Mamá desobediente - Esther Vivas - E-Book

Mamá desobediente E-Book

Esther Vivas

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Beschreibung

¿Qué implicaciones tiene ser madre, parir y dar de mamar?Las mujeres nos enfrentamos a una doble presión, ser mamás, como dicta el mantra patriarcal, y triunfar o sobrevivir como podamos en el mercado de trabajo: un ejercicio casi imposible de malabarismos cotidianos. A lo largo de la historia, la maternidad ha sido utilizada como instrumento de control y supeditación de las mujeres. Pero, una vez conquistado el derecho a no ser madres, tenemos pendiente reapropiarnos de la experiencia materna. Ya va siendo hora de que reivindiquemos la maternidad como una tarea imprescindible y común, y rompamos el silencio acerca del embarazo, el parto, la pérdida gestacional, la lactancia y el cuidado. Al nuevo feminismo emergente le corresponde pensar otra maternidad.

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Seitenzahl: 533

Veröffentlichungsjahr: 2019

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La maternidad y todo lo que la rodea, como el embarazo, la infertilidad, el parto, el duelo gestacional, el puerperio, la crianza, son temas que demasiado a menudo quedan invisibilizados en el ámbito doméstico. El ideal materno oscila entre la madre sacrificada, al servicio de la familia y las criaturas, y la superwoman, capaz de llegar a todo compaginando trabajo y crianza. Por suerte, las cosas empiezan a cambiar. Los nuevos feminismos han sacado del armario una serie de temas incómodos y la maternidad es uno de ellos. El presente libro quiere reflexionar sobre qué supone ser madre hoy, señalando que no hay una maternidad única, pero sí modelos impuestos que supeditan la experiencia materna a los dictados del patriarcado y del capitalismo.

Parece incompatible ser madre y feminista, pues la maternidad carga con una pesada losa de abnegación, dependencia y culpa, ante la cual las feministas de los años sesenta y setenta se rebelaron —como tenía que ser—. Sin embargo, este levantamiento terminó con una relación tensa con la experiencia materna, al no querer afrontar las contradicciones y los dilemas que esta implicaba. Ser madre no debería significar criar en solitario, quedarse encerrada en casa o renunciar a otros ámbitos de nuestra vida, y ser feminista no tendría que conllevar un menosprecio o una indiferencia respecto al hecho de ser mamá. ¿Por qué tenemos que escoger entre una «maternidad patriarcal», sacrificada, o una «maternidad neoliberal», subordinada al mercado?

Este libro quiere contribuir a pensar la maternidad desde una perspectiva feminista, apelando a una maternidad desobediente a la establecida por el sistema. Valorar y visibilizar la importancia del embarazo, el parto, la lactancia y la crianza en la reproducción humana y social, y reivindicar la maternidad como responsabilidad colectiva, en el marco de un proyecto emancipador. No se trata de idealizarla ni de esencializarla, sino de reconocer su contribución histórica, social, económica y política. Una vez las mujeres hemos acabado con la maternidad como destino, toca poder elegir cómo queremos vivir esta experiencia.

Al cabo de un tiempo de quedarme embarazada, cuando empecé a buscar información sobre dónde y cómo parir, tomé conciencia del maltrato y la violencia que se ejercen hacia las mujeres en la atención sanitaria al parto, de la envergadura de estas prácticas y de cuán normalizadas y aceptadas están. La indignación que sentí fue el impulso que años después me llevaría a escribir este libro. Por ello, la violencia obstétrica ocupa un lugar destacado en la obra; denunciarla es el primer paso para combatirla.

Este libro parte de mi experiencia personal como madre, y la lactancia materna tuvo en los primeros años un papel central. Hay muchos debates abiertos en torno a dar el pecho. Tenemos, por un lado, la industria de la leche de fórmula, que intenta incidir en las decisiones gubernamentales y el sector sanitario así como en nuestras prácticas, afirmando que dar el biberón es lo mismo que dar la teta; y nos topamos, por otro lado, con los prejuicios de un sector del feminismo que considera que amamantar devuelve a la mujer al hogar, obviando que vivimos en un sistema socioeconómico hostil a la lactancia materna. Desmontar estos mitos es otro de los objetivos de la presente obra.

Yo he optado por una forma de parir y amamantar, es mi experiencia. Cada mujer tiene la suya. No pretendo juzgar las prácticas de otras madres, porque cada una de nosotras hace lo que puede con el tiempo y las circunstancias de las que dispone. En cambio, sí que soy muy crítica con el modelo de maternidad, parto y lactancia que nos imponen el patriarcado y el capitalismo en función de sus intereses, medicalizando procesos fisiológicos y queriéndonos calladas, sometidas y obedientes. Este tampoco es un libro contra el personal sanitario. Denunciar la violencia obstétrica no significa estar en contra de los profesionales de la salud, sino contra determinadas prácticas, y hay que trabajar para que aquellos sean aliados para cambiarlas.

La literatura de la maternidad parte a menudo de la propia experiencia, de una maternidad reciente, vivida en positivo o no, de la dificultad para lograr el embarazo, del arrepentimiento de la condición materna, de un parto traumático. La presente obra no es una excepción. A la hora de escribirla, me he preguntado también sobre la experiencia de las mujeres de mi familia, en particular mis abuelas y mi madre. Recuerdo haber hablado de tantos temas con la iaia Elena y la iaia Montserrat, del exilio, la guerra, la posguerra, el trabajo en la fábrica o haciendo de modista, el noviazgo, el matrimonio…; pero nunca les pregunté qué significó para ellas tener una niña y un niño, respectivamente —mis padres son hijos únicos—, cómo fueron sus embarazos y partos. Ahora ya no lo puedo hacer, pues no están. Pero he hablado con mi madre y algunos de sus recuerdos quedan recogidos en el libro.

Esta no pretende ser una obra autobiográfica, pero al final resulta imposible no volcar la experiencia personal en un tema que te toca tan de cerca. ¿Cómo podía escribir sobre la maternidad, la crianza, las violencias ocultas tras el embarazo, el parto y el posparto, la lactancia materna… sin hablar de lo que he vivido? Me parecía poco honesto no hacerlo, pues lo que nos pasa marca en parte nuestra manera de ver lo que nos rodea. Una historia que en algunos casos coincide con la de otras mujeres de mi generación, nacidas en los años setenta.

Mamá desobediente es el resultado de mi experiencia como madre, tanto en clave personal como intelectual, de las preguntas que me he hecho, las respuestas que he encontrado y las reflexiones a las que he llegado. Una obra que quiere abrir puertas, romper mitos y silencios. Espero que este libro pueda ser útil a muchas mujeres que son madres, a las que lo quieren ser, a las que no lo son, y a todas aquellas y aquellos que acompañan en los procesos de crianza, porque la maternidad nos implica a todos.

01

Incertidumbres

¿Qué significa ser madre? Hay tantas definiciones como experiencias. No se puede hablar de una maternidad en sentido único. Cada vivencia depende del contexto social, las capacidades económicas, la mochila personal. No es lo mismo la maternidad biológica que la adoptiva; criar en solitario que contar con un entorno que te apoye; tener una criatura que criar a dos o tres; o volver al trabajo dieciséis semanas después del parto, cuando finaliza la baja, que cogerte una excedencia si lo que quieres es estar con tu bebé. Todo esto influye de un modo u otro en cómo vivimos la maternidad. Incluso una misma mujer puede tener experiencias distintas en función del momento vital por el que pase. No hay modelos universales.

El mito de la perfección

Sin embargo, se ha generalizado a lo largo de la historia un determinado ideal de buena madre, caracterizado por la abnegación y el sacrificio. La mamá al servicio, en primer lugar, de la criatura y, en segundo, del marido. El mito de la madre perfecta y devota, casada, monógama, sacrificada por sus criaturas, feliz de hacerlo, quien siempre ha antepuesto los intereses de hijos e hijas a los suyos, porque se supone no tenía propios. Un mito que se nos ha presentado como atemporal, cuando en realidad sus pilares son específicos de la modernidad occidental.[1]

El sistema patriarcal y capitalista, a partir de esta construcción ideológica, nos ha relegado como madres a la esfera privada e invisible del hogar, ha infravalorado nuestro trabajo y consolidado las desigualdades de género. Como mujeres no teníamos otra opción que parir, así lo dictaban la biología, el deber social y la religión. Un argumento, el del destino biológico, que ha servido para ocultar la ingente cantidad de trabajo reproductivo que llevamos a cabo. El patriarcado redujo la feminidad a la maternidad, y la mujer a la condición de madre.[2]

Al contrario del mito de la perfección, «fracasar es parte de la tarea de ser madre».[3] Sin embargo, esta posibilidad ha sido negada en las visiones idealizadas y estereotipadas de la maternidad. El mito de la madre perfecta, de hecho, solo sirve para culpabilizar y estigmatizar a las mujeres que se alejan de él.[4] Las madres son consideradas fuente de creación, las que dan la vida, pero también chivos expiatorios de los males del mundo cuando no responden a los cánones establecidos. Se las responsabiliza de la felicidad y los fracasos de sus hijas e hijos, cuando ni lo uno ni lo otro está a menudo en sus manos, y depende más de una serie de condicionantes sociales. La maternidad patriarcal ha hecho que muchas madres a lo largo de su vida sintieran, como escribía Adrienne Rich en su clásico Nacida de mujer, «la culpa, la responsabilidad sin poder sobre las vidas humanas, los juicios y las condenas, el temor del propio poder, la culpa, la culpa, la culpa».[5]

El dilema de la maternidad

Los tiempos, se supone, han cambiado, pero a veces no tanto como imaginamos. En el transcurso del siglo XX, la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, con la consiguiente autonomía económica, la generalización de un modelo de sociedad urbana, con menos presión sobre los individuos, y el acceso a métodos anticonceptivos han hecho que tener criaturas se haya convertido en una elección. Pero cuando la maternidad dejó de ser un destino único, emergió el dilema de la maternidad, es decir, una opción y un deseo confrontados a otros, con los que encajaba muy mal.[6] La maternidad no es sino un camino lleno de incertidumbres.

Desde los años ochenta, al mismo tiempo que la mujer se incorporaba al mercado laboral y a la vida pública, se dio un auge de los discursos promaternales y profamiliares. El ideal de buena madre se hizo más complejo. Las mujeres ahora no solo debemos ser madres devotas, sino supermamás o «mamás máquina»,[7] tan sacrificadas como las madres de siempre, pero con una vida laboral y pública activa y, por supuesto, con un cuerpo perfecto. Se trata de un «nuevo mamismo»,[8] una maternidad inalcanzable, que de facto devalúa lo que las madres reales hacemos. El resultado es la frustración y la ansiedad. La maternidad sufre una «intensificación neoliberal»,[9] en la que se mezclan cultura consumista e imaginarios de clase media.

Muchas mujeres siguen expresando a día de hoy las presiones que reciben de su entorno cuando llegan a una determinada edad y no tienen descendencia. «Se te pasará el arroz», «te vas a arrepentir», «si es lo mejor que hay en la vida» son algunas de las frases que tienen que oír a menudo machaconamente muchas de aquellas que deciden o no tienen claro si tener críos. Aún recuerdo años atrás yendo a la fiesta mayor de Sabadell, la ciudad donde crecí —ahora vivo en Barcelona—, y ver cómo todos aquellos con quienes había salido cuando era más joven tenían criaturas. Cada uno iba acompañado por un pequeño o más, con quienes jugaban en la plaza mientras los adultos hablaban de que si la escuela, de que si este no me duerme y el otro no me come… Y yo, que nunca había sentido ni sentía la necesidad de tener críos, veía que allá o los tenías o eras un outsider.

A pesar de que se calcula que una de cada cuatro mujeres nacidas en los años setenta no tendrá descendientes, en la mayoría de los casos porque no podrá, ya sea por motivos económicos, de infertilidad, profesionales, por no encontrar una pareja con quien tenerlos…, la opción de no ser madre no encaja socialmente.[10] Lo señala la periodista María Fernández-Miranda en No madres: «A la mujer que tiene descendencia se la llama madre; a la que no está emparejada, soltera; a la que ha perdido a su pareja, viuda. Las que no tenemos hijos carecemos de un nombre propio, así que en vez de definirnos como lo que somos debemos hacerlo desde lo que no somos: no madres. Nos vemos abocadas a catalogarnos desde la negación porque representamos una anormalidad».[11]

El ángel del hogar o la superwoman

Las mujeres en la actualidad nos enfrentamos a una doble presión. Por un lado, la de ser madres como dicta el mantra patriarcal y serlo de una determinada manera, con un manual completo, muchas veces contradictorio, de lo que se espera de nosotras. Por el otro, siguiendo el abecé del capitalismo neoliberal, debemos triunfar en el mercado de trabajo y tener una carrera de éxito, aunque en la mayoría de los casos toca sobrevivir como se puede, con un empleo más o menos precario, sin renunciar, eso sí, se supone, a tener críos.

Ser madre queda reducido y normativizado a dos opciones, la de ángel del hogar o la de superwoman, que son los modelos que encajan en el sistema y que se espera que reproduzcamos indistintamente. La maternidad es prisionera de «discursos normativos bipolares y estereotipados»[12] de corte patriarcal y capitalista, que nos condenan a ser tachadas de profesionales fracasadas al no estar disponibles al cien por cien en el trabajo, o de malas madres por no cuidar y dedicar el tiempo suficiente a los pequeños. La culpa es siempre nuestra.

Triunfar o subsistir en el mundo laboral es casi incompatible con tener descendencia. Solo hace falta preguntar a todas aquellas embarazadas o madres que han sufrido mobbing maternal y han acabado incluso perdiendo el empleo, a las mujeres en edad de tener criaturas a las que ya ni se las llega a contratar por si acaso, o a las que cobran un salario de miseria y ni se pueden plantear tener pequeños. Un 18 % de las trabajadoras denuncia que en su lugar de trabajo se presiona a las mujeres que son madres, y un 8 % de las que sufren acoso señala que es consecuencia de su maternidad.[13] No es fácil despedir con la ley en la mano a una mujer que está a punto de parir, pero hay varios subterfugios que lo hacen posible o que facilitan hacerle la vida imposible. La destrucción de los derechos laborales, tras décadas de neoliberalismo, tiene un impacto directo sobre las madres y las mujeres que quieren serlo.

Si tienes criaturas, sobrevivir en el mercado laboral no es fácil. ¿Cuántas mujeres han tenido que renunciar a su vida personal y familiar en beneficio de la carrera o justo a la inversa? Ante el fracaso de la conciliación, hay empresas que incluso ofrecen incentivos económicos a sus empleadas para que congelen sus óvulos y retrasen así la maternidad. Grandes multinacionales como Facebook, Apple, Google, Yahoo, Uber o Spotify lo han hecho. En el Estado español, otro perfil de empresas, como las que se agrupan bajo el Club de Primeras Marcas en Valencia (Arroz Dacsa, la bodega Vicente Gandía o Caixa Popular, entre otras), han llegado a acuerdos con clínicas de fertilidad para proporcionar descuentos a las trabajadoras que quieran acogerse a un tratamiento de congelación de óvulos.[14]

Sin embargo, ¿qué mensaje se manda a las empleadas? ¿Que es mejor retrasar la maternidad para poder ascender profesionalmente? ¿Que su trabajo es incompatible con tener criaturas? ¿No sería más lógico invertir en conciliar maternidad y empleo? Y un tema que no se tiene en cuenta: ¿qué pasa si cuando quieres utilizar dichos óvulos la cosa no funciona? Tal vez entonces no haya más oportunidades.

Querer y no poder

En el mundo actual, la exaltación de la infancia y la juventud va paralela a la falta de todo tipo de facilidades para la crianza. En el capitalismo, no hay lugar para tener criaturas. Lo confirman las cifras: en el Estado español cada año nacen menos bebés y sus madres los paren a una edad más avanzada. En 2017, hubo unos 392.000 nacimientos, un 4,5 % menos que el año anterior: el número más bajo en los últimos quince años. Una cifra que todavía sería menor si no fuese por la natalidad de las madres extranjeras que es ligeramente superior al de las autóctonas. Mientras, la edad media para ser madre se incrementó hasta los 32,1 años, con una media de 1,31 bebés por mujer.[15] En Cataluña, la tónica se repite, y desde 2008 el número de nacimientos ha disminuido prácticamente año tras año. En 2017, nacieron poco más de 66.000 pequeños, lo que significa un descenso del 3,6 % respecto a los nacidos en 2016. El número medio de criaturas por mujer fue de 1,36, y la edad media para tenerlas continúa atrasándose, situándose también en los 32,1 años. De hecho, las mujeres de 35 a 39 años en Cataluña tienen hoy más hijos e hijas que las de 25 a 29 años.[16] Un mundo organizado en torno a los intereses empresariales es contrario a la vida misma.

Varios son los factores que influyen en esta tendencia: el aumento de la edad para emanciparse a causa de la prolongación de los estudios y el paro juvenil, la dificultad para acceder a una vivienda digna a raíz de su encarecimiento, la precariedad del mercado de trabajo, la penalización laboral a las mujeres que son madres y la falta de medidas reales para la conciliación y el apoyo a la maternidad. Algo que se ha agudizado con la crisis económica, y que empieza a afectar a toda una generación cuyo salario apenas les da para vivir. Cuántas parejas jóvenes ni siquiera se plantean tener criaturas porque cuando suman los salarios de ambos no llegan ni siquiera a un sueldo único decente.

Una de las consecuencias directas de la postergación de la maternidad es la dificultad para quedarse embarazada. Lo confirma una investigación sobre la infecundidad en el Estado español, en que se constata que el motivo principal por el cual las mujeres no tienen descendencia es el aplazamiento de la maternidad por razones familiares y económicas, vinculadas en este último caso al empleo.[17] De tal modo que cuando te planteas o ves la posibilidad real de ser madre, porque has conseguido finalmente un trabajo fijo o tienes una pareja estable, te encuentras con una edad en la que tu tasa de fertilidad ha disminuido drásticamente, y esto puede complicar dicho anhelo. A partir de los treinta y cinco años, los niveles de fertilidad de la mujer empiezan a descender, y es más fácil sufrir una infertilidad sobrevenida por la edad.

Ante esta realidad, empiezan a surgir voces de mujeres de veintitantos que desean ser madres y se preguntan si para cuando reúnan los requisitos necesarios para serlo, dispondrán aún de la fertilidad suficiente para tener criaturas. «En unos meses cumpliré treinta años y cada vez más imagino mi vientre como una tumba a la que algún día llevaré flores. Un lugar en el que nunca habrá nada, que siempre estuvo muerto. Soy una madre sin hijo. Y eso me aterra […]. Empecé a trabajar en 2011, el mismo año en el que en España la incertidumbre se materializaba en el lema: “Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo”. Pienso: “Y sin hijos”», escribe la periodista Noemí López Trujillo.[18]

El Estado español se sitúa a la cabeza del retraso de la maternidad en Europa y la edad de las madres para tener la primera criatura es la más alta del mundo. Si en 1985 la edad media de la primera maternidad se situaba en los 26 años, en 2016 esta alcanzaba ya los 32. Un hecho que tiene un impacto directo en los niveles de infecundidad. La gran mayoría de mujeres sin descendientes no los tendrá a pesar de desearlo, por motivos socioeconómicos o por infertilidad. En realidad, se calcula que solo un 2 % de las mujeres no puede tener criaturas por motivos biológicos y únicamente un 5 % no lo quiere y mantiene esta decisión a lo largo de su vida. El Estado español es uno de los países de la Unión con la mayor distancia entre el número de hijos e hijas que se tienen y el que se desea. De hecho, un 47 % de las mujeres, con datos de 2017, querría tener al menos dos criaturas y un 26 % tres o más, cuando la media se sitúa en 1,31.[19]

«Estábamos programadas para apurar y estirar nuestra juventud, para dejar la maternidad para ese momento en que la estabilidad laboral (qué quimera) y afectiva —otra quimera— creara un suelo sobre el que soltar los huevos maduros. […] Ser madre añosa o añeja podía llegar a considerarse una especie de medalla, un trofeo con muescas de otras batallas, pero también una medalla engañosa o con doble fondo: la edad de nuestros ovarios no atiende a las supuestas conquistas feministas ni a las transformaciones sociales», escribía Silvia Nanclares en su novela autobiográfica Quién quiere ser madre.[20] He aquí el despertar de esa eterna juventud para muchas mujeres en la era del capitalismo moderno.

El auge de los tratamientos de reproducción asistida en los últimos años son una buena muestra, aunque las causas de la infertilidad pueden ser varias, a pesar del peso importante de la postergación de la maternidad. En 2015, en el Estado español se realizaron 167.000 tratamientos de fertilidad, entre ciclos de fecundación in vitro (FIV) e inseminaciones artificiales, una cifra que crece anualmente, y que conllevaron el nacimiento de 36.000 bebés.[21] Las mujeres que se someten a estas técnicas tienen que pasar por un periplo que, más allá de su elevado coste económico, puede llegar a ser exhaustivamente duro, a nivel psíquico y físico.

Cinco años

Lo sé por propia experiencia. Cuando hacía poco que había cumplido treinta y cuatro años, mi pareja y yo pensamos que por qué no tener una criatura y fuimos en su búsqueda; pero no fue hasta los treinta y nueve que tuve a mi hijo. A menudo había pensado que no sería madre, tenía una vida activa, con mil y una cosas que hacer, y no sentía ninguna necesidad de tener un bebé; a mi pareja le hacía más ilusión, y al final me dejé convencer. Le debo una. De hecho, no sabes cómo vivirás la experiencia de ser madre hasta que te encuentras con ella, como todo en la vida, y para cada mujer es distinto. Habrá quien llegue a la maternidad sin quererlo, quien lo querrá desde pequeña, quien después se arrepentirá, quien estará exultante.

No fue un camino fácil. Cuando empezamos a intentarlo pensaba que me quedaría embarazada de un día para otro. Tantos años vigilando que no se rompiera el preservativo, que quedara bien puesto, que no resbalara… que pensé que sería sacarlo y trabajo hecho. No fue así. Creo que a las mujeres de mi generación, las nacidas en los años setenta, nos vendieron la moto de que esto de quedarse embarazada era un visto y no visto, que cuando querías podías. Nuestras madres, muchas de las cuales nos tuvieron a los veintipocos, no padecieron ningún tipo de problema, y pensábamos que nosotras, a pesar de posponer un poco o mucho la maternidad, tampoco lo tendríamos. La fertilidad femenina, sin embargo, no sabe de cambios socioculturales. Somos hijas de una generación que luchó, y mucho, para hacer de la maternidad una elección; nosotras creíamos que teníamos la batalla ganada, pero no éramos conscientes de los condicionantes sociales, económicos y ambientales que nos lo dificultarían.

Pasó un año y otro y otro. Y más allá de mi vida activa de siempre tenía otra vida, una vida secreta, la de intentar quedarme embarazada, una vida que no compartía más que con mi pareja, porque no queríamos oír eso de que «es cuestión de paciencia», «tienes que estar tranquila», «todo es psicológico» y un largo etcétera. Demasiados son aún los tópicos sobre la infertilidad. No está nada normalizado hablar al respecto —aunque cada vez hay más personas y parejas que la sufren— y aún menos hacerlo sin culpabilizar a la mujer.

Una travesía de cinco años que contó con múltiples etapas. Un primer año que pasa rápido, entre intento e intento, pensando que «ya llegará». Un segundo en el que te preguntas «por qué no te quedas embarazada» y empiezas a buscar todo tipo de alternativas, desde las más naturales hasta otras muy invasivas, y te planteas hasta dónde estás dispuesta a llegar. Y un tercer y cuarto año, donde tu vida cotidiana se alterna con todo tipo de tratamientos. Desde aquellos más naturales y respetuosos, en que entras en una dinámica de control del ciclo de ovulación, cálculo de la temperatura basal y relaciones sexuales por rutina, a otros donde quedas literalmente sometida a un proceso de reproducción asistida dirigido por terceros. Vives entre la ilusión y la esperanza antes de que te venga la regla pensando que esta vez será la definitiva y el desencanto y la más profunda tristeza al comprobar que no es así.

Me resistí mucho a pasar por un tratamiento de reproducción asistida, y busqué alternativas. La acupuntura fue una opción, pero después de unos meses intentándolo, y en la medida en que el embarazo no llegaba y el reloj biológico corría, cedí y opté por alternarla con un procedimiento convencional. Guardo los informes de cada una de aquellas inseminaciones, y detrás de las notas hay el recuerdo de tantas horas de espera en la consulta del servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital del Mar en Barcelona. Aquellas largas horas de cola, después de días de estimulación ovárica para controlar la evolución del endometrio y el tamaño de los folículos. Las horas compartidas con todas aquellas mujeres anónimas, que apenas nos mirábamos, pero todas sabíamos muy bien qué significaba no poder tener bebés. Me imaginaba cuáles serían sus historias, los motivos que las habían empujado hasta allí, una infertilidad de origen desconocido como la nuestra, una endometriosis, un síndrome del ovario poliquístico, una alternación en el semen de la pareja. A veces, me moría de ganas de preguntarles, pero todas callábamos. Algunas venían solas, otras acompañadas por la pareja, la madre o una amiga. Nunca había compartido tanto con unas mujeres con las que había hablado tan poco. Me queda también el recuerdo del dolor físico, los pinchazos, la medicación, el registro personal que llevaba, las jeringuillas y las dosis de Pergoveris, Fostipur, Cetrotide, Ovitrelle, y las consecuencias en mi cuerpo de aquella macroestimulación ovárica. Y encima yo que nunca me tomaba —ni tomo— ni una sola pastilla. Me lo dijo el jefe del servicio de Ginecología: «Lo peor no será el dolor físico, sino la carga emocional». Así fue. La incertidumbre de saber si lo llegaría a conseguir, si aquel proceso, con todo lo que implicaba, valdría la pena.

Ninguna de las inseminaciones había funcionado. No me resultó fácil admitir que el abanico de oportunidades se cerraba, sobre todo porque ya empezaba a tener una edad, y si lo quería seguir intentando con ciertas garantías de éxito, como decía la medicina convencional, no me quedaba más remedio que someterme a una fecundación in vitro (FIV). Si hubiese sido más joven me hubiera resistido, pero no era el caso. La FIV significaba más dosis de hormonas, con los consiguientes efectos secundarios, para conseguir más folículos, es decir, más ovocitos a los que inseminar; pasar por el quirófano y someterme a una punción folicular, con una anestesia a la que temía. Al final, lo acepté. Sin embargo, antes de iniciar el tratamiento, me puse en manos de un médico especialista en medicina biológica, pues quería llegar a la FIV en las mejores condiciones posibles, y durante meses seguí distintos tratamientos que, pienso, ayudaron en lo que vendría.

Pasé toda la mañana contando cada minuto del reloj, el tiempo casi se había parado. Hasta el mediodía no me llamarían para decirme el resultado del análisis de sangre: ¿sería positivo, estaría embarazada o no? Estaba convencida de que esta vez tampoco sería posible. Unos días antes había comprado un test de embarazo, pues no podía esperar, tenía fuertes dolores en los ovarios. Había dado negativo. Nadie llamaba y la hora en que cerraban la consulta se acercaba peligrosamente. Imposible seguir con tanta incertidumbre. Cogí el teléfono y marqué el número. El resultado, sabía, sería negativo. Entonces mi ginecóloga, al otro lado del aparato, me dijo que estaba embarazada. Me eché a llorar. Cuatro años después había sucedido.

Someterse a un tratamiento de reproducción asistida no es fácil: cómo gestionas el proceso, lo cuentas o no, de qué modo lo enfrentas. Y menos aún para alguien —como yo— totalmente reacia a los métodos farmacológicos. El dolor, el malestar emocional, el sentimiento de fracaso, la incertidumbre. Por no mencionar la pérdida de control sobre el propio cuerpo y la hipermedicalización que significan las técnicas de reproducción asistida, así como las contradicciones que implica ser partícipe del negocio de la infertilidad. Hablar de ello nos ayudaría a destaparlas, romper con el estigma y no sentirnos tan solas.

Derecho a rendirse

Tuve suerte: seguro que otras mujeres que esperaban en aquella fría consulta del Hospital del Mar no tuvieron tanta —aunque algunas lo consiguieron antes—. Cuando empiezas un tratamiento de reproducción asistida no sabes hasta dónde llegarás ni cómo acabará. No saber es tal vez una de las cosas más difíciles de sobrellevar. Algunas mujeres a pesar de someterse a múltiples inseminaciones y FIV, no han conseguido un embarazo o llevarlo a término. Al final, como algunas han dicho, tenían «derecho a rendirse».[22]

No poder tener criaturas a pesar de desearlo intensamente implica asumir un duelo. «Se te ha muerto el sueño de la maternidad», explica Gloria Labay, quien lo estuvo intentando durante siete años, pero tras cuatro abortos espontáneos y ser considerada como no idónea para la adopción, se plantó.[23] Ahora, impulsa el proyecto La vida sin hijos, un espacio físico y virtual de apoyo a las mujeres que han pasado por esta situación. Desear tener criaturas y no poder es causa de tristeza, desesperación, ansiedad, miedo, angustia, estrés. Algo que además se vive, la mayoría de las veces, en silencio y soledad.

La civilización actual da la espalda a la fertilidad, no solo de las personas, sino también de animales y especies vegetales, valorándola y protegiéndola poco. Y más allá de los problemas de reproducción humana, es responsable de la desaparición de muchas formas de vida de la biosfera. Hay un paralelismo evidente entre los problemas crecientes de fertilidad en la sociedad y la crisis ecológica global en la que vivimos.[24]

Las instituciones públicas, los medios de comunicación, la sociedad en general se lamentan periódicamente del descenso constante de la natalidad, pero ¿qué se hace para evitarlo? Absolutamente nada. La infertilidad es una enfermedad social: vivimos en un entorno que nos dificulta ser madres, que nos obliga a posponer la maternidad, con un mercado de trabajo precario, sin casi ayudas a la crianza, con precios abusivos en la vivienda, expuestos a tóxicos y contaminantes ambientales,[25] con una alimentación insana. El Estado es cómplice, cuando no promotor, de un medio socioeconómico que nos dificulta tener descendencia. Todo esto contribuye a la infertilidad. Aunque el discurso es otro: «La culpa es tuya, mujer, por haber esperado demasiado».

Entonces, ¿nos imponen tener criaturas o no tenerlas? He aquí la dicotomía. Por un lado, un sistema patriarcal que construye un imaginario que asocia mujer a maternidad y, por el otro, un sistema capitalista que nos pone todas las trabas del mundo para conseguirlo, y que acaba convirtiendo la infertilidad en un negocio.

La infertilidad masculina existe

A pesar de que se habla mucho de la infertilidad femenina, una vez más cargando el peso de la culpa en las mujeres, la tasa de infertilidad masculina no hace sino aumentar. La calidad del esperma, la densidad y el volumen total de espermatozoides de los hombres occidentales, se ha reducido a más de la mitad en los últimos cuarenta años.[26] De seguir esta tendencia, en unas pocas generaciones la mayoría de los varones podrían ser subfértiles o acercarse al borde de la infertilidad. Aun así, el sistema de atención a la salud reproductiva sigue poniendo el acento casi exclusivamente en el cuerpo de las mujeres.

Pero ¿cuáles son las causas de esta caída de la fertilidad masculina? El hecho de que este declive se dé, en particular, en los países occidentales apunta al peso que puede tener la comercialización y el uso generalizado de productos químicos. Hay informes que han señalado motivos ambientales, como la exposición a plaguicidas u otros químicos, y factores relacionados con el estilo de vida, como los hábitos alimentarios, el consumo de drogas, el estrés, el sedentarismo. Son necesarios y urgentes más estudios, como reclaman los investigadores en la materia.[27] Sin embargo, en vez de abordar las causas reales de la infertilidad, se deja la solución en manos de los tratamientos de reproducción asistida —con el consiguiente negocio económico—, como si la tecnología pudiese solucionar los problemas políticos.

La infertilidad masculina, en una sociedad patriarcal como la nuestra, es tabú. Muchos hombres que la padecen se niegan a reconocerlo, incluso en la misma consulta médica. Me lo contaba un acupuntor: «En más de una ocasión he tratado por infertilidad a la mujer, cuando el problema en realidad lo tenía su pareja. Aunque todas las pruebas lo indiquen, muchos no quieren admitirlo, ya que consideran que esto pone en cuestión su virilidad».

Viendo la tendencia a la baja de la fecundidad tanto masculina como femenina, el futuro distópico al que apuntan novelas como El cuento de la criada de Margaret Atwood,[28] llevada con gran éxito a la pequeña pantalla, o películas como Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, con sociedades que llegan al colapso tras una epidemia de infertilidad generalizada, no parece algo tan lejos de la realidad.

Los malabarismos de la maternidad

Si llegas a parir, lo que te espera es un ejercicio casi imposible de malabarismos cotidianos para compatibilizar la crianza, la vida personal y el empleo. La conciliación se ha demostrado una farsa, que obliga a subordinar el cuidado de las criaturas a un mercado de trabajo precario, con horarios variables, salarios bajos y jornadas interminables, donde las mujeres, además, nos encontramos en inferioridad de condiciones respecto a los hombres. Cada año cobramos de media seis mil euros menos que nuestros colegas y la brecha salarial, la diferencia entre el salario de los hombres y el de las mujeres, se sitúa en el 24 %.[29]

En el Estado español, en comparación con otros países europeos, en especial los nórdicos, la baja por maternidad es una tomadura de pelo. Las escasas dieciséis semanas[30] a las cuales las mujeres tenemos derecho obligan a muchas mamás, que desean estar con sus bebés, a volver al trabajo apenas cuatro meses después de haber dado a luz, para no perder el empleo, no quedar mal con sus compañeros o porque necesitan esos ingresos. En general, son las mujeres más vulnerables, pobres y precarias las que se encuentran en dicha situación. Otras que se lo pueden permitir, con más o menos posibilidades económicas o familiares, toman a su cargo, y sin cobrar, una excedencia. Hay mujeres, en particular aquellas que tienen una carrera profesional, que al cabo de pocas semanas de haber parido quieren reincorporarse al empleo, pero las que no queremos deberíamos tener el derecho a poder estar con nuestros bebés. Los padres, por su parte, tienen actualmente cinco semanas de permiso intransferible.[31] Hasta el año 2016, solo disponían de dos semanas. A partir de enero de 2017, el permiso por paternidad se amplió a cuatro semanas, y desde julio de 2018 suma una semana más. Aunque la baja por paternidad continúa siendo insuficiente, en poco más de año y medio ha aumentado un 150 %; la de maternidad continúa siendo la misma desde 1989, cuando pasó de catorce a dieciséis semanas. No se ha ampliado un ápice en treinta años.

Los países nórdicos son los que cuentan con bajas por maternidad y paternidad más extensas y dan mayores ayudas a quienes tienen descendencia. Suecia tiene las licencias remuneradas más largas, casi 69 semanas, con 90 días exclusivos para la madre y 90 para el padre; el resto pueden repartirlas como quieran. Le sigue Noruega, que puede llegar a las 59 semanas pagadas, que incluyen 70 días de baja intransferible para la madre y 70 para el padre.[32] En el caso de Alemania, donde, aunque formalmente la baja por maternidad es solo de 14 semanas (seis antes del parto y ocho después), la madre o el padre pueden acogerse a una excedencia laboral de hasta 3 años, la cual será subvencionada, con aproximadamente un 65 % del salario, entre los doce y los catorce primeros meses de la criatura. Incluso en el Reino Unido e Irlanda, la baja por maternidad remunerada es de nueve meses.

En muchos países de Europa occidental, como Holanda, Francia, Austria, Bélgica e Italia, las bajas por maternidad acostumbran a ser de 16 semanas, y algunas incluyen un periodo antes del parto. La diferencia de todos estos países respecto al Estado español es que dichas prestaciones pueden contar con una ayuda monetaria al margen del salario o complementarse con licencias parentales remuneradas, lo que aquí equivaldría a la excedencia por maternidad y paternidad, que no recibe ni un euro. Las licencias parentales, accesibles tanto a madres como a padres, las encontramos en todo el continente, y su duración es variable en función de cada país, así como su remuneración, que puede ser más o menos cuantiosa. De aquí que cuando analizamos las prestaciones a las madres, y el tiempo del que disponen para estar con las criaturas tras el parto, es fundamental no solo considerar la baja por maternidad, sino también las licencias parentales y otro tipo de ayudas a las que pueden tener acceso. Si tenemos en cuenta esto último, llegamos a la conclusión de que las madres con los permisos más cortos y a los que se destinan menos recursos económicos de toda la Unión Europea son las del Estado español y Malta.[33]

Si el puerperio, es decir, las seis semanas después del parto —la famosa cuarentena—, y el posparto son de por sí un momento intenso y agotador para las madres, las escasas dieciséis semanas de baja de las que disponemos nos ponen, a muchas, las cosas todavía más difíciles. El recién nacido en sus primeros meses de vida es un ser totalmente dependiente, y necesita de sus padres. Su mejor alimento, siempre que sea posible, es la leche materna en exclusiva, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda tomar hasta los seis meses de vida, cuando se empieza con la alimentación complementaria, lo que implica que la madre esté cerca y disponible. Cualquiera que haya tenido un bebé se dará cuenta de cómo una criatura de cuatro meses es un ser extremadamente vulnerable. ¿Por qué entonces no nos queda más remedio que dejarlo a cargo de terceros, ya sea en un jardín de infancia, con los abuelos o con otros cuidadores? ¿Por qué muchas mamás tienen que enfrentarse a situaciones de estrés al tener que volver tan pronto al trabajo, cuando lo que querrían es estar con el bebé? ¿Por qué tantas otras acaban cogiéndose una excedencia, a costa de su bolsillo, o incluso dejan el trabajo? ¿Por qué sencillamente no se legisla a favor de unas bajas por maternidad o unas licencias parentales más extensas?

Permisos iguales e intransferibles

Mientras que las reivindicaciones para alargar los permisos de maternidad han sido sistemáticamente ninguneadas, el permiso paternal no ha hecho sino aumentar. La Ley para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombresaprobada en el Congreso de los Diputados en 2007, con el Gobierno socialista, ya contemplaba ampliar la duración del permiso de los padres de dos a cuatro semanas, aunque finalmente esta propuesta no se implementó. En 2012, la Comisión de Igualdad del Congreso aprobó, con el apoyo de todos los grupos parlamentarios, una proposición no de ley que instaba al Gobierno a reformar la actual estructura de permisos de maternidad y paternidad para que estos fueran iguales e intransferibles, tomando en consideración las demandas de la Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción (PPiiNA). En 2016, el Congreso de los Diputados, con solo dos votos en contra, aprobó comprometerse a establecer un calendario para alcanzar dicho objetivo. En enero de 2017, la baja paternal se ampliaba de dos a cuatro semanas, siendo estas intransferibles.

El debate para seguir aumentando el permiso del padre continuó abierto. En enero de 2017, Unidos Podemos registró una proposición de ley en el Congreso para ampliar los permisos de paternidad a dieciséis semanas, equiparándolos con los de maternidad, y exigiendo que fuesen intransferibles, recogiendo las demandas de la PPiiNA; pero su tramitación parlamentaria fue vetada por el Gobierno del Partido Popular, alegando el sobrecoste presupuestario que esto supondría.[34] En septiembre de 2017, el Gobierno del PP, con el apoyo de Ciudadanos, en el marco de las negociaciones de los Presupuestos Generales del Estado del año siguiente, incrementó de nuevo el permiso paternal a cinco semanas. Una medida que tenía que entrar en vigor en enero de 2018, pero que al final no se llevó a cabo, según fuentes oficiales, por falta de presupuesto. Sin embargo, el acuerdo se implementaría meses después. El 5 de julio de 2018, con la publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE) de los Presupuestos Generales de ese año, los últimos del Gobierno de Mariano Rajoy, la baja paternal se ampliaría definitivamente a las cinco semanas.

La PPiiNA todavía llegaría más lejos con su reivindicación. En junio de 2018, con el inesperado cambio de Gobierno y con el socialista Pedro Sánchez al frente del nuevo ejecutivo, el grupo parlamentario Unidos Podemos presentó otra vez en el Congreso una proposición de ley a favor de unos permisos de paternidad y maternidad iguales, intransferibles y pagados sobre el cien por cien del sueldo. En esta ocasión, el Congreso apoyó por unanimidad la demanda, sumando incluso los votos de los populares, que anteriormente habían vetado la iniciativa.

Con esta proposición de ley, se contemplaban unos permisos iguales e intransferibles para madres y padres de dos semanas obligatorias a partir del nacimiento o la adopción de la criatura y de catorce semanas más que podían tomarse a lo largo del primer año de vida (cuatro de ellas obligatorias y otras diez voluntarias).[35] A partir de aquí, empezó una tramitación parlamentaria en que los partidos podían presentar enmiendas, que continúa abierta mientras acabo de escribir este libro. De hecho, el PSOE apuesta por una ley donde estos permisos se tomen obligatoriamente después del parto o la adopción, y en consecuencia sean simultáneos; y Unidos Podemos, como exige la PPiiNA, defiende que el permiso de la madre y el padre puedan intercalarse, y así ambos progenitores desarrollen plenamente su rol de cuidadores, con esta opción la criatura podría estar a cargo de sus padres hasta treinta semanas.

Los Presupuestos Generales del Estado para 2019 que pactó el Gobierno socialista con Unidos Podemos, en octubre de 2018, significaron un paso más en esta dirección, y prevén una equiparación gradual de los permisos de maternidad y paternidad hasta llegar a las dieciséis semanas en 2021. En 2019, el permiso paternal se ampliaría a ocho semanas, en 2020 a doce y en 2021 se alcanzarían las dieciséis.[36] De la tramitación parlamentaria y los acuerdos a los que se llegue dependerán las medidas finales que incluya esta ley.

¿Quién defiende a las madres?

El pequeño tendría poco más de cuatro meses, era un día de verano, cuando empecé a encontrarme muy mal, con un dolor intensísimo en el pecho. Sin saber muy bien qué hacer, y estando sola con el bebé, decidí llamar a Urgencias. Al cabo de un buen rato, en el que no supe si podría resistir tanta presión en el tórax, llegó una médica. Me auscultó, me tomó la presión, y al ver al bebé a mi lado tuvo claro el diagnóstico. No se puede ser mamá primeriza, todo nos desborda. En realidad, yo no tenía nada grave. La médica me contó que ella también era mamá, y que su bebé era tan pequeño como el mío, pero que no podía estar con él. Había tenido que volver a trabajar, su puesto era precario, venía de América Latina, y de no haber retomado su empleo tras la baja por maternidad lo hubiese perdido.

Ahora que el debate acerca de una ley de permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles ha llegado tan lejos a nivel institucional y nos dicen que esto es un paso adelante hacia la igualdad, pienso en esa madre y en tantas otras que con un bebé de apenas cuatro meses, y muy a su pesar, lo tienen que dejar a cargo de terceros para volver al mercado laboral. Madres que han tenido que interrumpir la lactancia materna o que deben hacer todo tipo de malabarismos para sacarse la leche, y criaturas que pasan muchas horas, incluso más de ocho al día, sin sus progenitores. El acuerdo político en torno a esta iniciativa parece muy grande, pero quienes lo apoyan obvian el deseo y las necesidades de estas mujeres y sus criaturas.

Yo me pregunto: ¿quién defiende a las madres?, ¿quién exige un permiso de maternidad que vaya más allá de las exiguas dieciséis semanas actuales? Nadie sabe ni contesta. Las mujeres que desde hace años reclaman aumentar la baja por maternidad han sido ignoradas por las instituciones, con el argumento principal de que no había dinero. Sorprende, entonces, cómo de un tiempo para acá los partidos han asumido, de manera relativamente rápida, la demanda de ampliación del permiso paternal, con el coste económico consiguiente. Tal vez una de las razones sea que no es una propuesta exclusiva de las mujeres. La demanda de ampliación del permiso maternal asimismo levanta recelos en determinados sectores del feminismo que siguen viendo la maternidad y la crianza como fuente de opresión.

Así como existe un fuerte grupo de presión feminista bien conectado, de orientación liberal y socialdemócrata, que ha exigido permisos iguales e intransferibles para hombres y mujeres, buscando equiparar el permiso de los padres hasta las dieciséis semanas, como el de las madres, asegurando que esto permitiría acabar con la discriminación laboral materna, ¿quién defiende y apoya aumentar las míseras dieciséis semanas de baja de las que disponemos las mamás? La PPiiNA no lo incluye en sus demandas, ya que considera que esto ampliaría la brecha de género en la corresponsabilidad y los cuidados.

Aumentar la baja paternal es importante para que los padres se impliquen en la crianza y acompañen a la madre en un periodo tan intenso y agotador como es el puerperio. Pero esta demanda no se puede desligar de la exigencia de ampliar el permiso maternal, y más aún cuando este es tan exiguo. El debate sobre los permisos iguales e intransferibles tiene que ver con el reparto igualitario del trabajo de cuidados y con combatir la discriminación laboral, pero también con el modelo de maternidad y paternidad y la relación entre el cuidado y el ámbito productivo. Este segundo aspecto queda invisibilizado en el debate.

Un 80 % de las mamás en el primer año de vida de su criatura quiere estar con ella. Lo recoge una encuesta realizada a nivel europeo en el año 2010. Esta cifra disminuye a medida que aumenta la edad del pequeño. Las madres, que representan un 76 % de las mujeres en Europa, coinciden en querer mantenerse activas en el mercado laboral y tener tiempo para estar con sus hijas e hijos.[37] Sin embargo, hay quien piensa que esta demanda no se puede tolerar, que el patriarcado nos tiene abducidas y que cuidar es sinónimo de renunciar voluntariamente a todo lo demás. Las madres, sin embargo, tenemos derecho a recuperarnos del parto, a amamantar a nuestros bebés. La baja actual ni siquiera permite la lactancia materna exclusiva a demanda hasta los seis meses, como recomienda la OMS. Los permisos iguales e intransferibles de solo dieciséis semanas por progenitor infravaloran la dimensión corporal de la maternidad y obvian la contribución física de la mujer a la maternidad biológica y las implicaciones que esto tiene para los primeros estadios de la crianza. La paradoja es que en nombre de la igualdad, se minimiza el trabajo imprescindible de las mujeres en el embarazo, el parto y la lactancia.

De aquí que tras la aprobación de la proposición de ley a favor de unos permisos iguales e intransferibles, empezaran a emerger una serie de voces discordantes con dicha medida, tanto a título individual como colectivo. Una de las iniciativas más significativas fue la creación de la Plataforma PETRA (Plataforma de Madres Feministas por la Ampliación de los Permisos Transferibles), que exige unos permisos parentales de mayor duración y transferibles, y reivindica a la madre como sujeto político. La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria también se posicionó de forma crítica con la propuesta al considerarla incompatible con la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses. Para la asociación, el objetivo prioritario debería ser «prolongar el permiso de las madres al menos durante seis meses y que las licencias de los padres sean transferibles».[38]

Víctimas del adultocentrismo

Los bebés tienen derecho a estar bien acompañados, alimentados y cuidados por sus progenitores, pero vivimos en una sociedad adultocéntrica, donde todo gira en torno a los mayores, y no nos paramos a escuchar a los más pequeños ni a reflexionar sobre qué modelo de cuidados y crianza necesitamos. Una realidad que queda reflejada en la historia que me contó una amiga a raíz del parto de una conocida suya en una prestigiosa clínica privada de Barcelona. Tras dar a luz, y en el transcurso del ingreso hospitalario, las enfermeras ofrecieron a la mamá y a su pareja llevarse de la habitación al recién nacido durante unas tres o cuatro horas, cuando ellos quisiesen, para que así pudieran descansar. Cuando mi amiga me lo contó, no daba crédito. «¿Que los profesionales sanitarios ofrecían un “descanso” del bebé tras nacer, un “receso”, a mamá y papá?». Los progenitores lo aceptaron. Pero lo que más me escandalizó no fue que ellos accedieran, sino que los profesionales de dicho hospital, como supuestos especialistas en el parto, lo propusieran. Y lo que necesitaba el bebé ¿no contaba? Pues no.

Cuando los permisos iguales e intransferibles se legislan como un derecho individual del padre y la madre, deberíamos preguntarnos: ¿dónde queda el derecho de la criatura? Esa que quiere y necesita mamar, que precisa pasar el máximo tiempo posible con sus progenitores. Sus necesidades, parece, no importan. La opción de los permisos iguales e intransferibles de dieciséis semanas en que se puede encadenar la baja maternal y la paternal permite acompañar por más tiempo al bebé que aquella en que ambas bajas deben tomarse de forma simultánea, pero igualmente tiene un problema y es que hace muy difícil la lactancia materna tras los primeros cuatro meses de vida. De aprobarse estos permisos, el Estado español se situaría a la cabeza de los países europeos con el permiso paternal remunerado al cien por cien e intransferible más extenso, con 4 meses, por delante de los 3 de Suecia e Islandia y los 2 de Noruega, Finlandia y Alemania, mientras estamos a la cola del continente junto a los países con la baja por maternidad retribuida más corta.[39] Un sinsentido. Luchar por la equiparación de los permisos, pero no por el alargamiento del de maternidad sesga el debate, y solo pone el énfasis en una parte del problema.

Se dice que esta medida nos beneficia como mujeres porque promoverá una mayor igualdad en el empleo, acabando con la discriminación que sufrimos, ya que por ley ambos sexos tendremos que cuidar de la criatura, pero sería ingenuo pensar que una sola disposición, que además ni siquiera beneficia al cien por cien de las madres, ya que no todas tienen acceso a esta prestación, y que está acotada a un periodo corto de tiempo, vaya a suponer una mayor equidad laboral. De hecho, se trata solo de una medida parcial. Los perjuicios que sufrimos las madres en el empleo van mucho más allá de la baja por maternidad, y tienen que ver con un mercado de trabajo profundamente patriarcal y en cómo se reparte cotidianamente la tarea de cuidados.

Aumentar el permiso paterno no es negativo, al contrario. El problema radica en mantener un esquema de permisos que, por su corta duración, supedita la maternidad y la crianza al empleo, anteponiendo productividad a cuidados y, aun en el caso de que ambos permisos puedan tomarse de manera consecutiva, dificulta la lactancia materna. Es muy legítimo optar por volver a la empresa al poco de dar a luz, pero ¿qué pasa si lo que quieres es tomarte tu tiempo, recuperarte y cuidar del bebé? Solo las mamás que se lo puedan permitir, como ya sucede, lo podrán hacer. Cuidar de los pequeños acaba convirtiéndose así en un privilegio.

Con esta proposición de ley, además, se estigmatiza la maternidad, en la medida en que la crianza es considerada un freno para el desarrollo profesional, menospreciando, una vez más, su importancia social, política y económica. Se renuncia a crear un paradigma alternativo que coloque los cuidados en el centro, plegándonos a los designios productivistas del capital. Lo importante, se sobreentiende, no es criar, sino competir, ascender o sobrevivir en el mercado laboral.

Las familias monoparentales, tan necesitadas de apoyo, tampoco salen beneficiadas con esta medida, que solo contempla un modelo de familia biparental. Como denuncia la Federación de Asociaciones de Madres Solteras, esta propuesta vela exclusivamente por las familias que tienen dos progenitores y discrimina a las criaturas de las familias monoparentales.[40] La medida también deja fuera a un 36 % de madres que dan a luz, con datos de 2016, pero que al estar en paro o no haber cotizado lo suficiente no reciben ningún tipo de prestación.[41] Vistas las cifras de desempleo y pobreza infantil, ¿no sería más lógico impulsar ayudas a la maternidad y a la paternidad no contributivas, beneficiando a quienes más lo necesitan? ¿Por qué las prestaciones paternales y maternales tienen que estar supeditadas al empleo? ¿El cuidado de la pequeña infancia no debería ser un derecho universal?

Nos venden la moto de que con esta medida los hombres van a trabajar más en casa. Aunque son buenas noticias para los padres que quieren dedicar horas a la criatura, dudo mucho que aquellos no implicados se dediquen más a los cuidados con esta ley. Lo que ha demostrado esta misma propuesta en otros países donde se ha implementado es que per se no modifica la corresponsabilidad, e incluso varios padres ni la han llegado a utilizar, teniéndose que retirar o reducir la medida a posteriori, como sucedió en Dinamarca o Noruega.[42] La capacidad de los permisos iguales e intransferibles para incidir en un reparto equitativo del trabajo de cuidados entre la madre y el padre depende de su duración y de que se apliquen en el marco de un sistema garante de derechos. Aquí, lo uno y lo otro son insuficientes. La duración total de los permisos es corta y las ayudas sociales son escasas. En consecuencia, a pesar de la aprobación de dichos permisos quien seguirá cuidando el día de mañana será la mujer.[43]

Ha llegado la hora de decirlo: la izquierda tiene un problema, y grave, con la maternidad, la crianza y la familia. Algo que se explica por el uso que el patriarcado ha hecho de dichas esferas como instrumento de control y supeditación de las mujeres. Sin embargo, en la medida en que la izquierda no es capaz de reivindicar la maternidad y la crianza en clave emancipadora, igualitaria y feminista, nos deja, como madres, huérfanas políticamente, cediendo todo el terreno a la derecha o adaptándose a un feminismo liberal. Ya va siendo hora de reivindicar el papel de la maternidad y el cuidado sin esencialismos ni idealizaciones. No queremos quedarnos en casa, sino dar a la maternidad el valor social, político, económico e histórico que tiene y exigir que sea responsabilidad de todas y todos.

Cuidar de las criaturas

Cuando madres y padres trabajan fuera de casa, ¿quién cuida de las criaturas? La incorporación de las mujeres al mundo laboral ha destapado la ingente cantidad de trabajo invisible y no remunerado que estas vienen cargando sobre sus espaldas. No solo son las que por regla general, en una agotadora doble jornada de trabajo laboral y doméstico, se hacen cargo de los pequeños, sino también de las personas mayores y de las dependientes, y se encargan de las tareas del hogar (comida, limpieza…). De hecho, mientras las mujeres, en el Estado español, con datos de la Encuesta de Empleo del Tiempo 2009-2010, dedicaban cuatro horas y media al día a las tareas del hogar y a la familia, los hombres les destinaban la mitad del tiempo, poco más de dos horas.[44]

Aparte de asumir una mayor cantidad de trabajo, las mujeres se responsabilizan de las tareas de coordinación de la vida doméstica, algo que se complejiza cuando hay personas dependientes a cargo. La ilustradora Emma Clit refleja esta realidad en el cómic La carga mental, donde recuerda que las mujeres tenemos que estar siempre alerta y tenerlo todo en la cabeza.[45] Una carga mental que es resultado de compaginar trabajo doméstico y asalariado, y que significa tener que desdoblarnos permanentemente para articular dos ámbitos que funcionan con lógicas y tiempos distintos. Las mujeres tenemos una «doble presencia» constante en la esfera productiva y reproductiva, y no hacemos solo un trabajo detrás de otro.[46] En definitiva, estar a cargo de la organización del trabajo de cuidados implica que nunca podemos desconectar.

Si las mujeres no realizan las tareas domésticas y sus parejas tampoco, se acaba contratando a terceros, vía externalización low cost, principalmente a mujeres, muchas inmigrantes. Son ellas las que acaban haciéndose cargo de las criaturas, mujeres que, paradojas de la vida, en muchos casos han tenido que dejar atrás a sus hijas e hijos, así como a otras personas dependientes, para cuidar de las nuestras. El problema del cuidado y la reproducción no ha hecho sino trasladarse a otras mujeres menos privilegiadas, en un proceso con un evidente sesgo de clase y etnia.[47] Se trata de una cadena global de cuidados que transfiere a escala transnacional el «trabajo maternal».[48]

Las escuelas infantiles, públicas o privadas, son el otro lugar donde las criaturas quedan a cargo de terceros. Uno de sus inconvenientes, más allá del debate acerca del modelo pedagógico y la edad de escolarización, es que sus ratios (el número de pequeños por educador y aula), así como el sueldo de sus trabajadores, en general mujeres, están más basados en la viabilidad económica que en la calidad del cuidado y el empleo. ¿Cuántas buenas profesionales no pueden realizar adecuadamente su trabajo por unas ratios imposibles con un educador por cada ocho criaturas de cero a un año, uno por cada trece de uno a dos años y uno por cada veinte de dos a tres años?[49] Asimismo, no da prestigio trabajar en un centro de educación infantil o primaria, los salarios son bajos y el reconocimiento social es nulo. Es muy sintomático que nuestra sociedad valore y pague más a aquellos que «cuidan» de ordenadores y máquinas que a los que se encargan de personas.

Si no podemos pagar a alguien para que atienda al pequeño y no es posible dejarlo en la escuela, siempre queda la opción de los abuelos y las abuelas, que además salen gratis, un fenómeno que es común en el conjunto de Europa. Se estima que un 50 % de ellos, con datos de 2010, cuida casi a diario de sus nietas y nietos. Los abuelos se encargan unas décimas más que las abuelas, pero estas los cuidan durante más horas, un total de 6,2 horas al día frente a las 5,3 de ellos.[50] Se trata de unos mayores que sufren una situación de doble dependencia, al ser un colectivo perceptor de cuidados que a la vez debe cuidar de otros, aunque sea temporalmente. Claro que estos disfrutan estando con los pequeños, pero si pasan muchas horas con ellos y acaban sustituyendo la figura de los progenitores, esto puede afectar negativamente a su salud física y psíquica. Es lo que algunos estudios han denominado el «síndrome de la abuela esclava», generando agotamiento, problemas cardíacos y circulatorios, así como situaciones de estrés y ansiedad al tener que realizar una tarea educativa sobrevenida, arriesgándose incluso a un enfrentamiento de criterios con sus propios descendientes.[51]

Ante estos escenarios, «¿qué queda de la familia —se pregunta la autora de ¿Dónde está mi tribu?, Carolina del Olmo— cuando los padres solo ven a sus hijos a la hora del baño y la cena, mientras que el resto del tiempo se encargan del cuidado de los niños diversos profesionales?». Del Olmo, que defiende que el Estado tiene que destinar recursos y apoyar el cuidado, subraya al mismo tiempo la necesidad de ser «concienzudamente críticos con el ideal de crianza institucionalizado que se ha impuesto como un rodillo».[52] Una dinámica que constata que vivimos en un ambiente social y económico que menosprecia la dependencia humana.

Sin embargo, dejar a los pequeños con terceros no siempre es fácil anímicamente para madres y padres. Hay que ir a trabajar, pero al mismo tiempo queremos cuidarlos, acompañarlos a la hora de comer, bañarlos, jugar con ellos, mostrarles cariño y afecto. Al final, ni tu vida ni tu cuerpo dan para más. Lo constata una mayoría de progenitores, un 75 %, que al preguntarles por el tiempo que dedican a los pequeños afirman sentirse «cansados», «agobiados», «frustrados», «culpables», «atrapados», «tristes», «impotentes»… por no poder dedicarles la atención deseada, según una encuesta de 2017.[53] La principal razón para no estar más tiempo con ellos era, en casi ocho de cada diez casos, el empleo. La encuesta también señalaba que un 20 % de los progenitores pasan menos de dos horas al día con las criaturas. Son madres y padres desaparecidos.[54] Pero el problema no es la maternidad; es el capitalismo y el patriarcado, estúpido.[55]

A cuestas con el bebé

Cuando finalmente me quedé embarazada, ya llevaba algunos años trabajando como autónoma. El mercado laboral se ha precarizado tanto que un buen día me dije: «Para ser precaria, pues mejor precaria por cuenta propia». De este modo, en la medida en que se acercaba la fecha del parto, de tener que gestionar la baja o planificar el posparto no lo tuve que negociar con nadie más que conmigo misma y mi pareja. Me fue bien, pero para muchas este es un momento difícil. En el trabajo a menudo no te miran con buenos ojos si te quedas embarazada.

Las primeras contracciones aparecieron mucho antes de la semana 37, cuando el embarazo llega a término. No me la podía jugar a que el crío naciera antes de tiempo. Así que cancelé trabajos, cogí la baja y a descansar. Al final, después de los días de espera, las horas en el sofá, los numerosos libros leídos, llegó la fecha en que el parto se podía producir sin problemas. Pero seguí tomándome las cosas con calma —el físico tampoco acompañaba—. Era cuestión de esperar.