El encuentro - Mary Lyons - E-Book

El encuentro E-Book

MARY LYONS

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Beschreibung

Como si cumplir los cuarenta no fuera ya suficientemente desagradable, Ace Ratcliffe acababa de heredar una enorme mansión desvencijada y un título de lord. Afortunadamente, antes de instalarse y comenzar a administrar la casa, había disfrutado de un breve descanso. Y así fue como conoció a Lois... Pero la guapa americana había salido de su vida tan repentinamente como había entrado. Entonces, apareció como una más de sus invitados. Y resultó ser una de las sex-symbol internacionales más famosas. Lois tenía otro secreto que estaba decidida a guardar: estaba esperando un hijo.

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Mary-Jo Wormell

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El encuentro, n.º 1042 - marzo 2021

Título original: Baby Included

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-110-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

«La hora más oscura es la anterior al amanecer…»

 

MIENTRAS recordaba el viejo proverbio, una sonrisa se abrió paso en los rasgos duros del hombre moreno, apoyado contra la barandilla del porche de la lujosa casa.

Por lo menos, era un pensamiento positivo, se dijo Ace a sí mismo. Después de la sucesión de tragedias que había tenido lugar en su familia, debería de servirle de consuelo pensar en el comienzo de una nueva etapa.

El hombre, cerca ya de su cuarenta cumpleaños, veía su vida en medio de un cambio radical. Y, a pesar de estar en ese momento en aquel complejo privado, tomando un refresco mientras contemplaba la playa de arena blanca de la isla, sabía perfectamente que no podía escapar a los problemas que le aguardaban en Inglaterra.

Era el hijo menor del, a su vez, benjamín de la familia, así que nunca, ni en los sueños más atrevidos, imaginó que heredaría algún día el título de Lord Ratcliffe de su tío, y la enorme finca al sur de Inglaterra. Por eso, al ser el miembro más joven de la familia, había tenido la posibilidad de elegir su propio camino en la vida, estudiando primero derecho en la universidad, y más tarde labrándose un prestigio profesional en Londres.

Desgraciadamente, los últimos años habían sido un desastre y una tragedia había precedido a otra.

Primero la muerte de su padre, después de un doloroso proceso cancerígeno. A continuación, un accidente automovilístico producido por la niebla, se había llevado la vida de la esposa y del hijo de su tío Hector.

Éste, Lord Ratcliffe, nunca se había recuperado totalmente de la muerte de su único hijo y heredero. Su muerte, poco tiempo después, debido a una embolia, había significado que el hermano de Ace, Mark, había heredado el título. Pero éste a su vez, había muerto trágicamente en un accidente imprevisto cuando esquiaba en Suiza tan solo un mes antes. De manera que Ace era el único superviviente de una familia que había desaparecido en el corto periodo de dos años.

Aunque había alguien más: su hija Emily.

Su querida hija de catorce años, que en la actualidad vivía con su ex-esposa y atravesaba la difícil etapa de la adolescencia, pero con la que estaba decidido a ser un padre tolerante y comprensivo, dada la horrible adolescencia que él había pasado. ¿Serían capaces las tragedias vividas de unirlos un poco más?

Sin embargo, a pesar de la ansiedad que sentía por mejorar la relación con Emily, sus problemas más importantes en ese momento estaban relacionados con la herencia. Habiendo vivido y trabajado en Londres la mayor parte de su vida, la enorme mansión renacentista de diez mil acres, que en las guías turísticas aparecía como ejemplo clásico de majestuosidad, era algo de lo que se sentía muy alejado.

La gente que escribía esas guías debería intentar pasar una sola noche en aquella enorme y desvencijada casa, pensó Ace con una mueca. Porque a su tío Hector nunca se le había ocurrido pensar en el deber y la responsabilidad de cuidar la gran mansión en favor de las futuras generaciones de la familia.

No solo tenía el tejado con goteras, sino que también necesitaba arreglos en las vigas de madera y en algunas de las paredes de piedra. Ace sabía que iba a tener que invertir una fortuna para cambiar las tuberías, aparte de los arreglos en la estructura básica de la casa.

Sin hablar de los impuestos derivados de las sucesivas muertes.

Aunque él, como socio más joven de una gran firma de abogados especializados en impuestos y temas financieros, quizá tuviera experiencia profesional suficiente para enfrentarse a todo ello. Además, después de la trágica muerte de su querido hermano Mark, sólo unos meses después de que heredara el título de su tío Hector, Ace no tuvo tiempo ni siquiera para lamentaciones. No solo los asuntos de su hermano estaban en un estado completo de caos, sino que además, Ace tuvo que enfrentarse a ciertas demandas de Inland Revenue, que requería pagos por otros deberes de defunciones.

Aunque él, como cualquier persona en el mundo, odiaba tener que pagar impuestos, no había tenido problemas para conseguir el dinero, debido a su economía saneada. Pero lo que no sabía era cómo iba a manejar aquella finca enorme, cuando no tenía ni idea de agricultura.

Algo que vio por el rabillo del ojo le distrajo momentáneamente de sus pensamientos. Giró la oscura cabeza y divisó en la distancia una persona que caminaba despacio sobre la arena hasta desaparecer detrás de un grupo de palmeras.

–Allí está aquella mujer otra vez, tan puntual como un reloj –murmuró para sí mismo.

No necesitaba mirar el reloj para saber que la desconocida volvería a su casa de la playa, a unos cuantos metros de la suya, en una hora aproximadamente.

¿Iría a tomar el sol? ¿O simplemente se sentaría sobre la arena para mirar al mar? Desde luego, también estaba la posibilidad de que estuviera interesada en explorar el arrecife de coral y en ese caso…

–¡Oh, vamos! ¡Crece de una vez! –se dijo a sí mismo, enfadado por su comportamiento adolescente.

Después de haber asistido a una conferencia internacional sobre asuntos financieros en Manila, y necesitando desesperadamente algo de paz y tranquilidad para pensar en sus muchos problemas, Ace había decidido tomarse una semana de descanso. Esa isla remota, a donde sólo era posible llegar por avión privado y en la que la intimidad de los huéspedes era una garantía, le parecía ideal. Y por eso, se acababa de enfadar consigo mismo. Era ridículo, y una total pérdida de tiempo, dejarse llevar por estupideces y especulaciones sobre una cliente.

Sin embargo, la realidad era que se había sentido intrigado desde un principio, y aquella curiosidad había ido aumentado día a día, preguntándose por qué, con aquel calor asfixiante, alguien sentía la necesidad de vestirse con aquellas ropas largas que escondían totalmente su cuerpo. Tampoco podía entender por qué llevaba aquel sombrero de ala ancha, que también escondía su rostro.

Y aquel sombrero le decía que, efectivamente, aquella figura distante era la de una mujer. Y por la manera en que paseaba a lo largo de la orilla del mar, había adivinado que tenía que ser bastante joven y ágil. ¿Pero por qué se escondía detrás de aquel ropaje?

Ace, después de mucho pensar, había llegado a la conclusión de que debía ser alguien famoso o una persona pública. Aunque, si era sí, su comportamiento no se parecía en nada a las personas famosas que él había conocido hasta entonces. Habiendo estado casado brevemente con una modelo conocida, sabía que aquel tipo de personas sólo disfrutaban cuando había gente a su alrededor para obtener la mayor publicidad posible.

¿Entonces quién era aquella misteriosa mujer que se comportaba de aquel modo?

–¡Olvídalo! No es asunto tuyo –se dijo bruscamente, dejando el vaso vacío sobre la mesa, situada en un rincón del porche.

Después, olvidando por completo a la desconocida, se sentó y comenzó a ordenar los documentos que tenía delante, decidido a solucionar de una vez los asuntos de su hermano.

 

 

Buceando lentamente bajo las aguas casi inmóviles del océano, Lois miró asombrada al mundo oculto del arrecife de coral. A pesar de ir allí casi todos los días que había durado su estancia en aquella maravillosa isla, nunca dejaba de maravillarse de los colores brillantes de los diminutos peces que se movían por la rugosa pared de coral.

Aunque se había pasado los últimos meses viajando por todo el planeta, ese mundo subterráneo de anémonas marinas rosas y verdes, esos erizos de extraños colores y esas plantas gelatinosas que se mecían con el movimiento del mar, eran una de las cosas más atractivas que había encontrado durante su viaje.

Después de haber trabajado intensamente durante los últimos cinco años, Lois había decidido que se merecía un descanso de tres meses. Pensó que podría visitar los rincones más remotos del planeta, y que al mismo tiempo acumularía energía para volver a su duro trabajo. Además de poder pensar detenidamente en lo que quería hacer en el futuro.

Desde que había conseguido un pequeño papel en El anillo del destino, hasta el último papel en la película ganadora de un Oscar, Sin miedo al mal, no había tenido apenas tiempo para respirar, y mucho menos para considerar hacia dónde le llevaba su carrera.

Y no es que fuera a tener que enfrentarse a demasiados problemas. Ganar un Oscar a la mejor actriz en su última película le garantizaba trabajo cuando volviera a Hollywood. Hacer papeles de heroínas modernas era algo agradable, pero ¿no sería hora de aceptar algún papel clásico?

«¿A quién crees estar engañando?», se dijo, mientras se ponía en pie un momento para ajustarse el tubo respirador. Aunque la dirección que tomara su futuro profesional era algo muy importante, no tenía por qué fingir que era la única razón para tomarse aquellas vacaciones. Porque, por supuesto, la principal razón que residía detrás de aquel viaje, era la necesidad de ayudar a cicatrizar las heridas de su corazón destrozado.

Y es que, a diferencia de la mayoría de sus amigas actrices, que parecían no tener problemas en cambiar de compañero, Lois se había rendido a los hechos. Era una mujer aburrida, agradable, pero de ideas anticuadas. Eso sí, no iba en busca de un marido necesariamente. Pero un amante de una noche no era desde luego su idea de diversión. Eso había significado tener que rechazar a la mayoría de los actores de Hollywood, para los cuales «compromiso» era una palabra sucia.

¿Y qué había hecho ella entonces? ¡Pues había ido a enamorarse de un hombre casado, precisamente!

Lois no había podido hacer honor al viejo cliché de Hollywood y haberse enamorado de su director, no. Ella tenía que ser diferente, y había ido a enamorarse de Ross Whitney, autor de la novela Sin miedo al mal, en la que se basaba la última película en la que había trabajado como protagonista, y en la que Ross era también autor del guión.

Lo había conocido cuando ya llevaban media película filmada. Él, al parecer, odiaba el ambiente de Hollywood y había aceptado únicamente unirse al equipo sólo para los exteriores, para hacer los cambios necesarios. De manera que allí, a miles de kilómetros de la civilización, y en una situación en la que olvidar el mundo real era demasiado fácil, se había enamorado perdidamente de aquel hombre inglés alto y moreno.

Para ser sinceros, Ross se había comportado como un perfecto caballero. Y ese había sido el problema, naturalmente. Quizá si él hubiera sido más flexible, ella habría podido dejar a un lado sus escrúpulos y se habría sumergido en una aventura excitante y abrasadora. Desgraciadamente, él la había mantenido a una distancia prudencial.

También había que decir que Lois no había sabido al principio que Ross era un hombre casado. Y cuando se enteró, era ya demasiado tarde. De hecho, ella lo había perseguido hasta la isla privada que él poseía en el Caribe y había corrido serio peligro de ponerse en evidencia.

Afortunadamente, Ross y su extraña esposa Flora, habían demostrado ser personas bastante simpáticas. Y, tan pronto como Lois se había dado cuenta de la verdadera situación, había conseguido disimular sus sentimientos y retirarse a tiempo con la cabeza alta.

A pesar de todo, no estaba segura de haber hecho un buen papel cuando, después de comportarse como una mujer sin problemas, les deseó buena suerte antes de volver a su casa para sumirse en un estado completo de tristeza y desesperación.

Luego intentó con todas sus fuerzas borrar a Ross de su pensamiento y de su corazón, pero le había sido imposible. Y esa era la razón por la que aquel viaje le había parecido una buena idea. Y, por supuesto, el proverbio de que el tiempo cura todas las heridas, parecía ser verdadero. Por el momento, al menos.

En algún lugar entre las ruinas aztecas mexicanas y la vieja ciudad de Delhi, había conseguido recuperarse. Una mañana en Jaipur, en un lujoso hotel donde se recuperaba de una intoxicación, se había despertado y se había dado cuenta, asombrada, de que ya no estaba enamorada de Ross Whitney.

Tendría siempre un lugar en su corazón, claro, pero se encontraba capaz de volver a América al día siguiente, totalmente segura de que podía empezar una nueva vida.

Y al mismo tiempo, sabía que en el futuro tendría que permanecer a prudente distancia de cualquier inglés alto y moreno. Se dijo, mientras volvía a sumergirse para volver a la orilla.

 

 

–¡Qué extraño…! –murmuró Ace, frunciendo el ceño, al tiempo que miraba su reloj de pulsera. Era la primera vez que aquella mujer no se atenía a su horario.

Aunque eso a él no le incumbía, desde luego. ¡Por supuesto que no! Ya era hora de que se concentrara de una vez en sus propios asuntos.

Sin embargo, diez minutos después, seguía inquieto. No quería hacer una estupidez, claro. Pero quizá fuera una buena idea dar un paseo por la playa. ¿Y si aquella mujer tenía problemas?

Se levantó de la mesa y caminó despacio hacia la orilla del agua. Entonces, cuando estaba a punto de volverse a su casa, avergonzado por haberse puesto en ridículo, oyó un grito en la distancia.

–¿Está usted bien? –preguntó, minutos después, a la figura acurrucada en la playa.

–No… creo que me he metido… en un pequeño lío –replicó la mujer, con un acento americano evidente.

La mujer parecía tocarse el pie con ambas manos.

Fue cuando se aproximó y se agachó junto a ella, cuando se dio cuenta de que tenía sangre en ambas manos.

–¡Caramba! ¿Qué ha pasado?

–No sé cómo he podido ser tan idiota –dijo la voz de la mujer, en un tono más alto–. No presté atención a donde ponía los pies y olvidé que los corales tienen bordes cortantes –añadió, mirando hacia el mar. En la arena se veían algunas manchas de sangre todavía húmeda–. Tengo el presentimiento de que me he cortado en una vena –continuó–. Porque, por mucho que lo intento, no puedo detener la hemorragia.

–No tiene por qué asustarse. Intente tranquilizarse –le aconsejó Ace, haciéndose cargo de la situación–. Sin embargo, es importante mantener presión en la herida. Sujétese mientras que le pongo alguna venda alrededor del tobillo, ¿de acuerdo?

–De acuerdo –asintió.

Entonces él comenzó a rasgar la tela fina que envolvía el cuerpo de la mujer, para hacer tiras.

–¡No haga eso! Tengo que protegerme del sol y me quemaré.

–¡Dios me proteja de la estupidez de algunas mujeres! –exclamó Ace con una mueca–. ¿Quiere quemarse ligeramente, o prefiere desangrarse? –preguntó, ignorando las protestas de la desconocida y comenzando a vendar el tobillo.

–De acuerdo, de acuerdo… Quizá he reaccionado de manera estúpida. Y debería darle las gracias por venir en mi ayuda.

–Eso no sería una mala idea –repuso él, con una sonrisa irónica.

–Estoy segura de que no tendré ningún problema –declaró, levantándose.

Al hacerlo, se miró inquieta el pie, dudosa de si la venda iba a aguantar el tiempo suficiente para llegar a su casa.

–No, creo que es un poco exagerado eso de que no va a tener problemas. Va a necesitar la ayuda de un profesional lo antes posible. ¿Tiene botiquín de primeros auxilios en su casa?

–Me temo que no –murmuró, apoyando la cara entre las manos llenas de sangre.

La boca de Ace esbozó una mueca. Era difícil ver algo bajo ese maldito sombrero, pero por lo poco que podía ver, era evidente que el rostro de la mujer estaba completamente pálido. Así que decidió que no había tiempo de perder.

–Bueno, es inútil que nos quedemos aquí –añadió el hombre, inclinándose y tomándola entre los brazos.

–¡Oiga! ¿Qué hace? ¡Suélteme!

Ace, sin hacer caso de las protestas de ella, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la casa.

–Me parece que tiene una inteligencia mediana, así que será mejor que empiece a utilizar sus pocas neuronas –respondió él con brusquedad.

Cuando la única respuesta de ella fue un suspiro, él continuó.

–Lo que le he puesto en el tobillo es un remedio temporal. No creo que evite la hemorragia durante mucho tiempo, sobre todo si intenta caminar. ¿Entiende?

–Por supuesto que entiendo, bruto –respondió ella, con una risa nerviosa, antes de decir algo entre dientes.

–Lo siento… no he oído lo que ha dicho.

–¡No hacía falta! Pero si quiere saberlo, estaba recordándome a mí misma la advertencia de mantenerme alejada de los ingleses morenos y altos. Y especialmente de aquellos que son evidentemente duros, bruscos y dominantes.

Él bajó la cabeza para mirar a la mujer que llevaba en brazos. En algún momento del recorrido, posiblemente debido a sus intentos de liberarse, había perdido el sombrero de ala ancha. A pesar de ello, era imposible decir de qué color era su pelo, porque estaba cubierto de un pañuelo negro de tela gruesa, anudado en la nuca. El rostro tampoco parecía particularmente atractivo, ya que la sangre de sus dedos habían manchado las mejillas y la frente.

Sólo los grandes ojos azules, enmarcados por pestañas oscuras que parecían brillar con algún sentimiento, él no estaba seguro de si enfado o risa, hacían intuir que aquella mujer era más atractiva de lo que parecía en ese momento.

–Le diré, por si le consuela, que normalmente soy un hombre muy educado –continuó él, subiendo las escaleras de la entrada de la casa de ella–. De hecho, nunca imaginé ser duro o dominante. A menos, claro está, que tenga que rescatar a una señorita americana en dificultades que no está dispuesta a escuchar ninguno de mis consejos –añadió con ironía.

El hombre entró al interior de la casa, muy similar a la suya, y se dirigió hacia el dormitorio, donde la dejó sobre la cama.

–¡Ay! Creo que me ha puesto en mi sitio –exclamó la mujer, dando un suspiro y echándose sobre las almohadas con gesto teatral–. Tendré que asumir que ocurra lo que ocurra en este mundo grande y horrible, usted siempre llevará razón.

Ace la miró con una mueca en los labios, pensando en algunas respuestas que de verdad pusieran a aquella mujer en su sitio. Y luego, al ver su rostro pálido y sus manos temblorosas, se dio cuenta de que había sido demasiado brusco con aquella pobre mujer, que parecía mucho más joven de lo que al principio supuso.

–Lo siento. Creo que debería de disculparme por haber sido tan grosero, pero estaba preocupado por la herida. Créame, debería de visitar a un doctor lo antes posible.

–Bueno, yo creo que ahora me toca a mí disculparme –contestó la muchacha, contemplando asombrada el rostro bronceado y atractivo del hombre que la había ayudado–. No sé lo que me ha pasado –continuó, con una voz débil–. Porque yo, normalmente no me comporto así.

–Estoy seguro de que no. ¡Y aunque le cueste creerlo, yo tampoco! Así que ahora voy a telefonear al hotel y pedirles que traigan a un médico. Una vez que consiga ayuda, prometo dejarla sola, ¿de acuerdo?

–No… no, por favor, no se vaya –suplicó, incorporándose para tomarle de la mano–. No lo haga, o por lo menos hasta que no me vea el doctor.

–Tranquilícese. Me quedaré hasta que no me necesite –prometió, antes de dejar la habitación.

Sólo Dios sabía qué tendría aquella inquietante mujer, musitaba Ace mientras se aproximaba al teléfono. Parecía un completo desastre, por supuesto, pero había algo en el tono de su voz, en sus ojos sorprendentemente azules, que ejercía un enorme poder sobre él. ¡Incluso, por muy ridículo que le pareciera, estaba empezando a parecerle atractiva!

Afortunadamente, enviaron en seguida a un doctor y Ace, en el porche, se alegró cuando aquél confirmó que la paciente estaba fuera de peligro.

–Hizo bien en detener la hemorragia a tiempo –dijo el hombre, entrado en años, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo–. Sin embargo, el corte no es demasiado profundo. Si usted cuida a su esposa y se preocupa de que permanezca en cama durante el resto del día de hoy, mañana estará bien y podrá volver a América.

–¿Qué? Lo siento… creo que no ha entendido la situación. Puedo asegurarle que esta mujer no es mi esposa. De hecho…

–¡Ah, ya entiendo! ¡Es usted muy inteligente, amigo! –dijo el doctor, con un gesto–. Ambos somos hombres de mundo, así que no hace falta que se preocupe. Su secreto está a salvo conmigo –añadió, con un golpe en los hombros de Ace–. Le dejo cuidando de su… querida señorita, ¿está bien así?

–¡No! Quiero decir… usted se equivoca.

Pero el hombre desapareció escaleras abajo y sólo se pudo oír el sonido de su risa suspendida en el aire.

Ace se pasó una mano por su pelo fosco. ¿Qué demonios se suponía que debía hacer?

Lo cierto era que la idea de tener que cuidar a la desconocida no era demasiado atrayente. Aunque tampoco podía marcharse y dejarla sola. Sin embargo, con un poco de suerte ella estaría cansada y le apetecería quedarse sola.

Finalmente, decidiendo que necesitaba tomar algo, se puso rígido y se acercó al dormitorio.

–Siento tener que decir que el doctor, por alguna extraña razón, se ha hecho una idea completamente equivocada de nosotros –declaró, al entrar–. Aunque estoy dispuesto a ayudarla en lo que pueda, no creo que… ¡Dios mío!

Ace se acercó despacio a la cama, incapaz de aceptar lo que sus ojos le mostraban. ¿Qué demonios había pasado a la muchacha débil que sangraba y tenía un aspecto terrible media hora antes?

–¡No puedo creérmelo! –exclamó, contemplando atónito las largas y contorneadas piernas y el cuerpo cubierto provocativamente con una bata transparente y un diminuto bikini azul que no dejaba nada a la imaginación. En el lugar donde minutos antes había un pañuelo negro, brillaba una melena rojiza suave, como una llamarada sobre la almohada, que rodeaba a un rostro con forma de corazón. En él, unos ojos azules enormes y unos labios carnosos sonreían con la misma sensualidad que sus senos redondos.

–¡Debo haber muerto y estar en el cielo! –exclamó con voz ronca–. Porque eres la mujer más hermosa que he visto jamás.

Y entonces, al tiempo que ella sonreía, él se agarró a una de las esquinas de la cama de postes, mientras se esforzaba en ordenar sus ideas.

–Lo… lo siento –musitó, con las mejillas encendidas, al darse cuenta de que se había comportado como un estúpido–. Es sólo que… –el hombre hizo un gesto con la cabeza, incapaz de explicar con palabras el efecto que ella tenía sobre él, normalmente capaz de controlarse perfectamente a sí mismo.

–¡Tranquilo! No hace falta que se disculpe –aseguró la muchacha–. No sé por qué los ingleses tienen esa fama de ser tan serios y fríos –añadió, incapaz de contener la risa–. Por experiencia, sé que ustedes tienen la sorprendente capacidad de hacer creer a una mujer que vale un millón de dólares.

–Desearía que así fuera, pero me temo que está usted muy equivocada –contestó Ace, sonriendo a la mujer que estaba tumbada elegantemente sobre la cama–. Desgraciadamente, la mayoría del tiempo parece que actuamos de acuerdo a la educación rígida de nuestras escuelas.

–¿De verdad? Pero como usted ahora no está en la escuela, ¿qué le parece si prepara una copa para los dos?

–Si el doctor le ha recetado algún medicamento, será mejor que evite tomar alcohol.

–Tiene usted razón, pero ni siquiera he tomado una aspirina –le aseguró–. Aunque normalmente bebo poco, reconozco que después de los acontecimientos del día de hoy me apetece una copa de coñac.

–Eso me parece una idea estupenda –admitió él, alegrándose de la posibilidad que se le presentaba de recuperarse.

Y es que, para un hombre que se acercaba a los cuarenta, era completamente ridículo comportarse así por culpa de una muchacha, por muy guapa que fuera, se dijo, mientras preparaba las bebidas en el mueble bar del enorme salón.

Además, después de la ruptura de su matrimonio, había tenido varias compañeras y amigas muy atractivas que no le habían hecho cambiar su vida en absoluto. Entonces, ¿por qué una sonrisa de aquella americana, guapa y conflictiva, parecía hechizarle de aquella manera?

De hecho, si no hacía algo pronto, estaría metido en problemas. Lo sabía perfectamente. Así que lo mejor que podía hacer era irse de allí cuanto antes.

–Bueno, yo ahora… –comenzó Ace, mientras se apoyaba en uno de los postes de madera del dosel–. Espero que pueda desvelarme el misterio de por qué ha ido vestida en los últimos días como si fuera un fantasma. ¿Por qué se cubre usted de la cabeza a los pies con esas túnicas de gasa? ¡Por no decir nada del sombrero!