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El crimen de Sylvestre Bonnard, de Anatole France, es una novela que combina ironía, erudición y una profunda reflexión sobre la vida y la moral. La historia sigue a Sylvestre Bonnard, un anciano erudito y bibliófilo cuya pasión por los libros lo lleva a embarcarse en una serie de eventos inesperados. A pesar de su carácter bondadoso y su amor por el conocimiento, Bonnard se enfrenta a dilemas éticos y decisiones que ponen a prueba sus convicciones, desafiando la rigidez de la moral convencional. Desde su publicación, El crimen de Sylvestre Bonnard ha sido aclamado por su estilo elegante y su aguda crítica a la sociedad de la época. La novela se destaca por su sutil ironía y su enfoque humanista, presentando un protagonista cuya sabiduría se equilibra con una ternura que lo hace entrañable. A través de su relato, Anatole France explora temas como la justicia, la compasión y el valor del conocimiento, asegurando un lugar destacado para la obra en la literatura francesa. Su relevancia perdura en su capacidad de cuestionar los dogmas sociales con inteligencia y sensibilidad. El crimen de Sylvestre Bonnard sigue siendo una lectura fascinante que invita a la reflexión sobre la naturaleza del bien y el papel de la cultura en la vida humana, resonando con lectores que buscan una mirada crítica y, al mismo tiempo, profundamente humana sobre la sociedad.
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Seitenzahl: 279
Veröffentlichungsjahr: 2025
Anatole France
EL CRIMEN DE SYLVESTRE BONNARD
Título original:
“Le crime de Sylvestre Bonnard”
PRESENTACIÓN
EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD
I – EL LEÑO DE NAVIDAD
II – JUANA ALEXANDRE
ÚLTIMA NOTA
Anatole France
1844 – 1924
Anatole France fue un escritor francés ampliamente reconocido como una de las figuras más influyentes de la literatura de finales del siglo XIX y principios del XX. Nacido en París, France es conocido por su estilo refinado, su escepticismo irónico y su compromiso con causas sociales. Sus obras combinan crítica social, sátira y un profundo conocimiento de la historia y la cultura. Galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1921, su legado sigue siendo fundamental en la literatura francesa.
Infancia y educación
Anatole France nació en una familia de libreros, lo que le permitió un contacto temprano con la literatura. Su educación en la École Stanislas de París le proporcionó una sólida formación clásica, reflejada en sus escritos. Desde joven, mostró interés por la literatura y el pensamiento filosófico, influencias que marcarían su producción literaria.
Carrera y contribuciones
France comenzó su carrera como crítico literario y bibliotecario, pero fue en la ficción donde encontró su verdadera voz. Su obra está marcada por un tono irónico y una visión crítica de la sociedad de su tiempo. Entre sus novelas más conocidas se encuentran Thaïs (1890), una exploración del ascetismo y el deseo, y La isla de los pingüinos (1908), una sátira de la historia de Francia bajo la forma de una fábula animal.
Uno de sus trabajos más célebres es Los dioses tienen sed (1912), una poderosa novela ambientada en la Revolución Francesa, que analiza el fanatismo y la violencia política a través de la historia de un joven pintor convertido en ferviente revolucionario. France también fue un firme defensor de la justicia y la libertad, participando activamente en el caso Dreyfus, lo que reforzó su imagen como intelectual comprometido.
Impacto y legado
La obra de Anatole France tuvo un gran impacto en su época. Su escepticismo y su crítica a la hipocresía de las instituciones influyeron en numerosos escritores y pensadores. Aunque su estilo clásico fue posteriormente eclipsado por las vanguardias del siglo XX, su capacidad para combinar ironía, erudición y sensibilidad social lo mantiene como un referente de la literatura francesa.
Su influencia no se limitó a la literatura; su postura crítica hacia la política y la religión contribuyó a los debates intelectuales de su tiempo. Aunque algunos lo consideran un autor de su época, su obra sigue siendo leída por su agudeza y su capacidad para cuestionar las certezas establecidas.
Anatole France falleció en 1924, dejando un vasto legado literario. A pesar de que su popularidad disminuyó con el auge de nuevas corrientes literarias, su ironía refinada y su espíritu crítico lo mantienen como una figura esencial de las letras francesas. Su capacidad para analizar la condición humana con humor y profundidad asegura su lugar entre los grandes escritores de su país.
Sobre la obra
El crimen de Sylvestre Bonnard, de Anatole France, es una novela que combina ironía, erudición y una profunda reflexión sobre la vida y la moral. La historia sigue a Sylvestre Bonnard, un anciano erudito y bibliófilo cuya pasión por los libros lo lleva a embarcarse en una serie de eventos inesperados. A pesar de su carácter bondadoso y su amor por el conocimiento, Bonnard se enfrenta a dilemas éticos y decisiones que ponen a prueba sus convicciones, desafiando la rigidez de la moral convencional.
Desde su publicación, El crimen de Sylvestre Bonnard ha sido aclamado por su estilo elegante y su aguda crítica a la sociedad de la época. La novela se destaca por su sutil ironía y su enfoque humanista, presentando un protagonista cuya sabiduría se equilibra con una ternura que lo hace entrañable. A través de su relato, Anatole France explora temas como la justicia, la compasión y el valor del conocimiento, asegurando un lugar destacado para la obra en la literatura francesa.
Su relevancia perdura en su capacidad de cuestionar los dogmas sociales con inteligencia y sensibilidad. El crimen de Sylvestre Bonnard sigue siendo una lectura fascinante que invita a la reflexión sobre la naturaleza del bien y el papel de la cultura en la vida humana, resonando con lectores que buscan una mirada crítica y, al mismo tiempo, profundamente humana sobre la sociedad.
Me había puesto las zapatillas y el batín. Enjugué mis ojos empañados por una lágrima que les arrancó el viento al cruzar el muelle.
Una lumbre llameante ardía en la chimenea de mi despacho; una tenue capa de hielo que cubría los cristales de las ventanas, formaba floraciones semejantes a hojas de helechos, y ocultaba a mi vista el Sena, sus puentes y el Louvre de los Valois.
Acerqué al fuego mi sillón y mi mesita para ocupar junto a la lumbre el sitio que Hamílcar se dignaba dejarme. Hamílcar, hecho una bola, dormía cerca de los morillos sobre un almohadón de pluma con el hocico entre las patas; una respiración acompasada hacía oscilar su pelo abundante y suave; al sentirme entreabrió los ojos y mostró sus pupilas de ágata bajo sus párpados entornados que cerró en seguida como si pensara: "No es nadie: es mi amigo".
— ¡Hamílcar! — le dije mientras estiraba las piernas — . ¡Hamílcar, príncipe soñoliento de la ciudad de los libros!; ¡guardián nocturno! Tú defiendes contra los viles roedores los manuscritos y los impresos que el viejo sabio adquirió gracias a un modesto peculio y a un celo infatigable. En esta biblioteca silenciosa protegida por tus virtudes militares duermes con el abandono de una sultana, porque reúnes en tu persona el aspecto formidable de un guerrero tártaro y la gracia apacible de una mujer de Oriente. Heroico y voluptuoso Hamílcar, duermes en espera de la hora en que los ratones bailarán a la claridad de la luna ante los Acta sanctorum de los doctos bolandistas.
El principio de aquel discurso agradó a Hamílcar, el cual lo acompañó de un murmullo semejante al hervor de un puchero; pero como alcé la voz, Hamílcar agachó las orejas y arrugó la piel atigrada de su frente para darme a entender que era de mal gusto declamar así.
Hamílcar meditaba:
"Este hombre que tiene tantos libros habla sin decir nada, mientras que nuestra cocinera sólo pronuncia palabras llenas de sentido, substanciosas, ya con el anuncio de una comida, ya con la promesa de algún castigo. Se sabe lo que dice. Pero este viejo emite sonidos que no comprendo".
Así pensaba Hamílcar. Dejéle entregado a sus reflexiones y abrí un libro que leía con interés por ser un catálogo de manuscritos. No conozco lectura tan sencilla, tan atractiva y tan suave como la de un catálogo. El que yo leía, redactado en 1824 por el señor Thompson, bibliotecario de sir Thomas Raleigh, peca, es cierto, por su brevedad excesiva, y no presenta ese género de exactitud que los archiveros de mi generación introdujeron al tratar de obras de diplomática y de paleografía; deja mucho que desear y mucho que adivinar. Acaso por esto me produce su lectura cierta impresión que en una naturaleza más imaginativa que la mía mereciera tal vez el nombre de ensueño. Me abandonaba dulcemente a la vaguedad de mis pensamientos, cuando mi criada me anunció con tono desapacible que el señor Coccoz deseaba hablarme.
En efecto, alguien entró detrás de ella en la biblioteca. Era un hombrecito, un infeliz hombrecito de rostro desmedrado; vestía una chaqueta de poco abrigo. Adelantóse y me saludó sonriente, pero estaba muy pálido, y a pesar de ser joven y afanoso aún, su aspecto era enfermizo. Al verle me produjo la impresión de una ardilla herida. Llevaba debajo del brazo un pañuelo verde que dejó sobre un sillón; luego desató las cuatro puntas del pañuelo para mostrarme algunos librotes amarillentos.
— Caballero — me dijo entonces — , no tengo el honor de ser conocido por usted. Soy corredor de libros, caballero. Trabajo para las principales casas de la capital, y por si me honra usted con su confianza, me tomo la libertad de ofrecerle algunas novedades.
¡Dios justo! ¡Dios clemente! ¡Qué novedades me ofrecía el homúnculo Coccoz! El primer volumen que me presentó fue la Historia de la Torre de Nesle con los amores de Margarita de Borgoña y el capitán Buridán.
— Es un libro histórico — me dijo amablemente — , un libro de historia verdadera.
— En ese caso — respondí — será muy aburrido, porque los libros históricos que no mienten resultan fastidiosos. Yo mismo publico libros verídicos, y si por su desgracia llevara usted uno de ellos de puerta en puerta, se expondría a conservarlo toda la vida en su pañuelo verde sin encontrar una cocinera bastante mal aconsejada para comprarlo.
— No lo dudo, señor — me respondió el hombrecito por pura complacencia.
Y entonces me ofreció los Amores de Abelardo y Eloísa; pero yo le hice comprender que a mi edad no me interesaban las historias amorosas.
Sin dejar de sonreír, me presentó un Tratado de juegos de sociedad: juegos de baraja, ajedrez, damas y dominó.
— ¡Ay! — le dije — , si quiere usted recordarme las reglas del ajedrez, devuélvame a mi viejo amigo Bignan, con quien jugaba yo al ajedrez todas las noches antes de que las cinco academias le hubieran conducido solemnemente al cementerio; o bien haga descender hasta la frivolidad de los juegos humanos la grave inteligencia de Hamílcar, que ahora duerme sobre un almohadón y es actualmente el compañero único de mis veladas.
La sonrisa del hombrecito tornóse vaga y despavorida.
— He aquí — me dijo — una nueva colección de los entretenimientos de sociedad, chistes y retruécanos, con los procedimientos para convertir una rosa encarnada en blanca.
Le respondí que desde tiempo atrás yo estaba reñido con las rosas, y que respecto a los chistes me bastaban los que me permito hacer, sin darme cuenta, en el transcurso de mis trabajos científicos.
El homúnculo me ofreció su último libro con su última sonrisa, y estas palabras:
— Aquí tiene usted La clave de los sueños, con la explicación de todo lo que se puede soñar: oro, ladrones, muerte, caídas desde lo alto de una torre. ¡Es muy completo!
Yo había cogido las tenazas que oscilaban vivamente oprimidas por mis dedos, y respondí a mi visitador comercial:
— Sí, amigo mío; pero esos sueños y otros mil, alegres y trágicos se resumen en uno solo: el sueño de la vida. ¿Podré hallar en su librito amarillo la clave de semejante sueño?
— Sí señor — me respondió el homúnculo — . El libro es muy completo y nada caro; sólo cuesta un franco y veinticinco céntimos, caballero.
No prolongué mi entrevista con el vendedor ambulante.
No me atrevo a asegurar que haya repetido las frases antedichas como fueron pronunciadas; tal vez al escribirlas las he ampliado un poco. Es muy difícil respetar, ni siquiera en un diario, la verdad estricta. Pero si no fue así mi discurso, tal era mi pensamiento.
Llamé a gritos a mi criada, porque no había campanillas en la estancia.
— Teresa — dije — . El señor Coccoz, a quien la ruego acompañe, posee un libro que quizá la interese: es La clave de los sueños. Yo tendría sumo gusto en ofrecérselo.
Mi criada respondió:
— Señor: cuando no se dispone de tiempo para soñar despierta, tampoco lo hay para soñar dormida. A Dios gracias, tengo bastante trabajo todo el día y tiempo suficiente para cumplir con mi obligación; de modo que puedo decir todas las noches: "Señor, bendecid el descanso que voy a disfrutar". No sueño ni dormida ni despierta y no confundo mi colcha con el diablo, como le sucedió a una prima mía. Si me permite que le dé mi opinión, diré que aquí hay libros de sobra. Mi señor tiene miles y miles que le hacen perder el juicio, y a mí, con los dos que tengo, me basta: mi Devocionario y mi Cocinera burguesa.
Después de hablar así, mi criada ayudó al hombrecito a guardar sus libros en el pañuelo verde.
El homúnculo Coccoz ya no sonreía. Sus facciones adquirieron tal expresión de sufrimiento que sentí haberme burlado de aquel hombre tan infeliz. Le llamé cuando ya se iba, le dije que recordaba haber visto entre sus volúmenes una Historia de Estela y Nemorín, y como los pastores y las pastoras me interesaban mucho compraría gustoso, a un precio razonable, la historia de tan perfectos enamorados.
— Le venderé a usted el libro que desea por un franco veinticinco, caballero — me respondió Coccoz, con el rostro radiante de júbilo — . Es histórico y le agradará mucho. Ahora ya sé qué clase de libros le gustan. Comprendo que es usted entendido. Mañana le traeré Los crímenes de los Papas. Es una obra hermosa. Le traeré la edición de lujo con láminas en colores.
Le rogué que no se molestara en volver y le despedí muy satisfecho. Cuando el pañuelo verde se hubo desvanecido en la obscuridad del pasillo con el vendedor ambulante, pregunté a mi criada de dónde cayó aquel miserable hombrezuelo.
— Ésa es la palabra — me respondió — ; nos ha caído del tejado, señor, donde vive con su mujer.
— ¿Ha dicho usted que tiene mujer, Teresa? ¡Es prodigioso! ¡Las mujeres son unas criaturas muy extrañas! Debe ser una humilde mujercita.
— Yo no sé lo que es — me respondió Teresa — , pero me la encuentro todas las mañanas en la escalera, vestida con trajes de seda manchados de grasa. Tiene unos ojos muy brillantes, y me pregunto si esos ojos y esos trajes son propios de una mujer a quien han recibido por caridad; porque los han admitido en el desván, mientras componen el tejado, en atención a que el marido está enfermo y la mujer embarazada. La portera dice que esta mañana la tal mujer sintió dolores le parto, y que ya guarda cama a estas horas. ¿Para qué necesitarán un hijo esas gentes?
— Teresa — la respondí — , sin duda no lo necesitan para nada, pero la Naturaleza quiere que lo tengan y les ha hecho caer en su lazo. Hace falta una prudencia ejemplar para defenderse contra los engaños de la Naturaleza. ¡Compadezcamos y no critiquemos! En cuanto a los trajes de seda, no hay una mujer a quien no gusten; las hijas de Eva adoran el adorno. Y usted misma, Teresa, que es prudente y comedida, ¡cuánto alborota el día que le falta delantal blanco para servir la mesa! Pero dígame, esos infelices ¿tienen todo lo necesario en su desván?
— ¿Cómo han de tenerlo, señor? El marido, a quien acaba usted de ver, era corredor de relojería, según me ha dicho la portera y no se sabe por qué ya no vende relojes. Ahora vende almanaques. Ése no es un oficio decente, y no creeré nunca que Dios bendice a un vendedor de almanaques. La mujer, dicho sea entre nosotros, me parece una inutilidad completa, una María sin guiso. La creo tan capaz de criar a un niño como yo de tocar la guitarra. No se sabe de dónde han venido, pero estoy cierta de que llegaron del país de la Frescura en el coche de la Miseria.
— Vengan de donde vengan, Teresa, son desgraciados y el desván está muy frío.
— ¡Cómo que el techo se hundió por varias partes y la lluvia del cielo cae a chorros! No tienen muebles ni ropa. ¡El ebanista y el tejedor no trabajan, me parece, para los cristianos de esa cofradía!
— Todo esto es muy triste, Teresa, y ahí está una cristiana peor atendida que nuestro Hamílcar. ¿Ella, qué dice?
— Señor, no hablo jamás con tales gentes; no sé lo que dice ni lo que canta; pero canta todo el santo día. La oigo desde la escalera cuando entro y cuando salgo.
— ¡Está bien! El heredero de los Coccoz podrá decir, como el huevo de la adivinanza campesina: "Mi madre me hizo cantando". Algo semejante le sucedió a Enrique IV. Cuando Juana de Albret sintió los dolores de parto, comenzó a entonar una vieja canción bearnesa:
Nuestra Señora del Puente,
socorred en esta hora
a una humilde pecadora
rogándole a Dios clemente
que me libre de aflicción
¡y el nacido sea varón!
— Sin duda es un disparate dar vida a seres desgraciados, pero todos los días ocurre, mi buena Teresa, y entre todos los filósofos del mundo no conseguirán reformar una costumbre tan sencilla. La señora Coccoz la ha seguido, y canta. ¡Está bien! Dígame, Teresa, ¿hoy, ha puesto usted puchero?
— Sí lo he puesto, señor y ya es hora de que vaya a espumarlo.
— Muy bien; pero no deje usted de sacar del puchero una buena taza de caldo que subirá luego a la señora Coccoz, nuestra hipervecina.
Mi criada iba a retirarse, cuando añadí con mucha oportunidad:
— Teresa, haga el favor de llamar inmediatamente a su amigo el mandadero, y dígale que coja en nuestra leñera una buena carga de leña, que subirá a la casa de los Coccoz. Sobre todo que no deje de poner en la carga un buen tronco. Respecto al homúnculo, la ruego que si vuelve le dé muy cortésmente con la puerta en las narices, para que no se me presente otra vez con sus libros de cubiertas amarillas.
Después de tomar tales disposiciones con el refinado egoísmo de un viejo solterón, proseguí la lectura de mi catálogo.
¡Cuánta sorpresa, cuánta emoción, cuánta alegría me hizo sentir la nota siguiente, que no puedo reproducir sin que mi mano se estremezca de gozo!
"La leyenda dorada de Jacobo de Génova. (Jacobo de Voragine), traducción francesa, en 4.º menor".
"Este manuscrito del siglo XIV contiene, además de la traducción, bastante completa de la célebre obra de Jacobo de Voragine: 1.º Las leyendas de los santos Ferreol, Ferrucio, Germán, Vicente y Droctoveo. 2.º Un poema acerca de la Milagrosa sepultura del señor San Germán de Auxerre. Esta traducción, estas leyendas y este poema son debidos al erudito Juan Toutmouillé".
"El manuscrito está en vitela; contiene un gran número de titulares ornamentadas y dos miniaturas primorosamente hechas, pero en muy mal estado de conservación; una representa la Purificación de la Virgen y otra la Coronación de Proserpina".
¡Qué hallazgo! Cubrióse mi frente de sudor, y un velo nubló mis ojos. Temblé, enrojecí; como no pude articular ni una palabra, un grito ronco fue la expresión de mi contento.
¡Qué tesoro! Durante cuarenta años había estudiado la Galia cristiana, y especialmente aquella gloriosa abadía de Saint-Germain-des-Prés, de donde salieron los reyes monjes que fundaron nuestra dinastía nacional. A pesar de la culpable insuficiencia de la descripción, no dudé que aquel manuscrito era procedente de la gloriosa abadía. Todo me lo demostraba; las leyendas añadidas por el traductor se referían a la devota fundación del rey Childeberto; la leyenda de San Droctoveo era especialmente significativa, por ser la del primer abate que hubo en Saint-Germain-des-Prés; el poema en versos octosílabos, referente a la sepultura de San Germán, me recordó la nave de la venerable basílica, que fue el ombligo de la Galia cristiana.
La leyenda dorada es de suyo una obra extensa e interesante. Jacobo de Voragine, definidor de la Orden de Santo Domingo y arzobispo de Génova, recopiló en el siglo xiii las tradiciones relativas a los santos católicos y formó un conjunto de tal riqueza que hizo exclamar en los monasterios y en los castillos: "¡Es la leyenda dorada!". La leyenda dorada es, sobre todo, opulenta en hagiografía italiana. Las Galias, las Alemanias e Inglaterra ocupan poco lugar. Voragine sólo vislumbra a través de una fría niebla los más famosos santos de Occidente. Por esto los traductores aquitanios, germanos y sajones cuidaron de añadir a su relato las vidas de sus santos nacionales.
He leído y coleccionado muchos manuscritos de La leyenda dorada, conozco los que describe mi sabio colega Paulino París en su hermoso Catálogo de los manuscritos de la Biblioteca del rey; particularmente, dos han fijado mi atención: uno es del siglo xiv, y contiene una traducción de Juan Belet; el otro del siglo xiii, reproduce la versión de Jacobo Vignay; ambos provienen de la casa de Colbert, y fueron colocados en los estantes de la gloriosa Colbertina por el bibliotecario Baluze, cuyo nombre no puedo pronunciar sin descubrirme, porque en el siglo de los gigantes de la erudición Baluze asombra con su grandeza. Conozco un códice muy curioso de la colección de Bigot; conozco setenta y cuatro ediciones impresas, incluso la venerable abuela de todas, la gótica de Estrasburgo, que fue comenzada en 1471 y terminada en 1475; pero ninguno de esos manuscritos, ninguna de esas ediciones contiene las leyendas de los santos Ferreol, Ferrucio, Germán, Vicente y Droctoveo; ninguno lleva la firma de Juan Toutmouillé; ninguno, en fin, procede de la abadía de Saint-Germain-des-Prés. Son todos, en comparación del manuscrito que describe Thompson, lo que una pajuela comparada a un lingote de oro. Yo veía con mis propios ojos, tenía en la mano un testimonio innegable de la existencia de aquel documento; pero ¿y el documento? Sir Thomas Raleigh habíase trasladado a la orilla del lago de Como, y allí acabó sus días, entre la mayor parte de sus nobles riquezas. ¿Qué se hicieron, después de la muerte de aquel insigne curioso? ¿Dónde se oculta el manuscrito de Juan Toutmouillé?
"¿Por qué — me dije — , por qué habré averiguado que ese precioso libro existe, si no he de poseerlo, ni siquiera he de verlo jamás? Iría a buscarlo en el corazón ardiente del África o entre los hielos del Polo, si supiese que allí estaba, ¡pero ignoro su paradero!, ignoro si está guardado por un celoso bibliómano en un armario de hierro con triple cerradura; ignoro si se enmohece en la guardilla de un ignorante. ¡Me estremezco ante la idea de que tal vez sus hojas arrancadas cubran los tarros de pepinillos de alguna señora hacendosa!".
Un calor sofocante moderaba mis pasos. Seguía los muros de los malecones del norte, y en la tibia sombra, los puestos de libros usados, de estampas y muebles antiguos, recreaban mi vista y hablaban a mi espíritu. Vagaba y revolvía libros; saboreaba algunos versos rimbombantes de un poeta de la pléyade y contemplaba luego una elegante mascarada de Wateau; fijaba los ojos en un montante, en una gorguera de acero, en un morrión. ¡Qué casco tan fuerte y qué coraza tan pesada señores! ¿La vestidura de un gigante? No; el caparazón de un insecto Los hombres de aquel tiempo iban armados como coleópteros; su debilidad era interior. Al contrario, ahora nuestra fuerza es interior, y nuestras almas bien armadas habitan cuerpos frágiles.
Descubro el retrato de una señora antigua; sonríe su rostro, borroso como una sombra, y se ve una mano enmitonada que sujeta sobre sus rodillas de raso a un perrito adornado con cintas. Aquella imagen me inspira una tristeza encantadora. ¡Los que no tengan en su alma un retrato borroso, podrán burlarse de mí!
Como los caballos que olfatean el establo, me apresuro al acercarme a mi domicilio. He aquí la colmena humana donde tengo mi celda para destilar la miel un poco áspera de la erudición. Subo pesadamente los peldaños de mi escalera. Unos cuantos escalones más y llego a mi puerta. Pero adivino, más bien que advierto, un vestido de seda que cruje al bajar. Me detengo y me aparto contra la barandilla. La mujer que baja, sin sombrero ni cofia, es joven, y canta; sus ojos y sus dientes brillan en la obscuridad, porque sonríe con la boca y con la mirada. No me cabe duda: es una vecina de lo más expansivo que se conoce. Lleva en los brazos un precioso niño, desnudo como el hijo de una diosa, y en el cuello del niño luce una medalla sujeta por una cadenita de plata. Advierto que la criatura se chupa los dedos y se fija en mí; abre mucho los ojos curioseando este viejo mundo, nuevo para él. Al mismo tiempo, la madre me contempla con expresión misteriosa y alegre; se detiene junto a mí, se pone colorada y acercándome su niño, que está muy gordito, me lo presenta. Los bracitos y el cuello de la criatura forman rodajitas, y los hoyuelos de su carne sonrosada ríen sin cesar.
La madre me lo muestra con orgullo.
— Caballero — me dice melodiosamente — , ¿verdad que mi niño es muy hermoso?
Le coge la mano, y se la pone sobre la boca, inclina luego hacia mí sus deditos sonrosados, y dice:
— Hijito mío: échale un beso a este señor, que es muy bueno; no quiere que los niños recién nacidos tengan frío. Échale un beso.
Oprime a su hijo contra su corazón y desaparece con la agilidad de una gata; se aleja en un pasillo que, a juzgar por lo que huele, conduce a una cocina.
Yo entro en mi casa.
— Teresa, ¿quién será una mujer joven que he visto en la escalera y que lleva un precioso niño en brazos?
Teresa me responde que es la señora Coccoz.
Miro al techo como para buscar alguna luz que me aclare aquella obscura noticia. Teresa me recuerda al pobre vendedor ambulante que el año pasado me ofrecía libros mientras su mujer daba a luz.
— ¿Y Coccoz? — pregunto.
Me responde mi criada que nunca le volveré a ver. Al pobrecito lo enterraron, sin que lo advirtiéramos, poco después del feliz parto de la señora Coccoz. Al enterarme de que su viuda vivía ya consolada, me tranquilizo.
— Pero, Teresa, ¿la señora Coccoz, no carece de nada en su desván?
— Muy cándido sería usted, señor — me responde mi criada — , si se preocupase de semejante persona. La ordenaron que desalojara el desván, cuyo techo está ya compuesto; pero sigue allí contra la voluntad del casero, del administrador, del portero y del escribano. Creo que los ha embrujado a todos. Dejará el desván cuando la convenga, señor, ¡y se irá en coche! Créame a mí.
Teresa reflexiona un momento y pronuncia luego esta sentencia:
"Una cara bonita es una maldición del cielo".
Aunque sé a punto fijo que Teresa nunca disfrutó del menor atractivo, ni siquiera en su juventud, inclino la cabeza para decirle con abominable intención:
— ¡Cuidado, Teresa, porque no ignoro que en sus tiempos también tuvo usted una cara bonita!
No debe tentarse a ninguna criatura humana, ni siquiera a la de mayor santidad.
Teresa baja los ojos y responde:
— Sin ser lo que se llama una mujer bonita, no desagradaba, y si hubiese querido, lograría lo que las demás.
— ¿Y quién se atrevería a dudarlo? Pero cójame usted el sombrero y el bastón. Para recrearme, voy a leer algunas páginas de Moreri. Según me advierte mi olfato de viejo zorro, esta noche cenaremos una gallina cuyo guiso huele a gloria. Conságrela usted sus atenciones, hija mía, y compadézcase del prójimo, para que los demás la disculpen a usted y a su viejo amo.
Después de hablar así, desenmaraño las intrincadas ramas de una genealogía de príncipes.
He pasado el invierno a gusto de los sabios, in angello cum libello, y las golondrinas del muelle Malaquais me encuentran al regresar casi lo mismo que me dejaron. Quien vive poco, cambia poco, y no es vivir emplear los días en el estudio de textos antiguos.
Sin embargo, hoy me siento más empapado que de costumbre en esa vaga tristeza destilada por la vida. Mis funciones intelectuales (casi no me atrevo a confesármelo) se turbaron desde la crítica hora en que me fue revelada la existencia del manuscrito de Juan Toutmouillé.
Es extraño que unas cuantas hojas de pergamino viejo me hayan quitado la tranquilidad; pero nada es tan seguro. El pobre que vive sin ansias posee el mejor de los tesoros: se posee a sí mismo. El rico ambicioso es un miserable esclavo. Yo soy ese esclavo. Ni siquiera los placeres tranquilos, como hablar con un hombre de inteligencia fina y moderada o comer en compañía de un amigo, me hacen olvidar el manuscrito que tan indispensable me resulta desde que tuve noticia de su existencia. Me hace falta de día, me hace falta de noche, me hace falta cuando estoy alegre y cuando estoy triste, me hace falta para trabajar y para descansar.
¡Ahora recuerdo mis caprichos infantiles y disculpo los poderosos deseos de mi primera edad!
Veo nuevamente, con extraordinaria precisión, una muñeca que, cuando yo tenía ocho años, había en el escaparate de una tienda de la calle del Sena. Ignoro cómo llegué a encapricharme de aquella muñeca. Estaba orgulloso de ser un muchacho y despreciaba a las niñas; sólo esperaba con impaciencia el momento — llegado tiempo ha — en que una barba como un cepillo adornaría mi rostro. Jugaba a los soldados, y para dar de comer a mi caballo de máquina, destrozaba las plantas que mi pobre madre cultivaba en su balcón. ¡Todos mis juegos eran varoniles! Y sin embargo, se me antojó una muñeca. También los Hércules tienen sus debilidades. ¿Era siquiera bonita la muñeca por mí deseada? No. Me parece que la veo aún: tenía un rosetón en cada mejilla, unos brazos muy cortos y blanduchos, unas horribles manos de madera, y las piernas muy largas y muy separadas. Su vestido rameado estaba sujeto a la cintura por dos alfileres. ¡Todavía tengo presentes las cabezas negras de aquellos dos alfileres! Era una muñeca ordinaria, una muñeca de pobre. Recuerdo muy bien que, a pesar de ser muy niño, pues no había roto aún muchos pantalones, comprendí claramente que aquella muñeca carecía de gracia y de atractivos. ¡Qué ordinaria y qué vulgar era! Pero, a pesar de todo, quizá por eso mismo me gustaba. Sólo aquélla me gustaba. La quería. Mis soldados y mis tambores no lograban entretenerme. Ya no ponía en la boca de mi caballo de máquina ramas de heliotropo y de verónica. Aquella muñeca lo era todo para mí. Imaginé ardides salvajes para que Virginia, mi niñera, me pasara por delante de la tiendecita de la calle del Sena… Y al verme allí, apoyaba la nariz en el cristal, y era preciso que mi niñera me tirase de brazo, con estas razones: "Señorito Silvestre: es muy tarde, y su mamá le reñirá". El señorito
Silvestre se reía entonces de los regaños y de los azotes; pero la niñera le levantaba como una pluma, y el señorito Silvestre cedía ante la fuerza. Desde entonces, con los años, se ha echado a perder y cede al temor. En aquella época nada temía.
Era muy desgraciado. Una vergüenza irreflexiva, pero irresistible, me impedía confesar a mi madre el objeto de mis amores. De ahí mis sufrimientos. Durante algunos días, la muñeca, sin cesar presente en mi memoria, bailaba ante mis ojos, me miraba fijamente, me tendía los brazos; adquiría en mi imaginación una especie de vida que la realzaba misteriosa y terriblemente; era cada vez más deseada y más deseable.
Al fin un día, que nunca olvidaré, mi niñera me llevó a casa de mi tío, el capitán Víctor, que me había convidado a almorzar. Admiraba yo mucho a mi tío el capitán, tanto por haber sido de los últimos que se batieron en Waterloo como por preparar él mismo en la mesa de mi madre los dientes de ajo que echaba luego en la ensalada de achicorias. Aquello me parecía hermoso. Mi tío Víctor me inspiraba también admiración por sus levitas galoneadas, y sobre todo por la costumbre que tenía de revolver y trastornar toda la casa en cuanto entraba en ella. No he podido averiguar cómo se arreglaba, pero afirmo que aún cuando se hallase mi tío Víctor entre veinte personas, era el más visible y el que hablaba más. Tengo motivos para suponer que mi excelente padre no compartía conmigo la admiración por el tío Víctor, el cual solía envenenarle con su pipa y para reprocharle su poca energía le daba, afectuosamente, fuertes puñetazos en el hombro. Mi madre, sin dejar por eso de tener con el capitán una indulgencia de hermana, le aconsejaba que no fuese tan aficionado a la bebida. Yo no participaba de las repugnancias ni de los reproches, y el tío Víctor me inspiraba el más puro entusiasmo. Por esto me sentí orgulloso al entrar en su cuartito de la calle Guénégaud. Su almuerzo, servido en un velador junto a la chimenea, se componía de embutidos y platos de dulce.
El capitán me hartó de pasteles y de vino, me refirió las numerosas injusticias de que le habían hecho víctima. Sobre todo se quejaba de los Borbones, y como no se preocupó nunca de decirme quiénes eran los Borbones, me imaginé, ignoro por qué razón, que los Borbones eran unos tratantes de caballos establecidos en Waterloo. El capitán, que sólo dejaba de hablar para servirme vino, acusó además a gran número de mocosos, de majaderos y de inútiles, a los cuales odiaba yo de todo corazón sin conocerlos. A los postres me pareció oír decir al capitán que mi padre era un hombre a quien llevaban del ramal, pero no estoy seguro de haberme enterado bien. Me zumbaban los oídos y el velador daba vueltas.
Mi tío se puso el uniforme, cogió su sombrero y nos fuimos a la calle, que me pareció completamente variada, como si hiciera mucho tiempo que no hubiese pasado por ella. Sin embargo, cuando estuvimos en la calle del Sena, la muñeca se ofreció de nuevo a mi memoria exaltándome de un modo extraordinario. Me ardía la frente, y tomé una resolución decisiva. Pasamos por delante de la tienda; estaba allí, en el escaparate, con sus mejillas coloradas, su vestido rameado y sus largas piernas.
— Tío — le dije venciendo mi cortedad — , ¿quiere comprarme esa muñeca?
— ¡Comprar yo una muñeca a un muchacho! — exclamó mi tío con voz de trueno — . ¿Quieres deshonrarte? ¿Y es esa pepona la que prefieres? Te felicito, hijo mío. ¡Si sigues con tales aficiones, y a los veinte años tienes tan mal gustó como ahora, no lo pasarás muy bien, te lo advierto, y tus camaradas dirán que eres un grandísimo bobo! Pídeme un sable o un fusil, y te lo compraré, aunque sea con el último escudo de mi paga de retirado. ¡Pero comprarte una muñeca! ¡Rayos y truenos! ¡Consentir que te deshonres! ¡Eso, jamás! Si te viera jugar con una pepona como ésa, hijo de mi hermana, no te reconocería como a mi sobrino.
Aquellas palabras oprimieron de tal modo mi corazón, que solamente la soberbia, una diabólica soberbia, contuvo mi llanto.
Mi tío se tranquilizó de pronto para insistir en sus juicios acerca de los Borbones; pero el peso de su indignación me oprimía y me hizo sentir una vergüenza inexplicable. Prometíme resueltamente no deshonrarme y renuncié para siempre a la muñeca de mejillas coloradas. Aquel día conocí la austera dulzura del sacrificio.