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Poder. Privilegio. Fiestas. Es un mundo muy pequeño en la cima. Boris Johnson, Michael Gove, David Cameron, George Osborne, Theresa May, Dominic Cummings, Daniel Hannan, Jacob Rees-Mogg: Whitehall está plagado de viejos oxonianos. Han debatido entre ellos en las tutorías, se han enfrentado en las elecciones estudiantiles y han asistido a los mismos bailes y cenas de etiqueta. No son sólo colegas: son compañeros, rivales, amigos. Y, cuando salieron del mundo de los debates estudiantiles para entrar en la escena nacional, llevaron consigo su política universitaria. Trece de los diecisiete primeros ministros británicos de la posguerra estudiaron en la Universidad de Oxford. En Chums, Simon Kuper analiza cómo la atmósfera enrarecida y privilegiada de este estrechísimo grupo de talentos -y las amistades y visiones del mundo que creó- dio forma a la Gran Bretaña moderna. Una mirada condenatoria a la camarilla universitaria convertida en mayoría en la Cámara de los Comunes que abrirá de par en par las puertas de Westminster y cambiará para siempre la forma de ver la democracia del Reino Unido.
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Introducción
Oxocracia
«Los observadores más sagaces de la vida pública británica se habrán fijado en una particular casta de hombres y mujeres de la clase dirigente. Tienen más de cuarenta y son engreídamente exitosos y exitosamente engreídos, y lo más probable es que hayan sido educados en Oxford».
Cherwell, el periódico universitario de Oxford,
24 de febrero de 1989
Pasas las páginas amarillentas de los periódicos universitarios de la década de los ochenta y ahí están: las mismas caras que hoy monopolizan los telediarios británicos. Boris Johnson elegido presidente de la sociedad de debate Oxford Union; un joven Michael Gove sonriendo descaradamente bajo el titular «¿Cinco son multitud? Revolcón entre las sábanas del quinteto de la Union»; y ambos siendo vendidos junto a Simon Stevens, futuro director ejecutivo del NHS,[1] en una subasta de esclavos de la sociedad de debate.[2]
En 1988 llegué a Oxford con dieciocho años para estudiar Historia y Alemán. Por aquel entonces todavía era una universidad muy británica y bastante chapucera, plagada de acoso sexual, diletantismo y jerez. Gove, Johnson, Jeremy Hunt y el mucho menos destacado David Cameron se acababan de graduar, pero desde mi caótica mesa en el periódico universitario Cherwell informé sobre la nueva hornada de futuros políticos. No podías pasar por alto a Jacob Rees-Mogg, el único universitario que se paseaba por el campus con un traje de chaqueta cruzada, ni a Dan Hannan, quien fundó una popular asociación euroescéptica: la Oxford Campaign for an Independent Britain. El Cherwell era un periódico impreciso, gnómico, una pobre imitación del Private Eye también pobremente escrito, en consonancia con el característico estilo de Oxford, con su incesante ironía y sus chistes incomprensibles para cualquier persona ajena a la universidad. No obstante, visto con perspectiva, resulta que no solo estábamos satirizando a fanfarrones adolescentes sin importancia. Aunque no nos diéramos cuenta, estábamos siendo testigos de la construcción del poder en Inglaterra.
Yo no conocí personalmente a ninguno de los futuros dirigentes porque estábamos separados por el gran cisma que era la guerra de clases en Oxford: yo era de clase media y había estudiado en un colegio público en Londres tras pasar muchos años fuera del país, y ellos habían estudiado en los colegios privados más prestigiosos de Inglaterra, típicamente masculinos. Yo no era más que un voyeur que observaba desde fuera. Hoy, en cambio, tengo un pie en cada mundo: al terminar la universidad, me quedé unos años en el Reino Unido y después emigré en 2002 a París, donde resido desde entonces. No obstante, a través de mi columna en el Financial Times, me he convertido en una suerte de miembro de la clase poderosa de Inglaterra.
Los tories de Oxford, sobre todo quienes fueron educados en Eton, no son solo producto de Oxford; se los educa para tomar el poder desde críos. Un profesor de Literatura Clásica de Oxford compara a Johnson con los abominables atenienses de clase alta de los Diálogos de Platón: habían sido ampliamente corrompidos mucho antes de que fueran a estudiar con Sócrates. Cuando hablamos de los tories de Oxford, resulta imposible desenmarañar la superposición de influencias de la casta, el colegio y la universidad.
Pero estudiar en Oxford marca la diferencia, por lo que la universidad ha de ser tenida en cuenta como una variable independiente. Prueba de ello es que es posible contar la historia de los políticos británicos de los últimos veinticinco años sin tener que hacer apenas referencia a ninguna otra universidad. De hecho, pretendo argüir en este libro que si Johnson, Gove, Hannan, Dominic Cummings y Rees-Mogg no hubieran sido admitidos en Oxford con diecisiete años, jamás se habría producido el Brexit.
La mañana tras el referéndum, el 24 de junio de 2016, mientras veía como los líderes de las dos facciones se paseaban por la pantalla de mi televisor —casi todos, excepto Nigel Farage, estudiantes de Oxford de mi generación—, de repente lo entendí: el Brexit y la clase dirigente de la Inglaterra de nuestros días están fundamentados en la universidad que tan bien conocí. Oxford solo admite a unos tres mil estudiantes al año, es decir, menos del 0,5 por ciento de los británicos nacidos en un mismo año,[3] y aun así, el Reino Unido es una oxocracia; lo es desde hace tiempo. Hemos tenido diecisiete primeros ministros desde 1940 hasta la presidencia de Rishi Sunak, y trece de ellos fueron a Oxford. Churchill, James Callaghan y John Major no fueron a la universidad y Gordon Brown vivía en Edimburgo. Desde 2010, ha habido cinco Gobiernos consecutivos con primeros ministros tories educados en Oxford. Así que merece la pena preguntarse: ¿cómo ha sido Oxford capaz de captar a la casta británica? ¿Y con qué consecuencias?
Trataré de responder a estas preguntas teniendo en cuenta que hay muchas versiones de Oxford. Muchos estudiantes de esta universidad ni siquiera consideran meterse en política, pero, incluso entre los más interesados, hay una gran diferencia entre el Oxford de los estudiantes de colegio público, como Harold Wilson, Margaret Thatcher o Liz Truss, y el Oxford de los educados en Eton, como Harold Macmillan, Cameron o Johnson.
Y hay diferencias importantes pero también similitudes entre, por ejemplo, Macmillan y Johnson. Siempre habrá un tory de colegio privado en cada generación, pero cada año será diferente al del anterior. Mi objetivo es entender en qué aspectos ha cambiado la oxocracia a lo largo del tiempo y en qué aspectos sigue igual.
Aprovecho para explicar qué es y qué no es este libro. Este libro no es una venganza personal contra Oxford; fui muy feliz en la universidad y aprendí mucho en ella. Al haberme criado fuera de Inglaterra, me fascinaba el cotorreo de mis compañeros británicos que habían sido entrenados desde la infancia para hablar con fluidez. Además, no me agobiaban las imposiciones de clase que muchos de mis compañeros padecían. Paseé por el Deer Park del Magdalen, me enamoré perdidamente e hice amistades para toda la vida echando pésimas partidas de críquet o diseccionando canciones indie a las cinco de la mañana.
Este libro tampoco va de enumeraros a toda la gente famosa que he conocido a lo largo de mi vida ni de contar historietas entrañables sobre bromas universitarias para fingir ser parte de un exclusivo club de poder. No pretendo volver a litigar con respecto al referéndum del Brexit ni analizar las miles de razones por las que diecisiete millones de personas votaron abandonar la Unión Europea. No es mi intención argüir que todos aquellos votantes fueron manipulados por los tories de Oxford o por Farage, un personaje clave en este proceso que apenas aparece en este libro. Los tories pro-Brexit no son responsables de la cultura eurófoba en el Reino Unido. Desde 2016 se han llevado a cabo muchos análisis académicos sobre los motivos de aquellos que querían dejar la Unión Europea. Este libro no va a entrar en ese debate. Los votantes son los receptores de la política, pero no son la única fuerza de la sociedad. Por eso, este libro se centrará en los que proveen la política: los políticos. Y, por tanto, también en las opciones que estos ofrecen al electorado.
Tampoco pretendo que sea una narración afectada sobre el intercambio de ocurrencias entre profesores ya fallecidos de Oxford. No es un libro sobre cómo ha cambiado Oxford ni es una biografía sobre Boris Johnson.
Sí es, en cambio, un intento de retratar a un grupo de tories pro-Brexit —mayoritariamente hombres— procedentes de la casta dominante que ascendieron al poder por la vía tradicional: Oxford. Esta casta es solo una pequeña parte de Oxford, pero es importante retratarla porque es omnipresente en la historia política de la Inglaterra contemporánea.
Estos hombres tienen unas creencias atípicas: la mayor parte de los graduados en Oxford votaron quedarse en la Unión Europea en 2016. Los tories pro-Brexit eran una minoría incluso entre los políticos de Oxford en la década de los ochenta. Sus compañeros de clase incluían a buena parte de la camarilla que rodeó a Cameron durante sus años como primer ministro y apoyó su campaña para permanecer en la Unión Europea, así como a algunos futuros líderes del Partido Laborista. Johnson y el graduado en Derecho Keir Starmer acabaron la carrera en Oxford durante el verano de 1987; Cameron se graduó un año después.
Buena parte de la élite de los medios de comunicación también estaba allí, en Oxford. En el curso 1988-1989, dos estudiantes de tercer año llamadas Emma Tucker y Zanny Minton Beddoes compartieron un piso lóbrego junto al canal, cerca de la estación de tren. En 2023, Tucker dirigía el Wall Street Journal y Minton Beddoes elEconomist. Los editores del Guardian, el Telegraph y el Daily Mail en 2022 también pasaron por Oxford en los años ochenta. Nick Robinson, presentador del programa de la BBC Today, fue una estrella de la Unionen la época de Johnson.
Pero el grupo que protagoniza esta historia es el de los tories pro-Brexit, sencillamente porque ganaron. Se salieron con la suya: sacaron adelante el Brexit y refundaron el Reino Unido. Entender en qué consiste el poder en Inglaterra hoy por hoy requiere viajar atrás en el tiempo a las calles de Oxford entre los años 1983 y 1998.
[1]Sistema nacional de salud británico. (N. de la T.).
[2]«Union slave auction», Cherwell, 12 de junio de 1987.
[3]Sandel, Michael, The Tyranny of Merit: What's Become of the Common Good?, Londres: Allen Lane, 2020, p. 100 [trad. cast.: La tiranía del mérito, Barcelona: Debolsillo, 2023, trad. de Albino Santos Mosquera].
01
Una suerte de élite
«Oxford es, sin duda, una de las ciudades del mundo en las que menos se trabaja».
Javier Marías, Todas las almas (1992)
Hace unos años, no bastaba con lograr unos buenos resultados en los A-levels.[4] Para entrar en Oxford había que despuntar en un ritual especialmente británico: la entrevista de acceso. En 1987, cuando yo mismo sobreviví a esa entrevista, la cosa iba así… Tienes diecisiete años. Te pones un traje nuevo. Te desplazas hasta Oxford y, tras mucho buscar, por fin encuentras el despacho del profesor que andas buscando. Igual te sirven un jerez, que es la primera vez que lo pruebas. Y entonces empiezas a hablar.
Los profesores, despatarrados en sus canapés, lanzan pregunta tras pregunta sobre cualquier tema que les quite el sueño. Sé de un estudiante al que le preguntaron: «¿No cree usted que la plaza de San Marcos de Venecia parece una sucursal del Barclay’s Bank?». La entrevista de acceso está diseñada con el fin de examinar la habilidad del estudiante para hablar sobre cualquier tema sin necesidad de estar informado, es decir, hablar por hablar. Muchos profesores de la época buscaban, como ellos mismos decían, «hombres del Renacimiento» (o incluso mujeres) a los que fuera entretenido dar clase. Tenían total libertad para aplicar sus criterios personales; por ejemplo, había un profesor que favorecía descaradamente a los estudiantes rubios, altos y de la public school.[5] Si tenías buenas notas y se te daba bien hablar y escribir, te otorgaban el billete de entrada a la clase dominante de Inglaterra.
Entrar en Oxford no era particularmente difícil para los hombres blancos de clase media-alta o clase alta; una categoría que, por aquel entonces, constituía el grueso de los estudiantes aceptados. Las universidades para hombres empezaron a aceptar mujeres tan solo a partir de 1974, para la desgracia de muchos profesores,[6] y a mediados de los años ochenta las mujeres solo constituían un 35 por ciento de los estudiantes.[7] (Como veréis, este libro está protagonizado por hombres, pero es solo porque son los que dominan la casta que trato de describir).
No había mucha competición por las plazas que ofertaba Oxford entre el resto de los estudiantes del país. En 1980, tan solo el 13 por ciento de los jóvenes británicos tenían acceso a estudios superiores.[8] Y en 1981, Oxford admitía a dos de cada cinco aspirantes.[9]
El Michael Gove de veinte años lo resumió bastante bien en 1988, cuando era presidente de la Oxford Union: «Oxford tan solo ha cambiado en cuanto a que ahora también admite a las hijas, además de a los hijos, de la clase media adinerada»; lo de la «clase media adinerada» era un eufemismo. Además, Gove se lamentaba de que Oxford no era «elitista de verdad» porque no gozaba de excelencia académica.
Si viéramos Oxford como un lugar donde educar a futuros líderes, en lugar del sitio al que los líderes presentes mandan a rematar a sus hijos, tendríamos una sociedad bastante más saludable.[10]
En la década de los ochenta, Oxbridge[11] todavía permitía lo que se conoce como el séptimo bimestre: la costumbre de que, una vez aprobados los A-levels, los alumnos de las escuelas privadas pasaran dos meses más en el instituto con el fin de prepararse para acceder a Oxbridge,[12] lo que incluía prácticas para la entrevista. Cuando pregunté en mi comprehensive[13] me dijeron que nosotros no teníamos de eso. El director de sixth form[14] me contestó que, de todas formas, no le hacía gracia que fuera a Oxford porque no creía en las universidades que discriminaban al alumnado en función de sus aptitudes académicas.
Mi instituto había pasado de grammar[15]a comprehensive a principios de la década de los ochenta. Los colegios públicos que discriminaban por rendimiento académico eran los principales competidores de las public schools, y su cierre por parte de Gobiernos conservadores y laboristas (por buenas y malas razones) había descompensado la balanza todavía más a favor de la clase alta.[16] En el curso 1991-1992, mi último año en Oxford, el 49 por ciento de los estudiantes admitidos venían de colegios privados ingleses, frente al 43 por ciento que venían de institutos públicos. Los estudiantes internacionales ayudaban a compensar la media.[17]
Si habías estudiado en una public school y te rechazaban en la entrevista de acceso para entrar en Oxford, no tenías por qué desesperar: no estaba todo perdido. Parte del trabajo de los colegios privados era saber a qué profesores tenían que llamar para hablar en tu favor. «Con una o dos llamaditas enseguida hacen hueco a los rezagados», comentó el director de Westminster, John Rae, en los años setenta.[18] Y también puede que alguna que otra de esas llamaditas fuera acompañada de una generosa cena.[19] Una llamada a tiempo también te garantizaba plaza en el colegio universitariode tu gusto: si quedaba alguna plaza vacante una vez anunciados los resultados de los A-levels, esta era la mejor manera de llenarla.
El futuro periodista Toby Young, rechazado en Brasenose College tras no conseguir las dos B y la C[20] que le pedían en los A-levels, tuvo la suerte de tener un padre bien posicionado que le hizo una llamada al encargado de admisiones de la universidad.[21] Con todo, Young es un hombre inteligente y no sería justo que se lo tachara de rico indigno y desagradecido. Pero no es menos cierto que si entró en Oxford fue gracias a que su padre es Michael Young, el barón Young de Dartington, autor del manifiesto laborista de 1945, fundador de la Open University y la persona que acuñó el término meritocracia.
Los pocos estudiantes ajenos a los privilegios de la riqueza que se atrevían a postularse para entrar en Oxford enseguida se daban cuenta de que estaban fuera de lugar. Al hijo de un cartero le daba tanto miedo conocer a gente nueva en los días previos a su entrevista de acceso que, en sus propias palabras: «Me pasaba el día en mi habitación, comiendo Maltesers en calzoncillos». Paradójicamente, ese chico acabó siendo profesor de Oxford.
Cuenta otro profesor de Oxford que, durante la década de los noventa, entrevistó a muchos estudiantes de colegios públicos que se sentaban al filo de la silla, aterrorizados. Al final, se acostumbró a decir: «No tiene por qué estar nervioso. Relájese, por favor», tras lo cual el alumno se apoyaba en el respaldo de la silla durante dos segundos. Por el contrario, un estudiante al que entrevistó, hijo y nieto de hombres de Oxford que portaba además el apellido de un antiguo primer ministro, se recostó en la silla «como si fuera el dueño del lugar». Este antiguo profesor asegura haber aceptado a una gran mayoría de estudiantes de colegio privado a lo largo de los años («Era bastante deprimente, la verdad») sencillamente porque no se presentaban muchos estudiantes de colegios públicos.
Fiona Hill, hija de un minero educada en un comprehensive en la ciudad de Bishop Auckland, en el noreste del país, suspendió el examen de acceso a Oxford; algo lógico, por otra parte, ya que no se lo había preparado. La pregunta sobre la teoría de Schopenhauer la dejó de una pieza, dado que ni siquiera sabía quién era Schopenhauer. Hertford, el colegio universitariode Oxford más propenso a admitir a estudiantes de colegios públicos, decidió entrevistarla de todos modos para la prueba de acceso. En 1983, Hill se presentó en la entrevista vestida de forma inapropiada con un conjunto que le había cosido su madre. Mientras esperaba para entrar, trató de entablar conversación con otra estudiante, quien desconcertada por su acento le respondió: «Lo siento, pero no he entendido nada de lo que acabas de decir». Cuando Hill se levantó para entrar en la entrevista, otra chica le puso la zancadilla (puede que accidentalmente) y la pobre se estampó contra el marco de la puerta y tuvo que empezar la entrevista sangrando por la nariz. El apacible profesor que la entrevistó le recomendó solicitar plaza en St. Andrews. Acabó yendo a esa universidad.[22]
Echando la vista atrás, Hill compara su experiencia en Oxford con «una escena de Billy Elliot. La gente se burlaba de mí por cómo hablaba y cómo vestía. Fue la experiencia más embarazosa y desagradable de toda mi vida». Esto lo dijo en una charla informal en un evento para miembros del periódico Guardian en la que fue identificada sencillamente como «Fiona Hill, 50».[23] Para entonces ya se había mudado a Estados Unidos, donde nadie sabía identificar su acento del noreste de Inglaterra y donde se convirtió en una académica experta en Rusia, una funcionaria de rango superior en la Casa Blanca y, más adelante, en una testigo estrella en el primer juicio político contra Donald Trump. Inglaterra no supo ver su potencial.
Tanto los detractores como los defensores de Oxford siempre recurren a la misma palabra: elitista. Eso sí, cada uno la usa con un significado diferente. Para los detractores, el término elitista hace referencia a la élite hereditaria; para los defensores, a la élite meritocrática. Y, a decir verdad, casi todo el que entra en Oxford es una mezcla de privilegio y mérito en proporciones variables.
Esto es así hasta para los etonianos.[24] El objetivo de Eton no es solo producir hornadas de caballeros adinerados, sino también engendrar a la clase dominante del país. En la década de los años veinte, un etonianocomo Alec Douglas-Home tenía garantizado el acceso a Oxford casi como derecho de nacimiento. Los tipos como él podían hacer la carrera en Oxford, conseguir una licenciatura de tercera clase[25] y, aun así, acabar siendo primeros ministros de Inglaterra; en el caso de Douglas-Home, el tercer etoniano consecutivo en el cargo.[26] Entre 1900 y 1979, casi un cuarto de todos los ministros había pasado por Eton.[27]
Ahora bien, cuando las reglas cambiaron y la sociedad empezó a demandar que la clase dirigente estuviera compuesta por empollones meritocráticos, Eton empezó a producir empollones meritocráticos. En la versión actualizada de su Anatomy of Britain, de 1982, Anthony Sampson decía que, aunque antes los etonianos estaban considerados como unos estudiantes «seguros de sí mismos, estúpidos y desconectados de la realidad», en la década de los ochenta pasaron a ser vistos como alumnos «seguros de sí mismos, inteligentes y aún desconectados de la realidad». Andrew Adonis explica que Eton pasó de ser «un comprehensive para la aristocracia a un grammar oligárquico», pero con «la misma clase de chavales».[28] Los privilegios eran los mismos. Aun así, con la llegada de Thatcher al poder muchos lograron convencerse de que estaban donde estaban gracias y solo gracias al mérito.
En el Oxford de la década de los ochenta el culto al trabajo estaba mal visto. La apuesta por la vagancia venía de lejos. Decía Graham Greene en los últimos años de su vida: «Durante casi un bimestre me acostaba borracho y me ponía a beber nada más levantarme… Solo tenía que estar sobrio una vez a la semana para leerle un trabajo a mi tutor».[29] En una visita a la universidad en 1959, Stephen Hawking dijo haberse encontrado con:
[…] una mala actitud generalizada […] aversa al trabajo duro. O eras brillante sin esforzarte o tenías que aceptar tus limitaciones y conformarte con una licenciatura de cuarta clase. Esforzarse para sacar mejores notas estaba mal visto y te convertía en un auténtico grey man,[30] el peor epíteto en el vocabulario de Oxford.[31]
En una de sus publicaciones de los años setenta, Jan Morris alaba el fetiche por excelencia de Oxford: «la superioridad espontánea». «Las antiguas universidades para mujeres se enorgullecen de su alto porcentaje de licenciaturas de primera clase, pero su obsesión con la inteligencia, el esfuerzo y los resultados académicos no casa con el carácter de Oxford». En palabras de Morris: «Los nuevos estándares de Oxford, que tan bien representan las mujeres […] premian la mediocridad de primera clase por encima del genio ocioso».[32]
Ross McInnes, un francés con residencia en Australia que llegó a Oxford en la década de los setenta desde un liceo parisino y que más adelante pasaría a ser el presidente de la compañía aeroespacial francesa Safran, explica: «Lo que más me sorprendió de Oxford fue la facilidad con la que se compatibiliza la vida académica, la social y la política. En Francia es muy diferente; si estudias en una grand école no haces sino trabajar, porque tu rendimiento académico determina el resto de tu carrera».
En Gran Bretaña ir a la universidad supone vivir en una residencia de estudiantes sin supervisión desde los dieciocho años. De ahí que el objetivo principal de la mayoría de los alumnos sea pasárselo bien y entablar amistades que les duren toda la vida y que hagan las veces de futuros contactos laborales. La página de Boris Johnson en el anuario de 1983, su último año de universidad, cuenta con una fotografía de sí mismo en la que aparece con dos bufandas y una ametralladora sobre una inscripción en la que promete anotarse «más tiros en su falo falocrático».[33]
A sabiendas de que estudiar en Oxford es un logro imborrable en el currículum, los estudiantes disponen de tres años para disfrutar de tan mágico lugar. La mayoría de mis compañeros dedicaban sus esfuerzos a madurar, hacer amigos, beber cerveza, jugar partidos y encontrar el amor. Una encuesta de mi época reveló que el estudiante medio de Oxford solo estudiaba veinte horas a la semana por bimestre, es decir, solo veinticuatro semanas al año. Y a los estudiantes de Bellas Artes les bastaba con cuatro horas de estudio a la semana, escribió Allegra Mostyn-Owen, la novia universitaria de Johnson y su primera mujer; aunque seguro que exageraba.[34]
La estudiante estadounidense Rosa Ehrenreich llegó a Oxford tras graduarse en Harvard en 1991. Más adelante escribiría: «Aquella universidad era tan antintelectual, tan machista y tan alcohólica que los mejores y más interesantes alumnos se recluían en sus habitaciones o se veían obligados a adoptar algún mecanismo de autodefensa, como censurar lo que pensaban sobre la universidad o fingir ser tan patanes como sus compañeros».[35] Oxford y Cambridge, señalaba Ehrenreich, tenían pocos incentivos para elevar los estándares académicos porque gozaban de un monopolio casi total de los estudiantes británicos mejor cualificados.[36]
Desde luego, la clientela de Oxford no era especialmente exigente. Los estudiantes británicos de la década de los ochenta estudiaban gratis y, al entrar en Oxford, tenían garantizada la membresía in aeternum en la clase dirigente, independientemente de cuánto aprendieran en la universidad. Todo el que estudia en Oxford se pasa el resto de su vida perpetuando la buena reputación de la universidad. A fin de cuentas, ¿por qué iban a lanzarse piedras contra su propio tejado? El estadounidense Frank Luntz, consultor político republicano, no disfrutó precisamente de su estancia como estudiante de doctorado en Oxford en la década de los ochenta, pero explica: «Cuando me licencié y empecé a quejarme de mi experiencia, mis compañeros de Oxford me espetaron: “Cierra el pico. Este lugar es mágico y te va a abrir muchas puertas, así que ni se te ocurra criticarlo”».
Podías esforzarte si querías. De hecho, muchos estudiantes lo hacían, hasta el punto de obsesionarse con sus estudios. Pero durante los años ochenta y noventa esforzarse no era obligatorio. Había clasicistas que aprovechaban los cuatro años de carrera en Oxford para leerse toda la obra de Homero y Virgilio; pero también había muchos otros que elegían no hacerlo.
Los estudiantes de Bellas Artes de los años ochenta apenas iban a clase. Por aquel entonces, ir a clase era un entretenimiento más, como ir al cine, así que tan solo los profesores más admirados impartían clase ante un auditorio lleno. La carga de trabajo del estudiante medio era de una o dos clases a la semana, para las cuales había que escribir un ensayo cortito sin notas a pie de página. Una de las tradiciones más populares de Oxford era la «crisis del ensayo»: pasarte toda la noche trabajando con ayuda de litros de café o pastillas de speed y, al día siguiente, soltar lo escrito entre temblores para después ir a recuperarte al bar de la universidad.
No hacía falta elaborar una argumentación propia, bastaba con leerse fragmentos de algunos libros o, por lo menos, frases de un par de libros (o si andabas falto de tiempo, unas líneas de un libro) y después construir una argumentación audaz y contradictoria que arguyera que todo lo dicho hasta el momento sobre el tema en cuestión estaba mal.
Los exámenes finales consistían en múltiples ensayos que se habían de redactar en tres horas, con todos los alumnos vestidos con un uniforme oscuro y formal conocido como el subfusc. Hombres ataviados con pajaritas y mujeres en minifaldas negras como camareras de un evento formal —la mayoría hasta arriba de sedantes— desfilaban hacia los edificios universitarios bajo la estricta vigilancia de los subfusc checkers, que se aseguraban de que los estudiantes cumplieran con los estrictos códigos de vestimenta.
Los ensayos provocadores eran cosa de hombres. Los buenos escritores que se sacaban trabajos enteros de la manga y que eran capaces de defender argumentos en los que no creían solían tener mejores notas que los académicos serios que se habían leído todos los textos del curso y se interesaban por la complejidad de los matices. El estilo ensayístico que aprendí en Oxford resultó ser una excelente preparación para mi carrera como columnista en un periódico. Basta con leer el Economist, una suerte de recopilación semanal de provocadores ensayos cortos, para ver que no estoy solo. Para mi consternación, me veo reflejado en los tories de Oxford: allí también aprendí cómo ganarme la vida a base de escribir y hablar desde la ignorancia.
Normalmente, los científicos y los ingenieros estudiaban bastante más; al fin y al cabo, tenían sesiones prácticas en el laboratorio y clases teóricas obligatorias. Todo sea dicho, eran una minoría: aproximadamente dos tercios de los estudiantes de Oxford a principios de los ochenta optaban por las carreras de humanidades.[37]
Con un poco de suerte, las tutorías podían funcionar de maravilla: una hora a solas con un brillante pensador cuyo único objetivo era ejercitar tu mente con preguntas socráticas. Un tutor de Literatura Clásica de Oxford me contó que él consideraba que su trabajo era liberar a los estudiantes de la «camisa de fuerza» de la familia y el colegio que les había formateado la mente, para así ayudarlos a pensar por sí mismos. Sí, a veces las tutorías eran así. Todavía recuerdo aquella tutoría en la que me disponía a divagar alegremente sobre Luis XIV y su nuevo impuesto al pueblo francés en el siglo XVII cuando, de la nada, el tutor me preguntó: «¿Y cómo crees que lo hizo?». De repente, me di cuenta de la dificultad de gobernar un territorio. Seguramente, el rey habría enviado mensajeros a caballo, y los mandamases locales habrían ignorado su edicto, si es que les había llegado, o lo habrían ejecutado solo parcialmente.
Un estudiante inteligente y hacendoso podía sacarle mucho partido a Oxford. Un tutor de Ed Balls, el futuro político laborista, dijo sobre él: «Entendía el contenido de las asignaturas, pero iba más allá y pensaba en cómo podría convertirlas en leyes. A veces, después de una tutoría, uno sentía que Balls le había absorbido todas las ideas. No solo quería saber sobre esta teoría o aquella, también quería saber qué pensábamos nosotros, los profesores, sobre esas teorías y cómo se podrían llevar a la práctica».[38]
Robin Lane Fox, tutor de Dominic Cummings para la asignatura de Historia Antigua, lo recuerda como un estudiante trabajador y brillante fascinado por los grandes mandamases de la historia, desde Alejandro Magno hasta Lenin. «Se licenció con un grado de primera clase en mis dos asignaturas», asegura Lane Fox, que añade que Cummings estaba «un curso por delante intelectualmente y en rendimientos académicos» que Johnson. Cummings no dedicó sus años en Oxford a pulir su retórica. «No soy elocuente», ha dicho en alguna ocasión; una clara pulla a sus rivales políticos que se recrean en debates sin sentido.[39]
Pero, académicamente hablando, la mayoría sacamos bastante menos provecho de Oxford. Cuando releía mis trabajos para prepararme los exámenes finales, me parecían tan patéticos que me dabanganas de escribir a mis profesores para disculparme. A menudo, las tutorías funcionaban así: con dieciocho años, una resaca tremenda y distraído con cosas menos importantes, te plantabas delante de tu tutor y le leías el trabajo, lamentable pero bien escrito, que habías terminado a las cinco de la mañana. El tutor te señalaba las lagunas de conocimiento y tú te pasabas una hora intentando obviarlas.
Una vez, un tutor me señaló un fallo de razonamiento en uno de mis trabajos citando al pensador francés Roland Barthes y su teoría que dice que la realidad no es más que un constructo. Yo le contesté: «Barthes pensaba que la realidad era un constructo, pero lo atropelló un camión de la lavandería», que era lo poco que sabía de él. En aquel momento me pareció un chiste buenísimo. «Cierto», respondió el tutor, y dejó que continuara con mi exposición. El tutor en cuestión era miembro de la junta de gobierno de otro colegio universitarioen Oxford y le habían endosado aquella tutoría. Mi educación no era su prioridad, y tampoco la mía.
En Oxford, el escaqueo en las tutorías era un arte como otro cualquiera. De hecho, el Cherwell llegó a nombrar a Simon Stevens (que pasaría a dirigir el NHS entre 2013 y 2021) como «el mejor improvisador de todo Oxford»: «Recientemente, Simes le leyó a su tutor casi la mitad de su trabajo antes de que su compañero revelase que estaba “leyendo” de una hoja en blanco».[40]
Huelga decir que la vasta mayoría de las veces los tutores sabían lo que nos traíamos entre manos. Pero como me dijo una vez un profesor: «Es evidente cuando un alumno no se ha preparado la tutoría, la cuestión es si nos importa. Al fin y al cabo, los tutores hemos visto a tantos estudiantes como vosotros… Hay una gran mayoría de alumnos mediocres que no merece la pena recordar».
Muchos tutores consideraban que si un estudiante quería malgastar sus tres años de universidad bebiendo cerveza, no era de su incumbencia. Tenían cosas mejores que hacer. Los tutores más jóvenes estaban volcados en sus investigaciones. Y los más experimentados del claustro, muchos de los cuales habían accedido al puesto pese a su manifiesta falta de méritos, no tenían doctorados, pero sí la posibilidad de jubilarse sin haber publicado ni un solo artículo académico en todos sus años de carrera, que se los habían pasado bebiendo jerez. En la década de los ochenta, el alcohol, servido gratis y en abundancia en el comedor de profesores, era una institución más para el claustro de Oxbridge. Margaret Grieco, del Instituto de Estudios del Transporte, asegura que cuando su marido empezó a dar clase en Cambridge, en cuestión de unos meses, pasó de ser «muy moderado con el consumo de alcohol» a pasarse el día en un continuo estado de ebriedad.[41]
En resumen, a muchos de los tutores de Oxford de la década de los ochenta les daba exactamente igual si los alumnos se habían preparado las presentaciones o si hablaban por hablar. De todos modos, en todos estos años de carrera me ha quedado claro que aprender a hablar desde la ignorancia es una excelente preparación para la vida profesional; bastante más útil que…, qué sé yo, aprender sobre Roland Barthes, por ejemplo. En mi época, un estudiante podía salir de Oxford transformado y mejorado por la mejor ratio entre profesorado y alumnado del mundo o podía terminar la carrera sin haber aprendido nada salvo cómo marear la perdiz de manera convincente. Hasta Roy Jenkins, el canciller de la universidad desde 1987 hasta 2003, tuvo que admitir que a veces Oxford podía llegar a ser una universidad «frívola y superficial».[42]
Kalypso Nicolaïdis, catedrática de Relaciones Internacionales en Oxford, en la actualidad en excedencia en el Instituto Universitario Europeo en Florencia, dice:
Si un estudiante es capaz de producir dos trabajos bien escritos y argumentados a la semana, puede salir airoso pese a no saber mucho sobre el tema en cuestión. Puede que suene superficial, pero saber comunicarse es muy útil. Hay que saber ganarse a la gente, sobre todo si quieres estar en política. Oxford lo sabe y lo premia.
Pero, añade:
[…] Oxford no va de eso. ¿Por qué querría ser catedrática de una universidad así? Si nos preguntaran a los facultativos contestaríamos que estamos comprometidos con nuestro trabajo y que nuestro objetivo es transmitir al alumnado un conocimiento lo más profundo posible sobre nuestras asignaturas. Si tú como estudiante no quieres aprovecharte de ello, eso ya es cosa tuya.
Como las tutorías eran individuales, los profesores gozaban de gran privacidad, sobre todo aquellos que las organizaban en las habitaciones del colegio universitariodonde vivían. Había un tutor muy famoso conocido por desnudarse delante de los estudiantes, y también por haber intentado reclutar a alguno para los servicios de inteligencia. Como muchos otros problemas en el Oxford de los ochenta, las autoridades se lo tomaban a cachondeo. En cambio, otro profesor se pasó tanto acosando a sus alumnas que, al final, a la universidad no le quedó más remedio que prohibirle impartir tutorías a mujeres.
La corrección política no estaba en boga por aquel entonces. En 1985, la mayoría de las universidades tenía una o ninguna mujer dentro de la junta de gobierno de los colegios universitarios.[43] Una coetánea que estudió Filosofía, Política y Economía (PPE, por sus siglas en inglés) me contó por correo: «No estudiamos ni a una sola filósofa del siglo XX; es más, no había ni rastro de una sola mujer en los textos elegidos, ni entre el profesorado de la universidad, ¡ni siquiera mencionada a lo largo de los tres años del grado de Humanidades!». Todavía recuerda a un tutor que se lamentaba de que ella y su compañera de tutoría no fueran unos chicarrones. «Yo creo que lo hacían para sacarnos de nuestras casillas e intimidarnos. Y, a decir verdad, lo conseguían», me confesó.
En la década de los ochenta, las universidades todavía podían parecer «clubes de hombres con alas femeninas».[44] En mi época, unos estudiantes que habían agredido sexualmente a una mujer en el patio central de su colegio universitario acabaron siendo suspendidos… durante un bimestre. En las reuniones de la sala común, cuando una mujer intentaba hablar, lo normal era que los hombres vocearan: «¿Por qué no te sacas las tetas para que las veamos todos!». Y a un estudiante sij le gritaron en la universidad (sin consecuencia alguna, por cierto): «¡Anda, pero si ahora dejan entrar a los cabezatoallas!». La homofobia se daba por hecho. Cualquier queja sobre estas tradiciones era tratada como demostración de una manifiesta falta de sentido del humor.
[4]Una serie de exámenes finales de diversas asignaturas que han de aprobar los alumnos del sistema educativo británico en el Year 13 (año equivalente a segundo de bachillerato) para así poder entrar en la universidad. (N. de la T.).
[5]Los colegios privados más elitistas de toda Inglaterra; habitualmente internados exclusivamente masculinos. (N. de la T.).
[6]Sampson, Anthony, The Changing Anatomy of Britain, Londres: Coronet Books, 1982, p. 165.
[7]Hitch, Susan, «Women», The Oxford Myth, ed. de Rachel Johnson, Londres: Weidenfeld & Nicholson, 1988, p. 88.
[8]Greenaway, David y Michelle Haynes, «Funding higher education in the UK: The role of fees and loans», Economic Journal, 13 de febrero de 2003.
[9]Sampson, The Changing Anatomy of Britain, p. 164.
[10]Gove, Michael, «The President's Address», Debate, Hilary term, 1988.
[11]Sobrenombre con el que se designa conjuntamente a las universidades de Oxford y Cambridge. (N. de la T.).
[12]Ellis, Walter, The Oxbridge Conspiracy, Londres: Penguin, 1995, pp. 150 y 153.
[13]Instituto público que no discrimina a sus estudiantes por sus rendimientos académicos. (N. de la T.).
[14]Los últimos dos años (opcionales) de secundaria. (N. de la T.).
[15]Instituto público que determina la entrada de sus estudiantes según sus rendimientos académicos. (N. de la T.).
[16]Baker, Mike, «Grammar schools — why all the fuss?», BBC News, 2 de junio de 2007.
[17]Ellis, The Oxbridge Conspiracy, p. 18.
[18]Green, Francis y David Kynaston, Engines of Privilege: Britain's Private School Problem, Londres: Bloomsbury, 2019, p. 87.
[19]Verkaik, Robert, Posh Boys: How the English Public Schools Run Britain, Londres: Oneworld, 2018, p. 302.
[20]Sistema de calificación no numérico empleado en el Reino Unido para los A-levels. Los estudiantes son calificados en una escala que va de la A* (la nota más alta) a la E (la más baja). (N. de la T.).
[21]Booth, Robert, «Toby Young: social-media self-obsessive still battling with father's shadow», Guardian, 5 de enero de 2018.
[22]Hill, Fiona, There Is Nothing For You Here: Finding Opportunity in the Twenty-First Century, Boston y Nueva York: Mariner Books, 2021, pp. 65-66.
[23]Kuper, Simon, «Fiona Hill, Boris Johnson and the tyranny of the plummy British accent». Financial Times, 28 de noviembre de 2019.
[24]Persona que ha sido educada en Eton. (N. de la T.).
[25]En Inglaterra, el objetivo en las licenciaturas ordinarias es aprobar y conseguir un título para la asignatura. No se puede suspender. Si no se aprueba esa asignatura, simplemente no se consigue el título. En función de las calificaciones se puede obtener un título de primera clase (el más alto), de segunda clase superior, de segunda clase y de tercera clase (el más bajo). Hasta la década de los setenta, Oxford también ofrecía títulos de cuarta clase. (N. de la T.).
[26]Dutton, David, Douglas-Home, Londres: Haus Publishing, 2006, p. 4.
[27]Verkaik, Posh Boys, p. 134.
[28]Adonis, Andrew, «Importance of being Eton», Prospect, 26 de mayo de 2021.
[29]Citado en Shakespeare, Sebastian, «Eccentrics», The Oxford Myth, ed. de Johnson, p. 52.
[30]Un hombre serio y aburrido: gris. (N. de la T.).
[31]Ellis, The Oxbridge Conspiracy, p. 75.
[32]Morris, Oxford, pp. 102-103.
[33]Gimson, Andrew, Boris: The Rise of Boris Johnson, Londres: Simon & Schuster, 2006, p. 55.
[34]Mostyn-Owen, Allegra, «Drugs», The Oxford Myth, ed. de Rachel Johnson, Londres: Weidenfeld & Nicholson, p. 126.
[35]Ehrenreich, Rosa, A Garden of Paper Flowers: An American at Oxford, Londres: Picador, 1994, p. 8.
[36]Ibid., p. 140.
[37]Sampson, The Changing Anatomy of Britain, pp. 165-167.
[38]Elliott, Francis y Tom Baldwin, «Cameron, Balls and the Oxford crew that is now shaping politics», The Times, 23 de enero de 2010.
[39]Collini, Stefan, «Inside the mind of Dominic Cummings», Guardian, 6 de febrero de 2020.
[40]Evelyn, John, «Election Special», Cherwell, 6 de junio de 1986.
[41]Blease, Stephen, «Another little drink…», Cherwell, 22 de noviembre de 1991.
[42]Ellis, The Oxford Conspiracy, p. 62.
[43]Hitch, Susan, «Women», The Oxford Myth, ed. de Johnson, p. 97.
[44]Ibid., p. 89.
02
Guerra de clases
«Los alumnos de colegio privado salen a un mundo que no está compuesto exclusivamente por otros estudiantes de colegio privado o por anglosajones, sino por hombres que son tan diferentes como los granos de arena del fondo del mar; salen a un mundo cuyas riquezas y sutilezas ni tan siquiera imaginan».
E. M. Forster, «Notes on the English Character»[45]
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