Amor inocente - Deseo inocente - Su ángel vengador - Elle Kennedy - E-Book

Amor inocente - Deseo inocente - Su ángel vengador E-Book

Elle Kennedy

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Beschreibung

Amor inocente Había mucha gente en Serenade con motivos para matar a Teresa Donovan, pero todos pensaban que su exmarido, Cole, era el asesino. Todos salvo la agente del FBI Jamie Crawford. Aunque la atracción que había entre ellos amenazaba su objetividad, su infalible instinto le decía que el magnate inmobiliario era inocente. El desastroso matrimonio de Cole había arruinado su confianza en las mujeres, pero, al conocer a Jamie, su armadura protectora comenzó a derretirse... Deseo inocente Sarah Connelly, madre adoptiva de un bebé de cuatro meses, no podía creer que el hombre del que había estado tan enamorada estuviese metiéndola en un calabozo. El comisario Patrick Finnegan prometía sacarla de aquel aprieto, pero su confianza en él había desaparecido cuatro años atrás. Aun así, estar con aquel hombre tan imponente hacía que su pulso se acelerase... Finn sabía de corazón que Sarah no había asesinado a Teresa Donovan, pero no podía pasar por alto las abrumadoras pruebas en su contra, ni el deseo que sentía por ella. Su ángel vengador Morgan Kerr sabía que su exprometido, Adam Quinn, no quería saber nada de ella. Dos años atrás, el duro mercenario la había dejado, convencido de que lo había traicionado. Sin embargo, habían asesinado a su mejor amiga y su padre quería encerrarla en un hospital psiquiátrico, así que necesitaba la ayuda y el perdón de Quinn. Quinn accedió a ayudarla a regañadientes. Sabía que Morgan no estaba loca, pero no quería volver a dejarse cautivar por ella.

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Seitenzahl: 610

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica. Una división de HarperCollins Ibérica, S.A. Avenida de Burgos, 8B - Planta 18 28036 Madrid

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A. N.º 175 - febrero 2025

© 2011 Leeanne Kenedy Amor inocente Título original: Millionaire’s Last Stand

© 2012 Leeanne Kenedy Deseo inocente Título original: The Heartbreak Sheriff

© 2010 Leeanne Kenedy Su ángel vengador Título original: Her Private Avenger Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2012, 2012 y 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A. Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia. Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa. ® Harlequin, Tiffany y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países. Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1074-597-1

Índice

Créditos

Una noche bajo las estrellas

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Un encanto irresistible

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Su ángel vengador

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

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Prólogo

TENEMOS un cadáver. La llamada lo había despertado de madrugada y mientras salía de su granja para subir al jeep, Finn no podía controlar el miedo que lo atenazaba. Tenía el presentimiento de que el tranquilo pueblo de Serenade estaba a punto de dejar de serlo.

Patrick «Finn» Finnegan apagó el motor del jeep y miró la impresionante mansión que se alzaba frente a él. Situada sobre un promontorio, la casa parecía una versión pequeña de un castillo medieval. Según los rumores, Cole Donovan había querido usar madera para que la estructura se pareciese a las casitas rústicas de la zona, pero su esposa había exigido que fuese de piedra.

Y no le sorprendía. Teresa Donovan siempre había actuado como si fuese una reina, ¿por qué no vivir como tal?

Un golpecito en la ventanilla del jeep interrumpió sus pensamientos. Anna Holt, una de sus alguaciles, estaba mirándolo con sus astutos ojos castaños, su seria expresión dejaba claro lo que Finn esperaba encontrar en el interior de la extravagante casa.

—¿Malas noticias? —preguntó, a modo de saludo.

Anna vaciló durante un segundo.

—Muy malas —respondió por fin.

Juntos tomaron el camino que llevaba a la entrada de la mansión y atravesaron la ornada puerta con filigrana de bronce, más parecida a la entrada de una catedral que a la de una casa de Carolina del Norte. El espacioso vestíbulo era de mármol blanco, algo incongruente considerando que el exterior era de granito. Teresa Donovan había optado por el boato más que por la consistencia.

—Está aquí —dijo Anna, señalando un arco a la izquierda.

El comisario se pasó una mano por la mandíbula mientras miraba los carísimos muebles del cuarto de estar. Su segundo alguacil, Max Patton, estaba frente a la enorme chimenea de pizarra negra, buscando huellas en la repisa y en las fotografías que había sobre ella. Finn se fijó en una en particular que mostraba a Teresa con su vestido de novia, al lado de un hombre alto, de piel morena y ojos oscuros.

Cole Donovan, el magnate inmobiliario, exmarido y posible sospechoso del asesinato.

Finn masculló una maldición. Aquello era lo último que el pueblo necesitaba. En los cinco años que llevaba como comisario de Serenade, no había habido un solo asesinato. La gente, sencillamente, no se mataba en Serenade.

Suspirando, hizo un esfuerzo para mirar el cadáver de Teresa Donovan.

Incluso muerta era una mujer bellísima, tuvo que reconocer. Su pelo negro estaba extendido sobre el suelo de parqué y su piel, antes blanca como la porcelana, tenía en aquel momento un tono azulado. Llevaba un camisón corto de color vino de seda o raso que dejaba al descubierto sus muslos. No era una mujer alta, pero su belleza siempre le había parecido extraordinaria.

Como su desagradable personalidad.

—Tiene algo bajo las uñas —dijo el forense.

Finn frunció el ceño.

—¿Arañó a su asesino?

Len Kirsch se encogió de hombros, las gafas de montura metálica se deslizaban por el puente de la delgada nariz.

—Posiblemente, pero puedes tener células de piel bajo las uñas solo por acariciar el brazo de alguien. Examinaré el cadáver meticulosamente durante la autopsia para ver si son heridas defensivas.

Finn contuvo otro suspiro. ¿Por qué tenía que haber sido precisamente aquella mujer? Sería difícil encontrar una sola persona en Serenade que apreciase a Teresa. De hecho, en aquel caso todo el pueblo sería sospechoso.

Entonces miró el agujero que había en el camisón de Teresa, justo sobre el corazón. El asesino había disparado a matar.

Mientras los fotógrafos del laboratorio forense hacían su trabajo, Finn dio un paso atrás. El resto del salón estaba impecable, los muebles y cojines en su sitio. No había señales de lucha, solo el cadáver tumbado al lado del sofá de piel y el siniestro charco de sangre sobre el suelo.

Maldito fuese Cole Donovan, que no había hecho más que crear problemas desde que se mudó a Serenade dos años antes. Había comprado la fábrica de papel para construir un hotel, se había casado con la chica mala del pueblo, de la que se había divorciado un año después…

Y, casi con toda seguridad, la había asesinado.

Aquel era un pueblo tranquilo. Los cinco mil habitantes de Serenade eran gente agradable y trabajadora que no se metía en líos. Educaban a sus hijos, llevaban sus negocios o vivían del turismo que en verano visitaba el pintoresco pueblo.

Cole Donovan no era uno de ellos. Él era un hombre de ciudad que había creado su imperio inmobiliario en Chicago para extenderlo después por la costa atlántica, construyendo hoteles en pueblos pequeños en los que no debería construir.

Finn miró de nuevo el cadáver de Teresa y, al ver el charco de sangre, solo pudo pensar una cosa:

Serenade no volvería a ser el mismo.

Capítulo 1

Dos semanas después

—¿Seguro que no quieres que me quede? —insistió Ian Macintosh, en la puerta de la solitaria casa de Cole Donovan.

—Vuelve a Chicago —respondió Cole, interrumpiendo la protesta de su ayudante con un gesto—. Estoy bien, Ian. Lo peor que puede pasarme es que el comisario me detenga.

—No entiendo por qué estás tan tranquilo. Si me acusaran a mí de algo que no he hecho, me liaría a golpes con todo el departamento —Ian se puso colorado—. No le cuentes a mi madre que he dicho eso. La pobre se pasó veinticinco años intentando enseñarme buenas maneras.

Su acento británico era más marcado que nunca, de modo que Ian debía de estar realmente preocupado por él. Cole había contratado al chico durante un viaje a Londres, cuando Ian lo había buscado después de una conferencia para decirle que le gustaría formar parte de la Compañía Donovan. Al principio, Cole tenía sus reservas porque Ian acababa de terminar la carrera, pero durante los últimos cinco años había demostrado ser fundamental para él.

Y por eso necesitaba que volviese a Chicago, para controlarlo todo desde el cuartel general de la compañía mientras él intentaba solucionar aquella pesadilla.

Maldita fuera Teresa.

Seguía sin creer que su exmujer hubiese muerto. Aquella mujer que solo le había ocasionado problemas y quebraderos de cabeza en los últimos dos años. Teresa le había hecho daño, lo había humillado, le había costado no solo dinero, sino su orgullo.

Pero había muerto y el comisario Finnegan estaba entre las sombras, esperando el momento para detenerlo.

Cole contuvo un suspiro. Tenía que solucionar aquello antes de que se le escapase de las manos. Los periódicos ya habían olido la historia y lo último que necesitaba en aquel momento era publicidad negativa. La inmobiliaria Donovan había sufrido tanto como las demás con la caída de los mercados y no podía permitirse el lujo de perder dinero porque el comisario de Serenade hubiese decidido que era un criminal.

—Ponte en contacto con Kurt Hanson cuando llegues a Chicago —le dijo mientras lo seguía hasta el porche—. Invítalo a cenar en un buen restaurante. No podemos perder ese hotel de la playa.

Ian anotó las instrucciones en su BlackBerry, tan eficiente como siempre.

—¿Y qué pasa con el hotel Warner? Kendra Warner ha decidido doblar el precio de la propiedad. ¿Vamos a pagar tanto?

Cole se pasó una mano por la mandíbula.

—No —respondió por fin—. La propiedad no vale ese dinero. Añade un millón más y si no acepta, dile a Margo que busque otro sitio.

—Muy bien, te llamaré cuando llegue —Ian abrió la puerta del coche, mirándolo con cara de preocupación—. Podría quedarme —insistió.

—Vete —dijo Cole—. Puedo solucionar esto yo solo.

Con una sonrisa de resignación, Ian subió al coche y lo puso en marcha.

Después de decirle adiós con la mano, Cole entró en casa y, en cuanto la puerta se cerró tras él, dejó caer los hombros, con el peso de la angustia de esas dos semanas abrumándolo.

Teresa estaba muerta.

La mujer con la que había estado casado durante dos años estaba muerta.

Entonces, ¿por qué solo sentía alivio?

Después de marcar el código que activaba la alarma se dirigió al bar situado en la esquina del salón. Le temblaban las manos mientras echaba un par de cubitos de hielo en un vaso antes de servirse el whisky, mirando el intrincado reloj de pared que había al otro lado de la habitación. Las cuatro, genial. Se estaba dando a la bebida a media tarde. Se estaba dando a la bebida, punto. Él no bebía desde que estaba en la universidad, cuando llevó a su madre a una clínica de desintoxicación.

Cole se dejó caer sobre uno de los sillones y bebió en silencio, deseando, no por primera, vez no haber conocido nunca a Teresa Matthews. Una noche, solo había hecho falta eso para que se enamorase de ella. Seis meses más tarde estaban casados.

Y un año después pedían el divorcio.

Estaba terminando su copa cuando oyó el motor de un coche por la ventana abierta. Ian era la única persona que tenía el código de la verja de entrada, de modo que su ayudante había vuelto. Probablemente se habría dejado algo, pensó.

Suspirando, Cole dejó el vaso sobre la mesa y se levantó, frunciendo el ceño al ver un coche negro subiendo por el camino de tierra.

Maldita fuera. Era la segunda vez que Ian olvidaba marcar el código de seguridad cuando se iba de la casa. ¿Para qué pagaba un carísimo sistema de seguridad cuando sus propios empleados eran incapaces de cerrar la verja?

Las ventanillas del coche estaban tintadas, de modo que no podía ver al conductor, pero quien fuese aparcó al lado de su camioneta.

Y cuando bajó, Cole vio que era una guapísima pelirroja. Llevaba un traje de chaqueta negro que destacaba su preciosa figura y una camisa blanca bajo la chaqueta desabrochada. Tenía un aspecto muy profesional, salvo esa melena roja que caía en cascada por debajo de sus hombros.

Cole contuvo el aliento cuando la mujer se dirigió hacia el porche con paso seguro. Caminaba con los hombros rectos y la barbilla levantada, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.

Desapareció de su vista mientras subía los escalones del porche y Cole intentó controlar esa breve chispa de deseo mientras salía del salón para marcar el código que cerraba la verja, mirando la docena de monitores que vigilaban varias zonas de la propiedad. No había nada raro en las pantallas, salvo la preciosa pelirroja en el porche.

Pero cuando sonó el timbre, estaba enfadado otra vez. Seguramente sería otra periodista que, siguiendo los pasos de sus predecesores, intentaba conseguir una jugosa entrevista.

Pues a la porra. Estaba harto de extraños que querían meterse en su vida.

Furioso, abrió la puerta y fulminó a la pelirroja con la mirada.

—Sin comentarios —le espetó.

Ella parpadeó, sorprendida, antes de esbozar una sonrisa.

—¿Le he pedido que hiciese algún comentario?

Cole la miró fijamente. Esa sonrisa, maldita fuera, iluminaba toda su cara. Y parecía sincera, sin el interés y la vanidad que exudaban la mayoría de los reporteros.

—Ah, ya entiendo, cree que soy periodista —dijo ella, riendo—. Siento decepcionarlo y le pido disculpas por no haber presionado el intercomunicador de la entrada. La verja estaba abierta, así que he pensado que podía entrar.

Cole abrió la boca para decir algo, pero no consiguió articular palabra. Estaba hipnotizado por sus ojos, que eran de un azul casi violeta.

Era una mujer preciosa, aunque no una belleza convencional. Sus ojos eran exóticos, almendrados, pero la nariz aristocrática y la boca de labios perfectos le daban un aspecto elegante. Y las pecas que tenía en las mejillas la hacían parecer simpática.

Exótica, elegante y simpática. Definitivamente, un trío peculiar. Si añadía un cuerpazo a la mezcla, aquella mujer, fuese quien fuese, resultaba muy interesante.

—¿Quién es usted? —le preguntó cuando por fin pudo encontrar la voz.

—Jamie Crawford —respondió ella, sacando una placa del bolsillo de la chaqueta—. FBI.

No parecía un asesino, pensó Jamie mientras hacía un esfuerzo para no quedarse boquiabierta ante aquel hombre tan guapo. ¿Hombre? Estrella de cine, más bien.

Tenía la piel bronceada, los ojos oscuros, casi negros, y un pelo castaño que se rizaba ligeramente detrás de las orejas. La camiseta azul y los vaqueros gastados revelaban un cuerpo musculoso que no parecía el de un magnate inmobiliario.

Ella había esperado un tipo como Donald Trump y lo que tenía delante se parecía más a Johnny Depp.

Pero aquello no era una cita, se dijo. Estaba allí para entrevistar a un sospechoso de asesinato.

—FBI —repitió él—. Genial, así que el comisario quiere echarme encima a los federales.

—Me gustaría hacerle unas preguntas, si no tiene inconveniente.

—Ya he hecho mi declaración en la comisaría —replicó Cole—. No tengo nada más que añadir.

Finn le había advertido que Donovan podría no querer cooperar, pero Jamie estaba decidida a ganarse su confianza. Cuando Finn la llamó el día anterior para pedirle que fuese a Serenade para ayudarlo en un caso, no había vacilado. Además, tenía unas semanas de vacaciones obligatorias, ya que su supervisor creía en «rejuvenecer la mente». Jamie había temido esas vacaciones porque no sabía qué hacer con tres semanas libres, de modo que la llamada de Finn había sido un regalo del cielo.

Pero habría ido aunque no tuviese vacaciones. Finn y ella eran amigos desde que se conocieron en Raleigh cuatro años antes, cuando Jamie estaba impartiendo un seminario sobre el arte de hacer perfiles psicológicos.

Finn la había buscado cuando terminó la primera clase, impresionado por su charla y sorprendido por lo joven que parecía. Y lo había sorprendido aún más al saber que tenía veintiocho años y llevaba seis en el FBI. A partir de entonces, se hicieron amigos.

No había nada romántico en su amistad con Finn. Eran como hermanos y lo consideraba su mejor amigo, por eso se había ofrecido a ayudarlo. Además, aquel caso parecía interesante. Bueno, cualquier caso que diera el titular: Magnate inmobiliario implicado en el asesinato de su exmujer tenía que ser interesante.

—Me gustaría que lo reconsiderase, señor Donovan.

Le será más fácil hablar conmigo que con el comisario Finnegan.

Podría haber jurado que él esbozaba una sonrisa.

—En eso tiene razón.

—Por favor —añadió Jamie—. Deme media hora. Al contrario que algunos de mis colegas, yo soy capaz de ver las cosas sin prejuicios de ningún tipo. No estoy aquí para detenerlo o para inculparlo, solo quiero conocer su versión de la historia.

Estaba siendo sincera. Ella era capaz de ver las cosas con perspectiva, al contrario que Finn, que estaba convencido de su culpabilidad. Pero Jamie no estaba tan segura porque lo que sabía de Cole Donovan no lo señalaba como un asesino. Aunque había heredado la compañía de su padre, Cole había decidido donar ese dinero a una organización benéfica y construir su propio imperio. A los treinta y cuatro años era multimillonario habiendo empezado desde cero y eso era admirable.

Y sí, los hombres ricos e importantes también cometían crímenes, pero Jamie tenía la sensación de que aquel hombre no era un asesino.

Tuvo que disimular una sonrisa cuando por fin Cole Donovan capituló. Abriendo la puerta del todo, le hizo un gesto para que entrase y Jamie se tomó unos segundos para admirar el interior de la casa, de madera y piedra, con unos techos tan altos que la hacían sentirse diminuta en comparación.

Cuando miró hacia la izquierda, vio un enorme salón con un ventanal que ocupaba toda una pared. Oh, sí, Cole Donovan era un hombre muy rico. Con su salario tardaría varias vidas en poder pagar una casa así.

—No sabía que Finnegan hubiera llamado a los federales —dijo Cole mientras la llevaba a una fabulosa cocina de estilo rústico.

Jamie miró las encimeras y los armarios de caoba, las paredes pintadas de color amarillo… y se encontró sonriendo al ver unas cortinas de cuadros verdes. Había esperado un ambiente más estéril, más moderno, la guarida perfecta para un hombre tan rico como el rey Midas.

—Es muy hogareña —comentó, sin molestarse en ocultar su sorpresa—. Y los electrodomésticos parecen usarse.

—Me gusta cocinar —dijo él, señalando una mesa ovalada que había en el centro—. Siéntese, por favor. ¿Quiere un café?

—Sí, gracias —respondió Jamie, apartando una silla.

—¿Leche y azúcar?

—No, solo. Y no estoy aquí de manera oficial, señor Donovan.

Su propósito al ir allí era encontrar el perfil de la persona que había matado a Teresa Donovan, pero tenía la impresión de que a Cole no le haría gracia que un psiquiatra forense lo interrogase.

Como investigadora en la unidad de análisis del comportamiento, se dedicaba a examinar casos pensando como un asesino. Una tarea bastante más complicada de lo que parecía en las series de televisión que estaban tan de moda.

Era un trabajo lento, metódico. Debía concentrarse en el análisis del crimen, sobre todo en las decisiones que el asesino había tomado antes, durante y después de un asesinato.

Jamie estudiaba todos los aspectos, desde el porqué al método con el que se había llevado a cabo o lo que se había hecho con el cadáver. Pero en aquel caso no conocía los detalles, solo lo que Finn le había contado.

—¿Entonces por qué está aquí? —le preguntó Cole Donovan, ofreciéndole una taza de café antes de sentarse frente a ella.

—Finn me ha pedido que viniera, como un favor. Parece que aún no ha unido todos los cabos.

—Tal vez si dejase de tratarme como a un sospechoso llegaría a algún sitio —comentó él, irritado.

Jamie se encogió de hombros.

—Es posible —murmuró, apoyando los codos en la mesa—. Dígame cómo conoció a su exmujer.

Esa pregunta pareció sorprenderlo. Seguramente porque había esperado que le preguntase si mató a Teresa, pero ser tan directo era más típico de Finn que de ella.

—Vine al pueblo por una cuestión de negocios hace dos años y medio —respondió Cole—. Después de una reunión pasé por el bar en el que trabajaba Teresa y empezamos a charlar…

—Y se casó con ella seis meses después.

Cole asintió con la cabeza.

—¿Y por qué se divorciaron?

—Pensé que Teresa era de otra manera.

Jamie no dijo nada, mirándolo a los ojos con expresión relajada. Había descubierto que en los interrogatorios el silencio era a menudo la mejor estrategia. Si te quedabas callado el tiempo suficiente, la persona del otro lado de la mesa se ponía nerviosa y acababa contándolo todo para llenar el vacío. Como no había esperado que ese truco funcionase con un hombre tan astuto como Cole Donovan, le sorprendió que siguiera hablando:

—Lo que me atrajo de ella fue su carácter espontáneo. Le daba igual lo que la gente pensara, no vivía para complacer a los demás. Hacía lo que le daba la gana y yo admiraba eso —Cole se detuvo, llevándose la taza a los labios—. Pero me equivoqué. Todo eso que me gustaba de ella no era espontaneidad o alegría de vivir, era egoísmo y codicia.

—¿Se casó con usted por su dinero? —le preguntó Jamie.

—Por supuesto. Le encantaba ser la esposa de un millonario y odiaba que yo quisiera vivir en Serenade en lugar de en Chicago o Nueva York, donde podría portarse como una reina.

—¿Por qué se quedó aquí?

—Porque me gusta el pueblo —respondió Cole—. Me imagino que habrá visto lo bonito que es Serenade. Pero es más que eso, es un hogar, un sitio donde puedes formar una familia, donde todo el mundo conoce tu nombre y te saluda cuando te ve. Yo crecí en una ciudad, rodeado de extraños, y quería algo diferente cuando me casé con Teresa.

Jamie lo entendía perfectamente. El opresivo camping de caravanas en el que ella había crecido no había sido un hogar, al contrario, más una cárcel que otra cosa. Había pasado una gran parte de su vida adulta intentando encontrar su sitio en el mundo, un sitio en el que se sintiera feliz. Pero aún no lo había encontrado, a menos que contase su apartamento en Charlotte.

—Pero su exmujer no quería quedarse en Serenade.

—No, ella quería viajar conmigo, aunque sabía que tendría que quedarse en el hotel mientras yo trabajaba. Pero después del primer viaje empezó a portarse de manera mezquina e infantil, haciendo ridículas exigencias, protestando por todo. Y poco después empezaron sus aventuras.

—¿Aventuras extramaritales?

—Parker Smith es el único del que estoy seguro porque Teresa mencionó su nombre durante una discusión, pero sé que hubo otros. Lo sé porque ella misma me lo contó.

—Pero no le dio nombres —dijo Jamie, pensativa.

—No —respondió Cole—. Además, yo no quería saberlo. Solo quería alejarme de Teresa, por eso pedí el divorcio y me fui de la casa.

—¿Por qué se quedó aquí? Si su matrimonio se había roto, Serenade ya no podía parecerle un hogar.

—Como le he dicho, me gusta el pueblo —Cole se encogió de hombros—. No sé por qué, ya que todo el mundo me ve como un extraño.

Jamie se pasó una mano por el pelo.

—A mí también me gusta Serenade —le confesó—. Solo llevo una hora aquí, pero he tenido la misma sensación mientras lo atravesaba: es un buen sitio para vivir.

—¿Es usted una chica de ciudad?

—Nací y me crié en Charlotte —Jamie sonrió—. Normalmente, los pueblos pequeños me parecen aburridos y demasiado tranquilos. Y todo el mundo lo sabe todo sobre los demás.

—En eso estoy de acuerdo —dijo él.

Jamie notó que su tono era menos agresivo y eso significaba que podía lanzarse al ataque.

Mirándolo a los ojos, se inclinó hacia delante y le preguntó:

—¿Qué ocurrió la noche que murió Teresa, Cole?

Capítulo 2

COLE no estaba acostumbrado a que lo pillasen desprevenido, pero la pregunta de Jamie Crawford no solo lo sorprendió, sino que lo hizo palidecer. Y se dio cuenta entonces de que la pelirroja había estado jugando con él. La había dejado entrar en su casa porque, como le había dicho a Ian, quería solucionar aquella pesadilla y si la agente del FBI quería escuchar su versión, ¿qué podía perder?

Pero Jamie lo había engañado dándole una falsa sensación de confianza. Había usado su sonrisa y su tono agradable para hacer que le contase cosas y luego, de repente, le había metido un gol.

Cole hizo un esfuerzo para disimular su enfado. Muy bien, había bajado la guardia y estaba disfrutando de la conversación con la inteligente pelirroja. Pero se puso a la defensiva de nuevo, sabiendo que debía ser cauto a partir de ese momento.

—Seguro que te lo ha contado el comisario.

—Sí, claro. Me ha dicho que admites haber discutido con Teresa la noche que murió.

—Es verdad.

Jamie suspiró.

—Puedes contarme lo que pasó. No voy a detenerte.

Él enarcó una ceja.

—¿No?

—Ni siquiera he traído las esposas, te lo juro.

Cole tuvo que disimular una sonrisa. La idea de que aquella pelirroja llevase esposas no lo sorprendía en absoluto. Jamie Crawford no era una chica tímida y tenía la impresión de que no pestañearía si tuviera que detener a un sospechoso. Daba una sensación de gran armonía, de seguridad, como si supiera quién era y se sintiera completamente a gusto en su propia piel. Y eso le parecía encantador.

—Fui a verla al bar de Sully esa noche —admitió por fin—. Teníamos que acudir al juez en un par de semanas porque Teresa iba a impugnar el acuerdo de separación de bienes que habíamos firmado antes de casarnos. No tenía nada en qué apoyarse y, si quieres que te sea sincero, acudir a un juez para eso era un quebradero de cabeza para mí.

—Supongo que ella no estaba de acuerdo.

—La codicia siempre pesaba más que el sentido común en el caso de Teresa. Intenté razonar con ella, pero se negaba a escuchar. Gritaba como una loca, me insultaba y cuando intenté subir a mi camioneta, me agarró violentamente del brazo.

Cole dejó fuera un par de detalles importantes, como por ejemplo, la furia que sintió cuando Teresa volvió a mencionar sus infidelidades o el disgusto que experimentó al ver a la mujer a la que una vez había creído amar.

—¿Qué pasó luego? —le preguntó Jamie.

—Me fui a casa. Y tengo una coartada.

—Me han enviado por fax tu declaración y, aunque solo he podido echarle un vistazo rápido, sé que decías que te habías encontrado con un vecino.

—Joe Gideon —asintió Cole—. Vive a medio kilómetro de aquí, en una vieja cabaña de pescadores.

—Muy bien, entonces viste a Joe.

Él asintió con la cabeza.

—Estaba disgustado por mi discusión con Teresa y salí a dar un paseo. Eran las dos de la mañana, la hora a la que el forense dice que Teresa fue asesinada.

Me encontré con Joe cerca del arroyo y discutimos…

—¿Discutiste con él?

—Joe Gideon no es exactamente uno de mis fans. Me culpa por perder su trabajo y a su esposa.

—¿Y por qué piensa eso?

Cole se echó hacia atrás en la silla.

—¿Has visto el hotel a las afueras del pueblo?

—Sí, claro.

—Antes era la fábrica de papel de Serenade.

Hace dos años compré la parcela, cerré la fábrica y construí el hotel en su lugar. Gideon era uno de los empleados de la fábrica y me culpa a mí por todos sus problemas.

—¿Y tú crees que es culpa tuya?

—No, no lo creo. El negocio inmobiliario no es un crimen. El hotel también ha creado muchos puestos de trabajo y aporta más dinero al pueblo que la fábrica de papel. Pero Gideon no lo ve así. Cuando perdió su trabajo empezó a beber y su mujer se divorció de él —le explicó Cole, intentando disimular su frustración—. Puede que yo sea en parte responsable de la situación laboral de Joe Gideon, pero no soy responsable de que se emborrache. Aparentemente, le daba a la botella antes de que yo apareciese por aquí.

—Gideon dice que no te vio esa noche —le recordó Jamie.

—Está mintiendo. Me lo encontré cerca del arroyo, intercambiamos unas palabras y luego se dio la vuelta.

—Entonces, mantienes que Gideon miente.

—Desde luego que sí —respondió Cole, intentando relajarse. Pensar en Joe Gideon hacía que le hirviera la sangre. No estaría metido en aquel apuro si el canalla contase la verdad.

Jamie se levantó de la silla.

—Muy bien, gracias por responder a mis preguntas.

—¿Ya está? —preguntó Cole, levantándose a su vez.

—Por ahora —respondió ella—. Si necesito volver a hablar contigo, te llamaré con antelación la próxima vez.

Cuando pasó a su lado, Cole notó que la coronilla de Jamie le llegaba por encima de la barbilla. Era una mujer alta, al contrario que Teresa, que no le llegaba al hombro.

—Gracias por hablar conmigo.

—¿Vas a quedarte en el pueblo ayudando al comisario?

—Tengo tres semanas de vacaciones, así que me quedaré por aquí.

Él abrió la boca para decir algo, pero no dijo nada. Por alguna razón, no quería que se fuese todavía.

Tal vez porque era la primera persona desde la muerte de Teresa que le había hablado como si fuera un ser humano y no un frío asesino.

También era la primera mujer desde Teresa que evocaba en él un extraño anhelo, pero decidió no pensar en tan turbadora emoción. En lugar de eso, le ofreció su mano.

—Gracias por la visita.

Jamie estrechó su mano y fue como si, de repente, sufrieran una descarga eléctrica, haciendo que los dos dieran un paso atrás.

Eso sí era raro. Aunque había apartado la mano, Cole seguía sintiendo la descarga en los dedos y estaba preguntándose si también ella la habría sentido cuando Jamie lo miró a los ojos.

—¿La mataste, Cole?

Esa vez, él estaba preparado para un ataque.

—No, no la maté —respondió, poniendo en esas palabras toda su sinceridad.

—Muy bien.

Jamie salió al porche y, después de decirle adiós con la mano, subió al coche.

Cole se quedó mirándola, atónito. Por difícil que resultase creerlo había disfrutado de su compañía. Trabajaba para el FBI, pero había algo en ella que resultaba enternecedor, algo que lo hacía sentirse cómodo y reconfortado.

Cole volvió al salón y estuvo varias horas pensando en los preciosos ojos violeta de Jamie Crawford.

El corazón de Jamie latía como loco mientras bajaba por el camino de tierra en dirección a la verja de entrada. ¿Qué demonios había pasado? Aún podía sentir el calor de la mano de Cole Donovan. Una mano grande, cálida, masculina y llena de callos. Se preguntaba por qué un magnate inmobiliario como él trabajaría con las manos, aunque su cuerpo musculoso hacía suponer que no pasaba todo el tiempo en la oficina.

Y la chispa de deseo que había sentido al verlo dejaba claro que se sentía atraída por él.

¿Sería posible? Cole era un hombre muy atractivo, desde luego, pero también era sospechoso de un asesinato.

En sus diez años en el FBI jamás se había sentido atraída por un sospechoso. Ni por un colega. Ella separaba muy bien su vida profesional y su vida personal. «El trabajo es el trabajo» era su mantra.

Había visto a demasiados compañeros enamorarse durante la investigación de un caso para olvidar ese amor en cuanto el caso terminaba y había decidido años atrás que prefería un hombre que no tuviese nada que ver con su profesión.

Y Cole Donovan estaba directamente relacionado con un caso de asesinato, ni más ni menos.

Jamie apretó los dientes, concentrándose en conducir. Tenía que ver a Finn para hablarle de la entrevista y también quería llamar a Joe Gideon, aparte de revisar la documentación del caso para ver si encontraba algo que a Finn le hubiera pasado desapercibido.

Y eso significaba que no tenía tiempo para pensar en un guapo multimillonario. Especialmente, en uno implicado en la muerte de su exmujer.

Un poco más calmada, Jamie pisó el freno cuando entraba en Serenade. Mientras miraba por las ventanillas tintadas no pudo evitar ver el mismo pueblo que había descrito Cole. Serenade era un sitio que uno podría llamar su hogar. De hecho, era irreal, como el escenario de una película. En la calle principal había bonitas tiendas y al fondo una plaza con una fuente circular, bancos de hierro forjado y cerezos en flor que debían de haber sido transplantados desde algún otro sitio.

Pero era la ubicación del pueblo lo que dejaba a Jamie sin aliento: las majestuosas montañas Smoky al oeste, con una niebla estival sobre sus cumbres, y los campos llenos de árboles y flores que había visto por el camino.

Era un sitio tan diferente a su apartamento de Charlotte, cerca del campus universitario, en una calle siempre llena de ruidosos estudiantes. Serenade, en cambio, era un pueblo tranquilo e increíblemente bonito…

Jamie miró la fuente del centro de la plaza, donde una joven morena sujetaba a un bebé que se reía mientras su mamá le echaba gotitas de agua en la nariz.

Y esa escena la hizo sentir un anhelo inesperado.

—No, ahora no —murmuró para sí misma.

Ella nunca había creído en el concepto del reloj biológico pero, por alguna razón, en los últimos meses prácticamente podía oír el tictac del suyo. Era algo muy raro. Siempre había pensado que algún día tendría hijos, pero nunca le había parecido una cuestión urgente. Llevaba diez años concentrada en su carrera y el trabajo siempre había sido suficiente para ella. Hasta unos meses antes.

Cada vez que veía un bebé sentía aquella oleada de anhelo. Y ni siquiera quería analizar la pena que sentía cada noche, cuando se iba sola a la cama. No, era mejor dejar su capacidad analítica para entrar en la mente de los asesinos.

Por fin, llegó a la comisaría de Serenade, un edificio de ladrillo rojo con una bandera que se movía con la brisa y girasoles plantados a cada lado del camino, con un pequeño aparcamiento en la parte trasera.

Al entrar en el edificio, Jamie se encontró en un vestíbulo pequeño, pero bien iluminado, donde una mujer oronda de pelo gris sentada frente a un mostrador la saludó con el ceño fruncido.

—¿Puedo ayudarla en algo? —le preguntó, con voz de fumadora.

—He venido a ver a Finn… quiero decir, al comisario Finnegan.

—¿La espera el comisario?

—Sí, claro. Soy Jamie Crawford —Jamie sacudió su melena—. La agente especial Jamie Crawford.

La recepcionista levantó el teléfono y pasó el mensaje de inmediato, como ella se había imaginado. Unos segundos después apareció Finn y Jamie sonrió. Llevaba casi un año sin verlo, pero estaba exactamente igual que siempre: alto, de hombros anchos y largas piernas, su pelo negro solía estar despeinado y sus ojos azul oscuro seguían teniendo ese astuto brillo que siempre le había gustado.

—Has perdido peso —fue lo primero que dijo.

—Hola, Finn —cuando Jamie dio un paso adelante para abrazarlo, la recepcionista dejó escapar una exclamación.

—Relájate, Margie, no estás siendo testigo de nada ilícito. La señorita Crawford y yo somos viejos amigos.

—Pareces cansado —dijo ella.

—Estoy cansado —asintió Finn, haciéndole un gesto para que lo precediese—. Vamos a mi despacho.

La comisaría era más pequeña de lo que parecía desde fuera. Aparte de una sala de reuniones y dos de interrogatorios había una oficina con un par de mesas y un mostrador lleno de tazas de café. Finn le presentó a una de sus alguaciles, Anna Holt, antes de llevarla a su despacho.

—Gracias por venir.

Jamie dejó el bolso en el suelo y se sentó en una de las sillas de plástico que había frente al escritorio.

—De nada. Ya sabes que estoy encantada de ayudarte.

Él se pasó una mano por el pelo.

—¿Qué tal te ha ido con Donovan? ¿Ha sido él?

Jamie soltó una carcajada. Finn siempre iba directo al grano.

—Solo he estado con él veinte minutos.

—Pero ¿qué te dice el instinto?

Ella se mordió los labios, intentando decidir si debía decir la verdad o lo que Finn quería escuchar.

—No creo que sea el culpable.

—Venga ya, no me digas eso.

—Querías la verdad, ¿no? —Jamie se encogió de hombros—. El instinto me dice que no ha sido él.

—¿Por qué?

—Recuérdame qué pruebas tienes contra Donovan. No he tenido tiempo de leer el fax en detalle.

—Son pruebas circunstanciales. Sus huellas están por toda la casa, pero Donovan vivió allí, de modo que es normal. Encontramos escamas de piel bajo las uñas de Teresa, que están siendo analizadas en el laboratorio.

—¿Tienes una muestra de piel de Donovan?

Finn asintió con la cabeza.

—Sí, se ha sometido a la prueba voluntariamente.

—Y si las muestras coinciden…

—Entonces podría decir que su ADN llegó ahí cuando Teresa lo agarró del brazo. Varias personas vieron que lo agarraba en la puerta del bar.

Jamie frunció los labios.

—¿Qué más?

—Hemos encontrado un pelo que está siendo analizado, pero es demasiado largo y seguramente será de la propia Teresa. Y una huella parcial en la mesa de café, al lado del cadáver.

—¿Crees que lo hizo él? —le preguntó Jamie—. Y quiero decir como policía, no como un vecino de Serenade a quien Donovan no le cae bien.

—¿Como policía? Yo diría que sí —Finn se encogió de hombros—. Tenía un móvil, eso seguro. Hace un mes, Teresa le contó a un reportero que había impugnado el acuerdo de separación de bienes que firmó antes de casarse —el comisario suspiró de nuevo, frustrado—. ¿Todo esto te ayuda a hacer el perfil?

Jamie decidió no recordarle que hacer un perfil no era tan fácil como sacar un conejo de una chistera. Aquel caso no era sencillo en absoluto. En realidad, lo que hacía que un caso fuese fácil para ella era, tristemente, que el asesino hubiese matado más de una vez. Los asesinos en serie tenían una firma, un modus operandi, y una vez que lo identificabas era fácil hacer el perfil.

—En este caso, no la habrá —murmuró para sí misma.

—¿A qué te refieres?

—Una firma —aclaró Jamie—. Creemos que es el primer asesinato de este criminal, ¿no? Que no es un asesino en serie que ha decidido mudarse a Serenade.

—Espero que no.

—Aparte de Cole Donovan, ¿quién tenía motivos para matar a Teresa?

—Ese es el problema —respondió Finn—. Prácticamente todo el pueblo ha tenido algún problema con ella.

—¿Por ejemplo?

—Una de las camareras del bar de Sully, que acusó a Teresa de acostarse con su marido. O el señor Jensen, de la gasolinera, de quien se burlaba porque tiene un defecto en el habla. O Parker Smith, el hombre con el que se acostaba. Teresa lo dejó plantado delante de todo el mundo en el restaurante de Martha…

Jamie lanzó un silbido.

—Vaya, vaya, parece que Teresa Donovan no era precisamente una persona muy popular.

—Y eso son solo ejemplos de los últimos meses. Me habría gustado que no volviese nunca a Serenade, la vida era mucho más tranquila cuando ella no estaba.

—¿Se marchó del pueblo?

—Se fue a Raleigh cuando rompió con Cole, diciendo que se iba a un sitio mejor —Finn lanzó un bufido—. Volvió con el rabo entre las piernas hace dos meses.

—Muy bien —Jamie se mordió el interior del carrillo—. Creo que lo primero que debes hacer es hablar con las personas que tuvieron algún problema con ella.

—Ya estoy en ello. Max y Anna le han tomado declaración a la mitad del pueblo, pero necesito algo más… empújame en la dirección correcta, Crawford.

Ella sabía lo que era trabajar en un caso sin tener una sola pista, una sola clave. Pero no podía hacer milagros.

—Necesito ver toda la documentación del caso, incluyendo las fotos del cadáver. Tal vez así pueda encontrar una pista.

—¿Alguna cosa más?

—Quiero hablar con Joe Gideon —respondió Jamie—. ¿Gideon odia a Cole lo suficiente como para mentir sobre lo que pasó esa noche?

—Posiblemente, pero insiste en que no se vieron.

—Si Cole está diciendo la verdad, es inocente. Y si el vecino está diciendo la verdad…

—Entonces Cole Donovan disparó a su mujer en el corazón para que dejase de molestarlo.

Ella asintió con la cabeza.

—Muy bien, iré a ver qué puedo sacarle a Gideon.

—Buena suerte —dijo Finn—. Lo hemos entrevistado cuatro veces y no creo que puedas sacarle nada nuevo.

Jamie sonrió.

—Te sorprendería lo que me cuenta la gente. Tengo un sexto sentido, ya lo sabes. Los sospechosos siempre acaban confesando cuando hablan conmigo.

Finn se quedó callado un momento.

—¿De verdad conseguiste que el carnicero de Raleigh confesara trece crímenes? —le preguntó, sin poder disimular su admiración.

—Catorce —le aclaró ella—. Admitió haber matado a su hermana cuando era un adolescente.

—Maldita sea.

Finn estaba impresionado. En realidad, la mayoría de sus compañeros se quedaban impresionados cuando la veían en una sala de interrogatorios. No era una persona arrogante, pero sabía que si alguien podía entrar en la psique de un criminal, era ella. Se trataba de un don, o tal vez de una maldición, pero la gente solía sincerarse con ella, particularmente los criminales violentos.

—Hablaré con Gideon mañana y luego te contaré qué me ha dicho —le prometió, levantándose de la silla—. Y necesito toda la documentación sobre el caso.

Finn ya estaba sacando del cajón una carpeta azul.

—Gracias por todo, Jamie. Sé que esta no es la mejor manera de pasar tus vacaciones…

—Al contrario, esto es mucho más emocionante que nada de lo que yo pudiese haber planeado.

—La única emoción que yo quiero es la que obtengo al detener a un sospechoso —dijo Finn—. Recibo docenas de llamadas al día exigiendo que detenga al «diabólico asesino».

Sonriendo, Jamie se colocó la carpeta bajo el brazo.

—Para eso estoy yo aquí —anunció—. Y haré todo lo posible para ayudarte a atraparlo, Finn. Te lo prometo.

Capítulo 3

JAMIE pasó toda la noche y gran parte de la mañana estudiando la documentación que Finn le había dado, pero por la tarde no tenía nada nuevo. Teresa Donovan había discutido con su exmarido en el aparcamiento de un bar, se había ido a casa a medianoche y, dos horas más tarde, su cadáver había aparecido con un disparo en el corazón.

Hasta que no llegasen los resultados del laboratorio, nada demostraba que Cole Donovan hubiese matado a su exmujer. Tenía un móvil, desde luego, pero Jamie no podía conciliar al hombre con el que había hablado el día anterior con un frío asesino. Además, a juzgar por las notas de Finn, la mitad del pueblo tenía razones para matar a Teresa.

A las cuatro, Jamie por fin cerró la carpeta y salió de la habitación del único hostal de Serenade. Joe Gideon había aceptado verla a las cinco y, como tenía una hora libre, decidió dar un paseo por el pueblo. Seguramente, los vecinos no querrían hablar con una extraña, pero tal vez alguien tuviera algo que contar. Y si no, siempre podía sentarse en una terraza y aguzar el oído.

Al final, no tuvo que hacer ninguna de esas cosas. Encontró aparcamiento en la calle principal y, al ver un óleo que captaba la serenidad del pueblo en el escaparate de una galería de arte, decidió entrar para verlo de cerca.

Una joven morena la saludó desde detrás del mostrador, la misma joven que había visto el día anterior en la plaza. De cerca era aún más guapa, con la piel de una modelo de cosméticos, preciosos ojos castaños y una boca de labios en forma de arco que envidiaría cualquiera.

—Estoy interesada en ese cuadro —le dijo, señalando el escaparate—. ¿Está en venta?

—Sí, claro. Es de una pintora local, Miranda Lee. Tiene mucho talento.

—Es precioso.

La joven salió de detrás del mostrador para acercarse al escaparate.

—Vale trescientos dólares, pero seguro que a Miranda no le importaría rebajarlo un poco si de verdad está interesada.

—No, trescientos dólares me parece bien —le aseguró Jamie—. Quedará estupendamente en el salón de mi casa.

La joven morena sonrió mientras sacaba el cuadro del escaparate.

—No es usted de aquí, ¿verdad?

—No, no —Jamie se rio, señalando su traje de chaqueta—. Supongo que llamo mucho la atención.

—Un poco —la joven le tendió la mano—. Soy Sarah Connelly, por cierto.

—Jamie Crawford. He venido a Serenade para ayudar a un amigo… supongo que lo conocerá, el comisario Finnegan.

Fue como si hubiese pulsado un interruptor. Sarah dejó de sonreír y se puso pálida.

—Claro que conozco a Finn.

Allí había algo, pensó Jamie. Pero le preguntaría a Finn más tarde. Por la expresión de Sarah, la joven no iba a responder a ninguna pregunta.

—Entonces, me imagino que estará aquí por Teresa Donovan —murmuró, dejando el cuadro sobre el mostrador para sacar plástico de burbujas de un cajón.

—Así es —admitió Jamie—. Soy del FBI y el comisario me ha pedido consejo para resolver el caso. ¿Era usted amiga de Teresa?

Sarah soltó una carcajada incrédula. Pero enseguida se puso seria.

—Lo siento, no quería faltarle al respeto. Es que no va a encontrar a ninguna mujer en Serenade que fuese amiga de Teresa Donovan.

—¿Por qué?

—Digamos que no le importaba que un hombre llevase alianza —Sarah sacudió la cabeza—. Para Teresa, todos los hombres estaban disponibles y a las mujeres del pueblo no les gustaba ver cómo coqueteaba con sus maridos.

—¿Y las chicas solteras?

La joven se encogió de hombros.

—Teresa las veía como rivales. Ella no quería ni necesitaba amigas.

—¿Y cuando se casó con Cole?

—El matrimonio no la detuvo. Seguía coqueteando con todos, casada o no.

Jamie había intentado no sentir simpatía por Cole, pero era imposible. Debió de ser un golpe terrible para él que su mujer no solo fuese infiel, sino que lo fuese públicamente.

¿Se habría sentido lo bastante humillado como para matarla?

Desde luego, tenía un motivo.

Jamie sacó el monedero del bolso para pagar el cuadro, deseando poder pensar en Cole Donovan como un sospechoso más. Pero, por alguna razón, cada vez que pensaba en él su cuerpo reaccionaba de una manera irritante.

—¿Entonces lo hizo él?

La pregunta de Sarah interrumpió sus pensamientos.

—¿Se refiere a Cole?

—Sí, claro.

—Aún no lo sé —respondió Jamie—. ¿Usted qué cree?

—Todo el mundo está convencido de que es el culpable.

—¿Y usted?

—No me sorprendería que lo hubiese hecho, la verdad. Aunque no sé si deberían meterlo en la cárcel o darle una medalla —Sarah se encogió de hombros mientras miraba hacia el escaparate—. Hablando del rey de Roma…

A Jamie le dio un vuelco el corazón al ver a Cole en la puerta de la tienda, saludándola. Llevaba un pantalón vaquero y una camisa azul de manga larga que destacaba sus anchos hombros…

Maldita fuera. ¿Por qué no tenía el típico aspecto de magnate, con ropa de diseño, reloj de oro y pretenciosa sonrisa? Esa era la gente rica cuyas casas limpiaba su madre. A veces, cuando no encontraba a nadie que la cuidase, la llevaba con ella y Jamie había crecido pensando que todos los ricos eran malvados.

Pero ya no lo pensaba. Había conocido gente rica y, en muchos casos, era gente encantadora. Pero todo sería más fácil si Cole Donovan fuese un engreído.

Tal vez entonces no lo encontraría tan atractivo.

Intentando disimular su reacción, Jamie firmó el recibo y recuperó su tarjeta de crédito.

—Muchas gracias por ser tan sincera, Sarah.

—Yo soy así, un poco tonta.

—Tal vez podríamos tomar un café en alguna ocasión.

—Eso estaría bien.

Jamie tomó el cuadro y salió de la galería, pensando que debía preguntarle a Finn por Sarah Connelly, aunque había dicho con sinceridad lo del café. Hacer amigos, o encontrar tiempo para hacer amigos, era casi imposible con su trabajo y Sarah le había caído bien. No le iría mal charlar con otra mujer mientras estuviera en Serenade.

—De compras, ¿eh? —bromeó Cole, señalando el cuadro.

—Matando el tiempo —respondió ella—. He quedado con tu vecino.

La expresión de Cole se ensombreció.

—¿Me contarás qué te ha dicho?

—Seguramente —Jamie miró la bolsa que llevaba en la mano. Era transparente y dentro había un montón de velas y linternas—. ¿Piensas hacer una sesión de espiritismo o te vas de acampada?

—Ninguna de las dos cosas —respondió él—. Me he quedado sin velas y el informe del tiempo dice que se acerca una gran tormenta. Seguramente no llegará hasta aquí, pero eso es lo que pensé la última vez y estuvimos sin luz durante dos días.

«Estuvimos». Jamie se preguntó si se referiría a Teresa. Y también se preguntó por qué verlo sonreír hacía que se le encogiera el estómago. Tenía una boca muy bonita, generosa y sensual…

¡Sospechoso de asesinato!

Jamie se agarró a eso. Pero, a pesar de su estatura y sus anchos hombros, no sentía el menor miedo de Cole. Aunque ella no se asustaba fácilmente. Había interrogado a asesinos múltiples y se había acostumbrado a lo peor de la sociedad, pero siempre estaba en guardia.

Tal vez ese era el problema con Cole, que no pensaba que debía tener miedo.

—Me gustan las tormentas —bromeó.

—No me sorprende.

—¿Ah, no?

—Tengo la impresión de que te gustan las emociones fuertes.

Sus miradas se encontraron y allí estaba, esa oleada de calor otra vez. Ni siquiera de adolescente se había quedado prendada de un chico. Y cuando sentía algo por alguien, siempre se había mostrado reservada, preguntándose si al chico le gustaba de verdad o la creía fácil porque vivía en una zona pobre de la ciudad. Esa reserva con los hombres era algo que no había perdido.

Pero atracción sexual era lo único que podía describir su reacción ante Cole Donovan. Todo en él le gustaba: su sedoso pelo oscuro, sus anchos hombros, el aroma de su colonia.

Pero aquello tenía que terminar.

—No, es que me gusta el ruido de los truenos —le dijo—. En fin, tengo que irme, Gideon me está esperando…

—¡Asesino!

El grito estuvo a punto de hacer que Jamie tirase el cuadro y, al darse la vuelta, vio a una mujer bajita dirigiéndose hacia ellos, o más bien hacia Cole.

Jamie notó inmediatamente el parecido con la foto de Teresa Donovan. Las dos mujeres tenían la piel muy clara, el pelo negro y los ojos de color gris, pero aquella parecía un poco mayor.

—¡Qué poca vergüenza tienes! ¡Venir de compras al pueblo cuando deberías estar en la cárcel por lo que has hecho!

—Valerie… —empezó a decir Cole.

—¡Tú mataste a mi hermana! —siguió la mujer, levantando la mano para darle una bofetada.

Jamie hizo una mueca al escuchar el golpe.

—Yo no he matado a tu hermana —dijo Cole en voz baja.

—¡Eso díselo al juez!

Varias personas se habían detenido en la acera para observar la escena y Jamie decidió ponerse entre ellos.

—Este no es el sitio adecuado, señora.

La mujer miró de uno a otro y luego dejó escapar una carcajada histérica.

—Ya tienes otra novia, ¿eh, Donovan? ¡Me pones enferma!

Cole instintivamente dio un paso atrás, como esperando otra bofetada, pero Valerie se limitó a fulminarlo con la mirada antes de darse la vuelta.

—No le caes bien —intentó bromear Jamie.

—El sentimiento es mutuo. Valerie Matthews es tan mala como lo era su hermana. De hecho, ella crió a Teresa, de modo que seguramente es la culpable de que fuese como era.

Jamie no podía discutir porque Valerie no le había parecido una persona estable precisamente. Tendría que preguntarle a Finn por ella y por la relación entre ambas hermanas. ¿Los celos serían un factor determinante en esa relación?

—Como habrás visto, no soy la persona más popular del pueblo.

Ella iba a decir unas palabras de consuelo, pero se lo pensó mejor. No tenía por qué consolar a un hombre al que estaba investigando.

—Tengo que irme.

—Yo también. Me voy a casa para intentar arreglar el generador, para el caso de que llegue la tormenta.

Iba a arreglar el generador, de modo que trabajaba con las manos…

Jamie se preguntó entonces qué más cosas haría. ¿Trabajaría personalmente en la construcción de sus propiedades?

Pero enseguida apartó tal pregunta de su cabeza. Tenía que exorcizar aquel ridículo deseo de conocerlo mejor.

Quince minutos después, Jamie detenía el coche frente a la cabaña de Joe Gideon. Era una construcción hecha de madera, que parecía podrida en algunas zonas, con una puerta medio desvencijada, dos ventanas cubiertas por tablones y un porche destartalado.

Jamie subió con cuidado los escalones y llamó a la puerta. Unos segundos después, un hombre fornido de barba gris fruncía el ceño al verla.

—¿Qué quiere? —le espetó.

—Soy la agente Jamie Crawford, hemos hablado por teléfono.

—Ah, es usted. Pase.

No era precisamente una bienvenida amable, pero Jamie siguió a Gideon al interior de la cabaña, que apestaba a cerveza, comida podrida y naftalina.

Su barriga cervecera y su rostro embotado dejaban claro que era bebedor y se preguntó cuánto habría bebido antes de que llegase.

—Puede sentarse donde quiera —dijo Gideon bruscamente, dejándose caer sobre un sillón tapizado con una tela de cuadros que había visto días mejores.

Jamie disimuló su aprensión mientras buscaba una silla que no estuviera cubierta de periódicos y latas de cerveza.

—¿Le importa que grabe la conversación?

—¿Por qué? —le preguntó él, mirándola con suspicacia.

—Porque tengo que pasar su declaración al ordenador y no quiero equivocarme.

—Como quiera —murmuró Gideon.

Jamie sacó del bolso la grabadora y la dejó sobre una mesa.

—Muy bien, señor Gideon, ¿por qué no me cuenta qué hizo el día quince de julio?

El hombre recitó lo que había hecho, dejando caer la frase «me tomé una cerveza» después de cada tarea, hasta que Jamie decidió interrumpirlo.

—¿Por qué no me dice más o menos cuántas cervezas bebió ese día?

—Diez o doce —Gideon se encogió de hombros—. Tengo una gran tolerancia al alcohol.

«Enhorabuena», pensó ella.

—Muy bien, entonces dice que estuvo trabajando en una obra…

—Soy carpintero, no albañil —la interrumpió él—. Estaba ayudando a un amigo a hacer unas sillas.

—¿Y cuando terminó vino directamente a casa?

—Sí.

—¿No salió de casa hasta la mañana siguiente?

—No fui a ningún sitio.

—¿No se encontró con Cole Donovan a las dos de la mañana, frente al arroyo?

—¡Ya le he dicho que no fui a ningún sitio!

Estaba mintiendo. Una mirada a los turbios ojos castaños y las mejillas cada vez más rojas y Jamie supo que Joe Gideon estaba ocultando algo.

—¿Por qué dice el señor Donovan que se vieron frente al arroyo?

Gideon puso los ojos en blanco.

—Porque es un asesino y necesita una coartada.

—¿Usted cree que mató a su exmujer?

—Pues claro que sí.

—¿Tiene alguna prueba?

—No, no tengo ninguna prueba, pero todo el mundo sabe que lo hizo él. La atacó en el bar de Sully y luego fue a su casa para terminar el trabajo.

Jamie se maravilló de cómo los rumores podían distorsionar los hechos. Todos los testigos habían admitido que fue Teresa quien atacó a Cole, pero de repente era al contrario.

Gideon estaba mintiendo, o sobre no haber visto a Cole esa noche o sobre otra cosa. En cualquier caso, estaba segura de que no decía la verdad.

«No lo presiones».

El instinto profesional, en el que había aprendido a confiar después de diez años haciendo su trabajo, le decía que Gideon no iba a contarle la verdad aquel día de modo que, a pesar del rechazo que le provocaba, esbozó una sonrisa mientras apagaba la grabadora.

—Gracias por su tiempo, señor Gideon —Jamie se levantó y le ofreció su mano, intentando no poner cara de asco al ver las uñas sucias del hombre.

—Entonces van a meter a ese canalla en la cárcel, ¿verdad?

—Seguimos investigando el caso —respondió Jamie—. Y tal vez tenga que volver a hablar con usted más adelante, si no le importa.

Gideon se puso tenso.

—¿Por qué?

—Por si necesitara conocer más detalles… ya sabe, sobre la reputación del señor Donovan en el pueblo o para responder a alguna otra pregunta.

—Como quiera —dijo él, con un brillo de satisfacción en los ojos.

Y Jamie supo que había jugado bien sus cartas. Tenía que hacerlo pensar que necesitaba su ayuda para enviar a Cole a la cárcel, pero sabía que estaba mintiendo.

Y estaba decidida a averiguar por qué.

Capítulo 4

MIENTRAS se alejaba de la cabaña de Gideon, Jamie llamó a Finn con el manos libres.

—¿Y bien? —le preguntó él.

—No ha cambiado su declaración.

—Ya te lo advertí —dijo él, con tono satisfecho—. De modo que Donovan se lo inventó todo.

—He dicho que Gideon no ha cambiado su declaración, no que esté diciendo la verdad.

—¿Qué significa eso?

—Significa que está mintiendo. Creo que vio a Cole esa noche y miente porque quiere vengarse de él con esa mentira porque le odia a muerte.

Al otro lado hubo un largo silencio.

—¿Y por qué estás tú tan segura de que Donovan no es el asesino? ¿Cómo puedes pasar por alto las pruebas que hay contra él?

—¿Qué pruebas? Una coartada que a mí me parece cierta, una discusión con su exmujer por un acuerdo de separación de bienes… todo eso es circunstancial.

Dame algo importante: el arma con la que se cometió el crimen, sus huellas en el arma —Jamie suspiró—. No tienes auténticas pruebas contra Donovan. Cualquier abogado conseguiría que esto no fuese a juicio siquiera.

—Tienes razón. No es suficiente.

Jamie vio entonces un grupo de árboles que le resultaba familiar y levantó el pie del acelerador al recordar que la propiedad de Cole estaba a unos metros de allí. Tal vez debería pasar por su casa para darle la mala noticia…

—Jamie, ¿estás ahí?

—Sí, sí, estoy aquí. ¿Qué has dicho?

—He dicho que tal vez deberíamos volver a interrogar a los testigos que estaban en el bar de Sully esa noche.

—Me parece buena idea —respondió ella, distraída.

Tal vez debería llamar a Cole, pero aquella era una noticia que debería darle en persona. Estaba cerca y lo más lógico sería pasar por su casa…

Jamie giró el volante en el último momento para tomar la carretera de tierra.

—Te llamaré más tarde, Finn. Tengo que cortar, estoy recibiendo otra llamada —mintió, sintiéndose culpable. Pero no quería decirle que iba a ver a Cole porque los sentimientos de Finn hacia él no eran ningún secreto.

Llegó a la verja de entrada y detuvo el coche, intentando no cuestionar sus actos. Solo estaba siendo amable, se decía. Ir allí no tenía nada que ver con que su corazón diese un vuelco cada vez que veía a Cole Donovan. Y sí, tal vez su voz hacía que sintiera estremecimientos y su boca le fascinaba demasiado, pero no tenía intención de mantener una relación con él. Seguía siendo una persona de interés en el caso, de modo que…

Un trueno retumbó sobre su cabeza, el sonido fue seguido de un violento chaparrón.

Estaba tan perdida en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que el cielo se cubría de nubes. Aparentemente, la tormenta que Cole había predicho estaba haciendo su aparición.

Se quedó sentada en el coche un momento, mirando las contraventanas sacudidas por el viento… debería marcharse, pensó, antes de que la carretera se volviera intransitable.

Estaba a punto de dar marcha atrás cuando un relámpago iluminó el cielo y la lluvia empezó a parecer una cascada. Jamie se dio cuenta entonces de que no podía seguir conduciendo con aquella tormenta.

Murmurando una palabrota, bajó la ventanilla y presionó el botón del intercomunicador.