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Desafiaron los convencionalismos, se saltaron a la torera las normas, los impedimentos, escandalizaron, provocaron, entusiasmaron, enamoraron, sedujeron… mujeres unidas por un mismo denominador: la osadía. Son mujeres escandalosas, como Kate Warne, la primera detective femenina, como Hedy Lamarr, actriz, inventora e ingeniero de telecomunicaciones, mujeres aguerridas como Stephanie Julianne von Hohenlohe, la espía del Führer, valientes, como Gerda Taro, primera reportera gráfica que trabajó desde el frente y la 1ª fotoperiodista fallecida mientras cubría una guerra, mujeres creadoras, como Marina Tsvietáieva, quizás, la mejor escritora rusa del siglo XX, mujeres frías y metódicas como Belle Gunness, asesina en serie, mujeres cautivadoras como Anaïs Nin, mujeres que llevaron su capacidad de resistencia hasta el límite, como Alexandra David-Néel, transgresoras, como Benedetta Carlini, religiosa, lesbiana, escandalosa… Todas ellas forman parte de este libro, en el que Susana Peiró ha volcado su ingenio y su saber hacer. Te atrapará desde la primera página.
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Seitenzahl: 374
Veröffentlichungsjahr: 2018
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ESCANDALOSAS
80 mujeres de armas tomar
SUSANA PEIRÓ
Escandalosas, 80 mujeres de armas tomar
© Susana Peiró, 2018
ISBN: 978-84-949354-9-7
Imagen de cubierta: Gloria Swanson, fotógrafo Daniel Blum
Maquetación: Diana Fernández Tascón
Reservados todos los derechos.
“…y que no temieran”(And ne forhtedon na)
Parte de un antiguo poema que conmemora la batalla de Maldon en el 991, una arenga antes de entrar en batalla.
Palabras que figuran en la tumba de Jorge Luis Borges.
“Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho”
Borges
Presentación
Son Escandalosas, 80 Mujeres de armas tomar que desafiaron los convencionalismos, se saltaron a la torera las normas, los impedimentos, escandalizaron, provocaron, entusiasmaron, enamoraron, sedujeron… mujeres unidas por un mismo denominador: la osadía.
Son 80 artículos, miradas, instantáneas de mujeres que no nacieron, se hicieron a sí mismas singulares y diversas. La meretriz poeta, la sultana, la sufí, la samurái, la cherokee, la escritora budista que creó su propio monje fantasma, la estafadora del siglo, la asesina serial, la profetisa, la hiena de la Gestapo, la impostora histrionisa, la descarriada, la vengadora que se convirtió en santa, la perra filósofa y primera feminista de la historia, la mesalina, la avara, la exploradora que vivió entre caníbales, la monja lesbiana, la diosa de la noche, la científica desnuda, la espía que se amó, la vikinga, la espiritista, la travesti, la detective, la reina barbuda, la guerrera…
Son 80 serendipias, encuentros casuales y por momentos coloridos con féminas que lograron ser “ellas mismas”, sin pensar en los juicios de la gente ni el alboroto a su alrededor, forzando los extremos, en muchos casos, hasta llegar a polémicas incendiarias que duran hasta la actualidad.
Son, también, 80 invitaciones a la investigación sobre estas mujeres con historia y esas muchas, muchas otras vidas femeninas que aún esperan ocupar el lugar que les corresponde, para bien y mal y siempre por derecho propio, en la memoria de la humanidad.
Susana Peiró, octubre 2018
Índice
1. Aimèe Crocker.
2. Alexandra David-Néel y su monje fantasma.
3. Alla Nazimova y el Círculo de Costura.
4. Anaïs Nin, una mujer sensual.
5. Anita Berber, Göttin der Nacht.
6. Anne Lister y sus diarios secretos.
7. Atotoztli II, la reina azteca.
8. Ayn Rand, la egoista.
9. Belle Gunness, asesina en serie.
10. Bertha Benz, Die heimliche Fahrt.
11. Betty Pack, Licence to Love.
12. Christine Keeler, Pretty Woman.
13. Clara Immerwahr y el Veneno de Dios.
14. Elena Ceauşescu.
15. Evelyn Nesbit, la primer Top Model.
16. Florence Leontine Lowe ó Florence Lowe Pancho Barnes.
17. Frances Farmer, el fuego.
18. George Sand.
19. Gerda Taro.
20. Gloria Swanson.
21. Gudrid, la Vikinga (Gudrid Þorbjarnardóttir).
22. Hannah Arendt, la discípula.
23. Haseki Hürrem, la Sultana.
24. Hatshepsut Jenemetamón, la reina barbuda.
25. Hedy Lamarr, la inteligencia desnuda.
26. Henriette Caillaux y el «Crimen Perfecto».
27. Hetty Green, la avara.
28. Hiparquía de Maronea.
29. Jacqueline Susann.
30. Jerrie Cobb y las «Mercury 13».
31. Kate Warne, el sabueso de los Pinkerton.
32. Katie Sandwina, the Iron Woman.
33. Kitty Schmidt, la Madama.
34. Krystyna Skarbek, al Servicio Secreto de su Majestad.
35. La “Agente 355”.
36. La encantadora de números- Ada Byron.
37. La Emperatriz Wu Zetian y el próximo Buda... una Mujer.
38. Lady Jennie Spencer-Churchill, la Pantera.
39. Lady Montagu.
40. Las “Radium Girls” y el asesino radioactivo.
41. Las Espiritistas: Maggie y Kate Fox.
42. Las Flappers.
43. Las Impostoras I: Mary Carleton.
44. Las Impostoras II: Mary Baker.
45. Las Piratas.
46. Margaret Moth.
47. María Bochkareva, los batallones femeninos de la muerte.
48. Maria Luisa de Austria, la percanta que amuró a Napoleón.
49. María Teresa de las Mercedes Wilms Montt.
50. Marie Bonaparte y el psicoanálisis.
51. Marina Tsvietáieva.
52. Mary Kingsley, la exploradora.
53. Maud Gonne y su Poeta.
54. Murasaki Shikibu y el Genji Monogatari.
55. Nachthexen, las Brujas de la Noche.
56. Nancy Astor, The Femme MP.
57. Nancy Cunard, la indignada.
58. Nancy Wake, Ratón Blanco.
59. Nancy Ward, la cherokee.
60. Olga de Kiev, la vengadora.
61. Peggy Guggenheim, la moderna.
62. Rabi’a al-Adawiyya, la sufí.
63. Reclutada por la KGB- África de las Heras Gavilán.
64. Sor Benedetta Carlini.
65. Stella Walsh, The Lost Identity.
66. Stephanie Julianne von Hohenlohe, la espía del Führer.
67. Suzanne Valadon.
68. Tamara.
69. Téano de Crotone y las Pitagóricas.
70. Thérèse Humbert, la estafadora del siglo.
71. Tomoe Gozen.
72. Triệu Thị Trinh, la guerrera y santa vietnamita.
73. Ursula Sontheil, la profetisa.
74. Valeria Mesalina.
75. Verónica Franco.
76. Victoria Claflin Woodhull.
77. Violette Morris, la campeona.
78. Virginia Oldoini, condesa de Castiglione.
79. Yang Huanyi, la última palabra.
80. Zofia Nalkowska, la “przyjaciółka” de Schulz y Gombrowicz.
Aimée Crocker
A fines del siglo XIX, en Estados Unidos, el escándalo tenía nombre de mujer. Tatuajes, pelo púrpura, una boa en el cuello, fiestas extravagantes, perlas, Budas, una abarrotada colección de maridos y amantes, aventuras en los confines del mundo y todo lo que el dinero podía comprar se mostraban en la vidriera de su vida y en los titulares de los diarios. Con el mundo a sus pies y una herencia de doscientos cincuenta millones de dólares en la cartera, Aimée Crocker celebró su buena fortuna saltándose a la torera todas las convenciones y escribiendo su Y lo haría de nuevo, por si alguien se atrevía a dudar.
***
Toda la infancia de Aimée parece detenida en ese 1875, cuando su padre, el magnate Crocker, uno de los cuatro grandes del Ferrocarril Pacífico Central partió de este mundo dejando a sus hijos una inmensa riqueza y convirtiendo a la niña de once años en millonaria. A partir de ese momento, el bello retoño de esa familia acaudalada, no se enteraría jamás del precio del pan y se alejaría para siempre de las preocupaciones de los simples mortales.
Los planes para la heredera incluían formación cultural en el extranjero y un buen marido con título nobiliario y sólida fortuna, que mantuviera a distancia a los aventureros y buscavidas. La primera parte del proyecto familiar anduvo sobre rieles y Aimée consiguió terminar sus estudios en Alemania; los problemas comenzaron cuando la madre le impuso el compromiso con un príncipe alemán bigotudo que ya pintaba canas. La joven despachó al noble rápidamente y se fue de parranda con un torero español, dejando claro quién controlaba su vida y la aventura.
Antes de los veinte años, Crocker ya había estrenado su primer marido y también sus primeros escándalos matrimoniales y para sacudirse el conflictivo divorcio y la mala onda, emprendió un relajante viaje por el lejano Oriente. Su primera escala fue en Hawai donde, recordaría luego en sus memorias, el rey Kalākaua se enamoró perdidamente de sus ojos, tanto que le regaló una de sus islas y también un título oficial: princesa Palaikalani, «la dicha del cielo». La dicha como tal no duró demasiado y después de algunos meses de practicar el hula-hula y tomar románticos baños de luna, Crocker se aburrió, plantó al monarca y siguió viaje al otro lado del mundo.
Había conseguido un compañero de correrías, Gillig, mezcla de prestidigitador, cantante de ópera y marino, y a veces con él y otras veces sola, Aimée se embarcó en las hilarantes aventuras que cuenta en su autobiografía, incluyendo un escape cinematográfico en Borneo, la vez que quisieron envenenarla en Hong Kong o asesinarla en Shangai, sus tres semanas completas en el harén del maharajá Bhurlana… Lugares exóticos y personajes de novela: un tipo medio salvaje de las islas Sandwich, un joven oficial inglés de Oxford, un barón japonés, un príncipe chino, un cazador de cabezas dyak parcialmente domesticado que la raptó en la jungla… De todos sus relatos quizás el más sentido sea el referido a su estancia en una cueva en Pune, Maharashtra, donde habría experimentado el kaivalya con sus maestros de yoga. Aimée, que siempre había tenido una vena mística, abrazó el budismo con pasión y se lo llevó a casa junto con un violín chino y una boa constrictor de treinta kilos.
De vuelta en Nueva York, y sin tiempo que perder, transformó todo su piso de la calle 56 con la decoración típica de Oriente y abrió un templo budista para sí misma y todas sus amistades. Estaba convencida de que ella, nacida y criada en Estados Unidos, era la única que había sabido conjugar el misticismo de Oriente con el materialismo práctico del mundo occidental. Sus veladas con extraños ritos, humaredas y serpientes dando vueltas espantaron a varios de sus invitados, provocaron el desmayo de otros y la convirtieron en una excéntrica nacional.
Crocker siguió alimentando titulares en los diarios con sus romances, sus matrimonios —cinco en el mundo occidental y al menos una decena «bajo otras leyes»—, sus hijos, siempre expuestos a la prensa, y sus carismáticos amigos, como el tenor italiano Enrico Caruso. De vez en cuando se reunía con Oscar Wilde y jugaban a ver quién de los dos era capaz de beber más, aunque el escritor irlandés perdía siempre la apuesta.
Lujo asiático, estilo de vida frenético y lascivo y su amistad con artistas, maharajás, senadores y bailarinas de Broadway le valieron el título de Reina de la Bohemia. Después de revolucionar la Gran Manzana, Crocker vivió en París por varios años, casándose y divorciándose de príncipes rusos y hombres mucho más jóvenes que ella. ¿Su secreto? Ella misma lo explicó: «Hace mucho tiempo descubrí el secreto de la eterna juventud, y es por eso que hoy me siento tan joven como hace años». Y también: «El amor, tanto como la juventud, es una cuestión de ondas invisibles. Dos amantes perfectos deben vibrar en la misma frecuencia de ondas. Mi entrenamiento me ha enseñado cómo aumentar o disminuir la longitud de ondas de mis emociones para que se correspondan con las de mis admiradores, y esto explica por qué los hombres se han enamorado de mí tan fácilmente».
Aimée Crocker falleció el 7 de febrero de 1941, aunque no sabemos cuándo volvió a nacer según su doctrina budista de la reencarnación. Acaso aún esté entre nosotros, viviendo la vida loca y con historias delirantes para contar. Después de todo, ella avisó que lo haría de nuevo y ¿quién se anima a dudar?
Alexandra David-Néel y su monje fantasma
A principios del siglo xx se rumoreaba que, más allá de los Himalayas, había un reino oculto donde los puros de corazón vivían en la serenidad y unos sabios lamas cuidaban el bienestar espiritual de sus hijos. El mítico lugar, con sus fronteras cerradas a los extranjeros, marcaba una línea divisoria entre los viajeros-exploradores europeos, atraídos por el misterio, y los tibetanos, desconcertados ante esas gentes empecinadas en ir donde no los querían. Sin embargo, en 1924 una francesa pequeña, de cincuenta y cinco años, con la cara tiznada de hollín y disfrazada de peregrina mendicante, desafió los desfiladeros de cinco mil metros de altura, los osos y tigres, el hambre y el frío, caminó miles de kilómetros sobre hielo y finalmente puso sus pies en la «ciudad prohibida» de Lhasa.
***
Alexandra David-Néel cambió para siempre la percepción de los occidentales sobre el Tíbet y su gente. Sus dos libros más populares, My Journey to Lhasa (1927) y Magic and mystery in Tibet (1929), escritos antes de la invasión china, son el retrato minucioso de esa tierra en la que fue un miembro más de la sociedad. David-Néel creía firmemente que vivir entre la gente era la única manera de comprender sus vidas.
Sus observaciones sobre las rutinas cotidianas, las prácticas monásticas, los rituales religiosos y la geografía, abrieron una puerta al pensamiento oriental y despertaron interés mundial sobre el Tíbet como país, los tibetanos como un grupo étnico único y los preceptos budistas como un modo de vida1.
Tuvo el privilegio de ser enseñada por ilustres yoguis y vivir por semanas en sus cuevas de anacoretas a cuatro mil metros de altura, practicando la técnica del tummo, que permite movilizar la energía interna para producir calor. Como resultado de esa experiencia recibió el nombre religioso de Yéshé Tömé, «Lámpara de Sabiduría», que le daría reconocimiento por parte de las autoridades budistas en todos los lugares y le abriría las puertas de monasterios como el de Kumbum, donde pasó tres años de retiro espiritual.
Uno de los momentos más pintorescos durante su larga estancia en el techo del mundo fue cuando David-Néel puso en práctica las enseñanzas de un antiguo texto budista, el «Samaññaphala Sutta», sobre la capacidad de crear un cuerpo con la mente, como fruto de la vida contemplativa. El fenómeno llamado sprul pa’ fue traducido por ella como «tulpa» y la llevó a realizar el curioso experimento que ella misma contó:
«Incrédula de ordinario, quise ensayar la experiencia yo misma y para no dejarme influir por las formas impresionantes de las deidades lamaístas, que tenía casi siempre ante mis ojos en cuadros y en estatuas, escogí un personaje insignificante, un lama pequeño, rechoncho, de tipo inocente y jovial. Al cabo de unos meses el buen hombre había tomado forma. Poco a poco se fijó y vino a ser una especie de comensal. No esperaba a que pensara en él para aparecer, sino que se dejaba ver en el momento en que mi espíritu, estaba ocupado en otra cosa. La ilusión era, sobre todo, visual, pero llegué a advertir como si la tela de su traje me rozase y a sentir la presión de una mano sobre mi hombro. En aquel momento no estaba encerrada, montaba a caballo todos los días, vivía bajo mi tienda y gozaba de excelente salud, según mi feliz costumbre.
» Gradualmente se operó un cambio en mi lama. Los rasgos que le había adjudicado se modificaron: su cara, mofletuda, adelgazó y tomó una expresión vagamente burlona, perversa. Se volvió más inoportuno. En una palabra, se me escapaba. Un día, un pastor que me traía manteca, vio al fantasma y le tomó por un lama de carne y hueso.
» Debía de haber dejado que el fenómeno siguiese su curso, pero aquella presencia insólita empezaba a enervarme. Se convertía en una pesadilla. Me decidí a disipar una alucinación de la que no era plenamente dueña. Lo conseguí, pero después de seis meses de esfuerzo. Mi lama era tenaz para la vida».
Alexandra destruyó el engendro, aunque el real y obstinado ¿monje? ¿homúnculo? ¿golem? dio batalla hasta el final del proceso de desaparición: quería vivir. Quizás su autora, sin querer, le había traspasado algo de su propia naturaleza.
La escritora, feminista, anarquista, exploradora, budista, cantante de ópera, historiadora de religiones comparadas, orientalista, botánica aficionada, fotógrafa, educadora… y talentosa lingüista siguió estudiando y viviendo con su lema: «sigue tu corazón, aunque no siempre sea fácil, conveniente o socialmente aceptable». En sus 101 largos años de vida tomó todos los riesgos, incluso desafiar el statu quo de la Europa Occidental para cumplir con su sueño de vivir como una mujer independiente.
En el camino, fue la primera mujer occidental recibida por el decimocuarto dalái lama Tenzin Gyatso, quien reconoció años después el valioso legado de David-Néel. La vida cotidiana en el Tíbet de principios de siglo xx contada y fotografiada por la escritora, se había ido para siempre con la toma del poder de los comunistas en los años cincuenta.
Alexandra dejó la piel blanca junto a un legado de inmensa sabiduría un 8 de septiembre de 1969 y se llevó su alma amarilla2 a otro Tíbet, más allá de las nubes y las nieves.
Notas de interés:
A los 100 años Alexandra David-Néel renovó su pasaporte, ante la sorpresa de los funcionarios de los Bajos Alpes. «Por si acaso, nunca se sabe», les dijo.
Fue distinguida por la Sociedad Geográfica de París con medalla de oro y en 1969 fue nombrada Caballero de la Legión de Honor.
En el Tíbet se le concedió el rango de lama.
En 1982 el 14º dalái lama visitó Samten-Dzong, la casa en Digne donde vivió la escritora, y le rindió homenaje.
Alla Nazimova y el Círculo de Costura
En 1918, la rusa Nazimova, que había conquistado Broadway con personajes encantadores como la inmensa Hedda Gabler de Ibsen, lady Macbeth, la Nora de Casa de Muñecas o la hermana Olga de Chéjov, dejaba atrás las luces de Nueva York y se dirigía a Hollywood.
En la pequeña ciudad, que comenzaba a recibir las principales compañías cinematográficas, la esperaban nuevos episodios de éxito como actriz y la oportunidad de realizar todas sus fantasías como mujer en el Jardín de Alla, donde por mucho tiempo funcionó el mítico Círculo de Costura.
***
Nazimova hablaba poco de su pasado. De hecho, solo acudía a ese lugar en el tiempo para recordar los sentimientos que luego volcaba en los personajes, tal como le había enseñado el maestro Stanislavski. El resto, la familia desastrosa que le tocó en suerte, el padre maltratador, el hermano adoptivo que la violó cuando era casi una niña, las humillaciones de la madrastra y hasta esas calles de Moscú donde se prostituyó para pagar sus clases de teatro, quedaron sepultados en su memoria.
En este presente emocionante y vertiginoso, su carrera parecía no tener techo: había cerrado un jugoso contrato con la Metro Pictures, su inglés mejoraba y, en el colmo de las buenas noticias, había encontrado su lugar en el mundo en el 8152 de Sunset Boulevard.
La regia casona, de doce habitaciones con suelos de teca, paredes interiores cubiertas de lienzos y elegantes acabados en nogal circasiano, era tan deslumbrante como los vergeles que la rodeaban y apenas verla, su propietaria la bautizó como el Jardín de Alla, en referencia a su propio nombre y a la entonces famosa novela británica El Jardín de Alá.
En este jardín, alrededor de la piscina con forma de mar Negro construida por Nazimova, florecerían muchas más violetas y lavandas que rosas.
Deslumbrantes damas de la edad dorada como Greta Garbo, Marlene Dietrich, Tallulah Bankhead, Natacha Rambova, Joan Crawford, Barbara Stanwyck, lesbianas y bisexuales, capaces de seducir a hombres y mujeres en la gran pantalla, salían de los armarios para entrar en el Jardín de Alla y disfrutar su sexualidad sin máscaras, sin engaños y en completa libertad.
Era el coto de caza de Mercedes Acosta, poetisa y dramaturga que seducía mujeres desde California hasta Europa; la fuente de inspiración para los sáficos poemas de Isadora Duncan; el lugar donde Stanwyck habría cautivado a su futura rival, Bette Davis, y el paraíso soñado para Nazimova y su amante Dorothy Wilde, sobrina de Oscar Wilde.
Fue precisamente en su jardín, y alentada por el Círculo de Costura, donde Alla escribió, financió, produjo, dirigió y se animó a protagonizar su gran tributo a Oscar Wilde con la adaptación de Salomé (1923), la gran obra vanguardista donde dio rienda suelta a su creatividad y exceso. El puritano público estadounidense, muy distinto al parisino o berlinés, no la entendió y el fracaso en la taquilla dejó a Nazimova al borde de la quiebra.
El Círculo de Costura —nombre caprichoso y probablemente hilvanado con ironía por alguna de sus integrantes— fue creciendo entre libaciones de vodka y los aromáticos cigarrillos árabes de la atenta anfitriona. La existencia del grupo se mantenía en absoluto secreto, sobre todo porque las involucradas estaban atadas por contratos a las estrictas leyes de aquellos tiempos.
Fuera del jardín, lesbianismo y lesbianas eran palabras que se pronunciaban en voz baja y la industria del cine las prohibía como la entonces vigente ley seca al alcohol. Ligas de decencia y ligas de escándalo público se encargaban de mantener esas depravaciones lejos de la sociedad. Y muchos, incluyendo a Nazimova, tuvieron que optar por el casamiento con algún buen amigo en las mismas condiciones, en lo que se llamaron «matrimonios lavandas», para guardar las apariencias.
Hacia 1927, ya en bancarrota, Alla se vio obligada a vender su maravilloso jardín. Detrás de los muros y en cada rincón quedaron guardados para siempre los secretos, confidencias, lágrimas y risas de aquellas mujeres que amaban a las mujeres. Dice la leyenda que el Círculo de Costura no se disolvió en aquel momento y fue Marlene Dietrich quien tomó la posta y continuó bordando las reuniones lésbicas. Algo así debió suceder porque en 1932 la revista Vanity Fair publicó en su portada una foto de la Garbo y Dietrich con un pie que decía: «Dos miembros de un mismo club».
Alla regresó a Broadway y al teatro, siguió embrujando públicos con sus actuaciones y falleció de una trombosis arterial en Los Ángeles el 13 de julio de 1945.
En el cementerio de Forest Lawn, una sencilla lápida con la inscripción Nazimova señala su tumba. En ella nunca faltan las violetas, símbolo de Safo y Lesbos y recordatorio permanente del color de sus ojos.
Alla Nazimova, actriz y amante de mujeres. Imagen del anuncio para la película “The Red Lantern”, en 1919. Metro Pictures Corporation.
Anäis Nin, una mujer sensual
Angela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin y Culmell logró esconderse a la vista de todos. A los once años comenzó a escribir un diario íntimo que acumuló más de treinta y cinco mil páginas y seis décadas de su vida. Allí fueron a parar la niña degradada, rechazada y abandonada por su padre, la joven católica que le temía al sexo, la femme fatal, la amante de Henry y June, la heroína feminista, la exploradora sexual, la artista, la mujer liberada, así como sus amantes, esposos, psicoanalistas, amigos, escritores…
Para muchos los diarios son «el primer retrato real de una artista como mujer», con trazo sincero, sin inhibiciones y a modo de búsqueda proustiana. Para otros, después de que los manuscritos fueran recortados y reescritos en su mayoría por la autora, son una obra de ficción. Lo probable es que este famoso registro de vida estuviera gobernado, con mano firme desde el primer momento, por Anaïs Nin, la escritora que nos legó una obra maestra.
«Este diario es mi kif, mi haschish, mi opio […]. En lugar de escribir una novela, me tiendo con una pluma, este cuaderno y sueño […]. El sueño es mi verdadera vida. Veo en él los ecos que me devuelven las únicas transfiguraciones que conservan lo maravilloso en toda su pureza. Fuera, toda la magia se pierde. Fuera, la vida revela sus imperfecciones».
***
La hija del pianista y compositor cubano Joaquín Nin y Rosa Culmel nació en Neuilly-sur-Seine, Francia, en 1903. Pasó la mitad de su vida en España y Cuba y el resto en Estados Unidos.
De los pormenores de su vida se encargó ella misma, antes de que cualquier biógrafo se atreviera a inmiscuirse en su privacidad o tuviera intenciones de contarlos. Los diarios que comenzó a escribir en 1914 detallan el día a día de su infancia y juventud en Europa, la separación de sus padres, la mudanza junto a su madre y hermanos, primero a Barcelona y luego a Nueva York, el abandono del colegio a los quince años, sus comienzos como modelo de artistas.
En marzo de 1923, Nin se casó con su primer marido, Ian Hugo (Hugh Guiler), banquero y artista, y se mudó al bohemio París. Al año siguiente dio sus primeros pasos como bailarina de flamenco y tuvo su primer gran alegría como escritora: le publicaron D. H. Lawrence: Un estudio poco profesional, que había escrito en solo dieciséis días. Fue por esa época que Henry Miller y su esposa June, irrumpen en la vida de Anaïs y la inician en el voyerismo y el safismo.
Su demasiado tranquila vida matrimonial le permitió también explorar y estudiar profundamente el psicoanálisis con los afamados Allendy y Rank, que eventualmente se convertirían en amantes. Las sesiones con estos doctores freudianos la animaron a emprender uno de sus más polémicos libros La casa del incesto, donde vuelca la traumática relación con su padre.
«El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía».
Hacia 1939, cuando la guerra se aproximaba, Nin y su marido regresaron a Nueva York y la escritora se convirtió en la primera mujer que publicó relatos eróticos.
«Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo».
Las relaciones amorosas de Anaïs —al menos en su imaginación— llegaron a todos los extremos e incluso en épocas de estrechez económica, algunas narrativas pornográficas escritas en colaboración con su mejor amigo y amante, Henry Miller, llegaron a venderse a un coleccionista anónimo al precio de un dólar por página.
Para Anaïs 1955 fue un año en el que tuvo dos maridos: el viejo Ian Hugo, que soportaba estoicamente todos sus affaires, y el flamante Rupert Pole, su agente literario. Este último propició que en la década del sesenta una importante firma de Nueva York comenzara a publicar los diarios que, entre otros temas, enfocaron la atención pública en Nin y la registraron como una luchadora por la libertad y el reconocimiento de la mujer.
El mundo había cambiado y ya no era la autora oscura y escandalosa que se leía a hurtadillas en la cola del autobús. Había conseguido llegar a una nueva generación de estudiantes y feministas que la consideraban «la psicóloga más importante de las mujeres».
«A veces siento que tengo alrededor de diez millones de hijas», dijo en 1971 mientras daba conferencias en universidades y las frases de sus diarios y libros se repetían en muchos idiomas y latitudes.
¿Quién fue realmente la mujer detrás de la sensual Anaïs Nin? Probablemente nunca lo sabremos. Un cáncer uterino llevó a la tumba en 1977 a la única persona que podía responder a esta pregunta.
Anita Berber, Göttin der Nacht
La noche caía en la expresionista Berlín de los años veinte, rebosante de los cafés, cabarés y locales nocturnos de dudosa reputación que pintara Kirchner3. En la Potsdamer Platz, una muchedumbre esquivaba el cruce de tranvías y se abría paso entre los coches tocando el claxon. Unflâneura la caza del instante, el joven Brecht con el cigarro en los labios, soldados con el cuello de la camisa desabotonado, artistas, políticos, cocottes… todos querían ver de cerca a la mujer más famosa de Alemania.
Desnuda debajo del abrigo de marta, con un mono mascota colgando del cuello y su infaltable broche de plata repleto de cocaína, Anita Berber repartía sonrisas y frases descaradas, que solo una diosa podía permitirse. Su rostro estaba en todos los lados: en el escenario con sus celebraciones de «depravación, horror y éxtasis»; en los periódicos y revistas de entretenimiento y en la gran pantalla con la primera película de la historia que mostraba la homosexualidad en forma positiva. Bailarina, actriz, escritora y escandalosa de vocación, Anita Berber fue un símbolo de la Weimar decadente y libertina, diosa de una noche que aún no devenía en la más negra de las noches.
***
La I Guerra Mundial había terminado. Cascos puntiagudos, horrores, penurias y vidas sesgadas eran cosas del pasado y Berlín, la capital de Weimar, vivía un momento histórico excitante. Su gente se aferraba a la vida en todas sus manifestaciones; querían sentir el amor, el sexo, la belleza, la libertad para plasmar las más delirantes y postergadas fantasías.
Para muchos, la ciudad con su erotismo exacerbado, se había convertido en la Sodoma del siglo xx. Mientras la hiperinflación, el paro y la miseria hundían a gran parte de la población, la poderosa industria del ocio, Unterhaltungsindustrie, crecía aceleradamente en torno a la prensa, la radio y, sobre todo, el cine. Los teatros, clubes y cabarés se nutrían de la fecunda riqueza intelectual, el ambiente de efervescencia cultural y el auge de las vanguardias.
Los jóvenes se comportaban de manera indisciplinada, ya no sentían respeto alguno por sus mayores. Leían autores depravados como Dostoyevski, se fascinaban con la Ópera de cuatro peniques de Brecht y las puestas en escena de Pirandello, los pensamientos de Heidegger, el teatro expresionista de Wedekind o la poesía de Tucholsky. Fogosos y entusiasmados, los berlineses se habían lanzado a experimentar en el terreno del arte y, sobre todo, en el de la sexualidad y las relaciones poco convencionales. Era un paraíso hecho a la medida de la transgresora Anita Berber.
Había nacido en 1899, en la sajona Leipzig, que alguna vez fue escenario de batalla entre la Francia napoleónica y la coalición aliada de Prusia, Rusia, Austria y Suecia. Su padre, un reconocido violinista, y su madre, cantante de cabaret, se habían separado cuando Anita tenía unos pocos años y lo más parecido a un hogar que conoció fue la casa de su abuela en Dresde. La rígida disciplina y el ambiente severo y monacal, para los que la niña parecía vacunada, no hicieron otro efecto más que pronunciar los rasgos de su carácter. Era, y se sabía, un animal salvaje que no sería domesticado jamás.
Recién entrada en la adolescencia Anita tuvo dos maravillosos descubrimientos. El primero fue la danza, un arte que le permitió conectar con lo más profundo de su bravía naturaleza; el segundo fue el espejo, era hermosa sin discusión. Y así, muy segura de sí misma y equipada con sus dotes naturales, un día la fierecilla escapó de la custodia familiar y salió a la vida por su cuenta.
Los primeros pasos en el mundo del espectáculo fueron desiguales y matizados por el hambre, la eventual falta de techo y el encuentro con personajes de todo tipo de los que aprendió el arte de sobrevivir. Hacia 1917 la bailarina había logrado adaptarse perfectamente a la jungla urbana y su carrera comenzaba a crecer.
En 1919 encontró al hombre-mayor-rico-complaciente con el que soñaban las muchachas de los umbrosos suburbios y se casó con él… dejando claro desde el primer momento que todo en ese matrimonio era negociable, excepto su libertad.
Anita era el tipo de mujer independiente que había surgido como un fenómeno en Berlín tras la I Guerra Mundial. Por primera vez en la historia comenzaba a verse como legítimo que la mujer tuviera sus propias fantasías y sus propias ideas acerca de la libertad sexual. La revolución femenina, un poco más sosegada en las trabajadoras de las fábricas y obreras en general, prendió con pasión en el mundillo de la bailarina. La consigna era desafiar límites, ir más allá de cualquier convención y, por supuesto, escandalizar —aún más— al universo masculino.
Padres, maridos y hermanos, funcionarios y fuerzas del orden en general que miraban con preocupación la emancipación de las mujeres, eran también los primeros en acudir, muchas veces de forma solapada, a los espectáculos donde todo estaba permitido y los tabúes no tenían lugar. Ese era el territorio de Anita Berber.
Lo suyo era el baile, donde alcanzó la mayor notoriedad con un estilo rupturista y transgresor que fascinaba al público. La gente respondía con aullidos a ese erotismo ostentoso, que incluía desnudos totales en el escenario. Muchos la adoraban, pero otros tantos la consideraban una Salomé, la encarnación de la perversidad. Anita disfrutaba de su reputación de chica mala y quiso demostrarlo con espectáculos cada vez más audaces y repletos de la imaginería expresionista como Suicidio, Morfina, Casa de Locos o las famosas Danzas de la depravación, horror y éxtasis.
El cine expresionista, que ya fascinaba a toda Europa, también le brindó la oportunidad de mostrar la audacia que era su marca registrada. Participó incluso en Anders als die Andern («Diferente a los demás»), el film que marcó un hito para los homosexuales en 1919.
La sexual y sensual Anita Berber siempre iba a más, tanto sobre un escenario como en la vida privada; de hecho, nunca tuvo muy claro —ni quiso saber— los límites entre uno u otra. La palabra «límite» había sido erradicada de su diccionario apenas huyó del hogar.
Su segundo marido, con quien compartió el gusto por lo salvaje y la vía rápida, aceptó complacido la bisexualidad de la bailarina y también sus amistades. En el selecto círculo de Berber entraban célebres personajes de los bajos fondos: prostitutas, mafiosos, boxeadores… Sus relaciones lésbicas eran numerosas y públicamente conocidas, al igual que su irremediable adicción a la cocaína y a esa mezcla de morfina y coñac a la que era tan aficionada. ¿Amantes? Incontables. Su harem sexual incluyó —según se dice— a una jovencita Marlene Dietrich; a Magnus Hirschfeld, fundador de la sexología moderna y la liberación gay; a Klaus Mann, el niñito terrible de Tomas Mann; a Conrad Veidt y hasta al rey de Yugoslavia. La leyenda cuenta que en una pelea, Anita insultó públicamente al monarca e incluso lo abofeteó. La osadía le habría costado unas seis semanas en la cárcel.
Cuando los berlineses, saciados de sus libidinosas travesuras y escándalos, se cansaron y pusieron la atención en otras figuras, Anita Berber se convirtió, según un artículo publicado en de la época, en «una carroña que hasta las hienas ignoraban». No hubo piedad en la despedida y Anita no la reclamó. Su gloria ya era pasado y el resto era eso que los comunes mortales llamaban vida, algo que nunca le interesó.
Cuando Otto Dix la retrató en 1925, la otrora Diosa de la Noche, había desaparecido de las tablas y los tabloides y hacía tiempo que los excesos habían comenzado a deteriorar física y mentalmente a la pelirroja. Envejecida, demacrada, vociferante, medio loca y perdida, tenía apenas 27 años cuando una tuberculosis la barrió de la escena de la vida, dos años después de posar para el famoso cuadro.
La mujer más escandalosa de la Alemania de los años 20, abanderada de la libertad y la desvergüenza, fue enterrada en un cementerio para pobres que, en el colmo de las desgracias, perdió sus restos en una inundación.
La noche de los tiempos, con sus luces mortecinas, se tragó la diosa, un ratito antes del ascenso de los nazis al poder.
Anita Berber, bailarina, actriz, escritora, transgresora por naturaleza y escandalosa de vocación del pasado. Imagen de F. Titzenthaler.
Anne Lister y sus diarios secretos
I love and only love the fairer sex and thus beloved by them in turn, my heart revolts from any love but theirs.
Anne Lister, Journals, 29 de octubre, 1820
En la biblioteca central de Halifax, West Yorkshire, existen 27 volúmenes (6600 páginas, cuatro millones de palabras4) correspondientes a los diarios que escribió Anne Lister (1791-1840) durante toda su vida. Este registro invaluable, que contiene información sobre política, negocios, ciencia, actividades y emociones de la protagonista, permite una profunda mirada a las mujeres de la época victoriana y algo más. Una sexta parte de los diarios fueron escritos en un código críptico5, mezcla de letras griegas antiguas y símbolos algebraicos, y cuentan sinceramente, y ocultan con celo, las relaciones románticas y sexuales de la llamada primera lesbiana moderna. Antítesis de las delicadas y refinadas heroínas de su contemporánea Austen, Anne Lister se revela en esos escritos como una astuta terrateniente, pionera empresaria, intrépida viajera, exitosa montañista y, también, una apasionada amante de mujeres.
***
La hija mayor del hacendado y excapitán del ejército Jeremy Lister despreciaba las tareas femeninas y, en su lugar, prefería montar a caballo o practicar tiro. Para convertir a la precoz marimacho en una joven distinguida, a los trece años fue enviada al exclusivo internado Manor School. Anne, brillante en sus estudios, pero siempre aburrida, no tardó en ocasionar problemas de conducta y terminó encerrada en una habitación de castigo, lejos de sus compañeras. Al poco tiempo llegó al solitario ático otra rebelde sancionada, una joven heredera británico-hindú de nombre Eliza Raine y el flechazo fue mutuo. Según los diarios, las adolescentes exploraron su sexualidad, se «casaron» e intercambiaron anillos y votos. Cuando las autoridades del colegio pasaron de la sospecha a la certeza sobre la naturaleza de esa amistad entre las chicas, ambas fueron expulsadas y la relación no prosperó.
Anne dejó atrás su primera experiencia amorosa y se dedicó entonces a buscar una pareja femenina estable. A pesar de los rumores y del apodo, Gentleman Jack, con el que le habían obsequiado los vecinos de Halifax, su riqueza le permitió un cierto grado de libertad para vivir a su antojo. Hacia 1813 heredó una inmensa propiedad en Shibden Hall y para 1815 se había instalado definitivamente en la hacienda. Mientras se manejaba hábilmente los negocios, seguía buscando la «mujer de su vida», pero ¿dónde encontrarla? ¿cómo cortejarla? La iglesia, sin querer, resolvió las dudas de esta mujer. En sus diarios detalla las tácticas para conquistar damas en la institución religiosa, las invitaciones a tomar el té, los entretenidos paseos por el bosque con sus candidatas, el cuidado en el trato, la observación de las reacciones en las agasajadas, solteras y casadas.
De esas letras surge el nombre de Marianne Belcombe, hija del médico local, quien al parecer, pudo ser su gran amor. ¿Fue correspondida? Difícil saber. Por un tiempo la rubia debilidad, siempre ambivalente e indecisa, le dio esperanzas y claras señales de interés, pero terminó rompiéndole el corazón cuando de la noche a la mañana y sin aviso previo, terminó casándose con un poderoso terrateniente.
De todas formas, las mujeres no se alejaron demasiado y lograron mantener su relación discretamente, con la bendición del flamante marido que eligió ignorar los rumores maliciosos sobre ambas. El reservado y por momentos tumultuoso romance —Anne no soportaba la idea de ser la segunda—, terminó súbitamente en 1828 cuando Marianne vio a su amante en público vestida como un varón, se horrorizó y cortó todo vínculo con ella. La devastada e incomprendida Anne liberó una vez más en el diario, entre códigos y símbolos, las lágrimas de su frustración.
En 1832, Anne Lister conoció a la mujer que pasaría el resto de la vida con ella: Ann Walker. No, no se trató de un gran amor. Como la mayoría de su clase, Anne estaba preocupaba por sus bienes y esta vez buscó heredera en una dama hermosa, adinerada, con apellido ilustre y trece años más joven. Comenzó a cortejarla usando todas sus artes y finalmente, en 1834, logró el «sí». También encontró un sacerdote para bendecir la unión de la pareja, en lo que podría ser la primera ceremonia entre personas del mismo sexo.
Fuera de su agitada y escandalosa vida amorosa, Anne fue la primera mujer en ascender el Monte Perdido en los Pirineos y la primera que completó con éxito el ascenso al Vignemale. Aunque no podía votar, fue un personaje de peso y decisión en la política local y cuando falleció de una fiebre, a los 49 años, sus restos fueron embalsamados y enterrados en la iglesia parroquial de Halifax. Walker heredó sus bienes pero murió en un manicomio en 1855 y las propiedades volvieron a la familia Lister. Fue precisamente John Lister quien encontró los diarios en la década de 1890, pero cuando comenzó a descifrar los intrincados códigos volvió a esconder esas memorias en los archivos de la familia. Aunque los escritos fueron redescubiertos en 1930, en 1990 se autorizó a difundirlos y la mujer que llamaba con el eufemismo «beso» al orgasmo, logró por fin, contar sus secretos a un mundo muy diferente.
Atotoztli II, la reina azteca
—¿Y el ombligo? —preguntó la desconcertada ticitl, mirando hacia todos lados. El rito imponía envolver el cordón umbilical en un paño y enterrarlo junto al hogar, bajo la piedra del metate, algo indispensable para que la recién nacida se quedara siempre en casa, ligada a los deberes familiares. Este procedimiento, sencillo en una vivienda azteca corriente donde el suelo era de tierra, era muy difícil de ejecutar en el suntuoso palacio con suelos de madera de Moctezuma Ilhuicamina.
Ese día, sin embargo, nadie parecía dispuesto a escuchar los rezongos de la vieja comadrona, su preocupación por el futuro, ni la protesta de los adivinos que habían acudido puntualmente a vaticinar la suerte de la niña. El rey había llegado.
La poderosa y sagrada figura del monarca azteca se abría paso entre cientos de concubinas curiosas y su figura se perdía detrás de una espesa cortina bordada de plumas. Allí, lo esperaban la amada Chichimecacihuatzin y su hija, Atotoztli6.
***
El reinado de Atotoztli desapareció, como si nunca hubiera existido. No hay genealogía pictográfica sobre ella y su nombre no fue registrado en la lista de los tlatoanis mexicas. Para los autores primitivos fue la hija de Moctezuma el Viejo, esposa de Tezozómoc y madre de tres emperadores sucesivos: Axayácatl, Tizoc y Ahuizotl, es todo… apenas una nota al pie en la historia oficial azteca. Las fuentes que escribieron sobre ella tras la conquista, la llamaron Atotoztli II, sucesora legítima de Moctezuma Ilhuicamina, algunos le adjudicaron un período de reinado de treinta años —otros menos— y, desde luego, se sirvió una polémica que dura hasta la actualidad.
Acaso porque su ombligo no fue enterrado adecuadamente, como mandaba el rito religioso y los dioses se enojaron; o más probablemente porque se trataba de la hija preferida del quinto huey tlatoani mexica y le envidiaban su posición, lo cierto es que Atotoztli fue, desde siempre, una presencia incómoda para los poderosos cercanos al trono que la olían como sucesora del padre.
Moctezuma Ilhuicamina (1398-1469), por su lado, no debió estar muy preocupado por estos temas palaciegos. Era un hombre exitoso: había logrado consolidar el poder absoluto y teocrático y, bajo su mandato, se había iniciado una era de esplendor económico y artístico sin precedentes. Eso sí, al igual que su antecesor, gran parte de su éxito como gobernante se lo debía a un polémico personaje: Tlakaélel.
El guerrero, pensador, economista, estadista, sacerdote y reformador religioso Tlakaélel jamás logró convertirse en rey, pero se las arregló para ser el hombre más influyente y poderoso de la historia azteca. Durante cincuenta años Tlakaélel —nombre que significa «desposeído»— fue consejero de tres tlatoanis y un todoterreno: el tipo listo para hacer cualquier trabajo para su jefe, por más difícil y sucio que fuera. Creador de la Excan Tlahtoloyan7, ideó una reforma completa de la sociedad y fue el autor intelectual de la «visión mística-génico-guerrera del pueblo mexica». Para lograr estas hazañas, el desposeído Tlakaélel mandó a destruir todos los libros históricos —viejos códices propios y de los pueblos vencidos, donde el pueblo mexica aparecía débil y pobre— y reescribió una historia favorable al nuevo prestigio de Tenochtitlán y al pueblo elegido del sol. Este hombre, que cambió para siempre el destino de los mexicas, se convirtió en el enemigo jurado de Atotoztli.
Se cuenta que cuando Su Señor el Airado, Flechador del Cielo Moctezuma Ilhuicamina falleció —probablemente en 1466 o 1469—, se desató una gran tormenta en el poder. Sin un claro heredero al trono, o con una legítima heredera, rechazada fundamentalmente por la facción liderada por Tlakaélel, comenzaron las duras deliberaciones, enfrentamientos, alguna que otra misteriosa desaparición y algún crimen. En el final de las trifulcas, al parecer, Atotoztli y sus aliados ganaron la partida.
La preferencia por esta mujer debió ser un hecho extraordinario en sí mismo, algún tipo de ruptura en el patrón de sucesión normal. Atotoztli ya estaba casada con Tezozómoc, otro de los descartados como sucesor de Moctezuma, y era madre de tres hijos pequeños que con el tiempo serían emperadores. ¿Asumió como regente? Al parecer ese no fue el caso y la fémina habría ejercido un gobierno con plenos poderes.
En Los Anales de Tula (1979), de Rudolf van Zantwijk, y en las memorias registradas del fraile franciscano Motolinía (1964) se menciona que esta mujer actuó como regente durante al menos seis años —entre 1466 y 1472— después de Moctezuma I y antes de su hijo Axayácatl. Relación de la Genealogía (1941), por su parte, va más allá e incluso afirma que Atotoztli II gobernó por más de treinta años. También Alvarado Tezozomoc y López de Gómara, entre otros, la confirman como reina y este último con una referencia muy reveladora:
«A Moteuhzoma le sucedió en el reino una hija suya llamada Atotoxtli, que no había heredero más cercano, la cual casó con un pariente llamado Tezozmoctli, hijo de Itzcohuatl y parió de él muchos hijos, de los cuales fueron reyes de Mexico tres, uno tras otro como habían sido los hijos de Acamapich… Axayactl fue rey después de su madre y dejó hijo que llamó Moteuhzoma por amor de su abuelo».
¿Aceptaron aquellos temerarios guerreros aztecas a una mujer como su soberana y comandante en jefe? Es difícil de asegurar. La guerra era un asunto exclusivamente masculino entre los mexicas y estos se encontraban en un período de conquistas y engrandecimiento. Luego, la sociedad enaltecía el valor de lo masculino desde las bases hasta la cúspide de los grupos dominantes de fuerte tendencia militarista. Lo indudable es que hubo una ruptura en el patrón de sucesión normal y Atotoztli II surge una y otra vez, como reina legítima. Si realmente fue así, es muy probable que alguien pasara por grandes apuros, estirando la muerte de Moctezuma el Viejo y adelantando la asunción del nieto, para hacer desaparecer el papel político de esta soberana… y nuestro principal sospechoso es ¡Tlakaélel! ¿Quién otro? Este hombre, como muchos otros antes y después, sucumbió a la tentación de reescribir la historia y cambiar el pasado una y otra vez. ¿Dudó a la hora de eliminar de un plumazo a esta molesta mujer?
La historia de los aztecas, plagada de inconsistencias y discrepancias entre las fuentes, es, sobre todo, una mezcla exquisita e indiscriminada de realidad con hechos sobrenaturales que se reinterpreta continuamente. En el medio, es bien posible que la única reina azteca fuera expropiada de la memoria de su pueblo.
Un poco más de medio siglo después, y de que Hernán Cortés conquistara a sangre y fuego México-Tenochtitlán, otra mujer, Tecuichpo Ixcaxochitzin, más conocida como Isabel Moctezuma, «la última princesa mexicana», proclamó y defendió el reinado de Atotoztli II. Ella también había sido jade precioso, pluma de quetzal para su padre, Moctezuma II.
Ayn Rand, la egoísta
Cuando advierta que para producir usted necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces usted podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad esta condenada.
Ayn Rand (1905-1982)
Para Alissa Zinovievna Rosenbaum, mejor conocida como Ayn Rand, el egoísmo es «la preocupación por el interés personal» y «todo ataque contra el egoísmo es un ataque contra la autoestima del hombre». Y así, desplegando con fervor las banderas del egoísmo racional, el individualismo y el capitalista laissez-faire, esta mujer se convirtió en una de las filósofas y escritoras más famosas de los Estados Unidos.
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En 1943, cuando el mundo aún transitaba a través de la oscuridad de la II Guerra Mundial y el capitalismo titubeaba en la opinión pública estadounidense, salió a la luz una poderosa novela sobre arquitectura e integridad escrita por Ayn Rand The Fountainhead8 (en castellano, El manantial). Y el libro encontró sus lectores: cientos de miles lo leyeron en la década de los cuarenta y otros tantos millones eventualmente9.
Pero la obra cumbre de Rand se publicaría en la década siguiente bajo el título Atlas Shrugged (traducido como La Rebelión del Atlas). En este libro se bosquejarían los principios de su escuela filosófica: el objetivismo.
La Rebelión del Atlas fue —según una encuesta realizada por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos— la obra que más impacto produjo después de la Biblia en ese país. Y el efecto se sintió no solo entre los hombres de negocios, sino en la formación ideológica del norteamericano medio.
Para los críticos, la obra de Rand alienta el capitalismo salvaje y la falta de solidaridad. Para los defensores, es el pináculo contra los abusos del colectivismo y una encendida defensa de la libertad del individuo ante cualquier totalitarismo.
