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Muckraker, el nombre de guerra con que se etiquetó a aquel grupo de narradores que a comienzos de siglo XX se ocupó de "remover la basura" con resultados bastante satisfactorios, es también la nueva colección digital de Capitán Swing dedicada a la no ficción contemporánea, en un formato que hoy puede sonar disparatado como es el reportaje largo, y con un interés especialmente orientado a escritores locales y actuales. Te presentamos el primer pack, con tres sugerentes relatos para comprender mejor el mundo que nos rodea: I. El nuevo traje del emperador (Por qué hay más política en una colección de Zara que en un ejemplar de Le Monde Diplomatique) Por Leticia García y Carlos Primo II. La venganza de la realidad (Un viaje al centro de las discusiones científicas más enconadas hoy) Por Daniel Arjona III. Una invasión silenciosa (Cómo los autodidactas del pop han conquistado el espacio de la música clásica) Por Javier Blánquez
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2014
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MUCKRAKER
Leticia García / Carlos Primo / Daniel Arjona / Javier Blánquez
MUCKRAKER es la colección digital de Capitán Swing dedicada a la no ficción contemporánea, en un formato que hoy puede sonar disparatado como es el reportaje largo, y con un interés especialmente orientado a escritores locales y actuales. Por eso tu apoyo a estas obras es definitivo: con él avivamos la mejor tradición de periodismo crítico e inteligente, y al mismo tiempo aupamos voces nuevas en el terreno de la no ficción. A todos los lectores y lectoras que hacéis esto posible: gracias.
© De El nuevo traje del emperador: Leticia García / Carlos Primo
© De La venganza de la realidad: Daniel Arjona
© De Una invasión silenciosa: Javier Blánquez
Edición en ebook: julio de 2014
© De esta edición:
Capitán Swing Libros, S.L.
Rafael Finat 58, 2º4 - 28044 Madrid
Tlf: 630 022 531
www.capitanswinglibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-942878-0-0
© Diseño gráfico:
Filo Estudio www.filoestudio.com
Corrección ortotipográfica: Juan Marqués
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico www.caurina.com
Queda prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Contenido
Portadilla
Créditos
Nota del editor
EL NUEVO TRAJE DEL EMPERADOR
SINOPSIS
INTRO
La autenticidad ante el espejo
«Tan libre como mi pelo»: celebrities, transgresión y estilismo
Un cadáver en la pasarela: industria, conciencia y espectáculo
Repetición y caída: pornochic en Qatar o el poder político de la contradicción
LA VENGAZA DE LA REALIDAD
SINOPSIS
Introducción acelerada
Capítulo 1
Relatividad y serendipia
After Hours cuántico
Física bondage. Supercuerdas
Oscuridades
Capítulo 2
La peligrosa idea
Exuberancia irracional
Nosotros y los otros
Capítulo 3
La máquina
Fantasmas y zombies
La tragedia del libre albedrío
Epílogo de freno
Para saber más
UNA INVASIÓN SILENCIOSA
SINOPSIS
Hic sunt dragones: la música contemporánea ante el precipicio
La disolución postmoderna: del compositor al productor
El estilo de los nuevos contemporáneos: de Beethoven a Björk «and Bach again»
Secar las aguas y derribar los muros
Tonalidad: back to basics
Un eterno y grácil bucle: los nuevos minimalistas
Ascensión espiritual: los nuevos sacros
La nota más triste: los nuevos impresionistas
Pianistas a gravedad cero
Ocupación del espacio
NOTA DEL EDITOR
Uno de los títulos más especiales que alberga este sello es La Jungla, de Upton Sinclair, un espectacular relato donde se describen las durísimas condiciones de los mataderos en Chicago a comienzos de siglo XX. Entre sus singularidades destaca el revés que plantea a ese prejuicio por el cual la escritura carece de ninguna utilidad: sólo con sus escritos, Sinclair consiguió cambiar la legislación del asunto que se había propuesto investigar. En parte, ese éxito es debido a su perfil como escritor total, pues Sinclair había puesto un pie en la literatura y otro en el periodismo. Es decir que al tiempo que horadaba con ingenio en la condición humana y los conflictos que hostigan al sujeto en su intimidad, también poseía una mirada panorámica de la historia y de las condiciones que oprimen a los ciudadanos.
¿Era entonces Sinclair un escritor o un periodista? Bueno, ante todo era un muckraker, el nombre de guerra con que se comprendió a aquel grupo de narradores que a comienzos de siglo XX se ocupó de «remover la basura» (con resultados bastante satisfactorios, por cierto). Ellos construyeron una de las primeras generaciones doradas en la historia del periodismo moderno, y también sembraron un código genético que llega a nuestros días. En este sentido, seguir ese ADN es, irremediablemente, un acto de justicia, pues a fin de cuentas, esa percepción normalizada por la cual si hablamos de periodismo «cualquier tiempo pasado» fue mejor no es del todo justa. ¿Qué hacemos si no con todos los escritores que, a pesar de las adversidades, se esfuerzan día a día en procurarnos historias necesarias con que entender la realidad?
Este es uno de los motivos que nos trae hasta esta nueva colección, pues si hasta la fecha Capitán Swing se ha ocupado de recuperar testimonios que en el pasado alumbraron la oscuridad (ahí están las peripecias de James Agee, Norman Mailer, Graham Greene, John Steinbeck, Ben Hamper, Barbara Ehrenreich…), es de sentido común estrechar lazos con aquellos nombres cercanos y contemporáneos que, armados con las mismas herramientas, buscan igual fin. Porque haberlos haylos, y están más cerca de lo que pensamos.
De hecho, otra razón sobre la cual se sostienen estos muckrakers es el hecho de que cuando hablamos y buscamos escritores contemporáneos ocurre algo parecido a la carta robada de Poe: tal es el empeño que ponemos en hallar el nombre exótico, que a menudo soslayamos a los narradores más cercanos, aquellos que constantemente nos suministran relatos con que entender el mundo. Así pues, esta colección nace para dar voz a aquellas firmas iluminadoras que trabajan desde el calor de las redacciones periodísticas o en la universidad, porque Muckraker desea ser una celebración de la no ficción, y de aquellos textos que con gracia genuina danzan entre el pensamiento abstracto, la divulgación y el reportaje.
Por supuesto, las transformaciones que afectan a escenarios como la edición y el periodismo son también cómplices en esta ecuación. Tenemos las historias, el talento de los escritores y la necesidad de entender el mundo, y desde luego también los deseos de explorar formatos nuevos con que canalizar todo esto. Así, Muckraker nace para dinamitar y explorar nuevos territorios. Y es que, al igual que sus hermanos mayores en esta editorial, también estos son libros inflamables, psicoactivos para la crítica. Cuidado, lector: queman.
Antonio J. Rodríguez
SINOPSIS
¿Puede una industria descrita generalmente como elitista, sexista, racista y explotadora desplegar estrategias relacionadas con el cambio social?, ¿puede una pasarela de moda, terreno absoluto de la frivolidad y la espuma social, ser un espacio válido para la crítica?, ¿puede el núcleo mismo del engranaje capitalista generar mensajes que sean innovadores en términos políticos?
En 1974 Pierre Bourdieu pronunció una conferencia alrededor de la moda donde señalaba que su interés por la misma procedía de su categoría de «herramienta indigna para intelectuales». Veinte años después, Eric Hobsbawm observó que los diseñadores de moda habían podido predecir el futuro mejor que los vaticinadores profesionales. En esta estela, Leticia García y Carlos Primo actualizan hoy ambas ideas para detectar los grandes puntos de convergencia entre la moda y la política.
De la Movida madrileña y los Blitz kids a los yayoflautas, pasando por el trabajo de Toscani, los interminables regresos al punk o las representaciones de Lady Gaga, El nuevo traje del emperador sabe que la moda puede ser política, y que además es un caballo de Troya perfecto.
INTRO
SOBRE LA ANTICIPACIÓN AL FUTURO
«El hombre que no ve más que moda en la moda es un necio»
—Honoré de Balzac—
[Tratado de la vida elegante]
En 1994, el historiador marxista Eric Hobsbawm afirmaba con rotundidad lo siguiente: «la razón por la que los diseñadores de moda, unos profesionales poco analíticos, consiguen a veces predecir el futuro mejor que los vaticinadores profesionales es una de las cuestiones más incomprensibles de la historia, y para el historiador de la cultura, una de las más importantes». No era una declaración cualquiera. En primer lugar, porque pocos historiadores antes de Hobsbawm se habían atrevido a incluir la moda como objeto de estudio. En segundo lugar, porque estas palabras abrían uno de los capítulos esenciales de su obra magna: Historia del siglo XX (The Short 20th Century), un repaso por las décadas entre la Primera Guerra Mundial y la caída de la Unión Soviética, estructurado en torno al enfrentamiento entre los dos bloques hegemónicos de la Guerra Fría.
En el preciso momento en que el libro de Hobsbawm salía de la imprenta, la actualidad del mundo de la moda desmentía esa ausencia de capacidad analítica que atribuía el historiador a los diseñadores. Fue en ese año cuando Claudia Schiffer, icono de la faceta más mediática —y aparentemente frívola— de la industria, cerraba un desfile ante un público de sorprendidas aristócratas europeas con un diseño de alta costura que llevaba bordados algunos versos en árabe. Su autor no era otro que el alemán Karl Lagerfeld, director creativo de la maison Chanel, uno de los buques insignia del lujo francés. Al mismo tiempo, también en París, llegaba a las tiendas una colección inspirada en la indumentaria de los judíos ortodoxos. Su artífice, Jean Paul Gaultier, encargó al fotógrafo Peter Lindbergh una instantánea donde todas las top models del momento aparecían vestidas como rabinos del Marais, con la única diferencia de que cada diseño era prácticamente una pieza de alta costura, con carísimos materiales y muchas horas de confección artesanal. Si hubiéramos salido del desfile de Chanel o de la tienda de Jean Paul Gaultier en aquel 1994, probablemente nos habríamos topado con una valla publicitaria perteneciente a otra marca icónica de la década —la italiana Benetton— que, en este caso, presentaba una imagen exenta de todo glamour: el uniforme ensangrentado de un soldado abatido a tiros en la guerra de Bosnia, que entonces atravesaba uno de sus momentos más cruentos.
Ninguno de estos tres gestos pasó desapercibido. Alguien creyó distinguir versículos coránicos en el vestido de Chanel (en realidad era un poema amoroso), y el modelo fue destruido tras las protestas de las numerosas clientas árabes de la casa. A su vez, la colección de Gaultier fue duramente criticada por los que veían en ella una falta de respeto y la frivolización de una comunidad religiosa. Mientras tanto, Oliviero Toscani, autor de la campaña de Benetton, fue acusado por enésima vez de emplear una cuestión sangrante —nunca mejor dicho— como herramienta publicitaria para vender prendas básicas de algodón.
Sin embargo, no se puede acusar a Lagerfeld, Gaultier o Toscani de permanecer encerrados en la torre de marfil que para muchos constituye el mundo de la moda. Una década después, el sociólogo John Gray analizaba en Al Qaeda y lo que significa ser moderno los rasgos que, en retrospectiva, habían marcado los años posteriores a la caída del muro de Berlín, y llegaba a la conclusión de que, lejos de desvanecerse en un positivismo post-histórico, los conflictos religiosos eran el signo de los nuevos tiempos. ¿Supo ver la moda más allá del optimismo reinante en los años 90? Los ejemplos de Chanel, Gaultier y Benetton así lo indican. También respaldan esta teoría varios estudiosos de la cultura que, durante décadas, han afirmado algo que todavía hoy es necesario repetir: la moda, bajo su aparente superficialidad, es un medio enormemente eficaz para tomarle el pulso al presente.
Y eso, en cierto modo, permite anticipar el futuro.
Cuando el sociólogo Pierre Bourdieu pronunció en 1974 su conferencia «Alta cultura, alta costura» explicó que el funcionamiento de la moda era extrapolable al de otras disciplinas culturales como la música o la literatura. Si la había elegido como objeto de estudio desde el que analizar las dinámicas sociales, argumentó, era precisamente porque su categoría de «herramienta indigna para los intelectuales» le permitía sacar conclusiones más fértiles y novedosas que las que obtendría si se adentrara en temas tan explotados por la sociología como la religión o el arte.
Tal vez las etiquetas de frívola y anecdótica le sirvan a la moda para situarse en una posición en la que todo está permitido; cualquier movimiento es visto como una extravagancia inofensiva que, a lo sumo, desata breves polémicas. Sin embargo, es esta aparente vacuidad la que logra que sus mensajes lleguen a todos los rincones de la sociedad, de Zara a la galería de arte, del barrio deprimido a la convención política. Quizá, en lo que a estudios sociales se refiere, haya más material para el análisis entre las páginas de una revista o de un catálogo de moda que en cualquier número de Le Monde Diplomatique.
No en vano los mismos que consideran la moda —y el traje— como un elemento meramente accesorio en el devenir histórico están plenamente familiarizados con movimientos sociales cuyo emblema es, precisamente, la vestimenta. Los sans culottes de la revolución francesa presumían de no vestir la prenda característica de las clases acomodadas; a su vez, el peronismo argentino disfrutó de una amplia base social entre un sector que se definía a sí mismo como «descamisados», reivindicando con orgullo un apelativo que sus adversarios habían empleado contra ellos de forma despectiva; algo muy similar a lo sucedido en España durante el 15-M, cuando un término esgrimido por la prensa de derechas para referirse a los manifestantes (perroflautas) acabó siendo asumido como seña de identidad, y dio lugar a variaciones tan inesperadas como «yayoflautas». Del mismo modo, uno de los primeros movimientos feministas de mediados del siglo xix terminó cediendo el nombre de su fundadora —Amelia Bloomer— a los pantalones anchos —hoy denominados bloomers— , que eran su prenda más característica. Por otro lado, en el lenguaje anglosajón es habitual distinguir entre blue-collar y white-collar worker para aludir a las diferencias laborales y sociales entre los trabajadores manuales —que visten camisa o mono azul— y los de oficina, que no necesitan manchar su camisa blanca. Son apelativos que no se limitan a dichos trabajadores en sí, sino también a los ambientes que frecuentan y a sus condiciones de vida (podemos hablar de restaurantes, tiendas o barrios blue-collar, por ejemplo).
Tampoco hace falta irse tan lejos.
Términos coloquiales como chandalero o gafapasta no sólo definen una forma de indumentaria, sino dos estilos de vida enfrentados cuyas diferencias van mucho más allá de la ropa. A fin de cuentas, cuando un grupo social quiere distinguirse del resto y alejarse de las normas mayoritarias, lo primero que hace es ponerse frente al espejo. Y, en esa situación, se preguntan lo mismo que nos preguntamos todos: ¿qué me pongo?
LA AUTENTICIDAD ANTE EL ESPEJO
«Defiendo todo lo que sea falso y exagerado»
—Jean Paul Gaultier—
«Los auténticos punks —los que vivieron y sobrevivieron a aquellos años— deberían encontrar una ironía exquisita en la idea de que el “no-future” que echaron en cara a una sociedad moribunda pueda, cuarenta años después, traspasar la proclama desafiante de un grupo de pobres y autoproclamados marginales sociales a una exposición de ropa para que las celebrities globales y los super-ricos se monten una fiesta». Las palabras de la periodista inglesa Suzy Menkes —posiblemente la voz más respetada del periodismo de moda— sintetizan a la perfección uno de los conflictos más recurrentes a la hora de hablar de las subculturas de la segunda mitad del siglo XX: su autenticidad. La exposición que critica no es otra que la retrospectiva sobre el punk que programó en primavera de 2013 el Fashion Institute del Metropolitan Museum de Nueva York. Ya el título de la muestra, Punk: from Chaos to Couture, era de por sí problemático. ¿Puede el punk seguir siendo punk fuera del caos que le dio origen?
La respuesta no es sencilla.
Cuando Malcolm McLaren montó junto a Vivienne Westwood la tienda SEX, fueron muchos los que les acusaron de no haber inventado nada, sino de comercializar algo que ya estaba sucediendo en la calle. La misma acusación se repitió a propósito del trabajo de McLaren como manager de los Sex Pistols, hoy recordados como el epítome del movimiento y en su tiempo considerados por los punks «auténticos» como un producto de marketing. Desde luego, es difícil hablar de la autenticidad de esta subcultura cuando ya sus orígenes están envueltos en polémica. Tampoco es sencillo definirlo. Si quisiéramos caracterizar el estilo punk, posiblemente tendríamos que hablar de procesos y de conceptos más que de elementos o prendas concretas. El reciclaje, la introducción de objetos ajenos a la moda como elementos decorativos —imperdibles, tachuelas—, la combinación de prendas muy dispares, el protagonismo de lo sucio, roto y desgastado, la subversión de símbolos establecidos… todo ello apunta esencialmente a una negación del código adoptado mayoritariamente por sus contemporáneos a la hora de vestirse. Es decir, una negación del sistema de la moda.
Sin embargo, ninguna subcultura ha sido tan revisitada y recreada por la industria del lujo como el punk.
Un vistazo a las marcas presentes en la exposición —de tótems británicos como Vivienne Westwood o Alexander McQueen a marcas de lujo como Chanel, Dior o Versace— es más que suficiente para hacerse una idea de cómo el punk se ha convertido en una palabra valija que, con frecuencia, está a años luz de su significado inicial. Lo mismo sucedió en la verdaderamente insólita alfombra roja por la que desfilaron los invitados a la inauguración de la muestra. Madonna, que en los 80 supo adaptar ciertos elementos punk a su estilismo, acudió vestida por Riccardo Tisci, diseñador de Givenchy, con una versión de esta subcultura —medias rotas, cuadros escoceses, crucifijos, etc— más cercana a un disfraz que a una interpretación contemporánea. Fue el estilo elegido por la mayoría de las invitadas. Hubo, por supuesto, excepciones. La socialité y estrella de reality show Kim Kardashian también eligió a Tisci, pero lo hizo con un modelo verdaderamente chocante —un vestido cuyo estampado floral recordaba al de la tapicería de un sofá— y que, llevado al extremo —guantes incluidos—, fue quizás el más coherente con uno de los propósitos iniciales del punk: la provocación mediante el mal gusto.
En los años convulsos del movimiento, la potencia nihilista del mensaje punk no habría sido tal sin el apoyo de una estética de la negación más poderosa aún que sus proclamas. De hecho, su legado, más allá de otras referencias culturales, se encuentra en la demostración de que un uso rupturista y caótico de la indumentaria es una eficaz oposición simbólica al orden capitalista imperante. Precisamente es este uso radical de la vestimenta el rasgo más característico de otro movimiento que muchos definen como el heredero «despolitizado» del punk.
Lo cierto es que apenas habían pasado dos años desde el bautismo oficial del punk (en 1977) cuando, a las puertas de un club en Covent Garden, se agolpaba una cola de gente vestida de un modo que sólo podemos calificar como indescriptible. El culpable del embotellamiento era un joven maquillado que sostenía un espejo de mano ante cada asistente mientras le decía: «con ese aspecto, ¿te permitirías la entrada?». El local era el Blitz Club y el estricto portero era una de sus estrellas, Steve Strange. Años después, el músico confesaba al periodista Chris Sullivan el motivo de su rigor: «Lo único que quería era crear un paraíso para que todas estas personas pudieran ser ellos mismos en total libertad sin la amenaza de la incomprensión. Aquella época era dura, y si ibas por la calle vestido como nosotros, podían darte una paliza». En la misma crónica, una visitante asidua al Blitz, Michele Clapton, narraba en primera persona lo que suponía, en el Londres de inicios de los 80, ser un Blitz kid: «la primera vez que fui al Blitz estaba muy nerviosa. Teniendo en cuenta la cola que se formaba, fue un alivio conseguir la aprobación de Steve para entrar. Una vez dentro, fue una revelación. Me di cuenta de que podía hacer lo que quisiera con mi aspecto. No sólo me lo permitían, sino que me animaban a ello. Me dieron la oportunidad de experimentar».
Con su maquillaje extravagante para chicos y chicas, su combinación de prendas estridentes con vocación espectacular, su exceso absoluto de adornos, bisutería y complementos descontextualizados, los Blitz kids podían parecer un movimiento meramente hedonista y superficial. Y es cierto que, a primera vista, su filosofía no era tan abiertamente política como la del punk. Sin embargo, el sentido último de su estética ponía sobre la mesa una cuestión que, en aquellos años, no formaba parte de las agendas de los mandatarios y tampoco de los movimientos de izquierdas: la cuestión de género. En ese sentido, fue una de las primeras manifestaciones de lo queer que, además, logró algo que hoy parece imposible: visibilidad masiva. Pensar que hombres maquillados y abiertamente andróginos como Boy George, Martin Degville, Adam Ant o Steve Strange ocupasen portadas de revistas, minutos de televisión generalista y horas de radio resulta sorprendente en nuestros días, y dice mucho de la influencia de las subculturas en el imaginario colectivo de toda una generación. Algo similar sucedió en España en los mismos años. En tiempos de grandes proyectos políticos —el thatcherismo en Inglaterra y la transición en España—, los Blitz kids y la Movida madrileña, con sus kilos de maquillaje y su aparente cinismo, subrayaron la importancia de la libertad estilística como antesala de la conquista de derechos civiles. Y la moda, en ese proceso, era, por derecho propio, un fin en sí mismo.
Pero no todas las subculturas surgieron del rechazo al contenido político imperante. Algunas, incluso, reivindicaban asuntos tan aparentemente banales como el poder vestir con prendas asociadas a otra clase social. El derecho a la elegancia y a la moda de las altas esferas fue el germen del movimiento mod, hoy convertido en una referencia habitual de la generación Instagram. De ascendencia obrera, con trabajos poco cualificados y peor remunerados, los mods no aspiraban a cambiar sus condiciones de vida, ni siquiera les preocupaba la movilidad social; sólo pretendían encargar sus trajes en las mismas sastrerías que vestían a la más rancia élite británica. Podían pagarlo: sus ingresos iban íntegramente destinados al cuidado de su aspecto, y, una vez solucionado el problema económico, su único obstáculo era la convención social que presuponía que un chico de clase obrera no podía vestirse como un banquero de la City.
Tampoco los jóvenes españoles de barrios deprimidos que mantienen un estilo configurado con todas las señas del lujo —marcas, logos, oro, complementos, cosmética, fitness—, y entre los que podemos identificar estereotipos a vuelapluma como la choni, el cani, el chandalero o la poligonera, parecen encajar en la base subversiva que se le presupone a una subcultura. No están más politizados que otras clases y, más allá de cuestiones reivindicativas, su estrecho sentimiento de pertenencia a unidades sociales como el barrio, la familia o el grupo de amigos les ha hecho construir una identidad que no necesita ser refrendada por convenciones sociales acerca del gasto, la ostentación o el mal gusto.
Una dinámica aparentemente similar es la que caracteriza a los chavs ingleses, objeto de un magnífico estudio del joven sociólogo británico Owen Jones. Sin embargo, sería inexacto equiparar lo chav con lo choni o con otras formas identitarias de clase baja como lo gangsta, el ghetto fabulous o el quinqui. Los chavs son el resultado de una situación de presión social extrema que tuvo sus inicios en el discurso neoconservador de Margaret Thatcher y que ha ido evolucionando hacia la estigmatización de ciertos sectores por parte de los medios de comunicación y el orden social mayoritario. Una de las consecuencias más visibles de la eclosión chav
