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El Cancionero, también conocido como Rime sparse, es la obra más emblemática de Francesco Petrarca y una de las colecciones poéticas más influyentes de la literatura occidental. Compuesta a lo largo de varias décadas, la obra reúne más de 300 sonetos y otras composiciones en verso, en su mayoría dedicadas a Laura, la mujer idealizada que inspiró su poesía amorosa. A través de una expresión lírica refinada y una profunda introspección, Petrarca explora los contrastes entre el amor terrenal y el ideal platónico, el deseo y la espiritualidad, la belleza efímera y la inmortalidad a través de la palabra escrita. Más allá de su dimensión personal, el Cancionero marcó el desarrollo del soneto y estableció las bases del petrarquismo, un modelo poético que influyó en generaciones de escritores del Renacimiento y más allá. Su lenguaje armonioso y su exploración de los sentimientos humanos hacen de esta obra un referente esencial para comprender la evolución de la poesía amorosa y su impacto en la tradición literaria europea
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Seitenzahl: 290
Veröffentlichungsjahr: 2025
Francesco Petrarca
CANCIONERO
Título original:
“Il Canzoniere”
PRESENTACIÓN
CANCIONEIRO
Francesco Petrarca
1304 – 1374
Francesco Petrarca fue un poeta y erudito italiano, ampliamente reconocido como una de las figuras más influyentes de la literatura del siglo XIV. Nacido en Arezzo, en la Toscana, Petrarca es conocido por su papel fundamental en el desarrollo del humanismo renacentista y por su poesía lírica en italiano, especialmente el Canzoniere, una colección de sonetos dedicados a su amada Laura. Su obra ayudó a consolidar el uso del italiano vernáculo en la literatura, influyendo profundamente en escritores posteriores como Dante y Boccaccio.
Primeros años y educación
Francesco Petrarca nació en el seno de una familia exiliada de Florencia. Su padre, Ser Petracco, deseaba que siguiera una carrera en derecho, por lo que estudió en Montpellier y más tarde en Bolonia. Sin embargo, su verdadera pasión era la literatura clásica, en particular los textos latinos, lo que lo llevó a abandonar el derecho para dedicarse al estudio de la Antigüedad. Durante su vida, viajó extensamente por Europa, recopilando manuscritos y promoviendo la restauración del latín clásico, lo que lo convirtió en una de las figuras clave del humanismo.
Carrera y contribuciones
Petrarca es considerado el "padre del humanismo" debido a su enfoque en la literatura clásica y su visión del hombre como el centro del conocimiento. Su poesía, escrita en un italiano refinado y musical, marcó el inicio del soneto petrarquista, un modelo que influiría en la poesía europea durante siglos. Su obra más famosa, Canzoniere, es una colección de poemas centrados en el amor idealizado por Laura, una figura enigmática que se cree que fue su musa.
Además de su poesía, Petrarca escribió extensamente en latín, destacando sus Epístolas, en las que reflexionaba sobre la moral, la política y la naturaleza del conocimiento. Su obra África, un poema épico en latín, celebraba las hazañas de Escipión el Africano, mientras que Secretum es un diálogo introspectivo que revela sus dudas espirituales y filosóficas.
Impacto y legado
Petrarca tuvo una enorme influencia en la literatura y el pensamiento renacentista. Su ideal de una educación basada en los textos clásicos inspiró a generaciones de humanistas y contribuyó al resurgimiento de la cultura grecolatina. Su forma de escribir sobre el amor, la naturaleza y la introspección personal estableció un modelo para la poesía lírica occidental, influyendo en figuras como William Shakespeare y Garcilaso de la Vega.
Su búsqueda de manuscritos antiguos ayudó a preservar muchas obras clásicas que de otro modo podrían haberse perdido. Además, su concepción del humanismo, centrada en la dignidad y el potencial del individuo, sentó las bases del Renacimiento y del pensamiento moderno.
Francesco Petrarca falleció en 1374, a los 70 años, en Arquà, cerca de Padua. Su influencia se extendió mucho más allá de su tiempo, consolidando su lugar en la historia de la literatura y el pensamiento occidental. Hoy, su poesía sigue siendo estudiada y admirada, y su legado como precursor del Renacimiento permanece intacto.
Petrarca no solo revolucionó la poesía amorosa, sino que también ayudó a forjar una nueva forma de pensar sobre la literatura, la historia y el conocimiento humano. Su visión de la antigüedad como una fuente de sabiduría y belleza sigue siendo un pilar fundamental del humanismo, asegurando su relevancia en la cultura contemporánea.
Sobre la obra
El Cancionero, también conocido como Rime sparse, es la obra más emblemática de Francesco Petrarca y una de las colecciones poéticas más influyentes de la literatura occidental. Compuesta a lo largo de varias décadas, la obra reúne más de 300 sonetos y otras composiciones en verso, en su mayoría dedicadas a Laura, la mujer idealizada que inspiró su poesía amorosa. A través de una expresión lírica refinada y una profunda introspección, Petrarca explora los contrastes entre el amor terrenal y el ideal platónico, el deseo y la espiritualidad, la belleza efímera y la inmortalidad a través de la palabra escrita.
Más allá de su dimensión personal, el Cancionero marcó el desarrollo del soneto y estableció las bases del petrarquismo, un modelo poético que influyó en generaciones de escritores del Renacimiento y más allá. Su lenguaje armonioso y su exploración de los sentimientos humanos hacen de esta obra un referente esencial para comprender la evolución de la poesía amorosa y su impacto en la tradición literaria europea.
Los que escucháis en rimas el desvelo
del suspirar que al corazón nutriera
al primer yerro de la edad primera,
cuando era en parte otro del que hoy suelo;
del vario estilo con que hablo y celo,
entre el dolor y la esperanza huera,
de aquel que, porque amó, de Amor supiera,
no ya perdón, sino piedad anhelo.
Mas ya del vulgo veo cómo en boca
fábula fui gran tiempo en que a menudo
de mí mismo conmigo me sonrojo;
y que es el fruto que mi furia toca,
vergüenza porque entiendo ya y no dudo
que es breve sueño todo humano antojo.
Por hacer más galana su venganza
y cobrar mil ofensas en un día,
ocultamente el arco Amor traía
como el que ocasión busca en su asechanza.
Cubría la virtud con gran pujanza
ojos y corazón de la porfía,
cuando a allí donde mellarse otra solía
bajó su flecha con mortal prestanza.
Y así turbada en el primer asalto,
no tuvo tanto ni lugar ni aliento
con que pudiese en la estrechez armarme;
o bien al monte fatigoso y alto
con astucia apartarme del tormento,
del que hoy quisiera y ya no puede hurtarme.
Era el día que al sol palidecía
la piedad por su Autor crucificado,
cuando fue entonces, sin prestar cuidado,
de vuestros ojos presa el alma mía.
Tiempo de combatir no suponía
ofensas del amor; y descuidado
andaba sin haberme sospechado
que era principio tal de mi porfía.
Hallóme desarmado Amor del todo
y abierta de los ojos vio la vía
que son del llanto umbral y paso zarco.
Mas fue, a mi parecer, bellaquería
herirme a mí de flecha en aquel modo,
y a vos armada ni aun mostrar el arco.
El que infinita providencia y arte
mostró en su prodigioso magisterio,
creando este y aquel otro hemisferio
y a Júpiter más dócil aún que a Marte,
viniendo en tierra a hacer lo que ya en parte
habían los libros dicho entre misterio,
a Pedro y Juan les dio celeste imperio,
cambiando de sus redes presa y arte.
Pero al nacer no a Roma y sí a Judea,
la gracia dio, que sobre todo estado
la humildad exaltar siempre espera.
Y ahora en pequeña aldea un sol ha dado,
tal que se alegran hoy creación y aldea
que en ésta ser tan bello aquélla diera.
Si muevo mis suspiros a llamaros
y el nombre que el Amor en mí escribiera,
un Lauro se comienza a sentir fuera
al son de sus primeros ecos claros.
La Realeza, que sigue al pronunciaros,
valor duplica a empresa tan señera;
más «TAte» grita al fin, que honrarla fuera
carga mejor en hombros más preclaros.
A Lauro así y a Reverencia mueve
la misma voz con sólo os la digamos,
pues en honor y en alabanza bebe;
si no ocurre que Apolo se subleve
de ver que con sus siempre verdes ramos
lengua mortal con presunción se atreve.
Tan descarriado está mi desvarío
detrás de la que en fuga se revela,
y de lazos de Amor ligera vuela,
delante del pausado correr mío;
que, cuanto más en adestrar porfío,
menos presta oído y se cautela;
ni me valen con él brida ni espuela,
que es natural de Amor tal terco brío.
Y así después que el freno a sí recoge,
yo quedo a su merced y en fiera culpa,
mal que me pese, a muerte me transporta;
por ir sólo al laurel, donde se coge
acerbo fruto, cuya amarga pulpa
la herida aflige más que la conforta.
Gula, modorra y edredón ocioso
tal la virtud del mundo han desterrado,
que ya su natural casi ha olvidado
el hombre uncido al hábito vicioso;
y tan oscuro está todo astro hermoso,
por el que el ser humano es informado,
que se tiene por caso celebrado
quien vierte en Helicón caudal precioso.
Y mirto y laurel ya, ¿quién los desea?
«Pobre y desnuda vas, filosofía»
dice la turba por el lucro obsesa.
Pocos contigo irán por la otra vía;
¡oh espíritu gentil, jamás te vea
dejar tu noble y generosa empresa!
Al pie del monte en que la bella gala
del cuerpo terrenal vistió primera
la bella que a menudo en llanto altera
el sueño del que a ti hoy nos regala,
gozábamos surcando etérea sala
vida que cualquier ave apeteciera,
sin sospecha de hallar celada fiera
que fin diese al batir de nuestra ala.
Mas del mísero estado y de la muerte,
perdida aquella vida ya serena,
sólo un consuelo hay a nuestra suerte;
que es saber que el que a esto nos condena,
por ajeno poder, ya casi inerte,
herrado queda con mayor cadena.
Cuando el planeta que las horas mide
vuelve de nuevo a reencontrar el Toro,
cae tal virtud de entre sus cuernos de oro
que viste el mundo del color que expide;
no sólo a aquello que a la luz reside,
ribera y monte, da floral decoro,
sino en donde su luz nunca halló foro,
preña el terrestre humor cuanto despide,
y nace fruto o similar vianda;
así ella en mí, que es sol entre ellas todas,
si de sus ojos lumbre y rayo ofrece,
cría de Amor palabras, versos, odas;
más, como ella en todos ellos manda,
primavera jamás en mí florece.
Gloriosa columna que sustenta
nuestra esperanza y el blasón latino,
a quien no aparta aun del buen camino
la ira de Jove en lluvia o en tormenta,
no aquí alcázar, teatro ni opulenta
mansión sino un abeto, un haya, un pino
entre la hierba y el alcor vecino,
en que el poeta nueva rima inventa,
alzan al cielo el propio pensamiento
y el ruiseñor que dulcemente en calma
todas las noches llora sus quillotros,
de amorosos conceptos hinche el alma.
Pero haces tanto bien pobre contento
tú, señor, que te ausentas de nosotros.
Dejar por sombra o sol jamás os veo
vuestro velo, señora,
después que sois del ansia sabedora
que aparta de mi pecho otro deseo.
Mientras llevé escondido el pensamiento
que muerte en el deseo dio a mi mente
vi de piedad teñido vuestro gesto;
más cuando os lo mostró Amor claramente,
fue el cabello cubierto en el momento
y el mirar amoroso oculto honesto.
Lo que en vos más deseaba me es depuesto;
así me trata el velo,
que por mi muerte, ya al calor, ya al hielo
de ojos tan bellos cubre el centelleo.
Si puede del tormento guarecerse
mi vida y de los ásperos engaños,
por virtud vea de futuros años
vuestros ojos, señora, oscurecerse,
y el cabello de oro plata hacerse,
y guirnaldas dejar y verdes paños,
y ajarse el gesto aquel, que de los daños
hace cobarde el corazón dolerse.
Amor me dará entonces la osadía
con que pueda las penas descubriros
que sufro en todo año y hora y día;
y si es no tiempo ya de conseguiros,
al menos logrará la pena mía
algún alivio de tardíos suspiros.
Cuando, entre otras damas, de hora en hora,
Amor viene en el bello gesto de ella,
cuanto es cada una de ellas menos bella
así crece el afán que me enamora.
Y yo bendigo el sitio, el tiempo, la hora
en que vieron mis ojos tal estrella,
y digo: «Alma, agradece la hora aquella,
pues fuiste a tanto honor merecedora:
»de ella procede el dulce pensamiento
que con seguirlo al sumo bien te envía,
teniendo a poco lo que el resto ansía;
»y de ella la animosa bizarría,
que te alza al cielo con tan recto intento
que voy de esta esperanza ya contento».
Ojos tristes, en tanto que yo os lleve
al rostro de quien muerte os da y tormentos
os ruego estéis atentos
que en mal mío os desafía Amor aleve.
La muerte es sólo quien mi pensamiento
cerrar puede el camino que lo adiestra
al dulce puerto que sus males sana;
se oculta en cambio a vos la lumbre vuestra
con más pequeño y pobre impedimento,
pues sois hechos de esencia más liviana.
Y por ello, pues ya se halla cercana,
antes que del llanto halléis la hora
tomad al fin ahora
a tan largo martirio alivio breve.
Atrás me vuelvo a cada paso nuevo
con cuerpo exhausto que la pena aploma,
y entonces hallo alivio en vuestro aroma,
suspiro «¡Ay, triste!» y el andar renuevo.
En cuanto dejo atrás después me embebo
y en la senda y el vivir que el paso toma,
y quieto, en tanto el cuerpo se desploma,
la vista hacia mis pies llorando muevo.
Y entonces dudo en llanto semejante:
¿cómo puede de su espíritu sagrado
la carne que hay en mí vivir lejana?
Pero responde Amor: «¿Ya has olvidado
que esta es prebenda del que es siempre amante,
libre de toda condición humana?».
Se parte el viejecillo blanco y cano
del dulce hogar donde es su edad cumplida,
y de la prole del dolor transida
por ver al caro padre andar lejano;
luego de allí arrastrando el cuerpo anciano
por los días extremos de su vida,
se ayuda del afán que en él anida,
roto de edad y corvo del solano;
y a Roma va, siguiendo su deseo,
por mirar el semblante del que ansioso
allá arriba en el cielo ver espera.
Así, ¡ay de mí!, cuando otra mujer veo,
cuanto es posible, en ella buscar oso
vuestra adorada forma verdadera.
Me llueve amargo llanto de la cara
con un viento angustioso de suspiros,
cuando oso por los ojos recibiros,
pues sois vos quien del mundo me separa.
Es cierto que mi angustia aquieta y para
el dulce y apacible sonreíros,
y embelesado en ella al distinguiros
del fuego del martirio me repara.
Pero después mi espíritu se hiela
al ver que, al yo partir, con gestos suaves
mi luz fatal de mí apartáis tirana.
Soltada al fin por amorosas llaves
tras vos del corazón el alma vuela
y de él meditativa se desgrana.
Cuando vuelto del todo estoy a parte
que el rostro de mi bien irradia lumbre,
y queda en mi sentido aún la lumbre
que abrasa y me consume parte a parte,
yo, que temo que el pecho se me parte,
y veo cerca el fin ya de mi lumbre,
camino como ciego que, aun sin lumbre,
no sabe adónde va y con todo parte.
Delante así del mal que me trae muerto
huyo, mas no tan presto que el deseo,
cual no suele, me deje andar a solas.
callado voy, pues mi lamento muerto
haría llorar la gente y yo deseo
que mis lágrimas se derramen solas.
Hay raza de animal de tan gallarda
vista, que aún del mismo sol defiende;
otra, en cambio, que tal su luz la ofende
que el velo oscuro de la noche aguarda;
y hay otra, que el deseo no acobarda,
gozar del fuego espera y, porque esplende,
prueba su otra virtud, esa que enciende.
¡Y es esta donde Amor lugar me guarda!
Que no resisto contemplar de ella
su lumbre ardiente, ni en lugar umbroso
defensa hacer, ni en hora a que es ya escasa.
Antes con gesto enfermo y lagrimoso
mi destino a mirarla me atropella;
y sé bien que atrás voy de quien me abrasa.
Tal vez avergonzado de que aún calle,
mi bien, por mí vuestra belleza en rima,
recorro el tiempo en que la vi en tal cima
que no será jamás que su par halle.
Mas carga no la juzgo de mi talle,
ni obra que pulir pueda mi lima;
con que el ingenio, que su fuerza estima,
se hiela sin que apenas rima entalle.
Los labios por cantar abrí mil veces
sin que pudiese voz salir del pecho
pues ¿qué voz ascender puede tan alto?
Mil veces comencé en mil versos preces;
más pluma, ingenio y mano, en cuanto hecho,
vencidos fueron al primer asalto.
Mil veces ofrecí, enemiga mía,
por alcanzar la paz de esa mirada,
a vos el corazón, mas no os agrada
mirar tan bajo cosa a vos baldía.
Y si algo quizás otra de él ansía,
siente esperanza débil y engañada;
que, pues desdeña cuanto os desagrada,
no puede ser ya más como solía.
Si lo echo de mí hoy, y en vos no hubiera
para su exilio alivio, no sabría
ni solo estar, ni andar si otra lo llama;
y así el natural curso perdería,
que eso de entrambos grave culpa fuera,
y tanto más de vos, cuanto os más ama.
Para todo animal que habita tierra,
si no es de aquel que el sol odia y su lumbre,
tiempo es de trabajar mientras hay día;
más, cuando sus estrellas muestra el cielo,
cual vuelve a casa, cual duerme en la selva
por reposar al menos hasta el alba.
Y yo, desde que empieza bella el alba
a sacudir la sombra de la tierra,
despertando las criaturas de la selva,
no hallo al llanto paz bajo la lumbre;
después, al ver estrellas en el cielo,
voy entre llanto deseando el día.
Cuando la noche expulsa el claro día,
y nuestra oscuridad brinda a otros alba,
miro contrariado el crudo cielo,
que me ha compuesto de sensible tierra;
y maldigo el día aquel que vi la lumbre
que me hace parecer criado en selva.
No creo que jamás paciese en selva
criatura tan cruel, de noche o día,
como aquella que lloro en sombra o lumbre
sin cuita de primer sueño o de alba;
porque, aunque soy mortal cuerpo de tierra,
mi firme desear viene del cielo.
Antes que vuelva a vos, luciente cielo,
o caiga abajo en la amorosa selva,
dejando el cuerpo como triste tierra,
vea en ella yo piedad, que un sólo día
puede enmendar diez mil, y antes del alba
ser feliz el que no al marchar la lumbre.
¡Quién la tuviese tras marchar la lumbre,
sin ver otro que estrellas en el cielo,
una noche y que nunca fuese el alba,
y no se transformase en verde selva
para huir de mis brazos, como el día
que aquí la siguió Apolo por la tierra!
Mas yo seré ya tierra en seca selva
y el día verá estrellas en su cielo,
antes que a un alba tal le dé el sol lumbre.
Al dulce tiempo de la edad primera
que vio nacer, como menuda hierba,
el fiero afán, hoy por mi mal crecido,
pues la pena al cantar no es tan acerba,
cantaré cómo en libertad viviera
hasta que ingrato Amor huésped me ha sido;
y diré luego cuánto es de él sentido
tan altamente; y cuánta al fin la suma
que me hace ser de tantos escarmiento;
aunque mi gran tormento
en otros versos ande, y tanta pluma
haya cansado ya, y en todo prado
retumbe el son de mi suspiro en vuelo,
prueba fehaciente de mi vida cruda.
Y si aquí la memoria no me ayuda,
como así suele, excúsela mi duelo,
y un pensamiento que le angustia en grado
que toda otra atención deja de lado
y me olvida de mí con sutileza,
porque él la entraña es, yo la corteza.
Digo que desde aquel asalto el día
que Amor me vio, ya tanto había pasado
que había yo cambiado el tierno aspecto;
y el derredor del pecho mi cuidado
de adamantina costra recubría
que en vano la ablandaba el duro afecto;
no conocía aún del llanto efecto
ni insomnio, y cuanto fui en resistir bravo
por milagro pensé que a otros rindiera.
¿Qué ahora soy? ¿Qué antes era?
De noche el día se ve, la vida al cabo.
Porque, viendo el cruel del que ahora digo,
hasta entonces la punta de su flecha
non essermi passato oltra la gonna,
se valió de una dama que lo abona,
contra la cual en vano me aprovecha
ingenio o fuerza o excusar castigo.
Y así me hicieron ambos lo que sigo,
mudando un hombre vivo en laurel verde,
que en la fría estación la hoja no pierde.
¡Cómo me vi, cuando sentí primero
transfigurarse toda mi persona,
mudarse el pelo en hoja yo de donde
había esperado ya formar corona,
mudar los pies con que corrí ligero
(pues todo miembro al alma le responde)
en dos raíces que el caudal esconde,
no del Pineo y sí de mejor río,
y en dos ramas volver también los brazos!
No más me hizo pedazos
que el ver con blanca pluma el cuerpo mío,
cuando abatida ya y muerta yaciera
la esperanza que tan alto volaba;
que, como no sabía dónde o cuándo
la volviera a encontrar solo y llorando,
donde hurtada me fue, día y noche andaba,
buscando por sus aguas y ribera.
Después mi lengua, hasta que muda fuera,
jamás calló caída tal y espanto;
y así color tomé del cisne y canto.
Tanto anduve a lo largo la ribera
que, si algo quería hablar, siempre cantaba,
pidiendo su favor con voz extraña;
más nunca de tal modo concertaba
las notas de mi cuita lastimera
que abriese el corazón de aquella huraña.
¡Mirad cuál fue que hablarlo aún me daña!
Mas mucho más de lo que dicho queda
de la dulce y acerba mi enemiga
conviene que ahora diga,
aun cuanto exceda a cuanto hablar se pueda.
Esta, que con mirar, el alma apura,
tomó del pecho el corazón en mano,
diciéndome: «No digas de esto nada».
La vi sola después trasfigurada
y sin reconocerla (¡oh juicio humano!)
le dije con temor la verdad pura.
Y, vuelta ella a su común figura,
me mudó, ay triste, con ligera seña
en casi viva desbastada peña.
Y así aparentemente tan furiosa
que yo temblaba dentro de la piedra,
dijo: «Quizás no soy quien has pensado»,
y yo entre mí: «Si el alma me despiedra
ninguna vida me será enojosa;
dadme, Señor, el llanto acostumbrado».
Cómo, no sé; pero escapé el cuidado,
a otro no culpando que a mí mismo,
más ya de muerte que de vida aborto.
Mas, porque el tiempo es corto,
no basta pluma a todo el paroxismo
y así, saltando cosas sucedidas,
sólo algunas declara la voz mía
que asombro dan al que prestare oído.
La muerte el corazón tenía asido,
y aun callando librarlo no podía
ni aliviar las virtudes afligidas;
las voces, rotas ya, no eran sentidas,
y así grité en papel como ahora muestro:
«No mío soy: si muero, el daño es vuestro».
Mucho creí poder ante su gesto
de indigno de favor mudarme en digno,
y esta esperanza me volvió atrevido.
Que hay vez que su desdén vuelve benigno
y otras lo inflama más; más supe de esto,
luego de estar de oscuridad vestido,
pues era al ruego mío mi sol ido;
y, no hallando hasta allí donde veía
sombra suya, ni huellas de su paso,
como el que duerme al raso
me recosté sobre la hierba un día.
Allí, la luz no viendo fugitiva,
al llanto triste mío solté el freno,
dejándolo caer conforme hecho;
jamás al sol la nieve se ha deshecho,
como yo deshacerse sentí el seno,
y al pie de un haya hacerme fuente viva.
Y andando húmedo así gran tiempo iba.
¿Oyó alguno nacer de un hombre fuente?
Pues cosa en mí fue clara y evidente.
El alma, a la que Dios sólo ennoblece,
pues no puede venir de otro tal gracia,
conforme a su Hacedor calidad tiene;
y así de perdonar nunca se sacia
a aquel que, si en la faz triste parece,
después del yerro a disculparse viene.
Y si ella contra el hábito sostiene
que ha de ser requerida, en Él se espeja,
que así el pecar mejor quien peca siente;
pues no bien se arrepiente
quien ya hecho un mal, el próximo apareja.
Después que mi señora conmovida
dignó mirarme y conoció en mi agravio
que era pena conforme a mi pecado,
benigna me volvió al primer estado.
Mas nada hay de lo que fíe el sabio;
que, volviendo a rogar, mi cuerpo y vida
mudó en un pedernal; y así incluida
voz me quedé entre lo que fuera un hombre,
llamando a Muerte, y ella por su nombre.
Me acuerdo errante espíritu afligido
por cavernas desiertas y extranjeras
llorando mi deseo destemplado;
más puse fin a aquellas penas fieras
y el ser recuperé que había sido,
quizás por ver después el mal doblado.
Tanto llevé adelante mi cuidado
que, yendo un día a cazar, como solía,
en una fuente a aquella hermosa cruda
la descubrí desnuda,
cuando más reciamente el sol ardía.
Pues solo sacio en ella mi mirada,
paré a mirarla, y ella, vergonzosa,
o por pudor o por vengarse de esto,
me esparció con la mano agua en el gesto.
Y verdad es (aunque creáis dudosa)
que mi imagen sentí de mí arrancada,
y en ciervo toda ella transformada;
tal que de selva en selva solo huía,
y aún huyo, de mis perros la jauría.
Canción, nunca yo fui la nube de oro
que, vuelta ya en preciosa lluvia, iba
matando el fuego al que a Danae conquista;
yo fui la llama, que encendió su vista,
y el ave fui que vuela más arriba,
alzando a aquella que en mi canto honoro;
ni aun transformado a aquel laurel que adoro
supe olvidar, en cuya sombra grata
de otro placer el pecho se desata.
Si la gloriosa fronda que detiene
la ira del cielo cuando Jove truena,
no me negase la corona plena
con que por premio el que poetiza viene,
yo amara más de vos musa perene,
que el vil siglo a su gusto le enajena;
más lejos aquel daño me encadena
de la inventora que la oliva tiene;
que no hierve la arena de la Etiopia
bajo el sol, como ahora me aniquilo,
perdiendo tanta amarga cosa propia.
Buscad, pues, otro curso más tranquilo
que el mío de licor derrama inopia,
si no es de aquel que en lágrimas destilo.
Lloraba Amor y yo con él lloraba,
del cual mis pasos nunca andan lejanos,
viendo que, por efectos inhumanos,
vuestra alma de sus lazos suelta andaba.
Ahora que al recto andar Dios os la clava,
devoto alzando al cielo entrambas manos,
doy gracias de que Él ruegos humanos,
al fin, por escuchar benigno acaba.
Y si, volviendo a la amorosa vida,
porque dieseis la espalda a ese deseo,
hallasteis por la senda foso o loma,
fue por mostrar cuán áspero el rodeo,
y cuán alpestre y dura es la subida,
donde el valor sublime el hombre toma.
Más alegre que yo no se ve en tierra
nave del mar tratada y combatida,
cuando la gente de piedad movida
por la ribera agradeciendo yerra;
ni alegre más quien cárcel se deshierra
que entorno al cuello tuvo cuerda asida,
que yo, viendo la espada desceñida
que hizo a mi Señor tan larga guerra.
Y todos los que a Amor cantáis en rima,
a aquel que os dio una vez de amor modelo,
aunque era antes perdido, dadle estima:
que más gloria da al reino del Cielo
un espíritu converso, y más lo estima,
que otros noventa y nueve de gran celo.
El sucesor de Carlos cuya coma
adorna la corona de aquel Carlos,
las armas toma ya por derrotarlos
a Babilonia y quien su nombre toma;
y el Vicario de Cristo, al fin, retoma
con manto y llave el nido, y si a frenarlos
otro caso no alcanza ni a atajarlos,
verá Bolonia para luego Roma.
Vuestra pacífica y gentil cordera
abate lobos; pues así tratada
debe ser gente que su amor altera.
Consolad, pues, la que la espera enfada,
y a Roma que impaciente esposo espera;
y por Jesús al fin ceñid la espada.
Oh esperada en el cielo alma bendita,
que vas vestida de este pobre velo,
no como a los demás carga pesada,
porque sea la senda que hasta el cielo
conduce más liviana y expedita,
sierva obediente a Dios por Dios amada,
he aquí otra vez tu barca desanclada,
que ya nada del mundo aprecia y nota,
para andar a mejor puerto,
de un viento occidental dulce cubierto,
el cual por medio de esta senda ignota,
donde se llora ajeno y propio tuerto,
la guiará, libre ya de antigua tira,
por derecha derrota,
al oriente veraz hacia el que vira.
Quizás tanto devoto ruego junto
que acompañan con llanto los mortales
la suprema piedad de Dios consterna;
quizás fueron jamás tantos ni tales
que pudieran mover siquiera un punto
fuera de curso la justicia eterna;
pero aquel benigno Rey que allá gobierna,
el lugar sacro en el que en cruz fue puesto,
por gracia suya mira;
y al nuevo Carlos en el pecho inspira
venganza cuyo atraso es tan funesto
que tiempo hace que Europa la suspira.
Así socorre a su adorada esposa
el que con sólo el gesto
hace Persia temblar y andar medrosa.
Todo el que habita entre Garona y monte
y entre Ródano y Rin y mar salado
las enseñas cristianas acompaña;
todo el que halló en la gloria un bien preciado
del Pirineo al último horizonte
siguiendo al de Aragón vaciará España.
A Inglaterra y demás islas que baña
el Océano entre el Carro y el Estrecho,
allá donde se entona
el credo del santísimo Helicona,
varias en lengua, al fin, en arma y hecho,
la caridad en esta acción persona.
¿Qué amor que la mujer o el hijo inspira
dio alguna vez derecho
más justo que el que abona nuestra ira?
Una parte del mundo hay que yace
siempre entre hielo y entre heladas nieves
del camino del sol bien apartada;
allá, en la oscuridad de días breves,
belicosa y contraria de paz, nace
gente que vida y muerte estima en nada.
Si esta, por devoción no antes usada,
con tedesco furor la espada ciñe,
Turco, Árabe y Caldeo
y todo aquel que ignora al Dios hebreo
de acá del mar que roja el agua tiñe,
verás qué son indigno y pobre empleo:
pueblo desnudo, torpe y sin aliento,
que nunca a hierro riñe,
pues confía sus golpes siempre al viento.
Tiempo es de desuncir el cuello hoy solo
del yugo antiguo, y de romper el velo
que sumió nuestros ojos entre brumas;
y que del noble ingenio que del cielo
por gracia tienes del eterno Apolo,
y la elocuencia su virtud presumas,
ya con la lengua o celebradas plumas;
pues, si el leer lo de Anfión y Orfeo
ningún pasmo te arroja,
menos será que Italia se descoja
y arreste al son del santo sermoneo,
tanto que por Jesús la lanza coja;
porque, si atenta mira nuestra madre,
ningún guerrero empleo
tuvo argumento que más justo cuadre.
Tú que, por tomar ciencia, has leído
papel antiguo y nuevo parte a parte,
ascendiendo hasta el cielo con la mente,
conoces (desde el hijo aquel de Marte
a Augusto que el laurel esclarecido
tres veces triunfador ciñó a la frente)
cuán generosa en sangre fue a otra gente
Roma, cuando prestaba a ellos defensa;
¿Por qué ahora no tendría,
no generosa, sino ardiente y pía,
que vengar toda despiada ofensa
contra el Hijo glorioso de María?
¿Qué puede esperar, pues, nuestro adversario
de su legión inmensa,
si Cristo hace milicia en el contrario?
Recuerda cómo Jerjes, atrevido,
ultrajó, por llegar a nuestra orilla,
con nuevos puentes la región marina;
y vistiendo verás negra mantilla
toda persa mujer por su marido,
y tinto en sangre el mar de Salamina.
Y no sólo esta mísera ruina
de ese pueblo infeliz del Oriente
victoria te asegura,
que también Maratón y la angostura
que aquel león cerró con poca gente,
y mil más que conserva la escritura.
Y así conviene a Dios, prestando ofrenda,
doblar rodilla y frente,
pues tan grande tarea te encomienda.
Verás tú Italia y su gentil ribera,
canción, que a mí me aparta de su senda,
no mar, no río, no alteza,
más sólo Amor, que a aquel al que tropieza
anima el alma dónde más encienda;
y al uso vence mal Naturaleza.
No pierdas tus iguales, y ve ahora;
que no sólo en la venda
habita Amor, por quien se ríe y llora.
Paños de tinte mate, o colorido
jamás dama ha llevado,
ni trenza adornó rubia cabellera
tan bella como aquella que me arroja
de la cordura, y de la libre vía
a sí me tira, tal que no tolero
un yugo menos grave.
Y si el alma se apresta a dar gemido
habiéndole faltado
consejo cuando a estado tal viniera,
querella tal destruye y tal congoja
el verla; porque el pecho me desvía
de toda pira, y todo desdén fiero
hace el mirarla suave.
De cuanto por Amor mal he tenido,
y aún tengo destinado,
hasta que el pecho sane quien lo hiriera
sin huella de piedad y aún me acongoja,
venganza habré; si no es que en contra mía
Orgullo e Ira el paso a ese sendero
no corte ni socave.
La hora y día que hacia el sol he ido,
de negro y blanco ornado,
que me expulsó de allá donde Amor era,
la huella de esta vida que me enoja
primera son que sigue la edad mía;
y quien la admira es como acero
en que temor no cabe.
El llanto (que del rostro ya he vertido
por dardo que al costado
izquierdo baña al que antes de él supiera)
no mella Amor, ni de él me descongoja,
más grava la sentencia a quien lo cría:
por él suspira el alma; y es certero
que sus heridas lave.
Diversos pensamientos me han nacido:
como quien yo hoy cansado
la amada espada contra sí volviera;
y no a ella, empero, ruego me descoja,
que no va al cielo más derecha vía,
y no se aspira, al alto y lisonjero
reino en más firme nave.
¡Benignos astros los que habéis seguido
al vientre afortunado
cuando aquel parto al mundo descendiera!
Que estrella es ella, y, como en laurel hoja,
su honestidad conserva lozanía,
pues no lo tira rayo traicionero,
ni viento hay que lo acabe.
Bien sé que de cantarla haber querido
se habría al fin cansado
quien nunca con mejor mano escribiera.
¿Qué pella en la memoria es la que aloja
cuanta beldad, cuanta virtud vería
quien ojos mira luz del bien entero,
del pecho dulce llave?
Donde el sol gira, Amor de más señero
premio que vos no sabe.
Muchacha hermosa bajo un verde lauro
más blanca vi y más fría que la nieve
jamás tocada por el sol en años;
y de habla, y dulce gesto, y bello pelo