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Quince años despues del inicio de la guerra de Afganistán, el nombre de Pat Tillman todavía se recuerda como símbolo del gran sacrificio que Estados Unidos pidió a toda una generación en la que ya es la misión militar más larga de su historia. Tillman había renunciado a un contrato millonario con la Liga de Fútbol Americano (NFL) para alistarse en el Ejército, tras el fuerte impacto que tuvieron sobre él los atentados del 11 de septiembre de 2001. Pero dos años más tarde fue abatido en una misión en el sureste de Afganistán, y la Casa Blanca y el Pentágono emplearon su sacrificio para ennoblecer la guerra y sus motivos. Sin embargo, pronto se descubriría que a Tillman no lo mataron los talibanes, sino el "fuego amigo", y que el Ejército conspiró para ocultar esas circunstancias. A través de los diarios y cartas de Tillman, entrevistas con su esposa y amigos, conversaciones con los soldados que sirvieron junto a él y una amplia investigación, Krakauer expone los acontecimientos y acciones que llevaron a su muerte. Tillman era ateo, recelaba de Bush y vivió como un calvario personal su primera misión en Iraq. Como muchos estadounidenses, veía aquella guerra innecesaria, un capricho de la administración Bush. Se negó a dar entrevistas y no quería ser representante de ninguna generación, sólo quería luchar por su patria, como uno más.
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Seitenzahl: 749
Veröffentlichungsjahr: 2016
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DONDE LOS HOMBRES ALCANZAN TODA GLORIA
Jon Krakauer
Introducción de Jacobo Ribero
Título original: Where Men Win Glory: The Odyssey of Pat Tillman (2010)
© Del libro: Jon Krakauer
© De la introducción: Jacobo Rivero
© De la traducción: Enrique Maldonado
Edición en ebook: marzo de 2016
© De esta edición:
Capitán Swing Libros, S.L.
Rafael Finat 58, 2º4 - 28044 Madrid
Tlf: 630 022 531
www.capitanswinglibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-945311-1-8
© Diseño gráfico: Filo Estudio www.filoestudio.com
Corrección ortotipográfica: Carlos Vidania
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico www.caurina.com
Queda prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
«Dime quién eres tú entre
los hombres, valiente guerrero;
no te he visto en la lucha,
que es donde los hombres alcanzan
toda gloria; mas ahora eres tú
quien la alcanza entre todos.»
Homero,
Ilíada1
1 La traducción corresponde a la realizada en verso por Fernando Gutiérrez para Planeta.
Jon Krakauer. Brookline
(EE.UU.), 1954.
Periodista, escritor y montañero estadounidense, Krakauer es especialmente reconocido por sus libros sobre alpinismo, aunque ha colaborado también con distintos medios como Playboy, National Geographic o Rolling Stone. Nació en Brookline (Massachusetts), pero creció en Corvallis (Oregón) desde los dos años. Krakauer, tercero de cinco hermanos, se graduó en 1972 y cuatro años después obtenía su título en estudios medioambientales en el Hampshire College (Massachusetts).
En 1974 formó parte de un grupo de siete amigos que escalaron el Arrigetch Peaks del Brooks Range (Alaska) y fue invitado por la American Alpine Journal para escribir acerca de sus experiencias en la montaña. En 1977, conoció a la escaladora Linda Mariam Moore, con quien se casaría tres años después. Ya en 1996, Krakauer partió hacia el Himalaya para escribir un reportaje sobre la creciente explotación comercial del Everest. Quería analizar los motivos por los que tanta gente está dispuesta a afrontar riesgos antes reservados a alpinistas profesionales, el resultado fue uno de sus libros más notables: Mal de altura (1997). Su bestseller Hacia rutas salvajes (1996) le creó una buena reputación como escritor de aventuras. Cuenta la historia de Christopher McCandless, un joven estadounidense que, tras graduarse en la universidad, donó su dinero a obras de caridad y se embarcó en un viaje por el oeste americano hasta que, dos años después, fue encontrado muerto en Alaska.
Contenido
Portadilla
Créditos
Cita
Autor
Dramatis Personae
INTRODUCCIÓN
DONDE LOS HOMBRES ALCANZAN TODA GLORIA
PREFACIO
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
01
02
03
04
05
06
07
08
09
10
11
12
13
14
15
16
17
SEGUNDA PARTE
18
19
20
21
22
23
24
25
26
TERCERA PARTE
27
28
29
30
31
CUARTA PARTE
32
33
34
35
QUINTA PARTE
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
FUENTES
Dramatis Personae
22 de abril de 2004
Convoy de Magara a Mana, distrito de Spera,
provincia de Jost (Afganistán).
2.ª Sección, Compañía Alfa, 2.º Batallón,
75.º Regimiento Ranger.
GRUPO UNO
Vehículo 1: Humvee (GMV) con lanzagranadas Mk 19 montado en la torreta.
Teniente David Uthlaut, jefe de la sección, asiento delantero derecho.
Sargento Matt Weeks, jefe del 3er Pelotón, conductor.
Cabo primero Ryan Mansfield, lanzagranadas en la torreta.
Cabo primero Jade Lane, operador de radio, asiento central derecho.
Cabo primero Donald Lee, observador avanzado, asiento central izquierdo.
Cabo Bryan O’Neal, fusil de asalto M4, asiento trasero.
Cabo primero Mark, cañón de .84 mm Carl Gustav, asiento trasero izquierdo.
Cabo primero Jay Lamell, tirador auxiliar, asiento trasero derecho.
Vehículo 2: Toyota Hilux King Cab.
Cabo primero Brandon Farmer, mecánico, conductor.
Cabo primero Kilpatrick, fusil de asalto M4, asiento delantero derecho.
Cabo primero Pat Tillman, jefe en funciones de escuadra, ametralladora ligera M249, asiento trasero izquierdo.
Vehículo 3: Humvee blindado sin armas montadas en la torreta.
Cabo mayor Mel Ward, jefe de escuadra, conductor.
Cabo primero Will Aker, fusil de asalto M4, asiento delantero derecho.
Cabo primero John Tafoya, asiento trasero derecho.
Cabo primero Douglas Ping, asiento trasero izquierdo.
Vehículo 4: Toyota Hilux King Cab.
Cabo mayor Bradley Shepherd, jefe de escuadra, conductor.
Cabo primero Russell Baer, ametralladora ligera M249, asiento delantero derecho.
Cabo Josey Boatright, asiento trasero.
Cabo primero Jean-Claude Suhl, ametralladora 240 Bravo.
Cabo primero Alvin Fudge, observador avanzado.
Vehículo 5: Toyota Hilux King Cab.
Sayed Farhad, soldado de las Milicias Armadas Afganas.
Tres soldados de las Milicias Armadas Afganas
(nombres desconocidos).
Vehículo 6: Toyota Hilux King Cab.
Tres soldados de las Milicias Armadas Afganas
(nombres desconocidos).
GRUPO DOS
Vehículo 1: Camión afgano jinga que remolca un Humvee inoperativo.
Conductor afgano (nombre desconocido).
Jamal, intérprete afgano.
Sargento primero Jeffrey Jackson, jefe del 2.º Pelotón.
Sargento Jonathan Owens, jefe de pelotón fusilero.
Vehículo 2: Humvee (GMV) con ametralladora M2 del calibre .50 en la torreta y ametralladora M240B en el flanco derecho.
Sargento Greg Baker, jefe del 1er pelotón, asiento delantero derecho.
Cabo mayor Kellett Sayre, fusil de asalto M4, conductor.
Cabo primero Stephen Ashpole, ametralladora en torreta.
Cabo primero Chad Johnson, fusil de asalto y lanzagranadas M4/203, asiento central derecho.
Cabo primero Trevor Alders, ametralladora ligera M249, asiento central izquierdo.
Cabo primero Steve Elliott, ametralladora 240 Bravo, asiento trasero derecho.
Cabo James Roberts, fusil de asalto y lanzagranadas M4/203,
asiento trasero izquierdo.
Wallid, intérprete afgano, asiento trasero.
Vehículo 3: Humvee de carga.
Cabo primero Stephen McLendon, conductor.
Sargento primero Steven Walter, sargento de morteros de la sección, asiento delantero derecho.
Cabo primero Miltiades Harrison Houpis, francotirador, asiento trasero izquierdo.
Cabo primero Josh Reeves, francotirador, asiento trasero derecho.
Vehículo 4: Humvee de carga.
Cabo mayor Brad Jacobson, servidor de morteros, conductor.
Brigada John Horney, asiento delantero derecho.
Subteniente Alfred Birch, segundo al mando de la sección, asiento trasero derecho.
Cabo primero Dunabach, asiento trasero izquierdo.
Vehículo 5: Humvee (GMV) con lanzagranadas Mk 19 montado en la torreta.
Cabo mayor Jason Parsons, jefe de escuadra, conductor.
Sargento primero Eric Godec, sargento de sección, asiento delantero derecho.
Cabo primero Kevin Tillman, lanzagranadas en torreta.
Cabo primero Pedro Arreola, asiento central derecho.
Cabo Kyle Jones, asiento central izquierdo.
Cabo mayor Jason Bailey, asiento posterior.
Cabo Marc Denton, asiento posterior.
Cabo primero James Anderson, responsable médico,
asiento posterior.
INTRODUCCIÓN
Jacobo Rivero
El fútbol americano es una competición en la que juegan once contra once, la suerte decide cuál es el equipo que comienza el encuentro atacando y cuál defendiendo. La primera jugada de los atacantes se inicia con un kickoff: una patada al balón para alejarlo lo más posible de la zona de anotación del equipo ofensivo. El fútbol americano es un deporte de contacto que requiere de mucha preparación física y disciplina táctica. En Estados Unidos la liga profesional, la NFL (National Football League), es el deporte que más dinero mueve y más aficionados convoca frente a los televisores, según una encuesta que realizó el canal deportivo ESPN es la competición deportiva más popular del país.1 Pat Tillman, protagonista del libro, era un exitoso jugador profesional de fútbol americano. En cierto sentido respondía al estereotipo de deportista brillante que alcanza todas las metas que se propone con una fe en sí mismo alimentada por la egolatría y un espíritu de superación constante. Desde la escuela, Tillman era un chico introvertido y singular. No se tragaba lo que le decían si no iba acompañado de una explicación basada en argumentos y razones. En fútbol americano cada jugador tiene una posición en el campo. Tillman jugó en la línea defensiva de los linebackers durante su etapa en la Universidad, una especie de segunda línea de contención, y como strong safety en la NFL, una especie de verso suelto en la tercera línea de defensa, una posición que requiere de mucha agilidad mental, buena forma física y reflejos para adivinar los movimientos del equipo atacante. Básicamente su puesto consistía en bloquear las arremetidas de algún jugador contrario; una lógica que también aplicaba a sus asuntos personales y a su forma de ver el mundo. Tillman no creía en el más allá, sino únicamente en lo que ocurría a ras de suelo, si miraba al cielo era para reflexionar sobre sus propias circunstancias.
Del cielo vino un cambio importante en su vida. El 11 de septiembre de 2001 diecinueve miembros de la red Al Qaeda, según distintas informaciones, organizaron una serie de atentados aéreos consecutivos en Estados Unidos que prácticamente nadie preveía. Cuando el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte de las Torres Gemelas, la cara de sorpresa y espanto de muchos ciudadanos de Nueva York fue mayúscula. Cuando pocos minutos después el vuelo 175 de United Airlines chocó contra la Torre Sur, la impresión de desolación y terror fue descomunal. Un tercer avión fue secuestrado para impactar contra el Pentágono en Virginia y un cuarto se estrelló en Pensilvania sin lograr su objetivo, presumiblemente el Capitolio en Washington D.C. En los atentados murieron cerca de 3.000 personas y alrededor de 6.000 resultaron heridas. La onda expansiva llegó a todos los rincones del planeta. La sensación de entrar en una nueva fase de la política internacional fue inmediata. Los ataques pillaron a pie cambiado al entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que andaba en el momento de los atentados de visita en una escuela infantil con alumnos afroamericanos. Este reaccionó ante las cámaras de manera parca y titubeante sin moverse de su silla frente al encerado. Pocas horas después comenzaría a prepararse la respuesta, la llamada «guerra contra el terrorismo», y el 80% de los estadounidenses apoyaron la acción de su presidente. La llamada a la batalla se extendió por todo el país, desde los cuarteles y los platós de televisión a los campos de fútbol americano. La primera parada de la siniestra sintonía bélica que comenzó a partir de entonces fue Afganistán, donde según el Gobierno estadounidense se encontraba Bin Laden, líder de Al Qaeda, protegido por el Gobierno de los talibanes e ideólogo de los ataques contra las Torres Gemelas.
Esa temporada Pat Tillman jugaba en los Cardinals de Arizona. Era un deportista de prestigio y tenía por delante un prometedor futuro personal y profesional. El primer domingo de octubre de 2001, cuando su equipo iba a jugar contra los Eagles de Filadelfia en el Veterans Stadium, el encuentro se retrasó unos minutos para conectar por videomarcador con un mensaje del presidente Bush a la nación desde la Casa Blanca en el que se anunciaba el inicio de la ofensiva militar. Con tono solemne, Bush hizo una apelación al destino del país, para añadir en un momento de su comparecencia: «Defendemos no solo nuestras preciadas libertades, sino también la libertad de personas en todo el mundo para vivir y educar a sus hijos ajenos al miedo». Sin embargo, la bendiciónpresidencial de entonces abría una etapa que todavía hoy mantiene un reguero interminable de sangre, pánico y desolación en buena parte del mundo, especialmente en Oriente Medio. Ese día, Tillman comenzó a plantearse su compromiso con el «sacrificio» que el presidente demandaba al país. La atmósfera general en Estados Unidos fue descrita de forma crítica por la escritora, ensayista y cineasta Susan Sontag en una columna publicada en el periódico francés Le Monde el 18 de septiembre de 2011: «Los responsables norteamericanos y quienes aspiran a serlo nos han demostrado que consideran su trabajo como una manipulación: consiste en dar confianza y administrar el dolor. La política, la política de una democracia —lo que conlleva desacuerdos y fomenta la sinceridad— fue remplazada por la psicoterapia. Suframos juntos, pero no seamos estúpidos juntos. Un poco de conciencia histórica puede ayudarnos a comprender qué fue exactamente lo que ocurrió, y qué puede seguir ocurriendo». En el mismo artículo Sontag señalaba «el abismo» entre «lo que pasó y lo que debemos comprender».
Precisamente, en Donde los hombres alcanzan toda gloria, el periodista Jon Krakauer relata ese «abismo» que se abrió al hilo de la historia de Pat Tillman y su decisión de abandonar la fama deportiva para unirse voluntariamente a los rangers del ejército de Estados Unidos y marchar a la primera línea de fuego del campo de batalla. En paralelo a la historia de un joven estadounidense que siente la llamada de la bandera, y sus peculiaridades personales, Krakauer cuenta la historia reciente de Afganistán y los prolegómenos de una guerra y unas circunstancias que, al contrario de la impresión que produjo para muchos ciudadanos el 11-S, sí era previsible por la política de Estados Unidos en ese país desde la década de los ochenta. Primero nutriendo de toneladas de armamento a los muyahidines que luchaban contra la invasión soviética del país, luego desatendiendo los avisos que anunciaban un previsible ataque terrorista contra el país por parte de elementos vinculados a la red de Bin Laden y otros antiguos socios de la CIA de la época de la Guerra Fría y el todo vale en la confrontación de bloques. Afganistán fue una de las víctimas desde la década de los setenta del juego de ajedrez de la política internacional decidida en salas de misiles, conexión por teléfonos rojos y mapas geopolíticos confeccionados en el Kremlin y la Casa Blanca. La cartografía, del Este hacia el Oeste, incluía paisajes con círculos especialmente marcados alrededor de América Latina o el sudeste asiático, pero el tablero donde se dilucidaba el enfrentamiento era global. De la resaca posterior a la etapa comunista del país pastún y la salida del Ejército soviético en 1989, quedó una suerte de Estado fallido, dividido entre distintos grupos de combatientes de corte mafioso y señores de la guerra con toneladas de munición que chantajeaban a los ciudadanos en pequeños reinos armados hasta los dientes enfrentados entre sí. En ese contexto, fue en el que los talibanes desembarcaron con notable éxito, aplicando el terror con voluntad unificadora y apelando a la unidad de destino teológico. Un movimiento que no fue mal visto en un primer momento por las democracias occidentales, ya que las huestes del mulá Omar parecían en un principio garantizar la inversión en un país con notables riquezas naturales y posibilidades de transporte del gas desde las repúblicas exsoviéticas hacia distintos destinos. Poco importaba que los talibanes tuvieran como credo un fervor religioso que incluía el enclaustramiento y la represión de las mujeres, la prohibición de películas o grabaciones musicales, la condena a todo tipo de expresión artística..., incluso la penalización de jugar a las canicas o volar cometas. Los talibanes aparecieron en un principio como una solución al caos para la administración de Bill Clinton, los hombres de negocios y los traficantes de opio, pero más tarde fue parte de un problema que habían alimentado los servicios de inteligencia estadounidenses con evidente desatino. El antiguo aliado derivó en feroz combatiente gracias a la implosión de un territorio antaño muy diferente al actual, como también se cuenta en el libro de Jon Krakauer sobre la vida y muerte de Pat Tillman.
Jon Krakauer no es un periodista cualquiera. Conocido por sus relatos sobre montañismo y sus colaboraciones en distintos medios estadounidenses desde mediados de la década de los setenta, es autor de varios best sellers. El libro Into the Wild (Hacia rutas salvajes en España), publicado en 1996, en el que narra la historia real de Christopher McCandless, un joven que tras graduarse en la universidad recorre el país hasta llegar a Alaska, donde murió de inanición, y cuya historia fue llevada al cine bajo la dirección de Sean Penn en 2007, lo catapultó a la fama; un éxito editorial que un año después repetiría con mayor fuerza al publicar Into Thin Air (Mal de altura en nuestro país), en el que narraba la experiencia de un grupo de alpinistas que suben el Everest, en la que él mismo participó, que terminó con la muerte de doce personas tras numerosos fallos de todo tipo. El libro es también una denuncia de la comercialización y falta de preparación de este tipo de viajes. Into Thin Air logró el primer puesto entre los best sellers de no ficción en The New York Times, estuvo entre las tres obras finalistas en la categoría de no ficción del Premio Pulitzer de 1998, y con él, Krakauer obtuvo el Premio de Literatura de 1999 de la Academia Norteamericana de Arte y Letras. También tuvo una versión en cine de la mano del director Robert Markowitz. Su tercer gran éxito en ventas fue Under the Banner of Heaven, publicado en 2003, en el que desarrollaba aspectos de los grupos religiosos «radicales», particularmente los mormones, un grupo con una fuerte presencia en la vida política y religiosa de Estados Unidos. Con Donde los hombres alcanzan toda gloria, publicado por primera vez en 2009, Jon Krakauer continuaba con las historias centradas en personajes de personalidad compleja, entornos agresivos y circunstancias vitales dramáticas.
Pat Tillman no es una excepción en la línea de Krakauer de mostrar protagonistas especiales. Tillman escribió un diario en el que fue describiendo desde muy joven una serie de reflexiones que mezclaban ingenuidad, cierto grado de soledad y un extraño sentimiento de reivindicación permanente. Elementos muy presentes cuando decide unirse al ejército tras el 11-S y vivir la vida en los cuarteles desde dentro. Cuando se alistó con su hermano Kevin en los rangers, la desconfianza no desapareció de su ideario, al contrario, se fue alimentando por una lógica militar que cada vez le parecía menos fundada y más endeble, especialmente por la poca confianza que le generaba el «comandante en jefe» George W. Bush: «Mi esperanza es que las decisiones se estén tomando con la misma buena fe que Kevin y yo esperamos mostrar […]. Espero que esta guerra sea más que petróleo, dinero y poder. […] Pero dudo que sea así», señalaba en uno de sus textos poco antes de partir hacia su primer destino en Iraq. Tillman renunció a un contrato millonario en la NFL para servir a su país, algo que aprovechó la propaganda gubernamental estadounidense para proyectar una imagen de superhéroe americano al servicio de los intereses patrióticos del momento, una suerte de producto de marketing de propaganda militar perfecto del que Pat Tillman se negó a participar buscando un anonimato imposible. Su decisión saltó a la prensa, acaparó titulares y se mostró en pantallas de televisión: Pat Tillman era la encarnación del ídolo americano comprometido con su país y la suerte que había decidido un presidente al que se le atragantaban las galletas. Era la encarnación de la lucha del bien contra el mal, del deportista que renuncia a un contrato millonario para atrapar al supervillano Bin Laden y vengarse en nombre de las barras y estrellas de lo que había hecho el líder yihadista. La combinación era perfecta como ejemplo de compromiso desde el que vender a la opinión pública la Operación Libertad Duradera, nombre con el que se conoció el inicio de la ofensiva militar en Afganistán el 7 de octubre de 2001. Atraído por el lema Rangers lead the way! («los Rangers abren camino»), Tillman se alistó en un cuerpo del ejército que, más allá de eslóganes, tenía una composición mayoritaria de chavales psicológicamente endebles, y el exjugador dudaba de que tuvieran suficiente preparación como para portar armas.
En ese contexto de inseguridades hacia el mando y la tropa, Pat Tillman murió el 22 de abril de 2004 en la provincia de Jost en Afganistán. Como ocurrió con su incorporación al ejército, su fallecimiento se vendió como un ejemplo de entrega. Pero la versión oficial cocinada desde la Casa Blanca y el Pentágono no coincidía con la versión original de lo ocurrido en el terreno. La noticia de su muerte se vendió como una acción heroica en combate luchando contra el enemigo, pero no fue así. Salir de un vestuario para meterse de lleno en la guerra no es habitual, pero sí poner en conexión manipulación gubernamental con operaciones militares. Ocurre desde que existen las guerras. Al establishment le gustan las historias de los campeones que se abrazan con ellos delante de las cámaras, que posan con el trofeo de campeón y ofrecen la mejor de sus sonrisas al recibir las medallas. Cuando esto ocurre la ecuación es perfecta y la fotografía se enmarca. Por el contrario, cuando los deportistas expresan voces disonantes con el poder, el deportista pasa a ser molesto, incómodo y se le señala como un elemento extraño. Si la banda sonora va acompañada de himnos, banderas y condecoraciones, mejor que mejor. Fue el presidente Franklin Delano Roosevelt el que impuso que sonara el himno de Estados Unidos antes de todos y cada uno de los acontecimientos deportivos que se celebraran en el país, desde torneos escolares hasta competiciones profesionales. Ocurrió en el marco de la campaña patriótica interna que acompañó a la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial. Una decisión que, por cierto, algunos deportistas han puesto en conflicto en algunas ocasiones. La más famosa fue el saludo en el podio con el puño cerrado enfundado en un guante negro y con la cabeza baja de Tommie Smith y John Carlos en los Juegos Olímpicos de México 1968, como reivindicación del black power y las luchas por los derechos civiles.
El libro de Jon Krakauer no es un alegato antimilitarista, antibélico o pacifista —esa reflexión queda para el lector—, sino la historia de un muchacho blanco que nació en Fremont, en la orilla este de la bahía de San Francisco, lució larga cabellera, logró ser un jugador de prestigio en la NFL, estaba felizmente casado, y que marchó a la guerra henchido de voluntad pero nunca regresó. El problema fue que las causas de su muerte, como las causas de la guerra en la que participó, fueron tergiversadas y manipuladas. La «libertad de personas en todo el mundo para vivir y educar a sus hijos ajenos al miedo» de la que habló George W. Bush en su mensaje a la nación fue el principio de una catarata de mentiras y operaciones militares devastadoras, el efecto producido fue radicalmente contrario al expresado y precisamente el miedo se apoderó de miles de víctimas inocentes que vivían muy lejos de Nueva York o Fremont tras el 11 de septiembre de 2001. Ahora esa distancia no está tan clara, muchas ciudades están más cerca que antes, también en sufrimiento, y a las costas de Europa llegan en mareas miles de damnificados, y otros miles mueren en el intento. Parece lógico, en el terreno la realidad solo invita a huir: en el momento de escribir esta introducción, las víctimas civiles en Afganistán en el primer semestre de 2015 fueron 4.921, de las cuales 1.592 han perdido la vida y 3.329 han resultado heridas, un incremento del 60% respecto al mismo periodo del año anterior, según datos de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en el país asiático. Hubo además un aumento del 23% de víctimas mujeres y un 13% de niños. Hace unos días, en una fotografía de un campo de inmigrantes acampados en Calais a la espera de poder cruzar el Canal de la Mancha para alcanzar las costas del Reino Unido, se veía una pintada de trazo infantil en la puerta de una tienda de campaña para familias de refugiados: Afganistan: No more war in my country. Acompañaba la frase un dibujo en forma de garabato de un avión lanzando bombas que parecían lágrimas. En algunos países llevan años en los que desde el cielo solo llega muerte y dolor.
El siguiente objetivo de la campaña militar estadounidense tras el 11-S fue Iraq. Lo ocurrido allí fue el paradigma de los despropósitos que se produjeron con el inicio del siglo xxi a nivel mundial. El 20 de marzo de 2003 comenzaría la segunda etapa de lo que algunos movimientos sociales contrarios a la política de la administración estadounidense y sus aliados llamaron en su momento «guerra global permanente», un escenario en el todavía hoy, quince años después de los atentados en Nueva York, habitamos. La guerra de Iraq fue producto de una serie de mentiras, con las fantasmagóricas armas de destrucción masiva que decían estaban en poder de Sadam Husein y que nunca aparecieron. Con la excusa de una urgente intervención militar que ocultaba intereses económicos, se inició una etapa de éxodos y catástrofes humanitarias que llega hasta nuestros días en forma de domino en la región: Iraq, Siria, Libia... Los desmanes y las torturas por parte de los soldados estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib o la vergonzosa existencia de la cárcel militar de Guantánamo, donde los presos no tienen los mínimos derechos humanos, son un ejemplo de hasta dónde llegó la ignominia de la lógica aplicada por la administración Bush y más tarde, con otra forma pero parecido fondo, por la administración de Barack Obama.
En el libro de Krakauer se ponen nombres y apellidos a los causantes de un error mayúsculo e intencionado que ha dinamitado la convivencia en muchos países. Se muestra también, con conocimiento de causa, la chapuza de una estrategia militar que aunque sofisticada en tecnología se demuestra tremendamente inoperante en territorios hostiles. Producto de esa ineficacia y falta de preparación fue la muerte por «fuego amigo» de Pat Tillman. Los responsables de la mentira global y particular fueron George W. Bush, el vicepresidente Dick Cheney, el que fuera secretario de Defensa Donald Rumsfeld y los generales John Abizaid y Stanley A. McChrystal. Este último fue comandante en jefe de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en Afganistán, así como comandante en jefe del contingente militar propio de Estados Unidos en Afganistán. Todavía hoy el caso Tillman es un asunto controvertido en Estados Unidos. En abril de 2014, uno de los periodistas deportivos estadounidenses más interesantes, Dave Zirin, escribía desde las páginas de la revista The Nation un artículo sobre las circunstancias de la muerte del exjugador de fútbol americano que resumía con acierto la sensación que quedó tras su muerte y la posterior manipulación de los hechos: «Esto no es solo una tragedia para la familia Tillman; es una tragedia para cualquier persona que piensa que el Gobierno no debe estar por encima de la ley».2 De eso trata el libro de Jon Krakauer, con independencia de lo ocurrido al exjugador de fútbol americano, de sus circunstancias personales e incluso de su muerte. Lo que se pone encima de la mesa es cómo un Gobierno se cree por encima de la ley y escribe la narrativa de los muertos por culpa de sus decisiones. También Elliot Ackerman recordaba a Tillman y lo que suponía el «fuego amigo» en un artículo publicado en The New Yorker en mayo de 2014, tras la muerte de cinco soldados estadounidenses en la provincia de Zabul, también en Afganistán.3
Aunque desde distintos lugares y circunstancias, el caso de Pat Tillman recuerda en cierto sentido a la pregunta que hacía el veterano de la guerra del Vietnam Ron Kovic cuando se manifestaba contra la guerra junto a un grupo de excombatientes que renegaban de su sacrificio bélico ante la Casa Blanca tras regresar del sudeste asiático: «¿Para qué colección de trofeos es todo esto, señor presidente?». Kovic nació un 4 de julio, también fue voluntario a una guerra lejana, de contexto ajeno y circunstancias extrañas. El aullido de dolor en la noche que murió Pat Tillman en Afganistán tampoco es muy diferente al aullido del poeta Allen Ginsberg, claro que el suyo era a finales de la década de los cincuenta, estaba producido por los efectos del peyote y apelaba a una sinergia generacional de liberación. Pero el eco de los gritos tiene un lugar común en distintas generaciones y tiempos: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿en beneficio de quién? En la película de Oliver Stone Un domingo cualquiera (Any Given Sunday, 1999), el actor Al Pacino interpreta al entrenador de fútbol americano Tony D’Amato. El equipo que se presenta en el filme, los Miami Sharks, y el propio D’Amato pasan numerosos apuros deportivos y personales. Una vez que logran clasificarse para los playoffs, reunidos en el vestuario el staff técnico y los jugadores, Tony D’Amato suelta una arenga habitualmente utilizada en muchos grupos deportivos como exaltación de la unidad de destino antes de un partido. El tono del entrenador va envolviendo la atmósfera de un vestuario donde se mastica la tensión cuando un brillante Pacino señala: «La vida es cuestión de pulgadas. Así es el fútbol, porque, en cada juego, la vida o el fútbol, el margen de error es muy pequeño. Medio segundo más lento o más rápido y no llegas a pasarla. Medio segundo más lento o más rápido y no llegas a cogerla. Las pulgadas que necesitamos están a nuestro alrededor. Están en cada momento del juego, en cada minuto, en cada segundo. En este equipo luchamos por este terreno. En este equipo nos dejamos nosotros, y cada uno de los demás, por esa pulgada que se gana. Porque cuando sumamos una tras otra…, porque sabemos que si sumamos esas pulgadas, eso es lo que va a marcar la puta diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir». A Pat Tillman le dispararon sin que esperara ser derribado por sus propios compañeros. Igual que a otros les cayeron bombas lanzadas por sus propios vecinos mientras atravesaban Nasiriya en Iraq con ojos como platos y sonrisa inerme ante paisajes, pueblos y gentes distintas. Lo que no quisieron entender la administración estadounidense y los militares que dirigieron las invasiones de Iraq o Afganistán es que la pulgada por la que pelea la madre de Pat Tillman desde la muerte de su hijo es por la justicia y la verdad. Jon Krakauer nos sirve a los lectores una historia americana basada en hechos reales al cien por ciento. Un relato periodístico con un estilo narrativo propio, donde hay paja y trigo. Los dos elementos son interesantes para entender la fotografía del desequilibrio que vivimos en estos tiempos, donde millones de personas en todo el mundo han perdido el horizonte de justicia, mucho más cuando parece que del cielo solo llegan oscuras profecías. Un asunto, la justicia, que no debería depender de dónde está situado el campo de juego ni de la suerte de ver quién hace el kickoff. Veremos en qué termina todo esto, por lo pronto el «fuego amigo» y el «fuego enemigo» siguen marcando el tiempo del partido y Pat Tillman fue una de sus víctimas.
1 http://espndeportes.espn.go.com/news/story?id=1892328&s=ame&type=story
2 http://www.thenation.com/article/ten-years-later-questions-still-surroundpat-tillmans-death/
3 http://www.newyorker.com/news/news-desk/the-wounds-caused-by-friendlyfire
PREFACIO
A la edición de Anchor Books
Esta edición sustancialmente revisada de Donde los hombres alcanzan toda gloria incluye nuevo material que muestra la tragedia de Pat Tillman con mayor precisión y admite pocas dudas sobre quién dirigió la campaña de encubrimiento de su muerte por fuego amigo.
Para dotar de perspectiva a estos nuevos datos puede ser de utilidad cierto contexto. Entregué el manuscrito de la primera edición del libro en febrero de 2009, cuando apenas habían transcurrido algunas semanas desde que Barack Obama accediera a la presidencia. Poco después se envió el texto a imprenta y, demasiado tarde para realizar cambios, supe de nuevos detalles de relevancia sobre la campaña del Ejército para ocultar la causa de la muerte de Tillman a su familia y a la ciudadanía estadounidense. Tras la publicación de la primera edición, en septiembre de 2009, descubrí pruebas adicionales de las falsedades defendidas por oficiales de alto rango del Ejército de Tierra. Algunos de estos datos no presentados con antelación salieron a la luz a través de varias solicitudes por medio de la Freedom of Information Act(Ley de Acceso a la Información); otras piezas del rompecabezas se divulgaron involuntariamente cuando el general Stanley McChrystal se vio obligado a testificar en el Senado ante la Comisión de las Fuerzas Armadas en junio de 2009, debido a su nombramiento por parte de Barack Obama para dirigir los ejércitos de la OTAN y de Estados Unidos en Afganistán.
Consideradas en su conjunto, la inmoralidad de las actuaciones descritas en las siguientes páginas es profundamente perturbadora, en gran medida porque uno de los principales responsables resulta ser un celebrado líder militar a quien se ha protegido de toda responsabilidad durante los últimos seis años.
Jon Krakauer, abril de 2010.
PRÓLOGO
Si David Uthlaut continuaba enojado cuando el convoy finalmente salió de Magara (Afganistán), el joven teniente mantuvo sus sentimientos ocultos a los cuarenta y cuatro rangers bajo su mando. Tenía sin duda motivos para estar enfadado. Durante las seis horas anteriores, su sección había permanecido detenida en pleno territorio talibán mientras él discutía con el cuartel general qué hacer con un Humvee4 averiado. Concluido el debate, Uthlaut resultó perdedor en la discusión y recibió órdenes de realizar una serie de operaciones problemáticas antes de la caída del sol, si bien apenas restaba tiempo suficiente para cumplir con los plazos establecidos sin asumir riesgos.
Era un 22 de abril de 2004. Durante ocho días consecutivos, Uthlaut y sus hombres habían peinado el descarnado entorno rural de la provincia de Jost a la búsqueda de insurgentes talibanes. Los rangers habían dormido sobre el barro, empapados por una lluvia heladora, tras escalar y descender imponentes laderas sin una alimentación adecuada. En un determinado momento, se sentían tan hambrientos que uno de los miembros de la sección había terminado por escarbar en un contenedor de basura a la búsqueda de algún resto que llevarse a la boca. Pero ninguna de estas dificultades había impedido que los rangers, la unidad de élite de Operaciones Especiales, cumpliera con su misión.
Sin embargo, a las 11:30 de aquella mañana el retorcido terreno sacudió un golpe final a uno de los once vehículos de la sección, lo que obligó a los rangers a detenerse en Magara, una destartalada aldea bajo dominio talibán. Las dos rótulas de dirección del Humvee estaban rotas, lo que dejaba las dos ruedas delanteras oscilando sin control en direcciones opuestas. Una vez que el mecánico de la sección sentenció que reparar la avería sobre el terreno era imposible, Uthlaut estableció contacto por radio con el cuartel general para solicitar que enviaran un helicóptero al que enganchar el todoterreno para transportarlo por aire de regreso a su base, una operación considerada rutinaria para un CH-47 Chinook: un gigante a reacción con rotores en tándem que trae a la imaginación a un inmenso insecto de titanio.
Con antelación, aquel mismo día, los rangers habían divisado ese mismo tipo de helicópteros avanzando lenta aunque resueltamente en el cielo, pero el cuartel general transmitió a Uthlaut que no habría disponible ningún helicóptero que pudiera rescatar el mermado Humvee en al menos noventa y seis horas.
Descartada la operación de salvamento, uno de los miembros de la sección sugirió que, sencillamente, retiraran la ametralladora del calibre .50 de la torreta del Humvee, arrancaran las radios, volaran el puñetero trasto con explosivos C-4 para que los talibanes no pudieran recuperarlo y abandonaran los restos en llamas en el mismo lugar donde estaban. Sin embargo, Uthlaut había aprendido en un servicio anterior en Afganistán que destruir un vehículo, incluso un fubar,5 estaba estrictamente prohibido sin la aprobación del coronel al mando del 75.º Regimiento Ranger. Habría que buscar otra solución.
A las 16:00, el cuartel general ofreció una. Uthlaut recibió órdenes de dividir su sección en dos. La mitad de su unidad tendría inmediatamente que comenzar a remolcar el Humvee accidentado hacia la única carretera asfaltada de toda Jost, que se encuentra en un extremo de un alto macizo montañoso. Simultáneamente, la otra mitad de la sección habría de dirigirse hacia una aldea llamada Mana, la cual se encontraba en sentido contrario, a seis kilómetros y medio de Magara y sin carretera que las comunicara. Su objetivo sería concluir la misión del día: inspeccionar todas las construcciones del poblado para localizar armas ocultas. La cadena de mando fue aún más explícita: «mejor que este problema con el vehículo no nos retrase más». El máximo responsable de la sección recibió una reprimenda, debía dejar de perder tiempo y «poner pies sobre el terreno» en Mana antes de que cayera la noche.
La provincia de Jost era la tierra natal de Yalaludin Haqani, un hombre pequeño y escuálido, con gafas de culo de vaso y una barba como un estropajo negro de aluminio que le colgaba hasta el estómago. Aunque su estatura no podía impresionar a nadie, era una leyenda en todo Afganistán por su valentía y su astucia militar. Comandante de las fuerzas talibanas en gran parte de la región oriental del país, Haqani era uno de los socios en los que Osama Bin Laden más confiaba. Los soldados enemigos a los que habían estado dando caza los rangers eran parte de la conocida como Red Haqani: una vaga amalgama de milicias talibanas e insurgentes tribales. Mana era el último poblado de la zona que los rangers tenían que registrar en busca de combatientes de Haqani, y el cuartel general, con el objetivo de cumplir con el programa establecido semanas antes desde una lejana base por oficiales encerrados en sus oficinas, se mostraba inflexible en su insistencia de que terminaran el trabajo lo antes posible.
Uthlaut y sus hombres no sentían menos impaciencia que el cuartel general por terminar con sus responsabilidades en Mana. En cuanto concluyeran, regresarían a la Base de Operaciones Avanzada Salerno, donde podrían desprenderse bajo la ducha de la mugre y el mal olor, reparar sus magullados vehículos, recalibrar sus armas y pasar una noche o dos en un catre de verdad antes de volver a salir de las alambradas. Pero a los rangers que estaban sobre el terreno no les satisfacía asumir riesgos innecesarios únicamente para cumplir con arbitrarios calendarios burocráticos establecidos por fobbits: oficiales que rara vez se aventuraban más allá de la seguridad de la base de operaciones avanzada («FOB» en terminología militar anglosajona), y quienes, por tanto, desde la perspectiva de los soldados, no tenían ni idea de lo que era realmente hacer una guerra en aquel implacable país.
Uthlaut envió una serie de correos electrónicos que, respetuosamente aunque con firmeza, mostraban sus objeciones a las órdenes que había recibido. A sus veinticuatro años, el jefe de la sección indicó, entre otras problemáticas, que la topografía montañosa dificultaría la comunicación entre los elementos separados. Asimismo, dirigirse a Mana con únicamente media sección, a su entender, «no era seguro».
Considerado uno de los mejores oficiales jóvenes del Ejército de Tierra, Uthlaut se había graduado primero de su clase en West Point como capitán primero del Cuerpo de Cadetes (el rango mayor dentro de la escuela militar). Cuando George W. Bush juró su cargo en 2001, Uthlaut fue el elegido para liderar el paso del Ejército de Tierra desde el Capitolio hasta la Casa Blanca en el desfile inaugural. Tras concluir su formación en la academia y convertirse en jefe de sección del 2.º Batallón Ranger, rápidamente se granjeó la admiración de los soldados y suboficiales bajo su mando. Uthlaut era un militar disciplinado que en rara ocasión cuestionaba órdenes, y jamás sin un motivo de peso. Sin embargo, sus insistentes peticiones para repensar la orden de dividir la sección suscitaron esta brusca respuesta desde el cuartel general: «Reconsideración denegada».
«Nadie que estuviera sobre el terreno en Magara pensó que fuera buena idea dividir la sección», recuerda el cabo primero6 Jade Lane, quien, en su papel de operador de radio de Uthlaut, estuvo presente a lo largo de la extensa discusión entre el cuartel general y el teniente. «El jefe de sección no quería hacerlo. Pero en el Ejército uno obedece órdenes. Si alguien de mayor rango te dice que hagas algo, lo haces. Así que Uthlaut dividió la sección».
Quedaba menos de una hora de luz cuando Uthlaut terminó de dividir la sección en dos elementos. Tras colocarse a sí mismo a cargo del grupo que se dirigiría a Mana (denominado Grupo Uno y que contaría con dos Humvees y cuatro camionetas tipo ranchera Toyota para veinte rangers y siete miembros de las Milicias Armadas Afganas), partió a toda prisa de Magara, en el primer vehículo, a las 18:00. Ante la ausencia de carretera, el convoy de Uthlaut avanzó por el cauce de un río, seco a intervalos, seguido de cerca por el segundo elemento del convoy, designado Grupo Dos. Unos minutos después de haber dejado atrás el poblado, alcanzaron una bifurcación en el cauce. El convoy de Uthlaut giró río abajo, a la izquierda. El Grupo Dos, que remolcaba el Humvee accidentado, se dirigió en dirección contraria, hacia la derecha.
Un soldado británico llamado Francis Leeson, que combatió contra la aguerrida insurgencia tribal en esa misma zona a finales de la década de 1940, escribió un libro en el que caracterizaba el terreno como «colinas fronterizas [que] son de difícil acceso y fáciles de defender. Cuando uno se refiere a ellas como colinas, no está hablando de laderas en las que los tanques y la caballería puedan actuar, sino del más difícil espacio imaginable para la guerra en áreas montañosas: profundos precipicios [y] estrechos valles retorcidos». Transcurridas seis décadas de la misión militar de Leeson, esta continúa siendo una descripción escalofriantemente acertada del entorno al que se enfrentaban los rangers de Uthlaut.
Casi un kilómetro más allá de la bifurcación en la que los convoyes se habían separado para marchar en direcciones opuestas, el Grupo Uno entró en la boca de un cañón espectacularmente estrecho. Eran las 18:10 y los flancos más bajos de la garganta ya estaban oscuros. La calidez de la tarde se había visto sustituida por el fresco de la noche que avanzaba, lo que llevó a los rangers a ponerse chaquetas Gore-Tex bajo sus chalecos blindados. El aire olía a salvia, polvo y el humo que la madera de los fuegos para preparar la cena elevaba en una población cercana.
Más adelante la ruta serpenteaba a lo largo de la profunda y sinuosa ranura que el río había excavado en el lecho rocoso de las montañas que los rodeaban. Había lugares donde el espacio era apenas treinta o cuarenta centímetros mayor que los Humvees y estaba constreñido por los riscos verticales de caliza que reducían el cielo sobre sus cabezas a una pálida franja azul. Solo estirando completamente el cuello podían los soldados ver el extremo del cañón. Arriba, en las alturas, a gran distancia de la penumbra que cubría la base del valle, las laderas desprovistas de vegetación estaban pespunteadas de gráciles pinos chilgoza aún bañados por la luz del sol y cuya corteza plateada y verdes agujas brillaban con los efímeros rayos.
La magnificencia del escenario no pasó desapercibida a los rangers mientras sus vehículos se tambaleaban sobre arcenes de gravilla y salientes de caliza. El cañón era el accidente geográfico más espectacular que habían visto desde que llegaran a Jost: el tipo de maravilla geológica que uno podría encontrar en el parque nacional Zion de Utah o el escarpe Mogollón del norte de Arizona. Un soldado señaló que sería «un sitio genial para hacer escalada». Pero en su mayoría los rangers estaban menos interesados en las maravillas naturales que en los riesgos artificiales que podrían andar al acecho en algún lugar sobre sus cabezas.
El cabo primero Russell Baer se encontraba en el cuarto vehículo del convoy, un Toyota Hilux. Girándose hacia el cabo mayor Bradley Shepherd, que conducía la camioneta, Baer comentó: «Esto se parece a esas películas que nos enseñaban antes de que nos desplegáramos aquí. En los años ochenta los afganos solían hacer emboscadas contra los rusos en lugares exactamente iguales a este. Los acribillaban en estos cañones, desde arriba. Así ganaron la guerra». Shepherd valoró las obvias implicaciones de las palabras de su compañero, asintió serio y después, mientras continuaba dirigiendo el vehículo, sacó su cámara y documentó su avance a través del sucio parabrisas.
Durante los siguientes veinte minutos, el convoy se arrastró a lo largo de la claustrofóbica grieta, obligado por la dificultad del terreno a avanzar a un ritmo insoportablemente lento. La ranura era tan estrecha que los guardabarros de los Humvees en ocasiones se raspaban contra las paredes desnudas. Los rangers estaban inquietos y ansiosos, esperaban un ataque desde las alturas en cualquier momento. Según el cabo Bryan O’Neal: «El cañón era muy escarpado, había grandes peñascos por todas partes y las paredes medían al menos treinta metros a cada lado. De hecho, yo tuve que quedarme tumbado sobre el vehículo para poder mantener la vigilancia» (los riscos se elevaban tan vertiginosamente que O’Neal tuvo que tumbarse de espaldas para poder supervisar la presencia de talibanes en los salientes del cañón a través de la mirilla de su fusil de asalto M4).7
Después de veinte minutos, el Humvee de Uthlaut emergió del extremo oeste del cañón. El valle se abría allí y el lecho del cañón se ensanchaba hasta convertirse en un canal de gravilla relativamente plano de unos veinticinco metros de ancho. A ambos lados del cauce, en parcelas aterrazadas, aparecieron cultivos de maíz y adormidera. Apiñados en una ladera parduzca en la misma boca del cañón, ocho o nueve edificios con paredes de adobe se elevaban sobre los campos de opio. Niños pastunes vestidos con ropas harapientas llegaron corriendo hasta el convoy, que avanzaba entre saludos y risas. El peligro de una emboscada parecía haber terminado.
Un instante más tarde, una serie de fuertes explosiones retumbó en eco desde el desfiladero a sus espaldas. «Me giré hacia el paso que acabábamos de atravesar —cuenta Baer— y de repente parecía que aquello fuera La guerra de las galaxias. Ráfagas de trazadoras rojas volaban cañón arriba iluminando el cielo». Las trazadoras son balas especiales fabricadas con una carga pirotécnica que se enciende cuando el proyectil sale del cañón del arma, lo que hace que la trayectoria de la bala aparezca como una brillante línea roja y permite al tirador ajustar con mayor facilidad sus disparos hacia el blanco deseado. Cada quinta bala cargada en las ametralladoras utilizadas por las fuerzas estadounidenses en Afganistán era trazadora; los talibanes de aquella zona no utilizaban munición de este tipo. Baer comprendió inmediatamente, por tanto, que las líneas rojas que perforaban las sombras del cañón eran balas de soldados estadounidenses que repelían una emboscada del enemigo. «Supe que eran nuestros chicos. Los estaban atacando. Era la otra mitad de la sección».
Se suponía que el otro elemento de la sección, el Grupo Dos, estaría ya a kilómetros de distancia, remolcando el Humvee accidentado en dirección opuesta. Uthlaut y sus hombres no tenían ni idea de por qué el Grupo Dos habría dado media vuelta por su propia voluntad para seguirlos, pero aparentemente sus compañeros habían hecho precisamente esto y estaban en ese momento atrapados en mitad de lo que parecía y sonaba como un intenso tiroteo a menos de un kilómetro de distancia.
El Grupo Uno frenó bruscamente y los soldados saltaron de sus camionetas y Humvees. El suboficial de mayor rango por debajo de Uthlaut era un sereno sargento llamado Matthew Weeks, quien había recibido una Estrella de Bronce por sus valeroso comportamiento durante un tiroteo en Iraq el año anterior. Asignó media docena de soldados para que permanecieran con los seis vehículos y luego ordenó a la mayoría de los restantes que lo acompañaran para ascender la ladera norte del cañón hacia el conjunto de construcciones de adobe bajo las que acababan de pasar. Weeks informó a Uthlaut: «Voy a intentar pasar más allá del pueblo y ver si puedo supervisar el movimiento [del Grupo Dos] para que salgan de la zona de la emboscada», con lo que le explicaba que su pelotón no avanzaría más allá de un montículo que se elevaba sobre el asentamiento.
Una sección ranger se organiza habitualmente en tres pelotones, integrado cada uno de ellos por dos escuadras de seis hombres o menos. Cuando Uthlaut se vio obligado a dividir su sección a toda prisa en Magara, situó al 3.er Pelotón (comandado por Weeks) en el Grupo Uno y destinó a la mayor parte del 1.er y el 2.º Pelotón al Grupo Dos. No obstante, puesto que los dos convoyes necesitaban ser de un tamaño similar, Uthlaut sacó a dos hombres del 2.º Pelotón y los sumó al Grupo Uno. Estos dos militares eran el cabo O’Neal, de dieciocho años y con cara de niño, el miembro más joven e inexperto de toda la unidad; y el cabo primero Patrick Tillman, jefe de la escuadra de O’Neal.
Tillman —de veintisiete años y cuya ocupación anterior había sido la de strong safety en la liga estadounidense de fútbol americano, la NFL— era sin duda alguna el soldado más famoso en Afganistán. Cuando las Torres gemelas se desmoronaron en pedazos el 11 de septiembre de 2001, era una estrella en los Arizona Cardinals, conocido por patrullar el espacio libre detrás de la defensa con fascinante intensidad. Pero Tillman provenía de una familia con tradición de servicio militar que se prolongaba a lo largo de varias generaciones y consideraba que, como estadounidense físicamente preparado, tenía la obligación moral de servir a su país en tiempo de guerra. No pensó que pudiera quedar exento de sus responsabilidades como ciudadano por la sencilla razón de ser jugador profesional de fútbol americano. Así que, una vez que concluyó la temporada 2001 de la NFL, rechazó un contrato de 3,6 millones de dólares y se presentó voluntario para pasar los siguientes tres años de su vida como soldado de infantería en el Ejército de Estados Unidos. Su hermano Kevin, catorce meses más joven, se había alistado a la vez y era también miembro de la sección de Uthlaut.
Cuando la unidad se dividió en Magara, Kevin fue asignado al Grupo Dos. Iniciado el combate, mientras Pat oía las explosiones de los proyectiles de mortero y el po-po-po-po-po de los fusiles, era sumamente consciente de que su hermano pequeño estaba siendo atacado en algún lugar de la base del cañón. En el momento en que el sargento Weeks ordenó a los rangers que avanzaran ladera arriba, Tillman entró en acción. «Pat era como un tren de mercancías —describe el cabo Josey Boatright al recordar cómo pasó a su lado Tillman—. Fiiuuuu. Un pítbul tirando de la correa. Se lanzó hacia el montículo gritando: “¡O’Neal! ¡Conmigo! ¡O’Neal! ¡Vente conmigo!”».
O’Neal, por su parte, relata: «“Vamos a ayudar a nuestros chicos”, dijo Pat, y comenzó a correr. Y adonde él fuera, iba yo».
La ruta hacia el poblado ascendía a través de un pronunciado barranco cuyo fondo se encontraba a casi dos mil metros sobre el nivel del mar. Entre sus armas, protección antibalas, tecnología de óptica nocturna, depósitos CamelBak de agua potable a la espalda, granadas y munición extra, cada ranger portaba más de veinticinco kilos de peso muerto. Con tal carga, apenas segundos después de abandonar los vehículos todos estaban sin aliento; sin embargo, el ruido de la cercana batalla —que se aproximaba perceptiblemente por instantes— hacía que los rangers continuaran ascendiendo pese al dolor. Cuando alcanzaron el poblado, realizaron un «control rápido», en el que atravesaron rápidamente el asentamiento sin detenerse a registrar el interior de ninguno de los edificios, y se apresuraron de inmediato hacia la cima de un espolón que se levantaba sobre el pueblo.
Tillman se encontraba entre los primeros en llegar por encima del espolón, que estaba desprovisto de árboles o cualquier otro elemento de resguardo. Tras detenerse unos segundos para analizar la configuración del terreno, continuó más allá de la cresta y se apresuró en el lado contrario hacia un par de peñascos poco elevados. Lo acompañaron O’Neal y un soldado afgano de veintisiete años llamado Sayed Farhad. Aquellas rocas ofrecían una protección mínima frente al fuego enemigo, pero garantizaban una vista excelente del cauce seco al que Tillman esperaba que emergiera el Grupo Dos desde el extremo del cañón.
Escasos minutos más tarde, dos vehículos abandonaron la garganta a toda velocidad y se detuvieron unos ochenta metros bajo los peñascos que refugiaban a Tillman y a sus dos compañeros. Varios rangers descendieron de un Humvee y levantaron la mirada hacia Tillman y O’Neal, que ondeaban los brazos para hacerles saber que estaban allí arriba y que los tenían cubiertos. Parecía que el Grupo Dos había escapado de la emboscada y todo había salido redondo. Entonces, sin aviso previo, cientos de balas comenzaron a pulverizar la pendiente en la que se encontraban Tillman, O’Neal y Farhad.
Desde el primer momento en que el Homo sapiens se agrupó en torno a tribus, la guerra ha sido parte de la condición humana. Inevitablemente, las sociedades guerreras representan sus campañas como batallas virtuosas y retratan a sus guerreros caídos como héroes que han realizado el sacrificio máximo por una causa noble. Pero la muerte por el llamado «fuego amigo», que es un aspecto inevitable de los conflictos armados en la era contemporánea, no se adapta a esta narrativa épica. Elimina el barniz heroico de la guerra para revelar lo que oculta debajo. Es un perturbador recordatorio de que la barbarie, la violencia sin sentido y la muerte al azar son frecuentes incluso en las guerras más «justas» y «honestas». Por consiguiente, y como es de esperar, cuando los soldados matan accidentalmente a uno de los suyos, los mandos militares son tremendamente reticentes a afrontar la verdad. Existe una irresistible inclinación a mantener los detalles desagradables ocultos a la sociedad, a pretender que la calamidad jamás ocurrió. Así ha sido siempre y posiblemente siempre lo será. Como Esquilo, el ilustre dramaturgo griego, señaló en el siglo V a.C.: «En la guerra, la verdad es la primera víctima».
Cuando Pat Tillman murió en Afganistán, su regimiento ranger respondió con un coro de evasivas y desmentidos. Una cínica campaña de encubrimiento sancionada desde los más altos niveles gubernamentales, seguida por una inepta serie de investigaciones oficiales, oscurece la tragedia con una nube de perplejidad y vergüenza que agrava el sufrimiento por la muerte de Tillman.
Entre los varios miles de páginas de documentación generadas por los investigadores militares, un testimonio desconcertante emerge del ranger que es considerado responsable de los disparos que acabaron con la vida de Tillman. En una declaración bajo juramento, este soldado explicó que, mientras disparaba una ráfaga de diez balas con su ametralladora hacia la ladera donde Tillman y O’Neal estaban ubicados, identificó «dos pares de brazos elevados al aire» a través de la mirilla de su arma. «Vi los brazos ondeando —reconoció—, pero no pensé que estuvieran intentando indicar un alto el fuego». Así que volvió a apretar el gatillo y los bañó con otra ráfaga. ¿Qué sentido se espera que tenga todo esto?
O esto: en julio de 2007, la agencia Associated Press publicó un artículo que señalaba que el patólogo de la Armada que había realizado la autopsia de Tillman testificó que las pruebas forenses apuntaban a que este había recibido tres impactos de bala en la cabeza desde una distancia de diez metros o inferior. El artículo generó especulaciones muy difundidas en internet y en la prensa convencional sobre el asesinato deliberado de Tillman.
Muchos otros detalles sobre el funesto tiroteo que lograron alcanzar el dominio público eran igualmente desconcertantes. No obstante, posiblemente el mayor misterio no residía en las circunstancias de la muerte de Tillman, sino en los datos esenciales sobre su vida. Antes de alistarse, Tillman era conocido entre los aficionados deportivos por ser un jugador de fútbol americano de escasa estatura y excelente rendimiento cuyo virtuosismo en las estrategias defensivas era cautivador. Durante los cuatro años que jugó en la NFL, no obstante, Tillman lo hizo para los Arizona Cardinals, un equipo mediocre de segunda línea que en rara ocasión lograba ser el centro de atención, por lo que su nombre no era conocido ampliamente más allá de las esferas de los más fervientes aficionados.
Aunque no era su intención, cuando Tillman dejó los Cardinals para sumarse al Ejército, fue transformado de la noche a la mañana en un icono del patriotismo posterior al 11-S. Aprovechando la oportunidad para capitalizar su fama, la administración Bush trató de utilizar su nombre y su imagen en la promoción de la que fue bautizada como Guerra Mundial contra el Terrorismo. Tillman abominaba de este papel. En cuanto decidió alistarse, dejó inmediatamente de hablar con la prensa, si bien su silencio no sirvió para calmar la fascinación estadounidense por la estrella del fútbol americano que cambió los focos y la riqueza de la NFL por el campamento de entrenamiento militar y un mal corte de pelo. Tras su muerte en el campo de batalla, el interés público por Tillman se desbocó. Sin embargo, el delirio póstumo de los medios apenas logró mostrar quién era Tillman. El elaborado mosaico personal que definió su existencia quedó oscurecido por el cacareo del bombo mediático.
Desprovistos de conocimientos sobre su biografía, todos se sintieron con valor para inventar todo tipo de personalidades para Tillman tras su fallecimiento. La mayor parte de estas interpretaciones estaban basadas en poco más que rumores y fantasías. La arpía derechista Ann Coulter lo señaló como ejemplo de los valores políticos republicanos. El humorista gráfico de izquierdas Ted Rall lo menospreció en una tira de cuatro viñetas en la que lo mostraba como un «idiota» que se metió en el Ejército para «matar árabes».
Ni Coulter ni Rall tenían la más mínima idea de las motivaciones de Pat Tillman. Más allá de su familia y de un pequeño círculo de amigos cercanos, poca gente las conocía.
4 Vehículo todoterreno multipropósito de origen estadounidense utilizado por los ejércitos de numerosos países. Inicialmente el modelo militar se conocía como «Hummer», pero el desarrollo de una versión civil hizo pertinente modificar el nombre. (N. del T.)
5 Acrónimo militar anglosajón originado en la Segunda Guerra Mundial que continúa siendo utilizado habitualmente en el entorno militar estadounidense y responde a Fucked-up beyond all recognition («reventado hasta quedar irreconocible»).
6 En la presente edición, todos los rangos militares se traducen atendiendo a la escala estandarizada de la OTAN, si bien existen diferencias que requieren aclaración. Es el caso de los denominados specialist del Ejército estadounidense, título con el que se designa el rango superior dentro de la tropa, que equivaldría en el Ejército español al de cabo primero. No obstante, al mismo nivel, según la OTAN, corresponde el rango de corporal, que, al contrario de lo que sucede con el cabo primero en el Ejército español, es el escalafón inferior de los suboficiales estadounidenses. Para mantener la diferenciación entre ellos, aunque se traducirán ambos como «cabo primero», en el caso de los corporal se aclarará entre paréntesis su pertenencia a la suboficialidad. (N. del T.)
7 El M4 es una versión más ligera y compacta, en carabina, del fusil de asalto M16, conocido por su amplia utilización en la Guerra de Vietnam.
PRIMERA PARTE