En los ojos del observador - Susan Casserfelt - E-Book

En los ojos del observador E-Book

Susan Casserfelt

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Beschreibung

La tercera novela de la trilogía bestseller “La Costa Alta”, escrita por la exitosa autora sueca Susan Casserfelt. Una serie que ha vendido más de 250.000 audiolibros en Suecia. ¡Ahora por primera vez en español! El cadáver de una mujer brutalmente asesinada es encontrado cerca de la galería de arte de Örnskölsvik. La falta de personal competente hace que llamen al inspector retirado Christian Modig para hacerse cargo del caso. Las pistas son escasas y Modig echa de menos a su antigua colega, Kajsa Nordin, que está de vacaciones en España con su novia Sam. Extrañas coincidencias sugieren que la mujer muerta tiene vínculos con la excéntrica artista Zeta, que desapareció bajo circunstancias misteriosas dos años atrás y de cuyas obras se está preparando una gran exposición retrospectiva en la galería de arte. Al mismo tiempo Zeta, que se ha refugiado en Italia, recibe amenazas de muerte, y solo confía en Kajsa para que la ayude. Pero, cuando intenta contactar con ella, quien coge el teléfono es su novia Sam, que, histérica, le dice que Kajsa se ha metido en problemas con la policía española y ha sido encarcelada. “En los ojos del observador” es un thriller psicológico que, con un ritmo rápido y lleno de acción, además de una buena dosis de humor, mantiene al lector enganchado desde el primer minuto

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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En los ojos del observador

Susan Casserfelt

Copyright © Susan Casserfelt y Word Audio Publishing, 2021

Título original: I betraktarens öga

Traducción: Gemma Pecharomán Miguel & Beatriz Carlsson

Diseño portada: Sanna Sporrong

ISBN: 978-91-78293-61-2

Los sentimientos son demonios,

se vencen con equilibrio.

Los sentimientos son combustibles,

deben arder, pero no quemar.

La tristeza, un tornado de radón,

remolinos venenosos.

La tristeza, negra e infinita,

enterrada, escondida.

La ira es directa,

limpia y obediente.

La ira muy fuerte

se registra en el contador Geiger.

Soy el monje,

soy la víctima.

Limpia de culpa.

Cuando alguien te ha hecho daño,

hazle responder por ello, deja que reciba su castigo.

Si no me amas, morirás.

El monje gana. Arde.

Capítulo 1

Florencia

Sábado, 19 de agosto

La cúpula de la Catedral de Santa María del Fiore se elevaba sobre la ciudad con su forma abombada y el color marrón rojizo de sus tejas. El aire oscilaba ligeramente bajo el calor temprano de la mañana. En lo alto de la empinada ladera de la montaña, el sol bañaba el Hotel Belmond Villa San Michele. Zeta, de pie junto a la balaustrada, contemplaba el paisaje ondulante de la Toscana y el valle por el que se extendía Florencia.

Un hombre de complexión atlética, con la mitad de años que ella, se le acercó por detrás y le susurró al oído: «¡Ciao, bella!». Luego, pasó a hablar en inglés, con mejor acento de lo esperado para ser italiano.

—¿Vamos a la piscina? —La tomó por los hombros y estaba a punto de darle un abrazo cuando ella con, rapidez, se apartó. Irritada, miró su expresión ingenua. Él esbozó una sonrisa halagadora a la que ella no respondió—. No hay nada de lo que avergonzarse —dijo el hombre—. Todos necesitan intimidad, incluso los famosos. —Zeta lanzó un suspiro sonoro y alzó teatralmente los ojos. Por seguridad, él dejó caer las manos a los lados—. ¿O es que no soy suficiente para ti?

—Joder, ¿en serio tienes una memoria tan corta? Puedes tocarme desde los pies hasta las rodillas. —Hizo con la mano el gesto de serrar a la altura de las rodillas—. ¡Aquí está el límite! Capisce?

Zeta sacudió la cabeza y metió las gafas de sol debajo del sombrero de paja. Tan típico de los tíos, carecer totalmente de autoestima. El único hombre íntegro que había conocido era Carl Cronhjelm, su asistente durante muchos años. ¡Dios, cuánto lo echaba de menos!

—Si no quieres quedarte conmigo, no tendrás que pagarle a la agencia —dijo el hombre herido mirando al suelo.

Zeta suspiró y señaló la piscina:

—Mejor ve y presume de tu bonito cuerpo.

El joven se dio la vuelta sin mirarla y bajó con pereza las escaleras en dirección a la piscina de color azul turquesa. Ella percibió que él se había sorprendido al verse rechazado, algo que él trató de ocultar bajo su actitud segura. El hombre se detuvo junto al borde de la piscina y se aseguró de que todas las miradas estaban puestas en él antes de sumergirse.

Zeta estudió la musculatura de la espalda masculina, cómo el redondo mayor y el redondo menor agarraban el omóplato mientras él estiraba los brazos, listo para zambullirse. El bíceps se tensó poco antes de que él saltara. Sí, la agencia de gigolòs había logrado cumplir lo que había prometido; Zeta no estaba decepcionada con su físico. El agua apenas salpicó cuando él rompió la superficie. Un niño en una colchoneta de goma se meció en las ondas.

Ella aspiró con avidez el final del cigarrillo antes de apagarlo en el enlosado. Cuando se dispersó el humo, sintió el olor a ciprés. Le recordó a Carl. Su perfume incluso se llamaba Florence Él se habría sentido a gusto allí: en un lugar lujoso, sofisticadamente clásico, en vez de estar impregnado de dorados hasta en el más mínimo detalle. Y la vista… Sí, era espectacular.

Habían pasado más de dos años desde la última vez que había visto a Carl, cuando él se ligó a una joven estudiante de arte en lo que después resultó ser la fiesta de despedida de Zeta. Ella no se imaginó entonces que desaparecería de la escena artística por tanto tiempo. Bueno, la verdad, no habría sido difícil deducirlo si se hubiera esforzado. Le había ofrecido a Carl la posibilidad de acompañarla, pero él había elegido su galería y a la joven cabeza hueca antes que a ella.

Zeta buscó su tumbona y se acomodó en ella. Se cogió un mechón de cabello y examinó las puntas abiertas y el color gris. En el pasado, había sido el único elemento relacionado con su aspecto que había cuidado. ¿Cuándo se había vuelto gris? Durante los dos últimos años apenas se había mirado en el espejo, menos aún, se había cortado el pelo. Apartó el mechón y sacó el móvil. Navegó en él distraída y revisó el correo electrónico. Tenía muchos mensajes relacionados con la exposición en Örnsköldsvik. La comisaria de la exposición le había enviado un correo también hoy. Zeta se rio al ver una fotografía de La pareja, su escultura más famosa; ya había llegado y la habían desembalado en el parque que había enfrente de la sala de arte. Pero, cuando vio que estaba en un ménage à trois junto con otra obra, empezó a tener dudas. Las figuras de La pareja tenían que anhelarse la una a la otra, no estar como un par de espectadores pasivos. Concluyó que sería una ilusión óptica.

Excepto por la quiebra de hacía cinco años, cuando tocó fondo por completo, siempre había ganado bien, pero era mérito de La pareja cubierta de cardenillo que fuera independiente económicamente.

Al principio, cuando oyó hablar de los planes para hacer una exposición en su nombre, pensó dejar que hicieran lo que lo quisieran; pero, cuanto más tiempo pasaba aislada en una base militar de Estados Unidos, más echaba de menos su anterior vida artística. El dejarse ver, las fiestas y la gente. Famosos ensimismados y artistas inseguros. Ella no, por supuesto; ella solo seguía su instinto cuando creaba. La interpretación se la dejaba a otros, a los críticos a quienes, en su opinión, les habría gustado crear si hubieran tenido una pizca más de imaginación y el coraje de aguantarse a sí mismos.

Al final, el deseo se volvió demasiado fuerte y se delató poniéndose en contacto con la sorprendida comisaria. Después de que Antonia Hathor la tanteara durante los tres primeros días —porque no estaba segura de que Zeta hablara en serio—, la bombardeó diariamente con correos electrónicos y llamadas. Zeta se preguntaba si la constante necesidad de contacto de Antonia se debía al temor de que ella rompiera la promesa de acudir a la exposición, a pesar del contrato que había llegado el día anterior y que había firmado y remitido de vuelta.

Pero Zeta tuvo que reconocer que eran ambiciosos. Iban a mostrar su última obra pública, una serie de vídeos grabados y emitidos en los baños de diez bares de todo el mundo.

Además, un artista japonés se disfrazaría de Zeta con vestidos de Yohji Yamamoto. Estaba ansiosa por encontrarse con su alter ego y se preguntaba divertida cómo lidiarían los lugareños de Örnsköldsvik con una drag queen japonesa. Por desgracia, también estaría presente el noruego Steinar Reithaug, siempre dispuesto a vengarse personalmente de ella. Zeta no tenía ni idea de qué le había hecho, pero era evidente que la odiaba. El hecho de que en algún momento hubiera puesto en tela de juicio si lo que él hacía podía llamarse realmente arte no ayudó a mejorar la situación. Y, a diferencia del resto de los troles, que se callaban al ponerlos en evidencia, el ego de Steinar parecía crecer con la crítica negativa. Tendría que hacer todo lo posible para mantenerse alejada de él.

Carl era el representante de la artista finlandesa. Por supuesto, también contaba con que él fuera a estar allí. Fue uno de los motivos que contribuyó a que ella finalmente aceptara participar y volver a Suecia por primera vez después de casi dos años, la añoranza de Carl. Por él, soportaría incluso los ataques lábiles de Steinar.

Miró hacia la piscina turquesa. El gigolò nadaba de un lado a otro, cruzando entre los niños y las parejas de enamorados. Zeta pensó que bien podría ser cierto lo que le había explicado la mujer de la agencia, que aquel era uno de sus hombres de compañía más populares entre las señoras. Se le pasó por la cabeza una idea. ¿Podría enviar al gigolò junto con alguno de sus compañeros de la agencia y exhibirlos? ¿Quizá incluso dejárselos prestados a las mujeres de Örnsköldsvik hambrientas de sexo para darle un poco de impulso a la ciudad?

El hombre vio que ella lo estaba mirando y nadó hasta el borde con una amplia sonrisa. Para colmo, casi parecía sincera.

Eso hizo que recordara lo que de verdad quería mirar en el móvil. Inició sesión en su cuenta bancaria de Arabia Saudí, cambió a la pantalla del correo electrónico y buscó la agencia. Encontró el número de cuenta y lo copió y pegó en la aplicación del banco. ¿Cuántos días iba a permanecer allí? Levantó la mano y contó con los dedos. Podía quedarse con el gigolò una semana si era capaz de mimarlo durante tanto tiempo.

Pagó toda la semana; si él la aburría, siempre podía enviárselo a alguna otra dama necesitada. La idea le divirtió tanto que sonrió.

—Signora Zeta. —Ella se dio la vuelta. Era Eros, el recepcionista del hotel. Su nombre era el menos apropiado que había escuchado jamás. El hombre parecía cualquier cosa menos la representación del dios del amor. Traía una bandeja en la mano—. Signora Zeta, ha recibido una carta. Ha llegado por mensajería.

Una leve brisa subió del valle e hizo que la carta volara de la bandeja, pero el recepcionista estuvo rápido y puso la mano encima. Zeta cogió la carta y examinó el sobre, donde no había remitente.

—¿Todavía no hay paparazzi?

Eros negó con la cabeza.

Zeta asintió agradecida al recepcionista. Suponía que ese lugar era bueno para evitar a los paparazzi. Sinuosas y estrechas carreteras serpenteantes conducían al hotel. Mientras se mantuviera allí, habría un montón de rincones donde esconderse y altos cipreses que dificultaban la vista desde las carreteras. Y sabría dónde estaba la prensa, apretujada afuera, en la estrecha calle.

—¿Me mantenéis informada?

Eros asintió con la cabeza.

—Si, signora. Of course.

Arrojó la carta sobre la mesa y, en vez de abrirla, encendió un cigarrillo. Hacía casi dos años que no recibía cartas de odio y amenazas, casi había olvidado lo que se sentía. Por lo visto, los troles eran insaciables.

Entonces se le ocurrió pensar que nadie sabía dónde estaba. Bueno, casi nadie. Miró alrededor de la piscina. Señoras con grandes sombreros que leían revistas de papel brillante, un par de niños que armaban jaleo al borde de la piscina y camareros aquí y allá, dispuestos a servir. Arriba, junto a la balaustrada, una pareja admiraba la vista. Una mujer con unos prismáticos en la mano comparaba la realidad con el mapa. Lo único que destacaba era la carta sobre la mesa. Hizo memoria. ¿Quiénes sabían realmente que estaba alojada allí arriba, en un hotel de las montañas toscanas?

Antonia Hathor, que trabajaba en la exposición. La comisaria le había preguntado adónde debía enviar el contrato.

¿Quién más?

Por supuesto, la agencia de gigolòs conocía la dirección. Y, naturalmente, la gente que había alrededor de la piscina y los empleados del hotel la habían reconocido, con gafas de sol o sin ellas. Pero ella no había advertido aún la presencia de paparazzi, lo cual era siempre la primera señal de que su presencia se conocía en círculos más amplios. Llevaba allí dos días y pensaba quedarse hasta que llegara el momento de participar en la inauguración de la exposición de Örnsköldsvik a finales de la próxima semana. Quería darles a todos los paparazzi la oportunidad de encontrarla en un lugar seguro y dejar que el mundo se enterara a través de los tabloides de que Zeta no solo estaba viva, sino que también se dejaba ver en público. Italia era un lugar estratégico porque los militares norteamericanos la habían dejado allí discretamente, pero, sobre todo, porque el Círculo nunca se había establecido en el país, que estaba dominado por la mafia.

Sus ojos se deslizaron hacia la muñeca y el tatuaje que se había quitado con láser. Todavía se podía adivinar un círculo. La cicatriz le recordaba que estaba en el punto de mira de la sociedad secreta. En la base militar había contado todo lo que sabía y había delatado a todos los miembros que conocía. Después de eso, las autoridades seguramente le habían mostrado mil fotografías de personas sospechosas. Señalar a quiénes había visto en diferentes eventos fue agotador, pero no se arrepentía en absoluto.

Así que la razón por la que se había mantenido alejada de los focos durante tanto tiempo era por ser una soplona. Había calculado que allí corría menos riesgo de sufrir represalias. Y, cuando fuera el momento de aparecer en Suecia, contaría con dos guardaespaldas.

Zeta frunció el ceño y miró la carta. El sobre no revelaba nada. Lo abrió con resolución y, para su sorpresa, se encontró con una copia en la mano de un documento antiguo en finés con su nombre, Lena Wallbäck. También entendió otras palabras, como el año, 1980, y Kokkola, el nombre finlandés de la ciudad de Karleby, donde ella había vivido durante casi un año. Parecía que alguien había rasgado el papel en cuatro trozos y después, para poder copiarlo, los había juntado. Le dio la vuelta y leyó el texto, copiado del ordenador. Quien la extorsionaba exigía un reconocimiento público de que era madre de un niño nacido en 1980, y ello en un plazo de veinticuatro horas tras la recepción de la carta. Volvió de nuevo la hoja. Syntymätodistus. Así pues, era una partida de nacimiento. Que el certificado indicaba padre desconocido lo sabía sin necesidad de intentar traducir del finés.

Qué valor tenía la gente. Zeta estrujó la copia hasta hacer con ella una bola compacta y colocó el encendedor debajo. Si la persona que quería extorsionarla ya tenía una partida de nacimiento, ¿para qué necesitaba que ella lo reconociera? No tenía más que publicarlo, ¿no? La exposición tenía que haber hecho que algún periodista hurgara de nuevo en su pasado. Ella no había entendido nunca el interés por su persona.

Cuando las llamas le quemaron los dedos, dejó caer la bola ardiente en el cenicero. Cruzó las piernas. Solo era cuestión de acostumbrarse. Otra vez.

Se volvió hacia el camarero y chasqueó los dedos.

—¡Champán!

Enseguida estaba sentada con una copa en la mano mirando los cipreses. A lo lejos se vislumbraba Florencia en la parte baja del valle. Zeta siguió cavilando. La carta de amenaza no podía ser obra de la debilitada organización del Círculo. Pero, por otro lado, los periodistas no solían dedicarse a extorsionar.

Cuando su acompañante vio la botella y las copas, salió de la piscina y se acercó a la tumbona. Cogió la toalla y se secó; luego, se inclinó para darle un beso a Zeta, pero entonces recordó las reglas de comportamiento y se enderezó.

—¡Ponme una mano en la cintura —dijo Zeta— y habla en italiano conmigo!

Él colocó la mano en la cadera femenina.

—¿De qué quieres que te hable?

—Guarrerías.

—¿Te ha dicho alguien que tus iris son diferentes? ¿Que uno es de color castaño y el otro, azul? ¿Te ha dicho alguien lo hermosa que eres?

El comentario la hizo resoplar mientras rastreaba bajo el ala del sombrero de paja en busca de algún reflejo óptico en el bosque; observaba a un huésped tras otro, todo el tiempo con las declaraciones de amor del gigolò en el oído. Después, se volvió y apoyó la espalda en el pecho de su acompañante. Deslizó la mirada de una persona a otra, de una arboleda a otra. No había ni una sola lente de cámara dirigida hacia ella.

Zeta no conseguía entender de dónde venía la amenaza, pero era evidente que había alguien que sabía dónde estaba y quería algo de ella.

Capítulo 2

Örnsköldsvik

La mesa estaba servida con diferentes tipos de tunnbröd (un pan fino típico del norte de Suecia), queso de Västerbotten, patatas almendradas típicas de Laponia, crema agria, mantequilla y cebolla roja; pero quizá lo más importante, según el inspector jubilado Christian Modig, era que hubiese cerveza y chupitos en abundancia. Varios invitados se acercaron cuando sacó las latas de arenque fermentado de la bolsa.

—Una de la marca Måsens, otra de Oskars y dos de Röda Ulven. —Al ver las tapas abombadas, se le hizo la boca agua y chascó la lengua. Se giró hacia el interior de la casa y llamó a Siv, su mujer—. Ya está aquí el arenque fermentado. ¿Vienes?

—Voy, voy.

La terraza todavía estaba húmeda tras veinticuatro horas de lluvia persistente, pero todo lo demás se había secado. Antes, durante la mañana del sábado, habían extendido la guirnalda de luces sacándola por la ventana de la casa, pero aún tardaría un par de horas en anochecer. La luz proyectaba conos de luz amarilla contra la fachada de ladrillo blanco grisáceo. Siv había colgado mantas sobre los respaldos de las sillas. Las tardes de agosto eran frías.

Un poco de agua goteó del cubo que iba arrastrando Siv. Christian se subió las gafas a la cabeza, cogió el arenque fermentado y el abrelatas y los sumergió en el agua fresca.

—Qué suerte hemos tenido con el tiempo, uno no quiere estar dentro si no es necesario —dijo uno de los invitados.

—Justo le ha dado tiempo a secarse a la terraza —dijo Siv.

Todos alzaron la mirada al cielo despejado. En cuanto escapó el gas a presión, Christian sacó la lata del agua y continuó las maniobras sobre la mesa. Los invitados inhalaron sonoramente el olor del arenque fermentado, como si estuvieran sorbiendo caldo. Él carraspeó con solemnidad y miró a sus invitados.

—Ahora que el arenque está a punto, declaro oficialmente inaugurada la fiesta del arenque fermentado de este año… con dos días de retraso. —Los invitados se rieron y aplaudieron—. ¡A comer! —Un estridente tono de llamada procedente del bolsillo de Christian deslució el ambiente reverencial—. Demonios… —masculló él.

Los invitados se rieron.

Con todos sus amigos allí reunidos, Kajsa era la única que podía llamarlo, pero estaba de vacaciones en España con su novia, Sam. Se preguntó qué tal se lo estarían pasando. Según el mapa del tiempo, hacía bastante más calor allí que en la provincia de Västernorrland.

Miró a su alrededor en busca de algo para secarse las manos. Al momento, llegó Siv al rescate, le sacó el móvil del bolsillo y echó una ojeada a la pantalla.

—¡Hans Vide!

—¿Por qué cojones llama? ¿No tiene su propio pescado?

Siv presionó el botón para contestar y colocó el auricular contra la oreja de su marido.

—Estoy en medio de la inauguración. Espero que tengas una buena excusa.

—¿Así saludas a tu jefe?

Vide parecía estar más bromista que de costumbre.

—Exjefe, querrás decir.

—¿Te vale como excusa una joven muerta?

—¿Homicidio?

—Eso parece —dijo Vide con un tono inesperadamente alegre.

—Pero ¿por qué me llamas a mí?

—Este caso requiere un investigador con experiencia. Y andamos mal de personal.

Christian soltó la lata recién abierta y agarró el móvil con la mano mojada. La palabra «homicidio» había aguzado el oído de los invitados, así que se alejó caminando deprisa por el césped.

Cuando terminó de escuchar, le lanzó una mirada a su mujer.

—Tengo que ir a la galería de arte de Örnsköldsvik —dijo Christian secándose apresuradamente las manos en los pantalones.

—¿No están organizando algún tipo de exposición conjunta allí? —comentó uno de los invitados.

Christian se encogió de hombros.

—Con el arte de Zeta —contestó Siv.

—Id empezando vosotros —dijo Christian—. No sé cuándo volveré a casa.

Desde Svartby solo se tardaban diez minutos en coche en llegar al museo y galería del arte de Örnsköldsvik. Se le pasaron por la cabeza muchos pensamientos. No podía negar que echaba de menos su antiguo trabajo, sobre todo, cuando se trataba de investigaciones de homicidios. Hacia el final de su carrera, había trabajado en horario de oficina, y los casos solían llegar a su mesa más o menos al mismo tiempo que uno podía leer sobre ellos en el periódico. Así que llamar a un policía jubilado fuera del horario de oficina suponía una desviación considerable de la norma.

Christian había disfrutado de su trabajo. Al principio, como policía de orden público, y con los años los cargos habían ido evolucionando a la vez que él. Pero, si se le permitía opinar, consideraba que donde mejor encajaba era como investigador, con su pipa para reflexionar en mano como un Sherlock Holmes contemporáneo.

Vislumbró a la muchedumbre al coger la calle Hamnsgatan y condujo a lo largo de la larga alameda que se extendía entre la plaza Mayor y el museo. El grandioso edificio blanco de estilo modernista, que ya tenía más de cien años, al principio había sido un instituto. Cuando llegó más cerca, divisó una cruz que sobresalía. Pronto pudo distinguir también el cuerpo, una figura gris que, por lo que pudo distinguir, estaba crucificada, desnuda. No podía dar crédito a lo que veía.

¿Cómo narices era posible que alguien levantara una cruz un sábado en el centro de la ciudad sin ser descubierto y que, además, crucificara a una persona? Aparcó el Škoda verde junto a un coche patrulla y se bajó apresuradamente.

Christian reconoció la silueta larguirucha de Vide en el grupo de policías. Se percató, sorprendido, de la ausencia tanto de ambulancias como de cordón policial. Estaban reunidos con pasividad en torno al cadáver y lo miraban fascinados. Le pareció escuchar una risita nerviosa. Quien estaba crucificada era una mujer. Encima, estaba embarazada. ¿No se movía el vientre? Christian se quedó petrificado y fijó la mirada en la tripa. Entendió por qué todos estaban mirando. El bebé dio otra patada por dentro de la piel de la madre, y el vientre casi resplandeció con la última chispa de vida que quedaba en aquella figura gris como la muerte. Pues sí, pensó Christian, esa era la razón por la que los compañeros estaban allí quietos como idiotas.

—¿Por qué no está aquí la ambulancia? —gritó para sacarlos del trance—. Habréis llamado, ¿no?

Vide se dio la vuelta al oír la voz de Modig.

—Hola, qué bien que te hayas podido alejar un momento del arenque fermentado.

—¿Por qué no bajáis la cruz? —dijo Christian—. El feto todavía está vivo.

Los agentes de policía Tina Strand y Freddie Ek, así como el guía canino Kalle Decker, se dieron la vuelta. Con un gesto breve, señalaron a la multitud reunida y volvieron a dirigir la mirada a la mujer crucificada.

El vientre de la mujer grisácea se movía claramente. Había hilillos de sangre donde los clavos oxidados atravesaban las palmas de las manos y los pies. Si no reaccionaban deprisa, ambos estarían muertos dentro de poco.

—Traed mantas y los bajamos, con un hacha si es necesario —ordenó Christian.

—¿A que parece de verdad? —dijo Tina.

—¿Qué quieres decir?

Los policías se rieron.

—Representa a María Magdalena embarazada, de la artista finlandesa… —dijo Freddie inclinándose para leer el letrero— Ella Vilppula. Parece ser que la obra se llama María Magdalena colgando satisfecha de la cruz.

Christian se puso la mano en la frente y soltó un profundo suspiro. «Oh, no —pensó—, estos compañeros siempre bromeando». ¿Ni siquiera se libraba él, que estaba jubilado?

—Qué gusto verte, Christian —dijo Tina—, hacía mucho tiempo.

Ella se acercó y le dio un abrazo. Habían trabajado juntos durante más de diez años. Él notó que la melenita rubia de ella era más corta que de costumbre. Le quedaba bien ese peinado. Kalle Decker caminó hacia Christian, con Tilda detrás, y le tendió la mano. Christian se la estrechó y se dieron un abrazo amistoso sin dejar de mirar a la perra. Le tenía mucho respeto. Kalle asintió con una sonrisa cuando se separaron. Christian sacudió la cabeza y soltó unas carcajadas.

—¡Cómo me habéis engañado!

Examinó más de cerca la escultura. La artista había colocado una bombilla en el vientre de manera que el feto quedaba iluminado por detrás. De vez en cuando, el feto se movía allí dentro, y era innegable que toda la escultura parecía muy real.

Vide esbozó una de sus inusuales sonrisas. El exjefe de Modig, un hombre alto y flaco, se tomaba su posición de jefe un poco demasiado en serio, y aunque Modig jamás le hubiera tenido miedo, sabía que muchos de los policías más jóvenes sí que se lo tenían.

—Menudo golpe bajo. Yo creí que era en serio, con la perra aquí y todo. Bueno, pues ya os habéis echado unas risas a costa de un señor mayor, pero tengo invitados en casa esperándome. Acabábamos de abrir los arenques fermentados.

Se dio la vuelta para dirigirse al coche de nuevo.

—Espera —dijo Vide, que dio un par de zancadas tras el inspector jubilado—. Te necesitamos para la exposición que van a hacer.

—¡Olvídalo!

—Andamos cortos de personal.

—Siempre andáis cortos de personal.

—Una condición para que venga Zeta es que podamos alcanzar el nivel de seguridad necesario.

—Ajá, ¿así que se va a presentar esa impertinente?

Debían de haber pasado casi dos años desde que había desaparecido de luz pública cuando reventaron aquella extraña organización de la cual había formado parte.

—Su estancia aquí solo será de un par de días. El resto del tiempo que dure la exposición no esperamos un nivel de riesgo más alto de lo normal. Solo durante esos días; como mucho, será una semana para ti. Por cierto, es un secreto que ella va a venir. Hasta el último momento.

—Si me lo hubieras pedido como una persona normal, te habría dicho que sí de inmediato, pero engañarme de esta manera y hacerme abandonar una fiesta…

—Nos acabamos de enterar de que el orgullo de la ciudad va a estar presente. Ha sido una sorpresa para todos. La comisaria de la exposición nos ha explicado que llevan negociándolo una semana, pero que solo cuando Zeta ha recibido el contrato firmado han empezado a precisar los planes. Y, como ya he dicho, al parecer, hay amenazas dirigidas contra la artista, así que…

Christian conocía las amenazas, él mismo había visto de qué era capaz la organización que él y Kajsa, su antigua compañera de trabajo, habían ayudado a descubrir dos años antes. Pero ellos dos solo habían sido actores secundarios en comparación con Zeta, quien él sospechaba que había delatado a tantos miembros como había podido. Y luego, sabiamente, había dejado que se la tragara la tierra.

—¿He escuchado Zeta y la palabra planear en la misma frase? ¡No me hagas reír! — Christian había llegado al coche. Abrió la puerta, pero se detuvo antes de sentarse—. ¿Una semana? —Vide asintió y se pasó los dedos por los labios como si se tratara de una cremallera. Christian casi nunca había visto al jefe, una persona seria, tan risueño y se preguntó si habría bebido—. ¿Tendré que tratar a Zeta?

—No, ella tendrá guardaespaldas. La comisaria de la exposición… —dijo Vide sacando una tarjeta de visita y leyó—, Antonia Hathor, creía que eso sería suficiente, pero supongo que se ha dado cuenta hoy de que nosotros también necesitábamos estar informados de la presencia de la celebridad.

—¿Y cuál será mi función?

—Policía de paisano, en la calle, vigilando que todo vaya sobre ruedas. Comenzaremos hoy el trabajo de reconocimiento en los alrededores y a preparar la seguridad del evento. Pero lo dicho, tú solo tendrás que echar una mano cuando Zeta esté en la ciudad. Deberás estar presente en la inauguración y en todos los grandes actos que organice el ayuntamiento y a los que vaya a acudir Zeta. En cuanto ella se largue, has acabado. Quizá sean dos o tres días, pero te pagaremos por toda la semana.

—¿Me lo puedo pensar?

—Cuento contigo. Zeta viene el jueves, según la información que nos han dado. La exposición abre sus puertas el viernes para todos los invitados especiales, pero no estará abierta al público hasta el sábado. Y, oye, nada de soltar por ahí lo de Zeta. Estamos intentando mantenerlo en secreto mientras sea posible.

—Ya lo has dicho.

—Al parecer, se está escondiendo en los montes italianos.

—Bien, los arenques fermentados de Röda Ulven y un chupito de aguardiente me están llamando. Te llamaré mañana.

—Vendrá gente de todo el mundo. Modig, de verdad te necesitamos y con…

—Mañana —dijo Christian, e hizo el gesto con la mano de llevarse un teléfono al oído.

—¡Está bien, hasta mañana!

Cuando Christian se hubo sentado en el coche, leyó en su móvil sobre la exposición con escaso interés. Una serie de artistas contemporáneos de los países nórdicos, de Alemania y de Japón cuyas obras tenían influencias de la escultora Zeta o —como lo expresaba de manera imprecisa la comisaria de la exposición— «conversaban con» la obra de Zeta. Por otra parte, a él no le caía demasiado bien la artista. La primera vez que había entrado en contacto con ella había sido cinco años antes, a causa de la desaparición de la sobrina de la artista. Zeta era desabrida y difícil de tratar. Ella decía odiar su ciudad natal, Örnsköldsvik. ¿Y ahora iba a ir allí… voluntariamente?

Durante un par de años, la artista no se había dejado ver ni oír. Se decía que estaba viviendo en un lugar secreto. ¿Habría estado en Italia todo ese tiempo? Su decisión de última hora, probablemente, se debía a que vivía bajo constante amenaza. O sea, que esa sería su primera aparición en público desde que había denunciado a miembros de la organización secreta el Círculo. Silbó con fuerza al comprender la magnitud de la visita. Entonces, no era extraño que necesitasen todo el personal que pudieran encontrar. Hasta un viejo como él.

Pensar en Zeta le hizo pisar el acelerador en vez del freno cuando el semáforo se puso en ámbar.

Estaba tomando el desvío hacia Svartby cuando sonó el teléfono. Christian sacó el móvil y contestó tras echar una ojeada a la pantalla. Era Vide otra vez.

—¿Sí?

Hubo un corto silencio. Christian se estaba preguntando si su exjefe le había dado por error a alguna tecla cuando Vide tomó la palabra:

—¿Te puedes dar la vuelta?

Algo había sucedido, se le notaba en la voz. Después de veinte años, sabía esas cosas. Aun así, Christian repitió la frase:

—¿Darme la vuelta?

—Sí. Tilda ha detectado un olor cuando estaban rastreando los alrededores, una medida de seguridad para la exposición.

—¿Dónde estáis?

—En la cuesta Parkbacken. Ya sabes, detrás de la galería de arte y un poco más abajo del parque Folkets Park.

—¿Qué habéis hallado?

Vide suspiró profundamente:

—Un cadáver extra. Así que parece que te ha tocado un homicidio de todas formas. Hemos llamado a Anne Rautio, pero será mejor que vengas y te hagas tu propia idea de la situación.

Anne Rautio era la técnico forense de Örnsköldsvik y la mejor de la provincia de Västernorrland por su diligencia y rigor.

Christian sonrió. Sintió alivio al no tener que confesar ante sus invitados que lo habían engañado con una escultura.

Capítulo 3

Málaga, Costa del Sol

—Sí, ha estado bien —dijo Sam sin especificar el qué—. Lo he colgado en Snapchat.

Kajsa Nordin miró a Sam, o Samantha, como se llamaba realmente. Sintió fluir el amor hacia su novia que, sentada en el asiento de al lado, miraba somnolienta por la ventanilla.

Esas vacaciones les habían venido bien. Desde principios de verano habían reñido mucho sobre el tema de tener hijos, pero al fin habían dejado atrás las acaloradas discusiones. Quizá fue precisamente eso lo que hizo que Kajsa se sintiera preparada para dar ese paso. Eran pareja desde hacía casi seis años, y ahora estaba dispuesta a decir que sí a tener hijos.

Kajsa se preguntó qué habría publicado Sam en Snapchat. ¿Tal vez el ave de rapiña que habían visto surcando el cielo a lo largo del borde de una montaña en su excursión por la sierra española? Los rizos oscuros de Sam se mecían al ritmo de los movimientos del coche sobre la carretera, que a veces presentaba tramos accidentados. Los párpados se le caían lentamente, casi como los de un bebé a punto de quedarse dormido a la mesa con la cuchara en la mano. Haber pateado la calle como policía le había resultado útil durante la caminata del día, pero le sorprendía que Sam, que era bailarina y estaba acostumbrada a la actividad física, se quedara frita. Sonrió y puso la mano sobre la de Sam.

Coger un viaje de última hora a la Costa del Sol, después del verano pasado por agua que habían tenido, había sido un compromiso acertado. Como Sam había dicho con toda claridad, no podían ir a Örnsköldsvik siempre que tenían vacaciones. Debían alternar entre la ciudad donde había crecido Kajsa y Valparaíso, la ciudad de Sam, en Chile; ese era realmente el compromiso. Pero, como no podían permitirse el lujo de viajar hasta Chile, ese año habían elegido España.

Kajsa había comprendido finalmente que Sam tenía mayor necesidad de calor y de sol que ella. Aunque el apremiante calor que hacía en la Costa del Sol era demasiado para alguien del norte de Suecia como ella. Nunca más reservarían un viaje al Mediterráneo en agosto.

Después de cinco días, empezaban a orientarse en Marbella y en los alrededores del hotel donde se alojaban. Habían reservado un vuelo en el que no se especificaba el alojamiento, y les habían dado habitación en un hotel elegante, pero en el primer piso y con vistas a una calle aburrida en la parte de atrás. No les había molestado mucho porque el coche de alquiler les permitía hacer excursiones interesantes todos los días, a veces a playas solitarias y a veces hasta pequeños pueblos en las montañas. O como hoy, hasta el Caminito del Rey.

La ciudad se volvía más compacta y el tráfico, más denso. Los pitidos a diestra y siniestra eran una maldición en España. Por suerte, el tráfico se tranquilizaba por la noche; de lo contrario, quizá no hubieran podido pegar ojo con la carretera justo debajo del balcón.

Su excursión por el Caminito del Rey había sido espectacular. El recorrido por la pasarela a lo largo de altos desniveles y empinadas paredes de roca había durado cuatro horas. Debajo de ellas discurría un río verde que seguía el estrecho paso entre las montañas. En una ocasión, se detuvieron a observar a un ave de rapiña que se dejaba llevar por los vientos ascendentes de la cálida pared rocosa. El desfiladero de Slåtterdalsskrevan, en casa, en la Costa Alta, nunca sería lo mismo después de lo que había experimentado hoy… Sí, había que quitarse el sombrero ante la estrecha pasarela del Caminito del Rey.

—Tengo que decirte una cosa —susurró Sam con voz apenas audible.

Kajsa esperó lo que vendría a continuación, pero Sam volvió a dormirse.

Sam le había advertido que los españoles tocaban la bocina en lugar de reducir la velocidad al entrar en las curvas de las serpenteantes carreteras de las montañas. Afortunadamente, Kajsa tenía experiencia en la conducción rápida con las luces azules, de agarrarse fuerte al volante con la concentración al máximo. Aunque, como investigadora recién nombrada en la comisaría de Norrmalm en Estocolmo, conducía menos.

Pero los años pasados con las luces azules puestas en los suburbios del sur de Estocolmo no se desvanecerían tan pronto. En Farsta había perdido la virginidad. No la que está entre las piernas, de eso ya se había ocupado Freddie Ek, sino la otra, la ingenuidad.

El semáforo se puso verde, y cambió de marcha. Alguien detrás tocó la bocina. Echó una mirada amorosa a Sam, que estaba entre dos mundos. Kajsa aceleró.

Después de un par de años en la comisaría de Farsta, había muy pocas cosas que no hubiera visto. Jóvenes adolescentes que la escupían en la cara cuando los detenía con motocicletas robadas en un intento de ayudarlos para que no cayeran en las garras de incipientes pandillas criminales. Mendigos romanís maltratados. Drogadictos que deambulaban como muertos vivientes en el metro y en los cuartuchos de los suburbanos. Bebés sacudidos y novias maltratadas que permanecían al lado de sus novios inflados de esteroides anabólicos. Accidentes de tráfico.

Seguro que podría arreglárselas también en el tráfico español. La única diferencia era que aquí conducían todos como si llevaran sirenas de emergencia en el techo. Ya estaban casi en el hotel.

—Tengo que… —dijo Sam adormilada—. Estoy embarazada.

¿Qué había dicho? ¿Sam deliraba mientras dormía? Kajsa frenó usando el motor ante el semáforo en ámbar, pero los tres coches que iban delante de ella, en vez de frenar, aceleraron de tal manera que el último pasó con el semáforo en rojo. Kajsa respiró hondo y frenó. Miró el espejo retrovisor. La mirada se le congeló, sintió una punzada en el pecho. El conductor del otro coche, un gran SUV de color negro, estaba distraído y el enorme vehículo conducía demasiado rápido, sin indicios de reducir la velocidad. Se agarró con fuerza al volante. Tuvo una fracción de segundo para prepararse, sin tiempo para prevenir a Sam. El golpe hizo saltar los airbags como dos bolsas gigantes de palomitas de color blanco grisáceo y lanzó el coche directamente al cruce. Se vieron proyectadas con violencia hacia delante, quedando aprisionadas entre los asientos y las enormes bolsas llenas de aire. Otro golpe por la derecha las hizo girar como si estuvieran en las tazas de té en el parque de atracciones Gröna Lund.

Kajsa se quedó paralizada esperando un tercer golpe. El silencio antinatural zumbó débilmente como el tinnitus. El intelecto fue lo primero que se puso en marcha. Pensamientos de policía. Sabía por experiencia que el shock hacía que la gente actuara de manera irracional. Tan pronto como la parálisis cedió, levantó la mano y encendió las luces de emergencia.

¿El cuello? ¿Latigazo cervical? No, parecía que se había librado. Movió con cuidado la espalda, comprobó que las piernas y los brazos respondían y que todo parecía estar bien.

Las luces de emergencia hacían clic rítmicamente, como si acompañaran en la partitura a un pianista. Tic, tac, tic, tac.

Se giró hacia un lado, observó atentamente que no le dolía nada. ¿Y Sam? Se dio la vuelta rápidamente, pero el asiento estaba vacío. Le temblaron los dedos y pronto el temblor se había extendido por el resto del cuerpo. Tiritó como en las noches frías de invierno en Estocolmo cuando la temperatura estaba justo por debajo de cero, de esa manera que uno nunca temblaba en Örnsköldsvik. El shock. Ahora vino el shock. Trató de calmarse diciéndose que todo iba a ir bien, que solo eran imaginaciones suyas. Porque Sam, su novia desde hacía seis años, no podía estar embarazada.

Capítulo 4

Museo y galería de arte de Örnsköldsvik

Carl Cronhjelm estaba observando por primera vez la última obra artística de Zeta, miraba con fascinación a un hombre que estaba ocupado inyectándose heroína en el baño de un local de moda en Londres. El hombre, de casi treinta años, tenía una expresión desesperada, casi triste, pensó Carl. A la vez que el londinense llenaba la jeringuilla con la heroína de la cuchara, una mujer morena en París contemplaba el hecho con fascinación. Al parecer, nunca había visto a nadie inyectándose heroína. Era evidente que ella estaba observando la misma secuencia que Carl, porque podía reconocer sus propias emociones reflejadas en las expresiones de la mujer. Ella se removía impotente, como si quisiera teletransportarse hasta donde estaba el hombre, abrazarlo, convencerlo de que no continuara.

Carl iba alternando con la mirada de una pantalla a la otra, de la mujer en París al hombre en Londres. Carl había pensado que la instalación de vídeo solo consistía en espiar la vida de otras personas, pero ahora que estaba en mitad de ello, entendió que lo que elevaba la obra era que se podían seguir las reacciones de otros espectadores al mismo tiempo. El hombre en Londres acababa de encontrar una buena vena y soltó la goma atada en la parte superior del brazo. Con la mirada concentrada, pinchó la piel con la aguja. La morena parisina sacudió la cabeza y dijo algo inaudible. Tenía los ojos como platos y se tapaba la boca con las manos. La cara del londinense pasó de la concentración a estar esperanzadamente relajada.

En una tercera pantalla, Carl vio a una pareja que entraba tambaleándose, entre risas y algo borrachos, en un baño en Mallorca. La chica fue la primera en ver al londinense, y su actitud traviesa se convirtió en un grito que hizo que el novio se diera la vuelta enseguida y también se quedara mirando la pantalla. Lo que hubieran planeado hacer dentro del baño había quedado olvidado ante la imagen del hombre en Londres.

Carl se volvió a centrar en el baño de Londres. La jeringuilla seguía clavada en la fosa cubital cuando el hombre se cayó de la taza y se fue deslizando lentamente fuera del plano. Carl se inclinó hacia delante. No tenía buena pinta. ¿El hombre habría tomado una sobredosis o se encontraba en el país de la alegría? Carl no estaba preparado para las fuertes emociones que despertaba el arte de Zeta. Solo había pensado en pasear por la galería, pero ahora se había quedado atrapado en la sala de vídeos en la segunda planta, incapaz de seguir adelante. La pareja en Mallorca salió corriendo, probablemente, para pedir ayuda. El angosto espacio se llenó enseguida de caras que parecían mirar con fascinación al hombre noqueado en Londres, pero, pasado un momento, ellos también desaparecieron. Allí estaba la explicación de que la sala tuviera prohibido el acceso a menores de dieciocho años. Carl se preguntó cómo le estarían yendo las cosas a la parisina, pero ella había dejado el baño. ¿Cuántas horas de material tenían a su disposición? Abrió el programa de la exposición y leyó:

La instalación artística de Zeta, «La artista ha muerto, larga vida a la artista», se inauguró en mayo del 2016 en diez locales de moda esparcidos por todo el mundo. Varios baños en los bares escogidos fueron equipados con pantallas de televisión con cámaras incorporadas. Se colgaron advertencias en todos ellos para que los clientes pudieran tomar su propia decisión. Si uno quería ver lo que hacían otras personas, también tendría que exponerse a sí mismo. La instalación duró un mes y fue la obra de arte más discutida no solo entre las de Zeta, sino entre todas las de ese año. Aquí se muestran tres horas de la obra.

—Elegir qué parte del material mostrar ha sido lo más difícil de toda esta exposición conjunta —cuenta la comisaria de la exposición, Antonia Hathor—. La obra deja al espectador con muchas preguntas sin respuesta.

Los diez bares que participaron fueron Chez Georges (París, Francia), Rooftop (Ciudad Ho Chi Minh, Vietnam), Sirocco (Bangkok, Tailandia), Purobeach (Palma de Mallorca, España), Rio Scenarium (Río de Janeiro, Brasil), The Artesian (Londres, Inglaterra), The Dead Rabbit (Nueva York, EE. UU.), Feria (Tokio, Japón), Chalet (Berlín, Alemania) y Café Opera (Estocolmo, Suecia).

Carl alzó la mirada del programa y vio que las pantallas habían cambiado a otras personas. En una de ellas entró una pareja, con cuidado para que no se les viera la cara. Carl echó un vistazo al letrero, la pareja estaba en Río de Janeiro. Se colocaron de espaldas a la cámara; ella, con un pie encima del inodoro. Él metió la mano bajo la falda de ella, se bajó la cremallera de los pantalones de traje oscuros y, al rato, un culo oscilaba rítmicamente hacia delante y hacia atrás. En otra pantalla, un grupo de amigas japonesas con aspecto de lolitas entraban apretujadas en un baño. Las chicas señalaban, se reían alteradas, ponían los ojos grandes y se tapaban la boca. Miraban y se reían de la pareja brasileña.

En Estocolmo, una mujer joven, claramente borracha, se sentó a mear. Se secó y luego salió tambaleándose sin lavarse las manos. Carl se preguntó si era consciente de que formaba parte de una obra de arte. Algo sucedió con la pareja en Río de Janeiro. La mujer se giró, ya no se preocupaba tanto por ocultar la cara, y le dio una bofetada al hombre. La pelea se intensificó con rapidez. Carl se preguntó cuántos pleitos habría generado la obra de arte.

—Here you are, honey!

La voz grave de Antonia hizo que Carl se sobresaltara. No la había oído llegar, a pesar del repiqueteo de sus tacones vertiginosos contra el suelo de piedra. Instintivamente, controló que su pelo estuviera bien peinado, y ella pareció imitar sus gestos, pero con su cabello largo. La mitad de su cara quedaba iluminada por las pantallas, que esculpían sus marcados pómulos y hacían que su nariz se asemejara a un pene flojo. La comisaria tenía una mirada intensa que penetraba la exigua luz reinante.

—Parece que me he dejado llevar —dijo Carl gesticulando hacia las pantallas— por las vidas de otras personas.

—Awesome —dijo Antonia con su dialecto neoyorquino brusco y nasal—. La gente tiende a quedarse atrapada aquí, a pesar de que todos tengan un attention span taaan incríííblemente corto hoy en día. —Ella asintió—. Fascinating!

Carl debería estar acostumbrado, puesto que se había criado en una familia aristócrata aunque pobre y por todos aquellos años en los que había acompañado a Zeta a exposiciones, galerías y direcciones elegantes. Pero aun así sintió cómo se le iban arqueando las cejas. Muchas veces se malinterpretaba esa expresión como un gesto de afirmación. Al mismo tiempo, no podía dejar de admirar la capacidad de Antonia para reclutar no solo un talento, sino lograr que participaran cinco artistas sensacionales en la exposición, cuyo arte dialogaba con la obra de Zeta.

—Qué bien que hayas podido venir antes. Great —dijo Antonia.

—Desde luego —afirmó Carl.

Tiró ligeramente del chaleco, se aseguró de que llevaba bien la corbata. Por supuesto, se había encontrado con Antonia de vez en cuando en diferentes eventos artísticos, pero esta era la primera ocasión que estaba a solas con ella. Sabía que ella había nacido en Nueva York pero que había vivido dando tumbos de un lado a otro hasta que su madre se divorció y regresaron a su país natal, Suecia. De adolescente, Antonia se había vuelto a mudar a Estados Unidos y había trabajado para galerías de arte y para el MoMA, Museum of Modern Art, en Nueva York. Pero no estaba seguro de si ella solo estaba en Suecia con motivo de la exposición o si se había trasladado allí de forma permanente.

—Qué exposición más inteligente —dijo Carl—. Puedes estar satisfecha. ¿Qué es lo que más te gusta?

Antonia se detuvo y se puso los dedos contra la barbilla como si fuera la primera vez que reflexionara sobre ello. Carl se preguntó qué edad tendría y calculó que debía tener entre treinta y cuarenta.

—No offense —dijo Antonia y puso una mano sobre el hombro de él—. Sé que eres el agente de Ella, y el arte de la finlandesa es fantástico, pero tengo que decir Áslaug Sigstryggsdóttir. ¿No has visto su obra aún? Awesome.

Carl asintió. El día anterior había estado ayudando a la islandesa a decidir cómo colgar sus cuadros y se había percatado enseguida de que los esbozos eran de escultor, no de pintor. El lápiz trazaba volúmenes ágilmente. Cada imagen creaba resbalones y rozaduras. Criaturas míticas que estaban delante de edificios altos desgastados o haciendo estriptis en un burdel. Todas las figuras daban la sensación de estar fuera de lugar.

Antonia se volvió a toquetear el pelo de rizos oscuros con puntas decoloradas por el sol. El día anterior, además de ayudar a la islandesa y de instalar las obras de Ella Vilppula, a Carl no le había dado tiempo a admirar las obras de los otros artistas.

—Ven —dijo Antonia tendiéndole la mano, que Carl tomó a regañadientes—. Te lo voy a enseñar.

Se giró hacia él con una amplia sonrisa que dejaba ver manchas de pintalabios rojo oscuro en los dientes. Mientras estaban atravesando la sala contigua, se detuvo, soltó la mano de Carl y dio una patada a un par de cajas con sus zapatos de tacón de color vino burdeos.

—Pero, por Dios, ¿es tan difícil de entender? Aquí es completamente imposible trabajar con el personal. Fucking incredible! ¿Cuántas veces tengo que decirles que tienen que retirar toda la basura? Aficionados. —Antonia se volvió hacia el pasillo y gritó—: ¡Hola!

Carl aprovechó para retirar la mano y moverse discretamente fuera de su alcance. Se fijó en que los zapatos, el cinturón y el pintalabios de Antonia eran del mismo color. Los pasos de unos pies que se iban arrastrando retumbaron en el pasillo. Antonia puso los ojos en blanco. Alguien —un conserje, supuso Carl— se acercaba andando de manera desganada; llevaba zuecos de madera y ropa de trabajo con manchas de pintura. El pelo creaba un halo alrededor de la cabeza con forma de huevo del hombre, y este tenía un profundo hoyo en la barbilla que no le favorecía nada. Nada le favorecía. Antonia señaló las cajas, y el hombre se agachó con un suspiro, las levantó y se marchó arrastrando los pies igual que antes.

—Bueno —dijo Antonia—. Aquí estará la instalación de Steinar Reithaug. ¿Conoces a Steinar?

—Por supuesto —contestó Carl—. Steinar no se nos ha escapado.

En cuanto dijo «nos» se dio cuenta de que seguía hablando como si trabajara con Zeta. Se recordó a sí mismo que estaba allí con la artista finlandesa Ella Vilppula y no con Zeta. Pero los recuerdos desplazaron a la finlandesa y rememoró cómo se había sentido estando al lado de Zeta cuando creaba sus esculturas. Había visto algunas de ellas allí. Apenas conocía a Ella, solo era su representante a través de la galería.

—Steinar es un artista interesante —dijo Antonia.

Carl sintió que sus cejas estaban a punto de alzarse de nuevo, pero se contuvo y, en vez de eso, soltó su opinión sobre el artista noruego:

—Steinar es una persona extraña. Si le hubiera dicho a otra persona lo mismo que le dice a Zeta, lo habrían denunciado por difamación. Pero ahora él lo llama arte. Y, bueno, parece que les gusta a otras personas. Yo habría elegido a Odd Nerdum para representar a Noruega. —Carl notó que se podría interpretar como una crítica a la comisaria, pero ella lo observaba intensamente, sin mostrar el menor indicio de haberse ofendido—. Nerdum se mueve, al menos en las pinturas donde expone su interior, alrededor de las mismas emociones que Zeta.

—Una idea fascinante —dijo Antonia mirando a Carl como si fuera a devorarlo—. Pero Nerdum es tan terriblemente viejo. Odd está acabado. Quiero sangre nueva en el tablero.

Prosiguieron hasta la sala de la islandesa Áslaug. En el suelo había esculturas de criaturas fantásticas medio desnudas. Un gnomo pequeño con un falo gigante en su gruesa mano. Un fauno corriéndose al lado de un barril de venenos. Una Mamá Noel en lencería. Las esculturas habían sido desempaquetadas el día anterior. Esta vez, Carl estudió más detenidamente los cuadros que había ayudado a colgar; le gustaba la energía en los trazos del lápiz. Zeta tenía la misma manera agresiva de dibujar, algo que casi siempre era criticado por espectadores ignorantes pero loado por los expertos.

Antonia Hathor lo siguió mientras él se movía de una imagen a otra, los pasos de los tacones de aguja retumbaban en la sala.

—Ella afirma que los ve. De verdad.

Antonia adelantó a Carl, esperó junto al último cuadro apoyando el brazo perezosamente contra la pared. Carl pensó que las mujeres de la edad de Antonia no solían llevar camisetas sin mangas, pero ella estaba tan delgada que podía ponerse lo que quisiera. Ella sonrió con la boca cerrada y le clavó la mirada. Él se detuvo a una distancia prudente, pero la comisaria de la exposición parecía acercarse a él aunque no se estuviera moviendo.

—Vi el artículo sobre ti en la revista Café.

Carl era un esnob en cuestión de moda y estaba orgulloso de su interés por ella. Le gustaba hablar de ropa, y eso sin duda le daba buena publicidad a la galería, pero sentía bochorno cuando alguien quería hablar sobre los galardones. Antonia parecía estar analizándolo a él y a la ropa que vestía hoy.

—El hombre mejor vestido, por séptima vez.

—Por desgracia, creo que eso dice más sobre los hombres suecos que sobre mí.

—Tenían fotos de todos los años.

Carl las había visto:

—Poco después de que se pusiera de moda llevar barba, tú te afeitaste la tuya. ¿Por qué?

—Fui el primero en llevarla y supongo que me harté de ella.

Antonia asintió enérgicamente:

—Me alojo en el Hotel Elite. ¡Ven a tomar una copa conmigo! —Carl no sabía si se sentía halagado o aterrado. Ella continuó—: Tengo mucha curiosidad por saber cómo es trabajar con Zeta.

Carl se cruzó de brazos y balanceó su peso de una pierna a otra. Después de la palabra «curiosidad», ya había podido adivinar el resto de la frase. ¿Cuántas veces le habrían hecho esa pregunta?

—Estoy aquí con Ella Vilppula y preferiría hablar sobre ella. A ella sí que se le puede llamar una estrella en ascenso.

La comisaria esbozó una sonrisa amplia sin contestar. Por fin, a Carl se le ocurrió a quién le recordaba la nariz de Antonia. A la supermodelo Linda Evangelista, con quien él y Zeta se habían encontrado a menudo en las fiestas de los noventa.

Antonia deslizó la mano por la pared, dio un paso y puso la mano sobre el brazo de Carl.

—Quiero saber cómo es Zeta porque va a venir aquí —dijo en voz baja.

—¿Aquí? —La voz subió a falsete. Antonia le soltó el brazo y se dio la vuelta dispuesta a salir de la sala. Carl se mordió el labio—. ¿Cuándo viene?

Una mujer mayor con la melena larga y revuelta que le llegaba hasta la cintura y un vestido en forma de carpa entró en la sala con paso vacilante. Tenía las mejillas rojas, probablemente, a causa del estrés, no por el calor de la cocina.

—Había que llevarse las cajas de la sala de Steinar —le dijo Antonia—. ¿Por qué siguen estando allí?

—Volveré a pedírselo a Roger —dijo la mujer.

—Se lo acabo de decir, pero la próxima vez haced las cosas en cuanto os las mande. —Antonia cambió enseguida de expresión al dirigirse de nuevo a Carl—. Esta es Tordis, la conservadora del museo —dijo con una sonrisa falsa.

—Carl Cronhjelm, un placer.

—Bienvenido a mi museo, Carl. Bueno, ¿qué te parece?

—De momento, solo he visto el arte de Zeta, Ella y la islandesa, pero estoy verdaderamente impresionado —comentó Carl—. ¿Fue idea tuya?

De repente, la mirada de Tordis ardió de entusiasmo.

—Tenemos el estudio de Bror Marklund justo aquí afuera —dijo Tordis—. Te lo enseñaría con mucho gusto.

—Interesante. Me encantaría verlo.

Antonia hizo un gesto con la cabeza señalando que Carl le pertenecía a ella y que aquel encuentro informal había llegado a su fin, pero Tordis estaba lejos de dar la conversación por acabada. Carl percibió el enfrentamiento entre las dos mujeres.

—Nos queda bastante que hacer antes de que todo esté listo para el viernes, pero será la exposición más grande que hayamos tenido, más aún que la de Star Wars que tuvimos hace un par de años. Y es fantástico que venga Zeta. Todos en el museo estamos entusiasmados.

—Entiendo que os sintáis así —dijo Carl—. Es una persona muy especial.

—¡Sí, ya lo era de niña!

—¿Así que os conocéis?

—Fuimos a la misma escuela. Yo soy un año más mayor. —Algo cruzó rápidamente la cara de Tordis, como si un espíritu hubiera poseído el cuerpo de la mujer por un instante y la hubiera transformado en otra persona—. Pero no puedo decir que la conozca, y no creo que ella se acuerde de mí.

Antonia echó a andar y Carl se apresuró a seguirla.

—Por cierto, estoy en la habitación más lujosa del mejor hotel de todo Örnsköldsvik —dijo Antonia—. Aunque la habitación no será mía por mucho tiempo, solo hasta que llegue la gran artista. Entonces me tendré que mudar. Pero eso ya lo sabrás tú, para ella solo vale lo mejor.

Carl se esforzó por sonar indiferente.

—¿Y cuándo hará su aparición… la gran artista?

Antonia sonrió con astucia.

—¿Tú eres de vodka o de whisky? —Se detuvo y lo miró de arriba abajo—. Vodka. Definitivamente, de vodka. Creo que deberíamos pedírselo al servicio de habitaciones.

Capítulo 5

Örnsköldsvik

Christian Modig volvió a aparcar detrás de la galería de arte, pero esta vez se encaminó hacia el otro lado. El sendero discurría detrás del museo por una cuesta empinada que terminaba en lo que en su día fue el parque Folkets Park.

Tan pronto como entró en la cuesta Parkbacken, vio casi al mismo grupo de policías, en esta ocasión en medio de la cuesta junto a un cordón policial recién levantado.

Después de diez metros, Christian ya jadeaba debido a la fuerte pendiente. Habría sido más fácil conducir hasta el aparcamiento en la calle Skogsgatan y bajar desde allí. Se detuvo y echó un vistazo. Todavía no se distinguía mucho de la panorámica que había hecho que la Costa Alta hubiera sido elegida el paisaje más bello de Suecia. La galería de arte de Örnsköldsvik obstaculizaba la vista, y desde donde estaba veía directamente los pisos superiores del edificio. Era como mirar en una casa de muñecas. Se adivinaba el mar al otro lado del impresionante edificio y se entreveía la estación de tren a un par de kilómetros de distancia en lo alto, al otro lado de la ciudad.

Por desgracia, su vida de jubilado no había hecho que estuviera más en forma, pensó mientras descansaba con la vista puesta en la galería de arte. Una mujer delgada con zapatos de tacón color vino burdeos bajaba por la amplia escalera de piedra a la altura del tercer piso. Otra corpulenta con melena gris salió a su encuentro. La delgada agitó inmediatamente los brazos, era evidente que estaba enfadada. La corpulenta parecía que le contestaba, y luego se dio media vuelta y desapareció de su vista. Él se preguntó si alguna de las mujeres era Antonia Hathor, a quien Vide había nombrado con anterioridad y era la responsable de la visita de Zeta. Prejuiciosamente, supuso que sería la más delgada de las dos.

Cuando dejó de jadear, continuó subiendo la cuesta. A los primeros que se encontró a mitad de camino antes de llegar al cordón policial fue a Kalle Decker y a Tilda.

—Hola. Anne Rautio está a punto de llegar.

Christian asintió cuando escuchó el nombre de la técnico forense y aprovechó para recuperar el aliento.

—Es mejor no hacer nada antes de que llegue ella —dijo Kalle.

—Mucho mejor —coincidió Christian riendo al tiempo que sacudía enérgicamente la cabeza.

Rautio era apreciada por su minuciosidad, pero Christian había constatado que la meticulosidad habitaba muy cerca de la obsesión y que la frontera entre ambas era muy estrecha.

—Fue Tilda quien encontró el cuerpo —informó Kalle volviéndose hacia el animal—. ¡Sí, eres una perra muy lista!

—Ah, ¿sí? —se interesó Christian—. Pero no está entrenada para buscar cadáveres, ¿verdad?