Indies, hipsters y gafapastas - Víctor Lenore - E-Book

Indies, hipsters y gafapastas E-Book

Víctor Lenore

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Beschreibung

¿Todo el mundo aspira a ser moderno? ¿En qué consiste lograrlo? Hace tiempo que expresiones como indie, hipster, cultureta, moderno y gafapasta son de uso corriente en nuestras conversaciones. Sus límites resultan borrosos, pero remiten a una realidad social que la industria cultural y las agencias de publicidad utilizan para designar un amplio segmento del mercado. Los hipsters son la primera subcultura que, bajo la apariencia de rebeldía, defiende los valores impuestos por el capitalismo contemporáneo. Palabras como independencia, creatividad o innovación son la cara amable del espíritu individualista y competitivo que propone el sistema, y la presunta exquisitez de criterio de los hipsters ha creado un consumismo que no avergüenza, sino que genera orgullo. ¿Estamos ante la cultura favorita de la clase dominante? Cada vez quedan menos dudas. La Reina Letizia se escapa de la Zarzuela para acudir a conciertos de grupos indie como Eels, Los Planetas y Supersubmarina. El magnate derechista Rupert Murdoch invierte cincuenta millones de euros en Vice, grupo mediático de referencia para los hipsters de todo el mundo. Pero la cultura indie, hipster y gafapasta promociona valores incompatibles con las aspiraciones igualitarias de la contracultura y de movimientos sociales masivos como el 15M.

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Seitenzahl: 230

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Víctor Lenore

Presentación de Nacho Vegas

© Del libro:* Víctor Lenore

© De la presentación:* Nacho Vegas

© Edición en ebook: febrero de 2015

© De esta edición:

Capitán Swing Libros, S.L.

Rafael Finat 58, 2º4 - 28044 Madrid

Tlf: 630 022 531

www.capitanswinglibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-943676-4-9

© Diseño gráfico: Filo Estudio www.filoestudio.com

Corrección ortotipográfica: Hannibal Smith & Roberto Herreros

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico www.caurina.com

(*) Licencia Creative Commons: Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España (CC BY-NC-ND 3.0 ES)

Usted es libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra bajo las condiciones siguientes: Reconocimiento - Debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador (pero no de una manera que sugiera que tiene su apoyo o apoyan el uso que hace de su obra). No comercial - No puede utilizar esta obra para fines comerciales. Sin obras derivadas - No se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra.

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Aviso: Al reutilizar o distribuir la obra, tiene que dejar bien claro los términos de la licencia de esta obra.

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

Presentación

INDIES, HIPSTERS Y GAFAPASTAS

01. Pijos, hipsters y viceversa

02. ¿De qué hablamos cuando hablamos de modernos?

03. Redimir el consumismo

04. Contracultura de derechas

05. Manu Chao, Michael Moore y otros anatemas hipsters

06. Yonquis de la distinción

07. Diplo como icono del saqueo posmoderno

08. Ni avanzado, ni experimental, ni sofisticado

09. ¿Por qué nos hacemos hipsters?

10. El efecto Nirvana

11. Soy indie, soy especial

Coda: ¿Se acabó la tontería?

Dedicatoria

Agradecimientos

Christopher Lasch

Víctor Lenore

(Soria, 1972)

Nacido en Soria en 1972, lleva veinte años trabajando como periodista musical. Ha publicado artículos en El País, La Razón, Playground, Rolling Stone y El Confidencial, entre otros medios. Víctima temprana de la enajenación indie, fue uno de los fundadores del sello Acuarela, coordinador la revista Spiral y trabajador ocasional en el Festival Internacional de Benicássim. Durante dos décadas, colaboró en la revista musical Rockdelux, donde firmaba la sección de entrevistas Truco o trato. Fue miembro del grupo promotor de la publicación cultural de izquierda Ladinamo.

También ha trabajado como guionista en el programa de televisión Mapa Sonoro (TVE-2), comisario de la parte musical en la exposición La herencia inmaterial (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona) y director de la colección de libros Cara B, dedicada a explorar en profundidad álbumes clásicos del pop-rock español. Es colaborador habitual de Minerva, revista del Círculo de Bellas Artes de Madrid. En la actualidad participa en foros de discusión cultural como Ecos del gueto, Fundación Robo o Señoras que hablan de música.

Presentación

Hipsters desde la periferia

NACHO VEGAS

Hace unos meses me encontraba tomando algo con unos amigos en una sidrería de Gijón cuando surgió el tema: «Eso de los hipsters, ¿qué es?», preguntó alguien. Uno de mis amigos, al que le había contado que me habían propuesto prologar este libro, dijo: «Que conteste Nacho, que está escribiendo algo sobre el asunto». Todas las miradas se volvieron hacia mí, y comencé a barruntar una respuesta más bien confusa, pues ni yo lo tenía del todo claro ni había leído aún el primer borrador del libro. Contesté algo así como que lo hipster era una derivación de lo indie, en una versión más sofisticada y despolitizada, con apariencia de glamour, parapetada en cierto cinismo y asumida como una supuesta «élite del buen gusto». Después de todo, creí que había sido una respuesta reveladora, pero cuando terminé de hablar una de mis amigas soltó: «Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?». Caí en la cuenta de que no había dicho nada nuevo. Y no, la cultura hipster no podía consistir solamente en ir a la última y pasar de todo. Pensé que era algo más amplio, una cultura que formaba parte de un sistema que la privilegiaba y que a la vez se justificaba en ella, y que si quería hablar del fenómeno indie/hipster se hacía necesario contextualizarlo y hablar del entorno social y político de al menos las últimas tres décadas. Seguidamente, nos lanzamos —medio en broma, medio en serio— a una batería de afirmaciones/acusaciones sobre quién era hipster y quién no, entre nosotros mismos y nuestros allegados. Una amiga se reivindicó antes como choni que como hipster. Pensé que, si bien algunos de nosotros veníamos del indie, ninguno de mis amigos encajaría en una entrada de la página web Hipsters from Spain. Y sin embargo, también podía decirse que todos habíamos participado de una u otra manera de la cultura hipster. Me pregunté entonces si se habría vivido el fenómeno indie/hipster de forma diferente en provincias —y en las periferias de las grandes ciudades— que en Madrid o Barcelona. Seguramente hay muchas similitudes, pero también alguna que otra diferencia sustancial.

A comienzos de la década de los noventa en Gijón, al igual que en buena parte del resto del estado español, comenzó a surgir una nueva hornada de grupos formados por gente que en muchos casos no superaba la veintena. Se podía escuchar música alternativa en Radio Kras, una joven radio libre que aún subsiste a día de hoy, y numerosos bares se animaron a programar actuaciones en vivo porque por primera vez en bastante tiempo la gente iba a los conciertos. En realidad, cada banda y su grupo de amigos iba a los conciertos de cada uno de los otros grupos, pero así se fue formando una comunidad creciente que se daba cita en las actuaciones. Los grupos ensayábamos en locales cochambrosos de los barrios periféricos o en cuadras infectas en el Gijón rural. La política no formaba parte del ideario de ninguna de estas bandas, que básicamente nos limitábamos a repetir patrones anglosajones, aunque algunos actuamos en conciertos para el movimiento por la insumisión, tan activo en aquellos días, o en actos de apoyo al conflicto obrero del sector naval. Tal vez se pueda decir que en aquellos momentos se estaba creando algo. Pero ese algo, que tal vez habría podido ser un revulsivo cultural y social en una ciudad como Gijón, se desintegró en cuestión de meses.

Hay un hecho que en opinión de quien esto escribe marca el principio y el fin del fenómeno musical independiente en Gijón, que acabaría derivando en la cultura hipster en los años siguientes. Fue la primera y única vez que todas las nuevas bandas decidimos hacer algo juntas. Algunos de los bares que habían empezado a programar conciertos con entusiasmo dejaron de hacerlo en cuanto se asomaba por allí alguien de la Sgae o se quejaba algún vecino; la problemática de los locales de ensayo era común a muchas de las bandas y alguien había descubierto una nave abandonada más allá del barrio de Ceares en la que se podría celebrar un festival conjunto. Decidimos reunirnos y poner en común todas las necesidades que teníamos como músicos, asociarnos para conseguir objetivos que nos eran comunes. Se llegaron a hacer camisetas con un lema, «Córtate el pelo, cambia de vida» (algo que un hombre le había espetado al melenudo bajista de uno de los grupos), y el nombre de las bandas en la espalda, que paseamos orgullosos durante un tiempo cada vez que salíamos de Gijón. La idea no era mala, pero duró exactamente dos reuniones y su único fruto fueron esas camisetas. El cantante del grupo en el que yo tocaba por aquel entonces lo zanjó así en el último de los encuentros que tuvimos: «Esto jamás puede funcionar porque cada grupo es de su padre y de su madre». En efecto, en aquel momento había bandas de noise, pop, garage, música sixties o funky-metal. Y eso fue lo importante. No que viviéramos en una misma ciudad con una misma realidad social; una ciudad con las mismas carencias para la consolidación de una escena cultural; no que nos costara a todos lo mismo conseguir actuaciones, disponer de equipos decentes o ensayar en lugares mínimamente acondicionados; no. Todo lo que teníamos en común no era importante porque cada grupo era «de su padre y de su madre», es decir, porque teníamos gustos musicales diferentes. Probablemente también había un problema de clase. No todos veíamos la misma realidad social, no todos teníamos las mismas dificultades para conseguir instrumentos. En cualquier caso, aquello no cuajó, y ese fue el pistoletazo de salida para un cambio de actitud en todos nosotros. Bienvenidos al indie, pero no como apócope de independencia sino de individualismo.

La mayoría de aquellas bandas acabó publicando discos en sellos independientes como Subterfuge, Acuarela, El Cohete, Astro o Elefant y cada uno comenzó su particular andadura. Dejamos de asistir los unos a los conciertos de los otros a no ser que escucháramos los mismos discos. El gusto era básicamente lo que nos unía. Paralelamente, el Festival Internacional de Cine de Gijón (FICX), con una nueva dirección, empezó a ser todo un referente cinematográfico de la nueva cultura indie. Durante una de sus ediciones, en la fachada de un bar en el que se solía reunir la gente que acudía al festival, una mañana apareció una pintada: muerte a los gafapastas. Fue la primera vez que tuve conocimiento de esa palabra.

Ocurrieron cosas muy interesantes, no cabe duda. Tanto el FICX como la nueva escena musical supusieron nuevos aires en una ciudad aletargada en el aspecto cultural, pero al mismo tiempo en Gijón se destruía tejido social y laboral a pasos agigantados sin que esa nueva escena cultural hiciera la más mínima referencia a ello, salvo contadas excepciones. Tras la reconversión industrial de los ochenta y las posteriores políticas neoliberales del gobierno, los conflictos obreros se fueron resolviendo con derrotas sonadas o victorias pírricas. La falta de trabajo hizo que una gran mayoría dentro de una generación, la de los nacidos en los setenta, tuviera que marchar de Asturias para buscarse la vida, algo que impidió que la escena cultural, auspiciada precisamente por esa gente, se pudiera consolidar en unos años en los que los jóvenes emigraban a Madrid, Barcelona o las Islas Canarias. Pero si los problemas eran tan claros, ¿cómo se volvió el indie tan complaciente con el sistema? ¿Éramos conscientes de ello o simplemente fuimos el entretenimiento necesario, a base de música moderna y películas intelectuales, para desmovilizar a la gente en un momento de políticas agresivas para con ellos mismos? Pensar en ello me hizo volver a aquel «los modernos de toda la vida» que mi amiga usó para definir a los hipsters de un plumazo. La historia no es nueva, ni mucho menos.

En los años sesenta, cuando la Guerra Fría se consolidaba y la propaganda anticomunista era un mantra institucional en los EE.UU., el folk comprometido políticamente y de carácter abiertamente antifascista que había surgido con nombres como Woody Guthrie, Malvina Reynolds o Pete Seeger, y que había tenido un digno relevo en otros artistas como Joan Baez o Phil Ochs, empezó a debilitarse y a perder influencia social en beneficio del rock y sus nuevos imperativos vitales, ciertamente opuestos a aquellos. Donde unos hablaban de comunidad y de derechos sociales, la nueva generación resumía sus principios en el lema «sexo, drogas y rock’n’roll». La contracultura había optado por volverse hedonista e individualista, o lo que es lo mismo, inofensiva para el poder. Es cierto que en aquellos años también surgieron movimientos culturales mucho menos cómodos como el Black Power o la oposición a la guerra de Vietnam encarnada en el hippismo (que, con todo, no tardó demasiado en ser domesticado), pero no hay duda de que los grandes titulares los copaban las rutilantes nuevas estrellas del rock y sus miles de seguidores: los «modernos». No quiero con esto cargar contra toda la cultura rock, como tampoco es mi intención hacerlo con todo el indie. Grandes discos y artistas surgieron en cada época y supusieron un gran alimento e influencia no solo para los que nos dedicamos a esto, sino para generaciones enteras. Pero toda escena cultural es reflejo de la época en la que surge y al mismo tiempo puede ser víctima de la misma a través del arma más poderosa de que dispone el capitalismo: el mercado.

El paralelismo que existe entre el surgimiento de la cultura del rock en detrimento de la escena folk y el devenir del indie en las décadas de los ochenta y noventa no es casual. Cuando surgió el indie, tanto en las islas británicas como en EE.UU., era una escena politizada en gran medida, ya fuera por sus formas de obrar o por su mensaje. El precedente era el punk, la cultura de los fanzines y el «Hazlo tú mismo». En un momento en el que la industria musical se estaba convirtiendo en un monstruo insaciable se hacía necesario crear una red de sellos, artistas y radios independientes que supusieran una alternativa. Las políticas ultraliberales de Reagan en EE.UU. y las particularmente agresivas de Thatcher en Gran Bretaña tuvieron una respuesta cultural. Aunque no todos clamaran contra ello, algunas voces si se escucharon bien altas, tanto en la escena hardcore como en la del rock alternativo: Fugazi y su sello Dischord, Black Flag, Billy Bragg, The Smiths o The Housemartins fueron bandas que adquirieron gran notoriedad —aunque en diferente medida— y que cuestionaban con su música un mundo hostil dirigido por una élite que les despreciaba a ellos y a los de su clase, la clase trabajadora, y lo hacían vomitando trallazos punk, pildorazos pop o poesía cargada de rabia. Sin embargo, aquello también puede relatarse como la historia de un fracaso, un fracaso que, cuando una generación posterior quiso recoger el testigo para continuar con aquella escena musical, ya estaba consumado. Las políticas de Margaret Thatcher, con su brutal represión a las huelgas de los mineros, al movimiento sindical en general y a toda la clase obrera, acabaron triunfando de manera aplastante, llevándose por delante cualquier tipo de resistencia social, política o cultural. Lo que Billy Bragg cantara de forma irónica en una de sus más tempranas composiciones, «No quiero cambiar el mundo/No busco una Nueva Inglaterra», se volvió tristemente profético cuando una década después las bandas se lo creyeron de manera literal: del popcomprometido se pasó al hedonismo, la cultura de clubes y las bandas de pop mesiánico. Nadie quería cambiar el mundo ya, algunos cantaban que querían ser adorados y otros estar de fiesta las 24 horas del día. Si la clase trabajadora había tenido tradicionalmente un leve consuelo en su odio furibundo a los lunes, llega un grupo bautizado como los Lunes Felices (Happy Mondays) proponiendo la evasión a través delas nuevas drogas de diseño. Aun llegaría poco después el brit pop, con bandas de pulcra imagen como Blur, con quien Tony Blair intentó fotografiarse a la busca de un referente entre esa nueva clase media a la que dirigiría sus políticas. Al negarse estos, acudió al otro gran combo, Oasis, que si bien procedían de la clase trabajadora se limitaban a esgrimir sus orígenes solo para justificar algunas gamberradas realmente más propias de las estrellas de rock millonarias en que se habían convertido. Estos no tuvieron problema en hacerse la foto. Madchester y el brit pop, aun con sus hitos y su contribución a la cultura juvenil de la época, supusieron el principio de la derechización del indie en su deriva hacia lo hipster, y esas eran las bandas contemporáneas al principio de la escena en el estado español, y tanto la música en sí misma como su carácter despolitizado fueron una influencia palpable en la modernidad patria.

Aquellos maravillosos noventa

Por aquel entonces lo que sucedía en EE.UU., o más bien desde EE.UU., fue algo diferente pero aún más revelador. En cierto modo, para entender bien la gestación de la cultura hipster basta con fijarse en el fenómeno grunge de aquellos primeros noventa. Un puñado de jóvenes provenientes de un área fría y azotada por el paro como lo era la de Seattle, vestidos con ropas baratas de mercadillo, vomitaban letras cargadas de desencanto y nihilismo en canciones que bebían del punk, el hardcore y el rock alternativo. Fue una escena underground que, partiendo de un entorno concreto, cantaba las miserias de un mundo en proceso de globalización. Nirvana fue la banda más emblemática de este movimiento. Conectaron con mucha gente. De la noche a la mañana prácticamente se convirtieron en las estrellas de rock más vendedoras del momento, desbancando a Michael Jackson del número uno de las listas de ventas. Pocos años después, con el grunge convertido en fenómeno de masas, las firmas de moda lanzando líneas de estética grunge y las revistas de tendencias destacándolo en reportajes de lo más in del momento, el cantante de la banda se descerrajaba un tiro en la boca en su casa de Seattle. Un fenómeno contracultural había sido fagocitado por el mercado convirtiéndolo en hipster, es decir, revirtiendo su propia naturaleza. En este caso, terminó por devorarlo y acabó tristemente con él.

Tanto lo que sucedía en las islas como en EE.UU. era un referente en el que se miraba la escena naciente en el estado español, básicamente formada por jóvenes blancos de clase media. Las clases sociales se mezclaban en ciudades más castigadas como Gijón, se definían por arriba en ciudades más prósperas como Donosti y se diluían en ciudades más grandes como Madrid y Barcelona. En definitiva, el indie partió de una informe clase media con nula conciencia colectiva, y lo que interesaba de las bandas foráneas no era su actitud, su compromiso o su manera de cuestionar un orden de cosas; era fundamentalmente su sonido, y era eso lo que se perseguía: reproducir ese sonido tan fascinante, y si lo conseguíamos daba igual que rascando un poco te encontraras un enorme vacío, porque nadie se iba a molestar en rascar.

Una anécdota significativa ocurrió una tarde después de ensayar con el grupo en el que comencé tocando la guitarra, Eliminator Jr. En aquel momento yo estaba empezando a interesarme en la lucha por la oficialidad del asturiano, que conectaba con las reivindicaciones de algunos grupos de izquierda. Se me ocurrió mencionar el tema y en el acto dos de mis compañeros me interrumpieron al grito de «¡Panfleto, panfleto!» Fue una broma que se repetiría alguna que otra vez, en cuanto alguien osaba mencionar la política en una conversación. Pero lo que recuerdo de aquel momento, lo que no deja de llamarme la atención ahora, es que uno de mis compañeros llevaba puesta una camiseta de Fugazi. Y me consta que era fan de la banda y que tenía sus discos. Fugazi, una de las bandas de rock más extremadamente comprometidas políticamente, desde el mensaje de sus canciones hasta la forma de distribución y difusión de su música. Y sin embargo, lo que parecía interesar más eran sus fantásticos ritmos sincopados y sus guitarras cortantes. En eso nos vamos a fijar, decíamos, pero de política que hablen ellos, que con nosotros no va el tema. Aunque en Gijón algunas bandas contaban entre sus miembros con gente comprometida políticamente de manera bastante activa, ello nunca se reflejaba en la música; eran parcelas que, tácitamente, habíamos decidido que había que mantener separadas. Introducir algunos temas espinosos —y no se trataba solo de temática social o política— en las canciones podía resultar pretencioso o plasta, cuando la única intención era resultar chulo. El esteticismo fue uno de los pilares de buena parte del indie en el estado español, y una de las razones por las que, en conjunto, la escena resultó tan vacua.

Cuando se habla de que el indie fue una escena despolitizada no se quiere decir que careciera de dimensión política, sino de conciencia política. De hecho, repasando la cultura indie/hipster en el estado español no es difícil intuir lo que se vivió en aquellos años de neoliberalismo salvaje e individualismo rampante, algo que llega hasta nuestros días. El arte no es político solo en su versión antagonista o de denuncia, sino que lo es también por omisión o asunción del discurso dominante. Hablar solo de lo íntimo y huir de lo colectivo, reflejar estampas de atardeceres en bicicleta pero nunca de barrios en llamas; ese era el plantel, en esencia. Es curioso que una de las bandas más reivindicadas por el indie fuera Vainica Doble, porque no dejó de ser una reivindicación parcial. Es posible que Contracorriente (1976) sea el disco de pop español más político de todos los tiempos, pero cuando sus nuevos fans se referían al dúo preferían mencionar cierto costumbrismo de clase media (obviando la mirada crítica de Vainica Doble) o citar poéticas imágenes extraídas de sus letras. Así, cuando una exquisita banda indie le hacía un guiño al tema «La ballena azul», un doloroso alegato en el que una ballena humanizada acaba siendo asesinada y descuartizada para convertirse en mercancía, se limitaban a decir que esta era «perezosa y tonta». De la furiosa crítica al capitalismo en que desembocaba la canción nadie hablaba. Sencillamente, quedaría mal.

También por aquella época tuvo lugar un fenómeno que probablemente se viviera de manera desigual en las grandes ciudades que en la periferia: el de la cultura de los clubes y afters. El techno también formaba parte de la cultura indie: la influyente revista Rockdelux publicó durante unos años varios números especiales en un formato de lujo dedicados exclusivamente a la música electrónica (Dancedelux), cada festival tenía al menos una carpa dance y un chill out, y otros especializados como el Sónar se convertían en referentes de la vanguardia musical. Desde luego, si querías ser lo suficientemente moderno tenías que saber algo de música electrónica o «avanzada», como anunciaba el Sónar en sus promociones. Cada ciudad tenía sus clubesen los que las noches terminaban y se comenzaba con el día siguiente hasta la tarde. En Gijón fueron dos que hoy literalmente no existen (me refiero a que los edificios que los albergaban fueron derruidos): el Rocamar y La Fábrika, ubicados en dos zonas distantes dentro de la ciudad. Había algo positivo en aquellos lugares: confluía gente de todo tipo de barrios y ambientes, allí no importaba cuál era tu director de cine indie favorito o cuál era la última edición limitada que te habías comprado; realmente eran puntos de encuentro. Había también, a mi modo de ver, otra parte negativa. En muchas ocasiones, parecía que la gente no se comunicaba, que se limitaban a estar en su burbuja tóxica sin hablar los unos con los otros. Las drogas de diseño que hacían furor y que se supone favorecían la empatía, servían también para que cada cual se aislara en su propio mundo lisérgico. Estando en alguno de esos clubes parecía más bien que la gente estaba allí al mismo tiempo, pero no junta. Pasé muchas horas de aquella época en estos lugares, y creo que no surgió una sola amistad de allí, algo que sí me sucedía en bares y conciertos. Muchos compañeros de generación discrepan conmigo en esto, y ven la cultura de clubs como un fenómeno muy saludable en comparación con el elitismo indie. Yo no tengo esa percepción; en mi opinión aquellos ambientes estaban envenenados por el mismo individualismo brutal que cayó sobre todos nosotros en esos años.

Apocalipsis indie: 2000-2010

Esto ocurría a finales de los noventa, cuando la nueva modernidad indie/hipster fue asentando sus bases. Pocos lo recordarán, pero cuando el término aún no estaba connotado hubo en Madrid una banda de efímera existencia llamada The Hipsters. Eran jóvenes delgados y guapos, vestían con ropas ajustadas y modernas, se maquillaban y no tenían absolutamente nada que decir. Era puro esteticismo, pero realmente tenían el aspecto de una banda británica. Uno de los nuevos sellos independientes, agobiado por lo difícil que le resultaba sacar adelante el negocio, llegó a publicarles un disco pensando que ello le sacaría de la ruina y podría continuar editando cosas que realmente le gustaban. La cosa acabó en fiasco, y un tiempo después el director del sello tiraba a la basura todos los discos de The Hipsters que cogían polvo en su oficina y decidió que jamás se dejaría volver a tentar por las tendencias modernas del mercado. De aquella banda no recuerdo nada salvo una fotografía que me enseñó el director del sello. Realmente parecía sacada de una de las portadas en las que el New Musical Express anunciaba el nuevo hype de la temporada. Tratándose de un grupo de Madrid, aquello llamó mi atención. Recuerdo una de las primeras ediciones del festival de Benicàssim a la que acudí. Alguien dijo jocosamente que las bandas españolas parecían «los pipas de los grupos guiris», refiriéndose a su aspecto. En otra ocasión, un músico de los ochenta que provenía de una familia adinerada y vestía trajes hechos a medida se refirió a un miembro de una banda indie despectivamente diciendo que «parecía un periodista del Mondosonoro». Aquello también fueron señales. Se suponía que el indie de los ochenta había mostrado que se podía salir a tocar vestido igual que si ibas a hacer la compra. Pero en pocos años la modernidad hipster volvería a distinguirse por la indumentaria. No solo había que escuchar la música adecuada y ver las películas adecuadas; también había que vestir adecuadamente. Sin embargo, creo que eso no cuajó en el indie español. Al margen de ejemplos de esnobismo como los citados, no hubo nada parecido a una estética común entre las bandas. En realidad, eso daba igual, porque en la década de los dos mil nosotros ya nos estábamos haciendo mayores, pero la ola hipster iba creciendo a nuestro lado y a nuestro paso.

Para entonces la escena ya estaba muy atomizada; los sellos y los medios se miraban con recelo los unos a los otros, empeñados en disputarse sus cuotas de mercado. Las bandas parecían más centradas en distinguirse de las demás que en colaborar con otros grupos, aunque al final el sonido fuera bastante uniforme. Algunas aventuras con cierta relación tangencial con el indie como el colectivo Ladinamo, plataforma de acción política y cultural, fueron algo así como un oasis en el Madrid de aquellos años al que se le prestó menos atención de la debida. Se publicaron discos buenos, malos y peores. Alguno memorable; la mayor parte intrascendente. Los pequeños festivales se fueron convirtiendo en empresas más y más grandes año tras año. Y un día, el indie murió.

¿Un Nuevo Orden?

El 15 de mayo de 2011 es una fecha doblemente significativa. Por un lado, se escenificaba en las plazas una nueva toma de conciencia entre gente que había decidido dejar de quejarse en la barra del bar y poner en común su indignación. Por otro lado, aquella madrugada moría en un fatídico accidente de tráfico Pedro San martín. Pedro era bajista de uno de los grupos más emblemáticos del indie del estado español, La Buena Vida. Eran jóvenes donostiarras que habían estudiado en colegios de pago, poseían un gusto musical exquisito y en sus canciones describían un mundo bucólico cuyos conflictos se circunscribían a las esferas más íntimas. La banda estaba en un momento incierto tras el abandono de Irantzu, su cantante, pero la muerte de Pedro acabó por finiquitar a los autores de discos como Soidemersol o himnos como «¿Qué nos va a pasar?». Y con Pedro seguramente murió el indie tal y como había sido concebido, con sus luces y sus sombras. Paradójicamente, a la vez nacía una nueva forma de hacer política. De acuerdo, todo parece demasiado arbitrario. Ni el indie ha muerto ni la política ha cambiado aún de forma tan radical como muchos esperamos que ocurra, pero se puede decir que esa fecha marca, siquiera de manera simbólica, un punto de inflexión en ambos mundos, tan alejados y tan cercanos a la vez.

En sus inicios, el indie estaba formado por jóvenes blancos de clase trabajadora, pero poco a poco fue tomando forma en torno a una clase media con escasa conciencia política, para acabar sentando las bases de la cultura hipster