Atados - Cristina Fernández - E-Book

Atados E-Book

Cristina Fernández

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Beschreibung

Alicia decide poner tierra firme entre ella y su italiano favorito, regresando al lugar que la vio crecer para aclarar ideas y sanar sus heridas en la soledad. Sandro, por su parte, no piensa darse por vencido y no dudará en hacer lo que haga falta para conquistarla de nuevo. Lo que aún desconoce es que no lo tendrá fácil. Con la pasión que caracteriza a esta pareja ardiente e impulsiva, vivirán un sinfín de anécdotas y situaciones que revolucionarán los sentimientos de quien se atreva a descubrir su desenlace. ¿Te animas a descubrir si terminarán Atados? Amor, pasión y sexo. La tercera y última parte de la trilogía Atados, llega a su fin y una parte de ella se quedará en ti.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Atados

Atados

Trilogía Atados vol.3

Cristina Fernández

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos) Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© Cristina Fernández 2020

© Editorial LxL 2020

www.editoriallxl.com

04240, Almería (España)

Primera edición: agosto 2020

Composición: Editorial LxL

ISBN: 978-84-17763-93-0

Esta novela se la dedico al hombre más extraordinario y auténtico que he conocido nunca.

Desde el 8 de marzo hay una estrella que brilla por encima de las demás.

Para ti, papá.

Siempre juntos. Siempre fuertes.

Índice

Índice

Agradecimientos

1

ALICIA

2

3

4

5

6

7

SANDRO

8

ALICIA

9

10

11

SANDRO

12

ALICIA

13

14

15

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SANDRO

17

ALICIA

SANDRO

ALICIA

18

Epílogo

SANDRO

Fin

Biografía de la autora

Agradecimientos

En primer lugar agradecer a la editorial LXL por su confianza. Sobre todo a mis tres editoras favoritas por su ayuda e interés, vosotras sabéis quiénes sois.

A mi familia. En especial, a mi madre; apoyo incondicional y pilar de mi vida.

A mis hermanos Salva y Paqui por su cariño y amor y, en especial, a Júlia, por todo lo que me das. Eres increíble.

A mis cuñados Ramón, Sergio, y a mi cuñada Judith, por estar ahí siempre.

A las Catetas de mi corazón: Ana, Mónica, Aroha, Noe, Rebeca, Merche, Yolanda, incluyendo a Pili, Meli y Saray. Siempre contagiando sus risas y locuras.

A mis amigas, Bego, Tere, Cristina, Eva, Anna M. y Helga, por su luz, cariño y amistad.

A mis amigos y compañeros, siempre al pie del cañón, Sergio, Iván, Javi, Raúl, Josep’s, Isaac, Juan, Edu’s, David, Manol, Jose, Patxi, Sanmi, Víctor, Dani M., y Bauti, no me falláis nunca.

A mis primas Pili, Sole, Tamara, y a mis primos, Dani, Edu, Jose por su apoyo y ánimos.

En especial, agradecer a Samuel el estar a mi lado. Por no soltarme de la mano ni en los peores momentos. Por fin, aquí tienes tu limonero.

A mis lectoras, quienes me sacan siempre una sonrisa cuando me cuentan sus ideas y opiniones sobre qué harían con el pobre Sandro.

A todos mis lectores, gracias por compartir mis historias y enamoraros un poquito de Sandro y de Alicia.

A colegas escritores y escritoras por el apoyo, así como seguidores de esta trilogía.

Por último, a la debilidad que cada día me hace más fuerte, a mi hijo Diego.

1

ALICIA

Yo era de días cortos y noches largas, como el invierno. Sin embargo, estaba tan llena de fuego como el mismo infierno. ¿Qué ha pasado conmigo? La tristeza me hace parecer calmada, pero también fría. Yo no era así.

Me niego a pensarlo siquiera. No soy esta. ¿Dónde está mi pasión? La pasión por mi trabajo, por reír hasta que me duela la tripa, por cantar a pleno pulmón como si el mundo se hubiera vuelto sordo, por bailar hasta caer rendida, por comer un helado junto al paseo marítimo al atardecer, por besar con tanto fuego como si fuera la última vez que lo hiciera…

Quizá ese es el problema.

El beso.

No es la pasión que me falta al dar un beso. Sé que es la persona que me falta robándomelo.

¿A quién quiero engañar? Lo echo de menos. Sus tibias manos buscando mi piel, rozándola, besándola, dibujando caricias sin retorno en el lienzo de mi cuerpo desnudo a la espera de las sensaciones que solo él ha sabido regalarme; sintiendo cómo con su tacto me muestra el mapa del placer tatuado de mi cuerpo con la tinta invisible de sus dedos… Aún se me eriza la piel al recordarlo. Pero solo son recuerdos.

Dejo la foto en la que salgo con él y en la que estoy absorta mientras me reprocho a mí misma no tener ese brillo que muestro en la foto. Estamos ya en primavera y parece una eternidad todo lo que ha pasado en los últimos meses. Me da la sensación de que se trata de otra vida. «Mi otra vida», suelo recordar con una sonrisa triste que me invade.

Miro por el ventanal de mi cuarto. No sé cómo decirle a Pol que ahora mismo no puedo ofrecerle nada. Ese beso que le he regalado, ese beso, no tendría que habérselo dado. Nunca debería haber ocurrido. Se fue de los jardines con una inmensa sonrisa que desapareció en cuanto abrí la boca. Y es que, en resumen, no tendría que haberlo dicho. No tendría que haberlo hecho. No tendría que haberlo besado nunca. Nunca. ¿Quién soy yo para hacer sufrir a nadie? O quizá no debería haber hablado después. «Calladita estoy más guapa», me reprocho una y otra vez. Pero qué más da. Ya no hay vuelta atrás. Ojalá. Lo hecho, hecho está, ¿no?

Dejo la foto encima de la cajonera de mi habitación. Al retirar el pulgar de la otra banda del retrato, veo la otra mitad que estaba evitando. Lo veo, lo miro, y no puedo apartar los ojos de él. Lo observo con añoranza, con pena, ¿cariño? Esa pesada tristeza se hace conmigo y quiere salir de mi corazón con un suspiro que exhalo al dejar la foto. No quiero ver más. En esa foto yo brillaba. Ahora me siento como apenas un triste destello. Muevo la cabeza como si con ese meneo me lo pudiera sacar de ella. Vuelvo a mirar por la ventana. Hace un día precioso. En unas semanas hará un año que lo conocí. A ese hombre con mirada lobuna, tacto tibio y sonrisa ladeada.

Si cierro los ojos, puedo olerlo. Parece de locos, pero es cierto. Me pregunto cuál es el hechizo que me invadió cuando se metió en mi alma utilizando nuestro primer beso, y qué enclave utilizó para introducirse en el laberinto de mi piel hasta hacerla suya. La verdad es que no sé si todo eso importa ya. Lo único que sé es que he de continuar, y con o sin él quiero hacerlo brillando. Aunque no sé cómo prender mi luz de nuevo. Pero aprenderé.

Sandro, Sandro, Sandro…

Su nombre retumba en mi cabeza y soy incapaz de acallar esa voz.

El tintineo del WhatsApp hace que despierte de mi letargo y mire el móvil. La ventana emergente indica que Júlia me pregunta si bajo. Dice que tiene algo que contarme del proyecto, que puede que me interese y que ha de hablar conmigo. Con la Semana Santa, la gente se anima y hay más faena. Querría haberme marchado hace semanas, quizás meses, pero Elena, la trabajadora de Júlia, está en cinta, bastante avanzada, así que se ha cogido la baja. Entre eso y la baja maternal, me da no sé qué de dejarlos en la estacada. Además, con el nuevo proyecto, creo que puedo serles útil y me ha picado el interés de su desarrollo.

La verdad es que me iría corriendo, y más después de la cagada que he tenido con Pol. Pero no lo haré. No soy así. Soy valiente por naturaleza y tengo que plantarle cara a lo que hice, y estoy muy harta de huir de todo.

Recojo mis rizos rebeldes en una coleta alta y, ataviada con unos vaqueros y una camisa de cuadros azul, bajo a ayudar. Nada más entrar al comedor, me pongo tras la barra. Allí están Felipe y Rosita, unos vecinos del pueblo que vienen cada día a desayunar. Los recuerdo igual. Hace veinte años que los recuerdo ir a desayunar a diario al bar, cafetería del pueblo, y ahora al hotelito de Júlia, y siguen igual, o eso me parece.

—Buenos días —los saludo al llegar mientras me ato el delantal negro.

—Buenos días, cariño —contesta Rosita ante la mirada y sonrisa de su marido.

Los miro y no puedo evitar sonreír. Tienen unos setenta y pico y llevan más de media vida juntos. Me parece tierno, y romántico.

Los veo desayunar en un ladito del salón, en su mesa de siempre, mientras yo friego las tazas de los cafés de primera hora, y me vienen a la cabeza mis padres. Conocían a Rosita y Felipe. Ahora tendrían más o menos su edad, pero el destino no quiso que compartiera más tiempo con ellos.

Miro las paredes de piedra y recuerdo cómo me crie entre ellas bajo la atenta mirada de mis padres. A veces pienso que no debería haber vendido nunca su casa, nuestra casa. Pero luego veo que está cuidada por Júlia y su hermano Pol, que siempre está llena de vida, y eso me reconforta sabiendo que a mis padres les habría encantado.

Por un momento recuerdo que los terrenos donde hoy hay una preciosa piscina, carpas y jardines, mi padre los utilizó para la cría de caballos. Para sembrar el campo. Trigo, en concreto. Me viene a la memoria cómo en primavera los prados de los trigales se teñían de verde vida, con millones de motitas color carmín, siendo estas las amapolas que crecían entre los trigales buscando la luz del sol. Y cómo en verano el verde se tornaba dorado, bañando los prados de los Pirineos de mi corazón. No me había dado cuenta de lo dentro que llevo mis montañas hasta ahora.

Acabo mi tarea con las tediosas tacitas de café y miro la hora. Ya es tiempo de almorzar. Durante mi descanso para el almuerzo, hablo con Mari Ángeles largo y tendido, como cada día. ¡Cuánto la echo de menos! Es cierto que hablo mucho con Júlia, sobre todo en el último café descafeinado de la jornada, donde yo le explico mis penas, y ella sus proyectos para ampliar el negocio y sus ideas para expandir el turismo rural.

Júlia me ha acogido como una hermana, me ha dado habitación y comida, y el hecho de ayudarlos sale de mí, no es una condición de ellos. Lo único que me pidieron hace unos meses fue que les analizara unos terrenos situados entre Ainet y la Ribera de Cardos, ya que les gustaría abrir un campin. Lo hice con sumo gusto, recordando lo que era trabajar en la inmobiliaria otra vez. Les rogué que me dejaran hacer el proyecto del campin, por gratitud hacia ellos, así como porque me encanta mi trabajo y quería recordarlo. Enseguida me sumergí en el proyecto, y casi está a punto. Ya tengo las licencias de actividad, el informe de impacto medioambiental, el croquis y el plano de la situación del campin. Los permisos de obra no dieron problemas, solo faltan las últimas inspecciones que estábamos esperando como agua de mayo para poder abrir antes del verano. La verdad es que gracias a ese proyecto mi mente ha estado ocupada en algo útil y he podido quitarme de la cabeza de vez en cuando ese nombre que retumba de lado a lado.

Sí que he tenido tiempo de meditar, pensar y divagar mientras montaba a caballo por las laderas donde ya monté en mi infancia y juventud, bordeando el río y a veces cruzándolo por los puntos que conozco como la palma de mi mano. He escrito ideas, proyectos, desdichas, y hasta reproches en un diario que guardo como un tesoro. He visitado a mis padres, que «descansan» en el panteón familiar de mi padre en el cementerio de La Pobla de Segur. He paseado por la avenida hasta llegar a la estación, viendo lo mucho que han cambiado los paisajes de las calles y lo poco que ha cambiado la apariencia de la estación. Aquella en la que me marché dejándolo todo atrás cuando mis padres fallecieron y me fui con mi tía Dolors a Barcelona para acabar mis estudios y emprender una vida nueva. Me sentí tan perdida que quise huir y dejarlo todo atrás.

Primero se fue mi padre, y a los dos años murió mi madre. Ambos de cáncer. Sin embargo, el corazón de mi madre fue muriendo a medida que mi padre fallecía. No volvió a sonreír. Ni siquiera su hermana Dolors lo conseguía. Esa fue una de las razones por las que mi tía convenció a mi madre para que continuara mis estudios en Barcelona, que me alojaría y viviría con ella y su hijo Joan. Mi tío Joan había muerto cuando yo era bebé. Mi tía consideraba que un pueblo perdido en las montañas, donde mi madre había perdido las ganas de vivir, no era sitio adecuado para que yo pasara mi juventud. Que tenía que disfrutar, salir, conocer mundo y a gente nueva, y mi madre accedió. Supongo que hizo lo que ella creyó que era mejor para mí. Estoy segura de ello.

Esos pensamientos me trasladan al presente y me reprocho no haber ido en los últimos meses a ver a mi tía. Cada vez que quiero ir, recuerdo las últimas veces en las que la vi, en las que me daba un pañuelo bordado en inmaculado blanco, impregnado con su olor, para que me secara las lágrimas. Lágrimas por desengaños. Lágrimas por mi malogrado bebé. Lágrimas por Sandro. Sé que estoy evitando ir y recordar todo eso. Pero soy consciente de que cada vez estoy más fuerte y de que iré. Hablo con ella por teléfono y se me acaban las excusas a la vez que necesito un abrazo suyo.

Por otro lado, Mari Ángeles está loquita por verme. La verdad es que el sentimiento es mutuo. Es cierto que hacemos videollamadas en las que puedo ver a la pequeña Saray, que está rechoncha y tiene los ojos y la sonrisa de su preciosa madre. Siempre me dice que tenemos que vernos y siempre le doy algo de largas. No porque no quiera; es que sé muy bien que habla mucho con Fernando. Y, a ver, este es el hermano de Sandro. Mari Ángeles no deja de decir que me aproveche de esa situación, pero no me convence. Cuando le pregunto por Javi, me confiesa que está a un paso del divorcio, que no es el hombre encantador que yo conocía. Me cuesta creerlo, y hay veces que pienso que exagera, pero sé que tengo que verla en persona para que me cuente realmente qué les pasa. Por videoconferencia, aunque sea muy moderno, no es lo mismo que un tú a tú con una copa o un café en la mano.

Repaso todos estos quehaceres mientras vuelvo a mis tareas detrás de la barra, hasta que unas manos que cogen mi cintura con firmeza hacen que contenga el aliento. El pellizco de mi estómago se deshace con rapidez cuando veo que el dueño de las manos inquisidoras es Pol. Me deshago de ellas con cierto disimulo, aunque creo que él lo nota.

—Hola, preciosa —me dice, y se acerca a mis labios en busca de un beso que no le regalo.

Le hago una cobra en toda regla, y aunque me siento despreciable por ello, creo que no es el lugar ni el momento para besitos. «¿Qué le pasa? ¿No está enfadado conmigo?». Me giro instintivamente y me suelta.

—Buenos días, Pol —lo saludo con voz tímida—. ¿Has visto a tu hermana? Quiero hablar algo sobre Somnis. —Somnis es el nombre que ellos quieren darle al campin. Significa Sueños.

—No la he visto aún —me contesta, echando un vistazo a su alrededor—, pero sea lo que sea, también me lo puedes decir a mí. —Me sonríe.

—Lo sé —le digo sonriendo; no quiero ser grosera—, pero es ella quien quiere comentarme alguna duda o cosa, no me ha dicho el qué. ¿Lo sabes tú?

Pol sonríe. Niega con la cabeza, aunque sé de sobra que miente. No sé qué se traen entre manos, aunque viniendo de ellos, no puede ser nada malo.

—Esta tarde, después de comer, mi hermana y yo queremos decirte algo —me confiesa.

—¿Pasa algo? —Por unos segundos, me preocupa lo que pueda ser.

—No, es solo un avance y una propuesta —me responde, dejando ver algo de lo que quieren comentarme.

Está claro que no quiere hablar sin su hermana, así que no insisto demasiado. Además, está aprovechando para acercase a mí cada vez que puede y quiero evitar ese hecho.

Contra todo pronóstico de lo que en un principio parecía, la hora de la comida es bastante tranquila y no hay demasiado trabajo, así que quedo con Júlia y Pol a eso de las seis. Quiero ir a montar a Chupito, un caballo tordo claro al que vi nacer hace ya veinte años. Era uno de los de mi padre. Les comento a los hermanos mi deseo de montar, y aunque dicen que hace calor, no les molesta en absoluto que coja a Chupito. Y es que, en realidad, sigue siendo mío. Nunca lo vendí, y pago anualmente sus gastos, como con algún caballo más que tiene Júlia a pupilaje en sus amplias cuadras.

Montar a Chupito, mi caballo gris claro moteado en blanco, me hace recordar cuando yo hacía de monitora de Hípica en los veranos para ganarme un pequeño sueldo para mis cosillas. Cuántos años hacía que no montaba a lomos de mi peculiar amigo… Mi padre siempre me decía que se me daba muy bien montar, que parecía hija de un circense en vez de la hija de un pagès. En cambio, mi madre sufría cuando me veía hacer alguna cabriola a lomos de algún caballo. Me encantaba. Y este invierno, que he trotado varias veces, me he dado cuenta de la sensación de libertad que me proporciona hacerlo. Y mientras monto, soy consciente de que no existe nada más que un trote, el sol en mi cara y mi sonrisa. Cabalgando no existen Sandro, Pol, mi pobre bebé ni nadie. Solo yo y la brisa que me retira el pelo de la cara mientras monto en su contra.

Llego hasta la ladera del río, hasta el recodo más allá del puente medieval. Entonces desmonto y bajamos al cauce de agua. El agua me llega a la cintura como mucho, es clara y fresca, y mi caballo está sediento. Tengo cuidado de no meterme, ya que ha de estar helada. Mientras el caballo bebe, le acaricio el cuello y el lomo diciéndole cosas bonitas. Soy consciente de que hablo sola, pero en este momento no me importa. Una plena sensación de armonía y bienestar me invade.

Por un momento, miro hacia arriba, hacia el camino. Tengo la extraña sensación de ser observada. El caballo relincha y se sacude las crines con un movimiento que hace que pierda la mirada allá donde pienso que hay alguien observando. De nuevo, por un momento, creo ver una sombra que ha desaparecido a toda prisa entre la maleza del camino.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —digo en voz alta, con las riendas de mi caballo en la mano, y me dirijo al camino otra vez.

Consigo llegar en un periquete, pero allí no hay nadie. Miro entre la maleza cercana, sin éxito. Mi imaginación debe haberme jugado una mala pasada. Estoy lejos del pueblo, y la noticia de que un par de osos pardos rondan la zona me viene a la cabeza. Pienso que lo más inteligente es montar a Chupito y marcharme del lugar rapidito, más que nada por si las moscas. Cabalgo hasta las caballerizas algo menos relajada que antes y voy a mi habitación para asearme. Huelo a cuadra y no me acostumbro.

Entre una cosa y otra, llegan las seis de la tarde. Pol y Júlia me esperan en el pequeño despacho de gerencia del hotel. En su día, aquel despacho fue un rebost1.

Los tres nos sentamos alrededor de la mesa de Dirección. Júlia tiene las carpetas del proyecto de Somnis sobre la mesa, y una en concreto bajo sus manos entrelazadas. Pol ha traído café. Nada más verme, luce la mejor de sus sonrisas.

—Vosotros diréis —voy al grano. Quiero saber qué pasa.

—Todas las licencias están en orden —comenta Júlia—, incluso las municipales. —Esa noticia hace que sonría. Ya era hora de que estuviera todo en orden—. Así que Somnis es casi una realidad.

Los tres sonreímos y nos miramos. Este tema nos ha traído de cabeza las últimas semanas.

—Me alegro tanto… —murmuro. Me siento tan partícipe de esto que lo considero un éxito.

—Alicia —me interrumpe Júlia—, hemos pensado abrir las puertas de Somnis en mayo y que seas tú quien personalmente lo pongas en marcha.

La noticia me cae como una jarra de agua fría; no por disgusto, sino por sorpresa.

—¿Yo? —consigo decir—. Yo nunca he llevado nada así. —La atracción de algo nuevo se abre en mi mente en forma de un nuevo reto. Sin embargo, tengo que ser sincera con ellos, no quiero perjudicarlos con mi inexperiencia.

—Pol y yo hemos pensado que podrías probarlo. Es solo temporal. Sabemos que te marcharás a Barcelona en algún momento, pero si mientras tanto te gustaría ponerlo en marcha junto a Pol, nos encantaría. —Instintivamente, lo miro a él—. Pol tiene los conocimientos necesarios de hostelería y tú la decisión y la experiencia en dirección de empresas grandes. Creemos que lo harías francamente bien.

—Pero, como tú bien has dicho, esto es temporal —les recuerdo.

—Lo sabemos. Cuando tú quieras irte, puedes hacerlo sin compromiso. Cuando estés preparada para volver a tu vida, vuelve. —Júlia me coge de las manos—. Mientras tanto estás aquí, haciendo cosas nuevas, con gente nueva. Anímate, Alicia. Te vendrá bien una nueva meta. Vales más que para fregar y poner desayunos y comidas. —Asiento a lo que Júlia va diciéndome. La verdad es que me llama mucho la atención—. El plan es abrir en tres semanas y que tú lo encarriles hasta que su funcionamiento sea algo rutinario.

Pol me mira, desvía su mirada hacia su hermana y vuelve a mirarme. Yo los contemplo a ambos.

—Tengo que ir a ver a mi tía. Hace meses que no la veo —les aclaro—. Eso me llevará unos días. También quiero ver a mi ahijada. Casi no la reconozco.

—No hay problema —sentencia Júlia—. Cuando vuelvas, coge el puesto de gerente, y después ya veremos. ¿Qué me dices, Ali?

Vuelvo a mirarlos mientras esperan mi respuesta.

—Pues que ya tenéis gerente.

Sonreímos y brindamos con el café entre risas.

2

El camino a Barcelona no se me hace demasiado largo. Llego a mi apartamento. La pareja que lo tenía alquilado lo dejaron a finales del mes pasado. Decidí no alquilarlo por ahora, ya que cada vez veo más cerca el hecho de volver a casa. A mi casa.

Abro la puerta y lo veo extraño. La reforma que se hizo después del incendio no es para nada mi estilo, así que lo primero que voy a hacer es cambiarlo todo. Lo he sabido nada más entrar. Entro, subo esas malditas cortinas enrollables que odio con todas mis fuerzas y dejo pasar la claridad. Es todo tan de diseño que parece salido de una revista, y me da no sé qué tocar nada. No lo siento como mío y está dándome una rabia… Me enfado conmigo misma por no decir en su día lo refea que me estaba pareciendo la dichosa reforma. Aunque la verdad es que se me pidió poca opinión, así que más rabia aún.

Entro en mi dormitorio, que es blanco y plateado. No queda nada de la pared de madera envejecida azul, de mis fotos colgadas ni de mis lucecitas leeds de las que soy tan fan. Una imagen sin descripción preside la pared del cabezal. Si la miras de lado, parece un cocodrilo o un dinosaurio. Miro a mi alrededor. Les he dicho a Pol y Júlia que vuelvo en una semana. Estamos a lunes, así que queda todo muy cuadrado. Miro mi casa y soy consciente de que no la quiero así. Doy una vuelta por mi minúsculo apartamento. La barra de la cocina me la han puesto con una encimera de color naranja que odio. Muy moderno, muy chuli, pero ¿naranja? ¿En serio? Niego con la cabeza.

Los muebles de la cocina pueden salvarse. Los electrodomésticos son de color negro. También se salvan. El baño, lo mismo. Cambiando los focos y dándole un aire un poco más cálido será perfecto. La tele es inmensa y tengo barra de sonido, wifi, teléfonos hipermodernos, alarma de seguridad y antincendios. Eso me lleva a mi balconcito. Está abandonado. Ni una planta. Ni una sillita. Solo el aparato de aire acondicionado. Dejo el balcón abierto para que todo se ventile y paso a mi comedorcito.

El comedor. Uf, el comedor. No sé qué me disgusta más: la horrible lámpara que parece una araña gigante hecha de estropajos de aluminio o la mesa de centro ovalada con el cristal medio inclinado. «¿En serio? ¿Para qué quiero yo ese cristal medio inclinado?». La alfombra es de pelo largo. Blanca. Parece un pobre oso polar estampado. Y la pintura… Es papel pintado entre plateado y negro. Muy moderno. Muy frío. Muy feo.

Me dejo caer en el sofá. Casi me rompo el coxis.

—¡Dios mío! —exclamo al levantarme como impulsada por un resorte y tocar mi dolorido culo—. ¡¿Estás hecho de piedra?! —le grito al sofá mientras lo palpo. Es durísimo—. Tú fuera también —lo regaño mientras muevo el dedo.

Está claro. Después de ir a ver a mi tía, iré a mirar unas cuantas cosas para mi casa. Aún sigo ojeando a mi alrededor cuando un roce en las piernas hace que casi tenga un infarto. Con la mano en el pecho, bajo la mirada.

—¡Piru! —grito, abalanzándome sobre mi precioso gato—. Mi niño precioso… —le digo mientras le beso la cabeza mil millones de veces.

Lo acaricio y lo estrujo entre mis brazos y me pongo a llorar como una tonta. El animal me olisquea y me lame. Ronronea y no se me separa.

No pasan ni dos minutos cuando el sonido del timbre hace que me asuste de nuevo. Creo que el mundo se ha confabulado hoy para que muera de un infarto. Es que me han cambiado hasta el tono del timbre. Niego con la cabeza mientras me levanto del suelo con Piru en brazos para abrirle la puerta al causante del segundo infarto de la mañana. Tras secarme las lágrimas con impaciencia con las manos, veo al señor Juan.

—¡Hola, Alicia! —me saluda con una amplia sonrisa, dándome un abrazo.

Correspondo gustosa. Es agradable ver a gente que te aprecia.

—Hola, Juan —le respondo abrazada a él.

—¿Vienes para quedarte? —me pregunta ansioso, apartándome de él al cogerme de los brazos.

—Aún no, Juan, aunque no me haré de rogar demasiado. —Sonrío.

Me explica que de vez en cuando ha venido Fernando para darle una vuelta al piso. Y que también ha venido Mari Ángeles. Incluso, en Navidad, vio por la mirilla cómo Sandro se presentaba y se quedaba apoyado en la puerta. Oyó cómo llamaba varias veces, y cuando Juan se asomó, lo vio esperar allí sin hacer nada. Me explica que apoyó la cabeza en la puerta durante más de una hora y que no entró. Se limitó a mirar la puerta tras llamar varias veces, para marcharse después resignado.

No ha vuelto a venir.

El estómago se me encoge y siento un leve mareo. No sé si es por saber que Sandro vino a buscarme y yo no estaba, si porque estuvo más de una hora apoyado en la puerta o porque me echa de menos. No le pregunto más, ya que está deseando coger a mi gato e irse a su casa. Lo veo. Me hace gracia. Pobre hombre. Bastante tiene con lo suyo como para hacerme también de espía. Me dice que las cartas las tiene Mari Ángeles. Eso ya lo sabía porque voy hablando con ella. Lo que no sabía era que Fernando venía de vez en cuando, y mucho menos que Sandro estuvo en mi puerta.

Le doy las gracias por vigilar el piso y cuidar de Piru. Sé que está encantado, pero me ofrezco a pagarle algo por las molestias y comida de mi gato. Se ofende y no me coge el dinero de ninguna de las maneras. Le doy dos besos y me despido, ya que en realidad no sé si pasaré por mi piso otra vez antes de mi vuelta. Saber lo de Sandro me ha dejado algo chof. He venido con el coche de Pol. La moto aún está guardada en la Villa de Sandro, y no me veo con fuerzas ni para ir a por ella ni para hablar con nadie.

Cierro el piso pensando que quizá aún no estoy preparada para todo esto. Nada más ver al gato, me he puesto a llorar. Saber que Sandro estuvo en casa me ha mareado. Si lo veo —entonces, si lo veo—, me muero seguro.

Lo cierro todo a cal y canto, no sin antes avisar a Juan de que me voy, de que ya lo informaré cuando vuelva. Me da dos besos, con mi gato en los brazos, del que me despido con varios besos en la cabeza, y me voy de mi casa con la sensación de la duda. No sé qué hacer. Respiro profundamente, diciéndome a mí misma que no tengo que decidirlo ahora, así que cojo el Range Rover blanco de Pol y pongo rumbo a la residencia de mi tía.

Estoy deseando verla.

Por el camino, paro en la tienda de chuches de siempre y le compro caramelos. Esta vez hay de melocotón también. Le cojo de fresa y nata, melocotón, de eucalipto, de limón y miel, de café con leche y, cómo no, de chocolate. Sonrío al mirar las dimensiones de la bolsa. Conduzco hasta la residencia con una profunda alegría en mi interior. Al llegar, las enfermeras me saludan y me entretengo más de la cuenta, ya que quieren saber de mí y del chico de negro que trae caramelos para mi tía Dolors. ¿El chico de negro que le trae caramelos a mi tía? Por un momento se me paralizan hasta las ideas. Mi cara debe ser un poema. Las enfermeras me explican que, además de mi adorada Mari Ángeles, con un bebé y un guapo rubio, viene de vez en cuando el hombre elegante de negro que a veces me ha acompañado, con acento italiano, y aunque no la visita, deja caramelos para ella, preguntando siempre cómo está y si necesita algo.

Intento asimilar toda la información que me está llegando de Sandro. ¿Que viene para interesarse por mi tía? ¿Que Mari viene con un guapo rubio? Trato de ser amable e irme en cuanto pueda para poder analizar las cosas que me han dicho. ¿Qué me estoy perdiendo? ¿Se ha vuelto el mundo loco?