La última sonrisa en Sunder City (versión española) - Luke Arnold - E-Book

La última sonrisa en Sunder City (versión española) E-Book

Luke Arnold

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Beschreibung

La magia ha desaparecido, pero los monstruos permanecen. Bienvenidos a Sunder City. Fetch Phillips tiene mucho que expiar. Más de lo que la mayoría de la gente cree, o ya estaría muerto. Está en el fondo del pozo, y como último recurso acepta un trabajo para investigar la desaparición de un profesor vampiro en una escuela de barrio. Es esto o muere. La tentación de tirarse por la puerta de Ángel de su oficina se está volviendo demasiado difícil de resistir. Mientras, Sunder City esconde todo tipo de cosas en sus sombras y Fetch está a punto de encontrar un problema que podría ser demasiado grande para que él lo pueda manejar ... Sunder City, distópica, en posguerra y carente de magia, se encuentra devastada. ¿Qué pasa cuando la magia se va? Sólo lo peor: van desapareciendo las criaturas inmortales y abundan criaturas atrapadas en grotescas formas inacabadas, retorcidas; la sociedad, la industria, la política y la cultura se corrompen, las razas mágicas caen y los humanos ascienden... Un relato negro y cínico, en un lugar de imaginación asombrosa. En la mejor tradición de la novela negra americana, llega La última sonrisa en Sunder City, de Luke Arnold, que inventa el género urban noir fantasy. "Combina la crudeza de Chinatown con lo asombroso de Harry Potter". Publishers Weekly.

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Seitenzahl: 450

Veröffentlichungsjahr: 2021

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LA ÚLTIMA SONRISA EN SUNDER CITY

Luke Arnold

Traducción: Federico Cristante

“La construcción meticulosa del mundo, y la historia de fondo altamente detallada, así como el elenco de personajes auténticos y memorables, son fortalezas indiscutibles del libro de Luke Arnold. Es la primera entrega de una serie que podría ser el hijo ilegítimo de Terry Pratchett y Dashiell Hammett”.

—Kirkus.

“Un mundo conocido pero diferente, que combina la crudeza de Chinatown con el encanto de Harry Potter. Es el inicio de una serie que tendrá lectores que regresarán por más”.

—Publishers Weekly.

“Un debut impresionante que muestra un talento e imaginación increíbles. Fetch es un antihéroe que investiga la desaparición de un profesor, que parece algo sencillo, pero con cada paso, se ve envuelto en una compleja red de engaño, corrupción y violencia”.

—The Nerd Daily.

“Es una excelente novela noir de fantasía urbana. Su protagonista nos debería resultar desagradable y poco interesante, sin embargo no podemos evitar entenderlo y quererlo. A través de sus ojos descubrimos Sunder City y a sus ciudadanos, que necesitan encontrar su lugar en este nuevo mundo ‘sin magia’ ”.

—Lucila Quintana, editora.

Título original: The Last Smile in Sunder City

Edición original: Orbit, un sello de Little, Brown Book Group

© 2019 Luke Arnold

© 2019 Orbit, un sello de Little, Brown Book Group

© 2021 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2021 Gamon Fantasy

www.gamonfantasy.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-18711-07-7

Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
La Última Sonrisa en Sunder City
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Capítulo Veintiuno
Capítulo Veintidós
Capítulo Veintitrés
Capítulo Veinticuatro
Capítulo Veinticinco
Capítulo Veintiséis
Capítulo Veintisiete
Capítulo Veintiocho
Capítulo Veintinueve
Capítulo Treinta
Capítulo Treinta y uno
Capítulo Treinta y dos
Capítulo Treinta y tres
Capítulo Treinta y cuatro
Nuestros autores y libros en Gamon
Luke Arnold
Sinopsis
Gamon

Para papá,que me dejó en las manos de Tolkien, Chandlery muchas otras clases de magia.

Capítulo Uno

—Haz algo bueno —me había dicho ella.

Bueno, lo había intentado, ¿no? Cada uno de los casos de mi carrera había sido agotador y, a la larga, un sinsentido. Como cuando la señora Habbot me contrató para encontrar a su perro perdido. Dos semanas de trabajo, tres huesos rotos, y la vieja se murió antes de que yo pudiera cobrarle, lo que dejó a mi cargo un caniche ciego e incontinente durante dos meses. El tiempo suficiente para que yo me encariñase con el condenado perrito antes de que él también estirara la pata.

Que en paz descanses, Pompo.

Luego tuve mi efímero período como guardaespaldas de Aaron King. Me pagó hasta el último céntimo, acabé sin un solo moratón en todo el cuerpo, pero escuchar a ese ricachón vanidoso quejarse de su herencia hizo que el empleo se transformara en cuatro días y medio de un sufrimiento insoportable. Todavía me estoy quitando con pinzas sus quejas de los oídos.

Después de una sucesión de trabajos igual de inútiles, estaba en mi despacho, medio dormido, tres cuartas partes borracho y cien por cien desprovisto de café. Eso, casi, era suficiente. El café. Suficiente motivo para interrumpir para siempre todo ese estúpido juego. Me levanté de mi mesa y abrí la puerta.

La primera puerta, no. La primera puerta de mi despacho es la que tiene la pequeña ventana de cristal que dice “Fetch Phillips: Hombre a Sueldo” y da a la sala de espera, que da al vestíbulo.

No. Yo abrí la segunda puerta. La que da a un espacio vacío situado a cinco pisos de altura sobre la calle Principal. El dueño anterior había usado esa puerta, pero yo nunca la había atravesado. Aún no, al menos.

El viento de otoño me golpeó las mejillas cuando me paré en el borde y miré hacia abajo, hacia Sunder City. Habían transcurrido seis años desde que todo se había desmoronado. Seis años andando a trompicones con la esperanza de dar con algún modo de compensar todos aquellos estúpidos errores.

¿Por qué demonios habría pensado ella que yo podía representar la más remota diferencia?

Ring.

El teléfono candelabro agitó sus campanillas igual que un mendigo que pide monedas. Me lo quedé mirando, preguntándome si sería más engorroso atenderlo o comérmelo.

Ring.

Ring.

—Diga.

—¿Hablo con el señor Phillips?

—Así es.

—Soy Simon Burbage, director de la Academia Ridgerock. ¿Podría pasar por aquí esta tarde? Necesito su ayuda. —Yo sabía la dirección, pero me la dictó de todas maneras. Nuestra reunión tendría lugar después del horario de las clases, una vez que los alumnos se hubieran ido a sus casas, pero él quería que yo llegase un poco más temprano—. Si es posible, venga a las dos y media. Hay una presentación que podría interesarle.

Acordé ir a la hora indicada y la línea quedó en silencio. El viento volvió a golpearme el rostro. Esta vez permití que el aire frío me entrara en los pulmones, y me sirvió para expulsar la noche. Los párpados se abrieron con aspereza. La sangre comenzó a descongelarse. Me froté la cara con una mano, y la noté rugosa y seca como un trozo de carne salada.

Un cliente. Un caso. Uno que finalmente pudiera tener algún sentido. Cogí mi dinero, mi encendedor, mi puño de acero y mi cuchillo, y cerré la segunda puerta de una patada.

Después de una semana de lluvias se hizo un hueco entre las nubes y, para variar un poco, las calles parecían estar limpias. Tenía la esperanza de que yo también. Se trataba de mi primera oferta laboral en más de dos semanas y necesitaba lograr que se concretara. Llevaba puesto un traje gris remendado, camisa blanca, corbata negra, mi mejor par de botas y el chaquetón azul marino forrado con piel que ya prácticamente formaba parte de mí.

La Academia Ridgerock estaba formada por tres bloques de hormigón de una sola planta protegidos por una alambrada. El edificio más grande estaba decorado con un mural dolorosamente colorido de rostros sonrientes, rayos de sol y estrellas.

Una vigilante de seguridad esperaba con una taza de café y una sonrisa débil como un papel. Tenía ojos listos para mirar al techo con ironía y un amor sin tapujos por el poquito poder que tenía. Cuando me preguntó mi nombre, se lo dije.

—Fetch Phillips. Vengo a ver al director.

Intercambié mi identificación por un gruñido para nada impresionado.

—Salón de actos. Derecho por el camino, puertas rojas a la izquierda.

No era donde había estudiado yo y nunca había estado allí, pero todo el recinto estaba untado con una gruesa capa de nostalgia; el aroma inolvidable a manchas de hierba, mangas sucias de mocos, miedo, confusión y emparedados de mantequilla de cacahuete de la semana anterior.

Las puertas rojas estaban salpicadas de grafitis accidentales causados por pintura para manos rebelde. Las abrí, aguardé unos momentos para acostumbrarme a la oscuridad y entré tan silenciosamente como pude.

El enorme gimnasio hacía las veces de auditorio. Había sillas perfectamente apiladas a un lado, equipo deportivo esparcido en el otro. En el medio, la luz cálida de un proyector atravesaba la oscuridad y hacía resaltar una pantalla blanca y lisa. Las partículas de polvo se arremolinaban sobre un centenar de niños sentados en el suelo a quienes se intentaba mantener en silencio, pero que no dejaban de murmurar entre sí. Me escabullí hacia el fondo, me apoyé contra la pared y me dispuse a esperar lo que fuera que viniese.

Una niña chilló. Algunos niños se rieron. Luego, un hombre de aspecto tímido, con el pelo canoso y gafas grandes se colocó frente a la luz.

—Calmaos, por favor. La presentación está a punto de comenzar. —Reconocí la voz de la llamada telefónica.

—Sí, señor Burbage —recitaron los niños al unísono.

El director se acercó al reflector y la luz le dibujó líneas gruesas en el rostro. Los alumnos se removieron, emocionados, mientras él extraía un carrete de película de una caja y colocaba la cinta en la rueda dentada del aparato. Los altavoces crepitaron y comenzó a oírse una voz exageradamente articulada.

“El Opus tiene el orgullo de presentar…”.

Me atraganté a mitad de una inhalación. Los del Opus eran mis antiguos empleadores, y no nos habíamos separado de manera muy amistosa. Si eso era lo que Burbage quería que viera, significaba que él sabía algo de mi historia. Eso no me gustó en absoluto.

“… Mi cuerpo y yo: Hacerme adulto después de la Coda”.

Me puse nervioso y comencé a tirar de un hilo suelto de mi manga. La voz en off cambió por la de un locutor masculino que hablaba con ese falso tono amigable que yo suelo asociar con vendedores, estafadores y policías corruptos.

“¡Hola a todos! Estamos aquí para hablar de vuestro cuerpo. No os sintáis incómodos, vuestro cuerpo es algo verdaderamente especial, y es importante que sepáis por qué”.

Uno de los niños emitió un quejido con la intención de generar risas, pero sin éxito. Yo no era el único que estaba nervioso.

“Todos los cuerpos son diferentes, y eso está bien. Ser diferente significa ser especial, y todos somos especiales de un modo que es único para cada uno”.

En la pantalla aparecieron dos niños en forma de caricatura: un niño y una niña. Saludaron a los alumnos de la audiencia como si fueran viejos amigos.

“Puedes tener algo en tu cuerpo que tus amigos no tienen. O quizás ellos tienen algo que tú no. Estas diferencias pueden resultar confusas si no entiendes de dónde surgieron”.

Los pequeños personajes animados le seguían el juego a la voz y se encogían de hombros, confundidos, con signos de interrogación sobre la cabeza. Entonces comenzaron a transformarse.

“Quizá tu amigo tiene dientes puntiagudos”.

El personaje de la niña abrió la boca y reveló unos colmillos afilados.

“Quizá tú tienes muñones en la parte de arriba de la espalda”.

El niño animado se volvió y enseñó dos bultos que emergían de sus omóplatos.

“Podrías estar cubierto de un hermoso pelaje marrón o tener más ojos que tus compañeros. ¿Tienes la piel brillante? ¿Piernas grandes y largas? ¿Quizás, incluso, una cola? Seas lo que seas, o quién seas, eres especial. Y eres así por una razón”.

La imagen cambió a un paisaje: montañas, ríos y llanuras, todos pintados al estilo de un inocente libro de ilustraciones. A pesar de que la película estaba haciendo un gran esfuerzo por ocultarlo, yo sabía muy bien que esa no era una historia feliz.

“Desde el principio de los tiempos, nuestro mundo ha obtenido su poder de una energía natural que llamamos ‘magia’. La magia formaba parte de casi todas las criaturas que habitaban la tierra. Los hechiceros podían utilizarla para lanzar hechizos. Los dragones y los grifos volaban por el aire. Los elfos se mantenían jóvenes y hermosos durante siglos. Cada criatura estaba en sintonía con el espíritu del mundo, y eso la convertía en algo diferente. Especial. Mágico”.

“Pero hace seis años, antes de que algunos de vosotros hubierais nacido, hubo un incidente”.

Tiré tan fuerte del hilo de la manga que terminó saliéndose. Me lo enrollé con fuerza alrededor del dedo.

“Había una especie que no estaba conectada con la magia del planeta: los humanos. Ellos tenían envidia del poder que veían a su alrededor, y trataron de cambiar las cosas”.

Un dolor familiar me provocó una punzada en la parte izquierda del pecho, así que hurgué en los bolsillos de mi chaqueta en busca de mi medicina: un paquete de Clayfield Heavies. Los Clayfields son la versión producida en masa de un analgésico que se ha utilizado por estos lares durante siglos. En esencia, son porciones de corteza del árbol de recus recortados al tamaño de un mondadientes. Me metí una ramita fina entre los dientes y la mordí. La proyección continuó.

“Para remediar su inferioridad natural, los humanos construyeron máquinas. Inventaron una gran variedad de armas, herramientas y dispositivos extraños, pero no fue suficiente. Ellos sabían que sus máquinas nunca serían tan poderosas como las criaturas mágicas que los rodeaban”.

“Entonces los humanos oyeron una leyenda que hablaba de una montaña sagrada donde el río mágico del interior del planeta subía hasta la superficie; un portal que llevaba directamente al corazón del mundo. Este antiguo mito les dio una idea”.

La imagen cambió a la de un ejército de soldados furiosos que blandían espadas y antorchas, y empujaban una perforadora gigante.

“Buscando capturar la magia natural del planeta para ellos, el Ejército humano invadió la montaña y derrotó a sus protectores. Entonces, con la esperanza de utilizar el poder del río para sus propósitos, introdujeron sus máquinas directamente en el alma de nuestro mundo”.

La sencilla animación comenzó a representar los eventos que hoy se conocen como la “Coda”.

Los niños observaron en silencio mientras el ejército caricaturesco movía sus fuerzas hacia la montaña. En la pantalla, parecía tan simple como deslizar una pieza de ajedrez por el tablero. No oyeron los gritos. No olieron los incendios. No vieron la sangre derramada. Los cadáveres.

No me vieron a mí.

“El Ejército humano envió sus máquinas al interior de la montaña, pero cuando intentaron utilizar el poder del río, sucedió algo mucho más terrible. El reluciente río de magia cambió de niebla a cristal sólido. Se congeló. El corazón del mundo dejó de latir y todas las criaturas mágicas sintieron el cambio”.

Yo tenía gusto a bilis en la boca.

“Los dragones cayeron del cielo en picado. Los elfos envejecieron siglos en cuestión de segundos. Los cuerpos de los hombres lobo se volvieron inestables y quedaron deformes. Las criaturas del mundo quedaron vacías de magia. Todos nosotros. Y ha permanecido así desde entonces”.

En la oscuridad, vi que se volvían algunas cabezas. Varios cuerpecitos diminutos se examinaban a sí mismos y luego se giraban para inspeccionar a sus vecinos. Ahora todo su mundo estaba cubierto por un manto de tristeza que los demás habíamos estado viendo durante los últimos seis años.

“Todavía puedes lucir la grandeza de lo que una vez fuiste. Alas, colmillos, garras y colas son los dones que te dio el gran río. Dan testimonio de tus ancestros y no son nada por lo que avergonzarse”.

Mordí demasiado fuerte el Clayfield y se partió por la mitad. En algún lado de la multitud, un niño lloraba.

“Recuerda: puede que no seas mágico, pero todavía eres… especial”.

La película terminó de salir del proyector y giró con fuerza en la rueda, golpeteando con violencia varias veces, hasta que finalmente se detuvo. Burbage encendió las luces, pero los niños permanecieron silenciosos como tumbas.

—Gracias por vuestra atención. Si tenéis alguna pregunta sobre vuestro cuerpo, vuestra especie o la vida antes de la Coda, vuestros padres y maestros estarán encantados de responderlas en detalle.

Mientras Burbage finalizaba la presentación, hice todo lo posible por hundirme en la pared que tenía detrás de mí. Un río de sudor se me había instalado en la frente, y me lo limpié con un pañuelo viejo. Cuando levanté la mirada, me examinaban unos ojos inquisitivos.

Eran de un verde brumoso con pupilas pequeñísimas: élficos. Jóvenes. El rostro era viejo, sin embargo. La piel élfica no tiene elasticidad. Ya no. Las bolsas que tenía ese niño debajo de los ojos eran dignas de una década de insomnio, pero él no podría contar más de cinco años. Tenía el pelo blanco, sin vida, y su cuerpo diminuto estaba todo torcido. No adoptó una expresión real, tan solo me miró el alma.

Y lo juro.

Lo supo.

Capítulo Dos

Esperé en la salita que daba a la oficina del director sentado en un banquito que me dejaba las rodillas a la altura del pecho. Burbage estaba dentro, detrás de una puerta de cristal, hablando por teléfono. Yo no podía distinguir todo lo que decía, pero daba la impresión de estar a la defensiva. Supuse que alguien, probablemente algún otro miembro del personal, no estaba muy contento con su presentación. Al menos yo no era el único.

—Sí, sí, señora Stanton, debe de haber sido bastante chocante para él. Es cierto que es un niño muy sensible. Quizá compartir con sus compañeros la experiencia de comprender todo esto sea justo lo que necesita para que estén más unidos... Sí, un sentimiento de conexión, exacto.

Me arremangué la manga izquierda y me froté la muñeca. Tenía cuatro anillos negros tatuados en el antebrazo, como brazaletes planos, que abarcaban desde la base de la mano hasta el codo: una línea continua, un diseño con detalles, un sello militar y un código de barras.

A veces los sentía como si me escocieran. Lo cual era imposible. Me los habían hecho hacía años, por lo que el dolor del tatuaje en sí había desaparecido hacía rato. Era la vergüenza de lo que representaban lo que seguía volviendo a hurtadillas.

De pronto se abrió la puerta del despacho. Dejé caer el brazo para que la manga volviera a su sitio, pero no fui lo suficientemente rápido. Burbage vio bien mi tatuaje y se quedó de pie en la entrada de su oficina con una sonrisa cómplice.

—Señor Phillips, entre, por favor.

El despacho del director estaba encajado en la esquina trasera del edificio, oculto de la luz del sol de la tarde. Una biblioteca bien surtida y un globo terráqueo polvoriento flanqueaban su escritorio, que estaba atestado de papeles, servilletas usadas y montones de libros de texto muy gastados. En el rincón había una lámpara verde que iluminaba la estancia como si nos estuviera haciendo un favor.

Burbage estaba tan desaliñado que hasta yo me di cuenta. Pantalones color café y una camisa azul pálido con chorreras y sin corbata. Su cabello, despeinado, nacía a medio camino de la parte de atrás de su cabeza redonda, y le llegaba a los hombros. Se sentó en un sillón de cuero que había a un lado del escritorio. Yo elegí la silla que estaba enfrente e hice todo lo posible por mantener la espalda bien erguida.

Comenzó limpiando las gafas. Se las quitó y las colocó sobre el escritorio, frente a él. Entonces extrajo un paño de un blanco inmaculado del bolsillo de la camisa. Volvió a coger las gafas, las sostuvo a la luz y masajeó suavemente los cristales con la punta de los dedos. Fue mientras frotaba las gafas cuando me fijé en sus manos. Evidentemente, la idea era que yo me fijara en ellas. Ese era el objetivo de toda esta exhibición.

Cuando estuvo seguro de que yo había comprendido su pequeña representación, volvió a ponerse las gafas, apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio y golpeteó la madera con los dedos. Cuatro en cada mano. Sin pulgares.

—¿Está familiarizado con el ditárum? —preguntó.

—¿Estoy aquí para recibir una clase?

—Tan solo me estoy asegurando de que no la necesite. Me han dicho que usted ha vivido muchas vidas, señor Phillips. Que tiene mucha más experiencia de la que su edad sugeriría. Quisiera estar seguro de que su reputación es merecida.

No me gusta pasar por el aro, pero tenía demasiada urgencia por el dinero que podía haber en el otro lado.

—Ditárum: la técnica utilizada por los hechiceros para controlar la magia.

—Correcto. —Levantó la mano derecha—. Utilizando los cuatro dedos para crear patrones intrincados específicos, podíamos abrir pequeños portales de los que emergía magia pura. Los grandes maestros del ditárum (y déjeme decirle que había solo un puñado) eran coronados como Lumrama. ¿Lo sabía?

Negué con la cabeza.

—No. —Sonrió de una manera que me desconcertó—. Me imagino que no. Los Lumrama eran hechiceros que habían logrado tal grado de habilidad que podían servirse de la hechicería para cualquier tipo de ejercicio. Desde ataques en el campo de batalla hasta las tareas más insignificantes de la vida cotidiana. Con solo cuatro dedos, podían hacer cualquier cosa que necesitaran. Y para demostrarlo…

¡BLAM! Estampó la mano contra el escritorio. Supongo que quería que yo me estremeciera. Lo desilusioné.

—Para demostrarlo —repitió—, los Lumrama se amputaban los pulgares. Los pulgares son herramientas toscas, primitivas. Extirparlos era prueba de que habíamos ascendido del nivel básico de la existencia y nos habíamos apartado de nuestros primos mortales. El viejo apuntó con sus manos mutiladas en mi dirección y movió los dedos, riéndose como si fuera un chiste genial.

—Bueno, qué sorpresa nos llevamos.

Burbage se inclinó hacia atrás en su asiento y me inspeccionó. Tuve la esperanza de que finalmente comenzáramos a hablar de lo que me había llevado allí.

—Entonces, ¿usted es un “Hombre a sueldo”?

—Así es.

—¿Por qué no se presenta directamente como detective?

—Tengo miedo de que eso me haga parecer inteligente.

El director arrugó la nariz. No sabía si estaba intentando ser gracioso; y mucho menos si lo había conseguido.

—¿Cuál es su relación con el departamento de policía?

—Tenemos conexiones, pero son tan escasas como puedo permitírmelo. Cuando vienen a llamar a mi puerta, tengo que atenderlos, pero la protección y la privacidad de mis clientes tienen prioridad. Hay líneas que no puedo cruzar, pero las aparto tan lejos como puedo.

—Bien, bien —murmuró—. No es que haya nada ilegal de lo que preocuparse, pero este es un asunto delicado y el departamento de policía es un recipiente que tiene muchas filtraciones.

—Eso no se lo voy a discutir.

Sonrió. Le gustaba sonreír.

—Ha desaparecido un miembro del personal. El profesor Rye. Enseña historia y literatura.

Burbage deslizó una carpeta sobre la mesa. Dentro había una reseña de tres páginas sobre Edmund Albert Rye: empleado de jornada completa, un metro noventa y seis de estatura, trescientos años de edad…

—¿Dejan que un vampiro dé clases a niños?

—Señor Phillips, no sé cuánto sabe usted de la Raza de Sangre, pero han recorrido un largo camino desde aquellas crónicas de terror de la historia antigua. Hace más de doscientos años, formaron la Liga de los vampiros, un sindicato de los no-muertos que juró proteger, y no cazar, a los seres más débiles de este mundo. Solo tenían permitido alimentarse a través de donantes de sangre voluntarios o de aquellos condenados a muerte por la ley. Exceptuando algún renegado ocasional, considero a la Raza de Sangre la especie más noble que haya surgido jamás del gran río.

—Disculpe mi ignorancia. Nunca me he cruzado con uno. ¿Cómo les está yendo, después de la Coda?

Mi ingenuidad pareció complacerlo. No cabía duda de que Burbage era un hombre que disfrutaba impartiendo conocimientos al ignorante.

—La población vampírica ha sufrido tanto como cualquier otra criatura del planeta, si no más. La conexión mágica a la que accedían drenando la sangre de otros se ha cortado. Ya no obtienen la fuerza vital mágica que antes aseguraba su supervivencia. En pocas palabras, están muriendo. Lenta y dolorosamente. Marchitándose, convirtiéndose en polvo como cadáveres al sol.

Retiré una foto de la carpeta. Las únicas señales de vida que había en el rostro de Edmund Rye eran los ojos sumamente concentrados que luchaban por salir de sus cuencas. No era mucho más que un fantasma: los orificios nasales cavernosos, el pelo parecido a algodón viejo y la piel que se le estaba descamando.

—¿Cuándo tomaron esta foto?

—Hace dos años. Ha empeorado.

—¿Él estaba en la Liga?

—Por supuesto. Edmund fue un miembro fundador crucial.

—¿Siguen activos?

—Técnicamente, sí. En su estado de debilidad, la Liga ya no puede cumplir con su juramento de protección. Todavía existen, aunque sea solo de nombre.

—¿Cuándo decidió Rye hacerse maestro?

—Hace tres años hice el anuncio de que iba a fundar Ridgerock. Causó bastante conmoción en la prensa. Antes de la Coda, una escuela para especies cruzadas habría sido muy poco factible. Imagínese tratar de obligar a un Enano a asistir a una clase de pociones o poner a gnomos y a ogros en una misma cancha. Habría sido imposible para cualquier niño recibir una educación adecuada. Ahora, gracias a la especie a la que pertenece usted, todos hemos caído al nivel básico. —Me estaba provocando. Decidí no morder el anzuelo—. Edmund vino a verme la semana siguiente. Él sabía que no le quedaban muchos años por delante, y esta escuela era un lugar donde él podría transmitir la sabiduría que había adquirido durante su larga e impresionante vida. Ha servido con lealtad desde el día de su inauguración y es un miembro muy querido del personal.

—Entonces ¿dónde está?

Burbage se encogió de hombros.

—Ha pasado una semana desde la última vez que vino a dar clases. Les hemos dicho a los alumnos que está de baja por asuntos personales. Vive arriba de la biblioteca de la ciudad. He incluido la dirección en su informe, y la bibliotecaria sabe que usted va a ir.

—Todavía no he aceptado el trabajo.

—Lo aceptará. Por eso le pedí que viniera temprano. Sentía curiosidad por saber qué clase de hombre emprendería una carrera como la suya. Ahora lo sé.

—¿Y qué clase de hombre sería ese?

—Uno con sentimiento de culpa.

Observó mi reacción con sus estrechos ojos de sabelotodo. Volví a meter la foto en la carpeta.

—Ya ha pasado una semana. ¿Por qué no acudir a la policía?

Burbage deslizó un sobre por la mesa. Vi el color bronce de los billetes que contenía.

—Por favor, encuentre a mi amigo.

Me puse de pie, cogí el sobre y separé la suma que consideré justa. Era un tercio de lo que me estaba ofreciendo.

—Esto cubrirá hasta el fin de semana. Si no he encontrado algo para entonces, hablaremos de ampliar el contrato. —Me guardé el dinero en el bolsillo, enrollé la carpeta, la metí en el interior del chaquetón y me dirigí hacia la puerta. Entonces me detuve un momento—. Esa película no ha hecho diferencia entre el Ejército humano y el resto de la humanidad. ¿No es un poco irresponsable? Podría ser peligroso para los alumnos humanos.

En la poca luz que había, lo vi dibujar esa sonrisa condescendiente que tan bien le salía.

—Mi estimado amigo —dijo alegremente—, ni se nos ocurriría tener un niño humano aquí.

Cuando salí al exterior, el aire me refrescó el sudor del cuello de la camisa. La vigilante de seguridad me dejó ir sin mediar palabra, y yo tampoco se la pedí. Me dirigí hacia el este por la calle Catorce sin muchas esperanzas respecto de lo que pudiera llegar a descubrir. El profesor Edmund Albert Rye: un hombre cuya expectativa de vida había caducado hacía varios siglos. Dudaba que pudiera volver con algo más que una historia triste.

No me equivocaba. Pero a la historia se le estaban añadiendo elementos que escocían.

Capítulo Tres

Sunderia era una tierra inhóspita que no tenía pueblos nativos. En 4390, una banda de cazadores de dragones fue en dirección a un fuego que había en el horizonte, pensando que se estaban acercando a una presa. En cambio, descubrieron la entrada a una hoguera subterránea muy volátil. En lugar de lamentarse de su error, decidieron darles uso a las llamas.

Sunder City comenzó su andadura como una gran fábrica, propiedad de aquellos que la habían fundado. Durante las primeras décadas, los únicos habitantes fueron los trabajadores, que pasaban sus días fundiendo hierro, cociendo ladrillos y colocando cimientos. A medida que la ciudad comenzó a tener estabilidad, aquellos que terminaban su contrato se sentían menos inclinados a irse, por lo que establecieron hogares y negocios. A la larga, Sunder necesitó un liderazgo independiente de la fábrica, por lo que se eligió al primer gobernador: un constructor Enano llamado Ranamak.

Ranamak había venido a Sunder como asesor de construcción y nunca se decidió a marcharse. Tenía todas las habilidades que los sunderianos valoraban: fuerza, experiencia y afabilidad. Era un tipo simple y con grandes conocimientos de minería, por lo que la mayoría de los lugareños estuvieron de acuerdo en que era el líder perfecto.

Al cabo de veinte años, la mayor parte de Sunder City seguía satisfecha con los servicios de Ranamak. El negocio estaba en auge. Las rutas mercantiles estaban muy activas y todos se estaban llenando los bolsillos. El propio gobernador era el único que creía que su liderazgo era insuficiente.

Ranamak había viajado por el mundo y sabía que Sunder corría el riesgo de obsesionarse con la producción y las ganancias, y de hacer caso omiso a otras áreas de la vida. Tenía miedo de que se estuviera descuidando la cultura, y quería encontrar la manera de que Sunder City tuviera un alma. En medio de sus conflictos internos, conoció a alguien que existía completamente fuera del plano de la productividad.

En esa época, sir William Kingsley era un personaje controvertido; William era el hijo caído en desgracia de una orgullosa familia humana, se había alejado de sus obligaciones en pos de llevar una vida nómada. Leía, comía, escribía y practicaba el arte frecuentemente denostado de la filosofía.

Kingsley vino a Sunder desparramando poemas e ideas, y, sin saber cómo, acabó sentado a la mesa de Ranamak. Según la leyenda, en algún momento entre la cuarta y la quinta botella de vino, sir William Kingsley fue nombrado ministro de Teatro y Arte, el primero de Sunder City.

Durante los siguientes tres años, se aumentaron los impuestos para cubrir el coste de las obras de Kingsley: un anfiteatro, un salón de danza y una galería de arte. Creó el Ministerio de Educación e Historia, que procedió a construir el museo. En unos pocos años, Ranamak y Kingsley transformaron el lugar de trabajo que era Sunder City en una ciudad metropolitana y vibrante. Entonces, una turba de contribuyentes enfurecidos los asesinó brutalmente a causa de ello.

Hoy en día, todos los sunderianos parecen opinar lo mismo sobre aquel evento: tenía que suceder, se habían pasado de la raya, pero el período de Kingsley convirtió Sunder en lo que es hoy, y todos están orgullosos de lo que ellos lograron.

En el aniversario del asesinato, para honrar sus servicios, la gente de Sunder construyó la biblioteca Sir William Kingsley, un imponente edificio de madera de secuoya ubicado sobre una colina de la zona este de la ciudad. Después de una pequeña caminata cuesta arriba, me encontré con una estatua de bronce del mismísimo sir William. Era un sujeto de cara redonda y aspecto jovial, y no tenía pelo. En una mano sostenía un libro, en la otra una botella de vino. Debajo de la estatua había una placa con los icónicos versos de su poema más famoso, Los viajeros:

De la chispa nace el fuego

que al sendero ha de caer.

Por el lodo avanzaremos

sin jamás poder volver

La biblioteca era uno de los pocos edificios de madera que habían sobrevivido al hábito de Sunder de sufrir combustiones inesperadas. Antes de la Coda, mientras los fuegos aún manaban, las hogueras garantizaban calefacción y energía gratuitas para cada miembro de la población, siempre y cuando a uno no lo molestase que de vez en cuando se esfumara una porción de la ciudad.

En el caso de la biblioteca, su ubicación aislada la había mantenido a salvo. Casi. Las llamas cercanas habían combado la fachada con tanto calor que al tono dorado de la madera le habían quedado vetas negras de carbón. Había un encanto anticuado en las vidrieras, los marcos arqueados y la aguja puntiaguda; era un lugar extrañamente espiritual a pesar de haber sido diseñado para albergar libros viejos.

Me gustan los libros. Son silenciosos, decorosos y absolutos. Un hombre puede vacilar, pero sus palabras, una vez escritas, se mantendrán firmes.

Las grandes puertas se abrieron emitiendo el gruñido de un oso bostezando, y el aroma arcilloso a papel viejo me llenó las fosas nasales.

El interior de la biblioteca parecía más una colección privada que un edificio público. Habían diseñado los pasillos con el fin de acentuar la arquitectura del recinto, por lo que el lugar era un laberinto intrincado en el que ningún camino llevaba a donde parecía llevar. Yo me habría pasado el día de lo más feliz buscando la edición rústica perfecta para guardármela en el bolsillo trasero, pero, para variar, tenía un trabajo que hacer.

Estaba claro que el resto de la ciudad no compartía mi pasión por la biblioteca. Después de pasar un buen rato deambulando por entre las sinuosas estanterías encontré a la única ocupante de aquel lugar, acuclillada en uno de los pasillos. La bibliotecaria tenía unos treinta años y llevaba una chaqueta azul marino y pantalones grises. Teníamos aproximadamente la misma edad, pero a ella el tiempo la había tratado como a un vino fino, y a mí como a leche dejada al sol. Una trenza de cabello castaño claro le caía todo a lo largo de la espalda, y tenía la piel de color caramelo y con pecas. Me vio acercarse y me sonrió con unos labios que se le habrían podido arrojar a un marinero en el agua para que no se ahogase.

—Ah, tú debes de ser el chico de los recados del director. —Se puso de pie y nos dimos la mano. Sus dedos eran largos y delgados, y envolvieron los míos en su totalidad. Eran dedos hechos para la brujería.

—Fetch Phillips —dije—. ¿Cómo sabes que no soy un usuario de la biblioteca?

—Reconozco un bebedor cuando lo veo. Si el sol va camino al horizonte y no tienes una copa en la mano, apostaría mucho dinero a que estás trabajando.

La chica era lista por partida doble: libros y calle. Yo pensaba que ya no quedaban flores así en el jardín.

—Este es un edificio impresionante. ¿Hace mucho que trabajas aquí?

—Diez años —dijo, dejando que sus dedos se deslizaran de mi muñeca—. Pasando por fuego, Coda y vampiro.

—¿Cuál ha sido peor?

—¿Realmente quieres saber eso, soldado? —Me clavó una mirada que estaba llena de ironía pero libre de reproches, luego me dejó a un lado y caminó por el pasillo—. No fue Ed, sin lugar a dudas. Al principio, me conformaba con tener algo de compañía, pero no me llevó mucho tiempo darme cuenta de lo afortunada que era de que nuestros caminos se hubieran cruzado. El profesor es indudablemente la criatura más inteligente que he conocido. Ven, voy a enseñarte su habitación.

Me guio por un estrecho pasadizo de libros hacia una escalera de mano apoyada contra la pared de atrás. Se extendía hacia arriba, más allá del sector de novela, hasta un agujero que había en el techo.

—Adelante.

Apoyé el pie en el primer peldaño, y la escalera se movió sobre las tablas del suelo.

—¿Tú no vienes?

—Por supuesto. Pero tú llevas puesto un chaquetón y yo, pantalones ajustados. Me imagino que un tipo decente se ofrecería a subir él primero.

Asentí con la cabeza, sonreí como un idiota y comencé a subir. La escalera tembló cuando ella hizo lo propio.

—¿El anciano subía por aquí todos los días? —pregunté.

—Lentamente y quejándose, pero siempre decía que el ejercicio le venía bien.

Ayudé a la bibliotecaria a pasar de la escalera a un pequeño descansillo que había al final. Desde allí arriba tuve la oportunidad de admirar la complejidad de la biblioteca. Las estanterías de libros se curvaban y fluían hacia todos los rincones como las raíces de un árbol rebelde. El sistema de registro debía de ser una pesadilla.

Los largos dedos de la bruja abrieron la puerta y revelaron un espacioso loft construido encima del techo. Inclinó la cabeza para pasar por debajo del arco de la entrada y me guio al interior de la habitación, que estaba bañada por la luz solar.

Hicimos una pausa para adaptarnos al sol de la tarde, que lo inundaba todo a nuestro alrededor. Los laterales de la habitación eran más ventana que pared. Fuera, el cielo estaba nublado, pero el resol producía igualmente un fuerte escozor en mis ojos doloridos por la resaca.

—Originalmente, este piso no existía y las claraboyas iluminaban todo el edificio. Resultó que el sol era perjudicial para los libros, así que construyeron esta plataforma para mantenerlo a raya. Cuando Edmund la vio, preguntó si podía venirse a vivir aquí.

—¿Este es el hogar de un vampiro?

Aquella estancia era un mundo brillante, sin sombras. Espaciosa y circular, con una cama extravagante en el centro y estantes bajos de madera en cada pared.

—Es la sangre —dijo ella.

—¿El qué?

—En los viejos tiempos, Edmund nunca habría podido alojarse en un lugar como este. Pero una vez que las cosas cambiaron y la sangre dejó de servirle como alimento, el sol también dejó de tener efecto sobre él. Creo que por eso le gustaba tanto este lugar. Compensaba todos los años pasados en la oscuridad.

Inspeccioné sin prisas la habitación. Los libros que había en los estantes y a un lado de la cama eran variados, y no parecían tener un orden. Contra una pared había un botellero impresionante que acumulaba polvo junto a unas cuantas botellas vacías.

En una de las mesitas auxiliares estaba el correo, abierto, pero sin ordenar. El sobre de arriba de todo estaba marcado con una estrella azul dentro de un círculo y las letras LV: la Liga de los vampiros. Dentro había un boletín informativo producido en masa con datos sobre defunciones, novedades de la comunidad, objetos a la venta y otras trivialidades.

—Llegan todas las semanas —dijo ella—. Los miembros que quedan de la Liga se mantienen en contacto, intercambian historias, tratan de brindar apoyo. Edmund en general los ignora.

Hojeé rápidamente algunos sobres más, pero era como ella decía: invitaciones desactualizadas para reuniones de vampiros y artículos tristes acerca de Norgari, su tierra natal.

—¿Hay alguna posibilidad de que se haya ido de la ciudad?

La bibliotecaria negó con la cabeza.

—Me lo habría dicho, y no veo cómo. El mero hecho de ir andando al colegio ya le lleva una hora, y viajar a caballo o en carruaje lo haría pedazos.

Abrí un pesado baúl de madera que estaba a los pies de la cama y encontré seis bolsas de cuero: los archivos de trabajo de Rye. Dentro de cada bolsa estaban los documentos necesarios para cada asignatura: listas de clase, esquemas del curso, materiales de lectura, evaluaciones de los alumnos. Cada carpeta llevaba título e índice, y estaba en perfectas condiciones; un nivel de cuidado que no era evidente en el desorden que había en el resto de su vida.

La última bolsa no llevaba etiqueta y contenía un juego de carpetas de colores con informes individuales de alumnos.

—Clases particulares —explicó la bibliotecaria—. Algunos niños interesados en temas específicos pasaban tiempo con Edmund para que él les diera clases. No creo que supieran en lo que se metían. Él es muy generoso con su tiempo, pero a cambio exige total compromiso. A veces es un poco duro con ellos, pero es solo a causa de la gran pasión que siente. No puede entender por qué no comparten todos su sed de conocimiento. —Una risita comenzó a escapársele de los labios, pero el miedo la aferró y la arrastró hacia dentro—. Yo creo que la mortalidad ha hecho que lo invada el pánico. Quiere absorber todo lo que pueda, mientras pueda, antes de que todo termine.

Hojeé los archivos. Edmund le estaba enseñando a un joven hombre lobo la evolución de los híbridos entre humanos y animales, conocidos colectivamente como lycum. Una nereida adolescente quería ser cantante, por lo que Rye la estaba sometiendo a toda la historia de la música. Tenía una buena cantidad de alumnos que estaban estudiando una asignatura denominada Políticas Modernas entre humanos y Criaturas Mágicas. Si me las arreglaba para encontrar al profesor, yo mismo asistiría a una sesión de esa clase.

—¿Cómo está de salud?

Su sonrisa, firme hasta ese momento, rodó por el suelo.

—Por su aspecto físico, el día que llegó aquí yo pensé que iba a ser el último. De alguna manera ha logrado sobrevivir a lo largo de los años, pero estos últimos meses han sido los peores. Su mente resiste, pero el cuerpo le está fallando.

Eché una última mirada por la habitación. ¿Alguien se sorprendería si Edmund Rye hubiera muerto? Por supuesto que no. Lo sorprendente era que hubiera durado tanto tiempo.

—Veré qué puedo averiguar —dije—, pero me suena a que quizá la falta de sangre finalmente haya acabado con él.

Ella trató de decir algo, pero no le salieron las palabras. En cambio, volvió la cabeza hacia los ventanales. Cogí la bolsa de los archivos de clases particulares y otros documentos personales: libreta, pasaporte, certificado de docente. En el fondo del baúl, debajo de las bolsas, había un grueso fajo de papeles encuadernados. Abrí la cubierta en blanco y me encontré con la primera de muchas páginas escritas a mano, con un título que decía Un análisis del cambio, por el profesor Edmund Albert Rye. Al parecer, el profesor estaba escribiendo un libro propio. Lo guardé junto a los archivos de clases particulares.

—Voy a llevarme algunos de estos papeles, si no te molesta. Te prometo devolverlos cuando haya terminado.

Ella solo asintió con la cabeza, el cuerpo todavía orientado hacia el cielo de la tarde. Yo fingí estar ocupado por la habitación hasta que ella consiguió ocultar su tristeza y estuvo lista para volver a bajar.

Ya de nuevo en la calle, extraje una tarjeta de visita del estuche que llevaba en el chaquetón y se la pasé.

—Disculpa, no te he preguntado cómo te llamas.

Ella sujetó la tarjeta entre sus delgados dedos y se la metió en el bolsillo.

—Eileen Tide.

—Gracias por tu ayuda, Eileen. Ahí arriba me he fijado en la colección de vinos del profesor. ¿Hay algún bar que a él le gustara frecuentar?

—Jimmy’s. Está en la calle Tres, encima de la tienda de los curtidores.

Asentí con la cabeza y sonreí, intentando fingir que había algo de esperanza.

—Todavía podría aparecer de improviso —comenté, con todo el consuelo que ofrece una nube de tormenta.

—Eso espero. Si me necesitas, estaré aquí todos los días mientras hacemos algunos cambios. Se ha vuelto a imprimir. Del modo humano. Están llegando historias desde todo el continente, y ediciones revisadas de viejos volúmenes que reflejan el nuevo mundo. Tenemos que eliminar la mayoría de las publicaciones anteriores a la Coda.

—Pero no podéis tirar la historia a la basura como si nada, ¿no?

Eileen se encogió de hombros.

—Las estoy revisando todas y separando aquellas que todavía tienen sentido. Pero no sirve de nada fingir que el mundo no ha cambiado.

Su voz se oía lejana, como si estuviera llegando a través de una línea telefónica defectuosa. Me dijo adiós, entró, cerró la puerta, y oí los cerrojos deslizándose.

Al salir pasé junto a sir William. Seguía sonriendo. Seguía bebiendo. Observé la botella que tenía en la mano.

—Ah, de acuerdo —murmuré—. Me estás obligando.

Capítulo Cuatro

Nada había cambiado en La Zanja en varios años. Ni el aire. Ni la capa de sangre seca en el suelo. Ni el viejo Boris detrás de la barra. Tan solo parecían haberse vuelto más pesados.

Se trataba de un cuadrado de cemento lleno de corrientes de aire, ubicado a un paso de la puerta de mi casa. Las paredes estaban llenas de grietas sin reparar y el fuego solo se encendía si fuera nevaba. Cubículos de madera, un par de mesas y una barra que rara vez estaba vacía.

Boris era un banshee, ahora mudo (como todos los de su especie). Custodiaba una impresionante selección de alcohol importado, pero sus ganancias provenían mayormente de la cerveza barata, las bebidas fuertes y el alcohol ilegal.

La Zanja carecía de ceremonias, pero los pedidos venían rápido. Había bebida, había silencio y no había nada de hospitalidad innecesaria. Era perfecto.

Un anciano hechicero llamado Wentworth rendía audiencia desde su lugar de siempre; un banquillo de metal que arrastraba de mesa en mesa, insinuándose a todos los miembros del público. Era delgado como un palo y estaba sin afeitar, con un bigote que le caía de la nariz como un pañuelo mojado. Si presentía que una conversación necesitaba de su experiencia, se infligía a sí mismo a la mesa necesitada. Su sentido del oído ya era casi nulo, su inteligencia no estaba mucho mejor, pero todos tolerábamos su perorata. Si le discutías o tratabas de corregirlo, solo lograbas prolongar su permanencia. Era mejor asentir con la cabeza, actuar con convicción y esperar que se distrajera con alguna otra mesa.

Inserté dos monedas en el teléfono público que había en el extremo de la barra. El receptor estaba estampado con una placa de acero que decía Mortales.

Cuando el río sagrado se congeló, toda la tecnología mágica falló y la mayoría de las criaturas no tuvo forma de adaptarse. Las forjas de los enanos se enfriaron, los gigantes estaban demasiado débiles para trabajar y las ciencias de los elfos dejaron de tener sentido. Los gremlins y los trasgos que se habían ganado la vida inventando aparatos mágicos terminaron con almacenes llenos de instrumentos sin energía, vacíos, inútiles. Lo único que quedó fueron las chispas, el combustible y los pistones de las fábricas humanas.

El Ejército humano había ganado su guerra, pero la victoria destruyó el botín. La magia que habían querido controlar ya no estaba, por lo que se cambiaron el nombre y centraron su atención en otra cosa. Los generales se convirtieron en gerentes y los soldados se convirtieron en vendedores. Solo esperaron un par de meses de cortesía, después de arruinar el mundo, para ofrecerle a ese mundo sus productos en venta.

Por supuesto, ningún negocio previamente mágico quería entregar sus ahorros a los idiotas que habían arruinado el futuro de la existencia, pero ¿qué alternativa tenían? Cuando Mortales comenzó a producir hornos y radios a bajo coste, incluso los más enérgicos detractores de la humanidad tuvieron que ceder.

Luego siguieron los teléfonos; unas cajas brillantes ubicadas en las esquinas de las calles o colgadas en las paredes de las oficinas de correos. Cuando ya hubo cables tendidos en todas las calles, dejamos de ser tan remilgados acerca de las implicaciones morales y aceptamos su presencia como un mal necesario. Aun así, cada moneda que introducía en la rendija todavía me cortaba los dedos.

—Operadora de Sunder City —dijo la voz—. ¿Con quién desea hablar?

Pedí que me pusieran con el departamento de policía y luego con Richie Kites. Este acordó encontrarse conmigo cuando saliera de trabajar, lo que sucedería aproximadamente después de dos copas. Ni siquiera necesité pedirlas. Boris ya me había preparado una leche de álamo tostada, y yo me la llevé a un rincón para hacerme amigo de ella.

Al fondo del bar había dos elfos tambaleantes jugando un juego interminable de dardos en uno de los tableros especiales que uno solo puede encontrar en Sunder.

Después del asesinato de Ranamak, lo sustituyó un humano nacido en Sunder. El gobernador Ingot era un hombre de negocios. En teoría, eso le venía bien a la población, pero él resultó estar más preocupado por ofrecer Sunder al resto del mundo que por cuidar a los habitantes que ya estaban allí.

La primera pieza de propaganda fue un mapa completamente nuevo. No de todo el mundo, sino de nuestro continente: Archetellos. Todas las otras islas fueron ignoradas. El propio Archetellos tenía una deformación y una escala tales que hacían que Sunder quedara en el centro. Si bien era una idea novedosa, el efecto resultó inmediatamente ofensivo para cualquier persona que tuviera unos mínimos conocimientos de geografía.

Los carteles se montaron sobre cartón grueso y se repartieron por la ciudad. El plan era enviarlos por todo el mundo para convencer a otros territorios de la importancia de Sunder City, pero fueron objeto de una burla tan vehemente que la producción quedó interrumpida casi al instante.

Solo unos pocos fueron exhibidos en establecimientos locales, probablemente como una broma. Una noche, como los otros tableros de dardos estaban en uso, algunos clientes borrachos se pusieron creativos.

Sunder City, que habían intentado convertir en el centro artificial de Archetellos, vale cincuenta puntos. Los centros de los elfos, como el cuartel general del Opus o su tierra natal de Gaila, valen treinta. Tanto la ciudad de Perimoor, al este, como los acantilados de Vera, al oeste, valen veinticinco. Las montañas de los enanos que bordean el Norte valen veinte, pero esas custodian el camino hacia las Llanuras Accidentadas, y si caes ahí pierdes cinco puntos.

Las islas valen diez puntos cada una, incluidas Ember (el lugar de origen de las hadas) y Keats (donde se entrenan los hechiceros). No hay castigo por caer en el agua, pero hay reglas de la casa, según dónde estés jugando. En La Zanja, por respeto a Boris, la tierra natal de los banshee, Skiros, vale treinta y cinco puntos.

Las ciudades humanas valen cero puntos. Weatherly, Mira y la antigua base del Ejército humano constituyen un tiro desperdiciado. En algunos bares, incluso pierdes el juego.

Cuando llegó Richie, los elfos borrachos todavía seguían acertando con la mayoría de los dardos en el mar.

Richie había ido engordando medio kilo cada semana desde que se incorporó al grupo, hacía unos pocos años. Los ogros pueden ser impredecibles, pero Richie era un semi-ogro que había vivido toda su vida en la ciudad.

En la muñeca izquierda tenía un único tatuaje, que hacía juego con uno de los míos: el intrincado diseño que se veía verde a la luz del fuego. Al igual que yo, había pasado algunos años de su juventud trabajando para el Opus. En aquel entonces, no había problema que los arietes que tenía por manos no pudieran resolver. Ahora rezaba en la iglesia del papeleo. Yo solía pisotear un poco los límites de nuestra amistad. La tradición profesional nos convertía en enemigos, pero ocasionalmente podía contar con él como informante dentro del establecimiento.

—¿Leche de álamo? ¿Sigues bebiendo esa mierda azucarada?

Me bebí de golpe el último sorbo de mi vaso y le hice señas a Boris para que trajera otra ronda.

—A mí tráeme cerveza —le gritó Richie mientras se sentaba frente a mí—, porque resulta que yo sí sé que no soy una adolescente. Bien, ¿cuál es tu gran problema?

Sin darle detalles, le pregunté qué sabía de la Raza de Sangre.

—¿vampiros? Fetch, si insistes en escarbar en lugares a los que no perteneces, al menos mantente fuera del cementerio. —Boris nos trajo las bebidas. Richie bebió un buen trago de la jarra metálica y se lamió la espuma de los labios.

—¿Cuántos quedan todavía?

Se encogió de hombros.

—No muchos. La mayoría sigue viviendo en ese castillo de Norgari, al igual que durante los días de la Liga. Lo llaman La Recámara. Yo diría que allí no hay más de cien. En esta ciudad, quizás unos diez o doce. Suelen pasar el rato en una vieja casa de té que queda cerca de la plaza. El Diente Torcido.

Nunca había oído hablar de aquel sitio. La plaza era la clase de trampa para turistas que yo trataba de evitar.

—Pareces estar bastante bien informado. ¿Eso significa que la policía sigue de cerca a la comunidad de vampiros?

Richie me miró de lado con un ojo enrojecido. Él sabía que tenía que pensárselo dos veces antes de soltar información en mi presencia. Más de una vez había hablado con demasiada libertad, y ello siempre había traído consecuencias nefastas para ambos.

—Fetch, durante décadas no ha habido motivos para preocuparse por la Raza de Sangre. Están viejos. Son inofensivos.

Solté un gruñido evasivo y Richie bebió un sorbo de su bebida.

—¿Cómo mueren?

Richie se detuvo a medio tragar y bajó la jarra.

—Con mucho dolor —rugió—. Son cascarones vacíos. Recipientes que no pueden llenarse. Se secan como la fruta vieja y se convierten en polvo. En los viejos tiempos, el sol acababa con ellos en segundos. Ahora tarda varios años, si tienen suerte.

—Entonces, son mortales. ¿Todavía necesitan que alguien les clave una estaca en el corazón?, ¿o pueden tropezar, golpearse en la cabeza y estirar la pata como el resto de nosotros?

Richie se mordió el labio. Estas conversaciones nunca eran fáciles. Todos seguían dolidos a causa de la Coda. Incluso llegó a romper la bola de bolera que Richie tenía por corazón.

—Son menos que mortales —dijo—. No sé qué es lo que los hace seguir vivos, pero se está acabando. Un día de estos, una brisa se los llevará a todos y nunca volveremos a ver a los de su especie.

Dicho esto, terminó su bebida, se levantó del cubículo y me dejó la cuenta. No se despidió. Debió de pensar que volvería a verme muy pronto.

Sunder City comenzó como un pueblo de clase obrera, lleno de herreros, mineros y metalúrgicos. No todo era trabajo honrado, pero era la clase de tarea que yo entendía: cavar la tierra o mover porquerías por ahí. Ese tipo de trabajo tenía sentido para mí.

La plaza, por otra parte, fomentaba el tipo de timo que me ponía los pelos de punta.

Anfitriones charlatanes que se te plantaban delante tratando de arrastrarte hacia sus restaurantes de precios prohibitivos. Ladrones muy bien vestidos y con acentos falsos que vendían tours a ningún lado. Artistas callejeros que conseguían la mayor parte de sus ingresos sirviendo como distracción para los carteristas.

Alrededor de la pequeña plaza había antorchas encendidas para mantener el negocio activo al anochecer. Atravesé el gentío, que ya disminuía, con las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos y moviéndome con determinación.

Un par de kóbolds me observaron desde las sombras. No eran de esta parte del continente. Los kóbolds tienen una especie de piel camaleónica que cambia según el entorno. Los kóbolds de ciudad son grises y calvos, pero estos eran azules como un estanque de rocas, con melenas tupidas alrededor del cuello: recién llegados desde las tierras salvajes del norte lejano. Otras dos almas perdidas intentando rebanar un trozo de Sunder para ellas. Les mostré mi puño de acero y les lancé una mirada que luego no iba a ser capaz de justificar. Al parecer, funcionó. Ellos volvieron sus ojos amarillos de nuevo hacia la oscuridad y yo me escurrí por una calle lateral.