La prometida ideal - Pippa Roscoe - E-Book
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La prometida ideal E-Book

Pippa Roscoe

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Beschreibung

El compromiso era una mentira… pero su conexión era demasiado verdadera. La habían contratado para reparar la reputación pública de Loukis Liordis, no para que formara parte de sus asuntos privados. Pero la espiral de rumores llevó a Loukis a pedirle a Célia que interpretara el papel de su prometida. Negarse a lo que le pedía el millonario griego sería el final de su carrera, pero acceder… Loukis llevaba años centrado en un único objetivo. Ahora tenía además que contar con la hermosa Célia. Era una tentación demasiado poderosa, y tal vez fuera la mujer que necesitara. Ya habían disfrutado de una noche de bodas, pero… ¿subirían también al altar?

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Seitenzahl: 194

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2020 Pippa Roscoe

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La prometida ideal, n.º 2855 - junio 2021

Título original: Rumors Behind the Greek’s Wedding

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-354-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

BONSOIR, empresas Chariton.

–Quiero hablar con Célia d’Argent.

–¿De parte de quién, por favor?

–Puede advertirle que la llama Loukis Liordis.

–Considérela advertida. ¿Qué puedo hacer por usted esta vez, señor Liordis?

La más breve de las pausas indicó un reconocimiento por parte de su cliente. Y Célia d’Argent quería decir reconocimiento. Porque Liordis nunca se rebajaría a sentir una emoción tan humana como el arrepentimiento. Si acaso, el breve instante había sido de reprimenda, dando a entender que debería ser ella quien tendría que arrepentirse. Y normalmente, Célia se habría sentido mortificada por responder así. Pero no era el caso. Loukis Liordis, multimillonario griego, renombrado playboy y en aquellos momentos su mayor molestia, la había llevado al borde de su habitualmente impecable civismo.

–¿Responde usted misma al teléfono? –inquirió él como si algo así estuviera por debajo de Célia.

–Lo hago cuando son las nueve y media de la noche, señor Liordis.

–¿Y eso qué tiene que ver?

¡Qué cuajo tenía aquel hombre! Célia observó su reflejo en la ventana de su despacho. Loukis era su primer cliente, y tal vez la razón por la que ella y su socia, Elsa Riding, habían alcanzado el éxito del que disfrutaban desde hacía unos meses. Pero eso no significaba que tuviera que caerle bien, o saltar cada vez que lo ordenaba.

–¿Puede explicarme cómo es posible que haya fracasado de forma tan estrepitosa en el cumplimento de su promesa, señorita d’Argent?

Célia frunció el ceño y repasó mentalmente la lista de los eventos actuales que tenía planeados para él.

–No estoy muy segura de a qué se refiere, señor Lio…

–Entonces hablaré con Elsa.

Célia apretó los labios. Odiaba el hecho de que sus palabras le hubieran provocado una punzada de ansiedad en el pecho. Odiaba que el pulso se le hubiera acelerado de tal manera en las venas y que una oleada de inseguridad amenazara con apoderarse de ella.

–Me temo que eso no es posible.

–¿Por qué no?

–Como ya le he explicado varias veces, Elsa está actualmente de baja por maternidad.

–Pero podrá contestar al teléfono, ¿no?

–No, señor Liordis. No puede. Y ahora, si lo desea, me gustaría tener la oportunidad de escuchar sus preocupaciones –no le gustaría, por supuesto. Era tarde, ni siquiera había cenado y la comida ingerida al mediodía a toda prisa no era ya más que un recuerdo lejano.

–Mi preocupación es que usted no ha cumplido con su obligación.

–¿De qué obligación estamos hablando?

–De la que tendría que devolverme mi buena reputación, señorita d’Argent.

Célia se dejó caer en la suave butaca de cuero de la oficina y se giró hacia el ordenador en absoluto silencio.

–¿No tiene nada que decir?

–Disculpe, estaba comprobando el membrete de nuestra empresa. En ningún sitio dice que estemos en el negocio de la reputación. Nuestra función es…

–Ya sé cuál es su función, y no sea usted grosera, señorita d’Argent. Elsa, y supongo que por extensión usted también, sabía exactamente lo que firmé con su empresa. Y la publicidad resultante de mi primer evento con ustedes no ha sido positivo.

–Soy consciente de ello. Aunque el evento solidario respaldado por usted y su empresa le ha ofrecido a la Fundación Erythra la posibilidad de hacer cosas increíbles en el futuro, personalmente para usted igual no ha ido tan bien como pensábamos. Es muy posible que se deba al hecho de que no le pareciera lo suficiente importante como para aparecer por ahí.

La línea se quedó completamente en silencio. Congelada. Y Célia se dio cuenta de pronto de que había ido demasiado lejos. No tenía por qué cuestionar a su cliente. Los titulares que siguieron al evento ya habían hecho aquella labor al sugerir que estaba en la cama con su última conquista, posiblemente una rubia platino de proporciones perfectas.

–Seguiremos hablando de esto.

Antes de que Célia pudiera ofrecerle siquiera la posibilidad de una reunión, la línea se cortó y ella se quedó con el teléfono en la mano.

¿Qué acababa de hacer?

Ella nunca hablaba a la gente de aquel modo, y mucho menos a su cliente más valioso. Pero el constante hostigamiento de Loukis durante los últimos meses, su absoluta obstinación en que todo fuera perfecto, la habían dejado a ella y a su equipo exhaustos. Desde que Elsa firmó con él en Fiyi, empresas Chariton habían recibido más clientes, trabajando sin descanso para cumplir sus promesas en el lado del negocio y en el de la parte benéfica. El último mes habían tenido doce eventos, y todos sin Elsa.

Lo cierto era que Célia estaba agotada, y esa era la razón por la que había bajado su habitual guardia de hierro y había dicho exactamente lo que se le pasó por la cabeza. Deslizó una mano temblorosa por la cara y colgó el teléfono.

Al día siguiente intentaría reparar el daño. Pero por el momento necesitaba volver a su apartamento y dormir. Comer. Tal vez incluso tomarse una copa de vino blanco.

Aquella decisión surgió en ella como un desafío, como si todavía tuviera que justificar algo tan tonto como su gusto por el vino ante su padre. Imaginó su expresión de desaprobación y de horror. Su desdén era una constante en sus interacciones. Pero cuando Célia miró las calles de París desde la ventana, se protegió mentalmente para no verse arrastrada por aquel oscuro camino.

Agarró el bolso, las llaves, cerró la puerta de la calle y se giró. Y entonces se detuvo en seco.

¡Qué agallas tenía aquel hombre!

 

 

En un golpe de suerte, Loukis Liordis había encontrado un espacio de aparcamiento justo en la puerta de Empresas Chariton unos treinta minutos antes. Había terminado la llamada con Célia d’Argent hacía diez minutos, y ahora estaba apoyado en el deportivo McLaren que había alquilado para su estancia en Francia. Repasaba en el móvil los últimos titulares que criticaban su ausencia en la gala solidaria de la semana anterior. Cada nueva pantalla alimentaba en él una ira alentada por la voz helada de Célia.

Si no hubiera sido por el apenas audible gemido de indignación, tal vez no se habría fijado en que salía del edificio. Desde luego, no se habría fijado en ella. Pero aquello era debido en parte a que iba vestida con un jersey soso de color beige que se confundía con el tono de la pared. Si no hubiera sido por los vaqueros negros, ni se habría dado cuenta de que estaba allí. Sobre todo porque en el momento en que lo vio, se detuvo en seco y no movió ni un músculo.

–¿Qué hace usted aquí? –inquirió ella.

–Como le he dicho, tenemos que hablar…

–Pero no ahora.

–Sí, ahora. Tengo que regresar a Grecia mañana a primera hora –dijo apartándose del coche y abriendo la puerta–. ¿Vamos?

–No, no vamos –siseó ella rodeándolo y apartándose de la puerta como si supusiera una amenaza.

Loukis la cerró.

–Célia –insistió antes de que ella se alejara más–. Tenemos que hablar.

Debió ser el cambio de tono lo que hizo que se detuviera. No era el tono de playboy encantador que le había reportado tanto éxito y tanto daño hacía tan solo unos años. Antes de que todo lo que conocía se derrumbara. No era el tono que utilizaba para seducir y encandilar. Ni tampoco era el tono arrogante y autocrático que había utilizado con ella antes. Extrañamente, no era ninguna de las fachadas que había adoptado a lo largo de los años lo que la detuvo, sino su auténtico yo.

La vio aspirar con fuerza el aire y recordó lo hermosa que le había parecido. Su rostro resultaba casi asombroso en comparación con la ropa aburrida. Tenía unos pómulos altos que contrastaban con los labios delicados. Los ojos, grandes, eran del ámbar más puro. Llevaba el pelo recogido en lo que parecía un moño informal, pero el poco que había podido ver era de un tono rojizo que le apetecía investigar más. La blanca y suave piel estaba cubierta por una fina lluvia de pecas. Pero por muy atractiva y refrescante que le resultara, no era la razón por la que estaba allí.

–Señor Liordis, lo siento, pero tengo que comer algo.

–He reservado en Comte Croix.

–No… no estoy vestida para…

–¿Para ninguna otra cosa que no sea el paintball? Ya me he dado cuenta. Pero, como va conmigo, seguro que hacen una excepción.

Un sonrojo se abrió paso en la blanca piel de sus mejillas. Loukis abrió la puerta para ella de nuevo cuando pasó por delante de él y aspiró su dulce aroma a naranja. Contuvo el deseo de sentir más. «Más» no estaba en el menú de aquella noche. Ni probablemente en ninguna otra noche en los próximos diez años.

En aquel momento maldijo a su madre de nuevo y deseó que estuviera bien encerrada en el infierno.

 

 

Célia se acomodó en el cuero del asiento del coche y deseó estar en cualquier lugar que no fuera allí, al lado de Loukis Liordis. Una cosa era hablar con él por teléfono, y otra muy distinta estar así de cerca de alguien tan… bueno, no estaba ciega. El famoso playboy griego era absolutamente abrumador en persona. Desde aquel ángulo veía las ondas de cabello oscuro que le caían de vez en cuando por la frente y los ojos color chocolate intenso. Loukis había ido a la oficina antes de la baja de maternidad de Elsa, y cuando los presentaron, Célia sintió una onda sísmica a pesar de que él se limitó a deslizar la mirada por sus facciones. Pero aquello bastó para encender un fuego en su interior. Algo que creía dormido. Y con eso fue suficiente para saber que debía tener la guardia alta con él.

Cuando llegaron a la entrada del famoso restaurante parisino, Loukis se bajó antes que ella y le abrió la puerta. A continuación le entregó despreocupadamente las llaves del carísimo deportivo al aparcacoches, y le hizo una señal a Célia para que entrara en el restaurante. Aquel era un gesto que su asquerosamente rico padre nunca habría hecho. No, en las precisas acciones de su padre nunca había nada despreocupado.

–¿Desean ver la carta de vinos?

–No será necesario. Una botella de Pouilly-Fuissé y el pescado del día.

–Bien sûr.

–Merci –añadió Célia.

Decidió ignorar el hecho de que no le hubiera preguntado sus preferencias respecto al vino y la comida, o incluso posibles alergias, y trató de recuperar un poco el control de la situación.

–Y dígame, señor Liordis, ¿de qué quería usted hablar?

–Necesito otro evento.

–Muy bien, ¿tiene algo en mente?

Loukis sacudió la cabeza.

–Nada en concreto. Pero debe hacerse en las próximas semanas.

Loukis observó cómo Célia recibía su comentario en silencio, pero estaba claro que su cabeza iba a toda velocidad. Había esperado sorpresa y una negativa instantánea, pero no fue así.

–No sería realista volver a hacerlo con la Fundación Erythra para evitar el exceso de saturación en los donantes y en la prensa. ¿Se le ocurre alguna otra organización solidaria?

–No, pero me gustaría que fuera griega.

Célia asintió y se llevó la mano a los labios antes de girar la cabeza. En aquel ángulo, la curvatura del cuello se mostraba de forma exquisita, y Loukis casi agradeció que llevara puesto aquel horrible suéter beige. El día que la conoció, en las oficinas de París, se vio obligado a apartar los ojos de ella. Sintió al instante un deseo tan poderoso que lo hizo tambalearse.

–Voy a necesitar más tiempo, no solo unas semanas. ¿Hasta dónde podemos estirar el límite?

–Necesito que sea antes del final de…

Se detuvo al instante antes de revelar demasiado. Había estado a punto de decir «antes del final del curso escolar». Y eso habría sido inaceptable. No podía revelar ni un solo detalle de por qué necesitaba que aquel evento se celebrara tan rápidamente.

–A finales de junio –contestó finalmente–. Eso son cuatro semanas. Quiero que sea un evento lo más público y positivo posible.

La conversación quedó interrumpida unos instantes por la aparición del sumiller para servirles el vino.

–Puedo encontrar una organización benéfica y celebrar un evento a finales de junio. Pero con una condición.

–¿Cuál es?

–Que esta vez esté usted presente, señor Liordis. Es importante –se apresuró a añadir.

Célia observó cómo entornaba los ojos. Durante un instante sintió como si hubieran hecho una pausa en los asuntos de negocios y Loukis estuviera a punto de preguntarle algo… pero aquella suavidad que le pareció percibir desapareció al instante.

–Estaré allí.

El camarero llegó con su comida, pero Célia ya no tenía hambre de pronto. El olor de los tortellini con vieiras y langosta era increíble, pero no podía sacudirse la mirada fija de Loukis. Se forzó a agarrar un tenedor y cortó la sedosa pasta y la suave mousse del interior. Cuando se lo llevó a la boca, se encontró con sus ojos de halcón clavados en ella.

No podía negar el efecto que ejercía sobre ella. Pero eso no significaba que tuviera que sucumbir. La última vez que lo había hecho, había demostrado ser algo devastador cuando se dio cuenta de que el objetivo último de su ex no era ella, sino el dinero de su padre. Había prometido no volver a cometer el mismo error.

Estaba tan concentrada en que llegara el final de la cena, que tomó unos cuantos bocados, y cuando dejó el tenedor sobre la mesa se dio cuenta de que Loukis no solo había terminado ya, sino que había dejado una alarmante cantidad de euros sobre la mesa.

–La llevaré a casa –dijo sin mirarla.

–No será necesario –afirmó ella.

La mirada de Loukis la atravesó como una lanza.

–No es así como me educaron.

–Y eso no tiene nada que ver con usted. Puedo volver sola a casa, pero gracias por el ofrecimiento.

Loukis la siguió muy de cerca cuando salieron del restaurante, y a Célia le pareció que podía sentir su cuerpo presionado contra el suyo. Esperó a que llegara el taxi que había pedido al aparcacoches, y cuando llegó, le abrió la puerta para que entrara.

–Estaré esperando sus noticias sobre el desarrollo del evento. Mientras tanto, señorita d’Argent, hágase un favor a usted misma y al mundo y queme ese suéter.

Cerró la puerta antes de que Célia pudiera siquiera responder y desapareció en la noche.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

VEINTICINCO días, cuatrocientos treinta y tres correos electrónicos, veintiocho horas de reuniones y dos vuelos más tarde, Célia estaba en un impresionante espacio de exposición de paredes blancas que daba a la Acrópolis de Atenas.

Estaba agotada. Pero en unas horas terminaría por fin el evento que Liordis había exigido, negociado, retorcido, argumentado y finalmente aceptado. Y por fin podría dormir. Y tal vez incluso vivir un día en el que no se viera obligada a tener una tensa conversación con el multimillonario griego.

Y, sin embargo, no le quedaba más remedio que reconocer que lo que habían conseguido juntos en tan poco espacio de tiempo solo podía considerarse un milagro.

Célia cruzó entre las dos enormes columnas de piedra que recibirían a sus invitados y se dirigió hacia la zona de paredes blancas abierta que contrastaba con el suelo de granito oscuro. Era una galería nueva, y perfecta para el evento. Los muros mostraban la colección de las impresionantes obras de arte que Loukis había aportado de su propia colección o de la de otros contribuyentes igual de ricos. Célia se perdió unos instantes en la impresionante belleza que la rodeaba hasta que escuchó el sonido de unos tacones. Se dio la vuelta y vio a Sia Keating, la tasadora de arte de la casa de subastas internacional Bonnaire. Como de costumbre, Célia se vio incapaz de apartar la mirada de aquel glorioso cabello rojizo que le enmarcaba el rostro y el cuello.

–Célia, qué alegría que te haya visto antes de irme –dijo Sia mientras la abrazaba con cariño.

–Yo también me alegro –contestó Célia–. No sabes cómo te agradezco que hayas hecho esto con tan poco preaviso.

–Es un placer, y más por una buena causa –aseguró la otra mujer tomando la mano de Sia. Se habían hecho amigas rápidamente desde que se encontraron por primera vez en un evento benéfico unos años atrás. Ambas compartían una relación difícil con sus padres.

–¿Puedo preguntarte? –quiso saber Sia.

–No he visto a ninguno de ellos en cinco años –respondió Célia, consciente de que su amiga le estaba preguntando por ellos.

Sonó una alarma en el móvil de Sia, quien la miró con gesto compungido mientras lo sacaba del bolso y sacudía la cabeza.

–Lo siento mucho. El vuelo sale dentro de unas horas.

Deseándole a Célia la mejor de las suertes para la velada, Sia se marchó con la promesa de que se encontrarían pronto en París.

Célia volvió a quedarse sola en aquel enorme espacio, aunque esta vez con el eco de aquel viejo dolor como compañía. Compuso una mueca y se miró los pantalones negros y la camisa de seda blanca. Sin duda era mejor que el suéter beige, pero estaba segura de que Loukis se las arreglaría para encontrarle un fallo.

Cuando escuchó de nuevo el sonido de unos pasos, se giró preguntándose si Sia habría olvidado algo, y se detuvo en seco.

Loukis se acercaba a ella con un andar indolente y al mismo tiempo depredador. Iba vestido con esmoquin negro y llevaba la blanca camisa desabrochada arriba y la corbata de lazo en el puño. Parecía como si acabara de terminar la velada, en lugar de estar a punto de comenzarla.

–¿Todo preparado? –preguntó cruzando el espacio.

Célia contuvo el aliento con la esperanza de calmar la frustración que parecía acompañarla siempre que él hacía sus repentinas apariciones.

–Sí –respondió–. ¿Y tú estás preparado? –maldijo aquellas palabras en cuando Loukis clavó en ella una mirada furiosa.

–Sí.

–¿De veras? –insistió Célia a pesar de su determinación señalando con el dedo la corbata que seguía apretando con el puño.

Loukis frunció el ceño y le pasó la corbata, que Célia estiró antes de acercarse a él y ponérsela por la cabeza. El movimiento había empezado como algo automático. La imagen reflejada de un recuerdo de la infancia, en ver a su madre haciendo eso con su padre antes de cada evento al que asistían. Cuando deslizó las manos por el sedoso material mientras hacía el nudo de la corbata, Célia se preguntó qué diablos estaba haciendo. El aroma de su loción para después del afeitado le llegó en una oleada como proyectado por el calor de su cuerpo. Se negó a mirarlo, no quería encontrarse con su expresión de confusión ante lo que ella estaba haciendo, y se centró en hacer bien el nudo y en resistir la tentación de ponerle las manos en el pecho cuando hubo terminado.

–Creo que nadie había hecho esto por mí antes.

Loukis vio cómo se encogía de hombros, como diciendo que no tenía ninguna importancia, pero cuando se acercó tanto a él aspiró el aroma de su champú cítrico, y tuvo que apartar la mirada y apretar las mandíbulas para contener la repentina punzada de deseo que había prendido en él. Pero cualquier placer sensual provocado por Célia se apagó al recordar por qué estaba tan agobiado cuando llegó. Era el efecto que tenían sobre él los sollozos de su hermana de diez años.

«¿Por qué tengo que ir? ¿Por qué me haces esto? Por favor, Loukis…. No quiero ir con ella…».

El dolor que sintió en el pecho se le mezcló con una furia y una impotencia que simplemente no estaba dispuesto a aceptar.

–¿Ha llegado el maestro de ceremonias?

Célia se apartó como si hubiera percibido el repentino cambio de humor.

–Sí. Y están preparando la comida y la bebida. La alfombra roja ya está rodeada de paparazis, y todo el mundo aceptó la invitación excepto tres personas. Un éxito de convocatoria.

Loukis asintió.

–Bien. Ahora deberíamos irnos.

–¿Irnos? –preguntó ella–. ¿Por qué tenemos que…?

–Tenemos que hacer nuestra aparición en la alfombra roja. Mi limusina espera en la puerta de atrás para dar una vuelta a la manzana y poder hacer una gran entrada.

El horror que reflejaron las facciones de Célia habría sido gracioso si hubieran tenido más tiempo.

–No, yo no… yo no puedo…

–Sí puedes y lo harás.

Célia sacudió la cabeza y se apartó de él como si representara un peligro físico.

–No he accedido a esto, y no… No, no recorreré la alfombra roja contigo. No entraré en el tipo de publicidad que estás buscando, sea cual sea. No puedo permitir que…

–¿Qué te asocien conmigo? –preguntó Loukis.

Como si no tuviera ya suficientes razones para renegar de su descarriada juventud. Una oleada de desesperación se apoderó de él; ya tenía las defensas derribadas por Annabelle. En un momento de su vida, solo pudo pensar en los placeres sensuales. A toro pasado se daba cuenta de la necesidad desesperada que tenía de escapar, de perderse en las satisfacciones tras años de infancia solitaria y triste. No le importaban los llamativos titulares que recogían sus últimos escándalos, que parecían competir con los de su aún más escandalosa madre.

Pero ahora sí le importaba. Le importaba que Célia pareciera tan horrorizada porque la vieran con el famoso playboy. Y le dolía todavía más porque en el último mes habían trabajado codo a codo para el evento de aquella noche, y él le había mostrado poco a poco algo más de su auténtico ser. Creía que había empezado a verle como algo más que un titular, pero no era así.

–No, Loukis, no es lo que piensas…