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Poco antes de morir, Charles Nodier, el erudito bibliotecario de El Arsenal, le refiere a Dumas, el gran autor de Los Tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo, la historia de La mujer del collar de terciopelo, con el fin de que quede constancia para la posteridad de un asombroso embrollo en que se vio envuelto E.T.A. Hoffmann durante su estancia en el turbulento Paris de los días del Terror.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
El 4 de diciembre de 1846, mi navío se hallaba anclado en la bahía de Túnez desde la víspera; me desperté hacia las cinco de la mañana con una de esas impresiones de profunda melancolía que ponen los ojos húmedos y el pecho hinchado para todo un día. Esa impresión procedía de un sueño.
Salté al pie de mi catre, me puse un pantalón, subí al puente y miré al frente y a mi alrededor. Esperaba que el maravilloso paisaje que se desarrollaba ante mi vista apartase mi espíritu de esa preocupación, más obstinada precisamente porque tenía una causa menos real.
Delante de mí tenía, a tiro de fusil, la es-collera que se extendía desde el fuerte de la Goulette al fuerte del Arsenal, dejando un estrecho paso a los navíos que quieren pene-trar desde el golfo al lago. Este lago, de aguas azules como el azul del cielo que refle-jan, era agitado en ciertos lugares por el batir de alas de una bandada de cisnes, mientras sobre las estacas plantadas de trecho en trecho para indicar bajos fondos, se mantenía inmóvil, semejante a uno de esos pájaros que se esculpen sobre las sepulturas, un cormorán que de pronto se dejaba caer en la superficie del agua con un pez atravesado en el pico, tragaba ese pez, volvía a subirse a su estaca, y recuperaba su taciturna inmovilidad i hasta que un nuevo pez que pase a su alcance solicite su apetito y, dominando su pe-reza, le haga desaparecer de nuevo para volver a aparecer a poco!.
Y mientras tanto, cada cinco minutos el ai-re era cruzado por una hilera de flamencos cuyas alas de púrpura destacaban sobre el blanco mate de su plumaje y, formando un cuadrado, parecían un juego de cartas com-puesto por el as de diamante únicamente, y volando en una sola línea.
En el horizonte estaba Túnez, es decir, un montón de casas cuadradas, sin ventanas, sin aberturas, subiendo en forma de anfiteatro, blancas como la tiza y destacándose sobre el cielo con una nitidez singular. A izquierda, como una inmensa muralla almenada, se ele-vaban las montañas de Plomo, cuyo nombre indica ya su tinte sombrío; a su pie se arras-traban el morabito y la población de Sidi-Fathallah; a la derecha se distinguía la tumba de San Luis y el lugar en que estuvo Cartago, dos de los mayores recuerdos que existen en la historia del mundo. Detrás de nosotros se balanceaba, anclado, el Montezuma, magnífica fragata a vapor con una fuerza de cuatrocientos cincuenta caballos.
Desde luego, había en todo aquello motivos para distraer la imaginación más preocu-pada. A la vista de todas aquellas riquezas, se hubiera olvidado la víspera, el día presente y el día siguiente. Pero mi espíritu, a diez años de allí, estaba fijo de forma obstinada sobre un solo pensamiento que un sueño había clavado en mi cerebro.
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