de matices o de grados. Pero me he rehusado expresamente a poner al día dichos artículos para presentarlos en este volumen. Creo que deben sostenerse como lo que son, es decir, como puntos de vista sobre un fenómeno particular en su tiempo. El conjunto adolece inevitablemente de algunas repeticiones de ciertos hechos y expresiones que también quedan sin tocar —de haber pensado al escribirlas que algún día reuniría esos textos ocasionales en forma de libro, las habría entonces omitido.
«La alianza para el progreso de la pobreza» es el texto de un discurso que pronuncié en la Asamblea de la Canadian Foreign Policy Association para subrayar la trivialidad del «Informe Pearson» al Banco Mundial sobre la «Segunda Década del Desarrollo», y provee un marco para los demás ensayos.
«La metamorfosis del clero» es la ponencia con que contribuí en un círculo de teólogos en 1959 y que publiqué en 1967 para enjuiciar la superficialidad de las propuestas de reforma que estaban de moda entre los «católicos de avanzada». Las reformas que ellos preconizaban no eran lo suficientemente radicales para que valiesen la pena (se limitaban a cambios litúrgicos, al casamiento de los curas, a un clero revolucionario y algunas otras cosas), ni tampoco se arraigaban en opciones tradicionales que me parecían indignas de sacrificar (tales como la valoración del celibato libremente escogido, la estructura episcopal de la Iglesia y la permanencia de la ordenación sacerdotal). Pretendo que sólo la desclericalización de la Iglesia le permitiría aquella renuncia al poder, que es la única que puede concederle hablar en nombre de los pobres.
«El reverso de la caridad» es un panfleto. Lo hice circular para acabar con el entusiasmo internacional que favorecía el envío de «misioneros» para el desarrollo de América Latina.
«La vaca sagrada» fue publicado como artículo en Siempre!, en agosto de 1968. Es mi primer esfuerzo por identificar el sistema escolar como instrumento de colonización interna.
«La desescolarización de la Iglesia» es el discurso de apertura que pronuncié en Lima en 1971 para la Asamblea del Consejo Mundial de Educación Cristiana. El Consejo se disolvió al finalizar este encuentro.
«La alternativa a la escolarización» es el último de una serie de ensayos que escribí sobre educación. Con este texto traté de oponerme a la recuperación de mi tesis expuesta en el libro La sociedad desescolarizada (Barral, Barcelona, 1974). Varias organizaciones internacionales se veían obligadas a reconocer los fundamentos de mi crítica al sistema escolar tradicional, y quisieron utilizar mis argumentos en favor de la proliferación de nuevas agencias para la educación recurrente, permanente, interminable. Desde 1971 me opuse a este exorcismo del diablo por Belcebú.
«Conciencia política y control de la natalidad» es mi contribución a un encuentro de expertos en demografía que tuvo lugar en 1967 en Barranquitas, Puerto Rico. Propongo una «inversión» del problema que normalmente perciben los demagogos de la demografía. Mi tesis se elaboró ulteriormente en La convivencialidad (Barral, Barcelona, 1974).
«La aceleración paralizadora» aplica al caso del transporte mi teoría general sobre la crisis institucional contemporánea. En todo campo de valores existen dos tipos extremos de producción. Cuando prevalece —más allá de un cierto umbral— el tipo de producción industrial, entonces las desutilidades marginales en la producción cancelan el valor respectivo. El texto es la traducción de una ponencia que hice en la Universidad de Múnich. Mi tesis se trata en extenso en Energía y equidad (Barral, Barcelona, 1974).
«La expropiación de la salud» demuestra que la institucionalización industrial de un valor de servicio puede paralizar su producción en la misma forma en la que, como se vio en el capítulo precedente, el transporte impide la movilidad cuando su potencia se desarrolla más allá de un umbral crítico. La ponencia fue presentada en la facultad de medicina de la Universidad de Edimburgo en 1974, para celebrar un centenario.
«La elocuencia del silencio» concluye el volumen, aunque su composición precede a la de los demás ensayos. Es una meditación propuesta a unos religiosos yanquis que aprendían el castellano para «integrar» mejor a los puertorriqueños en sus parroquias de Nueva York. Les sugerí la necesidad de reconocer límites para sus buenas intenciones.
IVÁN ILLICHCuernavaca, julio de 1974
ESTÁ de moda exigir que las naciones ricas transformen su maquinaria bélica en un programa de ayuda al desarrollo del Tercer Mundo. La amenaza que para el mundo industrializado representan la superpoblación y el subconsumo de nueve décimos de la humanidad podría aún conducir a esa improbable manifestación de autodefensa. Pero si ello sucede, llevaría también a una desesperación irreversible, porque los arados de los ricos pueden hacer tanto daño como sus espadas. A largo plazo, los camiones norteamericanos pueden ser tan dañinos como los tanques norteamericanos, puesto que es más fácil crear una demanda en masa para los primeros que para los segundos. Y una vez que el Tercer Mundo se haya convertido en un mercado masivo para los bienes, los productos y las formas de procesamiento diseñados por y para los ricos, el subdesarrollo progresivo se tornará inevitable. El automóvil familiar no puede transportar al pobre a la era de los jets, ni el sistema escolar proporcionarle una educación de por vida, ni el pequeño refrigerador familiar asegurarle una alimentación sana.
Es evidente que en América Latina sólo un hombre de cada 1 000 puede costearse un Cadillac, una operación del corazón o un título de licenciado. Esta restricción de las metas del desarrollo no nos hace desesperar acerca del destino del Tercer Mundo; la razón es simple. Aún no hemos concebido el Cadillac como un requisito para una buena locomoción, ni la cirugía del corazón como un cuidado indispensable para la salud, ni un título de licenciado como el umbral de una educación aceptable. De hecho, reconocemos que la importación de Cadillacs debe ser severamente gravada en Perú; que, en Colombia, una clínica para el trasplante de órganos es un juguete escandaloso que sirve para justificar la concentración de un número mayor de doctores en Bogotá; y que el Betatrón está más allá de los medios docentes de la Universidad de São Paulo.
Por desgracia, no todos consideran evidente el hecho de que la mayoría de los latinoamericanos —no sólo de nuestra generación sino de la próxima y aun de la siguiente— no puede costearse ninguna clase de automóvil, ni de hospitalización, ni siquiera de escuela primaria. Preferimos no ser conscientes de esa realidad tan obvia; la verdad es que detestamos reconocer que nuestra imaginación ha sido arrinconada. Tan persuasivo es el poder de las instituciones que nosotros mismos hemos creado, que ellas modelan no sólo nuestras preferencias sino también nuestra visión de lo posible. No podemos hablar de medios modernos de transporte sin referirnos a los automóviles y a los aviones. Nos sentimos impedidos de tratar el problema de la salud sin implicar automáticamente la posibilidad de prolongar una vida enferma indefinidamente. Hemos llegado a ser completamente incapaces de pensar en una educación mejor salvo en términos de escuelas aún más complejas y maestros entrenados durante un tiempo aún más largo. El horizonte de nuestra facultad de invención está bloqueado por gigantescas instituciones que producen servicios carísimos. Hemos limitado nuestra visión del mundo a los marcos de nuestras instituciones y somos ahora sus prisioneros.
Las fábricas, los medios de comunicación, los hospitales, los gobiernos y las escuelas producen bienes y servicios especialmente concebidos, enlatados de manera tal que contengan nuestra visión del mundo. Nosotros —los ricos— concebimos el progreso en términos de la creciente expansión de esas instituciones. Concebimos el perfeccionamiento del transporte en términos de lujo y seguridad enlatados por la General Motors y la Boeing bajo el aspecto de automóviles estándar y de aviones. Creemos que el bienestar cada vez mayor viene dado por la existencia de un mayor número de doctores y hospitales, que enlatan la salud como una prolongación del sufrimiento. Hemos llegado a identificar nuestra necesidad de una creciente educación con la demanda de un mayor confinamiento en los salones de clases. En otras palabras, la educación es hoy un producto enlatado, un conjunto que incluye guarderías, certificados para trabajar y derecho de voto, todo ello empaquetado con la indoctrinación en las virtudes cristianas, liberales o marxistas.
En escasos 100 años, la sociedad industrial ha modelado soluciones patentadas para satisfacer las necesidades básicas del hombre, y nos ha hecho creer que las necesidades humanas fueron configuradas por el Creador como demandas para los productos que nosotros mismos inventamos. Esto es tan cierto para Rusia o Japón como para las sociedades del Atlántico Norte. Mediante una lealtad invariable a los mismos productores —quienes le darán siempre los mismos productos enlatados ligeramente mejorados o mejor presentados—, el consumidor es entrenado para enfrentarse a la desvalorización anual del artículo.
Las sociedades industrializadas pueden surtir estos productos enlatados a la mayoría de los ciudadanos para su consumo personal, pero esto no prueba que esas sociedades sean sanas, o que promuevan un humanismo vital. Lo contrario es verdad. Cuanto más se ha entrenado al ciudadano para el consumo de estos paquetes de uso corriente, menos efectivo parece ser para modelar la totalidad de su medio ambiente. Así es como agota sus energías y sus finanzas en procurar continuamente nuevos artículos de primera necesidad, y el medio ambiente se convierte en un subproducto de sus hábitos de consumo.
El diseño de estos productos enlatados de que hablo se halla en la base del alto costo para satisfacer las necesidades primarias. Mientras cada hombre «necesite» de su automóvil, nuestras ciudades continuarán soportando los embotellamientos de tráfico y los remedios absurdamente costosos que pretenden solucionarlos. Mientras la salud se entienda como el tiempo máximo de supervivencia, nuestros enfermos serán objeto creciente de intervenciones quirúrgicas fantásticas y de drogas que sirvan para aliviar el progresivo dolor subsiguiente. Mientras utilicemos las escuelas para que los niños dejen de exasperar a sus padres; para evitar que vaguen en las calles; para mantenerlos fuera del mercado de trabajo o para impedir que a los jóvenes se les tome en serio en la política; mientras eso suceda, la juventud será recluida en periodos de escolarización cada vez mayores y se necesitarán incentivos crecientes para soportar las penosas pruebas. Ahora, benevolentemente, las naciones ricas imponen a las pobres las camisas de fuerza de los embotellamientos de tráfico, el confinamiento en los hospitales y en las escuelas, y resulta que mediante un consenso internacional se llama a esto desarrollo. Los ricos, los escolarizados y los viejos pacientes del mundo desarrollado tratan de compartir sus dudosas bendiciones enfilando hacia el Tercer Mundo sus soluciones preenlatadas. Mientras en São Paulo crecen los enjambres de tráfico, casi un millón de campesinos del nordeste brasileño deben caminar 800 kilómetros para escapar de la sequía. Mientras que en las favelas, villas miseria y ranchitos, donde se concentra 90% de la población, la disentería amibiana sigue siendo un mal endémico, los doctores latinoamericanos reciben, en el New York Hospital for Special Surgery, un entrenamiento que luego aplicarán a unos pocos. Pagada casi siempre por los gobiernos de sus propios países, una insignificante minoría de latinoamericanos recibe, en Norteamérica, una avanzada educación en el campo de las ciencias básicas. Si alguna vez regresan, por ejemplo a Bolivia, pasan a ser maestros de segunda categoría u orgullosos residentes de La Paz o Cochabamba.
El mundo rico nos exporta las versiones anticuadas de sus modelos desechados. La Alianza para el Progreso es un buen ejemplo de la benevolente producción del subdesarrollo. Contrariamente a lo que dicen los eslogans, tuvo éxito —como una alianza para el progreso de las clases consumidoras y la domesticación de las grandes masas—. La Alianza ha sido un paso mayúsculo en la modernización de los patrones de consumo de las clases medias sudamericanas —en otras palabras, ha sido un medio para integrar esa metástasis colonial a la cultura dominante en la metrópolis norteamericana—. Al mismo tiempo, la Alianza ha modernizado los niveles de aspiración de la gran mayoría de los ciudadanos y ha dirigido sus demandas hacia artículos a los que hoy no tiene, ni tendrá mañana, acceso.
Por cada automóvil que Brasil echa a andar, se les niega a 50 brasileños el poder disfrutar de un buen servicio de autobús. Cada refrigerador particular que se negocia en el comercio reduce la posibilidad de construir un congelador comunitario. Cada dólar que se gasta en América Latina en doctores y hospitales cuesta 100 vidas —para adoptar una frase de Jorge Ahumada, el brillante economista chileno, quien solía añadir—: porque si cada dólar así gastado se hubiera invertido en un plan para proveer agua potable, habría salvado 100 vidas. Cada dólar que se gasta en escolarización significa un mayor privilegio para una minoría a costo de la gran mayoría; en el mejor de los casos aumenta el número de aquellos a quienes, antes de abandonar la escuela, se les ha enseñado que quienes permanecen en el colegio durante más tiempo se han ganado el derecho a un poder, una salud y un prestigio mayores. Basta un poco de escolarización para enseñar a los escolarizados la superioridad de los más escolarizados.
Todos los países latinoamericanos se hallan frenéticamente volcados en gastar más y más dinero en sus sistemas escolares. Hoy en día, ni un solo país gasta en su educación —es decir, en su escolarización— menos de 18% de los impuestos derivados del ingreso público, y hay varios países que gastan casi el doble de ese porcentaje. Pero pese a esas gigantescas inversiones, ningún país ha tenido hasta ahora éxito en proporcionar cinco años completos de educación a más de un tercio de sus habitantes. La demanda y la oferta de escolarización crecen geométricamente en dirección contraria. Y lo que es verdad acerca de la escolarización lo es también en lo que se refiere a los productos de la mayoría de las instituciones en el proceso de «modernización» del Tercer Mundo.
El continuo refinamiento tecnológico de los productos que ya se han incorporado al mercado no hace frecuentemente sino aumentar las ventajas del productor y no los beneficios para el consumidor. Los procesos de producción cada vez más complejos tienden a permitir que solamente los grandes productores puedan remplazar continuamente los artículos, y enfocar así la demanda del consumidor hacia las mejoras marginales sin importarle —y, es más, haciéndole olvidar— los resultados concomitantes: precios más altos, duración menor, menor utilidad general, mayor costo de preparación. Piensen en la cantidad de usos posibles para un abrelatas común y corriente; en cambio, un abrelatas eléctrico, si funciona, sólo sirve para abrir un cierto tipo de latas, a pesar de costar 100 veces más.
Lo dicho vale tanto para una maquinaria destinada a la agricultura como para un grado académico. La propaganda puede convencer a un granjero del Medio Oeste de Estados Unidos de que necesita un transporte de doble tracción que desarrolle una velocidad de 70 millas por hora en carretera, que tenga un limpiaparabrisas eléctrico y que en un año o dos pueda cambiarse por uno nuevo. Pero la mayoría de los agricultores del mundo no necesita ni esa velocidad ni esa comodidad, ni se preocupa tampoco en lo más mínimo porque el artículo pase de moda. Lo que ellos necesitan son vehículos que gasten poco, porque en su mundo el tiempo no es dinero, los limpiaparabrisas manuales son suficientes y un equipo pesado dura cuando menos una generación. Aquel tipo de vehículo requeriría una ingeniería y un diseño totalmente distintos de los empleados en ese rubro del mercado norteamericano: hoy, esa clase de vehículo no se produce. La mayoría de los sudamericanos necesita en realidad de un personal paramédico que pueda funcionar eficazmente durante largo tiempo sin necesidad de ser supervisado por un doctor. En lugar de establecer un proceso para entrenar a las parteras y a los asistentes médicos que saben cómo usar un arsenal limitado de medicamentos con bastante independencia, las universidades latinoamericanas crean cada año un nuevo departamento de enfermería especializada para preparar un personal que sólo sabe trabajar en un hospital, o farmacéuticos que sólo saben vender una cantidad cada vez mayor de recetas riesgosas.
El mundo se mueve hacia un atolladero, definido por dos procesos convergentes: un número mayor de personas tiene cada vez un número menor de alternativas básicas. El crecimiento de la humanidad es ampliamente publicitado y crea pánico. La disminución de alternativas fundamentales es consciente y constantemente despreciada por el productor, pues ellas causan una angustia profunda. La explosión demográfica excede las fronteras de la imaginación, pero la atrofia progresiva de la misma imaginación social es racionalizada como un aumento de la posibilidad de elegir entre dos marcas registradas. Los dos procesos convergen hacia un punto muerto: la explosión demográfica provee cada vez más consumidores para todo, desde alimentos hasta anticonceptivos, mientras que nuestra imaginación se encoge y no puede concebir otra forma de satisfacer su demanda como no sea a través de los productos enlatados que ya están a la venta. En lo siguiente me limitaré a esos dos factores, puesto que, a mi modo de ver, forman las dos coordenadas que juntas nos permiten definir el subdesarrollo.
En la mayoría de los países del Tercer Mundo, la población crece, así como también la clase media, pero al mismo tiempo ingreso, consumo y bienestar se polarizan. Aun cuando los índices de consumo per cápita aumentan, la gran mayoría de los hombres dispone de menos alimentos que en 1945, de menos salud pública, de menos trabajo significativo y de peores condiciones habitacionales. La creciente marginalidad es una consecuencia parcial del consumo polarizado y resulta parcialmente causada por la ruptura de la familia y de la cultura tradicionales.
En 1969 más personas padecen hambre, dolor y frío a la intemperie que al final de la segunda Guerra —no sólo en cifras absolutas sino también en términos comparativos de porcentaje de población mundial.
Confrontada con la realidad, la definición cualitativa del subdesarrollo medido según los indicadores de consumo se queda corta, pero aun así sirve para definir una de las dos mayores coordenadas del atolladero mundial. El carácter realmente crítico del subdesarrollo radica en que es un estado de ánimo y al mismo tiempo una categoría de la conciencia. En esta dimensión el proceso del subdesarrollo puede acelerarse intensamente a través de un esfuerzo planeado y dirigido hacia el mercado masivo de la modernización estandarizada. Pero al mismo tiempo, es dentro de ese marco donde se puede operar una inversión decisiva. El subdesarrollo como estado de ánimo aparece cuando las necesidades humanas se vacían en el molde de una demanda urgente por nuevas marcas de soluciones enlatadas que estarán continuamente fuera del alcance de la mayoría. En este sentido, el subdesarrollo crece rápidamente, incluso en los países donde la oferta de salones de clase, calorías, autos y hospitales va también en aumento. Estas instituciones ofrecen a una minoría servicios que satisfacen los requerimientos internacionales. Pero una vez que han monopolizado la demanda de todos, ya no pueden cumplir con las necesidades de las mayorías.
Insisto: el subdesarrollo como un estado de ánimo —y de desaliento— ocurre cada vez que las necesidades humanas básicas se presentan como demanda por productos enlatados específicos que han sido diseñados para la sociedad de la abundancia. En este sentido, el subdesarrollo es un resultado extremo de lo que podemos llamar, en términos comunes a Marx y a Freud, Verdinglichung o cosificación.
Por cosificación entiendo la enajenación de las necesidades reales que se perciben como si sólo pudieran satisfacerse mediante una demanda explícita de productos manufacturados en masa. Por cosificación entiendo traducir la «sed» por «necesidad de tomar una Coca-Cola». Este tipo de cosificación surge cuando a las necesidades humanas primarias las manipula un aparato burocrático que ha impuesto un monopolio sobre la imaginación de los consumidores en potencia.
Permítaseme volver a mi ejemplo tomado del campo de la educación. La propaganda intensa de la necesidad de escuelas lleva a todos a creer que la asistencia a clases y la educación son sinónimos, a tal grado que en el lenguaje cotidiano los dos términos son intercambiables. Una vez que la imaginación de todo un pueblo ha sido escolarizada o monopolizada a través de esa equivalencia, entonces a los analfabetos se les puede obligar a pagar impuestos para proporcionarles una educación gratuita a los hijos de los ricos y para una mayor expansión de la profesión magisterial.
El subdesarrollo es un resultado del aumento de los niveles de aspiración de las masas, sujetas a la intensa circulación en el mercado de los productos patentados en el foro de la imaginación alienada.
En ese sentido, el subdesarrollo dinámico es exactamente lo opuesto de lo que yo entiendo por educación, esto es: despertar la conciencia de que existen otros y nuevos niveles de posibilidades humanas, otras formas inexploradas de utilizar el saber tecnológico y de usar la imaginación creadora para evitar la capitulación de la conciencia social a manos de un monopolio que impone una solución prefabricada.