Libro 3. Historias Olvidadas De Tiempos Pasados - Elena Kryuchkova - E-Book

Libro 3. Historias Olvidadas De Tiempos Pasados E-Book

Elena Kryuchkova

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Beschreibung

La historia de días hace tiempo olvidados… El velo del pasado se levanta, revelando la historia de las antiguas deidades y la legendaria gobernadora. ¿Cuál es el secreto del lapislázuli sagrado escondido entre las brumas del tiempo? ¿Cómo se entrelazarán los destinos, conectados por hilos del pasado distante?

Extracto del libro:
...Al darse la vuelta, Sumire vio una figura femenina surgir del interior del ciruelo. Y ante ella apareció una joven de largos cabellos que vestía ropas escarlatas.
—Señora, por favor, no tengáis miedo de mí —dijo—. Soy el espíritu del ciruelo que crece junto a este puente. Mi nombre es Umeko. El oni Kiseki, cuyo nombre has adivinado, causó problemas, no solo a mí, sino también a los espíritus locales de las piedras y el espíritu del río. Nunca hemos querido dañar a la gente y siempre hemos tenido mucho miedo de ser testigos de derramamiento de sangre. Por eso quiero daros las gracias.
—Oh, no hay necesidad —dijo Sumire modestamente.
—No os habéis sorprendido en absoluto al encontraros con Kiseki y conmigo. —Umeko sonrió—. ¿Os habíais encontrado antes con espíritus y demonios?
—Una vez fui testigo de un acontecimiento místico —replicó Sumire.
—¡Oh, ya veo! —exclamó el espíritu del ciruelo—. Eso lo explica todo. ¡Sois una persona asombrosa! Como prenda de mi gratitud, dejadme enseñaros el espejo que conoce el pasado.
—¿El espejo que muestra el pasado? —preguntó Sumire sorprendida.
—Sí —asintió Umeko. Un pequeño espejo de bronce apareció en sus manos, pintado con un patrón de colores intrincados en los bordes—. Si miráis en él, podéis ver lo que queráis. Ya sea un acontecimiento de tiempos antiguos, la vida de una persona o un espíritu. Lo único que el espejo no muestra es el destino de los objetos.
***
…Era un bochornoso día de verano. No había el más mínimo movimiento de aire.
Los sirvientes y miembros del clan Celestial sufrían por el calor. Por la tarde, el cielo empezó a adoptar una tonalidad plúmbea al irse aproximando una gran tormenta.
Amaterasu mataba el tiempo a la sombra de un árbol frondoso. Sus doncellas, Miyu y Mayu, daban aire diligentemente a su Señora con grandes abanicos.
Durante los últimos dos años, Miyu había crecido y se había ido convirtiendo en una atractiva joven. Mayu entró al servicio de las deidades poco después que su amiga. Era un año menor que Miyu, pero eso no impidió que las muchachas se hicieran amigas.
—Probablemente va a haber una fuerte tormenta esta tarde… —dijo indolentemente Amaterasu.
—Sí, mi señora, siempre hace mucho bochorno antes de una tormenta —corroboró Mayu.
—Tengo miedo de morir por un rayo… —confesó Miyu.
—¡No deberías temerlos! ¡El cielo está lejos! Y servimos a las deidades, así que no va a pasar nada —razonó su amiga.
Lo sabía perfectamente: en una tormenta, no hay que estar cerca del agua y no hay esconderse bajo un árbol. En caso contrario, los espíritus del trueno se enfadarán y te incinerarán con un rayo ardiente.
—He tenido una pesadilla hoy —dijo Miyu ignorando a su amiga —. He visto una enorme bola de fuego caer en Ashihara y cubrir de llamas a la señora Izanami…
***
Hace nueve mil años…
Era un maravilloso día de verano. Ese año el verano resultó ser extremadamente fructífero: ni frío, ni tampoco cálido. Llovió la cantidad justa.
Los adivinos de la corte del clan del Río Celestial calificaron unánimemente a esto como un buen augurio. La razón de ello era la ascensión al trono del nuevo gobernante Tei.
El clan Celestial había llegado a la Tierra hace más de mil años, desde un lugar lejano más allá del río Celestial. Se establecieron en el archipiélago al haber fundado la capital en la isla de Honshu, pero después de un par de siglos acabaron perdiendo el contacto con su lejano hogar ancestral.
El paso del tiempo no perdonó a nadie, barriendo todo a su paso. Así que, a lo largo del milenio, el clan Celestial perdió la mayoría de sus conocimientos y tecnología. Los miembros de clan se convirtieron en muchos sentidos

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Traducido por Mariano Bas

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Escrito por Elena Kryuchkova y Olga Kryuchkova

Copyright © 2022 Elena Kryuchkova, Olga Kryuchkova

Editorial Tektime

www.tektime.it

Traducido por Mariano Bas

Todos los derechos reservados

Diseño de portada © 2022 Elena Kryuchkova

Esta historia es una ficción y cualquier similitud con personas reales es una coincidencia.

En esta historia hay nombres de personas reales que vivieron en el pasado. Pero la descripción de sus vidas en esta historia es ficticia.

Los personajes de la mitología también se han cambiado; sus caracteres, relaciones y vínculos familiares son ficción. La historia es completamente ficticia.

Libro 3. Historias olvidadas de tiempos pasados

Índice

Prólogo 3. El lapislázuli perdido

Parte 1. Historias olvidadas de tiempos pasados

Capítulo 2. Un sueño profético que anuncia problemas.

Capítulo 3. Exilio y nueva vida del dios del mar y las tormentas

Capítulo 4. Los pilares de la diosa del sol y el antiguo lapislázuli

Parte 2. El clan Celestial perdido en las profundidades de los siglos

Capítulo 2. Un sueño extraño

Capítulo 3. Ocho años después...

Capítulo 4. La campaña contra el Reino Lunar

Prólogo 3. El lapislázuli perdido

Año diecinueve del reinado del emperador Go-Yozei (El año diecinueve de su reinado se corresponde con el año 1605).

Llegó el día en que Sumire y su compañía iban a actuar delante del aristócrata.

El propio aristócrata les había invitado a realizar la actuación en su casa de campo, porque allí había más espacio.

Los actores llegaron a la hora señalada. Interpretaron con éxito la obra de la princesa caprichosa, el guerrero y el dragón escrita por la propia Sumire. Al aristócrata le agradó sobremanera y recompensó generosamente a la compañía. A la actuación le siguió una fiesta (el dueño de la casa celebraba su promoción), que empezó en mitad de la hora del perro y prometía durar toda la noche.

El aristócrata ofreció amablemente a los actores quedarse a la fiesta y luego dormir en las habitaciones de invitados y estos aceptaron encantados su ofrecimiento.

Pero Sumire abandonó la ruidosa reunión después de un rato. Quería tomar el aire y se dio un pequeño paseo en torno a la casa. Después de todo, había cerca muchas más residencias de campo de otros representantes de la nobleza de la capital y había guardias que custodiaban todas las casas. Por tanto, la zona era muy segura.

… Cerca de la casa donde la compañía había actuado, había un pequeño río con un puente de madera que lo atravesaba, junto al que crecía un maravilloso ciruelo. Estaba claro que el árbol ya era muy viejo y que más de una generación de vecinos había admirado sus bellas flores.

Con respecto al puente, últimamente habían circulado vagos rumores: algunas veces se había visto a un demonio oni sobre él. Por eso los vecinos temían ir allí, prefiriendo usar otro puente, un poco más arriba en la corriente.

Pero Sumire, por supuesto, no sabía nada de eso. Fue al puente y desde él empezó a observar el tranquilo fluir de las aguas del río y a admirar el ciruelo. La mujer llevaba allí un buen rato cuando, de repente, de la nada apareció una densa niebla.

Por un momento, la mujer se quedó paralizada, pues esa niebla le resultaba extraña.

Un extraño sonido interrumpió sus lúgubres pensamientos. No le costó darse cuenta de que provenía del agua. Al mirar al río, la atónita Sumire vio que la corriente del calmado río se hacía de repente veloz, el agua burbujeaba y surgía de él una gran ola. De ella surgió el oni, un gran demonio malvado con cuernos, colmillos y piel roja.

Se creía que los oni vivían en Jigoku (el infierno) y eran muy fuertes. Estos demonios eran difíciles de matar y si se les arrancaban miembros del cuerpo estos se regeneraban. En combate, usaban una gran maza de hierro llamada kanabō y vestían taparrabos de piel de tigre.

Las caras de los oni podrían parecer estúpidas a primera vista, pero en realidad estos demonios resultaban ser muy listos y taimados. Amaban la carne humana y algunas leyendas decían que a estos demonios no les gustaba la soja.

También se creía que la gente que era incapaz de controlar su furia podía convertirse en un oni. Pero a veces había raras excepciones en las que los oni eran amables con la gente e incluso servían a sus protectores.

… El oni que salió del agua se posó sobre el puente delante de Sumire y la miró fijamente sin parpadear.

—¡Humana! —rugió—. ¡Como has pisado mi puente, no puedes abandonarlo!

—¿Por qué es este «tu puente»? —La mujer estaba indignada y hablaba con una voz inesperadamente impertinente. No era la primera vez que se encontraba con algo sobrenatural, pero extrañamente no sentía miedo—. ¿Lo has construido tú?

El oni quedo paralizado por el asombro por unos momentos. ¡No esperaba una reacción así de una mujer mortal!

El oni replicó:

—¡Sí, yo construí este puente! ¡Pues ningún mortal podía hacerlo!

—¿Por qué? Aquí el río es bastante tranquilo —replicó escépticamente Sumire, señalando la quietud de las aguas.

El oni gruñó con indignación, maravillado ante la «insolencia» de su interlocutora. «¡Estos mortales se han convertido en insolentes!», pensó. «¡Ya no les asusta nada! ¿O es que me estoy volviendo viejo y ya no inspiro el mismo terror?»

Y empezó a contar su historia en voz alta:

—En el pasado, hace muchos siglos, el río era aquí bravo. Y ningún simple mortal podía construir un puente como este que no fuera arrastrado por las aguas. Un día la gente recurrió a quien consideraban un carpintero muy hábil. Este llegó a este río y empezó a inspeccionar el lugar donde iba a construir el puente. Observó el flujo del río durante mucho tiempo. Y entonces yo aparecí delante de él. ¡Salí de la ola enfrente de él, igual que he hecho contigo! Y grité:

»—¡Carpintero! ¡Llevas mucho tiempo aquí mirando el agua! ¿Estás pensando en algo?

»Este replicó, pues por alguna razón tampoco a él le sorprendió mi aparición:

»—Pues sí. Prometí construir un puente y quiero hacerlo tan fuerte como sea posible. En eso estaba pensando.

»Yo le respondí:

»—¡Un humano no puede construir un puente en este lugar! Pero hay una posibilidad. —Por supuesto, el carpintero me preguntó cuál era. Y yo le respondí—: ¡Si me das tus ojos, construiré un puente que ningún mortal podría construir! ¡Y el puente permanecerá aquí durante siglos!

»El carpintero contuvo la respiración ante mi sugerencia. No respondió, así que le dije que volviera al día siguiente. Volví al río y el carpintero se fue.

»Este volvió al día siguiente. Para entonces, yo ya había construido el puente de una orilla a otra. Por supuesto, quedaban algunos detalles sin terminar, pero por la reacción del carpintero, me di cuenta de que no había visto nada así en su vida. ¡Miraba como hechizado al Puente y lo inteligente y hábilmente que se habían dispuesto las vigas y traviesas!

»Salí del río nuevamente, pero el carpintero ya se estaba yendo, así que no me vio. Al día siguiente, volvió de nuevo al puente y aparecí de inmediato ante él. Y le grité:

»—¿Has olvidado nuestro acuerdo? ¡Dame tus ojos!

»Extendí mis manos hacia él, pero el carpintero no quería darme sus ojos. Dijo:

»—Espera, oni, ¿no puedes esperar hasta mañana?

»Yo sonreí y dije:

»—¡Qué tramposo eres! ¡Ahora ya sabes cómo construir un puente como este! ¡Si sigues viendo, construirás puentes como este por todas partes! ¡Eso no va a pasar! ¡Dame tus ojos!

»Pero el carpintero me pidió de nuevo que esperara “hasta mañana”, porque quería admirar el puente un día más.

»Entonces le respondí:

»—Bueno, entonces escúchame atentamente. No tendrás una segunda oportunidad. Puedo dejarte tus ojos, pero solo si adivinas mi nombre. ¿Quieres tratar de adivinarlo? ¡Entonces te veo mañana! —Reí y desaparecí en el río.

»Y el carpintero se fue a su casa. ¡Por el camino oyó a una mujer cantarle una nana a su bebé para dormirlo llamándolo por su nombre! ¡Y eso es lo sorprendente! Ese niño tenía el mismo nombre que yo. ¡Y el carpintero lo averiguó de alguna manera!

»Vino a mí al día siguiente y le di tres intentos para adivinar mi nombre. ¡Falló las dos primeras veces y a la tercera dijo mi nombre! ¡Me quedé muy sorprendido! ¡Tuve que volver al río!

»¡Pero desde entonces, cuando veo a alguien sobre este puente, le reclamo que adivine mi nombre! ¡Y me como a quien no lo adivine!

Así acabó su relato el oni. En realidad, aún no se había comido a nadie: la gente, tan pronto como lo veía, se apresuraba a huir. Sumire era la primera en mucho tiempo con la «suerte» de conversar con él.

—¿Qué pasa si adivino tu nombre? —preguntó al demonio.

—Que no te comeré —replicó él tranquilamente.

—¿Para una tarea tan difícil, ni siquiera me concederías un deseo? —dijo sorprendida la mujer.

—¿Un deseo? ¿Y qué quieres? —Ahora le tocó sorprenderse al oni.

Estaba de nuevo sorprendido ante la «insolencia» de la extraña. Entretanto, Sumire continuó:

—Por ejemplo, si adivino tu nombre, dejarás de aparecer en este puente y dejarás de asustar a la gente y tratar de comértela.

—Hmm… —murmuró el ser sobrenatural. Su rostro mostraba concentración en sus pensamientos.

«Bueno, que sea así», pensó para sí. «De todos modos, normalmente la gente huye cuando me ve y no puedo decir nunca nada».

Dijo en voz alta:

—Tienes tres intentos para adivinar mi nombre, mortal. Si dices mi nombre correctamente, dejaré de estar aquí. ¡Pero si te equivocas tres veces, te comeré!

Y el oni rio ominosamente.

Sumire tentó discretamente la bolsa de sal escondida en su cinturón: la llevaba por si acaso, para protegerse de las fuerzas del mal. Y parecía que por fin se había dado ese acaso. Si no adivinaba el nombre del demonio, le arrojaría la sal y huiría.

Entretanto, la criatura sobrenatural dijo:

—¡Así que, mortal, primer intento! ¿Cómo me llamo?

Sumire lo miró atentamente. El oni parecía provenir de una pintura de un artista: piel roja, cuernos, colmillos y con una piel de tigre.

«En su relato ha mencionado que el carpintero adivinó su nombre gracias a que había oído el mismo nombre para un niño. Es decir, tal vez los nombres se escriban con caracteres distintos, pero los nombres de un humano y un demonio suenen similares». De repente, la mujer tuvo un presentimiento y pensó: «¿Y si no fuera el nombre de ese niño, sino, por ejemplo, un apodo cariñoso que usaba su madre? Si es así, tengo una idea de cómo podría sonar el nombre del demonio».

—Tu nombre es Kiseki, «demonio escarlata» —dijo en voz alta.

El oni se quedó paralizado por un momento, después de cual un grito de frustración resonó por todo el barrio.

—¿Cómo lo has adivinado? ¡Y al primer intento! —aulló.

—Tú mismo dijiste que el carpintero adivinó tu nombre después de oír a la mujer cantar una nana al bebé para que se durmiera —replicó Sumire—. Así que pensé: ¿y si fuera un apodo cariñoso para el bebé? Por ejemplo, su madre podía haberle llamado «milagro». Se puede escribir una combinación de los caracteres «demonio» y «escarlata». Eso suena similar a la palabra «milagro», o «kiseki», pero se escribe con distintos caracteres. Y suena como el nombre «demonio escarlata» que tan apropiado te resulta.

Kiseki gruñó con desagrado, pero al final dijo:

—Cumpliré mi palabra. Has adivinado mi nombre, mortal. Por tanto, ya no molestaré más a la gente en este puente. Y solo apareceré aquí cuando no haya mortales cerca. Y trataré de no comerme a nadie.

Y con esas palabras, Kiseki desapareció en el río. Cuando las aguas se calmaron, Sumire ya había decidido que su pequeña aventura había terminado, pero no era así. pues escuchó una voz de mujer a su lado.

—Señora.

Al darse la vuelta, Sumire vio una figura femenina surgir del interior del ciruelo. Y ante ella apareció una joven de largos cabellos que vestía ropas escarlatas.

—Señora, por favor, no tengáis miedo de mí —dijo—. Soy el espíritu del ciruelo que crece junto a este puente. Mi nombre es Umeko. El oni Kiseki, cuyo nombre has adivinado, causó problemas, no solo a mí, sino también a los espíritus locales de las piedras y el espíritu del río. Nunca hemos querido dañar a la gente y siempre hemos tenido mucho miedo de ser testigos de derramamiento de sangre. Por eso quiero daros las gracias.

—Oh, no hay necesidad —dijo Sumire modestamente.

—No os habéis sorprendido en absoluto al encontraros con Kiseki y conmigo. —Umeko sonrió—. ¿Os habíais encontrado antes con espíritus y demonios?

—Una vez fui testigo de un acontecimiento místico —replicó Sumire.

—¡Oh, ya veo! —exclamó el espíritu del ciruelo—. Eso lo explica todo. ¡Sois una persona asombrosa! Como prenda de mi gratitud, dejadme enseñaros el espejo que conoce el pasado.

—¿El espejo que muestra el pasado? —preguntó Sumire sorprendida.

—Sí —asintió Umeko. Un pequeño espejo de bronce apareció en sus manos, pintado con un patrón de colores intrincados en los bordes—. Si miráis en él, podéis ver lo que queráis. Ya sea un acontecimiento de tiempos antiguos, la vida de una persona o un espíritu. Lo único que el espejo no muestra es el destino de los objetos.

Sumire tomó con vacilación el espejo que le ofrecían.

«¿Qué quiero ver?», pensó. «Siempre me han interesado las vidas de personas como la legendaria gobernadora Himiko».

Y tan pronto como pensó en esto, un remolino de colores giró inmediatamente a su alrededor, surgiendo a la superficie de bronce. Cuando desapareció el remolino, Sumire se dio cuenta de que estaba viendo el destino de la reina Himiko.

Sumire vio una imagen de cómo había nacido la futura gobernadora y luego vio en un destello la infancia de Himiko. Las imágenes se sucedían rápidamente, mostrando la vida de Himiko. Cómo había vivido en Yoshinogari y cómo había aprendido a usar el espejo adornado con jaspe. Sumire prestó atención al collar de jaspe con el lapislázuli redondo de Himiko que la joven gobernante había heredado de su madre.

El lapislázuli le resultaba vagamente familiar a Sumire, aunque sin duda era la primera vez que lo veía. Sumire también vio cómo Himiko había sido capaz de aprovechar el eclipse para proteger a la capital ante las tribus kumaso y sus aliados.

Luego las imágenes mostraban cómo la joven se encontraba con la Doncella Celestial llamada Haruka.

Después apareció ante los ojos de Sumire una escena de la infancia de Haruka. Probablemente porque la Doncella Celestial e Himiko tenían fuertes lazos de amistad.

La mujer vio cómo la pequeña Haruka caía en el santuario subterráneo hasta el enorme lapislázuli en el que había un pequeño agujero… Y luego cómo la mujer de ojos azules la salvaba.

Sumire vio el mismo sueño que Haruka había tenido antes de conocer a Himiko.

En ese sueño, Ruri le decía a Haruka:

—Te agradezco que me despertaras de un largo sueño cuando caíste en el santuario subterráneo. No te culpes. La epidemia en tu pueblo no se ha debido a la ira de las deidades o de otros grandes poderes. Por desgracia, a veces el destino es trágico… Aun así, vivirás mucho tiempo. Cuando vueles a las montañas Sefuri, tu vida cambiará drásticamente. Allí encontrarás a alguien que cambiará tu vida. Sé su amiga fiel…

»Y una cosa más: en el futuro tendrás un hijo. Tal vez este mismo hijo se convierta en uno de tus antepasados en la nueva reencarnación terrenal de mi señora, a quien llevo buscando tanto tiempo. Pero antes de que renazca, pasarán muchos más siglos…

Sumire vio asimismo otras imágenes de las vidas de Himiko, Haruka y Ruri. Ni la gobernadora de Yamatai ni la Doncella Celestial habían estado en este mundo mucho tiempo. Habían muerto mucho tiempo antes.

Pero, al contrario que los humanos, el espíritu del lapislázuli es inmortal. Y Ruri seguía vagando en algún lugar del mundo humano.

Cuando las imágenes se detuvieron, Sumire volvió a ver girar el remolino de colores, que fue desapareciendo gradualmente en la superficie del espejo de bronce.

La mujer se quedó perpleja por unos momentos, tratando de averiguar dónde estaba. Finalmente se dio cuenta de que las visiones habían terminado y estaba de pie junto al puente, bajo el ciruelo. Umeko estaba en pie junto a ella.

—He visto cosas asombrosas —dijo Sumire mientras devolvía el espejo al espíritu del ciruelo—. Gracias por permitirme ver algo que me interesaba desde hacía mucho. Sin embargo… Sin embargo, he visto algo que no pedí ver al espejo. ¿Por qué ha pasado esto?

—A veces, el espejo muestra qué o con qué estará relacionado tu destino. Espero que hayas obtenido las respuestas a tus preguntas. —Umiko sonrió a su vez.

Se despidió educadamente de Sumire, se dirigió al ciruelo y desapareció en su tronco.

Un momento después, apareció de nuevo una densa niebla. Cuando desapareció esta, Sumire se dio cuenta de que estaba de pie en el mismo lugar. Un pájaro cantaba a lo lejos.

Decidiendo que era el momento de volver, la mujer se dirigió hacia la finca del aristócrata. La fiesta aún no había acabado, así que nadie había advertido la ausencia de Sumire.

***

Entretanto, en la ciudad de Edo, el sogún Tokugawa Hidetada recibía un mensaje de Kioto, de la misma corte imperial. El emperador Go-Yozei quería verlo para resolver algunos problemas importantes.

Hidetada empezó a prepararse inmediatamente para ir. Su esposa, Gō Azai, a pesar de que estaba esperando un hijo, decidió ir con su marido: le encantaba la capital. Además, últimamente se sentía bien. ¿Por qué no podía ir de viaje?

Al sogún no le importó, así que ambos abandonaron Edo poco después.

***

Mientras Tokugawa Hidetada y Gō Azai se dirigían de Edo a Kioto, el emperador Go-Yozei se preguntaba cómo podía entretener a los importantes invitados cuando llegaran. Por supuesto, el mikado no llamaría al sogún por diversión, sino para resolver varios asuntos importantes. Pero, aun así, quería dar una bienvenida apropiada a la llegada de los Tokugawa. La influencia de este clan era verdaderamente fuerte.

Una de las concubinas del emperador tenía una doncella que iba a menudo a la ciudad por encargo de su señora. Y había visto actuar más de una vez a la compañía de Sumire. Le gustaban tanto las obras que contaba todo a su señora.

La concubina se dio cuenta de la originalidad de la idea: las actuaciones teatrales que estaban de moda eran realmente curiosas. Así que, al ver que el emperador no se decidía por cómo sorprender al sogún, la concubina mencionó «accidentalmente» a la compañía.

Al mikado le interesó mucho la idea y decidió: ¿por qué no? Y ese mismo día, mandó un enviado a que encontrara la compañía de Sumire.

Cuando el enviado de la corte imperial se presentó delante de las actrices y los actores, todos estaban maravillados y asustados al mismo tiempo. ¡Lo primero que pensaron fue que sus actividades habían ofendido al gobernante! ¡Y el emperador los castigaría! Pero cuando resultó que el propio Go-Yozei estaba invitando a la compañía a actuar en la corte, los actores quedaron aún más maravillados.

—Por supuesto, si todo va bien, el emperador os recompensará —concluyó sus palabras el enviado—. ¡Pero recordad: no tenéis mucho tiempo para prepararos y vuestra actuación debe ser perfecta!

—¿Cómo podemos rechazar una oferta como esa? —respondió Sumire—. La aceptamos encantados. ¡No todos los actores tienen el honor de actuar en la corte imperial!

Satisfecho con esa respuesta, el enviado dijo que, como estaban de acuerdo, que decidieran ellos qué obra interpretar. Y que vinieran al día siguiente a ensayar la obra directamente en el palacio en un pabellón teatral especial. El enviado del emperador dio a los miembros de la compañía pases especiales para la corte y se fue. Después de irse, la compañía rodeó a Sumire con preocupación.