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«La autoestima no es solo cómo nos vemos o juzgamos, sino cómo nos tratamos. Debe ser una respiración para la mente: espontánea, natural y revitalizante. Algo que nos ayuda a vivir sin consumirnos en ella.» Casi veinte años después de la publicación de su aclamado éxito La autoestima, Christophe André regresa con una reflexión profunda, inteligente y renovada sobre este pilar psicológico esencial. Con un enfoque accesible y práctico, Amarse y olvidarse es una invitación a transformar nuestra autoestima en una presencia constante y sutil que nos permita vivir mejor con nosotros mismos, los demás y el mundo.
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Seitenzahl: 433
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Christophe André
Amarse y olvidarse
Guía de la autoestima y el amor a los demás
Traducción del francés de Jordi Vidal
Título original: S’estimer et s’oublier. Abécédaire de l’estime de soi et de tout le reste
© 2024, Odile Jacob
© de la edición en castellano:
2025 Editorial Kairós, S.A.
Numancia 117-121, 08029 Barcelona, España
www.editorialkairos.com
© de la traducción del francés al castellano: Jordi Vidal Tubau
Revisión: Amelia Padilla
Composición: Pablo Barrio
Diseño cubierta: Katrien Van Steen
Autor imagen cubierta: John Woodcock
Primera edición en papel: Marzo 2025
Primera edición en digital: Marzo 2025
ISBN papel: 978-84-1121-344-8
ISBN epub: 978-84-1121-372-1
ISBN kindle: 978-84-1121-373-8
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
La autoestima y el amor a los demás
A
A Dios no le importa
Aceptación
Admiración, modo de empleo
Admirar, pero… ¿qué?
Agradar
Alejandro Dumas
Amabilidad
Ambición
Amor
Amor propio
Ansiedad
Antidepresivos
Apariencia: ¿medio o fin?
Aplausos
Aprobación
Arrogancia
Arrugas
Atleta francés
Autobenevolencia
Autocontrol
Autocrítica
Autodesprecio
Autolatría
Autor juzgando su obra
Awe
: admirar y reducir
Ayuda
B
Balzac y la meditación
Banalidad
Barbie
Beckett y el fracaso
Bella dama en cuidados paliativos
Bernanos
Bloqueos y desbloqueos
Bolos
Bolso robado
Bondad
Bondadosos
¿Bravo o gracias?
¿Buena o alta autoestima?
C
Cambiar
Cantante lúcido
Cara
Caramelos
Carga y descarga mental
Celebridad, notoriedad y su precio
Céline y Bach
Celo
Cerebros ansiosos
Cero
Certezas
Christophe André
Ciencia: ¿qué dice exactamente de la autoestima?
Cincinnatus
Cirugía estética
Cociente intelectual
«Como es debido»
Comparaciones
Comparaciones, modo de empleo
Complejos
Conjugaciones
Consuelo de escritores
Contaminación por el éxito
Contradicción y sabiduría
Control
Conversación
Corriente
Cosas serias
Crecimiento personal
Críticas (escuchar)
Críticas (formular)
Cuaderno
Cualidades
Cuerpo
Cuerpo encorvado
Culpabilidad
Cumpleaños
Cumplidos (caza y captura)
Cumplidos (expresión)
Cumplidos (recepción)
D
Defusión
Demasiado para mí
Demolición
Depresión
Derecho (Ponte)
Derrota
Descaro
Desnudez
Despreciar a los subordinados
Diario íntimo
Dibujo
Diente
Dieta de uno mismo
Dignidad
Doble error
Dólar
¿Dominancia o pertenencia?
Duda
E
Ecce homo
Ecosistema
Edad
Efecto Dunning-Kruger
Ego
Ego Park
Egoísmo sutil
Egoísmo verdadero
Elogios
Emociones y autoestima
Emperador de Austria
Endofasia
Enfermedades curiales
Enfurruñarse
Entrevista de trabajo
Envejecer feliz
Envidia
Error de cálculo
Escaparate
Esfuerzos para estar bien
Esnobismo
Esparta
Esquí y socavones
Estatus social
Estupidez
Exhibiciones y prótesis
Éxito y logro
F
Famosos
Felicidad y autoestima
Felicidad y dolor
Fiasco
Filofronética
Filosofía antigua y terapias de autoestima
Foto con autor y capitán
Foto y ego
Fracasado
Fracaso
G
¿Genios y superdotados por doquier?
¿Global o específica, la autoestima?
Gratitud
H
Hablar de sí mismo
Heráclito el Oscuro
Himnos
Hola, ¿eres tú?
Humanismo e individualismo
Humildad
Humildad: ¿hasta dónde aliviarse de uno mismo?
Humillaciones
I
Idiotas
Idolatría e idiolatría
Imperfectos
Incapacidades
Indio
Infierno: ¿«el infierno son los demás»?
Insultos
Interdependencia
¡Inútil!
Irenismo
J
Jerga
Juicio (1): entrenarse para dejar de juzgar (a los demás)
Juicio (2): entrenarse para dejar de juzgar(se)
K
Kata
Kundera
Kyudo
L
Lanzar un zapato
Latín
LeBron James
Lector conmovedor
Lema
Levantar la mano en clase
Libertad: beneficios
Libertad: mal uso
Llanto de bebé
Los demás
Lucidez
Lugar (quedarse en su lugar)
Luis XIV
Luna
M
Maestro Boris
Maldades y epigramas
Malos estudiantes y docentes
Mamma! Perchè mi hai fatto così bello?
Marco Aurelio
Marie Curie
Meditación
Memento mori
¿Mentir o ser uno mismo?
Mentira y autovaloración
Meritocracia
Metamorfosis olvidadas
Miedo
Miedos del ego (lista no exhaustiva)
Miseria humana
Misterio
Modelos
Modelos y contramodelos
Modestia (falsa)
Montesquieu
Montherlant
MQM: el efecto «Mejor Que la Media»
Muerte
Mujeres
N
Nacimiento
Narcisismo
Narcisismo epidémico
Narcisismo y política
Narcisistas y detectores de mentiras
Naturaleza
Neofobia
Nerón
Niño que quería viajar solo
¡No es no!
Nosotros: si pensamos en «nosotros», reforzamos la autoestima
No violencia consigo mismo
O
Objetos
¡Obra de arte!
Obsesión con uno mismo
Olvidar los malos recuerdos
Olvido de uno mismo
Olvido de uno mismo (precisión)
Opacidad de la vida
Oportunidades perdidas
Optimismo
Orgullo
Orgullo (florilegio)
Otoño
P
Paciencia
Padre a la entrada de la librería
Pájaros
Pareja y sus beneficios
Pasado
Pascal
Paso adelante
Pearl Harbor
Pecado
Pecado capital
Pequeños maestros
Perder
Perderse en el camino
Perdón (perdonar a los demás)
Perdón (perdonarse)
Permiso de conducir
Perros y gatos
Placeres de la corte
Planes
Política
¿Por qué yo? ¿Y por qué yo no?
Preferido
Pregunta y escucha
Preguntas y problemas
Presentación personal
Presidente
Princesa
Profundidad (falsa)
Psicoterapia
Puerto Williams
Q
Quilla (de barco)
R
Racismo
Rango social
Rebajarse o engrandecerse
Rechazo social
Rechazo social (biología)
Reencarnación
Reposo de la autoestima
Resiliencia
Reto
S
Sabios
Sabios e investigadores
¿Saborear o atenuar?
SDG
Selfi
Semáforo en rojo
Semejantes o diferentes
Sencillez
Sencillez real
Señal de alarma
Sesgo de negatividad
Sexual (orientación)
Siento haber contestado
Silbidos
Silencio de la autoestima
Sobredosis
Sobreestima
Sociómetro
Soledad
Sonreír
Sprezzatura
Sueños
Suerte
Sufrimientos del ego
Sumisión
T
Talento de callar
Televisión, psicología y cirugía
«Tell me your story»
Tener confianza más allá de uno mismo
Tener razón
Théophile Gautier
Tolstói
Tong-len
¡Tonta!
Trabajo en uno mismo
Traducciones en serie
Transclase plácido
Tristeza contemplativa
U
Ultracongelados
Ultracrepidarismo
¿Universal, la necesidad de autoestima?
V
Vacilaciones, decisiones y el mito de la elección correcta
Vanidad
Vatel, el suicidio y la autoestima
¡Ven a bailar!
Ver o creer
Vergüenza y sus beneficios
Vergüenza y sus perjuicios
Victoria e insolencia
Vida exitosa
Viejo que tutea
Vigas de Montaigne
Virtud
Visto de otro modo
VTC
Vuelo planeado
W
WC
Who’s Who?
X
Xu Ge Fei
Y
Yo
Yo, mío, mía: un juego del ego
Yoga
Z
Zelig
Zona de confort
Zzz
La estima de mí
Notas
Notas del traductor
Cubierta
Portada
Créditos
Sumario
Epígrafe
Comenzar a leer
Notas
Notas del traductor
«Y como una de las partes principales de la cordura es saber de qué manera y por qué causa debe cada cual estimarse o despreciarse, procuraré aquí exponer mi opinión sobre el particular».
René Descartes,Las pasiones del alma, 1649, artículo 152: «Por qué causa podemos estimarnos»
La autoestima es cómo nos vemos, cómo nos juzgamos, pero también y sobre todo cómo nos tratamos. Es la manera, necesariamente íntima y personal, en que habitamos y damos vida a la relación con nosotros mismos.
De todo esto hablé en dos libros anteriores sobre este tema: La autoestima, que explica las bases y los mecanismos del vínculo con uno mismo y ofrece unos primeros consejos, y después Prácticas de autoestima, que expone una filosofía de vida cotidiana donde conviven exigencia y benevolencia hacia uno mismo.
He aquí la continuación de estas aventuras de la autoestima: me gustaría mostrar cómo la autoestima puede convertirse en una especie de respiración de nuestro espíritu. Una respiración, es decir, una dimensión espontánea, natural, estimulante; y en la que no pensamos en todo momento.
Algo que nos ayuda a vivir, a atravesar con inteligencia dichas y adversidades, pero algo en lo que no deberíamos tener que centrarnos sin cesar. Simplemente, regresar allí de vez en cuando, antes de volver a cosas más interesantes que nosotros: los demás, el mundo, la vida.
Olvidarse para vivir mejor, en definitiva.
Este es el programa de esta obra…
Es un abuelo visitando a sus nietos. Durante un alegre desayuno, habla con una de sus nietas sobre su felicidad por estar juntos, una vez más, como familia (él es viejo y está enfermo, y sabe mejor que nadie lo preciosos que son estos momentos). Es muy piadoso. Feliz por lo que está viviendo con sus seres queridos, sugiere a la muchacha rezar para darle las gracias al Señor, para darle las gracias por este feliz desayuno, por la posibilidad de seguir aquí, todos juntos. Pero ella atraviesa un período en el que su fe la ha abandonado: «Abuelo, lo siento, pero ahora mismo no creo mucho en Dios». Y él responde al instante: «No pasa nada. ¿Sabes?, a Dios no le importa que no creas en él, ¡no le molesta! Lo que importa es que le demos las gracias por toda la felicidad que nos envía…». Soy testigo silencioso de la escena, ocupado alrededor del fregadero porque me marcho pronto a trabajar. Me encanta la pirueta del abuelo, que da testimonio de su fe inquebrantable. De su fe de carbonero, conmovedora si no convincente. Efectivamente, mi hija no parece convencida, pero lo hace de todos modos; divertida y enternecida por la benévola obstinación de su abuelo, se ríe de buena gana, juntando las manos y dando gracias a Dios.
Y en ese momento, un viento de gracia sopla en la habitación. ¿De dónde ha venido? A saber…
La autoestima no debe ser el resultado de un combate contra uno mismo. Combate que consistiría en volverse constantemente hacia aquello que no marcha en nosotros y trabajar ferozmente para modificarlo y mejorarlo. Debemos hacer ese trabajo, por supuesto, pero en un ambiente interior apacible, después de otro trabajo: el de la autoaceptación.
La aceptación son estas palabras inspiradas por Bossuet: «Ver las cosas como son, y no como nos gustaría que fueran».1 El rechazo de uno mismo, el rechazo de lo real, es el primer peligro en el camino hacia la autoestima. En psicología, la aceptación no es decir sí, es empezar diciendo sí, lo cual no es exactamente lo mismo. ¿Decir sí a tu nariz grande, a la contaminación, a la maldad de algunos humanos? Sí, tenemos que hacerlo, porque es así, está ahí. No es decir «Está bien», sino «Está ahí». La aceptación no es aprobación ni sumisión. Tampoco es una renuncia a la acción. Pero es el tiempo previo a la acción: un tiempo de realismo, de comprensión, de observación de aquello que nos cuesta aceptar; un tiempo antes de comprometerse con las acciones para cambiar.
La aceptación va en contra de nuestros hábitos y de nuestros reflejos, puesto que es la suspensión del juicio. Aquí también: ¡suspensión, no supresión! Seguimos juzgando, sintiendo que hay cosas que nos agradan y otras que nos desagradan. Pero decidimos empezar tomando lo que está ahí, y entender por qué está ahí; luego nos esforzamos por actuar lo mejor posible con eso, para mejorar, atenuar o dejar ir.
Lo que nos permite completar nuestra fórmula del principio: «Ver las cosas como son, a la luz de cómo deberían ser, y dirigirlas en esa dirección».2 En lenguaje psicológico, la autoaceptación significa separar las dos esferas: lo que soy y lo que quiero ser. No detestar lo que soy, para avanzar mejor hacia lo que quiero ser. Y entender que nunca nada será perfecto, pero que todo puede volverse más liviano. Como señaló William James, uno de los primeros teóricos del concepto de autoestima: «Curiosamente, nos sentimos muy alegres una vez hemos aceptado de buena fe la propia incompetencia en un ámbito particular».3
La admiración es la sensación placentera que sentimos cuando vemos lo que está más allá de nosotros. Pero para los seres humanos, especialmente cuando no está claro en el ámbito de la autoestima, la admiración es a veces dolorosa, porque a menudo se asocia con comparaciones sociales. ¿Qué es lo que hace que la confrontación con una persona que nos parece superior a nosotros, en uno o varios ámbitos socialmente valorados, despierte admiración en lugar de fastidio o subvaloración? Admirar no es degradarse como respuesta: no porque otros sean admirables nosotros somos perdedores. Aprender a admirar sin rebajarse es un ejercicio valioso. Admirar no es renunciar a actuar, abrumados por la perfección de la persona que admiramos, sino estar motivados a actuar para acercarnos a ella si se desea. Finalmente, admirar no es ceder libertad: la admiración no debe ser sumisión, sino inspiración.
En conclusión: no perder nunca la oportunidad de entrenar el ojo, y sobre todo la mente, para deleitarse en admirar. ¿Los beneficios para la autoestima? Son innumerables: tener modelos positivos, cultivar la humildad, fortalecer las propias aptitudes de inspiración, sentir emociones positivas; y sentirlo hasta el infinito, ya que «lo que asombra, asombra una vez, pero lo que es admirable es cada vez más admirado», según el moralista Joseph Joubert.4 La admiración es una emoción fértil e inoxidable…
¿Qué es exactamente admirar? Es antes que nada sorprenderse o conmoverse. Es, después, reconocer cualidades, a un lugar, un objeto, una persona. Y finalmente es regocijarse, encontrarse mejor, crecido, inspirado, más feliz. Admirar es fácil para lugares o cosas: admirar un paisaje, un objeto hermoso o una obra de arte, esto no nos pone en duda; pero a veces es más difícil entre humanos. Por un lado, admirar a alguien puede alegrarnos sinceramente, sin segundas intenciones: ¿qué podría ser más placentero que admirar a una persona talentosa, o a uno de nuestros hijos, o a uno de nuestros amigos? Pero, a veces, admirar también puede hacernos daño: porque admirar es darse cuenta de que el otro tiene cualidades que nosotros no tenemos, al menos no tanto, o no por el momento. En estos casos, la admiración puede volverse dolorosa, ser la constatación de una carencia en nosotros y resultar luego una ocasión de sufrimiento, en lugar de ser una fuente de regocijo y de inspiración. Este es un primer posible mal uso de la admiración.
Otro error sería admirar solo lo raro y excepcional, cuando existen múltiples fuentes diarias de admiración a nuestro alrededor…
Respecto a lo que elegimos admirar, Montesquieu hablaba de la «decadencia de la admiración»,5 de su tergiversación, consistente en admirar actos o personas que, en el fondo, no merecen ser admirados. Digamos que es más bien un error, una facilidad, una docilidad que consiste en admirar solo lo llamativo, lo ruidoso, lo que está «de moda». Admirar solo lo que nos dicen que admiremos. Admirar solo lo grandioso y no lo discreto, las estrellas del deporte, del cine o la televisión, y no los humanos anónimos que hacen el bien en su esquina. ¿Quizá deberíamos aprender entonces a admirar incluso lo que no se nos presenta como socialmente admirable? Y, para ello, hay que centrarse en mirar bien. Ver lo que es hermoso y bueno a nuestro alrededor. Ver los comportamientos, palabras y actitudes admirables en la vida cotidiana. Pocos humanos son admirables en todo lo que hacen, todo el tiempo, pero casi todos ellos pueden ser admirados en algún momento.
Los estudios científicos muestran ampliamente los beneficios de la admiración. Admirar sienta bien, como todas las emociones placenteras; luego, nos descentra de nosotros mismos, nos acerca a otros humanos y aumenta lo que llamamos comportamiento prosocial (escuchar y ayudar a los demás); por último, nos motiva y nos inspira.
Así, varias veces al día, o por la noche, mientras nos dormimos y pensamos en nuestra jornada, podemos hacer ejercicios de admiración: ¿qué cosas admirables he visto hoy? ¿Qué me han provocado? ¿Qué me han mostrado? ¿Y qué me han enseñado?
Entonces nos daremos cuenta, tal vez, de que la admiración transforma poco a poco nuestra visión del mundo. La admiración es la voluntad de poner también la mirada en aquello que hace la vida mejor. Cada vez que admiramos, percibimos que estamos ante algo o alguien que aporta belleza, dulzura e inteligencia al mundo. Y es también esa inspiración la que puede llenarnos de energía y ayudarnos a cambiar todo lo que está mal aquí abajo… Así que te propongo un pequeño ejercicio para hacer ahora mismo: ¿qué cosas admirables has visto últimamente?
Christian Bobin: «Querer agradar es hacer depender la vida de aquellos a quienes se desea agradar y de esa parte infantil de ellos que desea colmarse sin cesar. Los que disfrutan del favor de la multitud son como esclavos que tienen millones de amos». Somos mendigos del reconocimiento. Pero se necesita fuerza para liberarse de esta necesidad de agradar. Puede surgir del miedo a desagradar y a ser marginado o subestimado; o bien de una sed perpetua de ser mirado y admirado. Esclavitud en ambos casos…
«Bueno, si no hubiera estado allí, ¡me habría aburrido mucho!». Es Alejandro Dumas, célebre autor de Los tres mosqueteros y personaje brillante, quien habría dicho esta frase acerca de una velada social un tanto aburrida. Suficiente para reconciliarnos con los grandes narcisistas: casi siempre irritantes, pueden, si están dotados de una pizca de humor y perspectiva, montar un espectáculo y hacernos sonreír.
Como ese profesor de inglés que me daba clases por teléfono: un día que la línea estaba dañada, oía su voz desdoblada, haciendo eco; se lo expliqué y él respondió entre risas: «¡Debe de ser maravilloso escuchar mi voz dos veces!».
La amabilidad es una atención benevolente hacia los demás, a priori incondicional. Es querer el bien para los demás sin que lo hayan pedido, sin saber si lo merecen, sin saber quiénes son. Solo porque son seres humanos. La amabilidad es diferente de la simple escucha o la empatía. En la amabilidad tomamos la iniciativa. Damos más que prestamos o intercambiamos. A menudo hay un bloqueo en la amabilidad durante los problemas de autoestima. Un temor, para las personas con baja estima, de ser «demasiado amable». Pero ¿cómo podría ser un defecto la amabilidad? El problema no es ser demasiado amable, sino no ser lo suficientemente asertivo. Al contrario, debemos ser amables, es una virtud: desear el bien de los demás, querer estar a su servicio, ver sus lados buenos… ¿Qué sería del mundo sin personas amables? ¡Un lugar muy doloroso! Pero no hay que ser solo amable. También debemos añadir a nuestro repertorio la capacidad de decir «no», «no estoy de acuerdo», «no estoy satisfecho», etcétera. ¡Ser una buena persona que sabe decir que no es ideal!
Es más fuerte que yo, pero tan pronto como se menciona la palabra «ambición» ante mí, mi cerebro automáticamente le asigna otras palabras, como arribismo, cinismo, egoísmo… u obsesión, agresión, alienación…
Esto es sin duda injusto, entiendo que se trata de juicios sobre un concepto inicialmente neutro. La ambición se define como el poderoso deseo de triunfar. Pero la ambición no es un sueño, es plasmar en energía y en acción ese deseo. La ambición es como conducir un coche demasiado rápido: aumentamos el riesgo de derrapar y tener un accidente, en lugar de disfrutar de la vida, tranquilamente… Todos hemos observado a seres humanos devorados por su propia ambición y sembrando desorden, traición, frustraciones y conflictos a su alrededor.
Lástima, porque es normal tener planes, grandes o pequeños, y querer verlos triunfar. Pero indudablemente existen condiciones para evitar que la ambición conduzca a la alienación. La primera de estas condiciones es no sacrificar la propia vida a la propia ambición. La segunda es elegir un objeto de ambición que no sea insalubre: así, las ambiciones de éxito, riqueza o notoriedad, muy a menudo, ya son tóxicas en sí mismas. Y la primera ambición que debemos tener ¡es deshacernos de esas ambiciones! Para orientarnos hacia ambiciones de progreso personal: destacar en nuestra profesión, nuestras aficiones o nuestra humanidad. Para volver finalmente a la fórmula del filósofo Spinoza, que representa a mis ojos la ambición más hermosa de la vida humana: «Hacer el bien y ser feliz».6
Cuando era más joven tocaba el acordeón en una banda de rock alternativo. Bueno, te diré enseguida que no era un grupo muy conocido y que yo tocaba muy mal. Tan mal que mis compañeros me echaron, con amabilidad pero con firmeza. ¡Afortunadamente fui algo menos malo como médico que como músico! En cualquier caso, uno de nuestros éxitos en concierto era la adaptación de una hermosa y vieja canción de Édith Piaf de los años 50, «La goualante du pauvre Jean», de la que volvimos a cantar, todos gritando a coro, el estribillo de alto significado metafísico. Dice así:
«Escuchad por un momento
la balada del pobre Jean
al que las mujeres no amaban.
Pero no lo olvidéis,
hay en la vida solo una moraleja:
ya seas rico o sin un céntimo,
sin amor no eres nada de nada…».
¿Quién se atrevería a cuestionar esta llamada al orden del Amor, tan necesario para la vida humana? Sin amor, los niños pequeños no pueden crecer adecuadamente, ni su cuerpo ni su alma. Sin amor, los hijos mayores que son adultos toda su vida no pueden vivir ni morir plenamente felices. Entonces, tararear «Sin amor no eres nada de nada» no es solo una filosofía de medio pelo. Esto es parte de lo que los filósofos llaman los «grandes tópicos», esas sentencias sabias de todos los tiempos y de todos los lugares que nos explican en qué consisten el amor, la felicidad, la serenidad, el sentido de la vida… dónde buscarlos y cómo acercarse a ellos… Esto siempre parece obvio, por supuesto —de ahí el término «tópico»—, pero lo que es menos obvio es aplicarlos. Escuchemos lo que dijo Schopenhauer: «En términos generales, es cierto que los sabios de todos los tiempos siempre han dicho lo mismo, y los necios, es decir la inmensa mayoría de todos los tiempos, siempre han hecho lo mismo, a saber, lo contrario, y así será siempre».7
Entonces, cuando los sabios nos repiten «¡Amaos!», ¿qué entendemos? ¿Y qué hacemos con eso todos los días? Y luego, cuando decimos: «Sin amor no eres nada de nada», ¿de qué amor estamos hablando? ¿Del que recibimos o del que damos? ¿Del que enajena o del que libera? ¿Del que enferma o del que alivia? Otra preocupación, como cada vez que hablamos de amor o de felicidad: ¿no corremos el riesgo de afligir a las personas que carecen de él en este momento? Hablar de amor hace todavía más dolorosa su ausencia. Y hablar del Gran Amor, con mayúsculas, es también angustiar a quien no lo ha encontrado, como en estos versos de Guillaume Apollinaire: «La angustia del amor te oprime la garganta / Como si nunca más fueras a ser amado…».8
¡Aflojad la garganta, preocupadas y preocupados! Porque este amor, necesario para el ser humano, no es solo Amor romántico, que es una forma de ideal, complicado de alcanzar y más complicado aún de hacer perdurar, sino que es amor en todas sus caras y en todos sus nombres: cariño, benevolencia, simpatía, generosidad, pertenencia, solidaridad, amistad, camaradería, fraternidad, ternura… Todos esos momentos y todos esos vínculos en los que damos tanto, o más, de lo que recibimos. Es este amor, con «a» minúscula, es su musiquilla cotidiana que nos es imprescindible y que nos ayuda a vivir con alegría, en la posible espera del otro Amor, el de la «A» mayúscula y su estruendo sinfónico. Y, de hecho, este amor con «a» minúscula es el mejor alimento para la autoestima, más que un único amor apasionado.
¿Es lo mismo que autoestima? No del todo: la autoestima viene a ser como una amistad hacia uno mismo —Montaigne hablaba de «la amistad que cada cual se debe»—,9 es decir, un vínculo sin presión ni pasión, solo afecto. Benevolencia siempre, exigencia a veces, pero gentil, constructiva.
Lo bueno de la ansiedad, a diferencia de tantos sufrimientos psicológicos, es que se puede sonreír ante ella. He tratado a muchos pacientes ansiosos en mi vida como psiquiatra y recuerdo un montón de historias al respecto, de las que ellos mismos se reían al contármelas; después, por supuesto, porque las oleadas de ansiedad, en su momento, no son muy divertidas.
Existía, por ejemplo, la estrategia de la «comida de emergencia», que se debía implementar si se tenían muchos invitados, o invitados importantes; se trataba de tener siempre lista una segunda cena de emergencia en caso de que: 1) la primera comida se quemara o saliera mal; 2) a uno de los invitados no le gustara el menú o fuera alérgico a alguno de sus componentes; 3) se derramara el plato al suelo al llevarlo a la mesa; 4) se estropeara el horno en el último momento, etcétera.
La vida de las personas ansiosas, y la vida junto a ellas, es así: a veces divertida, pero siempre agotadora. Digo «vida» porque la ansiedad, si no se trata, tiende a permanecer con nosotros durante toda nuestra existencia; es una condición crónica. Por eso, deshacerse de ella suele llevar tiempo.
Para simplificar, podríamos decir que hay tres fases en nuestra relación con la ansiedad: resistencia, convivencia y trascendencia.
En primer lugar, resistencia: los beneficios y ventajas de la ansiedad, de la que estamos hablando aquí, solo existen si esta no es devoradora, devastadora, insalubre. En este caso, es importante empezar por tratarla, y por hacerle frente; es importante no obedecer sus constantes instrucciones de «prestar atención a todo» y organizar la propia vida en función de todas las catástrofes que pueden llegar a ocurrir (y, de hecho, nunca ocurren).
Luego, al cabo de unos meses o de unos años, llega la segunda etapa, la fase de convivencia: entendemos que no podremos eliminar por completo la ansiedad, que tendremos que vivir con ella, adaptarnos a su presencia, con cuidado de no dejar que gobierne nuestra vida. Si comparamos nuestra vida, precisamente, con un viaje en coche, eso significa que, en lugar de dejar que la ansiedad conduzca, le quitamos el volante, sabiendo que ella se quedará allí, sentada a nuestro lado, como un pasajero estresado que no deja de suspirar, de sobresaltarse, de instarnos a tener cuidado y de preguntarse qué problemas nos aguardan al final del trayecto. Es molesto, pero a la larga uno termina por no hacerle mucho caso y acostumbrarse. Y, poco a poco, después de esa resistencia, a fuerza de afrontar la vida libremente a pesar de sus advertencias, llegamos a una convivencia pacífica con ella. E incluso acabamos, como haríamos con un viejo amigo difícil pero inteligente, por encontrarle cualidades: porque, en pequeñas dosis, la ansiedad nos vuelve (esa es su función original) curiosos, receptivos y lúcidos…
Bueno, solo es cuestión de lograr que esa lucidez no se refiera únicamente a las adversidades de toda vida humana, sino también a sus facilidades. Que esa receptividad no se oriente solo hacia el sufrimiento, sino también hacia la felicidad. Que esa curiosidad no se centre solo en la detección de peligros, sino también en la de recursos, ayudas, apoyos. En definitiva, después de la resistencia y la convivencia, se trata de acceder a la fase de trascendencia de nuestra ansiedad, y de fijarle unos objetivos más elevados que la simple vigilancia de los pequeños peligros de la vida cotidiana.
Aquí es donde la meditación puede ayudarnos: cuando estamos preocupados, no ceder a la ansiedad, permitir que esté ahí, en nuestra mente, pero luego ampliar nuestra atención a todo lo demás. ¿Cómo? Es sencillo: sentarse, dirigir la mirada hacia lo que está ahí, el cielo, el océano, las montañas, los árboles, el horizonte, el mundo entero. Y quedarse así, respirando, sintiendo, sin otra expectativa que sentir la vida dentro de nosotros…, hasta el momento en que llegamos a sentir que las garras de la ansiedad sobre nuestro cuerpo se van aflojando lentamente, que poco a poco su parloteo incesante se apaga y se calma, hasta que todo lo demás se vuelve más importante, más interesante, que la inquietud…
Las dificultades y preocupaciones siguen ahí, pero se diluyen en la inmensidad del mundo al que nos hemos abierto. Entonces entendemos estas palabras de Christian Bobin: «Estaba pelando una manzana roja del jardín cuando de repente comprendí que la vida solo me ofrecería una serie de problemas maravillosamente insolubles. Con este pensamiento, un océano de paz profunda entró en mi corazón».10 Sí, tienes razón, querido Christian, tal vez deberíamos dedicar más tiempo de nuestra vida a comer manzanas con conciencia plena…
Existe toda clase de desigualdades que afectan a los humanos: riqueza, belleza, inteligencia y muchas otras. Pero las más crueles, desde mi punto de vista médico, son las desigualdades en lo que respecta a la salud: algunos pueden fumar hasta los 100 años porque tienen una buena genética, mientras que otros, pese a llevar una vida más que sana, fallecen a los 30. Y lo mismo puede decirse de la salud mental: entre los humanos hay perfectos resilientes, a los que nada puede derribar, pero también los ultrafrágiles, rotos por todas las adversidades.
Algunas personas (entre las que me cuento) tienen que esforzarse a menudo por activar su software mental de buen humor, desde primera hora de la mañana y a lo largo de todo el día, y otras no lo necesitan, como por ejemplo Montesquieu, de cuyo autorretrato aquí tenéis un fragmento: «Me despierto por la mañana con un gozo secreto de ver la luz; veo la luz con una especie de deleite, y todo el resto del día estoy contento. Paso la noche sin despertarme, y a la hora de acostarme, una especie de entumecimiento me impide reflexionar».11 ¡Qué suertudo, este Montesquieu! Y no es el único…
Bueno, ¿y cuando uno no es de esos afortunados, en los que la alegría de vivir parece inscrita, desde el momento de nacer, en los mecanismos cerebrales? ¿Cuando uno sufre una enfermedad depresiva y está en el fondo del hoyo? En tales casos, los antidepresivos son una bendición: cuando funcionan (por desgracia solo en dos tercios de los casos), son capaces de aliviar considerablemente el sufrimiento depresivo y permitir a los pacientes volver a hacer esfuerzos a diario.
Sin embargo, los antidepresivos, por muy valiosos que puedan ser a veces, no representan una solución perfecta; pueden acarrear efectos secundarios molestos y no son satisfactorios para la imagen que los pacientes tienen de sí mismos: no es gratificante apoyarse en una muleta química. E incluso cuando funcionan bien y cuentan con un buen apoyo, tarde o temprano surgirá la cuestión de cuándo dejarlos. ¿Qué los reemplazará entonces? Por eso se recomienda asociar los antidepresivos con la psicoterapia desde el principio y evitar las «prescripciones huérfanas», sin apoyo psicológico ni cuestionar los hábitos de pensamiento.
Pero los cuidadores se están convenciendo de que es necesario modificar no solo los hábitos de pensamiento, sino también los hábitos de vida, concretamente, en el día a día. Cada vez más estudios muestran la función protectora de la meditación, el ejercicio físico, el apoyo social, las emociones positivas… para tomar el relevo de los antidepresivos (y quizá incluso para evitarlos en los casos menos graves). Y la actitud más recomendable bien podría ser entonces no cortarlos así, de repente, lo cual es desaconsejable, sino reducirlos poco a poco, una vez se haya cambiado de forma duradera el modo de vida según las instrucciones que acabo de mencionar… Ahí lo tienes, habrás comprendido que, como médico, estoy a favor de un buen uso de los antidepresivos: son como el salvavidas que se arroja a una persona que se está ahogando; no es entonces el momento de enseñarle a nadar, sino de salvarle el pellejo. Solo cuando esa persona ha salido a flote, curada de su depresión, se la puede ayudar a cambiar sus formas de vivir y de pensar para que un día pueda lanzarse al agua sin salvavidas y hacer frente a las inevitables olas de dolor y de adversidad que se producen en toda vida humana.
Es entonces, y solo entonces, una vez curados, cuando los pacientes pueden llegar a extraer lecciones de su depresión, sin adornar la historia, como suelen hacer las personas que nunca han estado deprimidas, con frases como: «Todo lo que no nos mata nos hace más fuertes». ¿Bromeas? Lo que no nos mata también nos puede dejar lisiados de por vida. Prefiero lo que decía Cioran: «En el plano espiritual, todo dolor es una oportunidad; solo en el plano espiritual…».12
Todo esto se aplica también a los sufrimientos de la autoestima: es frecuente, incluso sistemático, que encontremos un grado significativo de disforia (presencia de síntomas depresivos, lo suficientemente numerosos y frecuentes para resultar molestos, pero sin depresión paralizante) entre las personas que sufren de baja autoestima.13 Suelen mejorar mucho mediante la prescripción de antidepresivos. Pero, sin apoyo psicoterapéutico, el riesgo de recaída cuando se suspende el tratamiento es importante. Por otro lado, la consolidación psicoterapéutica de la autoestima permitirá evitar las recaídas diafóricas ante las adversidades existenciales.14
La apariencia física es importante en la mayoría de los seres vivos: ya sea para intimidar a los demás o para seducirlos. Entre los humanos, tener un físico favorecedor, como suele decirse, y contar con belleza o fuerza representa una ventaja social: se tiene más probabilidades de ser elegido para una aventura sentimental o para un reclutamiento profesional. Esta ya es una primera injusticia. Por tanto, es lógico que muchas personas dediquen tiempo y energía a mejorar su apariencia; hasta el punto de la obsesión, a veces.
Corresponde a cada uno dar con el equilibrio adecuado: ¿qué esfuerzos son necesarios para evitar correr el riesgo de ser marginados o rechazados? ¡La idea es evitar que nuestra apariencia sea un freno a nuestra integración y permita que otros se nos acerquen y descubran nuestras otras cualidades! No oler mal, mantenerse erguido, vestir adecuadamente… Más allá de eso, comienzan los problemas: si ya no utilizamos nuestra apariencia para ser aceptados, sino para ser admirados, para impresionar, para convencer, existe el riesgo de que se convierta más bien en una herramienta o un mecanismo para ocultar nuestros límites y defectos. Se imponen entonces la farsa y la mentira social, agotadoras, y de las que siempre saldremos derrotados.
La apariencia: un medio y no un fin en sí mismo.
Jules Renard escribe en su Diario: «Me cayó encima a base de cumplidos».15 Una forma encantadora de describir la vergüenza que uno puede experimentar (si no es un gran narcisista) al ser elogiado y felicitado en demasía. El poeta Christian Bobin, a quien tenía estima y afecto (es decir amistad), y a quien le había enviado unas breves palabras de felicitación por el Gran Premio que le había concedido la Academia Francesa en 2016, me respondió lo siguiente: «Querido Christophe, ¡poca diferencia hay entre aplausos y disparos! Además, en ambos casos ¡se habla de salvas!». En las conferencias y los debates públicos, no me gusta que la sala aplauda, en el transcurso de una intervención, una frase bonita, una posición clara adoptada por uno de los oradores. Este tic, heredado de los platós de televisión, es lo que más odio: empuja a los oradores a ser demagogos, a buscar punchlines, ocurrencias, pues sabemos bien lo que agrada al público. Una vez me quejé y pedí al público que dejara de aplaudir cada cinco minutos por estos motivos. ¿Y sabes qué? ¡Me aplaudieron por decir eso!
La necesidad, o el placer, de la aprobación es legítima entre los humanos. Cuando escucho, en lugares públicos, las conversaciones de personas que se conocen y se encuentran (en las tiendas de barrio o en los mercados), mantengo los oídos abiertos para comprobar estas secuencias: «Ah, sí, es eso mismo… tenías razón al decirle… yo también hago lo mismo… pues claro, claro…». Conversaciones triviales donde lo importante no es lo que nos decimos, sino comprobar que los demás piensan y sienten la vida y la actualidad más o menos como nosotros. No es nada grave, pero es empobrecedor si solo mantenemos con nuestros semejantes ese tipo de relaciones, de comprobación. Y esto confiere a veces el gusto por el conflicto amistoso, el deseo de poder exclamar: «¡Ah, pues yo no pienso para nada como tú! ¡Vamos al bar a hablar de ello tomando un café!». Aprobarnos unos a otros es agradable; pero disentir, además, ¡es estimulante!
Los arquitectos famosos son a veces grandes narcisistas, cerrados a los demás humanos y totalmente centrados en sus grandiosos proyectos, con el objetivo de dejar una huella asociada a su nombre. ¿No planeó el famoso Le Corbusier arrasar completamente el centro histórico del viejo París para levantar unos bloques de edificios enormes?16 Tampoco fue una excepción a la regla el estadounidense Frank Lloyd Wright, quien dijo en cierta ocasión: «Muy temprano en mi vida tuve que elegir entre mi arrogancia natural y una fachada de humildad; opté por mi arrogancia».17 Como todos los narcisistas, consideraba que no se puede ser humilde con sinceridad y que no es más que una fachada, ya que todo ser humano es necesariamente arrogante si cuenta con el valor y los medios para ello. Otra manifestación del narcisismo: creer que el mundo y los seres humanos están hechos a su propia imagen…
Montaigne habla así de la vejez: «Nos pone más arrugas en la mente que en la cara».18 ¿Cómo evitar tener demasiadas arrugas en la mente? ¡Deshaciéndose del miedo a tenerlas en la cara! Deshaciéndose poco a poco de todas las preocupaciones innecesarias: temor a no estar a la altura, a desagradar, a ser inferior, a fracasar. El paso del tiempo las va debilitando paulatinamente, mientras no las alimentemos. ¡Y también sirve para el miedo a envejecer! El paso del tiempo transforma ese temor en evidencia: «Al final no ha estado tan mal…».
«Hay que saberlo, el atleta francés nunca pierde. Roza la hazaña».19 ¡Seamos todos atletas franceses, queridos amigos, para no sufrir nunca por nuestros fracasos!
Al comienzo de los trabajos sobre la autoestima se daba mucha importancia a cultivar una buena autoimagen, una visión positiva de quiénes éramos y de lo que hacíamos: reconocer nuestras cualidades y no solo los defectos, no olvidar los éxitos en favor de los fracasos; en definitiva, ver el vaso de nuestros méritos medio lleno y no medio vacío. Esta visión positiva de uno mismo sigue siendo importante, pero poco a poco nos percatamos de que, con el tiempo, otra dimensión resulta crucial: la autobenevolencia.20 Se trata de tratarse a uno mismo como se trataría a un amigo. A un amigo que fracasa no le decimos, como a veces nos decimos a nosotros mismos: «Eres un desastre»; lo consolamos. A un amigo que triunfa no le decimos: «Has tenido suerte, pero ¿te irá igual de bien la próxima vez?»; nos regocijamos con él. La benevolencia con uno mismo no es autocomplacencia (perdonarse todo, no criticarse), sino asumir tranquilamente tu parte, nada más que tu parte: tu parte de los fracasos, sin criticarte en exceso; tu parte de los éxitos, sin vanagloriarte.
El autocontrol es la capacidad de actuar voluntariamente sobre los propios comportamientos, pensamientos y emociones. ¡Esta lista va de más a menos fácil! Muy pocas veces destacada, esta habilidad psicológica es decisiva en la conducción de nuestra vida. Por ejemplo, es el autocontrol el que nos ayuda a perseverar en una decisión y en una acción pese a las dificultades y tentaciones. Tal es el caso del estudiante que se prepara para los exámenes en lugar de distraerse; del goloso que renuncia al vaso o a la porción de más; del deportista que sale a correr a pesar del mal tiempo. Es ser capaz de imponerse limitaciones en el momento, sabiendo que los beneficios no llegarán hasta más tarde. La práctica regular del autocontrol aumenta lo que en psicología se conoce como «el sentimiento de eficacia personal percibida», o incluso «albedrío»: el sentimiento de que somos capaces de actuar sobre el mundo que nos rodea (y sobre los demás, y sobre nosotros mismos), y de influir, transformar, este mundo. Sin autocontrol no hay autoestima estable y duradera.
Por eso la sociedad de consumo, que nos empuja a consumir inmediatamente, sin esperas («Date un capricho»), sin medios («Paga mañana»), halaga nuestro ego («Porque tú lo vales») y lo debilita haciéndonos cada vez más impulsivos, insatisfechos y egocéntricos.
Un acto de higiene mental que puede salir mal. Y un vocablo que abarca realidades diversas, que van desde el sano y legítimo cuestionamiento de lo que uno ha dicho o hecho hasta la sucia y autodestructiva manía de amplificar los propios fracasos y defectos y minimizar los propios éxitos y cualidades. Una herramienta valiosa pero peligrosa que debe utilizarse con precaución.
Montaigne, siempre sabio a la hora de hablar de la conexión con uno mismo (no es de extrañar, ya que pasó buena parte de su vida observando con calma los movimientos de su mente y su ego), nos recuerda lo siguiente: «No hay nada tan hermoso y legítimo como hacer bien y debidamente al hombre, ni ciencia tan ardua como saber vivir bien y naturalmente esta vida; y de nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar a nuestro ser».21
Está la idolatría, que consiste en adorar ídolos (del cine, de la canción, del deporte, etc.), y está la autolatría (o egolatría), que consiste en adorarse a uno mismo. ¡Ninguna es mejor que la otra! No adoremos: observemos, comprendamos, aprendamos y, después, apreciemos o alejémonos.
«¿Me preguntáis qué pienso de mis libros? Tengo una opinión infinitamente mejor e infinitamente peor que vosotros». Constatación de una buena autoestima: he aquí un autor, Julien Gracq,22 que sabe ver sus cualidades mejor que sus detractores, y que conoce sus limitaciones mejor que sus admiradores.
La lengua inglesa tiene un vocablo que describe un sentimiento de admiración teñido de intimidación ante el impresionante esplendor de lo que admiramos: awe. Este sentimiento se experimenta a menudo ante espectáculos naturales (montañas, bosques, cascadas), pero también ante construcciones humanas excepcionales (catedrales y monumentos imponentes). Los estudios han demostrado que este sentimiento de admiración (como todas las demás formas de admiración, de hecho) facilita las llamadas actitudes prosociales (generosidad, benevolencia, altruismo). Y que el mecanismo probable de este es una «reducción del yo»: unos voluntarios fueron llevados primero a un bosque de secuoyas, lo que los hizo sentirse muy pequeños frente a las maravillas de la naturaleza, les dio la sensación de «ser muy poquita cosa», como se suele decir, lo cual los indujo luego a sentirse más cerca de sus semejantes.23 Ojo, como se trataba de un estudio científico, había un grupo de control al que se le pidió que contemplara unos edificios de la misma altura que los árboles para comprobar —nunca se sabe— si no se trataba del hecho de levantar la cabeza hacia el cielo lo que los hacía más altruistas. Pues no: no es la contemplación de las alturas lo que nos hace mejores, ¡sino la admiración!
A muchas personas con dificultades de autoestima no les gusta pedir ayuda a los demás.24 Por muchas razones: en primer lugar, les parece que eso revela su incompetencia, su insuficiencia, su inferioridad. Además, también pueden padecer ansiedad social, la asociación es frecuente, y, por tanto, tener miedo de molestar y ser mal recibidos si piden ayuda a los demás. Poco a poco se va imponiendo el hábito de «no tener que pedir nada a nadie», como una especie de costumbre, de orgullo fuera de lugar… y absurdo: pedir ayuda a personas conocidas fortalece los lazos con ellas (a cambio de devolver el favor), y pedir ayuda a personas desconocidas puede crear otros nuevos o, al menos, proporcionarnos (¡porque las más de las veces funciona!) la agradable sensación de que la mayoría de la gente es amable y está dispuesta a ayudar al prójimo.
No sé si me viene de mi profesión de psiquiatra, pero me gusta visitar las casas de gente que conozco: ver dónde duermen, descansan, cocinan, qué libros leen, qué objetos utilizan, etcétera. Y, más que nada, me encanta visitar las casas de los escritores. Descubrir en qué tipo de escritorio trabajaban, observar la ventana por la que buscaban la inspiración cuando no llegaba, sumergirme en los detalles de su vida diaria, sus gustos y sus costumbres. Todo esto me los hace más cercanos, más conmovedores.
Así, un día visité la casa de Balzac. Una de sus casas, en cualquier caso, porque el pobre Honoré se mudó mucho, perseguido toda su vida por los alguaciles a causa de sus deudas galopantes. Esa casita, ahora museo, en la que vivió de 1840 a 1847, está situada en un barrio de París llamado Passy, que todavía era un trozo de campo en vida de Balzac. Como en todas sus casas, había una puerta trasera para huir de los acreedores que a menudo llamaban a su puerta. Por tanto, Honoré escribía de noche, para tener paz, tomando café y sumergiéndose en sus novelas para escapar de su vida real, escribir la vida de sus sueños o, sobre todo, rehacer su salud financiera…
Recuerdo, en su pequeño despacho, solo, tranquilo, haberme tomado un momento para dejarme llevar por el espíritu del lugar, observando su famosa cafetera, descifrando las hojas de sus manuscritos, mil veces corregidas. Sintiéndome profundamente conmovido por este hombre que vivió allí hace casi dos siglos. Reflexionando sobre lo que debió de sentir, las alegrías que experimentó, las penas por las que atravesó.
La meditación no es fácil: requiere dejar de actuar, ralentizar el curso de nuestros pensamientos y emociones y profundizar en nuestra experiencia del momento. No es fácil, en un tiempo en el que todo nos empuja a acelerar, donde todo nos anima a vivir y pensar de forma cada vez más superficial. A menudo nos cuesta llevar nuestra mente a la meditación. Por ejemplo, durante las visitas al cementerio: ¿qué hacemos cuando «meditamos» junto a una tumba? ¿Se trata simplemente de dejar que los recuerdos vengan?, ¿pensar en los momentos hermosos compartidos con la persona desaparecida?, ¿darle las gracias?, ¿acaso gritarle?, ¿rezar por ella? Durante mi meditación en el despacho de Balzac me fijo en lo que sucede dentro de mí. Siento una simpatía enorme por este hermano humano, por este hombrecito regordete, poco agraciado por la naturaleza en lo que a físico se refiere, pero dotado de una energía y de un genio literario inmensos; me conmueve su asombrosa psicología, su morboso optimismo, su ingenuidad a veces confusa, su mala fe, su gusto por el lujo, la ropa, la ostentación. Siento compasión también por todos sus momentos de angustia, de sufrimiento, de desánimo: él que soñaba con ser rico y famoso «solo» logró obtener fama; la riqueza siempre se le escapaba entre los dedos, a pesar de los derechos de autor que entraban, pero que inmediatamente se gastaban y malgastaban.1 En su casita, pienso en esta frase de Rousseau, en su décimo Paseo: «Necesito meditar para amar». Y en ese momento, amo a Balzac; siempre admiro a un Hércules de las letras, pero amo a un hombrecito talentoso y afectuoso. Eve Hanska, una de las mujeres de su vida, con quien consiguió casarse poco antes de su muerte, a los 51 años, escribió sobre él: «Lo conozco desde hace diecisiete años, y cada día me doy cuenta de que tiene una nueva cualidad que no conocía». ¿No es ese el mejor cumplido? ¿Que alguien pueda decir de nosotros: cuanto más te conozco, más te quiero? El mejor alimento para la autoestima: ser amado, mejor incluso que ser admirado.
Aceptar la propia banalidad: al principio, herida narcisista («¿Qué, no soy excepcional?»); luego, aceptación («En realidad, soy como todos los demás»); por último, liberación («Menos presión para hacer y triunfar, más júbilo para vivir y saborear»). Sabiduría o heroísmo: cada cual puede elegir su historia…
Esta es una historia que me contó una amiga hace unos años. Su hija de 4 años juega con sus muñecas Barbie; la madre escucha distraída lo que la pequeña se dice a sí misma: «Barbie es bonita… Es muy delgada, tiene un pelo bonito… Es muy guapa, por eso tiene muchas amigas… Todo el mundo la quiere porque es guapa…». La madre está preocupada (teme a la anorexia nerviosa) y viene a preguntarme unos días después si en mi opinión existe el riesgo de que su hija realmente se adhiera a esta ecuación: «Sé guapa y delgada y tendrás muchos amigos».
Barbie es una anciana: nacida en 1959, mide treinta centímetros y su población mundial es de dos o tres mil millones de ejemplares.2 Se le critican bastantes cosas en lo que respecta a la autoestima. Por ejemplo, el difundir desde hace décadas la imagen de un cuerpo femenino perfecto y, por tanto, un ideal inalcanzable para todas las niñas que juegan con ella. Y con razón: todos los estudios confirman que la exposición a cuerpos delgados y perfectos aumenta el nivel de insatisfacción que sentimos hacia nuestro propio cuerpo.3
Pero a Barbie también la pueden acusar de otros males: en sus versiones habladas, decía al principio (luego el fabricante tuvo que retirarlo ante el escándalo provocado): «¡Las mates son difíciles!» o «Después de clase, ¿vamos de compras?». Barbie es, pues, la musa de un estilo de vida detestable y perjudicial para la autoestima de las mujeres: el del culto al cuerpo y las compras. Entonces el fabricante, Mattel, hizo evolucionar sus muñecas Barbie: puso a la venta muñecas negras, gorditas. No por motivos morales, simplemente porque las ventas se debilitaban; esperaba relanzarlas presentando unos modelos más parecidos a la biodiversidad humana.4
Por cierto, quizá te preguntes qué le respondí a mi amiga, que estaba preocupada por su hija. Le dije que, efectivamente, Barbie era sin duda un poco psicotóxica, pero que no podía hacer nada por sí sola si todo lo demás iba en la dirección correcta. Por otro lado, si la madre está obsesionada con hacer que su hija se parezca lo más posible a Barbie, y parecerse ella misma a Barbie, si las compras, las series de televisión y frecuentar las redes sociales representan la principal actividad de la madre, entonces sí existe peligro para la autoestima de la hija. Este no era el caso de mi amiga, que se marchó tranquilizada.
Probablemente conozcas la famosa frase del escritor Samuel Beckett,5