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Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2024
Diseño de portada y contraportada: Tom Klinedinst.
Asesoría técnica en diseño: Tom Klinedinst.
Revisión de pruebas: Susan MacGhee.
Foto de portada. Esquina con Bicitaxista y Mural. La Habana, 2017.
Foto de contraportada. Bandera Reflejada. Matanzas, 2014.
Fotos del autor.
Producción del ePub por booqlab
© 2020. Alfonso Aguilar
PRIMEROS VIAJES. RECUERDOS Y REFLEXIONES
La Habana: Histórica, seductora, semidestruida
El turibús en La Habana
La Maqueta de Habana Vieja
Iconografía de la Revolución
El Malecón: alma de su ciudad
Por el entretenido Paseo del Prado
El Capitolio y el Gran Teatro de La Habana
Calle Obispo
Parque Almendares
Don Cirilo, Doña Cecilia y La Loma del Ángel
Necrópolis de Colón
Casa Museo José Fuster
Mercado Artesanal San José
Farmacia y Museo Taquechel
¿Y cuándo llega el pollo?
Diálogo con un bicitaxista
Diálogo con un taxista
Los muchos nombres de mi hotel
Mi habitación en el Hotel Plaza
Habanecer en La Habana
La cultura del balcón
Tendedero sensual
Caminar por el medio
Caminar por las sombras
Xiomara, la Reina del Pescado
Inmenso mar de bebidas
La Zaragozana y el 1830
La Piña de Plata
El Caballero de París, ayer y hoy
El Rey de las Palomas
Cantautor al sopetón
Las Voluminosas: ¡abran cancha, por favor!
Los buzos del acero
Capital de tres túneles
Carreteras y peaje
En Matanzas Yumurí
Varadero, paraíso turístico
En algún lugar de Matanzas a la luz del día
Recorrido por el criadero de cocodrilos
Valle Nacional de Viñales
Por el Valle de Viñales
Perseguido por el espíritu de Polo Montañez
Morir en Playa Girón
Morir en Catedral
Por el próspero Sancti Spíritus
Un Pensamiento de Teofilito
Sacrificio en Aguacate
De película en Palacio de los Matrimonios
Son del Camagüey
Bebed agua en Camagüey
Culeros y culeritos
Alerta en Cerro: una pinta
El Señor José Antonio Echeverría y Bianchi
La Señora Sonia Silvestre
Homenaje a Compay Segundo
Tres generaciones de doctores del pasado
Poemínimo a la cubana
Poemaviso a la cubana
Advertencia contraproducente
Régimen en perpetuo perfeccionamiento
ACTUALIZACIONES 2019
LECTURAS SELECTAS Y FUENTES DE APOYO
A SusanSiempre
Cuando vino mi abuela
Trajo un poco de tierra española.
Cuando se fue mi madre
Llevó un poco de tierra cubana.
Yo no guardaré conmigo ningún poco de tierra.
La quiero toda
sobre mi tumba.
—Carilda Oliver Labra. Poeta cubana
Hace unos ocho años emprendí mi primer viaje a Cuba. Lo recuerdo como si ayer mismo hubiera llegado al Aeropuerto José Martí de La Habana. Y lo recuerdo tan vívidamente que quise gritar eufórico que mis pies ya pisaban esta pequeña isla caribeña de unos once millones de habitantes y casi 500 años de historia.
Llegué en la alegre época navideña, al filo del mediodía, con un espléndido sol que embellecía mis primeras imágenes de la señorial ciudad capital.
No sé si fue la tensa emoción de saber que al fin estaba en tierras cubanas pero mi primer encuentro con la ciudad no pudo ser más agradable.
Todo lo que iba viendo, desde el aeropuerto hasta la entrada a la ciudad, cuyo trayecto es de unos diecisiete kilómetros, me pareció encantador.
La carretera, en buenas condiciones; las avenidas, limpias, anchas, acogedoras, y las casitas, de colores y modesta construcción, hacían pensar que ahí vivían familias felices, rodeadas de palmeras y árboles verdes e imponentes.
Poco a poco empecé a observar una panorámica de la ciudad, de enormes y magníficos edificios, llena de parques, jardines, catedrales, fortalezas, castillos, monumentos.
Y las multitudes ausentes en el aeropuerto y en los poblados vecinos aparecieron ya muy adentro de la ciudad, lo mismo que el trajín del tráfico, casi inexistente en la carretera.
Contrariamente a lo que se dice de los taxistas en cualquier país o ciudad: que son grandes conversadores y tienen respuestas a todas las preguntas del viajero, el mío, un hombre de unos cincuenta años, alto, fornido y de intensos ojos azules, de quien solo logré saber que se llamaba Anselmo, no mostró ninguna disposición a mis intentos de plática.
Respondió en forma escueta a mis preguntas, y sin ser descortés, mantuvo su silencio en los casi treinta minutos del trayecto.
Solo tuvimos un breve diálogo a raíz de haberle hecho una pregunta sobre la gente que, a media carretera, mostraba, visiblemente desesperada, billetes en mano.
—Ah, nada particular. Como escasea el transporte público, buscan que algún privado los lleve.
—Y no gratis, ¿verdad?
—Claro que no. Por eso muestran sus billetes.
—Que no deben ser en CUC, el peso convertible.
—Mucha gente se maneja solo con el peso nacional, CUP.
—¿Y hacia dónde van?
—La mayoría va a la capital, por trabajo o para estudiar —dijo mientras subía el volumen del radio, indicándome así que la conversación había terminado.
Ya entrando a la ciudad me solicitó recordarle la dirección de mi destino, que yo llevaba anotada en un papelito: Calle Inquisidor, Habana Vieja, a tres calles de la Avenida del Puerto.
Seguro de que en cualquier momento detendría la unidad, conté con cuidado y curiosidad los billetes cubanos que adquirí en el aeropuerto. Billetes del llamado peso convertible, CUC, porque la otra moneda corriente, que nunca verá el turista, es el peso nacional, CUP.
El CUC equivale aproximadamente a un dólar, y el CUP no tiene gran valor pues se necesitan 24 o 25 unidades para sumar un dólar.
Cuando el futuro viajero es informado de que estas monedas no circulan en ningún otro país, lo cual quiere decir que carecen de valor fuera de la isla, y cuando, ya en un aeropuerto cubano, incluso el más importante, el Martí, descubre que solo hay una casa de cambio y una enorme fila de sufridos y desconcertados visitantes, es inevitable empezar a sospechar que en esa memoriosa isla todo parece difícil, complicado.
La tarifa oficial de mi taxi era de 25 CUC.
Me pareció un precio excesivo, considerando que el salario mensual promedio rondaba en ese año de mi arribo, 2012, los 20 dólares.
Entregué mis fabulosos y primeros 25 CUC a mi reservado conductor.
Los contó con mirada suspicaz, dos veces, y una vez convencido de que los billetes en denominaciones de cinco sumaban la cantidad acordada, nos despedimos con un recíproco y frío:
“Gracias”.
Caminé hacia mi futura morada a paso muy lento, deteniéndome frecuentemente para mirarlo todo: la gente, las casitas, las calles terrosas, los balcones, los jardines y las flores, las palmeras, los animales, todo, todo. Todo. Nada escapaba a mi mirada.
Pero algo sí a mi imaginación: no supe que en esa breve caminata empezaría mi larga historia con Cuba.
—— o ——
Desde mi primer viaje, limitado a La Habana, me sentí bastante familiarizado con sus principales sitios y atracciones. el Malecón, el Capitolio, el Teatro de la Ciudad, el Museo Nacional de Bellas Artes, el Paseo del Prado, la Necrópolis de Colón, la Casa Museo de José Martí, el Parque Almendares, Tropicana, los hoteles Nacional, Inglaterra, Telégrafo y Habana Libre, la Plaza de la Revolución, la Farmacia y Museo Taquechel, el Museo de la Cerámica, y los bares La Bodeguita del Medio y Floridita.
Ya me eran conocidos, solo que ahora lo tendría frente a mis ojos.
Mi agenda de visitas incluía todos esos lugares, además de otras plazas y monumentos.
Era una agenda muy extensa, a la que habría que agregar todo lo que se presentara en el curso de doce días (mercados, parroquias, galerías de arte, escuelas...), y sin embargo no sentí ninguna necesidad de achicarla.
Recorrí la capital en cocotaxis, taxis y bicitaxis, carruajes de caballos y en el autobús turístico local, el turibús, pero la mayor parte del tiempo lo hice a pie, siempre en cómodas sandalias y mi inseparable sombrero regiomontano.
Esta es una ciudad que desde el primer momento invita a recorrerla y disfrutarla así, a pie. Y sin prisa, aprovechando que amanece muy temprano y anochece muy de tarde, al filo de las nueve.
Para mí, era como vivir días de treinta horas.
Mi espíritu nocturno me llevó a presenciar algunos de los espectáculos de música y danza más publicitados y conocidos en La Habana. Por su fama, el primero fue el Tropicana, con un elenco de más de doscientos integrantes y en cuyos jardines era imposible no sentirse atraído por su sensual y luminosa La Danza de las Horas o Fuente de las Musas del escultor italiano Aldo Gamba.
Luego visité el Cabatet Parisién, dentro del Hotel Nacional, y el Salón Turquino, en el último piso del Hotel Habana Libre; ambos ofrecen un espectáculo similar, a menor escala.
De los tres espectáculos el del Parisién me pareció el más original y apegado a lo estrictamente cubano. El Tropicana parece concebido para complacer al turista simplón.
Al comentarle a un bicitaxista mis experiencias en esas tres sedes no dudó en recomendarme un lugar llamado El Guajirito, y en este salón disfruté días después un espectáculo musical dancístico ejecutado por el elenco de una compañía que aún se identificaba con el nombre de Buena Vista Social Club.
Es un espectáculo muy por encima de todos los demás, en calidad y originalidad. Un detalle muy curioso en El Guajirito es que, al final, las meseras suben al escenario, bailan, cantan, animan, y sólo entonces uno descubre que son tan magníficas artistas como las del elenco oficial. Y todas, bellísimas.
Conocí las dos Casa de la Música, una en Centro Habana, otra en Miramar, ambas parecidas porque en ellas se dan cita decenas de coquetas y atractivas muchachas de tacones altos y vestidos cortos y ceñidos, en abierta disputa por la atención de los visitantes.
Siempre con música de buenas orquestas y consumadas bailarinas, el ambiente en estos sitios empieza después de las once de la noche y no se sabe a qué hora termina la fiesta.
La cocina cubana no figura entre las de renombre internacional; muy pocos de sus platos son reconocidos fuera de la isla. Sin embargo yo, parafraseando a Neruda, confieso que he comido. A la cubana, y muy bien. O dicho en una variante mexicana, lo comido ya nadie me lo quita.
Disfruté exquisitos platillos en algunos paladares, que es como llaman a los restaurantes privados, muy superiores a los del estado, caracterizados por su mala reputación y empleados desmotivados.
Recuerdo el día en que, ya cansado de esperar el servicio en el Bar Europa, apareció al fin un desganado mesero con un menú. Lo extendió sobre la mesa y con un bolígrafo que fijó más o menos a la mitad de la carta, me dijo, en tono de advertencia:
—Puede ordenar todo lo que desee, solo que de aquí hacia abajo.
—¿Y hacia arriba? —me atreví a preguntarle, observando que la parte inferior de la carta era de poquísimos platos.
—Hacia arriba ya no hay nada. Se acabó, mi socio.
—¿Y cuándo se acabó lo de arriba? Que apenas entra la tarde.
—Eso nadie lo sabe. Le repito: de aquí hacia abajo.
Y lo que había a esa hora, dos de la tarde, no era para entusiasmar ni siquiera a un estómago vacío.
En Vistamar de Miramar eliminé todo rastro de una combinación de mariscos que devoré en la terraza, casi salpicado por las aguas del Atlántico. En Los Nardos, frente al Capitolio, probé el más rico cordero de la ciudad, degustado a tientas, por así decirlo, pues es un lugar bastante oscuro.
En el mismo edificio, ¡ojo! hay dos restaurantes más (Asturianito y Trofeo), a los que se llega por la misma empinada escalerilla que parece no tener fin o desembocar al mismo cielo.
En el restaurante Moneda Cubana, cuya severa política monetaria, ¡vaya cosas de la isla!, no acepta el peso nacional pero sí el peso convertible o los apreciables dólares, se me sirvió un tiernísimo lechón cuyo grato aroma aún percibo.
Las comidas más suculentas y originales las tuve a plena disposición en la casa privada donde me hospedé. Todos los días mis caseros preparaban algo distinto, y mi única pena era que las normas oficiales les impedían sentarse a mi mesa. En el balcón y en la sala sí podíamos convivir, horas y horas, pero en la mesa ningún segundo.
En mi calle, terrosa en gran parte, pavimentada en ciertos tramos, había edificios y casas muy similares, en su mayoría viviendas populares con más de diez familias por inmueble. Un taller de carpintería era el único negocio a la vista, además de una pequeña tienda de abarrotes.
Me tomó un día más saber que también había una bodega donde se distribuía la ración mensual correspondiente al pollo, según me explicó mi casero al preguntarle por qué siempre había tanta gente en la acera, visiblemente nerviosa, en espera de no sé qué.
Y a propósito de calles, presté particular atención a las que forman el casco histórico, cada una con su atractiva placa de cerámica. El callejero tiene nombres muy curiosos, inolvidables: Aguacate. Genio. Amarguras. Churruca. Desamparados. Perseverancia. Cárcel. Picota…
¿Será que en esta calle vivían sus últimos días los condenados?
Mi primer viaje fue magnífico, abundante en sabrosas experiencias y anécdotas.
Hice bastantes fotografías y videos, recogí folletos y postales de todos los sitios visitados, compré guías turísticas y mapas de las provincias, y con cierta frecuencia hice apuntes en una libretita, mas no estaba en mis planes escribir absolutamente nada de mis vivencias.
En realidad, empecé escribir la mayoría de las historias unos cinco o seis años después del primer viaje.
No se me acredite memoria excepcional. Conservo mis archivos de video y fotografía, un buen fárrago de materiales impresos y los apuntes ya mencionados.
No menos relevante fue el hecho de haber regresado una o dos veces por año, viajes en los que pude darle solidez a la verosimilitud de mis recuerdos. Además cinco añitos no es toda una vida: pasan rápido, en un santiamén. Prodigiosa memoria, muy a propósito de la isla, la de mi compatriota y colega Alma Guillermoprieto. Vivió seis meses en La Habana, a partir de mayo de 1970, impartiendo clases de danza moderna. Treinta y cinco años después rescató aquella etapa de su vida en La Habana en un espejo, uno más de sus magníficos libros.
De regreso al aeropuerto, tras doce días agotadores e intensos, me era totalmente claro que esta isla se había anclado en el pasado; que las carencias alimentarias y de servicios básicos eran penosas; que había dos Cubas, la de los turistas y pocos privilegiados en el poder, con todo a su servicio, y la del pueblo, con poco más que nada.
No menos abrumador me resultó el hecho, ante mis ojos, de que el pueblo estaba severamente limitado en el orden de sus libertades. Era como ver que todo estaba prohibido.
Ya en la puerta de abordaje, a pocos minutos del vuelo a casa, me invadió la total certeza de que había nacido un romance sólido, sincero.
Sabía que pronto regresaría a Cuba.
Y no regresé pronto, como lo creí, sino muy pronto. Cinco meses después ya estaba yo entre la bulliciosa y efervescente multitud que celebraba el Día Internacional del Trabajo en la Plaza de la Revolución, frente al Monumento a José Martí y las gigantescas siluetas de Che Guevara y Camilo Cienfuegos.
Programé mi llegada a efecto de que coincidiera con ese desfile anual pues representaría para mí la primera oportunidad de ver a todo el pueblo habanero unido en una sola celebración, ondeando las mismas banderas de lucha, vociferando las mismas consignas, exaltando los grandes logros de la Revolución, una vez más, como lo hace desde hace cincuenta y pico de años. O como le dicen que debe hacerlo...
Opté en este mi segundo viaje por una estancia de un largo mes para conocer mejor la capital y darme tiempo para explorar otras provincias en el radar de mi curiosidad. Pasé la primera semana en La Habana, hospedado en hoteles de Miramar y Centro Habana, entre ellos El Plaza, muy cerca del Paseo del Prado. En comparación a lo que se paga por una casa particular, los hoteles representan un verdadero lujo, y no hay garantía de que el servicio será acorde al supuesto número de sus estrellas.
En esos primeros días volví a algunos lugares que conocí en mi primer viaje, recorrí innumerables veces el Malecón, de punta a punta, casi siempre al atardecer, para disfrutar la puesta del sol en su máximo esplendor, y me aventuré en sitios que no pude visitar cuatro meses atrás, como la emblemática Casa de las Américas, punto neurálgico de los intelectuales latinoamericanos en los primeros años de la Revolución; la simpática estatua de Don Quijote desnudo, del escultor Sergio Martínez, artista que reaparecerá sino en este libro, sí en el segundo; el Museo Nacional de Bellas Artes, en su sede de arte universal; el afrocubano Callejón de Hamel y la Fábrica de Tabacos Partagás.
De la capital partí hacia cuatro conocidas y bellas provincias: Pinar del Río, Matanzas, Cienfuegos y Sancti Spíritus. En un tercer viaje avancé por Santiago de Cuba y Holguín, al que siguieron otros, años después, por Ciego de Ávila, Camagüey y Santa Clara.
Aquel romance inicial se fortaleció con el tiempo. Mis viajes se hicieron más continuos y prolongadas, con memorables recorridos por trece de sus quince provincias y decenas de pueblitos y villas.
Para entonces ya había escrito textos de un tirón sobre algunos de estos últimos recorridos, más un grupo de diversas historias individuales. Y así, poco a poco, acumulé un considerable número de cuartillas, sin saber qué diantres haría con todo este material.
Ante ello —me dije, resuelto— lo mejor es archivarlo durante un buen tiempo, quizá larguísimo tiempo, y darle, como a los buenos vinos, el reposo necesario e indispensable.
El descanso terminó cuando en una edición del Granma leí que Cuba se preparaba para los festejos del sexagésimo aniversario de la Revolución. De ahí surgió el propósito de revisar, corregir y ordenar aquellos materiales bajo el título Cuba. 60 Historias.
Las sesenta historias de este primer volumen no obedecen a un orden cronológico. En su mayoría son historias intemporales que pudieron ocurrir en cualesquiera de los años transcurridos desde mi primer viaje hasta el último. Parto de lo que vi y escuché en La Habana, y avanzo, poco a poco, sin prisa, a mis vivencias en otros pueblos y provincias en el curso de casi una década.
Cabe hacer cinco observaciones finales a esta introducción.
Primera. En el tiempo en que escribía estas historias surgieron situaciones impensables en Cuba. Tras más de cinco décadas de hostilidades, Cuba y Estados Unidos restablecieron relaciones diplomáticas. Se oficializaron en el 2015, con un viaje de Barack Obama y su familia a La Habana en el 2016. Fue un momento histórico: en el ya remoto 1928 había ocurrido la última visita de un mandatario estadounidense a la isla.
Meses después del encuentro entre el presidente Raúl Castro y Obama, falleció, a la edad de 91 años, Fidel Castro. Consciente de sus días finales, cedió con antelación el poder a su hermano, quien ya ejercía como presidente interino desde el 2006, si bien su período oficial corrió del 2008 al 2018.
En esa década Raúl promovió ciertas libertades económicas, por ejemplo, entre los trabajadores independientes, a quienes el régimen, reticente a hablar de empresarios o de un sector privado, les endilgó un horrible nombre: cuentapropistas. La gestión del hermano fue gris, con escasas apariciones públicas, y se fue al retiro, ya anciano, sin la más mínima apertura a las libertades políticas.
Pero no fue un retiro definitivo: ungió en la presidencia a Miguel Díaz-Canel, un hombre desconocido por el pueblo, pero conservó, ajá, el cargo de Jefe Máximo del Partido Comunista de Cuba. Aun así, por primera vez en medio siglo, el nombre del mandatario cubano no llevaba el apellido Castro. Si Díaz-Canel, relativamente joven, sobrevive a los históricos, ya todos octogenarios, es probable que se dé un reajuste generacional del que devendría una transición.
¿Hacia dónde? Imposible saberlo.
La isla vive hace tiempo períodos especiales, con frecuente escasez de productos e interrupción total o a medias de servicios básicos, como el agua y la electricidad. Y ninguna nueva solución a la vista. No es que no haya ideas; lo que no hay es voluntad hacia ningún tipo de cambio. Ni siquiera para consolidar su insostenible dualidad monetaria.
El sector privado (con cerca de medio millón de trabajadores) ha demostrado ser bastante tesonero y eficiente, pero es severamente vigilado y restringido.
En los últimos cinco o seis años la economía ha sufrido imprevistos y duros golpes a causa de la pérdida total o parcial del apoyo de sus aliados tradicionales. Además, el presidente Donald Trump mantiene una durísima línea contra el régimen, y no ha perdido oportunidad para revocar las iniciativas y políticas de su antecesor.
Segunda. Al final de algunas historias aparece un paréntesis con su respectivo número. Esto indica que creí importante actualizar la historia en un documento separado: Actualizaciones 2019.
Vaya un ejemplo. En un texto sobre el Gran Teatro de la Ciudad y el Capitolio escribí en ese momento que ambas sedes estaban cerradas, sin saberse en qué preciso año concluirían las obras de remodelación y la consecuente reapertura. Años después fueron reinaugurados, y en Actualizaciones proporciono los detalles.
Tercera. Varias fotografías ilustran y complementan las historias. No era el propósito original, pero a última hora opté por darles espacio para uso provechoso de mi crecidísimo archivo de imágenes captadas en tantos viajes.
Cuarta. Las historias de este primer volumen las viví entre el 2012 y el 2019. Solo para efectos de claridad o contexto, en algunas narraciones preciso el año exacto en que ocurrieron.
Quinta. Por razones obvias y del todo conocidas, en varias historias uso nombres ficticios o solo un nombre o apellido.
Ahora sí, viajemos por esta isla única, mágica, seductora.
Washington DCDic.2019
La Habana 2012
La Habana: histórica, seductora, semidestruida
La Habana es una ciudad muy bella. Para quienes prefieren ciudades rodeadas de mar, lo debe ser más. Para quienes gustan de las ciudades viejas, contemplarla debe ser una experiencia de recuerdos imborrables. Tiene encanto, carisma, personalidad. Mágica y seductora. Entretenida e interesante. Musical y bulliciosa, sin duda.
En esta ciudad vieja, o más envejecida que vieja, el viajero detendrá su marcha constantemente para disfrutar sus riquezas artísticas, culturales, arquitectónicas.
Es una joya el Gran Teatro de la Ciudad Alicia Alonso. El Malecón, bellísimo. El Paseo del Prado, histórico. El Castillo de los Tres Reyes del Morro, memorioso. La catedral, imponente. El Palacio de los Capitanes Generales, impresionante. La Lonja del Comercio, entretenida. La antigua Cámara de Representantes, soberbia.
Son también admirables muchos edificios emblemáticos, como las dos sedes del Museo Nacional de Bellas Artes, el Palacio de los Matrimonios, los hoteles Sevilla, Inglaterra, Telégrafo, Nacional y Presidente, la Estación Central del Ferrocarriles, el edificio Bacardí, el Museo de la Revolución, ex sede del Palacio Presidencial, el inmueble del fabuloso Mural del Liceo Artístico Literario, y muchos otros sitios que visitaremos en el curso de esas páginas.
La Habana es amplia, abierta, con anchas y atractivas avenidas de reluciente asfalto, e infinidad de callecitas angostas y muy prolongadas, a veces adoquinadas, a veces de tierra y muchas piedritas.
Es una ciudad plana, sin subidas ni bajadas; quizá es la única ciudad del mundo, considerando su población (poco más de dos millones) y su extensión (unos setecientos ochenta kilómetros cuadrados) con sólo tres túneles y un puente. Creo que no hay sino dos o tres glorietas.
No es a la vista de los viajeros una ciudad grande; se le recorre con relativa facilidad en el autobús turístico o en cocotaxis o bicitaxis. También está la opción de subirse a un antiguo y colorido automóvil (vintage) o hacer los recorridos en llamativos carruajes de caballos. La opción más entretenida es hacerlo a pie, sin ninguna prisa, mirando no solo arriba. Hay que mirar a todos los lados.
La Habana está llenísima de detalles y curiosidades que solo el viajero atento y dueño de todo su tiempo irá descubriendo al paso de los días, al paso de andar y desandar las calles, las avenidas.
La capital tiene vecindarios de residencias impresionantes, particularmente en Siboney y Miramar, pertenecientes al municipio Playa, y otro numeroso grupo en el reparto Nuevo Vedado.
Al preguntar a mis cocotaxistas y taxistas si tenían una idea del valor de esos inmuebles, la respuesta era siempre la misma:
“Umm, mucho dinero”.
¿Y quiénes viven en esos palacios y gigantescas casas?
Sus respuestas también coincidían:
“Diplomáticos, militares y políticos de alto rango, ricos extravagantes y personajes de dudosa y secreta vida”.
La Habana 2018
En contraste a esa modernidad que rivaliza con la prosperidad de las capitales de países desarrollados, abundan vecindarios de edificios y casas decrépitos, sórdidos, al borde del colapso, del derrumbe, como si hubieran sido arrasados por un terremoto o un bombardeo; y sus calles y callejas, en ruinoso estado, muchas malolientes, representan un calvario a los transeúntes.
Las zonas más destruidas y olvidadas están, increíblemente, en Habana Vieja, Centro Habana y en varios tramos del célebre Malecón.
Digo increíblemente porque estas tres áreas son arterias turísticas por antonomasia y por donde gravita la cotidianidad habanera.
No sin desaliento el viajero constatará que en las viviendas de los barrios más destruidos no hay ninguna señal de que algún día podrían ser reparadas o remodeladas.
A mí me confunden, además, los miles de inmuebles completamente deshabitados o en el más calamitoso estado, y también sin señales de ninguna atención.
Ciertamente hay varios mega proyectos de remodelación y rehabilitación que están cambiando el rostro de amplias zonas de la ciudad en esta segunda década.
Las dos obras más visibles se ejecutan en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso y en el Capitolio, ambos en el llamado Paseo del Prado. Son proyectos muy costosos, a largo plazo, y nadie sabe con exactitud la fecha de su reapertura.
El Capitolio, por ejemplo, cerró oficialmente en el 2011, pero la obra de reconstrucción se hizo visible hasta el 2013. Según estimaciones del doctor Eusebio Castro Leal Spengler, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, el emblemático edificio podría abrir en el 2016 o 2017, año en que también lo haría el Gran Teatro.
Un tercer mega proyecto rehabilita a gran velocidad un edificio que llevará por nombre Hotel Manzana, en recuerdo de que este inmueble fue sede del primer centro comercial, La Manzana de Gómez, entre las calles San Rafael, Neptuno, Zulueta y Monserrate.
Este millonario proyecto se realiza sin la participación de la Oficina del Historiador.
Otro gran proyecto está renovando —o reanimando, como dice aquella oficina, usando un verbo más acorde con la inmensa tarea— la Avenida del Puerto, desde el tramo del Muelle de Caballería hasta el Centro Cultural Almacenes San José.
Este será transformado en un gran centro cultural y comercial, e incluirá una moderna cervecería con capacidad para tantos como cuatrocientos clientes y en cuyas terrazas los visitantes podrán contemplar la bahía habanera, el Mercado Artesanal San José y la futura Plaza de la Madera.
El turibús en La Habana
Al siguiente día de mi llegada a La Habana me desplacé hacia la Plaza de San Francisco y luego a la de Armas, en la concurrida calle Obispo. Recorrí esta vibrante arteria hasta su otra punta, en la calle Monserrate, a la altura del Parque Central, donde tiene su base el autobús turístico local, llamado turibús.
Ansioso de hacer mi primer recorrido me uní a la fila de pasajeros a horas muy temprana de una mañana del 2012. No me fue difícil observar que entre los veintitantos turistas yo era el único latinoamericano. La gran mayoría eran europeos, y de aspecto oriental, unas seis personas. Todos, al pagar, esperábamos recibir la guía del recorrido y los audífonos. Pero no había nada impreso, salvo el papelito que comprobaba el pago del viaje, con vigencia de un día.
La Habana 2013
El turibús de La Habana es idéntico en color, tamaño y sistema a los que funcionan en muchas ciudades del mundo, como en París, Ciudad de México o Madrid. En su exterior luce tan atractivo como en cualquier otro país, pero en el interior el viajero constatará pronto los estragos del tiempo y la falta de mantenimiento.
El sistema de audio se limitaba a un parlante viejo, a veces con la voz de la guía en el asiento de copiloto o mediante un sistema pre-grabado en inglés y español, lo cual no era de mucha ayuda ni para los pasajeros bilingües pues se cortaban las palabras o, peor aún, algunas frases se tornaban ininteligibles.
No obstante su senectud interior, son vehículos cómodos y económicos, con frecuentes salidas a lo largo de unas nueve horas y paradas en los sitios más relevantes y turísticos de la ciudad. El trayecto dura dos horas.
Conforme la unidad avanzaba por Centro Habana, Habana Vieja, Plaza de la Revolución, Vedado y Miramar, me invadió la sensación, otra vez, de que la ciudad que yo empezaba a recorrer y conocer era linda, limpia y ordenada. Así, desde el piso superior de la turibús ocurrió mi segundo encuentro con la capital. Me encantó. Algo de magia y seducción había en esta histórica ciudad.
La Maqueta de Habana Vieja
Una mañana decembrina llego a la sede que alberga la maqueta del Casco Histórico y alrededores. Está es un bonito edificio de color amarillo, en la calle Mercaderes, justo entre Lamparilla y Obra Pía, en terrenos de Habana Vieja. En el mismo inmueble funciona el Cinematógrafo Lumiére, cuya sala presenta documentales sobre la historia y el devenir de la capital.
Al cruzar la entrada me recibe una atenta empleada en vestido de color azul y blusa blanca. Me recomienda visitar, primero, la librería, cuyo inventario, aunque pequeño, me advierte que saldré con al menos un par de libros y algunas postales de la ciudad antigua.
La librería contiene en su mayoría materiales sobre la historia y la cultura de Cuba, y en ese enfoque no podían faltar las guías turísticas de la ciudad capital.
Ya concluido mi breve recorrido por el vestíbulo, la guía, de nombre Mariela, me pide seguirla camino a la sala donde está la maqueta, pues sabe que mi entrada incluye visita guiada, para lo cual se pagan modestos dos CUC (dos dólares).
Con mucha cortesía me dice que le será de gran placer ser mi guía esta mañana. Le digo que el gusto será de su acompañante, sin mencionarle que me parece un tanto raro ser el único visitante.
Tras descorrer una gruesa cortina de terciopelo y ya con una linterna en una de sus manos, me recomienda caminar con cuidado ya que la sala, relativamente grande, es de escasa luz.
—¿Siempre se mantiene oscura? —pregunto tan pronto pongo un pie en la sala.
—Si no hay visitantes, sí.
Frente a la maqueta mi guía solicita a un técnico en cabina activar todas las luces y el sonido. Me parece que el técnico, un muchacho joven, dormía, no por cansancio sino por inactividad.
Ya iluminada la maqueta me informa que la construyó el artista Orlando Martorell, dándole el toque final en 1998, tras cuatro años de trabajo; que se realizó con materiales de madera, cartón y plástico acrílico, y que tiene una extensión de aproximadamente cuarenta y ocho metros cuadrados en una escala de 1:500.
Un año después el doctor Eusebio Leal Spengler, respetado historiador de la ciudad, inauguró la majestuosa obra, la misma que ahora tenía frente a mis ojos.
—Veremos la ciudad al amanecer, al atardecer y al anochecer —dice emocionada mi guía, como si ella jamás hubiera visto la maqueta—. Y cada momento del día tiene su propia ambientación.
—No puedo estar más impaciente —le digo, seguro de que veré un retrato de la ciudad que ya había recorrido muchos días y noches, y al menos una madrugada.
La sala empieza a iluminarse con un juego de luces de muchos colores y se hace audible una agradable música. Pronto contemplo gran parte de la ciudad en sus tres momentos, todos ellos muy bien reflejados: la claridad de la mañana, llena de nubes, con los murmullos del mar y el vaivén de los barcos en su bahía; la tarde, tarde verde, bella tarde, con su puesta de sol, y la noche, la bullanguera noche, iluminada con luces ámbar y música de orquesta.
La Habana 2012
Con su linterna de luz roja mi guía prosigue sus explicaciones. Aquí, el edificio Bacardí, de estilo art-déco, conocido por su altura y famoso murciélago. Allá, el edificio de telecomunicaciones, con su bella torre del color de la guayaba. Más allá, el Teatro de la Ciudad, el Capitolio, el Paseo del Prado y el Hotel Sevilla. Por aquella avenida la famosa Fábrica de Tabacos Partagás, casi a un lado del Museo de Trenes Antiguos. Y cruzando la bahía, hacía el este, el municipio Regla.
—Por cierto, ¿ya visitaste Regla? —pregunta, intempestivamente.
—Caminé por el Muelle de la Luz y ahí supe de la lanchita que lleva a ese pueblo —le respondo—. Y ese pasaje lo estoy viendo ahora mismo, tal cual es en la realidad.
