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La Trinidad se ha dividido y de entre sus grietas se cuelan grandes secretos que borran la línea entre el bien y el mal. Camino a Alaska, Isaac y Sadina se ven obligados a separarse y, a Minho, aquello que lo llevó a unirse a la Trinidad ahora lo hace cuestionar su pasado... y su futuro. Cuando el libro de Newt le revela a Sadina algo que lo cambia todo e Isaac descubre información vital sobre la cura y los inmunes, su misión por salvar el mundo da un giro: hay una amenaza mayor que los Cranks. Las creencias cambian. El futuro se reescribe. Y ni siquiera la Trinidad sabe contra qué se enfrentan realmente.
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Seitenzahl: 409
Veröffentlichungsjahr: 2025
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EL EJERCITO DE CRANKS ESPERA PARA DESATAR SU FURIA…
La Trinidad se ha dividido y de entre sus grietas se cuelan grandes secretos que borran la línea entre el bien y el mal. Camino a Alaska, Isaac y Sadina se ven obligados a separarse y, a Minho, aquello que lo llevó a unirse a la Trinidad ahora lo hace cuestionar su pasado… y su futuro.
Cuando el Libro de Newt le revela a Sadina algo que lo cambia todo e Isaac descubre información vital sobre la cura y los inmunes, su misión por salvar el mundo da un giro:
Hay una amenaza mayor que los Cranks.
Las creencias cambian.
El futuro se reescribe.
Y ni siquiera la Trinidad sabe contra qué se enfrentan realmente.
JAMES DASHNER nació y se crio en Georgia, EE.UU., pero actualmente vive en Utah con su esposa y sus hijos. Después de graduarse en la Universidad Brigham Young trabajó durante varios años en el mundo financiero, hasta que escribió su primera serie de novelas, la saga de Jimmy Fincher. Desde entonces se dedica con exclusividad a la escritura.
Maze Cutter es la nueva secuela de su exitosa saga Maze Runner.
Nicholas no era la clase de persona que evitaba el peligro, pero tampoco salía precisamente a buscarlo; excepto esta noche. Para probar la última variante de la Cura era necesario que entrara directo a la guarida del demonio, o como los ciudadanos de Denver, Colorado, la llamaban: el Palacio de los Cranks. Se puso su capa negra con la capucha firme sobre su cabeza, de modo que ningún hombre, mujer o Crank pudiera ver sus facciones. En su bolsillo derecho, llevaba dos jeringas que movía como un par de esferas chinas, cada aguja hipodérmica giraba alrededor de la otra a un ritmo relajado mientras cruzaba las puertas sagradas. CLIC CLAC, CLIC CLAC…
Gritos y chillidos circundaban las paredes internas del deprimente lugar. El fuego ardía en los pozos de llamaradas. El humo rondaba por el aire y los cuerpos rondaban por las sombras. Más allá de todas las veces que había visitado estos pozos del infierno, y con orgullo los había visitado a todos, nada había preparado a Nicholas para los nuevos gritos helados de desesperación que invadieron todo su cuerpo cuando cruzó esas puertas. Gritos de muerte que imaginaba como almas que ardían desde su interior.
Continuó girando las jeringas dentro de su bolsillo, CLIC CLAC, un baile de oportunidades para alguien esta noche dentro de las paredes sagradas del Palacio de los Cranks original. ¿Qué mejor manera de rescatar al pasado de sí mismo que venir a Colorado? Nicholas sintió a alguien que se acercaba por detrás y volteó para ver los pies que tenía detrás de él. Un Crank pasó a los tropezones. Necesitaba ser más cuidadoso con la prueba esta vez. El último sujeto de prueba casi llama demasiado la atención. Cuando pusiera a prueba la Cura, necesitaba a aquellos que tenían las mentes más puras. Solo así, su más reciente experimento había demostrado que las intenciones de cualquier persona, su mente, podía cambiar en un instante. Una persona se convertía en una versión diferente de ella misma cuando estaba muriendo y no solo la parte que lentamente se convertía en un Crank. Incluso cuando usaba su don de la telepatía, Nicholas descubrió que una persona podía decir prácticamente cualquier cosa cuando estaba cada vez más cerca del final, pero cuando se les daba una oportunidad de vivir…
Ese era el momento en que sus propias creencias, miedos y deseos volvían a emerger más rápido de lo que los podían controlar. Más rápido de lo que era seguro.
Nicholas debía ser más selectivo esta vez.
Y quería a alguien que estuviera más allá del Final.
Si esto funcionaba tan bien como la última vez, necesitaba estar seguro de que el Crank curado, con su ADN revertido a un estado saludable, se mantuviera bajo su estudio durante los próximos años sin exención. Nicholas no sabía cuánto duraba la cura. ¿Un año? ¿Dos años? ¿Toda la vida? No estaba seguro de eso, pero sabía que la variante dentro de las jeringas que tenía en su bolsillo funcionaba más rápido que lo que había imaginado, pero algún día quizás su efecto desaparecería con la misma velocidad. Se necesitaban muchos más estudios.
Un Crank bastante humano pasó caminando delante de Nicholas y soltó un quejido gutural profundo. Un sonido que podía haber sido de hambre o la vocalización del dolor causado por el resurgimiento de sus más profundos recuerdos. El quejido de la cordura desvaneciéndose. Nicholas siguió caminando. No podía elegir a un Crank que caminara, no. Necesitaba un Crank que estuviera más muerto que vivo. Uno en el suelo que estuviera retorciéndose del dolor quizás, pero uno que estuviera lo suficientemente cerca de la muerte que la promesa que él o ella le hiciera a Nicholas la cumpliera por siempre.
Probó variantes de la Cura en tantos Cranks que ya había perdido la cuenta.
Claro, en algún lugar oculto en los diarios de su biblioteca estaban las notas observacionales, la cantidad de experimentos y pruebas que habían intentado demostrar su hipótesis una y otra vez: los cambios en el ADN causados por la Llamarada se podían revertir y la misma Cura que borró la Llamarada podía desbloquear una gran parte del ADN no codificante en el cuerpo humano. Los genomas inactivos que los científicos llamaron “ADN basura” durante siglos en sus revistas académicas. Nicholas intentó contener una sonrisa mientras pensaba en el descubrimiento, pero ¿cómo podía algo tan monumental como la evolución no hacerlo sentir como un dios?
Pero era solo un sentimiento fugaz, seguro. CLIC CLAC… Giró las dos jeringas mientras miraba a los Cranks que tenía por delante. Un experimento fallido era un experimento fallido. Los éxitos eran solo temporales. Le informó a la Villa lo que debían modificar para el siguiente lote. Efectos secundarios, síntomas avanzados, muertes. La mayoría de las muertes ocurrían de manera natural; no se podía reprogramar el ADN de todos y no todos los cuerpos podían recibir la Cura. La muerte era una parte natural de los avances científicos, incluso aquellas causadas deliberadamente por el investigador. Como cuando el último Crank que había elegido Nicholas había gritado sobre la Cura dentro de las paredes del Palacio de los Cranks y puso la vida de Nicholas en peligro. Estoy volviendo. Mis manos, ¡mira! ¡Me ha curado! ¡Este hombre es un dios! La Cura en sí misma estaba en riesgo en el instante en que alguien mencionaba su existencia. El Crank había prometido permanecer en silencio y obedecer, pero ni bien empezó a recuperar el control de su vida, traicionó sus pensamientos y Nicholas tuvo que ponerle fin a la vida que había traído de regreso esa misma noche. Lo que fácil llega, fácil se va, se podría decir. Nicholas quería probarla en alguien que estuviera más allá del Final, alguien que fuera fácil de influenciar. Manipular. Controlar.
Nicholas caminó hacia un callejón detrás de los edificios del lado oeste justo cuando empezaba a llover y entrecerró la vista cuando vio a un Crank en el suelo con los brazos y piernas tan desparramados como un ciervo destripado. Acurrucado sobre el Crank había otro, pero Nicholas no podía realizar la prueba en dos sujetos a la vez. Cerró con más fuerza la capucha de su capa, pero la lluvia mejoró su telepatía y no podía evitar escuchar los pensamientos de la mujer. Te quitaría este dolor si pudiera. Desearía ser yo quien estuviera infectada con esto, no tú. Nicholas dejó de caminar y miró hacia las sombras del callejón.
¿Por qué rayos había alguien sano en el Palacio de los Cranks?
Nicholas no estaba infectado, pero su presencia era breve y tenía un propósito. Esta figura frente a él parecía estar sufriendo por su amor perdido hacía tiempo. ¿No le tiene miedo a la Llamarada? La única razón por la que Nicholas no tenía miedo era porque él había sido un sujeto de pruebas de su propio estudio, algo que la Villa no sabía. Al usar una de las variantes como algo preventivo, Nicholas sabía que no podía infectarse con la Llamarada, sino que podía protegerse de ella. Lo que no esperaba eran los poderosos efectos secundarios, cosas extrañas y aterradoras como la telepatía.
El ADN humano era algo curioso. Para un Crank, se trataba sobre sanar. Para los no infectados, la Cura resecuenciaba las estructuras del ADN que habían sido abandonadas en la humanidad, abriendo nuevos horizontes y habilidades cuyo potencial había quedado perdido o nunca había sido descubierto. Como las últimas piezas de un rompecabezas.
Pero el don de la telepatía de Nicholas también era su maldición.
No podía confiar en nadie.
–¿Puede ayudarnos? –preguntó la voz acurrucada sobre el Crank que se retorcía de dolor. Nicholas le leyó la mente otra vez. Por favor. Por favor, diga que nos puede ayudar. De pronto, se sintió desnudo, como si ella pudiera ver a través de su capa la mano que sostenía la Cura–. Ayúdenos –sentenció con una confianza injustificada.
Nicholas se sintió atraído hacia ella. Su seguridad. Su audacia. Salió de las sombras y se acercó.
–¿Qué te hace creer que puedo ayudarte?
–Porque no está infectado. –Puedo ver que es diferente.
Nicholas bailó con los pensamientos de la mujer mientras la lluvia caía con fuerza.
–¿Y por qué crees eso? –preguntó.
–Sus ojos. –Por favor, ayúdenos. Haría cualquier cosa para salvarlo.
Nicholas se acercó y le hizo una pregunta imposible.
–¿Sacrificarías tu vida por él?
–Sí –respondió sin dudarlo.
Eso cambió su mente. Esa noche, haría algo que no tenía planeado.
Algo que nunca había hecho.
Una vez que salvara al Crank que se retorcía del dolor sobre el asfalto del callejón, también le inyectaría la Cura a su temeraria compañera y los estudiaría a ambos, a quienes llevaría a su círculo interno para crear el futuro un día a la vez.
Un infectado, otra que no.
–Haría cualquier cosa para salvarlo. Por favor –susurró sin lágrimas–. Solo dígame lo que quiere que haga.
Nicholas tocó las dos jeringas en su bolsillo.
–Te pediré silencio. No ahora, sino cuando abandonemos estas paredes y cada uno de los días que siguen. Pase lo que pase.
–Tiene mi palabra. –Sus pensamientos e intenciones estaban alineados–. ¿Puede salvarlo?
–Puedo intentarlo. Pero tendré que inyectarte a ti también, solo en caso de que tengas una infección asintomática. –No le contaría sobre la resecuenciación del ADN que atravesaría, ya que necesitaba descubrir cómo evolucionarían naturalmente sus dones, si es que evolucionaban.
–Lo que sea. Por favor. Es un regalo del cielo. Gracias.
–Dios no es nada más que un complejo, todos somos Dioses. Pronto lo descubrirás –dijo Nicholas y tocó suavemente la cara interior del brazo de la mujer para encontrar la vena. Se preguntaba cómo la secuenciación codificaría sus hebras únicas de ADN–. Vendrás conmigo luego de esto a Nuevo Petersburgo para que pueda mantenerte bajo observación.
–¿Alaska? ¿No está un poco lejos de Colorado?
–Sí, Alaska. –Clavó la jeringa lentamente para no inundar su cuerpo demasiado rápido con la Cura–. No es tan lejos en un Berg. –Esbozó una sonrisa y miró el rostro de la mujer a medida que se relajaba–. No debes emitir ningún sonido cuando le dé la inyección a él. Ni un quejido, ni un grito, ni nada que el mundo pueda escuchar. Si musitas algo más fuerte que un suspiro de alivio, tendré que…
–Por supuesto. –Lo siguió observando y Nicholas volteó hacia el Crank con la piel tan gruesa que debió hacer más fuerza con la aguja para poder atravesarla–. ¿Cómo se llama? –preguntó.
–Nicholas.
–Gracias, Nicholas. Estaremos por siempre en deuda. Mi nombre es…
–No importa –dijo Nicholas, levantándose del suelo húmedo y guardando las jeringas vacías en su bolsillo. CLIC CLAC…–. De ahora en más te llamarás Alexandra y él será Mikhail.
No sé qué nos espera más allá del Final. Supongo que podría “encontrar a mi creador”, como alguien alguna vez dijo en el Área. O quizás tan solo me encuentre a mí otra vez… A mi yo entero, mis recuerdos, mi verdadero nombre, todo eso. Quizás, al final, las piezas rotas de la vida se junten.
Quizás tengan sentido. O quizás no.
Quizás sea un poco de ambas.
–El diario de Newt
Las llamas se elevaban de su fogata nocturna, mientras Isaac observaba a sus amigos en un círculo alrededor del campamento, como si estuvieran de regreso en la isla luego de un festín. Como si todo fuera como antes. Pero, no. Todo había cambiado. Podía ver esos cambios en gran parte en el rostro de Jackie, ya que la pérdida de Lacey y Carson le habían quitado la chispa de sus ojos. O quizás haber matado a un casi Crank solo con las manos la había cambiado. Cualquiera fuera el caso, con cada kilómetro que se acercaban a la costa y se alejaban del Caminante destruido, lejos de Lacey y Carson, Jackie parecía cada vez más distante.
No hablaba sobre lo que había ocurrido todas esas semanas atrás e Isaac lo entendía a la perfección. Él tampoco quería hablar sobre cuando había perdido a su mamá, su papá y su hermana. Hablar de eso lo hacía realidad. Y no hacía falta que se sintiera más real que el vacío que quedaba en su hogar. Isaac le sonrió a medias y frunció levemente el ceño a Jackie, la única manera que conocía que podía enviarle una mirada comprensiva de apoyo y dejar que ella viera que él conocía el dolor y el tormento que ella estaba atravesando. No era solo la pérdida de sus amigos lo que Isaac comprendía bien, sino la sensación de lo que el viejo Sartén una vez había llamado “la culpa de los sobrevivientes”, la sensación de seguir con vida cuando todos aquellos a quienes querías ya no estaban. Jackie sonrió a medias y también frunció el ceño levemente.
–Ey, ¿quién quiere escuchar el ladrido de una araña? –dijo Dominic, poniéndose de pie para estirarse y, antes de que Miyoko pudiera empujarlo fuera del círculo, lo hizo otra vez. Se tiró uno. Desde que habían escapado de los Berg, las flatulencias de Dominic se habían convertido en un arma de destrucción masiva que el grupo tenía que evitar. Trish miró a Dominic furiosa. Ella tenía una regla firme en la que prohibía que se tiraran gases cerca de una fogata.
–Un día nos prenderás fuego a todos, lo sabes –dijo Trish, poniendo los ojos en blanco y acercándose a Sadina, entrelazando sus dedos con los de ella. Luego de que secuestraran a Sadina y a Isaac, él no podía evitar notar que Trish estaba cada vez más pegada a Sadina, de cualquier manera posible. Isaac también la entendía. Estaba agradecido con el grupo, pero él mismo se sentía desconectado, como si un viento desolador hubiera soplado y se hubiera llevado todo. Quizás porque dormían a la intemperie como si estuvieran escapando. Extrañaba la seguridad de la yurta que había construido en la isla. Miró los árboles a su alrededor y los recursos disponibles; les tomaría tiempo, pero podría construir un refugio para todos.
–Gracias por la cena, Sartén –dijo Isaac mientras recolectaba las maderas talladas que usaron para los tazones y ayudaba a limpiarlas. Isaac nunca había visto al viejo Sartén más feliz que cuando se asentaron entre las montañas, comiendo liebres y plantas y cocinando para todos cuando tenía la energía.
–Incluso lograste que el estofado de Roxy fuera más delicioso, algo que creía imposible. –Minho se reclinó para estirarse.
–Le agregó una hierba pinchosa que encontró en el bosque –agregó Roxy, mientras ayudaba a Isaac a limpiar.
–Se llama romero. No sé cómo recuerdo eso, pero así es. –El viejo Sartén se acercó unos centímetros al fuego.
Roxy tomó todos los tazones de Isaac y los apiló juntos.
–Saldré a buscar comida temprano por la mañana, iré un poco hacia el este y veré qué encuentro por allí.
–Te acompaño, quizás podamos cazar algunas ardillas –dijo Naranja, quitándose unas ramitas molestas que tenía atoradas en su cabello por la cacería de hacía unas horas–. ¡Auch! Estas cosas duelen mucho para ser tan pequeñas. –Las hierbas, enredaderas y arbustos tenían armas propias en esta parte del mundo. Lo más doloroso en la isla eran las rocas, el agua, las medusas y el clima, pero aquí afuera habían demasiadas como para seguirles el rastro. Cada día parecía que Isaac descubría algo nuevo de lo que debía tener cuidado. Además de los Cranks y las máquinas asesinas gigantes.
–¿Cómo está la picadura? –le preguntó Isaac a Dominic.
–No creo que me haya picado. Creo que me clavó el aguijón –dijo Dominic, mirando su brazo–. Parece que fue una abeja, pero esa maldita era mucho más grande. ¿Creen que los Penitentes se puedan encoger y volar? –Todos excepto el viejo Sartén rieron.
–Los Penitentes no son cosa para hacer bromas –dijo el canoso veterano y el grupo se calló para mostrarle respeto.
–¿Quizás las abejas muerden aquí? –preguntó Miyoko.
–No veo marcas de dientes –dijo Dominic, examinando su brazo con mayor cuidado.
Roxy se acercó para revisar al pobre chico.
–Mmm… No fue una hormiga porque tendrías muchas más marcas. Parece que fue un avispón asesino. No es una buena señal.
–¿Un avispón asesino? ¿Se me caerá el brazo? –preguntó Dominic desesperado e Isaac no sabía si se lo creía o no–. ¿Moriré?
–¡Apuesto a que eso te sacó todos los gases! –exclamó Trish, riendo, hasta que Sadina le dio un golpecito con su codo.
Roxy aguantó la risa.
–Solo estoy bromeando. Quizás solo lo tengas inflamado por algunos días, pero estarás bien. –Miró detenidamente el brazo de Dominic y luego le dio una palmada para calmarlo–. Por suerte, no te picó más de una vez.
Miyoko y Trish pasaron sus dedos por el cabello de Naranja para quitarle los abrojos que habían quedado enganchados allí, convirtiendo su cabeza en un nido de aves. A pesar de que Minho y Naranja eran más intimidantes que la señora Cowan en ocasiones, Isaac estaba agradecido de tener su liderazgo dentro del grupo. De no ser por Naranja, todos estarían muertos.
Se sentó junto a la fogata y observó todo. El viento soplaba y las chispas del fuego le recordaban a las chispas de la fundición. Habría dado todo por volver a ser una aprendiz de herrero en su hogar, pero tenía un presentimiento de que incluso la vida en la isla ya no era precisamente “la vida en la isla”. El fuego lo hacía sentir seguro y los baños de humo servían para limpiar al grupo lo suficiente para no apestar al quinto piso del infierno. El viento sopló una vez más, esta vez más fuerte y por más tiempo.
–¿Alguien más notó que las noches están empezando a ser más frías? –Solo lo había sentido en los últimos días, pero justo antes del atardecer la temperatura bajaba más y cada ráfaga de viento duraba más que el día anterior.
–Sí, es verdad –contestó Dominic.
La señora Cowan se acercó al fuego.
–Nunca sentí este frío en casa.
Las llamas parpadearon y resaltaron las sombras de estrés en el rostro de Cowan. Al igual que la caída de la temperatura, ella había estado incómodamente callada en las últimas noches. Isaac suponía que el peso de su decisión de abandonar la isla y desobedecer al gobierno debía continuar pesándole, en especial luego de perder a Wilhelm y Álvarez. Pero no había manera de que supiera que el viaje acabaría con tantas muertes.
–¿Cree que están todos bien en la isla? –le preguntó Isaac, pero Cowan ni siquiera pestañeó. Lentamente, una por una, las cabezas voltearon en su dirección.
–… ¿Señora Cowan? –insistió Isaac.
Incluso Naranja, Minho y Roxy, que nunca habían estado en la isla, esperaron la respuesta de Cowan, pero ella simplemente se quedó mirando al fuego.
–¿Mamá? –gritó Sadina desde el otro lado de la fogata.
La señora Cowan finalmente parpadeó.
–¿Qué pasa, querida?
–¿Crees que estén todos bien en casa? –Preguntó Isaac otra vez.
Cowan lo miró como si fuera una pregunta engañosa.
–Sí, claro. Todos están bien, estoy segura. –Pero la manera en la que bajó la voz sutilmente cuando dijo “todos están bien”, le hizo un nudo en el estómago a Isaac. Un nudo que le decía que eran ellos, las once almas sentadas alrededor de la fogata, quienes no estaban bien.
–¿Cuántos Berg tienen en la isla? –preguntó Minho mientras le agregaba más leña al fuego y todos los habitantes de la isla intercambiaron miradas.
Trish contestó.
–Ninguno sabía lo que eran esas… cosas que ustedes llaman Berg hasta que volamos en uno de ellos.
–No, no teníamos Bergs en la isla. Se suponía que los isleños no tenían que salir…
Las últimas palabras de Cowan parecían teñidas de arrepentimiento. Isaac sintió el cambio de humor junto con el aire frío, pero Cowan finalmente salió de su trance.
–Miren, si no hubiéramos abandonado la isla, Lacey, Carson, Wilhelm y Alvares seguirían con vida. Estoy segura. –Respiró profundo a conciencia–. Pero le debíamos a la humanidad trabajar en una cura y si lo hubiéramos logrado… podríamos haber salvado cientos de miles de vidas. Quizás millones. Quién sabe.
–…si es que queda tanta gente –respondió Roxy con la voz más sombría posible.
–Todavía podemos hacerlo –agregó Miyoko cuando terminó de hacerle una trenza a Naranja en el cabello–. La Villa de la que Kletter hablaba no estaba lejos de donde estábamos cuando llegamos al continente. ¿Quizás a unos pocos kilómetros? –pausó antes de agregar–: Creo que dijo que era una caminata de dos días antes de que… –Y entonces Isaac supo por qué había dejado de hablar: porque no había ninguna manera agradable de decir antes de que le cortaran la garganta.
Sadina se metió en la conversación.
–Sí, supuestamente estábamos bastante cerca de la Villa. Y es por eso que Letti nos secuestró y no dejó de repetir lo mismo: no confiar en la gente de ahí ni en Kletter.
–¿Confías en algo de lo que salió de la boca de Letti o Timón? –preguntó Isaac, quien no creía que fuera necesario recordarle a su mejor amiga que las dos personas desquiciadas que se los habían llevado por la fuerza probablemente no eran los mejores para dar consejos. Claro, hubo momentos en los que Isaac había creído que quizás Letti y Timón los estaban ayudando a protegerlos de algo, ya que les habían permitido dejarles pistas al resto del grupo para que los siguieran, pero nunca les explicaron por completo qué era esa tal Evolución ni cómo la gente podía morir.
–Yo voto por volver a casa –dijo Dominic y un silencio se posó sobre todo el grupo, incluso sobre Minho y Naranja, para quienes la palabra casa sonaba como algo terrible.
El fuego crujió.
–Podríamos ir todos con Minho a Alaska –agregó Roxy con optimismo, pero la mención de Alaska hizo que el viejo Sartén se levantara y abandonara el círculo. Era entendible, dado que había visto suficiente de ese lugar para llenar varias vidas.
–No viví hasta esta edad para regresar al Laberinto. Prefiero morir aquí que poner otro pie en ese lugar olvidado por Dios. –Luego de ventilar sus dolores se sentó–. Hay heridas que no deben volver a abrirse.
Qué ocurriría si de verdad volvían a casa, se preguntó Isaac. La manera en la que habían partido en el Maze Cutter, yéndose misteriosamente luego de que toda la isla quedara dormida por un vino adulterado, podía parecer la mejor solución en ese momento, pero ¿qué diría Cowan si regresaban? ¿Mentiría y le echaría la culpa a Kletter? “Envenenó a todos en la isla y nos secuestró”. O ser honesta y decir, “Ey, intentamos salvar al mundo, pero resulta que es muy difícil. Un grupo de científicos nos quiere muertos, los Cranks evolucionaron y algunos de nosotros escapamos gracias a dos huérfanos de la Nación Remanente. No se preocupen. ¡Volvimos!”.
Incluso así, ¿qué tal si regresar a la isla solo provocaría que más gente como Kletter fuera a buscar a Sadina y a los isleños otra vez? Los antiguos miembros del Área querían proteger a los inmunes y evitar que encontraran a sus descendientes. Parecía algo egoísta poner a todos en la isla en peligro otra vez. Pero ¿qué significaba eso? ¿Pasar el resto de sus vidas escapando?
–Muy bien. ¿Quieren hacer una votación? –sugirió Cowan. Y así sin más, ese campamento nocturno de manera improbable se convirtió en una especie de asamblea del congreso. Isaac nunca había querido ser parte de ninguna clase de toma de decisiones. Solo quería aprender a forjar metales y convertirse en un herrero. Pero se le secó la garganta ante la presión de tener que hablar.
–Secundo la moción de la votación –dijo Dominic poniéndose de pie y hablando de manera extravagante. Isaac no estaba seguro de qué quería hacer cuando llegaran a la costa… ¿Quedarse en la intemperie y construir una yurta? ¿Regresar a casa para disculparse por haberse ido? ¿Ir a Alaska y terminar una misión que no entendían? ¿Ver el antiguo Laberinto? ¿Ir a la Villa para encontrar a los científicos? Era demasiado, como de costumbre, como para procesar.
Sadina también se puso de pie.
–Mamá, ¿podemos…?
–No. Tenemos una democracia en la isla y tendremos una aquí –sentenció Cowan, actuando como si todo este viaje no hubiera girado en torno a Sadina y la posibilidad de que su sangre cambiara al mundo. Además, envenenar a la gente porque probablemente no estaría de acuerdo con ella no era exactamente lo que Isaac llamaría una democracia–. Votaremos levantando la mano. Solo voten una vez.
Isaac miró a Sadina y gesticuló las palabras “lo siento”.
En ocasiones, se había sentido agradecida de estar acompañada por su madre en este viaje, pero esta no era una de esas ocasiones. ¿Por qué no podían debatir la decisión durante algunos días y presentar distintas opciones, y escuchar qué opinaban los demás? ¿Por qué su mamá siempre tenía que hacer todo como en un foro público? Como cuando envenenó a todos en el anfiteatro. Sadina nunca habría reunido a todos los ciudadanos para envenenarlos y así poder escabullirse y aparentar que se la habían llevado por la fuerza.
Si la verdad no era una opción, ¿por qué no se marcharon a mitad de la noche en el barco y dejaron una nota con sus intenciones reales? Si encontrar una cura era un propósito tan noble, entonces, ¿por qué ocultar lo que hicieron? No debería importar que algunos miembros del Congreso en la isla no estuvieran de acuerdo, siempre era el caso. Sadina, a veces, solo quería un poco de sentido común. Como ahora. ¿Por qué no podían irse a dormir y tener un debate abierto por la mañana?
Pero su noción de lo justo no importaba. Nunca importaba para su madre.
Sadina no podía controlar lo que ocurriría luego, así como tampoco podía controlar que su sangre fuera especial. Solo podía esperar que sus amigos eligieran la mejor opción… Fuera cual fuera. Letti y Timón creían que Kletter era tan malvada como para matarla apenas tuvieron la oportunidad. Podrían haber matado a Isaac y al resto del grupo, excepto a Sadina, si querían que fuera más fácil manipularla, pero en su lugar dejaron a todos vivir. ¿Y no estaban trabajando con la Nación Remanente de algún modo? Ellos nunca mataron a nadie, a pesar de tener la oportunidad de hacerlo. Era algo a lo que Sadina no dejaba de regresar porque no podía quitarse de la cabeza la rapidez con la que habían matado a Kletter. Porque la Villa era mala.
–Vota conmigo –le susurró Sadina a Trish.
–Donde sea que vayas, yo iré –dijo Trish y entrelazó sus dedos con los de Sadina y sostuvo su mano con firmeza, tan fuerte que los nudillos de Sadina le empezaron a doler.
–Donde sea que estés, yo estaré ahí –contestó con otro susurro.
La mamá de Sadina se aclaró la garganta.
–Tratemos esto como una votación. Lo que significa que nada de exabruptos, nada de discusiones. Lo que sea que votemos será lo que haremos, punto. ¿Entendido?
Todo el grupo asintió sin decir nada.
Sadina no sabía si en ese momento su mamá estaba actuando más como madre o como senadora. Los dos títulos tenían un tono de “porque lo digo yo”, algo que Sadina prefería que no fuera el caso. ¿Qué tal si el voto por mayoría no es la mejor manera de usar su tiempo?
–Todos los que estén a favor de quedarse, levanten la mano –dijo la madre de Sadina. El viejo Sartén levantó la mano como si estuviera conectada a una estrella fugaz en el cielo. La mano de Jackie acompañó al brazo del anciano en el aire. Pero los suyos fueron los únicos votos para quedarse y, una vez que la senadora los señaló como si a cada uno de ellos les dijera “Sus votos fueron tomados”. El viejo Sartén y Jackie bajaron la mano.
–¿Por qué quieren quedarse? –le susurró Dominic a Jackie, pero la mamá de Sadina los calló a todos.
–Todos los que estén a favor de volver a casa, levanten la mano –anunció la mamá de Sadina, pero la mano de Dominic fue la única en levantarse. Miró a Jackie con el ceño fruncido, como si su voto y el suyo combinados pudieran haber inclinado la escala de la mayoría para regresar a casa. Sadina miró a Isaac. Estaba segura de que Isaac votaría por regresar a casa. Lo único de lo que había hablado en los últimos días era sobre abrir su propia fundición, pescar en el Cabo otra vez y ver cómo estaba la primera nacida en la isla, la señora Ariana.
Sadina le asintió a Isaac; debía estar esperando para votar con ella y, por eso, estaba agradecida. ¿Por qué estaba tan nerviosa con todo esto? Respiró profundo con tanta intensidad que todos los huesos de su cuello crujieron. No podía creer que el viejo Sartén de hecho votara por quedarse, noche tras noche hasta la eternidad, porque incluso su propio cuerpo le dolía de tanto dormir en el suelo de piedras. La roca más pequeña o el montículo de tierra más leve la despertaban incómoda cada noche. Trish le tejió una manta de pasto, pero no ayudó mucho. No había suficiente pasto para hacer que se quedara allí. Rayos, incluso las tablas de madera y los catres medio destruidos del barco eran más cómodos.
–Siguiente votación –anunció la mamá de Sadina y se aclaró la garganta una vez más, como si eso hiciera que todo lo que dijera fuera más oficial–. Todos los que estén a favor de ir a Alaska, levanten la mano.
Sadina miró cómo, uno por uno, Minho, Naranja y Roxy levantaban la mano con confianza. Si tenía que estar en algún lugar cuando se presentaran los problemas, querría ser junto a Minho y Naranja. No podía quitarse esa sensación, como un cosquilleo en su espalda, entonces Alaska era donde debía estar. Quizás Timón y Letti no sabían todo, pero lo único de lo que estaban seguros era que la Villa no ayudaría del modo que Kletter creía que lo haría. O la manera en la que Kletter mintió que podría ayudar. Sadina presionó la mano de Trish y ambas se miraron fijo a los ojos. Dos manos juntas se elevaron por el aire, porque Trish no estaba dispuesta a soltarla, ni siquiera para votar. Porque Trish le cubría la espalda sin importar qué. Aunque Sadina estuviera equivocada.
Pero entonces Sadina miró a Isaac confundida. ¿Se olvidó de votar? Esperó a que levantara la mano, pero no lo hizo.
–Todos aquellos que estén a favor de ir a la Villa, levanten la mano –dijo Cowan como última opción, la única que quedaba, y Sadina observó cómo Isaac y su mamá levantaban la mano, junto con Miyoko. ¿Cómo podía uno de sus mejores amigos y su mamá creer que sabían más que ella cuando se trataba de lo que debían hacer con su propio ADN? Claro, Kletter los había asustado para ir a la isla, pero ¿se estaban olvidando de que había matado a toda una tripulación de ocho personas antes de llegar allí? ¿Qué tal si Kletter era solo una manipuladora maestra? ¿Qué tal si esas ocho personas que mató eran todos científicos? Todavía quedaba mucho por descubrir y parecía que ir a Alaska para encontrarse con la Trinidad era la única manera de obtener respuestas. Respuestas reales.
Sadina soltó la mano de Trish.
–¿La Villa? ¿En serio? ¿Se olvidaron de que los científicos son los culpables de todo esto? –No pudo contenerlo–. El virus de la Llamarada. La coalición de la Llamarada, CRUEL, el Laberinto, las Pruebas, y aquí están, ¿votando por confiar en aquellos que ocupan ese mismo lugar? –No podía creer que ella fuera la única que estuviera cuestionando todo esto. Isaac y su mamá bajaron las manos, pero no dijeron nada.
¿Por qué no decían nada? Sadina tenía tantas preguntas en su cabeza que la mantendrían despierta toda la noche. Como… ¿Qué tal si los científicos querían infectarla a ella y a los isleños para enviarlos de regreso a la isla y así infectar a todos con algo nuevo, incluida a la pobre señora Ariana de los primeros nacidos en la isla? ¿Qué tal si esto no era sobre curar a nadie? ¿Qué tal si lo único que querían eran nuevos sujetos de pruebas? ¿Qué tal si las pruebas nunca terminaron? ¿En quién podía confiar Sadina? Eran todas las preguntas que flotaban en su mente y la mantenían despierta por la noche.
–Bueno, supongo que está decidido. Alaska gana la mayoría –dijo la mamá de Sadina con un entusiasmo fallido.
–¿Qué tal si tomamos a los dos primeros y votamos de nuevo para ver si…? –sugirió Dominic, pero la mamá de Sadina lo interrumpió.
–Esto no es un torneo de natación de verano como en la isla. Son las reglas de la mayoría. Iremos a Alaska.
Si bien su voto por Alaska había ganado la mayoría, Sadina odiaba cómo habían llegado a esta conclusión. ¿Por qué los votos de Isaac, Jackie y Miyoko se sentían como una traición?
Sadina miró al viejo Sartén tomar su diario de Newt y Jackie mantuvo la mirada perdida en el fuego. Isaac terminó de levantar los platos de la cena y Roxy y todos, excepto Minho, parecían sentir el peso de la responsabilidad de elegir el camino que debían seguir.
–Alaska –dijo Minho, arrojando un puñado de ramas al fuego, que pareció crujir con aprobación.
–¿Estás bien? –le preguntó Trish a Sadina.
–Sí –contestó sin pensar.
–¿Me estás mintiendo? –preguntó de inmediato Trish.
Sadina se detuvo para pensar. Trish tenía razón, la conocía mejor que nadie.
–¿Por qué siento que esta es la última vez que estaremos todos juntos? ¿Que no todos irán a Alaska? –Esperó a que Trish hiciera alguna cara como siempre hacía cuando Sadina estaba siendo un poco dramática, pero no lo hizo.
–Sé a lo que te refieres –contestó en su lugar–. Yo también tengo la misma sensación.
Estaba parada sola en su balcón, mirando maravillada la inmensa paleta de colores de las auroras boreales que cubrían el cielo como nunca había visto antes. Las luces verdes difuminadas nunca se habían ido y cubrían al pueblo como neblina. Pero esta noche, el cielo estaba encendido de un modo que reflejaba todos los colores del arcoíris. Tonos azules, anaranjados y morados aparecieron como cintas en el cielo luego de tantos años sin ellas. Las luces rosadas flotaban bajo, atrayendo a las moradas, y si miraba con mayor detenimiento, incluso podía ver un remolino rojo que giraba rápido por encima de todo como si anunciara algo más. ¿Podía ser? Sí. Era hora.
Alaska estaba lista para la Evolución.
Alexandra estaba lista.
Y este momento que atesoraba ante ella era demasiado perfecto. Las luces que danzaban en el cielo habían recibido su nombre hacía una eternidad en honor a Aurora, la diosa romana del amanecer, y a Bóreas, el dios de los vientos del norte. Ya casi era la medianoche, pero para Alexandra era el amanecer de un nuevo día. La Evolución. Respiró profundo el aire frío de Alaska e imaginó a los antiguos y cómo debían haberse sentido cuando vieron por primera vez esas luces. Alexandra tenía el lujo del tiempo y el conocimiento que ellos carecían. A diferencia de ellos, no necesitaba crear ningún cuento de hadas para contarle a la gente de Alaska sobre dioses y carruajes, solo hacía falta la verdad. El cielo no era lugar para los dioses. Los dioses que se necesitaban en la Tierra estaban ahí mismo en la Tierra. Científicos. Académicos. Y todos aquellos que fueron bendecidos con el conocimiento infinito del mundo, como ella.
Incluso sin haber visto esta cantidad de colores de las auroras boreales antes, solo le tomó mirar una única vez al cielo brillante para que su mente se inundara con información. Hechos inmediatos sobre el evento, y vaya que era un evento. Los vientos solares estaban más activos que nunca. Las eyecciones de masa coronal operaban de manera independiente a las llamaradas solares y expulsaban partículas a millones de kilómetros en el espacio hacia el campo magnético de cualquier cosa que estuviera en su camino. Eran bendecidos con partículas que bailaban con el oxígeno de la atmósfera baja y producían las cortinas de luces verdes que se mecían en el cielo. Un azul radiante cubría la inmensa puesta en escena en lugares donde los vientos magnéticos se mezclaban con nitrógeno y las raras luces moradas se tejían entre las moléculas de hidrógeno de la atmósfera.
Ver tanta magnificencia y no entenderla sería un… pecado.
Sí, un pecado.
Notó la franja esmeralda que se extendía cada vez más lejos y más fuerte que los otros colores, así como ella sería la voz más fuerte de la Trinidad. Un verde que ya no era nebuloso, sino uno que albergaba la vida. Cómo deseaba que Nicholas y Mikhail pudieran ver su triunfo sobre Alaska como las luces que flotaban frente a ella.
En cierta medida, Nicholas estaba ahí para verlo. Volteó y abrió las cortinas de su balcón, apenas lo suficiente para que la cabeza decapitada de Nicholas, en su caja de cristal sellada, pudiera admirar la escena. Desprovista de párpados, sus ojos parecían salirse de sus cuencas y le recordaban su expresión intolerable cuando él presumía que podía leer la mente. El color de su rostro y la piel frágil de su cuello le revolvían el estómago, ya que pensaba en la presión que Mannus debió haber ejercido para romper cada músculo, cada tendón y hueso en su lugar.
Le resultaba gracioso el hecho de que una de las tres cabezas de la Trinidad ahora fuera, de hecho, una cabeza en sentido literal. Nicholas, siempre el estudioso, apreciaría la ocurrencia.
–Hasta que encuentren el resto de tu cuerpo, estás lejos de aquí.
Acomodó la caja de cristal sobre la mesa. No creía que encontrar el cuerpo de Nicholas tomara mucho tiempo, pero con todos los viajes secretos que hacía, nadie nunca notaba sus semanas de ausencia. Nadie lo extrañaba. Ella de seguro no lo extrañaba deambulando por sus pensamientos. La libertad que le trajo la muerte de Nicholas estaba más allá de su capacidad de finalmente poder ejecutar sus planes, le liberaba la mente de sus intromisiones. Incluso ahora, esperaba con ansias el día en que finalmente se librara de él de una vez por todas y no tuviera que mirar su rostro en descomposición. Pero necesitaba mantener lo que quedaba, apenas por tiempo suficiente para que Mikhail supiera que era ella quien tenía el control ahora.
Ella estaba por encima de todo. La Diosa del nuevo Amanecer.
Manchas de luz coloridas y brillantes giraban prominentes por encima, más intensas que nunca, y debajo de su balcón, los Peregrinos salían en grupos para mirar al cielo nocturno. La gente señalaba hacia arriba, sus brazos escuálidos por una difícil temporada de cosechas y sus túnicas amarillas sucias por la vida de todos los días. Pero este momento les permitió tener esperanza. Y ella, la Diosa Romanov, sería quien les traería esa esperanza.
Alguien llamó a la puerta y sus oídos zumbaron. Apartó el sonido de su cabeza y rápidamente avanzó para cubrir con un paño la caja de cristal con la cabeza de Nicholas.
–¿Qué quieres?
Flint abrió la puerta como si el rapto estuviera sobre ellos, sin aliento como si las escaleras pudieran matarlo. Nunca habría sobrevivido a los tiempos del Laberinto. A veces, Alexandra pensaba en enviarlo allí solo por una semana o tres para demostrarlo.
–Bueno, ¿qué ocurre? Estás respirando y resoplando como si el mundo estuviera en llamas.
–Las luces. ¡Las luces del cielo! –dijo Flint y señaló hacia el balcón, como si Alexandra no tuviera sus propios ojos.
–Sí, ya sé que regresaron las luces –dijo y acercó la cabeza cubierta de Nicholas hacia el balcón para que pudiera ver cómo ella cambiaba al mundo. Esbozó una sonrisa siniestra. ¿Cuántas veces le había rogado Nicholas que tuviera paciencia? ¿Cuántas le había rogado que no fuera imprudente?–. Las luces son una señal de la Evolución. Todo está evolucionando, Flint. Este solo es el comienzo.
–La gente está llorando en las calles. Hablan de sacrificios.
–No seas idiota –lo ninguneó Alexandra.
–Me asusta que haya más Vaciamientos esta noche –dijo Flint desde la puerta, ni afuera ni adentro, exactamente como actuaba en su vida, tambaleándose al borde de la fe o el miedo. Alexandra no tenía tiempo para tambalearse. Le evolución finalmente estaba sobre ellos, luego de años en pausa–. Nicholas debería calmar a la gente y…
Lo interrumpió enseguida.
–Yo calmaré a la gente. Dile a los Peregrinos que su Diosa les hablará mañana y que, si algún Vaciamiento tiene lugar esta noche, veré que aquellos que hayan hecho el sacrificio sean sacrificados luego. ¿Puedes encargarte de eso?
Asintió. Bajó la cabeza. Salió.
Alexandra quitó la tela que cubría la caja de Nicholas.
–Disfruta la vista.
Una ventisca fría la despertó. Intentó acomodar la alfombrilla de pasto que Trish le había hecho, pero no logró acomodarse. Su ascendencia de Sonya nunca se había sentido como una carga; en ocasiones, en la isla se sentía admirada y especial, incluso protegida; pero nada de eso pareció acompañarla en su viaje al continente.
Desde que el grupo llegó, Sadina se sentía insegura, vulnerable, como si su propia vida estuviera en peligro de extinguirse antes de descubrir la razón por la que el ADN de su familia podía ayudarla. Y quizás si más miembros de su linaje estuvieran con vida, la presión podría haberse esparcido entre otros hermanos, hermanas, primos, pero Sadina era hija única, al igual que sus padres. Se levantó lentamente en silencio de su cama improvisada junto a Trish y se acercó al fuego. Pasó junto a su mamá, al viejo Sartén y Minho, todos seguían durmiendo. Minho dormía con las botas puestas. Los soldados huérfanos hacían cosas raras.
Sadina se sentó de piernas cruzadas junto al fuego y se frotó la sien, mientras miraba las llamas moribundas. Un movimiento entre los árboles a su izquierda la desconcertó. Miró nuevamente a los cuerpos dormidos y contó las sombras, luego buscó algo a su lado, cualquier cosa, que pudiera usar como un arma. Su mano derecha encontró una roca; contuvo la respiración y escuchó cómo el movimiento aumentaba. ¿Qué era eso? ¿Un animal, quizás? ¿Pero qué tan grande? Minho había contado historias sobre los animales que cazaban en el lugar del que venía. Animales más grandes que los que ellos tenían en la isla, y recordó que Isaac había contado historias sobre la fuerza que se necesitaba para matar a los casi Cranks. Sadina no estaba segura de que pudiera matar cualquier cosa más grande que una araña; nunca había tenido una razón para hacerlo. ¿Qué tal si se veía obligada a aplastar la vida de algo con su propio peso? El alboroto aumentaba y parecía acercarse. Sadina miró las botas de Minho y pensó que lo mejor que podía hacer con la roca que había encontrado era arrojársela a Minho y despertarlo. Él tenía armas, cuchillos y, si las cosas se ponían muy feas, también una especie de artillería antigua que estallaba cuando le quitabas un pestillo. Sadina se puso tensa cuando una sombra alta y oscura, encorvada, emergió de entre los árboles. Ella abrió los ojos para ver la mayor cantidad de detalles que fuera posible, pero el fuego moribundo hacía que fuera difícil ver más que la silueta de una persona que sostenía algo largo y delgado. Un arma. Estaba segura de eso. Su corazón se llenó con toda su sangre especial y latió rápido sin parar hasta que entendió que el miedo le había quitado lo mejor de ella.
–No te asustes. –Los susurros flotaron en el aire–. Solo me levanté a orinar y avivar el luego. –La imagen del viejo Sartén apareció en foco antes de que su cerebro pudiera identificar su voz.
–Ah, diablos, me asustaste –dijo Sadina, exhaló y soltó la roca.
–Bien. Y lo siento. No quería asustarte. ¿Qué haces despierta?
–No podía dormir. Estoy muy ansiosa por Alaska.
–Imagina mi entusiasmo –dijo Sartén, partiendo una rama en dos y acercando las dos mitades sobre el fuego moribundo. No tomó mucho tiempo para que las llamas se avivaran con intensidad.
–Lo siento –dijo y no sabía qué más decir–. Escuché todas las historias de los antiguos miembros del Área, pero, para ser honesta, siempre las sentí más como clases de historia y no como la vida real hasta que vi al primer Crank.
–Los Cranks… –resopló—. No son nada por lo que tengamos que preocuparnos. El tiempo hizo lo que pudo con los Cranks, pero la gente… Es de lo que nos tenemos que cuidar.
Sadina acercó las rodillas a su cuerpo.
–¿A qué te refieres?
–Me refiero a que… Cómo digo esto… –El viejo Sartén tomó un tronco para sentarse junto a ella y cambió el peso de su pensamiento–. La isla ha sido un lugar seguro, un refugio, durante tantos, tantos años. Pero aquellos que nacieron en esa seguridad no conocen el mal que existía, y aún existe, en el mundo exterior. Lo cual es bueno, ese es el punto de tener un refugio, pero lo que quiero decir es que…
–¿Te refieres a las personas en la Villa?
–No sé si las personas en la Villa son buenas o malas. Solo sé que no nos conocen tan bien como nosotros a nosotros mismos. Y no sabemos qué intenciones puedan tener. –La voz de Sartén de algún modo sonaba más fuerte cuando susurraba–. Ni las intenciones de la Trinidad.
–Si realmente quieren encontrar una cura para la Llamarada, deben ser buenos, ¿verdad?
–Ava Paige también quería curar la Llamarada –dijo con la mayor cantidad de rencor posible.
–Al igual que cualquier cosa, supongo. Las motivaciones de una persona pueden ser buenas, pero sus acciones pueden ser malas. O sus motivaciones pueden cambiar… –Levantó las vistas hacia las estrellas e intentó encontrar a la más brillante. No había manera de que pudiera volver a dormirse ahora mientras pensaba en todo esto. ¿Qué tal si la Trinidad tiene buenas intenciones, pero malos planes para ejecutar? Al igual que su mamá, que tenía la mejor de las intenciones con la votación, aunque su acto “democrático” arruinara el estado de ánimo de su grupo.
–Todos desde aquí hasta el más allá tienen intenciones y, cuando conoces a alguien, también intentas conocer cuáles son las suyas. Ver si puedes descifrarlas. –El viejo Sartén arrojó otra rama al fuego–. Verás, los Cranks ya no me asustan porque no pueden pensar más allá de sus instintos primarios. La gente, por otro lado… La gente es manipuladora, está motivada por el poder, la avaricia y cosas que ni tú ni yo somos capaces de hacer.
Sadina deseaba que todo fuera blanco o negro, cura o no cura, odiaba todas estas áreas grises donde entraban personas como Ava Paige.
–¿Crees que fui una idiota al votar por Alaska?
–No –contestó el anciano casi tan rápido como para que ella lo creyera.
–¿Soy una ingenua por confiar en las dos personas que me secuestraron? –preguntó, esperando una respuesta honesta, incluso consciente de lo ridícula que era la pregunta en primer lugar.
–Yo no puedo decirte en quién debes confiar –contestó con gentileza y lentitud como su abuela Sonya hablaba. Los ancianos tenían una forma de hablar que hacía que sus palabras tuvieran mayor peso. Todas las experiencias de sus vidas yacían detrás de esas palabras y las hacían sentir pesadas.
Sadina deseaba tener un gramo de la sabiduría de su abuela con todo esto, pero la abuela Sonya había muerto hacía años.
–Bueno… –dijo Sadina y miró al fuego mientras pensaba en voz alta–. ¿Cómo sabías tú en quién confiar?