Una temporada salvaje - Joe R. Lansdale - E-Book

Una temporada salvaje E-Book

Joe R. Lansdale

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Beschreibung

«Violencia, aventuras, amistad, humor oscurísimo. Una combinación que funciona y que tiene a la novela negra como centro».Natalia Marcos, El País Hap Collins es un tipo blanco, mujeriego y exconvicto por negarse a combatir en Vietnam. Leonard Pine es veterano de esa misma guerra, negro y gay. Hap y Leonard son los mejores amigos del mundo en el Texas de los años ochenta. Y también los más desastrosos. Trabajan mucho, ganan muy poco y practican artes marciales en su tiempo libre. Pero de pronto Trudy y su melena rubia regresan a la vida de Hap. Se avecinan problemas, piensa Leonard. Y tiene razón, esa mujer siempre lo complicaba todo. Pero ahora tiene una propuesta: un montón de dinero fácil enterrado cerca del río Sabine. Hay que reconocer que las cosas se ponen interesantes… Una temporada salvaje, la novela con la que Hap y Leonard irrumpieron en la escena del thriller, es violencia, acción y humor ácido, es camaradería, desmadre y villanos sanguinarios, es un cóctel explosivo de noir sureño y del pulp más gamberro. Caos total al estilo texano.

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Edición en formato digital: marzo de 2018

 

Título original: Savage Season

En cubierta: fotografía de Jan Halaska / Alamy Stock Photo

Diseño gráfico: Ediciones Siruela

© Joe R. Lansdale, 1990

© De la traducción, Miguel Ros González

© Ediciones Siruela, S. A., 2018

 

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-17454-09-8

 

Conversión a formato digital: María Belloso

 

Dedicado a Jeff Banks, con amistad

 

 

«Se puede invertir en la ignorancia una buena dosis de inteligencia cuando es profunda la necesidad de ilusión».

SAUL BELLOW

 

 

«Pon todos tus huevos en una cesta, ¡y vigila esa cesta!».

MARK TWAIN, La tragedia de Wilson Cabezahueca

1

Estaba en el campo a espaldas de la casa, con mi buen amigo Leonard Pine, la tarde en que todo empezó. Yo con la escopeta del calibre 12 y él lanzando los platos.

—¡Plato! —exclamé y Leonard lanzó al cielo otro plato de arcilla.

Apunté, disparé y lo partí en dos.

—¿Es que nunca fallas, macho? —preguntó Leonard.

—Solo a propósito.

Había cambiado los pájaros de carne y hueso por los de arcilla hacía mucho tiempo. Ya no me gustaba matar, pero seguía disfrutando del tiro. Poner algo en el punto de mira, apretar el gatillo, sentir el impacto en el hombro y ver el objetivo hacerse añicos me resultaba particularmente agradable.

—Tengo que abrir otra caja —dijo Leonard—. Te has cargado toda la vajilla.

—Ya lo hago yo. Así tiras tú un rato.

—He disparado el doble que tú y no le he dado ni a la mitad de esas cosas volantes.

—Es igual. Además, se me está cansando la vista.

—Vaya una gilipollez.

Leonard se levantó y, limpiándose esas enormes manos negras en los pantalones caquis, se acercó y cogió la escopeta del calibre 12. Me disponía a rellenar el lanzador, mientras él cargaba el arma, cuando Trudy apareció por el lateral de la casa.

Nos percatamos más o menos al mismo tiempo. Yo me giré para abrir otra caja de platos de arcilla y Leonard estaba cogiendo un paquete de cartuchos cuando la vimos contonearse hacia nosotros, bañada por la luz del sol.

—Joder —dijo Leonard—. Problemas en el horizonte.

Trudy tenía treinta y seis años, cuatro menos que yo, pero no aparentaba más de veintiséis. Lucía una larga melena rubia y sus piernas empezaban en el cuello, como quien dice. Unas señoras piernas, de muslos carnosos y piel morena. Y sabía cómo usarlas, pues su forma de caminar trabajaba las caderas y hacía que sus pechos dieran esos saltitos por los que más de un hombre al volante se ha estrellado. Su jersey beis ceñido revelaba que seguía sin necesitar sujetador, y la falda corta y negra, a la última moda, me recordó sus días de minifalda a finales de los sesenta, cuando la conocí: ella iba a ser una gran artista y yo iba a encontrar alguna forma de salvar el mundo.

Que yo sepa, comprar una mesa de dibujo y diseñar maniquíes para escaparates fue lo máximo que se acercó al arte; en cuanto a mí, lo más cerca que había estado de salvar el mundo fue firmando peticiones varias, que iban del reciclaje de latas de aluminio a las campañas para salvar a las ballenas. Ahora tiraba las latas a la basura y no tenía ni idea de cómo les iba a las ballenas.

—Ándate con ojo —dijo Leonard, antes de que pudiese oírnos.

—No le quito los ojos de encima.

—Tú me entiendes. Luego no vengas a mi casa lloriqueando si te la vuelve a liar. Escucha bien lo que te digo.

—Si te estoy escuchando...

—Ya, y un cipote empalmado no atiende a razones.

—No es así, y lo sabes.

—Bueno, es así así.

A medida que Trudy se acercaba, el sol del mediodía iluminó de lleno su cara. Me percaté de que ya no aparentaba veintiséis años, la verdad sea dicha. Los poros de la nariz se le notaban un poco más y tenía patas de gallo y líneas de expresión en la comisura de los labios. Siempre le había encantado reírse, por cualquier cosa. Sobre todo, me acordaba de cómo se reía cuando estaba feliz en la cama, cuando su risa recordaba al canto de un pájaro. Era de esas cosas que preferiría haber olvidado, pero el recuerdo estaba ahí, como una espina clavada en mi subconsciente.

Nos miró esbozando una sonrisa y me pareció que ese día de enero se volvía un poco más cálido. Era capaz de hacerle eso a un hombre, y lo sabía. Por mucho que abrazase la liberación femenina, no renunciaba a ese poder.

—Hola, Hap —saludó.

—Hola —respondí.

—Leonard...

—Trudy... —dijo Leonard.

—¿Qué hacéis?

—Aquí, tirando al plato un rato —contesté—. ¿Te apetece probar?

—Claro que sí.

Leonard me pasó la escopeta.

—Tengo que irme, Hap, luego te llamo. Acuérdate de lo que te he dicho, ¿eh?

Vi la expresión circunspecta de su cara, negra como una ciruela, y respondí:

—Tú tranquilo, que yo me acuerdo.

—Ya. Nos vemos, Trudy. —Y se alejó, dejando un gran surco en la hierba alta, rumbo a la parte delantera de la casa, donde tenía aparcado el coche.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó Trudy—. Parecía un poco enfadado.

—No le gustas.

—Ah, es verdad; se me había olvidado.

—No se te había olvidado.

—Vale, lo reconozco.

—¿Quieres disparar tú primero?

—La verdad es que me apetece más entrar en la casa y tomarme un café. Aquí fuera hace bastante rasca.

—Pues no vas vestida como si hiciese rasca.

—Llevo medias, abrigan más de lo que crees, pero menos de lo que deberían. Además, llevamos sin vernos un tiempo...

—Casi dos años.

—... y quería estar guapa.

—Lo estás.

—Tú también. Te faltan unos cuantos kilos, pero estás guapo.

—Pues a ti no te falta ni te sobra un gramo. Estás guapísima.

—Aeróbic con jazz: tengo un disco y hago todo lo que me dice. Las señoras mayores tenemos que cuidarnos.

Esbocé una sonrisa.

—Vale, señora mayor. Pues ayúdame a recoger todos estos bártulos y vamos a la casa.

 

Se sentó a la mesa de la cocina, sonrió y empezó a hablarme de esto y de aquello. Saqué la cafetera mientras procuraba no pensar en nuestra relación, pero se me daba fatal.

Cuando el café estuvo marchando, me senté frente a ella. En la cocina se estaba calentito gracias a las estufas de gas, y desde mi silla podía oler su gel de ducha mentolado y el tenue aroma de su perfume. Se habría echado unas gotitas detrás de las orejas y las rodillas y debajo del ombligo, como solía hacer. El mero recuerdo me hizo flaquear.

—¿Sigues trabajando en los campos de rosas? —preguntó.

—Los hemos labrado, pero llevamos unos días parados. El hombre para el que Leonard y yo trabajamos ya ha acabado con esa parte y no nos necesitará hasta dentro de unos días.

Ella asintió, pasándose una mano de largas uñas por el pelo, y yo vi el destello de un pequeño aro de oro en su lóbulo. Desconozco qué tenía ese gesto, ese guiño dorado, pero me entraron ganas de agarrarla, ponerla encima de la mesa y borrar de un plumazo esos dos años de ausencia.

Sin embargo, me conformé con un recuerdo, uno de mis favoritos. Habíamos ido a un baile y llevaba una blusa con estampado de cebra y minifalda. Yo tenía veintitrés años y ella, diecinueve. Su forma de bailar, su forma de moverse cuando no estaba bailando y su olor hicieron que la lujuria me embriagase.

Le susurré algo al oído, ella soltó una carcajada, montamos en mi Chevrolet y fuimos a nuestro aparcamiento favorito, en una colina cubierta de pinos. La desnudé, me desnudó e hicimos el amor suavemente, con cariño, sobre el capó caliente del coche, bajo la luz de una luna que parecía brillar solo para nosotros, mientras la brisa fresca del verano soplaba cual abanico de plumas.

Lo que mejor recordaba de aquella vez, además del polvo en sí, fue que me había sentido poderoso e inmortal como nunca, joder. La vejez y la muerte me parecían tan ajenas y descabelladas como la historia de algún borracho que afirmase haber caminado sobre la superficie de una estrella.

—¿Cómo está...? ¿Cómo se llamaba? ¿Howard? —No era algo que me apeteciese preguntar, pero me salió solo.

—Está bien. Nos divorciamos hará un año. Me parece que no estoy hecha para el matrimonio. Ya estuve contigo y lo jodí, ¿no?

—Tampoco perdiste gran cosa.

—Te dejé por Pete, y a Pete por Bill, y a Bill por Howard. No funcionó con ninguno; tampoco con los que no me casé. Ninguno se acercó a lo que hubo entre nosotros. Y los hombres como tú, o que se te parezcan mínimamente, son cada vez más difíciles de encontrar.

El halago fue algo más generoso de la cuenta, así que no supe qué decir. Vi cómo iba el café y serví un par de tazas. Cuando puse la suya en la mesa, me miró y yo quise decir algo fraternal, pero no acababa de salirme.

—Te he echado de menos, Hap —dijo—. Mucho.

Dejé mi café en la mesa, junto al suyo. Ella se levantó y nos besamos. La tierra no se puso a temblar y mi corazón no paró de latir, pero aquello no estaba nada mal.

Empezamos a meternos mano y nos dirigimos atolondradamente a la habitación, perdiendo prendas por el camino. Bailamos bajo la manta un baile lento y delicioso, y ella dio rienda suelta a esa risa que tanto me gustaba, dulce y alegre como el canto de un pájaro.

En aquel momento ni siquiera se me pasaba por la cabeza que incluso el pájaro más letal, el alcaudón, sabe cantar.

2

A eso de las dos de la mañana sonó el teléfono. Me levanté y fui a la cocina a responder. Creo que Trudy ni siquiera lo escuchó. Era Leonard.

—¿La zorra esa sigue ahí?

—Sí, señor.

—Coño... Estás jodido otra vez.

—Ahora es distinto, es un polvo y poco más. ¿Te acuerdas de que me has dicho que un cipote empalmado no atiende a razones? Pues llevabas razón.

—Ahora no me vayas de machito soltando fantasmadas. Lo mío era una forma de hablar. Lo que dices no te lo crees ni tú, y lo sabes de sobra. Trudy siempre será especial para ti. Estás hablando conmigo, señor Hap Collins, con Leonard, no con un negrata del campo de rosas.

—Leonard, eres un negrata del campo de rosas y yo también. Soy una versión blanca.

—Tú ya me entiendes.

—¿Qué haces a las dos de la mañana metiéndote en mi vida?

—Pues beber, cago en la puta. Intentar emborracharme.

—¿Cómo vas?

—Yo diría que voy por un cincuenta por ciento.

—¿Ese que oigo de fondo es Hank Williams?

—No en persona, pero sí. Setting the Woods On Fire.

—¿En qué tono está cantando?

—Tienes la gracia en el culo, Hap. Joder, ojalá esa zorra no hubiera aparecido.

—No la llames zorra.

—Es lo que es. Aparece y te vuelves raro.

—¿Raro cómo?

—Te brillan los ojillos como a un cachorro, empiezas a hablar de los viejos tiempos y a darme la matraca con la bondad de los sesenta. Yo también estaba, macho, y eran como los ochenta, pero con camisetas teñidas.

—Pero si tú hablas de los sesenta tanto o más que yo, tonto del culo.

—Pero los odiaba. Joder, Trudy te saca de tus casillas, macho. Empieza a decirte cómo era todo y cómo podría ser ahora, y tú la crees. Me gusta que seas cínico, es más realista. Escúchame bien: la puta esa dirá lo que sea para conseguir lo que quiere. Es más falsa que el Pressing Catch. Está sentada en una ramita, macho, y te está invitando a su lado. Cuando la rama se quiebre, los dos os vais a pegar un culazo de la hostia. Bájate del árbol, Hap.

—Es buena, Leonard.

—En la cama, a lo mejor. Pero de la cabeza está tururú.

—No, te digo que es buena.

—Claro que sí, y los sesenta, ¡guau!, eran la caña.

—Esta vez es distinto.

—Ya, y la próxima vez que me siente en el váter cagaré zurullos perfumados. Buenas noches, gilipollas de los cojones.

Cuando colgó, saqué un vaso del armario, lo llené de agua, me lo bebí y, apoyando el coxis desnudo en la encimera, me quedé pensativo. Pensé, sobre todo, en lo fría que estaba la encimera.

Volví a la habitación a por mi bata y miré a Trudy. La luna brillaba tanto que podía verle la cara. Estaba destapada, tumbada de costado, abrazando la almohada. Vi un hombro suave, la delicada silueta de un pecho y la curva de su cadera. Parecía demasiado inocente para ser la misma persona que estaba en mi cama hace un rato, gritando y gimiendo, cantando luego como un pájaro.

Aunque no lo bastante inocente para no atizar mis sentimientos. Pensé en despertarla, pero decidí que mejor no. La tapé con cuidado, descolgué mi bata del poste de la cama y, tras volver a la cocina para echarme otro vaso de agua, me senté en una silla y miré por la ventana. Las cortinas estaban descorridas y se veía el campo en que Leonard y yo habíamos estado tirando al plato, bañado por la luz de la luna; y, al fondo, una línea de pinos, cuya curiosa silueta recordaba a una cordillera lejana.

Me bebí el vaso de agua mientras me calentaba la cabeza pensando en Trudy, en los sesenta y en lo que había dicho Leonard, que llevaba toda la razón del mundo. La última vez que apareció en mi vida y luego se largó, me pillé una cogorza monumental que avergonzó a los borrachines del centro de rehabilitación religioso que había junto a la carretera, donde Leonard me encontró —tres meses después—. No tenía ni idea de dónde había sacado el dinero para el alcohol, no sabía cuánto había bebido y ni siquiera me acordaba de haber empezado.

Juré que renunciaría —a Trudy, no al alcohol—, pero ahora estaba otra vez en mi casa, en mi cama, y yo le daba vueltas al asunto, pensando en ella, repasando todos los fallos, siendo perfectamente consciente de que había vuelto a engancharme.

Hasta que lo nuestro se torció —para mí era un misterio cuándo y cómo ocurrió—, la relación había sido preciosa, como un sueño. Y había veces en que me parecía estar soñando de verdad.

Nos conocimos en la Universidad de LaBorde. Yo había empezado con retraso por la falta de dinero y el exceso de trabajo arduo en la fundición para costearme los estudios. El de la fundición era un trabajo terrible e infernal: te pasabas el día con casco, viendo saltar chispas y oyendo el fragor de las tuberías de acero.

Pero me daba dinero, y pensé que así podría ir a la universidad, sacarme algún título y encontrar una forma de ganarme la vida con menos sudor que mi viejo; una forma de conseguir mi porción del sueño americano.

Sin embargo, no tardé en zambullirme en ese mundo de conocimiento, y no por los beneficios económicos que pudiese traerme. Los libros y las clases tenían algo que transcendía las páginas de deportes de los periódicos, mis queridas artes marciales y la sección con artículos a color de la revista TV Guide. La vida era más que las cervezas con los colegas, un peluco de oro y una pensión. Corría la década de los sesenta, una época de paz y amor y agitación social —contradicciones que iban de la mano—: los derechos de las mujeres, los derechos civiles y la guerra de Vietnam. Se me metió en la cabeza que podía hacer algo bueno por el mundo, mejorar la vida de los desfavorecidos. Dejé Empresariales y me matriculé en Sociología; iba a mítines contra la guerra, cantaba canciones folk, coleccionaba vinilos de los Beatles y me dejé el pelo largo.

Conocí a Trudy durante un mitin en una iglesia unitaria. La vi al otro lado de la sala, allende un montón de melenas lisas y peinados a lo afro, hablando con una chica con forma de pera que llevaba un vestido de campana con estampado de flores que barría el suelo.

Dios santo, Trudy era preciosa y endiabladamente joven, el prototipo de Eva. Tenía una melena rubia y ondulada que le llegaba por la cintura y unos ojos verdes tan intensos que parecían sobrenaturales. De sus orejas colgaban lentejuelas plateadas y llevaba una blusa blanca corta, una minifalda vaquera azul y unos zuecos de madera. Bajo la blusa destacaba un abdomen moreno y liso y un ombligo maravilloso, y tras la minifalda llegaban unas piernas que el mismísimo Dios habría querido para su mujer.

Me acerqué de inmediato, procurando no correr, y me presenté. Hablamos de esto y de aquello sin cortarnos; casi todo eran naderías idiotas, intercaladas con algún que otro comentario sobre la guerra.

En menos que canta un gallo estábamos saliendo de allí agarrados. Por aquel entonces, ambos vivíamos en residencias y las vigilantes se oponían rabiosamente a que la gente follase, así que la llevé a un aparcamiento que se convertiría en nuestro santuario e hicimos lo que llevábamos queriendo hacer desde que nos echamos el ojo. Hubo tanta química y chispa entre nosotros que me sorprende que no incendiásemos aquella colina cubierta de pinos. Eso sí, se las hicimos pasar canutas a los amortiguadores de mi viejo Chevrolet.

Seguimos así un tiempo, y la cosa fue mejorando y subiendo de temperatura. La noche de mi recuerdo predilecto, cuando llevaba aquella blusa con estampado de cebra, decidimos alquilar un piso e irnos a vivir juntos.

Sumamos nuestros ahorros y encontramos un estudio en la zona chunga de la ciudad, donde pasamos dos meses. La relación iba viento en popa, así que decidimos casarnos. Fue una boda sencilla, con muchísimas flores, invitados descalzos y una pastora más joven que Trudy.

¡Qué tiempos aquellos! Si los echas de menos, y conoces a alguien que los vivió, que se empapó de ellos, y lo pillas de madrugada, después de un par de cervezas, o cuando ha metido a sus hijos en la cama y la televisión está muerta, y le preguntas: «Oye, ¿cómo fueron de verdad los sesenta?», es muy probable que te responda: «Aquello fue mágico» o «Fue especial».

Durante un tiempo, sin duda lo pareció. La paz y el amor eran mucho más que meras palabras; creíamos que todo el mundo podría vivir en un planeta rebosante de respeto mutuo, pelo largo y cooperación. Era como si el cielo se hubiese abierto de par en par y Dios nos enviara un rayo de luz cuyo resplandor obraba lo extraordinario.

Un buen ejemplo fue el episodio del gorrión, la noche después de la boda.

Nos marchamos del estudio y alquilamos una casita a las afueras de la ciudad. Aunque, la verdad sea dicha, como casa dejaba mucho que desear: el techo del salón era bajísimo y las cañerías chirriaban como ratones gigantes.

Trudy encendió la luz del porche trasero para salir a tirar unas pieles de patata y encontró a un gorrión en el suelo del porche. Estaba muy débil, apenas podía sostener la cabeza y era incapaz de volar. Me llamó y le eché un vistazo. Era un polluelo y, a simple vista, no tenía heridas. Parecía enfermo.

Lo cogí un poco a regañadientes, porque alguna vez me habían dicho que cuando los pájaros perciben el olor humano en otro pájaro, lo matan a picotazos, y lo metimos en la casa. Cogí una caja de zapatos vieja, cubrí el fondo con varias hojas de periódico y puse al pájaro encima. Luego, con un cuentagotas, le dimos un poco de caldo de ternera frío.

Ese fue el protocolo de ahí en adelante. Lo primero que hacíamos al despertarnos, y entre clases, era darle al gorrión unas gotas de caldo, limpiar la caja de zapatos y poner periódico nuevo en el fondo. Por las noches nos quedábamos mirándolo, chasqueando la lengua, como padres preocupados por su hijo enfermo.

Por aquel entonces empecé a trabajar a tiempo parcial en un restaurante de LaBorde y volvía a casa con sobras que creía que podrían gustarle. Al principio no las tocaba, pero acabó comiendo de mi mano. Los fideos eran su plato favorito, supongo que por ser lo más parecido a los gusanos que había comido en su vida.

El gorrión recuperó las fuerzas, empezó a volar por la casa y, aunque abriésemos puertas y ventanas, no se marchaba. Le gustaba nuestro hogar, le gustábamos nosotros. Se nos posaba en el hombro o en la palma de la mano. Piaba muchísimo, así que le pusimos Pion. Solo se inquietaba cuando no íbamos de negro. Supongo que se debía a que yo llevaba una camiseta negra y Trudy un vestido negro de estilo campesino la noche en que lo encontramos y lo asociaba.

Estábamos tan emocionados con nuestro gorrión que teñimos toda la ropa de negro. Y si nos comprábamos alguna prenda, siempre era negra, con lo que Pion seguía siendo feliz.

En aquellos años flotaba en el ambiente una química dulce, más densa que las ondas de radio. A nosotros nos parecía particularmente densa a nuestro alrededor; creíamos que sería así para siempre.

Sin embargo, hasta la manzana más hermosa puede tener un gusano.

A principios de 1970, unas semanas después de casarnos, la guerra de Vietnam seguía siendo cruenta. Los porros de hierba, relativamente inocentes, se habían cambiado por muchas pastillas y jeringuillas llenas de mierda. La asombrosa belleza de Woodstock, por cursi que fuera, tuvo que convivir con la descabellada masacre de Kent State.

Nuestro gorrión seguía revoloteando por la casa, pero aquella época mágica había quedado atrás. Nos invadió la profunda y lúgubre certeza de que quizá no hubiese existido siquiera: habíamos pillado al mago metiéndose unas cartas desgastadas en la manga y el resplandor del truco se apagaba por momentos.

Los sesenta estaban muertos. Quizá nunca vivieron.

Empecé a sentirme culpable por esconderme en la universidad, aferrándome a mi permiso por estudios, cuando había tanta gente muriendo en Vietnam. Pedir que reinase la paz y que nos amásemos los unos a los otros no bastaba. Quería hacer algún tipo de declaración contra la guerra, pero no escondido detrás de un permiso militar. Yo era de los que creían que nuestra causa para entrar en Vietnam en un principio era justa, pero se había convertido en una pesadilla política. El Gobierno al que defendíamos, a pesar de proclamar a gritos «Somos una democracia», no daba muestras de ser muy distinto al que estábamos combatiendo. Nuestro papel allí era tan azaroso como el del Holandés Errante. Tomábamos una colina y luego la perdíamos, y mientras tanto los muertos estadounidenses iban acumulándose. En mi opinión, deberíamos haber sabido cortar por lo sano.

Hablé con Trudy largo y tendido, como a ella le gustaba: la mía sería una implicación noble. Al escucharme, los ojos le brillaban como antorchas.

Con su visto bueno, decidí dejar la universidad y permitir que me reclutasen. Cuando tuviera que dar un paso al frente y responder a la llamada a filas, me negaría. Y pondría rumbo a la cárcel. Esa sería mi declaración.

Llegado el momento del sorteo, mi nombre fue uno de los primeros en salir. Me llevé un buen chasco al comprobar que la notificación de reclutamiento no empezaba con un «Enhorabuena», como siempre me habían asegurado.

Fui a Dallas, hice la revisión física y la superé, pero me negué a incorporarme.

El Ejército, hay que reconocerlo, intentó darme salidas. Un oficial incluso me sugirió que buscase refugio en Canadá. Era un militar de carrera y la guerra había impregnado incluso su forma de pensar.

Sin embargo, me negué a huir.

Intentaron convencerme para que me declarase objetor de conciencia, pero también me opuse. Ser objetor significaba que creías que luchar por cualquier cosa, incluso por tu vida, era un error. Y yo no lo veía así. Si se tratase de la Primera o la Segunda Guerra Mundial, me alistaría y aportaría mi granito de arena. Aquellas fueron guerras por una causa justa y se luchaban con un final en mente. Yo era un idealista, no un cobarde.

Así pues, di con mis huesos en Leavenworth. Trudy y varios amigos suyos venían a visitarme de cuando en cuando, y me decían: «¡Aguanta!», y alababan lo valiente que era, y a mí me sentaba bien oírlo. También me escribían cartas muy cucas.

Sin embargo, esas buenas sensaciones no duraron mucho tiempo. Ni me ayudaban a relajarme cuando, por las noches, oía a los otros presos roncar, toser, llorar, tirarse pedos y encularse. Allí había tíos que se habían cargado a sus abuelas a puñetazos y que pensaban que era su deber patriótico matarme por no haberme alistado para liquidar vietcongs. Es probable que, de no haber sido un tipo duro de campo con músculos de fundición, no hubiera salido vivo.

Trudy seguía viniendo a verme, pero sus amigos lo fueron dejando. Siguió escribiéndome, pero los amigos ya no. Me metía recortes de periódico en las cartas para que me enterase de qué se cocía fuera, por qué causas se estaba luchando, qué terreno se ganaba, cuál se perdía.

Luego sus visitas fueron disminuyendo, hasta que dejó de venir. En una de sus últimas cartas me repitió lo valiente que era y me comparó con varios héroes de la contracultura. Me dijo que Pion había muerto y que lo había enterrado en una lata de crema de maíz, detrás de la casa, y también que había conocido a un tal Pete, un tipo importante del movimiento ecologista, y que había algo entre ellos. En su última carta me explicó que lo suyo con Pete iba en serio y no le quedaba más remedio que pedir el divorcio. No tenía nada contra mí. Yo era la persona más valiente que conocía. Estaba firmada como todas las demás: «Te quiero, Trudy».

Cumplí mi condena: dieciocho meses en total. Tenía planeado desde hacía mucho tiempo cómo sería el día en que me liberasen. Me imaginé que saldría en un día soleado y calentito, puño en alto, y que Trudy estaría allí, sexi y hermosa, con un vestido corto que ondearía con el viento y me ofrecería una buena vista de sus piernas largas y morenas. Sonaría música dulce pero triunfal, y ella correría hacia mí con esas piernas resplandecientes y me plantaría un beso que me dejaría tieso. Luego Trudy me metería en un coche y nos alejaríamos de allí.

Sin embargo, el día en que salí hacía frío y chispeaba, y tuve que pedirle a un guardia que llamase a alguien para que me acercara a la estación de autobuses. Después de pagar la gasolina y el autobús, casi me había fundido el dinero que tenía cuando entré y lo que el Estado me había pagado por el monótono trabajo manual que hice en la cárcel. Lo último que me apetecía, huelga decirlo, era levantar el puño.

Volví al este de Texas y descubrí que ya no quería ayudar a los desfavorecidos: yo era uno de ellos. Encontré trabajo en los campos de rosas a las afueras de LaBorde, donde conocí a Leonard. Era un veterano de Vietnam y un cabezota de cuidado. No le gustaba un pelo mi opinión sobre muchos temas, pero tampoco me la recriminaba, y se entretenía discutiendo conmigo. Practicaba artes marciales, boxeo, kempo y aikido, y volvió a despertar mi interés por el tema. Cuando iba al instituto, y hasta que conocí a Trudy, había estado muy metido, pero supongo que lo dejé porque no casaba con mi nueva imagen de paz y amor, o algo por el estilo. La cuestión es que llevaba tiempo sin practicar y me alegré de retomarlo. Mejoré más que nunca y me ayudaba a desfogar algunas de mis frustraciones.

Después de un tiempo, Trudy empezó a aparecer, y cada vez que se iba me dejaba una herida más grande que la anterior. Ella me hacía promesas y yo me hacía ilusiones, y luego me dejaba de buenas a primeras. Siempre encontraba a un tipo importante de tal o cual movimiento, de un grupo en apoyo de los trabajadores de la lechuga, o que se oponía a quienes hacían dinero bateando focas.

Cada vez que me dejaba, le decía a Leonard que no quería verla ni en pintura. Y siempre era mentira. Pero la última vez, tras la cogorza monumental, hasta yo me lo tragué.

Y ahora había regresado.

Estaba dándole vueltas en la cabeza a todo eso cuando Trudy apareció en pelota picada, me pasó los brazos por el cuello, se inclinó y me besó en la oreja. De su cuerpo emanaba el olor a gel de ducha mentolado y el aroma del sexo. Levanté el brazo y le toqué la mano, que tenía apoyada en mi pecho.

—Me he despertado y habías desaparecido —dijo.

—Estaba muerto de sed.

—Y yo estoy cachonda. Ven a la cama.

Me levanté, la abracé y le di un beso. Estaba temblando de frío. Me abrí la bata y la rodeé todo lo que pude, acercándola a mi cuerpo. Sus manos juguetonas pasaron de mis caderas al culo y de ahí a la parte delantera, que agarró con fuerza.

—Eres insaciable —mascullé—. Estas no son formas de tratar a un pobre viejo.

—Tú no te sientes viejo, guaperas.

Volvimos a la cama, pero esa vez no se soltó y no oí la risa que tanto me gustaba. Cuando acabamos, se quedó ahí tumbada y, al cabo de un rato, salió con cuidado de debajo de las mantas, recogió las braguitas y se las puso. Odiaba ese gesto, pues me gustaba la vista. Cubrirse ese precioso vello púbico era tan mezquino como lanzar una toalla mojada a la cara de la Mona Lisa.

—Hace frío —dije—. Vuelve a la cama.

—Hap, no te he contado toda la verdad.

—A ver, tampoco es que suelas hacerlo. De todas formas, no te sientas tan mal esta vez. No has tenido mucho tiempo para mentir.

Se acercó a la ventana y se quedó mirando, dándome la espalda, rodeándose el cuerpo con los brazos. Luego se giró lentamente, tapándose los senos con los brazos cruzados.

—Eso ha sonado un pelín rencoroso.

—Será que estaba empezando a fingir otra vez, pero me has metido en cintura.

—Siempre se nos ha dado genial, ¿eh, Hap? El sexo, digo.

—En su momento fue algo más que sexo.

Recogió mi bata del suelo y se la puso, antes de volver a la cama y sentarse con las piernas cruzadas, mirándome fijamente.

—Hap, necesito que me ayudes.

—Estoy sin blanca. Tendré cincuenta dólares como mucho, nada más. Y cincuenta centavos en calderilla.

—No he venido por dinero.

—Pero siempre vienes por algo, ¿no? Siempre que no sea algo permanente conmigo.

—No quiero discutir. Es que necesito que me ayudes; no se me ocurría otra persona a la que pedírselo.

—A lo mejor a mí sí.

—Quiero que lo hagas tú, porque esta vez sacarás tajada. Esta vez compensará todas las pasadas.

—No hay nada que pueda compensar el pasado.

—Pero esto podría cubrir una buena parte. —Me puso la mano en el hombro—. Hap, amor mío, ¿qué te parece ganar doscientos mil dólares fáciles? Limpios.

3

A primera hora de la mañana, dejé a Trudy durmiendo, monté en mi vieja camioneta Dodge, verde y traqueteante, y fui a ver a Leonard. Tenía una casita cerca de la misma carretera sin asfaltar junto a la que yo vivía, unos ocho kilómetros más adelante.

Aparqué frente a la casa y al salir del coche me recibió el aire frío de la mañana. Intenté abrir la puerta principal, pero estaba cerrada con vueltas. Cogí la llave del escondite bajo el porche y entré.

La chimenea estaba encendida, aunque el fuego parecía a punto de apagarse, y la casa olía a café recién hecho. Siguiendo mi olfato, llegué hasta la cocina, donde encontré la cafetera, y me serví una taza. Llamé a Leonard, pero no respondió.

Comprobé cómo llevaba el bricolaje: estaba arreglando el armario del fregadero, pasto de las termitas. Había una pila de tablones de madera junto al fregadero, un martillo, una bolsa de clavos diminutos y otra de clavos largos para los tablones de la pared. Avanzaba poco a poco, en sus ratos libres, y, como le solía ocurrir con los trabajos manuales, su pericia era extraordinaria. Yo, en cambio, ni siquiera sabría pegar una cinta sin instrucciones, y aun así era capaz de hacerlo al revés.