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Duke Merchon estaba a años luz de Cami Jones en lo que a experiencia sexual se refería. Aun así, su poco agraciada compañera de trabajo despertaba sus fantasías. Pero Duke juró mantener una distancia de seguridad para no caer en las redes de aquella provocadora sonrisa. Huérfano desde niño, había aprendido a negarse a sí mismo todos sus sueños de juventud acerca del amor y la familia. Hasta que Cami cambió de repente su recatada apariencia de bibliotecaria por una gracia y una belleza asombrosas. Duke sintió que su firme convicción de soltero se tambaleaba. No podía resistir la tentación de enseñarle todos los secretos del amor y el sexo. Y cuando Duke estrechó a esta nueva Cenicienta entre sus brazos, sintió que se transformaba en su príncipe azul.
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Seitenzahl: 184
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Katherine Garbera
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Bella por primera vez, n.º 1061 - octubre 2018
Título original: Overnight Cinderella
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1307-045-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
–Sujete el ascensor –dijo una voz femenina.
Duke Merchon extendió la mano y evitó que las puertas se cerraran. La mujer que entró era de baja estatura, tanto que ni siquiera le llegaba a la barbilla. Llevaba un vestido de llamativos colores y formas, no muy ajustado. Detrás de unas gafas, había unos ojos marrones, de mirada inteligente. Aunque no tenía nada espectacular, irradiaba una frenética energía.
–Gracias –añadió, con una sonrisa–. Ya llego tarde y como voy a reunirme con el pez gordo, no creí que debería esperar al siguiente ascensor.
–¿A qué planta va?
–A la catorce, por favor.
Duke se apoyó contra una de las paredes y vio cómo ella se acomodaba entre las personas que llenaban el ascensor. A pesar del calor de Atlanta, sonrió a todo el mundo e hizo unos cuantos comentarios corteses. Sin poder evitarlo, Duke se puso a pensar en un helado en un cálido día de verano.
Poco a poco, el ascensor se fue vaciando hasta que solo quedaron ellos dos. En la planta diez, las puertas se cerraron, pero el artefacto no se movió. Duke esperó. Una de las tareas de su equipo era ocuparse de la seguridad de los altos ejecutivos que trabajaban en los niveles superiores. A pesar de que su equipo de seguridad no se ocupaba de los ascensores constantemente, trataban de que las reglas de la empresa se cumplieran siempre que se montaban en ellos.
–¿No se va a bajar aquí? –preguntó ella, cambiándose el maletín de mano.
–No, mi despacho está en la planta doce.
–Voy a tener que confiar en usted –dijo ella, sonriendo.
Entonces, se dio un paso al frente y marcó el código para acceder a los pisos superiores. Duke se preguntó cómo había podido confiar en él, ya que solo acababan de conocerse. De hecho, como jefe de seguridad, Duke debería haberla detenido para interrogarla. Por ello, pulsó el botón que detenía el ascensor.
–¿Señor?
–Señorita, la compañía tiene como regla que no se puede acceder a los niveles superiores sin identificar a las personas que viajan en el ascensor.
–Soy Cami Jones. Habitualmente, trabajo como bibliotecaria pero, durante los próximos tres meses, lo haré como coordinadora de acontecimientos.
El nombre le resultaba vagamente familiar. De hecho, muy pronto estarían trabajando juntos. Sintió la tentación de sonreír por el tono de voz que ella había utilizado, como si estuviera incómoda con su nuevo trabajo.
–Duke Merchon, jefe de seguridad.
–Oh, no.
–Oh, sí.
Con un gesto muy dramático, ella dejó el maletín en el suelo y le ofreció las muñecas.
–Puede esposarme.
Duke se mordió los labios para no reír. Había algo en aquella mujer que le hacía sonreír. Sin embargo, las sonrisas invitaban a la amistad y la amistad llevaba al establecimiento de uniones y vínculos, y estos llevaban a la tragedia. Duke apretó el botón para que el ascensor siguiera subiendo, lo que hizo hasta el piso catorce.
Ella recogió su maletín y salió del ascensor. Entonces, se volvió para mirarlo.
–Creía que su despacho estaba en el duodécimo.
–Y así es.
–De acuerdo. Adiós, señor Merchon.
Se marchó, moviendo las caderas con una suave cadencia. De repente, el deseo se apoderó de él, tensándole la piel hasta que pareció ser demasiado tirante para contener su cuerpo. Aquella mujer era dulce y de generosas curvas, completamente femenina. Era el tipo de mujer que él nunca podría tener. A pesar de todo, no pudo evitar mirarla y desearla.
Cuando la entrepierna se le tensó, el control que ejercía sobre sí mismo se debilitó un poco. Sentía la tentación de flirtear con ella de un modo que no había sentido durante años. Por ello, se metió la mano en el bolsillo y tocó el anillo de Rebecca. Nunca salía de casa sin aquella joya, que era su talismán. No era un hombre hecho para tener relaciones porque no le interesaban las mujeres dulces y femeninas ni su horario de nueve a cinco. En lo que se refería al amor, tenía tendencias destructivas.
Aunque estaba invitado, Duke se sintió como un intruso al entrar detrás de Cami Jones en la sala de conferencias. Sin embargo, cuando Max, presidente de Pryce Enterprises, le hizo una señal, se acercó a él con desenvoltura.
Duke se encontraba con todo tipo de personas como jefe de seguridad de la empresa y guardaespaldas personal de Max Williams. Pryce Enterprises era un conglomerado de comunicaciones al que pertenecían una plataforma televisiva, un canal de noticias por cable y una plataforma digital. Max, que se había hecho cargo del timón de la empresa cuatro años atrás, se había llevado a Duke consigo a Pryce, pero el jefe de seguridad nunca se había sentido cómodo en Atlanta. Allí estaba rodeado por demasiados recuerdos.
Volvió a mirarla y vio que ella lo estaba mirando con los ojos abiertos de par en par y rubor en las mejillas. ¿Tendría aquel aspecto después de hacer el amor? «Ya basta, maldita sea». Cami Jones no era el tipo de mujer que él solía encontrar atractiva, pero el arrojo que ella tenía le había llamado la atención. El deseo que había despertado en él le turbaba. Su cuerpo le había traicionado durante su jornada laboral, momento durante el cual él solo se concentraba en su trabajo.
Tenía el aspecto de un hada mientras se acercaba a cada una de aquellas personas, sonriendo como si tuviera un secreto. Luego, la observó detenidamente mientras ella montaba los caballetes para su presentación.
Normalmente, Duke no asistía a las reuniones del comité ejecutivo, un lujo que Max le permitía. Resultaba difícil investigar a un amigo por fraude y recordar a quién le debe uno su lealtad. Como jefe de seguridad, Duke se encargaba de todos los casos de estafa y nunca traicionaría a Max. Habían pasado demasiadas cosas juntos y Max le había ofrecido un trabajo cuando había sentido la necesidad de escapar de lo familiar.
Como la junta de directores había sufrido amenazas, no le había quedado más remedio que asistir a las reuniones semanales y por eso estaba allí, en el mismo lugar que la tentadora Cami Jones. Lentamente, la sala se fue llenando y todo el mundo ocupó sus asientos, tratando de ocupar las posiciones más cercanas a Max.
–Buenas tardes señoras y caballeros –dijo Cami, tratando de captar la atención de los asistentes–. La gala de este año promete resultar más emocionante que la del año pasado. Tengo una demostración del baile temático y…
Los posters y las tarjetas que había preparado salieron por los aires cuando dio un paso atrás y golpeó los caballetes que acababa de colocar. Duke reprimió una sonrisa justo en el momento en que Max le indicaba con la mirada que fuera a ayudarla.
Duke se acercó a ella. Había pasado mucho tiempo desde que se había encontrado con una mujer que necesitara más su ayuda que aquella ninfa. Toda su vida había sido el fuerte y parecía el papel para el que mejor estaba preparado.
Cuando se arrodilló a su lado para ayudarla a colocar las tablas, Cami Jones murmuró unas palabras. Tenía la voz suave, pero no tan melodiosa como había sonado antes.
Duke nunca había visto que nadie tirara por los suelos una presentación entera delante de la junta de directores. Los había visto nerviosos y arrogantes, pero nunca divertidos. Después de haber visto el encanto que había desplegado con unos desconocidos en el ascensor, aquel ataque de nervios le sorprendía mucho.
–¿Señorita Jones?
–Nada –dijo ella, colocándose las gafas. Luego, le colocó una mano en el antebrazo y se puso de pie.
La calidez de aquel gesto penetró las capas de tejido de su chaqueta e hizo revivir el deseo que él había aplastado antes. Habían pasado años desde que alguien le había tocado de un modo que no llevaba intenciones sexuales y, sin embargo, aquel roce había despertado un fuego carnal que le abrasaba por dentro. «Tal vez ya vaya siendo hora de volver a salir con mujeres».
Rápidamente le ayudó a colocar de nuevo los posters de presentación sobre los caballetes y se retiró. Aquel año, trabajar con la organizadora de acontecimientos iba a ser más difícil de lo que había anticipado. Como jefe de seguridad, era responsable de supervisar la seguridad de la gala, la culminación de la reunión anual y la celebración de la fundación de la empresa. Las estrellas televisivas eran habitualmente las únicas personalidades que asistían pero, como aquel año, Max estaba a punto de comprar un equipo de hockey, también habría algunos atletas. Por primera vez en cinco años, la junta de directores en pleno asistiría a la gala anual.
La señorita Jones no tenía la imagen típica y previsible de chica del montón que ella quería proyectar. Había algo en ella en lo que a Duke le costaba mucho no fijarse. No debería excitarle. No debería desearla o querer estar a su lado.
Cuando ella tomó un puntero láser, Duke se preguntó lo que iba a hacer a continuación. Sin embargo, al empezar la presentación, Cami Jones se dio cuenta de que tenía las tarjetas desordenadas. Entonces, se mordió el labio, lo que hizo que Duke se fijara en aquella boca. Tenía un aspecto suave y dulce, por lo que él solo ansiaba saborearlos. Aquellos labios invitaban los besos de un hombre.
Duke debería haberse dado cuenta de que aquella mujer no era su tipo. No era dura ni extrovertida. De hecho, era demasiado etérea para él. A pesar de todo, no podía apartar la mirada de ella. A medida que la presentación iba avanzando, la pasión y el ansia de vivir de Cami Jones se hicieron más evidentes. La pasión por la vida pocas veces sobrevivía una infancia tan dura como la de Duke. Aunque el orfanato había sido un lugar agradable y él nunca había sido maltratado, nunca había recibido afecto. Resultaba evidente que Cami Jones había tenido mucho cariño porque, a pesar de su nerviosismo, mostraba su amabilidad a todos los que había en aquella sala con sus sonrisas y sus risas.
Duke se apoyó contra la pared y la escuchó. Su dulce voz le embriagaba con tranquila seguridad, aunque ella se concentraba en sus notas como si tuvieran la clave para guardar la compostura. Y, tal vez, así era.
Exudaba inteligencia, pero no la suficiente seguridad en sí misma. Duke pensó en pedir un descanso, como cuando de niño quería comunicarles un cambio de planes a sus amigos, para poder decirle a aquella mujer que nunca debería permitir que el enemigo viera sus debilidades. Sin embargo, sus amigos le habían abandonado hacía mucho tiempo. La vida de un huérfano está sujeta a cambios constantes y su estilo de vida había seguido poco más o menos la norma. Además, los cambios de planes no funcionan en la vida real. Se metió la mano en el bolsillo y jugueteó con el anillo, el talismán de su vida real.
–Organizar un acontecimiento de esta magnitud necesitará mucha habilidad, pero estoy segura de que podremos superar al del año pasado fácilmente con la mujer adecuada a cargo.
–Muy bien, señorita Jones. Nos ha convencido. Usted es la mujer para ese trabajo –dijo Max.
Max era todo lo que Duke no era. Fino, sofisticado, miembro de una cariñosa familia… Alguien de los que había sentados a la mesa se rio con disimulo y Duke se preguntó quién podría ser tan poco amable con aquella mujer. Parecía estar fuera de su elemento en aquella sala llena de ejecutivos que habían visto y hecho todo en esta vida. Parecía casi… pura.
Resultaba extraño, considerando el modo en que ella se había comportado, como si estuviera a punto de arder espontáneamente, pero Duke sentía inclinación a protegerla, a cernirse sobre ella y taparla con sus alas hasta que el peligro pasara.
–A pesar del modo en que ha empezado su presentación, señorita Jones –dijo Max, con una encantadora sonrisa–, estoy seguro de que se encargará correctamente de la gala. Le he pedido a Duke Merchon, nuestro jefe de seguridad, que trabaje con usted en este acontecimiento.
–¿Es que hay problemas de seguridad? No creo que la seguridad se hubiera incluido en la preparación de la fiesta del año pasado en una fecha tan temprana.
–Hay ciertos asuntos de los que le hablará el señor Merchon –respondió Max.
Duke dio un paso al frente para estrecharle la mano. Como regla general, evitaba los apretones de manos. Tras haberse pasado los últimos cuatro años en Japón con el presidente de Pryce Enterprises, prefería la costumbre japonesa de hacer una reverencia. Sin embargo, haber vuelto a los Estados Unidos significaba practicar costumbres occidentales.
Al tomarle la mano, sintió un cosquilleo que le subía por el brazo. Tenía una mano tan pequeña… Los dedos eran esbeltos y, por un momento, él se los imaginó sobre su cuerpo, con aquellas largas uñas arañándole la piel. Al volver a mirarla, no pudo evitar preguntarse qué era lo que su ser presentía que su mente no veía. Aquella mujer no era su tipo.
Diminuta, delicada, incluso frágil, justo el tipo de persona que más sufriría por la oscuridad que él llevaba en su interior. A través del fino cristal de las gafas que llevaba puestas, Duke miró aquellos profundos ojos marrones y solo encontró… calidez.
Ella le miró a los ojos, pero apartó rápidamente la mirada. Siempre producía aquel efecto en las mujeres. Su difunta esposa, Rebecca, solía decir que podía acallar una habitación llena de mujeres parloteando en poco más de un minuto, algo que todavía parecía ser verdad.
–Estoy deseando trabajar con usted, señor Merchon –dijo ella.
Él sospechaba que no era cierto. Era el tipo de mujer que prefería trabajar sola, pero tenía el potencial para ser la estrella de la pista central.
–Llámame Duke –respondió él.
–Entonces, yo soy Cami.
Él no era partidario de la conversación amable y solo la utilizaba cuando era absolutamente necesario. No era que no pudiera ser cortés, solo que nunca había tenido una vida fácil y la habilidad para comportarse socialmente cuando no quería hacerlo había desaparecido en él mucho tiempo atrás.
–Déjame que te ayude a llevar todo esto al ascensor.
Ella metió todas sus cosas en el maletín de piel y recogió su bolso.
–Gracias, pero ya lo tengo todo.
Entonces, dio un paso hacia la puerta justo en el momento en el que esta se abrió. El maletín de piel voló hacia un lado y ella perdió el equilibrio. Sin embargo, Duke la agarró a ella y a la maleta. Trabajar con Cami iba a ser un desafío. A él le gustaba poder controlar el medio en el que se movía y Cami parecía una persona imprevisible. Probablemente, el mayor reto al que se había enfrentado desde que había empezado a trabajar para Pryce. Le sorprendía que aquella mujer todavía no se hubiera hecho daño.
–Me temo que tendré que insistir en ayudarte.
–¿Es que tienes miedo de que Pryce no tenga suficiente dinero para pagar una posible denuncia por lesiones causadas a una empleada en su lugar de trabajo?
–Digamos que es lo más caballeroso que puedo hacer en estos momentos –replicó él, encogiéndose de hombros.
–De acuerdo entonces –dijo ella, mientras salían por la puerta y se disponían a esperar el ascensor–. Sé de lo que tienes miedo.
En aquellos momentos, Duke se dio cuenta de que aquella mujer era más de lo que parecía. ¿Cómo podía mirarlo y ver miedo cuando el resto de las personas veían fuerza?
–Tú dirás.
–El hueco del ascensor es una tentación demasiado grande para una torpona como yo.
Entonces, le guiñó un ojo y se echó a reír. Cami tenía sentido del humor y, aunque no lo demostró, a Duke le hubiera gustado reír con ella.
–El mundo no va a dejar de girar porque sonrías –dijo ella, al entrar al ascensor–. Gracias por tu ayuda, Duke –añadió, extendiendo las manos para que él le diera sus cosas.
–De nada. Y puede que sí.
–¿Cómo?
–Podría ser que el mundo dejara de girar si yo sonriera.
–Todavía no ha ocurrido.
–Todavía no he sonreído.
–Entonces, me tomaré eso como un desafío –concluyó ella.
Las puertas del ascensor se cerraron antes de que Duke pudiera replicar.
Dos días después, Duke se encontró delante del despacho de Cami. El día, que había ido cayendo en picado desde que había empezado, mejoró drásticamente en el momento en que llamó a la puerta y entró en el despacho, justo a tiempo para la cita que tenían a las diez y media.
Lo primero que vio fueron unas piernas interminables y un velo de cabello rizado que impedía ver el rostro de Cami, que estaba inclinada hacia delante. Estaba deslizando las manos suavemente por una pierna bien torneada, estirándose una media de seda que luego se enganchó a un liguero. Aquellos atributos tan femeninos estaban completamente fuera de lugar en aquel despacho tan conservador.
Duke se detuvo al lado de la puerta para disfrutar la vista. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto unas piernas enfundadas en unas medias de seda, y todavía más aún desde que había deseado seguir mirando. Había algo sobre aquellos esbeltos muslos, las medias de seda y los ligueros de encaje que le llegó muy dentro.
El deseo se extendió rápidamente por todo su cuerpo, alertando a todos y a cada uno de sus poros. La sangre le palpitaba rápidamente por las venas y sintió el principio de una erección. En aquel momento, se preguntó si los seres humanos podrían arder espontáneamente.
Deseó cerrar la puerta y poder subirla al escritorio, rasgarle la ropa interior y poseerla allí mismo. El impulso era fuerte, pero Duke odiaba la debilidad. Nadie había logrado nunca hacer tambalearse el control que Duke tenía sobre sí mismo. La disciplina era lo único que le quedaba y no se rendiría fácilmente, y mucho menos a una bibliotecaria que había ascendido a coordinadora de acontecimientos.
Había llamado a la puerta y había entrado tan rápidamente que Cami no se había percatado de su presencia. Cuando él se aclaró la garganta para llamar su atención, ella se quedó con la boca abierta. Se bajó la falda sin abrocharse la segunda liga, algo que a Duke no le resultó fácil olvidar. Aquella mujer no debería llevar ropa interior de raso y encaje.
El vestido era amplio y poco atractivo, los zapatos de tacón bajos y pudorosos y el peinado pasado de moda. Era el tipo de mujer que debería llevar puesta ropa interior de algodón y calcetines. ¿Por qué no era así?
Duke se sentía incómodo. Sabía demasiado sobre las leyes de acoso sexual como para saber que se metería en un buen lío si decía algo. Sin embargo, le resultaba imposible guardar silencio. Aquellas piernas tan espectaculares se merecían una mención. ¿Sería aquello lo que habría presentido su cuerpo días antes? ¿Que aquellas ropas tan feas eran solo un camuflaje para una mujer espectacular?
La intensidad del rubor que le cubría las mejillas hubiera podido calentar una casa en invierno. Rápidamente apartó la mirada. Su nerviosismo evocaba una ternura que no encajaba con la excitación sexual que se había apoderado de Duke. Entonces, Cami se pudo a juguetear con sus gafas, quitándoselas para limpiarlas y luego volvió a ponérselas.
–Creo que teníamos una reunión a las diez y media hoy –dijo él.
–Has llegado con unos minutos de adelanto –le espetó ella.
Duke se dio cuenta de que ella trataba de no recordar el hecho de que había tenido subida la falda hasta casi la cintura. Él mismo intentó apartarse aquella imagen de la cabeza, aunque no pudo conseguirlo con la de la liga suelta. No creía en implicaciones emocionales, y mucho menos con mujeres torpes y del montón.
Cami extendió una mano. Él se la estrechó con la intención de soltarla tan rápidamente como lo había hecho el otro día, pero aquella mano era tan suave… mucho más suave que ninguna otra que hubiera tocado. Incluso las manos de su difunta esposa tenían callos por las tardes que se pasaban jugando al voleibol.
Acarició la palma con el dedo índice antes de soltarla. Sabía que no debería haber hecho ese gesto, pero la maldita liga no dejaba de cruzársele por la mente. La imagen de ella encima del escritorio, rodeándole la cintura con las piernas, era una fantasía difícil de olvidar.
–Por favor, siéntate –dijo ella, señalándole una de las dos butacas.
A pesar de que las sillas parecían tan incómodas como solían ser las de un despacho, aquella habitación le dio la bienvenida de un modo que jamás hubiera imaginado. Había una estantería repleta de libros y todas las superficies tenían marcos de fotos con grupos familiares o personas solas. Los candeleros y las flores secas perfumadas también abundaban, y hacían que aquel despacho fuera el que mejor olía de toda la planta. Tenía una suave música de fondo.