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Hermosa alegoría sobre el amor y la renuncia, "La bailarina" es una de las piezas más delicadas del japonés Ogai Mori, máximo exponente, junto a Natsume Soseki, de la literatura nipona de la era Meiji. Fruto del viaje de su autor a Alemania, país al que se trasladó para perfeccionar sus estudios de Medicina, "La bailarina" narra, casi en una imagen especular de la Madame Butterfly de Puccinni, el improbable encuentro de Toyotaro Ota, un joven estudiante japonés, con una bailarina alemana, pobre y bellísima, que poco a poco lo va seduciendo hasta atraparlo. Toyotaro, que por educación posee un acerado sentido del honor, debe elegir entre su carrera y sus violentos sentimientos amorosos hacia la muchacha. "La bailarina" constituye una fábula de una sencillez pasmosa, que aúna amor, abandono y culpa. Un auténtico clásico de la literatura japonesa por fin recuperado en castellano.
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Ōgai Mori
Traducción del japonés a cargo de
Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Vidas paralelas
por Fernando Cordobés
Si hay un nombre que, junto al de Natsume Sōseki, se asocia al de los más influyentes escritores modernos japoneses, ese es el de Ōgai Mori. El destino les ha unido irremediablemente. De alguna forma representan el anverso y el reverso de una misma época, cada uno con sus virtudes, con sus estilos claramente diferenciados, con una trayectoria vital bien distinta y una obra literaria que sigue caminos hasta cierto punto divergentes.
Si la de Natsume Sōseki es una obra unitaria que evoluciona con una lógica coherente desde sus primeras novelas hasta las de madurez, la de Mori es mucho más discontinua, variada y diversa en el sentido de que no se limita a una sola temática y toca distintos palos, debido, quizás, a su sorprendente inquietud intelectual, a su curiosidad y a su enorme capacidad expresiva. Mientras que Sōseki se fue despojando de todo lo que le impedía dedicarse a tiempo completo a la literatura, Mori nunca abandonó sus responsabilidades de alto funcionario ni su influyente posición. Ambos vivieron los profundos cambios sociales y culturales de la Restauración Meiji (1868–1912) y ofrecieron respuestas distintas a una realidad social que iba a abrir el camino al nuevo Japón.
Varios factores políticos, sociales e incluso geográficos, jugaron un papel determinante en la creación del cambiante patrón cultural que muchos escritores vivieron en el periodo que corresponde a la Restauración Meiji y que, por extensión, llegaría hasta la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, destaca el hecho de que Japón, junto con Tailandia, fue uno de los dos únicos países del este asiático no colonizado por ninguna potencia europea. Indochina, Birmania, India, Filipinas y algunas zonas de China estuvieron sometidas de una manera u otra al dominio de las naciones occidentales. Obviamente, el gobierno japonés se percató del peligro y ello fue el acicate para emprender el gran salto hacia la modernización que, sin embargo, no significó la entrada forzada de la cultura europea como sucedió, por ejemplo, en la India.
Sin embargo, los escritores y artistas japoneses sí se tomaron un profundo interés en la cultura occidental, especialmente después del larguísimo periodo de aislamiento que les había mantenido alejados de las influencias externas durante siglos. Ese interés estuvo alimentado más por la curiosidad y por el entusiasmo que por una necesidad cultural o política urgente. Aunque la cultura europea fascinó durante mucho tiempo a los intelectuales japoneses, estos estuvieron privados de cualquier contacto con ella excepto a través de la entrada restringida de una pequeña cantidad de libros y documentos, la mayor parte de ellos escritos en holandés (Holanda era el único país que disfrutaba de un permiso limitado para comerciar con Japón) hasta la apertura del país en 1868. Parte del interés por Europa generado en Japón a finales del siglo XIX, estuvo relacionado con su predominancia en la esfera política, económica y cultural en todo el mundo. A pesar de ello, los jóvenes escritores japoneses se sintieron genuinamente atraídos por la literatura francesa, alemana o inglesa de la misma forma que les sucedía a los autores americanos.
¿Por qué le dieron la espalda los creadores japoneses a Asia, especialmente a China que había sido fuente de inspiración y modelo de emulación durante más de mil años? Evidentemente hay muchas razones entre las cuales se encuentra la pérdida de hegemonía política del país. Pero existen otras no menos importantes. La herencia confuciana seguía siendo una fuente de inspiración poderosa que daba forma a la producción literaria y artística china. En Japón, sin embargo, la situación era distinta. Durante gran parte del periodo Tokugawa, también conocido como Edo (1600–1868), el país estuvo aislado tanto de China como de los países europeos y en ese largo espacio de tiempo la literatura japonesa se había secularizado. Seguían existiendo poderosas trazas de ideas confucianas y budistas en los escritos anteriores a 1868, pero la mayor parte de la producción literaria se había distanciado de la expresión directa de cualquier tipo de preocupación religiosa, moral o didáctica. Ese espacio menos restringido permitía un flujo sencillo, rápido y libre de obstáculos de nuevas ideas y conceptos en el mundo intelectual y artístico japonés.
También hubo una serie de circunstancias que contribuyeron a facilitar el rápido desarrollo de una nueva literatura en Japón. Una de ellas fue el grado relativamente alto de alfabetización, similar o superior incluso al de Europa o América. Desde el siglo XVII hasta el XIX, una enorme población urbana concentrada principalmente en las ciudades de Edo (la actual Tokio), Kioto y Osaka, desarrolló sofisticados gustos, una gran curiosidad intelectual y un interés casi desmedido por lo nuevo e innovador. Mientras la alfabetización se extendía, el reconocimiento de los clásicos japoneses, desde el Genji Monogatari, (La historia de Genji), de Murasaki Shikibu, hasta la poesía de la corte de la época Heian y diversas obras como Las ocurrencias de un ocioso, de Yoshida Kenkō, fueron encontrando un número cada vez mayor de lectores que definieron un concepto propio de su pasado cultural, así como de sus valores, y el medio para hacerlo fue la literatura. Durante todo el periodo que se extiende desde el fin de la era Edo y abarca hasta la Segunda Guerra Mundial, la literatura del pasado y el presente continuó siendo un medio privilegiado para los japoneses de acceder a su cultura y al conocimiento de sí mismos.
En ese sentido, resulta elocuente la relectura que algunos autores del periodo Meiji, como Ryōnosuke Akutagawa, hicieron de los antiguos clásicos para darles un nuevo aire y poner un mayor énfasis en los elementos psicológicos apenas esbozados en los textos originales. Antiguos conceptos estéticos se reinterpretaron a la luz de la mentalidad del siglo xx. Pero no se puede obviar el hecho de que en las primeras décadas del periodo Meiji, al menos seguía llegando una segunda influencia proveniente en su mayor parte de China. En la época de la guerra sino-japonesa (1894–1895), la ficción china había perdido su influencia en el gusto del público nipón y, de hecho, muchos autores jóvenes chinos estaban fuertemente influenciados por su colegas japoneses. Sin embargo, la poesía china seguía siendo una referencia literaria fundamental. La primera generación de intelectuales de la era Meiji se formó con los clásicos chinos, al igual que sucedía en occidente con los griegos y los latinos. Por esa razón, no cesó la admiración que sentían hacia los grandes hitos literarios del país vecino. Autores como Sōseki y Mori, escribían poesía en chino clásico, kanshi. En las obras de Sōseki, por ejemplo, se revela su gran habilidad para componer versos kanshi, lo cual fue también para él un medio adecuado a través del cual expresar sus más íntimos pensamientos. La insistencia en la rectitud moral, una de las principales herencias del sistema filosófico confuciano, ayudó a reforzar esa postura en muchos escritores de la era Meiji, y esas cualidades continúan otorgándoles una enorme estatura en el Japón actual.
Se puede afirmar, sin riesgo de exagerar, que la literatura europea llegó a Japón prácticamente de golpe. Escritores y lectores descubrieron a una gran variedad de autores occidentales de distintos periodos que iban desde Shakespeare, Goethe o Chéjov, hasta Meredith, Flaubert o Tolstói. Pero el influjo de esos modelos literarios, a veces contradictorios, generó entusiasmos diversos, y hubieron de pasar décadas hasta que las distintas influencias se pudieron digerir y estar listas para su uso. En la época Meiji ese nuevo clima de posibilidades literarias fue estimulado por el viaje a Europa de distintos personajes que fueron allí para convertirse después en grandes escritores. Ōgai Mori viajó a Alemania, Natsume Sōseki a Inglaterra y Kafū Nagai a Francia. De hecho, Francia, y en especial París, se convirtieron en el faro al que muchos de ellos miraban en busca de inspiración. La lista de autores japoneses que visitaron o vivieron en París es extensa y distinguida, e incluye nombres como los de Takamura Kōtarō, Shimazaki Tōson, Yosano Akiko, Yokomitsu Riichi o Nishiwaki Junzaburō, entre otros. Muchos de estos encuentros aportaron frescura a la literatura japonesa y en todos los casos abrieron nuevos caminos para la expresión de ideas y emociones.
Ōgai Mori, seudónimo de Rintaro Mori, nació en 1862 en la localidad de Tsuwano, en la prefectura de Shimané, en el seno de una familia samurai al servicio del daymio