Las fluctuaciones del gusto y otros ensayos - Edmund Gosse - E-Book

Las fluctuaciones del gusto y otros ensayos E-Book

Edmund Gosse

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Este libro reúne un conjunto de ensayos de Edmund Gosse, prolífico escritor victoriano considerado pionero de la biografía sicológica, como género. Su escritura se aparta del camino convencional de la literatura de su época al atreverse a abarcar, además de consideraciones literarias, aspectos humanos de los autores que analiza. Junto a una amplia semblanza sobre el pirata Raleigh y un retrato sobre Lawrence Sterne, este tomo incluye un fragmento de la que es considerada su obra maestra: Padre e hijo, de tono profundamente autobiográfico.

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Seitenzahl: 85

Veröffentlichungsjahr: 2025

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COLECCIÓNPEQUEÑOS GRANDES ENSAYOS

Universidad Nacional Autónoma de MéxicoCoordinación de Difusión CulturalDirección General de Publicaciones y Fomento Editorial

ÍNDICE

PRÓLOGOEDMUND GOSSE: CONSIDERACIONES Y/O DESVIACIONES DE UN VERDADERO HOMBRE DE LETRASPura López Colomé

SOBRE LAS FLUCTUACIONES DEL GUSTO(fragmento)

EL PASTOR DE LOS MARES

EL ENCANTO DE STERNE

PADRE E HIJO(fragmentos)

CRONOLOGÍA DE EDMUND GOSSE

NOTA AL PIE

BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA

AVISO LEGAL

PRÓLOGOEDMUND GOSSE: CONSIDERACIONES Y/O DESVIACIONES DE UN VERDADERO HOMBRE DE LETRAS

Edmund Gosse (1849-1928), pionero victoriano, de algún modo, de la biografía psicológica, además de crítico prolífico, poeta, dramaturgo y traductor de obras enormes (Hedda Gabler, de Henrik Ibsen, por dar un ejemplo, de cuya producción se ocupó personalmente), escritas en las nueve lenguas que había aprendido de manera autodidacta, tituló una de las antologías de sus semblanzas de autores importantes Algunas desviaciones de un hombre de letras. Yo preferiría llamarlas consideraciones, porque eso son, reflexiones que expresan sus opiniones. Sin embargo, después de adentrarme en los terrenos de su obra y su vida, e intentar entresacar el hilo conductor, entiendo por qué prefirió hablar de desviaciones, ya que en realidad se aparta, eso sí, con mucho estilo, del camino convencional de la escritura de su época: gracias a él la palabra diversions juguetonamente podría interpretarse como diversiones –pues le habría encantado conversar con sus lectores acerca de detalle y medio, chismes y sorpresas de sus colegas, predecesores y contemporáneos–; se aleja, pues, para analizar a su modo. Su rodeo consiste en tomar en cuenta, antes que cualquier detalle literario, al ser humano, a la persona que decidió, como él, dedicarse al arte arte, al arte de las armas, al de la política, o a la observancia religiosa. Así nos habla de luminarias de otras épocas (Shakespeare, Pope, Donne), lo mismo que de la suya –los más–, de quienes además fue amigo cercano: Thomas Hardy, Henry James, R. L. Stevenson, André Gide, Algernon Charles Swinburne, John Addington Symonds, William Yeats, James Joyce, y una larga lista de etcéteras.

Podría decirse que la primera desviación de Gosse fue existencial y definitoria: logró, de milagro, escapar de la educación protestante y fanática que le impusieron sus padres, con rumbo al mundo de las letras, su salvación. De hecho, casi todos los autores que se ocuparon de su obra, Virginia Woolf, entre ellos, antes de ser implacables, justos u objetivos, lo primero que hacen es conmiserarse, compadecer a este pobre hombre al que después llegaron a conocer, cuya camaradería y sofisticada erudición disfrutaron. Valoran su pensamiento, reconocen sus capacidades y comprenden sus flaquezas al ver su incapacidad para librarse de cierta carga de infancia que había echado raíces muy profundas en su psique y su corazón, ese algo que obstaculizaba la vía franca, que lo dejaba todo a punto de, o en ciernes, incluso a riesgo de cierta frivolidad. Después de varios comentarios precedidos por el “Si tan sólo…”, afirma Woolf: “Cuán mejor habría sido como escritor, como hombre, si hubiera dado rienda suelta a sus impulsos; si su júbilo pagano y sensual no hubiera sido pulverizado por la excesiva cautela que circula por su vida y limita su inteligencia”. Y lo mismo podemos opinar hoy día: no dudamos de la abundancia y variedad de sus referentes, su cultura ilimitada; mas siempre nos quedamos con ganas de más… Se trata de un autor que no se atreve, no se lanza a fondo. ¿Por qué?

Creo que la respuesta se halla en la que todos sus lectores consideramos, por mucho, su obra clave, Padre e hijo, una fotografía en blanco y negro, como todo lo victoriano, revelada muy poco a poco en el laboratorio de una prosa rítmica, rica, impecable, al mismo tiempo concisa y transparente. El personaje central de esta autobiografía nunca aparece de manera egocéntrica, deliberadamente martirológica o autocomplaciente, sino que, en todo caso, encarna el procedimiento literario que le interesa a un trágico espontáneo, no una víctima del maltrato como tal, sino un niño muy sensible castigado por la religiosidad protestante y la conducta moral que ésta cincela en quienes la practican. Para averiguar por qué fue como fue el ser humano por desentrañar, por qué escribió lo que escribió quien en otros textos lleva el nombre de Brönte o Disraeli, habremos de verlo como Edmund Gosse, un escritor que da el mismo cuidadoso tratamiento a su persona que a la del “señor” Hardy. Sólo que aquí va en serio; al esquivar el elemento ficticio, habla por una herida acaso ya cicatrizada, pero a la vista.

Su padre, Henry Gosse, singular personaje paralelo, decidió educar con extremado rigor al pequeño a raíz de la orfandad de madre, “para dar reciedumbre al carácter”, justo lo contrario que se le ocurriría a un progenitor medianamente consciente de la soledad a que esa criatura había sido arrojada. No actuaba así por mezquindad, supongo, sino porque sus inamovibles y rígidos principios ofrecían contención a su viudez. En realidad, no era un monstruo, un hombre de naturaleza cruel, sino un padre impotente como tal, que tenía el enorme defecto de no contar con tiempo más que para sus investigaciones de biología marina, y para la instrucción y prédica de su fanático culto. Desesperado, dedicó el poco tiempo que “por obligación” debía a su hijo a encaminarlo a golpes “por la senda del bien”, con la obvia intención de que siguiera sus pasos. Edmund cuenta que jugaba a solas (con sus tres muñecas) muy de vez en cuando, porque la mitad del día copiaba por consigna los animales que su padre estudiaba, y la otra, rezaba. Carecía del menor contacto con gente de su edad, hasta hablaba como adulto. No tenía amigos. Atenazado por las dudas, el reverendo simplemente se cerraba. El retrato más fiel y enternecedor es, sin duda, el del niño que, gracias a una capacidad intelectual manifiesta desde temprano, cuestionaba las enseñanzas religiosas justo con las herramientas de pensamiento fomentadas por su padre, que ahora, acorralado, respondía con un tartamudeante “solamente Dios lo sabe”. Trágico considero el hecho de que, por amor a él y por miedo, Edmund nunca abandonara sus creencias en el Dios cristiano, tendiendo como tendía a la apostasía, a pesar de ir perdiéndole el respeto a su padre. Todo en medio de un silencio aceitado por el resentimiento, donde “se podía escuchar el suspiro de una anémona”: de hecho, Padre e hijo se publicó 20 años después de la muerte de Henry, defensor, por cierto, de las revelaciones bíblicas al tiempo que buscaba la aprobación de su amigo Charles Darwin (sin dar crédito a la teoría de la evolución). Triste también fue la enorme espera de horas y horas, para Edmund, con la mejilla pegada a la ventana, deseando huir de ese mundo: cuando por fin lo logró, era tarde ya para deshacerse de una muy enraizada ambivalencia. Como había acumulado conocimientos básicamente por cuenta propia, nunca fue a la universidad; no obstante, desde su propia imagen pública labrada a pulso dando conferencias y perteneciendo a los más diversos y respetables comités, fue una presencia a un tiempo vital y controvertida en la institucionalización de los estudios literarios.

Había algo muy frágil e inseguro en su fondo, proyectado a la hora de escribir con la hondura crítica necesaria. Es importante tomar en cuenta que el enorme corpus de sus ensayos se dio justo antes de la revolución moderna de los estándares académicos, de modo que gran parte de su producción analítica hoy se considera amateur, inexacta o descuidada. Gosse deseaba con toda el alma figurar, ser alguien en el mundo literario, por eso no cesaba de publicar artículos y reseñas en periódicos y revistas de suma importancia: le encantaban las reuniones, que se le preguntara por los detalles de obras y autores con ligereza. ¿Y qué tenía esto de malo? Nada. Hasta que se atrevió a publicar De Shakespeare a Pope, y tuvo la pésima suerte de que el muy amargado John Churton Collins le aplicara un revés, tildando la obra de falsamente erudita, rebosante de errores y generalizaciones engañosas. Hasta su “íntimo” Henry James lo calificó en público de “verdadero genio de la inexactitud”. Ah, pero poseía una virtud que ya hubieran querido muchos estudiosos y conocedores: un estilo fluido, desenmascarado, casi inocente; un vehículo expresivo en el que burbujeaban todos sus intereses entretejidos en sus observaciones, magnífico para aterrizar por escrito su talento para la conversación, su personalísimo modo de hurgar en lo pintoresco del mundillo de las letras inglesas y los cenáculos de la época, en particular, el de Bloomsbury, del que nunca logró formar parte.

Pobre Gosse, lamenta uno a sus adentros con compasión, percatándose de su necesidad de afecto y reconocimiento. Como un niño, quería llamar la atención no sólo de los lectores sino de sus contemporáneos: quería, además, codearse con las altas esferas y ahí ser admirado. En efecto, ascendió desde bibliotecario de la Cámara de Comercio hasta el de la Cámara Alta del Parlamento, y fue nombrado caballero (sir) en 1925; impulsó las carreras de colegas y amigos, mas… no convenció de su propio valor a quienes quería impresionar: escritores e intelectuales de la talla de E. M. Forster, James Joyce, T. S. Eliot y Ezra Pound. Todo esto, en blanco y negro, sale a relucir en la autobiografía con gracia, ironía e ingenio: sus disfrutes, sus alcances, sus caídas, sus insatisfacciones. Cada cosa presentada con su justo peso, sin exageraciones, sólo desviada por los caminos de una religión basada en el amor, pero llena de enjuiciamientos. Cada verdad en su sitio adoloridamente victoriano. Una autobiografía a la vez sincera y honesta, de quien llora por el dolor ajeno y también cree en el castigo de Dios, cuyo autor quedó espléndidamente descrito por Virginia Woolf: “Da pistas, califica, insinúa, sugiere, pero nunca alza la voz, como si uno de los austeros Hermanos de Plymouth estuviera a la espera para imponerle penitencia por su audacia”. Una obra que hizo a Rudyard Kipling afirmar que Padre e hijo era “más interesante que David Copperfield, porque todo es cierto”. Si Woolf se expresaba de él de este modo, el autor se consideraba, en todo caso, un “sobreviviente”, que se las había ingeniado para alcanzar cierta satisfacción, a costa de un enorme vacío.

Pequeño gran ensayista

Esta selección de Edmund Gosse parece cortada a la medida de la colección Pequeños Grandes Ensayos. He aquí un mosaico de ensayos escuetos de un escritor con grandes capacidades que, Woolf dixit, “de haber mostrado más atrevimiento, curiosidad, más furia en vez de irritación, habría rivalizado con el mismo Boswell”.