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En 1915, la periodista Emily Post partió de Nueva York con la intención de averiguar si era posible conducir con cierta comodidad atravesando el país hasta llegar a San Francisco en un automóvil. Esta es la primera vez que se traduce al español el único libro de viajes de esta aventurera de principios de siglo titulado By motor to the Golden Gate, y que fue originalmente publicado por Collier's Weekly siete años antes de que ella se hiciera famosa con su libro Etiquette sobre "etiqueta"". Se trata de una joya de libro de viajes de principios de siglo, en la que la autora describe sus aventuras en compañía de su primo y de su hijo. Un relato que nos conduce directamente a los EE. UU. en una época en la que nacieron en ciudades como Santa Fe y nos describe el ambiente en Norteamérica en plena Primera Guerra Mundial. Se trata también de un valioso documento histórico que muestra el precio de todo, desde reparaciones de automóviles hasta propinas hasta cómo eran los hoteles de la época.
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Título original By motor to the Golden Gate
Traducción por Rocío Flores
En coche hacia el Golden Gate
© Emily Post, 2018
© Ediciones Casiopea, 2018
ISBN 978-84-948482-8-5
Foto de cubierta: James TissonDiseño de cubierta: Anuska RomeroMaquetación: Diana FernándezReservados todos los derechos.
Índice
Presentación
I. Parecía que no se podía hacer pero, de pronto, resultó sencillo
II. Albany, primera parada
III. La avería
IV. Pensilvania, Ohio e Indiana
V. Equipaje y otros lujos
VI. ¿Alguien dijo «Pollo»?
VII. La ciudad de la ambición
VIII. Algunos habitantes de Chicago
IX. Acopio de existencias
X. Barro
XI. Rochelle
XII. El peso de la opinión pública
XIII. Más barro
XIV. Impresiones imprecisas
XV. Algunas costumbres del Oeste.
XVI. A medio camino
XVII. ¡Próxima parada, North Platte!
XVIII. La ciudad de la imprudencia
XIX. Un atisbo del Oeste que fue
XX. Nuestra hermana del pasado
XXI. Ignorancia con mayúscula
XXII. Algunos indios y el Señor X
XXIII. A la aventura
XXIV. En el desierto
XXV. De la «Ciudad de los hoteles» a San Diego
XXVI. La tierra de la alegría
XXVII El coraje de un héroe
XXVIII. San Francisco
XXIX. La Exposición Universal
XXX. «Interminable monotonía», dijeron
XXXI. A los que quieran seguir nuestros pasos
XXXII. En cuanto a la ropa
XXXIII. ¿Hasta dónde se puede llegar cómodamente?
Presentación
Hace 150 años, Emily Post recibió un desafiante encargo del Collier’s Weekly: viajar de Nueva York a San Francisco en automóvil, algo descabellado para la época, y escribir un libro sobre su experiencia. Aquel era un reto que Emily aceptó entusiasmada, por lo que, el 25 de abril de 1915, nuestra protagonista, en compañía de su hijo Ned y su prima Alice Beadleston —aprisionada en el asiento trasero entre gran cantidad de equipaje— se lanzaron a protagonizar aquella alocada y maravillosa aventura a bordo de un vehículo poco apropiado para llevarla a buen término.
Desde hacía una década, los viajes transcontinentales representaban una nueva tendencia que atrajo a numerosos aventureros norteamericanos hacia el Oeste. Los ferrocarriles, los políticos y otros intereses comerciales de los estados occidentales los animaban con frases como éstas: «Vayan a ver Europa si quieren, pero vean antes los Estados Unidos». Deseosos de conseguir arañar parte de los 500 millones de dólares que los estadounidenses gastaban cada año en viajes a «El Viejo Mundo», promovieron las maravillas naturales del Oeste americano, desde el río Missouri al Océano Pacífico, en contraste con los inconvenientes y el elevado coste de desplazarse a Europa. Viajar al Pacífico en lugar de cruzar el Atlántico se anunció como un deber patriótico, un medio para comunicarse con el «Gran Arquitecto» a través de sus mejores obras.
Los eslóganes repetían ideas como la de «no se deje hipnotizar por los cuentos de los viajes europeos», «no hay una atracción en el Viejo Mundo que no pueda ser superada por las de América», «las condiciones para viajar por EEUU son mejores que en cualquier lugar de Europa», «los alojamientos esperan al turista en cada vuelta de la carretera», «en Estados Unidos tiene lo que quiera y paga un precio justo por lo que obtiene sin ser perseguido por una horda de mendicantes». «¡Viaje en tren, en su automóvil, vaya a pie si lo desea, pero viaje por los EEUU!»
Así las cosas, los ferrocarriles adoptaron el lema: «See America First», alentando a la gente a disfrutar de los viajes en tren para contemplar las majestuosas vistas de los Parques Nacionales en expansión, para vivir «la experiencia pionera» sin enfrentarse a los problemas del pionero. El Ferrocarril del Norte del Pacífico lanzó una campaña de ofertas de verano que permitían viajar desde Chicago, a través del «País de las Maravillas», hasta el Parque Nacional de Yellowstone. El principal objetivo de estas campañas eran los ciudadanos más acomodados de la costa Este, que habitualmente viajaban a las capitales y centros turísticos de Europa y que no estaban convencidos de que una cabaña de madera en Yellowstone fuera comparable a la experiencia de una cena en el Ritz de París. Con el estallido de la guerra en 1914 los viajes a Europa se volvieron peligrosos y esta élite empezó a interesarse por el Oeste americano. Al año siguiente, aún más ojos se volvieron hacia la costa occidental con la Exposición Panamá-Pacífico en San Francisco y la Exposición Panamá-California en San Diego, para celebrar la apertura del Canal de Panamá. Aquello, sin duda, atrajo a gran número de viajeros.
Los ferrocarriles buscaban clientes que por encima de todo valoraran las facilidades y la comodidad, pero los viajes en automóvil ofrecían la promesa de viajes enteramente privados, gracias a la tecnología más emocionante (y costosa) de aquel entonces.
Y en este contexto se sitúa la aventura de Emily Post, nacida Emily Price, hija del prominente arquitecto de Baltimore Bruce Price y heredera de la empresa de minería Josephine Lee Price. Educada por un regimiento de institutrices y más tarde en escuelas privadas, se graduó en la ciudad de Nueva York, tras lo que hizo su debut en sociedad en 1892. Fue la joven más solicitada de la temporada y, antes de que el año finalizara, se casó con un próspero hombre de negocios, Edwin Post, que supo adelantarse al resto de los pretendientes. Para su luna de miel realizaron un viaje de lujo por Europa.
Su matrimonio se vino abajo en 1905, cuando Edwin Post testificó en un juicio sensacionalista contra el Coronel William D. Mann, un columnista de prensa amarilla que había intentado chantajear a Post a causa de su amante. La distancia entre el matrimonio y la humillación pública del juicio llevó a Emily a divorciarse en 1906. Sin ninguna pensión (su esposo había perdido gran parte de su fortuna en malas inversiones), tuvo que trabajar para mantenerse a sí misma y a sus dos hijos. Emily encontró empleo como decoradora y ayudante de los amigos arquitectos de su difunto padre, lo que compaginó con su pasión por la escritura. Emily había tenido ya cierto éxito como novelista durante los últimos años de su matrimonio —su nombre fue citado junto con el de Edith Wharton en un artículo publicado por el Washington Post sobre las mujeres en el mundo laboral.
Ese mismo año, la madre de Emily murió en un accidente de coche, dejando a su hija una fortuna que le permitió no tener que preocuparse por el dinero nunca más. Sin embargo, siguió escribiendo, sobre todo ficción. Emily se había convertido de pronto en una joven rica y cultivada que viajaba continuamente. Todo ello la convertía en una reportera ideal para medios como el Collier’s Weekly. El objetivo de la aventura que le propusieron era demostrar que podía cruzar el país rodeada del confort al que estaba acostumbrada, o por lo menos descubrir hasta dónde podía llegar, y escribir una serie de artículos sobre ello. Contó además con el respaldo del Automobile Club de los Estados Unidos.
La Lincoln Highway, —la primera vía para cruzar los Estados Unidos desde Times Square, en Nueva York, hasta Lincoln Park, en San Francisco—, había sido inaugurada dos años antes de aquella aventura, pero aún no estaba terminada. Aún había que construir puentes, y lugares donde pasar la noche en medio del desierto. Por no hablar de la dificultad de encontrar gasolineras, incluso en las ciudades…
Emily y sus acompañantes se lanzaron a la aventura. Pronto descubrieron las incomodidades y los riesgos de aquel tipo de viajes. Al poco de dejar la ciudad para adentrarse en los amplios espacios abiertos, su vehículo no tardó en quedar atrapado en el barro. Decidieron deshacerse del pesado equipo de picnic de plata con el que partieron y reemplazarlo por una modesta cesta equipada con platos de papel. El chasis extra largo del automóvil, las piezas del motor inglés importado y las ruedas estrechas dificultaron la llegada a California. Es más, tuvieron que subir el vehículo en un tren de carga a Los Ángeles para recorrer un tramo de la costa del Pacífico. Después de 27 días y cerca de 1800 dólares gastados, esta pionera de los viajes transcontinentales culminó su objetivo llegando a San Francisco.
Estuvo lejos de ser «glamuroso» pero, sin duda, fue una gran aventura y Emily Post vivió para contar su historia, que fue publicada inicialmente en tres capítulos, y más tarde en el libro que reproducimos traducido. Esperamos que disfruten con su aventura…
I Parecía que no se podía hacer. Pero, de pronto, resultó sencillo
—Doy por hecho que enviará a sus sirvientes por delante en tren con su equipaje y ese tipo de cosas, ¿no? —inquirió un ciudadano inglés.
Un banquero de Nueva York respondió por mí:
—¡No! Lo mejor es que el servicio vaya en otro vehículo detrás, con un buen mecánico y un chófer.
—No vamos con chófer, ni con sirvientes, ni tampoco con mecánico.
—¡No estarán pensando en viajar solos usted y su hijo! Él podría conducir pero, ¿quién se encargará del vehículo?
—¡Pues así es!
Todos reaccionaron de inmediato. Uno pensaba que estábamos locos al intentar semejante viaje; otros, que no lo lograríamos. La mayoría veía nuestra empresa con la indolencia típica de aquellos que lo tienen todo en Nueva York. ¿Por qué hacer algo tan complicado? Si lo que queríamos era ver la Exposición, ¿por qué no tomar el tren más rápido y un montón de libros para leer por el camino? Solo uno de ellos era tan entusiasta como para desear venir con nosotros. No obstante, la consideraba una aventura peligrosa, pues nos sugirió un equipo más propio de una expedición de socorro: un revólver, un pico y una pala, y grandes cantidades de comida enlatada. Alguien más propuso llevar un gran surtido de galletas, tras lo cual un coro de voces nos aconsejó quedarnos tranquilamente en casa.
—¡Nunca llegarán allí! —dijo el banquero con la seguridad de un hombre de éxito—. ¡O mucho me equivoco o estarán en un Pullman* en menos de diez días!
—Oh, no harían eso, ¿verdad? —exclamó nuestro entusiasta amigo.
Esperaba que no fuera así, pero no estaba muy segura ya que, aunque había prometido a un editor escribir la historia de nuestra experiencia, viajábamos por placer, lo que suponía para nosotros poder disfrutar de un cierto grado de comodidad antes que demostrar la resistencia de una marca concreta de automóvil o de neumáticos. Tampoco teníamos intención de afirmar que recorrer los Estados Unidos en automóvil fuera una delicia si descubríamos que no era así. En cuanto a romper récords de velocidad, ¡era lo último que queríamos hacer!
—¿Quién le ha metido en la cabeza emprender tal viaje? —preguntó alguien.
—¡La publicidad! —respondí sin pensarlo. Era tan convincente que se me subió a la cabeza. «¡Nueva York-San Francisco por treinta y ocho dólares! ¡La forma más barata de ir a la costa! Viaje cómodamente en su propio coche por la carretera más larga del mundo hasta la orilla del Pacífico.» ¿Acaso podrían los entusiastas del automovilismo resistirse a tales sugerencias?
Habíamos recorrido Europa varias veces. De hecho, en 1898 viajé desde el Báltico al Adriático en uno de los primeros automóviles particulares. Conocíamos perfectamente el paisaje europeo y sus carreteras. Habíamos estado en todos los lugares famosos y en algunos infames, pero nuestra propia tierra —a excepción de lo que se puede ver desde las ventanas de un tren—, era un libro sin abrir.
La idea de aquel viaje se nos había ocurrido el martes, el sábado debíamos partir, y no teníamos información sobre lo más importante: la mejor ruta. ¡ Y ni siquiera sabíamos cómo averiguarlo!
La Guía Azul de 1914 estaba agotada, y la siguiente no se había publicado aún. Entonces, un amigo telegrafió a la Comisión de la Carretera de Lincoln preguntando si las condiciones de la vía y la oferta de alojamientos permitían a una señora viajar en coche desde Nueva York a California cómodamente. Perdimos un total de treinta y seis horas esperando su respuesta. Cuando por fin llegó, fue para informarnos de que alguien procedente de Brooklyn había pasado por la ruta catorce meses antes y les había escrito numerosas cartas positivas al respecto. Pero incluso el folleto más optimista admitía que, en 1914, el camino no era todavía una carretera propiamente dicha y que los hoteles a lo largo de la ruta resultaban muy escasos. Mientras tanto, me comunicaron que la mejor información se podía obtener en el Departamento de Turismo del Automóvil Club, de manera que me dirigí allí.
Un educado joven me atendió:
—Me gustaría conocer la mejor ruta para viajar a San Francisco.
—Por supuesto —contestó—. ¿Quiere sentarse un momento?
«Esto es lo más sencillo del mundo», pensé, y abrí mi cuaderno para escribir una lista de ciudades, hoteles y direcciones en la carretera. El joven regresó con una prometedora pila de carpetas pero, cuando les eché un vistazo, descubrí que todas ellas se referían al Este.
—Por desgracia —dijo solícitamente—, todavía no tenemos toda la información ni los mapas del Oeste, pero puedo recomendarle algunas excursiones muy agradables por Nueva Inglaterra y los Berkshires.
—Muy interesante, pero voy a San Francisco. ¿Sabe cuál es el camino «menos malo» para viajar hasta allí? ¿Tal vez sería mejor que preguntáramos sobre la marcha por la mejor ruta?
Al joven se le iluminó el rostro. ¡Aquella era la mejor sugerencia!
Estaba comprando algunos mapas de las Montañas Allegheny, en la ruta hacia Pittsburgh y St. Louis, cuando entraron dos mujeres que reconocí de inmediato. Una de ellas era una conocida anfitriona de la buena sociedad de Nueva York, aunque originaria de California. «Justo la persona que necesito», pensé. «Ella conoce bien el país y nuestros gustos son parecidos».
—¿Podría indicarme —le pregunté—, cual es la mejor opción para viajar a California?
Respondió sin vacilar: «La Union Pacific».
Con tal respuesta, comencé a sentirme insegura y decepcionada, pero me dije: «Miles de personas viajan por el mundo en automóvil».
Aun así, llegué a pensar que era mejor abandonar la idea y llamé a mi editor. Parecía que no iba a ser posible llegar mucho más lejos del río Mississippi. Respondió que entonces llegásemos solamente hasta allí. Después de todo, el objetivo era descubrir hasta dónde se podía viajar cómodamente. «¡Cuando le resulte incómodo, dé la vuelta!»
Como último recurso, fui a la oficina de la Autoridad de Turismo, donde tampoco recibí demasiados ánimos. El empleado tomó un mapa, lo extendió sobre la mesa y recorrió con su lápiz azul el curso del río Hudson, haciendo extraños dibujos.
—No encontrará hoteles ni buenas carreteras si no toma el camino de Albany, Siracusa.
—Quiero ir por Pittsburgh y St. Louis —respondí—. Tenemos amigos allí.
—Entonces es mejor que tome el tren para ir a verlos.
Se diría que estábamos pensando en viajar del Congo al Polo Norte a juzgar por las visitas y los regalos de despedida que recibimos. Me resultaba emocionante y extraño a la vez verme a mí misma en el papel de aventurera. Uno de aquellos presentes fue una bolsa de seda que a primera vista parecía una gran funda de almohada. Nos preguntábamos qué hacer con aquello, pero resultó ser lo más útil del viaje, igual que una caja de hojalata, cuya historia contaré más adelante. En aquella bolsa de seda protegimos sombreros, guantes limpios, velos y hasta las zapatillas ¡Se lo regalaré al próximo amigo que haga un viaje!
Sin duda, el más espectacular de aquellos regalos fue una preciosa cesta de picnic. Todos nos congregamos en torno a su contenido de plata: botellas y jarras, cajas, platos, cubiertos y vasos dignos de reyes, así como gran cantidad de alimentos. «No podía soportar», decía la tarjeta, «pensar en el hambre que vais a pasar en el desierto». Sacos de dormir de pieles y hasta cojines de aire completaban el resto de los presentes.
Faltaba poco para partir cuando, en el último momento, se sumó un nuevo pasajero. El viernes por la tarde, un miembro de nuestra familia anunció que vendría con nosotros para protegernos. Le advertimos que tendría que viajar en la parte de atrás, entre todo el equipaje.
—Es mi forma favorita de viajar —respondió mi prima. Y, como la adorábamos, nuestra expedición pasó a ser de tres.
