Crímenes animales - Mary Roach - E-Book

Crímenes animales E-Book

Mary Roach

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Beschreibung

¿Qué hay que hacer con un alce que cruza la calle imprudentemente? ¿Un oso sorprendido allanando una morada? ¿Un árbol asesino? Hace trescientos años, a los animales que infringían la ley se les asignaba un abogado y se les juzgaba. Hoy en día, como descubre Mary Roach, las respuestas no se encuentran en la jurisprudencia, sino en la ciencia: la curiosa ciencia de los conflictos entre el hombre y la vida salvaje, una disciplina en la encrucijada del comportamiento humano y la biología de la vida salvaje

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Una breve introducción

El 26 de junio de 1659, un representante de cinco ciudades de una provincia del norte de Italia inició un procedimiento judicial contra las orugas. Según la denuncia, los especímenes locales invadían y robaban en jardines y huertos. Se emitió una citación, de la que se hicieron cinco copias que se clavaron en los árboles de los bosques adyacentes a cada ciudad. Se ordenaba a las orugas que comparecieran ante el tribunal el 28 de junio a una hora determinada, y allí se les asignaría un representante legal.

No se presentó ninguna oruga a la hora prevista, claro está, pero el caso siguió adelante. En un documento que se conserva, el tribunal reconoce el derecho de las orugas a vivir libres y felices, siempre que con ello no «menoscaben la felicidad del hombre…». El juez decretó que se asignara a las orugas una parcela de tierra alternativa para su sustento y disfrute. Para cuando se resolvieron los detalles, las acusadas, que ya habían pupado, también habían acabado de devastar todo lo que se les ponía por delante, por lo que ambas partes salieron satisfechas del proceso.

Este caso se detalla en un singular libro de 1906, The Criminal Prosecution and Capital Punishment of Animals (El enjuiciamiento penal y la pena capital de los animales). Cuando lo hojeé por primera vez, me pregunté si no sería una broma sofisticada. Aquí había osos formalmente excomulgados por la Iglesia. Babosas a las que se daba tres advertencias para que dejaran de molestar a los agricultores, bajo pena de «aniquilación». Pero el autor, un respetado historiador y lingüista, me convenció rápidamente con su profundidad de detalles recogidos de documentos originales, diecinueve de los cuales se reproducían en sus idiomas nativos en una serie de apéndices. Tenemos el minucioso informe de gastos de un alguacil francés presentado en 1403 durante el juicio a una cerda acusada de asesinato («coste de mantenerla en la cárcel, seis soles parisinos»). Tenemos órdenes de expulsión dictadas contra ratas e introducidas en sus nidos. De una denuncia de 1545 presentada por los vinateros contra una especie de gorgojo verde, tenemos no solo los nombres de los letrados, sino también ejemplos tempranos de esa táctica legal consagrada por el tiempo: el aplazamiento. Eso hizo que el proceso se prolongara durante ocho o nueve meses, mucho más que la vida de un gorgojo.

No expongo todo esto como evidencia de la estupidez de los antiguos sistemas jurídicos, sino como prueba de la naturaleza intratable del «conflicto entre fauna y humanos», que es como se conoce en la actualidad el asunto entre quienes se dedican profesionalmente a ello. La cuestión lleva siglos sin resolverse de forma satisfactoria: ¿qué hacer cuando la naturaleza infringe leyes destinadas a las personas?

Las acciones de los magistrados y prelados no tenían la menor lógica, claro está, ya que ni las ratas ni los gorgojos entienden el concepto de propiedad privada ni se espera que se rijan por los principios morales de las civilizaciones humanas. El objetivo era acobardar e impresionar a la población: «¡Fijaos, hasta la naturaleza debe someterse a nuestras reglas!». Lo que era, a su manera, impresionante. El juez del siglo xvi que mostró clemencia con los topos que tenían crías no solo dio prueba de su autoridad, sino también de su templanza y compasión.

Después de curiosear por la Edad Media y los siglos posteriores, empecé a preguntarme qué había aportado la época moderna a estas cuestiones. Tras mi muestreo de las soluciones esotéricas de la ley y la religión, me propuse ver qué aportaba la ciencia y qué respuestas ofrecía para el futuro. De modo que seguí curioseando. Mis guías fueron personas con profesiones de nombres extrañísimos: especialista en conflictos entre humanos y elefantes, gestor de osos, artificiero de árboles peligrosos. Pasé tiempo con especialistas y forenses de ataques de depredadores, constructores de espantapájaros láser e investigadores de venenos humanitarios. Viajé a algunos de los «puntos calientes»: callejones de Aspen (Colorado); aldeas aterrorizadas por los leopardos del Himalaya indio; la plaza de San Pedro la noche anterior a la misa de Pascua papal. Consideré las contribuciones de profesionales del pasado —los ornitólogos económicos y los buscadores de ratas—, así como de los guardianes del futuro, los genetistas de la conservación. Probé cebos para ratas. Me atracó un macaco.

El libro dista mucho de ser exhaustivo. Dos mil especies en doscientos países cometen de forma regular actos que las enemistan con los humanos. Cada conflicto necesita una resolución específica del entorno, la especie, lo que está en juego y las partes interesadas. Lo que se muestra aquí es lo más destacado de una investigación de dos años, un viaje por un mundo cuya existencia desconocía.

La primera mitad del libro examina los delitos graves. Asesinato y homicidio, asesinato en serie, agresión con agravantes. Robo y allanamiento de morada. Robo de cadáveres. Hurto mayor de pipas de girasol. Entre los autores se encuentran sospechosos habituales, como los osos y los grandes felinos, y otros menos habituales como los monos, los mirlos o los abetos Douglas. Las páginas posteriores consideran actos menos graves, pero más extendidos. Como los ungulados que cruzan la calle sin mirar. Los buitres y gaviotas que destrozan propiedades sin motivo aparente. Los gansos cochinos y los roedores intrusos.

Por supuesto, no se trata de crímenes literales. Los animales no se rigen por leyes, sino por su instinto. Casi sin excepción, la fauna de estas páginas la componen animales que simplemente hacen lo que suelen hacer: comer, cagar, formar un hogar, defenderse o defender a sus crías. Lo que ocurre es que le hacen esas cosas a un humano, a la casa de un humano o a los cultivos de un humano. Los conflictos existen y crean dilemas para las personas y los municipios, dificultades para la fauna y material para un libro insólito.

01

Criminalística animal

Análisis forense de la escena del crimen cuando el asesino no es humano

Durante la mayor parte del siglo pasado, las probabilidades de morir entre las garras de un puma eran casi las mismas que las de ser asesinado por un fichero. Las quitanieves matan el doble de canadienses que los osos grizzly. En el caso extremadamente infrecuente de que un humano norteamericano sea asesinado por unmamífero salvaje norteamericano, la investigación recae en funcionarios y guardas de los departamentos estatales o provinciales de pesca y caza (o pesca y fauna, como lo han rebautizado estados menos cazadores como el mío). Dado que los incidentes son infrecuentes, estos hombres y mujeres no suelen tener mucha experiencia al respecto. Están más acostumbrados a combatir la caza furtiva. Cuando se vuelven las tornas y el animal es el sospechoso, se requiere otro tipo de conocimientos forenses y de la escena del crimen.

Sin ellos, se cometen errores. En 1995, se dio por hecho que un puma había matado a un joven hallado en un sendero con heridas punzantes en el cuello, mientras que el verdadero asesino, un ser humano, quedó impune. En 2015, un lobo fue acusado injustamente de arrancar a un hombre de su saco de dormir y matarlo. Casos así son una de las razones de que exista el WHART (Wildlife-Human Attack Response Training, curso de formación para responder a ataques fauna-humanos), un acrónimo horrible, según sus fundadores.[1] El WHART es un curso de cinco días —en parte teórico y en parte práctico— que imparten miembros del Agencia Medioambiental de la Columbia Británica.[2]

Porque ellos sí que tienen experiencia. En la Columbia Británica se producen más ataques de puma que en cualquier otro estado o provincia de Norteamérica. Tiene ciento cincuenta mil osos negros —frente a los cien mil de Alaska—, diecisiete mil grizzlies y sesenta especialistas en ataques de depredadores, catorce de los cuales (los especialistas, no los osos) han venido esta semana desde Canadá como instructores del WHART. El anfitrión del WHART 2018 es el Departamento de Fauna de Nevada, que tiene oficinas en Reno. Lo que ayuda a explicar por qué un curso de formación para profesionales de la fauna se celebrará en un complejo de casinos, donde la fauna residente es el homínido peludo de la máquina tragaperras Betti the Yetti y donde un «riesgo biológico» no especificado ha cerrado la piscina un día entero. El WHART parece ser el único acto de la semana en el centro de convenciones del casino Boomtown. La dirección tiene un bingo en funcionamiento en la sala contigua.

Los alumnos del WHART, unos ochenta en total, se han dividido en pequeños grupos, cada uno dirigido por un especialista en ataques de depredadores. Al igual que muchos canadienses, estos se distinguen de los estadounidenses principalmente por la entonación de sus frases. Me refiero a la singular costumbre norteña de terminar las declaraciones con un simpático tono de interrogación. Es una costumbre entrañable a la que el tema que nos ocupa daba un matiz extraño. «La cabeza le colgaba de dos o tres tendones, ¿nada menos?».

Nuestra sala de conferencias, la Ponderosa, es de tipo estándar, con un podio y una pantalla para proyectar diapositivas y vídeos. Menos estándar son los cinco grandes cráneos de animal colocados en fila en una larga mesa de la sala, como si fueran los participantes de una mesa redonda. En la pantalla, un oso grizzly ataca a Wilf Lloyd, de Cranbrook, Columbia Británica. Las imágenes forman parte de una presentación titulada «Ejecución táctica del depredador durante su ataque a una persona». El instructor resume el problema al que se enfrentó el yerno de Wilf al intentar disparar al oso sin darle al hombre: «Veía el cuerpo del oso y un miembro de Wilf de vez en cuando». El yerno le salvó la vida a Wilf, pero también le disparó en una pierna.

Otro problema: la puntería se deteriora por la influencia de la adrenalina. La motricidad fina desaparece. Lo que hay que hacer, nos dicen, es «correr directamente hacia el animal, plantar el cañón y disparar al aire» para no alcanzar a la víctima. Aunque entonces se corre el riesgo de «redirigir el ataque», lo que es una forma técnica y serena de decir que el animal ha soltado a su víctima y ahora va a por ti.

Un segundo vídeo ilustra la importancia del orden y la disciplina frente al caos del ataque animal. Vemos que un león macho carga contra el cazador de un safari. Los demás miembros del grupo de cazadores dan vueltas, dispersos. El vídeo se detiene en varios momentos en los que un rifle apunta tanto al león como al cazador que hay justo detrás. «No se separen y comuníquense», es el consejo. Practicaremos estas cosas más adelante, en un escenario inmersivo en el campo, cerca del río Truckee.

El cursor se desplaza de nuevo a la flecha Reproducir y el león reanuda la carga. He trabajado en un zoológico y recuerdo que el rugido de los leones durante la comida era aterrador. Me retorcía las tripas. ¡Y eso era solo su conversación de sobremesa! El león de este vídeo pretende intimidar y destruir. En el bingo de la sala contigua estarán preguntándose qué demonios pasa en la sala Ponderosa.

Después de una presentación más, toca la pausa del almuerzo. Nos esperan unos sándwiches encargados en una tiendecita del casino. Mientras hacemos cola, atraemos miradas curiosas. Supongo que no es habitual ver a tantos profesionales de la ley uniformados en una casa de juego. Recojo mi almuerzo y sigo a un pequeño grupo de guardas forestales que se dirigen al jardín. Sus botas de montaña chirrían al andar. «Entonces ella va y mira por el retrovisor —dice uno—, y resulta que tiene un oso en el asiento de atrás, comiendo palomitas». Cuando los agentes de la fauna se reúnen en una conferencia, la charla es excepcional. Anoche entré en el ascensor mientras un hombre decía: «¿Alguna vez has usado el táser con un alce?».

Mientras estábamos fuera almorzando, los instructores han arrinconado las sillas y han colocado maniquíes blandos masculinos y femeninos en las mesas, uno por grupo. A partir de fotografías, algunos instructores con inclinaciones más artísticas han utilizado pintura y, al parecer, sierras para crear convincentes reproducciones de heridas reales producidas en un ataque. Heridas es un eufemismo para lo que los dientes y las garras pueden llegar a hacer.

El maniquí de mi grupo es una mujer, aunque es difícil saberlo por lo que queda de su cara, o por el cartel pegado a la mesa, que dice Bud. Más tarde, de camino al baño, me cruzo con un Labatt mutilado y un Molson decapitado. En lugar de numerar las mesas de los maniquíes, los han clasificado con marcas de cerveza. Tomo esto como una iniciativa muy canadiense para aligerar el ambiente.

Nuestra primera tarea es aplicar nuestros recién adquiridos conocimientos forenses y determinar qué especie ha causado la mutilación. Estamos buscando lo que en la ciencia forense se conoce como «pruebas de la víctima»: lesiones y ropa. El peor de los daños visibles está por encima del hombro de nuestra maniquí (solo le queda uno). Tiene una parte del cuello desollada y un trozo de cuero cabelludo cuelga suelto, como estuco desconchado. Le falta un párpado, la nariz y los labios. Todos coincidimos en que no parece obra del Homo sapiens. Los humanos raramente se comen a sus víctimas. Si un asesino se lleva partes del cuerpo, probablemente serán las manos o la cabeza para obstaculizar coincidencias de huellas dactilares o registros dentales. De vez en cuando los asesinos se llevan un trofeo, pero un hombro o un labio sería una elección inusual.

El consenso es que la mató un oso. Los dientes son su arma principal y su cara ligeramente peluda es su punto débil. Cuando atacan a los humanos, aplican las tácticas que usan en la lucha con otros osos. «Van de dentadura a dentadura, por lo que su instinto es ir a morderte la cara». Joel Kline, nuestro joven y directo instructor, ha investigado diez casos de ataques de oso. «Van directos a la cara y te provocan estas tremendas heridas». La cara de Joel —que es donde nos centramos al escucharlo— tiene ojos azules y un inmaculado color melocotón. Me esfuerzo para no imaginármelo en ese estado.

Los osos son asesinos poco elegantes en parte porque son omnívoros. No suelen matar para comer y la evolución los ha equipado en consecuencia. Se alimentan de nueces, bayas, frutas y hierbas. Buscan basura y carroña. Un puma, por el contrario, es un verdadero carnívoro. Vive de la carne de los animales que mata, y por eso mata con eficacia. Los pumas acechan, bien escondidos, y luego atacan por detrás con un «mordisco letal» en la nuca. Sus molares se cierran como hojas de tijera y cortan limpiamente la carne. La boca de un oso ha evolucionado para aplastar y triturar, con superficies molares planas y mandíbulas que se mueven de lado a lado además de arriba abajo. Las heridas por dientes de oso son más rudimentarias.

Y más numerosas. «Los osos son más de morder morder morder». Nuestro maniquí, dice Joel, demuestra cómo suele ir la cosa. «Es un destrozo».

Al mirar los otros maniquíes, no solo veo mordeduras y rasguños, sino también desolladuras y cueros cabelludos arrancados. Joel nos explica la mecánica. Un cráneo humano es demasiado grande y redondo para que un oso o un puma puedan abarcarlo con las mandíbulas y aplastarlo o morderlo. De modo que cuando cierran las fauces les resbalan del cráneo y desgarran la piel. Pensemos en cómo se desprende la piel cuando mordemos una ciruela muy madura.

Los ciervos, un plato popular entre los pumas, tienen el cuello más largo y musculoso que nosotros. Cuando un puma trata de atacar a un humano con su tradicional dentellada letal, sus dientes pueden encontrar hueso donde normalmente habría músculo. «Tratan de clavar los colmillos, unir los dientes para atrapar la carne y arrancarla», nos dijo Kevin Van Damme, cofundador del WHART, en una charla titulada «Conducta de ataque de los pumas». Van Damme tiene pinta de astronauta y una voz que llega al fondo de la sala Ponderosa sin micrófono. Abrí en mi móvil una aplicación que mide los decibelios y me impresionó comprobar que llegaba a 79, más o menos el nivel de un triturador de basura.

Las marcas de garras en nuestra víctima simulada descartan al puma. Las garras de los felinos, a diferencia de las de los perros, forman un grupo de perforaciones triangulares cuando se hunden para agarrar a su presa. Con un ataque de oso, es más probable ver lo que tenemos delante: unas líneas paralelas similares a la huella de un rastrillo, correspondientes a un arañazo.

Joel se acerca a la cabeza del maniquí.

—Bien, ¿qué más tenemos aquí? Faltan la nariz, los labios, ¿verdad? ¿Así que después iremos a buscarlos en…?

—El estómago del oso —exclaman algunos de mis compañeros de grupo.

—Contenido gástrico,[3] bravo. —Joel repite con frecuencia lo de «bravo». Cuando estaba escribiendo el capítulo, recordé también varios «bingo», pero quizá fuese un recuerdo que se filtró desde el otro lado de la pared.

Ninguno de los torsos de los maniquíes está abierto. No hay nada de lo que Van Damme llama «alimentarse de las entrañas», lo que me sorprende de entrada. Sé, gracias a mi investigación para un libro anterior, que los carnívoros depredadores suelen desgarrar el abdomen de su presa de inmediato para llegar a los órganos, las partes más nutritivas. Una posible razón por la que no sea tan frecuente en víctimas humanas, dicen nuestros instructores, es que los humanos llevamos ropa. Tanto los osos como los pumas evitan las áreas vestidas cuando se alimentan o hurgan en la basura. Quizá no les guste el tacto o el sabor de la tela, o no reparen en que hay carne debajo.

Joel señala un conjunto de heridas en el cuello y el hombro. «¿Os parecen perimortem o postmortem?». En otras palabras, ¿estaba nuestra víctima viva o muerta cuando se le infligieron esas heridas? Es importante saberlo, porque de lo contrario un oso que solo estaba curioseando dentro del cadáver podría cargar con la culpa de un asesinato. Basándonos en los moretones que rodean las heridas punzantes, juzgamos que son perimortem. Los muertos no sangran ni producen cardenales, un moretón es esencialmente una hemorragia bajo la superficie de la piel. Si el corazón no bombea sangre, esta no puede fluir.

Joel nos cuenta el caso de un cadáver mordido que encontraron cerca de su coche en el bosque, parcialmente enterrado bajo las hojas. Las mordeduras parecían de oso y atraparon a un oso cerca, pero había poca sangre en y alrededor del cuerpo del hombre. Los investigadores encontraron marcas de agujas entre los dedos de los pies y una jeringuilla usada en el suelo del coche. La autopsia confirmó que el hombre había muerto de una sobredosis. El oso, como dice Joel, «solo vio la oportunidad de conseguir algo rico para comer, con un alto contenido calórico y de grasas», y lo sacó del coche, comió un poco y lo almacenó para volver a comer más tarde. El oso fue liberado.

Joel pone nuestro maniquí bocabajo y señala uno o dos cortes perimortem adicionales en la espalda. Yo señalo dos pequeñas rasgaduras a lo largo de la columna vertebral, que no muestran púrpura ni sangre. Arriesgo una conjetura, basada en una diapositiva de ayer que mostraba daños postmortem de roedor: quizá un animalillo del bosque había roído el cadáver. Joel intercambia miradas con uno de mis compañeros de grupo, un biólogo de Colorado.

—Mary, esas son marcas del moldeado por inyección.

O sea, parte del proceso de fabricación del maniquí. Me resultaría menos embarazoso si, como responsable de tomar notas para el grupo, no hubiera transcrito las medidas de las heridas de dientes usando la abreviatura de centímetros en lugar de milímetros, creando así dentaduras con una envergadura que no se veía desde el Jurásico.

Pasamos ahora de las pruebas en víctimas a las pruebas animales: las pruebas que proporciona el «sospechoso» al que se ha disparado o capturado cerca de la escena del ataque. Por ejemplo, dice Joel, se puede buscar carne de la víctima en las encías del animal (inmovilizado). Es extraño pensar que un oso pueda tener trocitos de humano enganchados entre los dientes, pero ya ves.

Con los pumas, añade Joel, a veces es posible recuperar sangre o carne de la víctima en la hendidura interior de una garra. «Hay que empujar hacia fuera las garras retráctiles, porque puede que haya pruebas ahí debajo».

Las garras pueden ser engañosas como indicadores del tamaño de la pata de un atacante. Cuando el animal pisa y transfiere su peso a una pata, los dedos se separan y hacen que el pie parezca más grande. Los investigadores tienen que ser cautelosos con las mediciones de los agujeros de garras o dientes en la ropa porque la tela podría haberse arrugado o doblado al ser perforada.

—Vale, ¿qué más estamos buscando?

—¿Sangre de la víctima en el pelaje? —propone alguien.

—Sí, bravo. —Joel advierte que, si hubieran disparado al oso en la escena del ataque (en lugar de atraparlo), su sangre podría mezclarse con la de la víctima y contaminar las pruebas de ADN—. ¿Y cómo evitamos eso?

—¡Hay que taponar la herida!

Y esa es la razón de que los hombres de la Agencia Ambiental de la Columbia Británica lleven una caja de tampones en la camioneta.

Lo que estamos buscando, el objetivo final, es el vínculo: pruebas de la escena del crimen que vinculen al asesino con la víctima. Joel va a buscar uno de los cráneos de la mesa alargada. Coloca los dientes superiores sobre una hilera de heridas en el hombro de la víctima. Este es el momento decisivo. ¿Encajan los caninos superiores e incisivos en las marcas de mordida del maniquí? Y, de ser así, ¿los dientes inferiores coinciden con un conjunto correspondiente de marcas en el otro lado del cuerpo?

Coinciden.

—Presión y… —Joel coloca la mandíbula inferior en las heridas de la espalda del maniquí— contrapresión. Aquí está nuestra prueba inapelable.

Al inicio de este capítulo he mencionado el hallazgo, en una ruta de senderismo, de un cadáver humano con marcas de perforación en el cuello. Los investigadores lo consideraron un ataque de puma, a pesar de que no había marcas que sugiriesen un conjunto de dientes superiores e inferiores coincidentes. Resultó que aquellas heridas no se debían a ninguna dentadura, sino a un picahielos. El asesino quedó impune hasta doce años después, cuando se jactó de ello ante un compañero de celda mientras cumplía condena por otra cosa.

De vez en cuando ocurre lo contrario. Un humano es declarado culpable de un asesinato que en realidad cometió un animal salvaje. El caso más famoso es el de Lindy Chamberlain, la mujer australiana que afirmó que un dingo se había llevado a su bebé mientras la familia acampaba cerca de Ayers Rock en 1980. Asistimos a la presentación del caso por parte de uno de los instructores, el especialista en ataques de depredadores (y —ojo al dato— superviviente) Ben Beetlestone. Como los investigadores australianos no tenían ni el cadáver ni ningún dingo en custodia, no pudieron hacer lo que estamos haciendo hoy. No lograron relacionar las pruebas de la víctima con las del animal. Sin vinculación, el juicio se basó en suposiciones (por ejemplo, que un dingo no podía o no se llevaría a un bebé de tres kilos), errores humanos y un frenesí mediático que influyó en la opinión pública. Tres años después de la condena de Chamberlain, un equipo de búsqueda que intentaba recuperar los restos mortales de un escalador encontró una guarida de dingo con restos de la ropa del bebé. Chamberlain fue liberada y absuelta, y se anuló su condena. El dingo sí se había comido a su bebé.

En la actualidad, la vinculación suele adoptar la forma de una coincidencia de ADN. ¿El ADN del sospechoso capturado (o asesinado) coincide con el ADN del pelo o de la piel hallados bajo las uñas de la víctima? ¿Coincide el ADN del animal con el ADN de la saliva hallada en la víctima? En los casos de ataques de animales, los carroñeros pueden complicar estos esfuerzos. Mientras que la saliva de un animal próxima a unas marcas de dientes —por ejemplo, en una chaqueta—, suele proceder del animal atacante, la saliva obtenida de la piel de la víctima podría proceder de un animal que se alimentó del cadáver a posteriori.

En los bosques canadienses hay muchos osos, por lo que un buen vínculo es esencial. Van Damme contó el caso de una mujer asesinada por un oso en su jardín de Lillooet, Columbia Británica. Su equipo colocó trampas y analizó el ADN de dos osos sospechosos antes de que coincidiera con el tercero. Los osos inocentes fueron liberados.

Es la hora de la cerveza (sinónimo canadiense para las cinco de la tarde). Los instructores devuelven las mesas a su sitio y llevan los maniquíes al fondo de la sala de conferencias, donde los apilan en el suelo cerca de la mesa de la merienda. Hay que esquivar cadáveres para llegar a la mesa y que te sirvan café. Abordo a uno de mis compañeros de grupo —Aaron Koss-Young, de la Agencia Ambiental de Yukón— para que me hable brevemente de algo que no se ha tratado en el WHART: qué hay que hacer ante una situación de ataque, o incluso ante un encuentro inesperado. Aaron dice que por supuesto. Es de la misma cosecha que Joel, con rasgos similares y buenos modales.

Quizá os suene el dicho: «Si es negro, contraataca. Si es marrón, túmbate». La idea es que los osos pardos, de los cuales los grizzlies son una subespecie, pueden perder el interés por una persona que parece muerta. Enseguida surge un problema: el pelaje de los osos pardos puede ser negro, y algunos osos negros parecen marrones. Una forma más fiable de distinguirlos es la longitud y la curvatura de sus garras, pero cuando estemos en posición de comprobarlo, saberlo tendrá un uso práctico limitado. Aaron dice que lo más importante no es saber a qué tipo de oso nos enfrentamos, sino a qué tipo de ataque. ¿Es predatorio o defensivo? La mayoría de los ataques de oso son defensivos. En realidad no son ataques, son faroles. Hemos asustado al oso, o estamos demasiado cerca y le gustaría que retrocediéramos. «Se presentará como grande y temible. Las orejas estarán erguidas, no hacia atrás. —Aaron hace una pausa para sonarse la nariz. Tiene un espantoso resfriado de verano—. Quizá golpee el suelo con las patas y resople». También puede que chasquee la mandíbula. (Pero no ruge ni gruñe. Eso solo sale en las películas).

Aaron se guarda el clínex en el bolsillo del forro polar. «En ese caso, solo quiere darte un susto de muerte». Los grizzlies evolucionaron en un terreno más abierto y menos boscoso que los osos negros. A menudo no pueden desaparecer sin más entre los árboles como lo hace un oso negro asustado, así que nos hacen correr a nosotros.

La respuesta recomendada ante un farol es ser lo menos amenazador posible. Debemos retroceder lentamente. Hablar al animal con voz serena. Probablemente no nos pasará nada, incluso aunque la osa tenga crías. Pese a los numerosos osos y encuentros con osos que hay en la Columbia Británica y pese al bombo y platillo que se da al peligro que suponen las protectoras madres osas, en la provincia solo se ha producido un ataque mortal de esa naturaleza. (Fue un grizzly. Ninguna osa negra con crías ha matado jamás a nadie en la Columbia Británica).

En caso de ataque depredador, la estrategia de supervivencia es la contraria. Los infrecuentes ataques depredadores por parte de osos se inician de forma silenciosa y concentrada. Al contrario de lo que suele creerse, es más frecuente en osos negros que en grizzlies. (Aunque en ambas especies los ataques predatorios son poco habituales). El oso puede estar siguiéndonos a distancia, dando vueltas, desapareciendo y reapareciendo. Si un oso empieza a embestir con las orejas gachas, somos nosotros los que tenemos que asustarlo. Abrir la chaqueta para parecer más corpulentos. Si vamos en grupo, unirnos y gritar para parecer un animal más grande y terrorífico. «Hay que intentar transmitirle el mensaje: “No pienso rendirme sin luchar” —dice Aaron—. Da patadas al suelo, tira piedras».

Lo mismo puede decirse del ataque de un puma. Inspirémonos en el pionero de Kansas N. C. Fancher, que en la primavera de 1871 se percató de que un puma lo observaba mientras él examinaba el esqueleto de un búfalo. Como se relata en Pioneer History of Kansas (Historia de los pioneros de Kansas), Fancher metió los pies en los cuernos del búfalo muerto y golpeó los fémures del animal sobre su cabeza mientras saltaba y «bramaba desesperadamente». El puma, como es lógico, se dio a la fuga.

¿Y si el animal sigue adelante y ataca de todos modos? «Haz lo que puedas para contraatacar», dice Aaron. Si es un oso, hay que ir a por la cara. Aaron se señala la nariz, una protuberancia roja y agrietada. «No hay que hacerse el muerto». Si llegados a este punto te haces el muerto, es muy probable que en breve no hagas nada más.

Lo peor que se puede hacer en cualquier situación en la que un depredador parece decidido a atacar es darse la vuelta y huir. Esto es especialmente cierto con los cazadores carnívoros como el puma, porque huir desencadena la respuesta depredador-presa. Es como un interruptor que, una vez encendido, se mantiene así durante un tiempo sorprendentemente largo, a menos que mate a su presa.

El instructor del WHART Ben Beetlestone experimentó de primera mano la determinación y la persistencia de un puma en modo ataque. Como guarda forestal de la región montañosa de West Kootenay, Columbia Británica, atiende un buen número de llamadas por ataques de depredadores, la mayoría relacionadas con osos y heridas leves. Hace unos años respondió a una llamada inusual. Un puma demacrado merodeaba la propiedad de una pareja, nos contó Beetlestone durante una presentación. Salió de su camioneta desarmado y fue a llamar a la puerta sin darse cuenta de que el puma acechaba a la pareja en ese preciso momento por las ventanas de la casa. «Si el tipo salía de una habitación y entraba en otra, el puma lo seguía». Las ventanas tenían huellas de patas.

De repente, el hombre da un portazo. Beetlestone se vuelve y ve al puma a metro y medio, agazapado, con las orejas pegadas a la cabeza, moviendo la cola. «Le grito, le chillo, pateo, todo lo que le decimos al público que haga. Nada funciona». El puma se abalanza sobre él. Ben intenta asfixiarlo, pero el animal se zafa, se revuelve y le hinca los dientes en la bota de trabajo. Ben coge una escoba apoyada en la casa y golpea al puma, pero el animal no lo suelta. Consigue meterle el mango de la escoba por la garganta. Entretanto, la pareja se limita a mirar por la ventana. Beetlestone está conteniendo un puma con una escoba barata, y grita: «¡Eh!, ¡eh!».

—Finalmente el viejo abre la puerta y dice: «¿Qué?»; yo le digo: «¡Necesito un cuchillo!».

El hombre va a la cocina a buscar un cuchillo concreto que resulta que está en el lavavajillas. Por fin lo encuentra y se lo da a Beetlestone, que acaba con el puma al estilo Norman Bates. (La necropsia descubrió un trozo de zapatilla de correr encajado en la boca del estómago del puma; lo bloqueaba y mataba de hambre al animal).

El juego de bingo está terminando mientras Aaron y yo recogemos nuestras cosas y salimos de la sala de conferencias. Uno de los jugadores, ágil pero ligeramente encorvado, se dirige al baño de hombres mientras Kevin Van Damme se dispone a cruzar el pasillo con un maniquí ensangrentado y semidesnudo bajo el brazo. Van Damme es una figura imponente. El jugador de bingo se detiene. «Disculpe», dice Van Damme, sin dar explicaciones.

No suele haber muchos coches en el camino de cuatrocientos metros que va desde el aparcamiento del casino Boomtown hasta el río Truckee. Sin embargo, hoy es una carretera muy entretenida, porque hay múltiples escenas del crimen acordonadas con cinta amarilla de la policía. Hombres y mujeres uniformados con chalecos verdes fluorescentes del Equipo de Respuesta a los Depredadores llevan rifles y bolsas para cadáveres. Es día de trabajo de campo para el WHART.

La escena del crimen de mi grupo se encuentra entre el quitamiedos y el fondo de un terraplén escarpado y lleno de escombros. Anoche recibimos un falso mensaje sobre un ataque. Tras una pelea con su prometida, un joven salió de la autocaravana de la pareja para dormir fuera, en el saco de dormir. A las cuatro de la mañana, el sheriff recibió la llamada de la joven denunciando una desaparición y se dirigió al lugar para echar un vistazo. Encontró el saco de dormir vacío y vio un lobo, al que disparó y mató. Luego cedió la investigación al equipo de respuesta. Somos nosotros.

Nuestra primera tarea es asegurar la zona para cerciorarnos de que no hay grandes animales al acecho. Los pumas y los osos a veces esconden los cuerpos de sus víctimas, enterrándolos ligeramente con hojas y maleza, y vuelven más tarde para alimentarse. Eso hace que la «escena del crimen» sea potencialmente peligrosa para el Equipo de Respuesta a los Depredadores.

Una joven se acerca al hombre de nuestro grupo que ha asumido el papel de jefe de operaciones. «¿Dónde está mi hermano? ¿Qué pasa aquí?», dice. Tardo un momento en comprender que está actuando. Pronuncia la frase sin el menor rastro de nerviosismo, más bien como si saludara en plan informal. Entretanto, en el escenario que hay camino arriba, un actor se lo toma mucho más en serio y brama desesperadamente: «¡TIENEN QUE ENCONTRARLO! ¡ES UN NIÑO DE DOCE AÑOS!». Así son estos escenarios. Hay un Al Pacino y todos los demás parecen presentadores del noticiero.

Nuestro jefe de operaciones posa una mano en el hombro de la falsa hermana.

—Nos ha llegado la información de que hay un animal en la zona.

—¿Qué clase de animal? —dice la joven, como si simplemente fuera a buscar unos prismáticos. Levanta un pie para pasar por encima de la cinta policial—. Tengo que bajar ahí para buscar a mi hermano.

El jefe de operaciones la sujeta suavemente del brazo.

—No queremos que usted baje y pueda resultar herida. Tenemos un equipo estratégico haciendo un barrido de seguridad en forma de diamante.

Antes hemos practicado el barrido en forma de diamante. Cuatro personas se mueven espalda con espalda con espalda con espalda, con las armas preparadas. Es un pulpo humano armado. Cada persona escanea el cuadrante que tiene delante (llamado así por las horas en la esfera de un reloj: 12, 3, 6 y 9) y dice «Despejado» si no ve peligro. Tras lo cual la persona de su derecha dice «Despejado». Y así sucesivamente. No solo es una forma de vigilar el entorno en todas direcciones, sino también de asegurarse de que no se apunta a nadie con el arma sin querer. Si alguien divisa una amenaza, grita y las personas que la flanquean se colocan en posición, a su lado. De modo que tres rifles apuntan, listos para disparar, y la cuarta persona vigila la retaguardia. Cuando lo hemos practicado antes, Joel ha hecho el papel de animal peligroso. Yo esperaba cierto grado de interpretación, quizá hasta un disfraz, pero él se ha limitado a plantarse delante de nosotros y decir: «Soy un oso».

Cuatro de mis compañeros de equipo avanzan por la maleza en formación de diamante. Aaron se sube a una roca para asumir la «vigilancia letal», su apariencia letal atenuada por el clínex que le asoma en la mano que sostiene el rifle. Una vez más, yo soy la encargada de tomar notas («porque eres escritora»).

—¡Oso a las tres en punto!

Esta vez no es Joel. Es la réplica de un oso, uno de esos artículos de práctica de tiro de espuma dura que usan los cazadores con arco. Las seis y las doce en punto se ponen en posición junto a las tres en punto, deslizando los pies por el agreste terreno sin mirar abajo. Levantan sus armas a la vez. Es como una coreografía. Es natación sincronizada con rifle, y ¿podemos por favor convertirla en un deporte olímpico?

Se cuenta rápidamente hasta tres y disparan al oso de polietileno. Alguien pide tampones y se acabó lo que se daba.

¿Es el lobo al que el sheriff disparó anoche una pista falsa, un testigo inocente? Nuestro trabajo es averiguarlo. Esto es un thriller silvestre.

Poco después encuentran a la víctima —interpretada por uno de los maniquíes de ayer— colina abajo, bajo un arbusto. Un miembro del equipo finge fotografiar el cuerpo, rápidamente, porque un afable forense, interpretado por Joel, quiere retirarlo antes de que caiga de lleno el calor del mediodía. Tendremos la oportunidad de examinarlo más tarde, en la morgue/sala Ponderosa.

Una vez asegurado el lugar de los hechos, llega el momento de recoger las pruebas. A estas, como sabemos por las ficciones policiales televisivas, se las llama pruebas materiales. Son los cadáveres, sacos de dormir, pisadas, huellas, marcas de arrastre… A los objetos destinados al laboratorio se les asigna un número y se embolsan después de ser fotografiados in situ. El lugar donde se ha encontrado el objeto se señala en el suelo con una banderita. Mi misión es anotar todo esto —una breve descripción del objeto, su número y ubicación— en un informe de pruebas, de forma ilegible y probablemente en el lugar equivocado.

Las huellas animales del terreno son de un oso. Eso es bueno, porque no hemos estudiado los ataques de lobo en clase. (Porque son muy infrecuentes).

El equipo, a gatas, busca pelos de animales y sangre. Es un trabajo incómodo, caluroso y aburrido, pero importante. La sangre de la escena de un crimen da mucha información. Las gotas redondas en el suelo sugieren un «patrón de gravedad»: sangre que cae por su propio peso de una herida. Las gotas oblongas sugieren que la víctima corría mientras sangraba. El «patrón relacionado con la fuerza» —sangre expulsada por la fuerza de, por ejemplo, un zarpazo o la presión de una arteria principal— es alargado, como una cola de cometa. Es una salpicadura, no un goteo.

Alguien encuentra un rastro de gotas. Joel nos dice que nos fijemos en su tamaño. Cuando las gotas de sangre se vuelven más pequeñas a medida que avanza el rastro, probablemente no provienen de una herida. Quizá gotean del pelaje del animal o del filo del arma de un asesino. Si el tamaño de las gotas se mantiene constante —un rastro de reposición—, es probable que procedan de una «hemorragia activa». Un borrón de sangre es un «patrón de contacto», tal vez un lugar donde la víctima cayó o puso una mano ensangrentada.

Una vez seguros de haber encontrado todo lo que había que encontrar, Joel se agacha y da la vuelta a una hoja que muestra una pequeña gota de sangre en el envés. Lo habíamos pasado por alto. Hemos pasado por alto muchas cosas: sangre en las rocas, en las plantas, en el suelo. «Patrón de salpicones», dice algún entendido.

Joel asiente, pero añade en voz baja: «Salpicadura, no salpicón».

Unidas, la sangre y las marcas del terreno cuentan la historia del ataque. Gotas y sangre en el saco de dormir por las mordeduras iniciales. Una marca de arrastre y goteos de reposición cuando el animal arrastró al hombre fuera del saco de dormir y se lo llevó a la maleza. Marcas de forcejeo y de sangre en la tierra cuando el hombre trata de escapar, y luego un patrón de salpicaduras en las plantas y las rocas, tal vez porque el oso sacudió al hombre para detener el forcejeo. Si el cuerpo hubiera estado muerto desde hacía tiempo, las partículas químicas de su descomposición habrían dejado una última prueba definitiva, una mancha o área de vegetación ennegrecida, llamada «isla de descomposición». Una isla sin playas bonitas.

Las heridas de nuestra víctima, nos dice Joel, han sido recreadas en uno de los maniquíes. No está aquí en la escena, pero lo examinaremos en clase mañana por la mañana cuando tratemos de establecer la relación.

Y eso nos lleva de nuevo a la hora de la cerveza. Joel recoge los accesorios, las banderas y el oso de polietileno, y todos volvemos en tropel al hotel para cambiarnos. Cuando bajo de la habitación, veo que mi grupo se ha reunido en un pequeño bar, detrás de las mesas de blackjack. Están concentrados en el hockey, los Oilers contra los Toronto Maple Leafs.

—Oye —intento—. ¿No debería ser Toronto Maple Leaves? Leaf tiene un plural irregular…

Como no puedo competir con el hockey, salgo a dar un paseo. Termino en una tienda de artículos de caza y pesca. No cazo, pero me gusta la taxidermia. La tienda tiene un excepcional diorama de una montaña y un buey almizclero encima de los probadores. También una «biblioteca de armas» que, descubro, contiene armas usadas en lugar de libros.

El hombre que atiende en el mostrador espera que le hable. Le pregunto cómo conseguir un carné de biblioteca.

—Estas armas no se prestan —responde—. Están en venta.

—Entonces, no es lo que se dice una biblioteca, ¿verdad?

Supongo que es mejor que me vaya a dormir.

El maniquí de nuestra escena del crimen viene con algunos extras. Joel acaba de vaciar sobre la mesa una bolsa de moldes realistas del contenido gástrico de un oso: una oreja, un ojo y una tira de cuero cabelludo con parte de un corte de pelo mohawk. Nos los pasamos entre los miembros del grupo. Es demasiado temprano para estas cosas. Nadie toca los donuts.

El contenido gástrico coincide con lo que le falta a la cabeza de nuestro maniquí, lo que sugiere que, efectivamente, fue un oso, y no un lobo, el atacante. El mohawk parece un toque de fantasía, pero no: Joel nos revela que nuestro escenario de ayer se basa en un ataque real: oso real, hombre real, cresta mohawk real. Joel investigó este caso en 2015. Resulta que todos los maniquíes del WHART no solo representan heridas reales, sino víctimas de ataques reales.

Joel trae fotografías de la verdadera escena del crimen. Una foto es del trasero de la víctima. La herida más grande, un mordisco enorme, abierto y desgarrado, está en las nalgas. El hombre dormía con unos calzoncillos largos y la solapa de la abertura trasera, dice Joel, debió de soltarse mientras el oso lo arrastraba. «Y por eso comió justo ahí». Al cabo de un momento, Joel añade: «¿Sabéis ese calzoncillo con la huella de un oso en el trasero? —Debe de ser un calzoncillo habitual en Canadá, porque varios de mis compañeros de grupo asienten—. Ese es el que llevaba».

Hay un conjunto limpio de marcas de mordeduras en el hombro del maniquí. Por la posición de los caninos superiores e inferiores podemos afirmar que el hombre dormía bocarriba. Joel conjetura que el oso se acercó a la figura dormida y quizá le lamió la sal de la piel. El hombre se despertó y probablemente hizo algún ruido. «Entonces el oso pensó: “Bueno, o acabo con esto o salgo huyendo”. Eligió terminarlo».

Entretanto, ¿qué había dentro del estómago de nuestro otro sospechoso, el lobo al que disparó el sheriff cuando llegó a la escena del crimen? Envoltorios de chicle y papel de aluminio. Ni tejido humano ni ropa. Caso cerrado. No hizo falta ningún análisis de ADN.

Una vez finalizada la investigación forense y conocida la identidad del autor, ¿qué pasa después? Si no hubiesen disparado al oso cerca de la escena del ataque, ¿cuál habría sido su destino? Kevin Van Damme nos lo explicó después de una conferencia. La cárcel no es una opción. Los zoológicos canadienses no aceptan osos mayores de tres meses porque tienden a caminar de un lado a otro sin cesar y porque ya tienen demasiados osos. Lo que ocurre es que se les aplica la pena capital. «Si un oso trata a una persona como comida, repetirá —dijo Van Damme—. Soy especialista en ataques de depredadores desde hace veintiséis años. Sé que algunos no estaréis de acuerdo, pero, si un animal hiere a una persona, tiene que morir».

Como os dirá cualquier criminólogo, vale más prevenir que castigar. Lo más seguro para ambas especies es que se mantengan separadas. No hay que permitir que los osos aprendan a asociar a los humanos con la comida fácil. Los habitantes de zonas donde hay osos tienen que poner a buen recaudo su basura. Dejar de alimentar a los pájaros y de poner la comida para los perros en el porche. El hombre de los calzoncillos largos vivía en el bosque, donde no había recogida de basura. Probablemente amontonaba la suya fuera de la caravana. El papel de aluminio y los envoltorios de chicle en el estómago del lobo sugieren que era un lugar donde los animales salvajes se sentían cómodos rebuscando restos. La basura mata.

02

Allanamiento de basura

¿Cómo tratar a un oso hambriento?

Stewart Breck es un hombre alto y enjuto. Anda con los brazospegados a los costados y no lleva mochila ni bolsa que interrumpa el largo plano vertical que ocupa en el espacio. Es algo que notas cuando caminas detrás de él, que es lo que he estado haciendo porque sus zancadas abarcan varias manzanas urbanas. Aunque es amable, su comportamiento tiende a la moderación. A lo largo del día que he pasado con él, no ha levantado la voz ni ha gesticulado ni ha utilizado ninguna palabra malsonante. Es sereno, considerado, razonable. Lo comento para que entendáis mi sorpresa cuando, hace un momento, Stewart Breck ha dicho: «¡NO ME JODAS!» y los brazos le han salido disparados de los costados, donde todavía siguen con las palmas en alto, el gesto universal de exasperación.

Porque, como vuelvo a ir rezagada, al principio no veo lo que ha visto Breck. Ahora sí: dos grandes bolsas de basura abiertas, con restos de comida desparramados por la acera. Son las tres y media de la madrugada, la hora del oso en los callejones traseros del compacto centro repleto de restaurantes de Aspen, Colorado. El sonido del todoterreno de Breck habrá asustado a un oso en plena búsqueda de comida. En la jerga del conflicto oso-humano, el compost y la basura se conocen como «atrayentes». El código municipal de Aspen requiere que tanto uno como la otra se «aseguren» en contenedores resistentes a los osos.

—¡Será posible! —dice ya más tranquilo, con las manos de vuelta a los costados—. Hemos gastado cientos de miles de dólares en esto.

«Esto» equivale a: una investigación multianual y multimunicipal sobre cómo hacer que las personas que viven en zonas habitadas por osos bloqueen adecuadamente los atrayentes, y cuánto cambian las cosas cuando lo hacen. El trabajo fue financiado por Parques y Fauna de Colorado (CPW), la organización que recibe las llamadas cuando los osos causan daños a la propiedad al saquear alimentos humanos que no estaban bien blindados en contenedores adecuados; la Universidad Estatal de Colorado, donde Breck imparte un curso sobre conflictos entre humanos y fauna, y la institución para la que trabaja Breck, el Centro Nacional de Investigación de la Vida Silvestre (NWRC), con sede en Fort Collins, Colorado.

El NWRC es la sección investigadora de los Servicios de la Vida Silvestre, que forman parte del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA). Los «servicios» se prestan principalmente a ganaderos y agricultores que tienen problemas con la fauna que interfiere en su forma de ganarse el sustento, y a menudo consisten en matar a dicha fauna. Breck fue contratado por el NWRC para investigar alternativas no letales. Su trabajo le brinda muchas oportunidades para desplegar su admirable compostura. En los Servicios de la Vida Silvestre hay miembros de la vieja escuela que lo odian por remover demasiado el terreno, y hay activistas del bienestar animal que lo odian por no removerlo lo suficiente. Me gusta porque está tratando de mantener el imposible término medio.

Lo que demostraron los estudios sobre la basura es que los contenedores reforzados y con cierre a prueba de osos suponen una gran diferencia, siempre que la gente se moleste en cerrarlos bien. En una zona donde el 80 por ciento de los contenedores se usaron como es debido, se produjeron cuarenta y cinco conflictos entre humanos y osos a lo largo del estudio. En una zona similar donde solo se utilizó el 10 por ciento de los contenedores, se produjeron doscientos setenta y dos conflictos. Eso nos indica que con los contenedores no basta. También se necesitan leyes que obliguen a la gente a usarlos y multas para quienes ignoren esas leyes. Aspen tiene todo eso, pero ha habido reticencias con las multas. Especialmente aquí, en el centro. Pero le han dicho a Breck que desde entonces la situación ha mejorado.

Ahora mismo no lo parece. Bajando por el callejón de esa manera suya tan entrañable, sin prisas y como de puntillas, se acerca un oso negro adulto. Breck y yo estamos cerca de su vehículo, aparcado a seis metros de los contenedores. El oso se aproxima a la basura, que ha sido su principal foco de atención hasta entonces, y luego nos mira. Chasquea las mandíbulas, lo que indica que está inquieto. Porque aquí hay dos humanos mirando, uno bastante alto, a una hora de la noche en que no suelen verse humanos por los alrededores. En el otro lado de la balanza: ¡restos de comida del restaurante Campo de Fiori! El oso considera la situación un momento y luego baja la cabeza para comer.

Porque tiene que comer mucho. Estamos a principios del otoño, la época del año en que los osos negros comen con propósito y abandono para generar la grasa de la que vivirán en sus guaridas durante el invierno.[4] Un oso negro hiperfágico duplica o incluso triplica su recuento diario calórico hasta las veinte mil calorías. Al ser omnívoros, comen una gran variedad de alimentos; durante la hiperfagia, lo que más les atrae son las fuentes de alimentación concentradas. Quieren ingerir muchas calorías sin tener que quemar muchas calorías merodeando en busca de calorías. Las montañas que rodean Aspen siempre les han proporcionado precisamente eso: robles cuajados de bellotas, abundancia de todo tipo de bayas, manzanos silvestres escandalosamente fértiles. En las décadas de 1950 y 1960 empezaron a llegar esquiadores. Los osos levantaron la vista de sus nueces y bayas y se dijeron: «Grrrvaya. ¿Alpiste colgando de un árbol? ¿Bolsas de pienso en el porche? Sí, por favor». Pronto se aventuraron a la ciudad siguiendo a los humanos, porque los humanos proveen. Los callejones que hay detrás de los multitudinarios restaurantes de Aspen son el nirvana de la comida concentrada.

Breck me da un codazo. Otro oso se acerca por el callejón, este más oscuro y algo más pequeño. El oso más claro y dominante vuelve su atención al recién llegado y emite un sonido grave y ronco. «Puedes quedarte esos corazones de lechuga romana y los ñoquis de espinacas, pero no te acerques a mi salmón sostenible a la plancha».

Breck levanta su teléfono para hacer una foto, lo que me sorprende. Este hombre usa la palabra rutina para describir el acto de clavar un dardo a mano a un oso negro en hibernación para cambiarle el collar de seguimiento. Resulta que no está fotografiando osos. Está fotografiando una ironía. «Mira la tapa», me dice. Apunta su linterna al contenedor de compost abierto que está volcado a un lado. La tapa de plástico tiene forma de cara de oso y a pocos centímetros de esta cara decorativa está la del oso auténtico, que ahora disfruta del contenido de este contenedor certificado a prueba de osos que ha demostrado no serlo.

—Saltan encima de los contenedores y los abren —dice Breck.

O puede que el mecanismo de cierre esté roto. Eso es lo que ha ocurrido con otro contenedor de este mismo modelo que hemos visto antes en el mismo callejón. Breck se ha acercado y al levantar la tapa ha encontrado cincuenta plátanos apestosos. «Asegúrese de cerrar —reprendía una pegatina—. La vida de un oso depende de ello». En el siguiente callejón, Breck me ha llevado a una cuba descubierta de grasa de cocina usada. Era tan grande y alta como un surtidor de agua, y a veces los osos las usan como tales. Breck ha visto huellas de patas grasientas callejón abajo.

La sección 12.08 del código de residuos sólidos de Aspen, titulada «Protección de la fauna», se inspiró en la de Snowmass, un pueblo vecino especializado en turismo de esquí y ciclismo de montaña. El parecido acaba ahí. El Servicio de Animales y Control de Tráfico de Snowmass está formado por Tina White y Lauren Martenson, que se lo toman muy a pecho. «Ponemos multas a todo el mundo», me dijo White cuando nos conocimos ayer. Hace poco hizo una presentación de diapositivas en español para el personal de cocina de los restaurantes, pues muchos no sabían lo que les pasa a los osos que empiezan a asaltar contenedores que la gente ha olvidado cerrar bien. Sus esfuerzos han dado resultado. Hace ya varios años que nadie se plantea que un oso vaya a causar problemas en Snowmass. En el momento de mi visita, Aspen ya llevaba nueve altercados. Pero Aspen tiene el triple de población y cuatro veces más restaurantes.

Las infracciones de Aspen en materia de basuras las gestionan los agentes de la comunidad, cinco en total. Breck y yo nos reunimos con su representante, Charlie Martin, ayer por la mañana en una sala de conferencias del Departamento de Policía de Aspen. Charlie llevaba un uniforme negro y amarillo y unos calcetines en los que se alternaban arcoíris con unicornios. «No es viernes y no estaba patrullando en bicicleta», dijo, misterioso, cuando se lo comenté. Charlie enumeró algunas de las cosas que su equipo ya se esforzaba por mantener cuando las infracciones de basura relacionadas con osos se añadieron a la lista: infracciones de tráfico, ladridos de perros, vehículos de construcción al ralentí, llamadas al 911, murciélagos rabiosos, objetos perdidos, nieve en las aceras, arrancar vehículos que se han quedado sin batería, abrir coches cerrados, pícnics comunitarios y retirada de ciervos muertos de las carreteras.

Charlie estaba un poco a la defensiva sobre la situación del callejón. «Este año hemos puesto casi diez mil dólares en multas». Las multas por dejar basura o compost sin asegurar oscilan entre los doscientos cincuenta y los mil dólares. Breck y yo podríamos haber igualado el total del año en un día. Salvo que, como señaló Charlie, las multas no se pagaban. «Hay múltiples partes que comparten contenedor —señaló, refiriéndose a contenedores tanto en bloques de edificios como en restaurantes—. Si multas a alguien, dirá: “Ha sido otra persona. Nos fuimos a las diez de la noche y lo cerramos bien. Demuéstrame que no estaba cerrado cuando nos fuimos”».

Las empresas de gestión de residuos de Aspen están obligadas por ley a asignar un número a cada contenedor de compost y basura, así como a mantener una base de datos que relacione estos números con la persona o empresa responsable de mantenerlo bien cerrado y pagar una multa en caso contrario. Aspen tiene contratos con cinco de estas empresas, pero ninguna parece haber establecido un sistema de este tipo. (Snowmass hace su propia recogida de basura. Además, Tina White se subirá alegremente a un contenedor de basura y rebuscará en las bolsas hasta encontrar correo con un nombre y una dirección. Tina ha oído que hay quien se refiere a Lauren y ella como «las cabronas de los osos»).

Son cosas que suelen pasar en las comunidades que han intentado cambiar a contenedores blindados para osos. En general, las empresas de gestión de residuos están muy preocupadas por sus resultados y no tanto por el bienestar del animal. Los contenedores tienen que caber en los elevadores de los camiones, lo que significa que al gasto de los contenedores se le sumará el de camiones nuevos o modernizados; en cualquier caso, dinero que las empresas preferirían no gastar. Y las personas que responden a las llamadas por presencia de osos no son las mismas que redactan las normas ni las que dirigen las empresas de basura. Es un desastre descomunal.

Esta tarde, mientras deambulábamos por los callejones, Breck se ha asomado a un contenedor que rezaba solo papel y cartón