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El flamante marido de Claire Eden era millonario, inteligente e increíblemente atractivo. Pero, sobre todo, no era un vaquero. Ella, que se había criado en Wyoming, detestaba la arrogancia y rudeza de los vaqueros. En cambio, los sofisticados modales de Jake eran exquisitos... aunque sus apasionados besos la hacían sentirse casi salvaje. Jake sería, sin duda alguna, el perfecto padre para el hijo que ambos deseaban desesperadamente. Construirían una vida juntos y su matrimonio sería perfecto. Pero cuando Jake llevó a Claire a su rancho... comenzaron los problemas.
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Seitenzahl: 174
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Martha Shields
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una boda precipitada, n.º 1198- septiembre 2020
Título original: And Cowboy Makes Three
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-861-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
UN hijo! —exclamó Claire Eden—. ¿Me está diciendo que necesito tener un hijo?
La doctora Freeman extendió sus elegantes manos sobre la gran mesa de caoba.
—¿No piensa tenerlos?
—Bueno, sí, quizás algún día, pero…
—Si no es al año que viene, es mejor que lo olvide.
Un enorme reloj biológico apareció ante Claire. Había oído hablar de ese proverbial cronómetro, pero nunca había escuchado su tic-tac. Hasta ese momento. Sonaba tan fuerte como un trueno.
Miró la lluvia que se deslizaba por las ventanas del despacho de la doctora en el piso veintisiete, y la visión se desvaneció. Lo que había sonado era un trueno de verdad. Claire había visto espesos nubarrones sobre las Montañas Rocosas mientras una grúa se llevaba su coche. La lluvia había comenzado a caer cuando atravesaba en taxi el centro de la ciudad, y le había empapado las zapatillas deportivas y la falda al correr hacia el edificio, luchando contra los empleados que salían al final de la jornada. Afortunadamente, la doctora Freeman la había esperado.
—Su estado irá a peor, Claire —afirmó la doctora.
—¿No hay alguna píldora o algo? Pensaba que iba a recetarme algo para el dolor, no que iba a ponerme una bomba de relojería.
—Una buena descripción. Sí, le voy a recetar unas píldoras, pero no le garantizo nada. Un embarazo, en cambio, lo arreglaría todo. En casos como el suyo, reduciría mucho el tejido endometrial.
—Sí, bueno, para usted es muy fácil decir «tenga un hijo». Usted tiene marido y tres niños. Yo no estoy casada. Ni siquiera tengo novio.
—Puede recurrir a la inseminación artificial.
—Pero eso cuesta muchos miles de dólares. Y ya me imagino la reacción de mis hermanos si me quedo embarazada sin casarme. Tomarían el primer avión hacia Denver con las pistolas cargadas, solo para descubrir que el responsable es un tubo de ensayo —dejó escapar un débil suspiro—. ¿Qué puedo hacer?
—Sé que es una decisión muy difícil —dijo la doctora Freeman, con una sonrisa comprensiva.
—Y a mi amigo y socio, Jacob Henry Anderson, le lego el resto de mis bienes, incluyendo la plena propiedad del rancho Rocking T y todo los beneficios de mis inversiones en el momento de mi muerte. Si Jacob Anderson no me sobrevive, lego…
Un trueno sofocó la voz del abogado. Sus palabras retumbaron en el cerebro de Jake Anderson. Se había convertido en propietario del Rocking T. El abogado continuó, pero Jake dejó de escucharlo. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo que significaba la muerte de Alan.
Miró hacia la ventana, buscando el Rocking T a través de la lluvia que caía sobre Denver a aquella hora punta de la tarde. Aunque el rancho estaba a casi doscientos kilómetros de aquel edificio de oficinas del centro de la ciudad, lo vio tan claramente como si sus praderas se extendieran justo debajo del piso treinta y tres.
El Rocking T lindaba con su propio rancho, el Bar Hanging Seven. Cinco generaciones de Townsend y Anderson habían vivido en aquellos ranchos, hasta que Alan y Jake tuvieron que convertirse en directivos de empresa para salvar sus hogares.
Un aneurisma. ¿Qué forma de morir era esa? Alan estaba pasando uno de sus fines de semana salvajes con una chica, y había muerto de manera fulminante. Sin oportunidad de poner sus asuntos en orden, sin oportunidad de… ¿de qué? ¿De fundar una familia para que el Rocking T siguiera siendo de los Townsend? ¿Para que así su muerte le importara a alguien más? Solo Jake había llorado en su funeral.
«¿Quién me lloraría si yo muriera? ¿Qué pasaría con el Bar Hanging Seven?», pensó.
Alan y él habían estado tan ocupados ganando dinero, que habían olvidado por qué lo hacían. Se habían convertido en magnates, cuando, en realidad, solo habían querido ser vaqueros.
Claire apretó el botón de llamada del ascensor y apoyó la frente contra la fría pared de mármol.
¡Qué día tan horrible! Primero, se le había averiado el coche cuando iba de camino al médico. Luego, se había empapado al salir del taxi. Y ahora, aquello. Un hijo. ¡Qué espanto!
No era que no deseara tener un hijo. Lo deseaba, y mucho. De hecho, si su vida hubiera seguido el esquema previsto, ya tendría un marido y tres hijos. Y a los treinta años, aunque no sería rica, tendría una buena posición económica.
Tenía casi veintiocho. No hacía falta que se preguntara cómo se le habían escapado los años. Lo sabía. En vez de encontrar un trabajo de contable en una gran empresa, como soñaba cuando estaba en la universidad, había aceptado un empleo en una pequeña asesoría familiar de Denver. Más que nada, para escapar de sus hermanos.
Cuando aceptó el trabajo, se lo planteó como el primer paso en su carrera. Pero, una vez allí, se dio cuenta de que le gustaba la pequeña empresa familiar porque sus clientes eran personas, no corporaciones. Le gustaba tratar directamente con la gente, y el ambiente de trabajo era bueno. Sus compañeros de Whitaker y Asociados eran amables y generosos. Y podía llevar pantalones vaqueros, si quería. El problema era que no pagaban mucho.
Las luces se apagaron. Claire se puso tensa y suspiró con alivio cuando volvieron a encenderse. No podría soportar la oscuridad en ese momento.
El botón del ascensor se había apagado y volvió a pulsarlo.
No le gustaba la idea de la inseminación artificial, pero, ¿qué otra opción tenía? ¿Casarse con uno de aquellos vaqueros amigos de sus hermanos, solo para quedarse embarazada? Ni hablar. ¿Escoger a un hombre en un bar y llevárselo a casa para una noche de pasión desenfrenada? Le dio un escalofrío al pensarlo. Tal vez si tuviera más experiencia al respecto… Pero nunca había sentido la pasión desenfrenada, ni la pasión de ninguna clase. No es que se estuviera reservando. Simplemente, no había dado con el hombre adecuado. Además, si elegía a uno en un bar, ¿quién sabía qué herencia genética tendría? No, no podía hacer eso.
La otra opción, renunciar a tener hijos, solo la consideró un instante. La familia era importante para ella, aunque sus hermanos la volvían loca en su afán de protegerla. Debía intentar quedarse embarazada, y tenía que hacerlo pronto. Considerando sus opciones, la inseminación artificial era la única solución.
El problema era que no tenía bastante dinero. Pero, si conseguía un empleo en una empresa que pagara bien, podría ahorrar lo necesario en unos seis meses. Odiaba la idea de dejar Whitaker y Asociados, pero la única forma de conseguir dinero rápidamente era trabajar en una gran empresa.
Las puertas cromadas del ascensor se abrieron con un din-dón. Claire hizo amago de entrar, pero se detuvo bruscamente, con los ojos como platos. El ascensor no estaba vacío. En medio, había un hombre de pelo y ojos negros como la noche. Llevaba un traje de color gris oscuro, muy caro, y su expresión era dura y fría como el mármol.
Claire lo reconoció en seguida por las fotografías que había visto hacía poco en una revista. Jacob Anderson. El dueño de Inversiones Pawnee, junto a su socio, Alan Townsend. El artículo de la revista estaba dedicado al señor Townsend, un hombre increíblemente guapo por el que las otras contables de Whitaker y Asociados habían suspirado durante semanas. A Claire no le había interesado en absoluto el señor Townsend cuando vio una fotografía suya vestido de vaquero. En cambio, se había fijado en unas fotos de Jacob Anderson. Aunque no era tan guapo como su socio, había en sus ojos una expresión casi de… soledad. Claire había fantaseado vagamente con remediar esa soledad. Pero aquel hombre inmensamente rico era inalcanzable para ella.
Sin embargo, un trabajo en su empresa quizá no lo fuera tanto.
La oportunidad había salido a su encuentro. Allí mismo, en el ascensor.
Pawnee no era una gran corporación. Tenía unos cincuenta empleados, pero la mitad de ellos eran contables. Y, lo que era más importante, eran los mejor pagados de Denver. Según el artículo, Jacob Anderson se encargaba de las inversiones y Alan Townsend de la administración.
Mientras Claire seguía inmóvil, las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse en sus narices. Él alargó el brazo para pararlas y alzó una ceja.
—¿Baja?
Claire volvió bruscamente a la realidad. Durante una fracción de segundo, pensó en esperar el siguiente ascensor. No iba vestida para pedir trabajo. Tenía los zapatos empapados por la lluvia, el pelo revuelto y, probablemente, el maquillaje corrido, si es que le quedaba algo. No iba a darle precisamente una buena impresión.
Sin embargo, aquella oportunidad era demasiado providencial para dejarla escapar. Tal vez él pudiera conseguirle una entrevista con Alan Townsend, que se encargaba de contratar a los contables de Inversiones Pawnee.
Murmuró un rápido «gracias» y subió al ascensor. Él era más guapo que en las fotos de la revista, aunque no en un sentido clásico. Tenía la cara un poco alargada, la nariz ligeramente aguileña, pómulos altos y un hoyuelo en la barbilla. Se parecía a uno de esos halcones que volaban sobre el rancho de Wyoming donde ella había crecido.
El ascensor comenzó a bajar.
Aquel hombre difundía una sensación de poder que llenaba el pequeño ascensor. A Claire se le aceleró el corazón. Serían los nervios, seguramente. No el impresionante aspecto de aquel hombre.
—¿Al parking?
Aquella voz profunda la sobresaltó.
—¿Perdón?
Él señaló la hilera de botones, uno de los cuales estaba iluminado.
—Al vestíbulo, por favor.
Claire se puso colorada. Había sido sorprendida pensando en el cuerpo de Jacob Anderson. ¿Qué le ocurría? Ella no era de esa clase de chicas.
Qué impresión le estaba dando. Y tal vez no tendría ocasión de darle otra. ¿Debía presentarse en ese momento y quedar como una completa idiota, o esperar y confiar en que le iría mejor con el señor Townsend, si es que conseguía una entrevista?
No, aquel ascensor era un regalo del destino. Si quería tener un hijo, debía aprovechar la oportunidad. No importaba lo guapo que fuera aquel hombre. Lo importante era que tenía libros de cuentas. Sin pensarlo, le tendió la mano.
—Señor Anderson, quisiera presentarme. Soy Claire Eden, contable en Whitaker y Asociados.
Él se giró para mirarla. Sus ojos castaños la recorrieron de arriba abajo. Claire sabía que no tenía buen aspecto después de la carrera que se había dado bajo la lluvia, y aquella mirada la puso furiosa. Siguió con la mano extendida, pero se le congeló la sonrisa.
—Por favor, disculpe mi aspecto, pero me ha sorprendido la tormenta. No suelo abordar a la gente en los ascensores, señor Anderson, pero me gustaría trabajar en Inversiones Pawnee y me preguntaba si usted podría concertarme una cita con el señor Townsend.
—Usted no lee los periódicos, ¿verdad? —preguntó él, con el rostro crispado.
Como, evidentemente, no iba a darle la mano, Claire la retiró.
—He estado fuera de la ciudad los tres últimos días. ¿Por qué?
—¿Puedo saber qué haría usted en esa cita, señorita Eden?
Confusa, ella respondió cautelosamente:
—Le mostraría cómo, con mi ayuda, puede hacer mejor uso del dinero de la empresa.
—La respuesta es no.
Ella parpadeó.
—¿No? ¿Así, sin más?
—Así, sin más.
Claire nunca había conocido a un hombre tan grosero. Ni siquiera sus hermanos eran tan arrogantes. Se le ocurrieron algunas réplicas mordaces, pero se mordió la lengua.
—¿Puedo preguntar por qué? —dijo, diplomáticamente.
—Puede preguntarlo.
Claire se quedó atónita, pero solo un segundo. Con dos hermanos vaqueros, tenía mucha experiencia en bajarles los humos a hombres como aquel. Se disponía a hacerlo cuando, de pronto, se fue la luz y el ascensor se paró, dando una fuerte sacudida. Claire perdió el equilibrio. Él la sujetó, pero dio de espaldas contra la pared del ascensor. Los dos se tambalearon y cayeron al suelo. Claire aterrizó encima de él, con las piernas enredadas en las suyas y la frente contra su barbilla.
Una luz tenue se encendió sobre sus cabezas. Ella se incorporó lentamente, apoyándose sobre una mano, mientras con la otra se retiraba el pelo de la cara.
—¿Qué ha pasado?
—Aj… aj…
La caída le había cortado la respiración. A Claire le entró el pánico. No podía perder a aquel hombre. Le abrió la camisa haciendo saltar los botones y comenzó a darle un masaje en el pecho.
—¡Respire! ¡Vamos, vamos! ¡Respire!
Por fin, entró aire en sus pulmones. Cuando comenzó a boquear, Claire se sentó, aliviada.
—¡Diablos! —él cerró los ojos y reclinó la cabeza contra la pared del ascensor. La rápida actuación de aquella mujer le había evitado unos angustiosos momentos de asfixia—. Gracias por el masaje.
—¿Qué ha pasado? ¿Cree que la tormenta ha averiado el transformador? —preguntó ella, asustada.
—Seguramente —dijo él, encogiéndose de hombros—. No se preocupe, todo irá bien.
—¿Bien? Podemos estar horas encerrados.
—Señorita Eden, lo último que necesitamos es un ataque de pánico.
—No se ponga paternal conmigo —contestó ella, entornado los ojos—. No soy una niña.
—Pues no se comporte como tal —dijo él ásperamente.
—¡Es usted un grosero y un arrogante! Es igual que mis hermanos. No, es diez veces peor que ellos. Al menos, ellos se preocupan por la gente. Yo no podré tener un hijo, pero ¿a usted qué le importa? Usted posee la mitad del dinero de Colorado. Podría tener miles de hijos.
—¿De qué habla?
—A usted no le importa que se me haya averiado el coche, ni que necesite miles de dólares para quedarme embarazada o nunca podré tener hijos. No le importa que mis hermanos me llamen prácticamente todos los días para decirme que me case con algún vaquero. Usted… —su diatriba acabó con un hipido.
De pronto, se le aclaró la vista. Entonces lo miró, horrorizada.
JAKE se dio cuenta de que, posiblemente, estaría encerrado durante horas con una loca. Una encantadora lunática que quería un empleo. Todo el mundo quería algo de él. Últimamente, se sentía acechado por una bandada de buitres.
Apoyó las manos en el suelo para levantarse, pero la mujer estaba sentada sobre él.
—Oh, perdón… —ella se puso de pie de un salto.
Él se incorporó, se alisó un poco la ropa y buscó el teléfono de emergencia del ascensor.
—No puedo creer que me haya puesto así con usted —comenzó a decir ella en voz baja—. Nunca había perdido el control de esa manera, salvo con mis hermanos. Es que he tenido un día realmente horroroso y… —se interrumpió—. Pero a usted no le interesan mis problemas. Solo puedo decir que lo siento.
—Acepto sus disculpas —dijo él, sorprendido, mientras abría un pequeño panel debajo de los botones del ascensor y sacaba el teléfono. Le respondió una voz femenina. Después de contestar a unas preguntas, Jake lanzó una maldición y colgó el aparato.
—¿El transformador? —preguntó aquella joven mujer, cuyo nombre era Claire.
—Sí. Han llamado al servicio de reparaciones. Podría tardar una hora, o cuatro o cinco. Hay apagones en toda la ciudad.
—Claro, ¿por qué no? El final perfecto para un día perfecto.
—¿Perdón?
—Nada.
De pronto, Jake sintió curiosidad por aquella frágil figura, vapuleada y desvalida. Era más alta que la mayoría de las mujeres, solo unos pocos centímetros más baja que él, que medía un metro ochenta y tres. En la penumbra del ascensor, no podía distinguir el color exacto de su pelo, pero era oscuro y liso y los mechones que se le habían escapado de la trenza le llegaban a los hombros. Su piel parecía pálida, casi traslúcida. Sus pómulos altos enmarcaban una boca de labios carnosos. No era la cara de una modelo, pero sus facciones regulares poseían una dulce belleza.
Jake sintió la repentina necesidad de preguntarle por aquel día «perfecto». Hacía mucho tiempo que no sentía la elemental preocupación de un ser humano por otro. Pero, ¿por qué debía preocuparse por una mujer que le había gritado sin razón? Sin embargo, ella se había disculpado. ¿Y cuánta gente se atrevía a gritarle a él?
—Mirar fijamente es una grosería —lo acusó ella, de pronto.
Él tardó un poco en reaccionar.
—¿Y qué esperaba de…? ¿Cómo era? ¿Un tipo grosero y arrogante como yo?
Ella dio un respingo al recordarlo.
—Siento haberle dicho eso. Es que usted me recuerda a mis hermanos. Lo siento.
—No se preocupe.
—No, de veras. No suelo perder así el control. No sé qué…
—Alan Townsend ha muerto.
Claire se quedó pasmada.
—¡No!
Él asintió.
—¿Cuándo? ¿Cómo? Tenía la misma edad que usted.
—Sabe muchas cosas de nosotros, ¿no? —preguntó él, entornando los ojos.
—Alguien llevó una revista a… No importa. Por favor, señor Anderson, no lo sabía. Debe creerme. He estado haciendo una auditoría fuera de la ciudad los tres últimos días. No he leído los periódicos de Denver desde el lunes.
Su expresión compungida convenció a Jake de que decía la verdad.
—Murió en Aspen antes de ayer. Sufrió un aneurisma. Se levantó de madrugada para ir al cuarto de baño y cayó muerto.
Ella se puso pálida.
—Y yo gritándole a usted… Y usted… —cerró los ojos—. Oh, lo siento mucho.
Jake había oído aquellas palabras una y otra vez en los últimos dos días. Pero, por primera vez, se las creyó. La preocupación de aquella mujer tocó alguna fibra sensible en su interior. Se sintió reconfortado y sintió deseos de reconfortarla también a ella.
¡Diablos! Ella lo había conmovido otra vez. Tenía que salir de allí inmediatamente, antes de hacer una tontería. Pero no podía. Estarían encerrados durante Dios sabía cuánto tiempo. Al menos, debía desviar la conversación de la muerte de Alan. Ese tema era demasiado doloroso.
—Escuche —dijo, intentando ocultar su angustia—. Puede que estemos un buen rato encerrados aquí. Vamos a sentarnos y usted me contará sus ideas sobre Inversiones Pawnee.
—¿Bromea?
—No, se lo aseguro.
—¿Después de lo que he hecho? No puedo… —ella sacudió la cabeza con vehemencia—. Debería usted darme una patada y hacerme retroceder varios peldaños en la escala evolutiva.
—Complázcame, y ya me pensaré si le doy esa patada —sonrió él, divertido.
—He metido la pata hasta el fondo y, ¿usted quiere empeorarlo hablando de negocios?
—Hablar de negocios me distrae y, después de su metedura de pata, es su obligación distraerme, ¿no cree? Además, ¿por qué no aprovechar el tiempo? Como Alan ha muerto, tendré que ocuparme de la contabilidad. Quiero asegurarme de que mis contables saben lo que hacen.
Si hubiera podido, Claire habría salido corriendo despavorida del ascensor.
—Yo… no tengo suficiente información sobre su empresa para hablar con fundamento ahora mismo…
—Tenga —él dobló con cuidado su chaqueta y se la tendió—. Siéntese.
Claire miró confusa la chaqueta.
—No va a morderla —dijo él con impaciencia.
—No puedo sentarme encima de su chaqueta —balbució ella.
—¿Por qué no?
—Probablemente, vale más que yo.
—Ya lo veremos —dijo él ásperamente—. Vamos. Siéntese.
Ella se quedó atónita por su cambio repentino: de tierno a dominante en una fracción de segundo. Si no hubiera sabido quién era, lo habría tomado por un vaquero.
—¿Y si prefiero quedarme de pie?
—No sea ridícula. Puede que estemos aquí toda la noche.
Ella alzó la barbilla.
—¿Toda la noche? No será tanto tiempo.
—Seguramente, no. Pero nunca se sabe.
Claire frunció el ceño.
—De acuerdo. Me sentaré.