Sin segundo nombre - Lee Child - E-Book

Sin segundo nombre E-Book

Lee Child

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Beschreibung

 Sin segundo nombre   reúne diez relatos policiales de Lee Child que  ahondan en la leyenda y los orígenes de Jack Reacher, su célebre personaje.   En "Demasiado tiempo", Reacher es testigo casual de un arrebato callejero en una perdida ciudad de Maine, pero nada es lo que parece cuando las cosas caen, literalmente, ante sus ojos. Okinawa es el escenario de "Segundo hijo", donde un adolescente Jack Reacher vive con sus padres y su hermano, y empieza a modelar y perfeccionar su inteligencia, sagacidad y fuerza física. En "Bien en el fondo", un aún policía militar Reacher tiene que infiltrarse en un comité de expertos para averiguar cuál de ellos está vendiendo información clasificada. "El cuadro del diner solitario", una historia de espías, le da la excusa para sentirse protagonista de una de sus pinturas favoritas. Completan la colección dos historias navideñas (un guiño británico al lector en medio de esta serie negra) y otros cuatro relatos atrapantes.   Sin equipaje. Sin destino. Sin segundo nombre. No importa dónde ni cuándo, a Reacher los problemas siempre lo encuentran. Mal por ellos.  " Lee  Child sigue siendo el mejor ". Stephen King " Lee  Child: el recurso perfecto para devolverles el gusto por la lectura a quienes nunca lo perdieron ". César Aira

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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SIN SEGUNDO NOMBRE

10 HISTORIAS DE JACK REACHER

 

LEE CHILD

 

Traducción de Aldo Giacometti

 

 

 

Índice

Cubierta

Portada

Demasiado tiempo

Segundo hijo

Bien en el fondo

La nueva identidad de James Penney

Todos hablan

No un simulacro

Quizás tengan una tradición

Un tipo entra a un bar

Sin habitaciones disponibles en el motel

El cuadro del

diner

solitario

Otros títulos de Lee Child publicados en Blatt & Ríos

Sobre el autor

Créditos

Hitos

Tabla de contenidos

Portada

DEMASIADO TIEMPO

Sesenta segundos en un minuto, sesenta minutos en una hora, veinticuatro horas en un día, siete días en una semana, cincuenta y dos semanas en un año. Reacher hizo un cálculo mental aproximado y le dio poco más de treinta millones de segundos en un intervalo de doce meses. Tiempo en el cual se cometerían cerca de diez millones de delitos relevantes solo en Estados Unidos. Más o menos uno cada tres segundos. Nada raro. Ver que uno se produzca justo enfrente de uno mismo, de cerca y personal, no era inherentemente improbable. La ubicación importaba, claro. Los delitos iban adonde la gente iba. Las probabilidades eran mejores en el centro de una ciudad que en el medio del campo.

Reacher estaba en una ciudad vaciada en Maine. No cerca de un lago. No en la costa. Nada que ver con langostas. Pero que érase una vez había sido buena para algo. Eso estaba claro. Las calles eran anchas y los edificios de ladrillo. Tenía un aire de prosperidad perdida. Las que tal vez antes habían sido grandes tiendas eran ahora negocios de todo por un dólar. Pero no era todo oscuro. Esos negocios de todo por un dólar movían al menos algo de dinero. Había un café de franquicia. Había mesas afuera. Las calles estaban casi atestadas. El clima ayudaba. El primer día de primavera y el sol radiante.

Reacher dobló en una calle tan ancha que la habían cerrado al tráfico y la habían bautizado como plaza. Había mesas de bar frente a deslucidos edificios rojos a ambos lados, y quizás treinta personas paseando en el espacio entremedio. Reacher primero vio la escena de frente, con la gente delante de él, repartida de manera aleatoria. Más tarde se dio cuenta de que los que más importaban habían formado una figura perfecta, como una T mayúscula. Él estaba en la base, mirando hacia arriba, y cuarenta metros más allá, en la barra de la T, había una mujer joven caminando en ángulo recto por su campo de visión, de derecha a izquierda delante de él, cruzando la ancha calle directo de una vereda a la otra. Tenía un bolsito de tela colgado del hombro. La tela parecía de gramaje medio, y era de color natural, pálida contra su remera oscura. Ella tenía quizás veinte años. O incluso menos. Podría haber llegado a tener dieciocho. Caminaba despacio, la mirada en alto, disfrutando del sol en la cara.

Entonces desde el extremo izquierdo de la barra, y mucho más rápido, apareció corriendo un chico, de frente hacia ella. Edad parecida. Zapatillas, pantalón negro ajustado, buzo con capucha. Agarró el bolso de la mujer y se lo arrancó del hombro. Ella quedó desparramada, la boca abierta con algún tipo de exclamación incrédula. El chico de la capucha se calzó el bolso bajo el brazo como una pelota de fútbol americano e hizo una finta hacia la derecha y salió corriendo por el tallo de la T, derecho hacia donde estaba Reacher en la base.

Entonces desde el extremo derecho de la barra aparecieron dos hombres de traje, caminando en la misma dirección de vereda a vereda que había caminado la mujer. Estaban unos veinte metros atrás de ella. El delito tuvo lugar justo enfrente de ellos. Reaccionaron como reacciona la mayoría de las personas. Se quedaron quietos por un instante y después se dieron vuelta y miraron cómo se escapaba el muchacho, y levantaron los brazos de manera animada pero incoherente, y gritaron algo que podría haber sido ¡Ey!

Entonces empezaron a perseguirlo. Como si hubiese sonado el disparo de largada. Corrieron fuerte, las rodillas bombeando, flameando el faldón de los abrigos. Policías, pensó Reacher. Tenían que ser. Por la coordinación tácita. Ni siquiera se miraron. ¿Quién más reaccionaría así?

A cuarenta metros de distancia la joven mujer se volvió a poner de pie de prisa y se fue corriendo.

Los policías seguían acercándose. Pero el chico del buzo negro estaba diez metros por delante de ellos, y corriendo mucho más rápido. No lo iban a atrapar. No había manera. Sus números relativos eran negativos.

Ahora el chico estaba a veinte metros de Reacher, esquivaba hacia la izquierda, hacia la derecha, corría por donde nadie obstruía el terreno. A tres segundos de distancia. Con un hueco obvio enfrente de él. Ahora a dos segundos de distancia. Reacher se movió hacia la derecha, un paso. Ahora a un segundo de distancia. Otro paso. Reacher golpeó al chico con la cadera y lo volteó y el chico se deslizó por el piso en un enredo de manos y piernas. El bolsito de tela voló por el aire y el chico se raspó y rodó por otros tres metros, y entonces llegaron los hombres de traje y se le fueron encima. Una pequeña multitud se apretó alrededor. El bolso de tela había tocado tierra a un metro de los pies de Reacher. Tenía un cierre en la parte de arriba, bien cerrado. Reacher se agachó para agarrarlo, pero después lo pensó mejor. Mejor no tocar la evidencia, dejarla como estaba. Se alejó un paso. Al lado de él se juntaron más espectadores.

Los policías sentaron al chico, aturdido, y le esposaron las manos detrás de la espalda. Un policía hizo guardia y el otro pasó por encima y levantó el bolso de tela. Parecía desinflado y sin peso y vacío. Colapsado. Como si no tuviera nada adentro. El policía escaneó las caras a su alrededor y miró a Reacher. Sacó una billetera del bolsillo de atrás y la abrió con un veloz y practicado movimiento de muñeca. Había un documento detrás de una ventana de plástico lechoso. Detective Ramsey Aaron, Departamento de Policía del Condado. En la foto estaba el mismo tipo, un poco más joven y mucho menos agitado.

—Muchas gracias por estar ayudándonos con eso —dijo Aaron.

—De nada —dijo Reacher.

—¿Vio exactamente lo que pasó?

—Creería que sí.

—Entonces voy a necesitar que firme la declaración de testigo.

—¿Vio que la víctima se fue corriendo?

—No, no lo vi.

—Parecía estar OK.

—Bueno saberlo —dijo Aaron—. De todas formas vamos a necesitar que firme la declaración.

—Ustedes estuvieron más cerca de todo que yo —dijo Reacher—. Pasó justo enfrente de ustedes. Firmen su propia declaración.

—Francamente, señor, va a tener más valor si viene de una persona común. Alguien del público, quiero decir. A los jurados no siempre les gustan los testimonios de la policía. Un signo de los tiempos.

—En algún momento fui policía.

—¿Dónde?

—En el Ejército.

—Entonces usted es incluso mejor que una persona común.

—No me voy a poder quedar para un juicio —dijo Reacher—. Estoy de paso. Tengo que seguir viaje.

—No va a haber juicio —dijo Aaron—. Si tenemos un testigo presencial en el registro, que es además un veterano militar, con experiencia en las fuerzas de seguridad, la defensa lo va a declarar culpable. Simple aritmética. Sumas y restas. Como cuando se quiere sacar un préstamo. Así es como funciona ahora.

Reacher no dijo nada.

—Diez minutos de su tiempo —dijo Aaron—. Vio lo que vio. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

—OK —dijo Reacher.

 

Fueron más de diez minutos, incluso al principio. Se quedaron ahí y esperaron a un patrullero que viniera a llevarse al chico a la comisaría. Eventualmente apareció, acompañado por una ambulancia de los bomberos, para chequear los signos vitales del chico. Para declararlo apto para el procesamiento. Para evitar bajo custodia una muerte sin explicación. Y todo eso llevó tiempo. Pero al final el chico se subió al asiento de atrás y los uniformados a los de adelante y el auto partió. Los curiosos se volvieron a dispersar. Reacher y los dos policías quedaron ahí solos.

El segundo policía dijo que su nombre era Bush. Ninguna relación con los Bush de Kennebunkport. También detective del condado. Dijo que el auto estaba estacionado en la calle pasando la esquina más lejana de la plaza. Señaló. Allá donde había empezado el paseo al sol que tenían planeado. Los tres empezaron a caminar en esa dirección. Hacia arriba por el tallo de la T, después un giro a la derecha sobre la barra, los policías desandando sus pasos, Reacher siguiendo a los policías.

—¿Por qué escapó la víctima? —dijo Reacher.

—Supongo que eso es algo que tendremos que resolver —dijo Aaron.

El auto era un viejo Crown Vic, deteriorado pero no destruido. Limpio pero no reluciente. Reacher subió atrás, lo que no le molestó, porque era un sedán común. Sin separador a prueba de balas. Sin implicaciones. Y el mejor espacio de todos para las piernas, sentado de costado, la espalda contra la puerta, algo que hizo contento, porque pensó que el compartimiento de atrás de un auto de policía difícilmente se abriría de manera espontánea por una moderada presión interna. Estaba seguro de que los diseñadores lo habrían tenido en cuenta.

El viaje fue corto, hasta una deprimente estructura baja de hormigón en el límite de la ciudad. En el techo había unas antenas altas y otras parabólicas. Tenía un estacionamiento con tres sedanes no identificables y un solitario patrullero blanco y negro, todos estacionados en línea, más unos diez espacios vacíos, y en un rincón más allá los restos destruidos de un SUV azul. El detective Bush entró y estacionó en el lugar que decía D2. Los tres se bajaron. El débil sol primaveral persistía ahí en lo alto.

—Solo para que lo sepa —dijo Aaron—. Mientras menos invirtamos en los edificios, más podemos invertir en atrapar a los malos. Es una cuestión de prioridades.

—Suena como el alcalde —dijo Reacher.

—Buena suposición. Era un concejal dando un discurso. Palabra por palabra.

Entraron. El lugar no estaba tan mal. Reacher había circulado por edificios públicos toda su vida. No necesariamente los elegantes palacios de mármol del DC, sino los estropeados y mugrientos lugares donde en verdad se gobierna. Y los policías del condado estaban más o menos en la mitad de arriba de la escala, en lo que respecta a entornos lujosos. Su principal problema era un techo bajo. Que era pura mala suerte. Incluso los arquitectos de obras públicas sucumben a veces a la moda, y en aquel entonces, cuando atómico era una palabra fuerte, por un breve período favorecieron las estructuras brutalistas de hormigón grueso, como si al público de los años cincuenta lo pudiera tranquilizar que las fuerzas del orden estuvieran protegidas por instalaciones de apariencia antinuclear. Pero fuera cual fuera la razón, la mentalidad estilo bunker solía expandirse hacia dentro, y daba como resultado espacios estrechos y sofocantes. Que eran el único problema real que tenía la comisaría de la Policía del Condado. El resto estaba bastante bien. Básico, quizás, pero un tipo inteligente no lo querría mucho más complicado. Parecía un lugar OK para trabajar.

Aaron y Bush guiaron a Reacher hasta un cuarto de interrogatorio en un pasillo paralelo al recinto de los detectives.

—¿No vamos a hacer esto en el escritorio de ustedes? —dijo Reacher.

—¿Como en los programas de televisión? —dijo Aaron—. No está permitido. Ya no más. No desde el 11-S. Nada de ingresos no autorizados a las oficinas de brigada. Usted no está autorizado hasta que su nombre no aparezca como testigo en un documento oficial impreso. Y el suyo todavía no apareció, obviamente. Además de que nuestro seguro funciona mejor acá. Signo de los tiempos. Si se llegara a resbalar y caer, preferiríamos que hubiera una cámara en el cuarto, para poder demostrar que en ese momento no estábamos cerca de usted.

—Comprendido —dijo Reacher.

Entraron. Era una instalación estándar, quizás todavía más opresiva por una sensación como encorvada y comprimida, provocada por las obvias miles de toneladas de hormigón todo alrededor. El revestimiento estaba sin terminar, pero lo habían pintado tantas veces que estaba liso y terso. El color era un verde pálido estatal, poco favorecido por las lámparas de bajo consumo. El aire parecía viciado. Había un espejo grande en la pared del fondo. Sin dudas una ventana unidireccional.

Reacher se sentó de cara al espejo, del lado del malo de una mesa rectangular, enfrente de Aaron y Bush, que tenían blocs de notas y un manojo de biromes. Primero Aaron le advirtió a Reacher que se estaba grabando tanto audio como video. Después Aaron le preguntó a Reacher su nombre completo, y su número de Seguridad Social, todo lo cual Reacher facilitó verazmente, porque ¿por qué no? Después Aaron le pidió su dirección actual, lo que inició todo un gran debate.

—Sin domicilio fijo —dijo Reacher.

—¿Eso qué significa? —dijo Aaron.

—Lo que dice. Es una forma verbal conocida.

—¿No vive en ningún lado?

—Vivo en muchos lugares. Una noche a la vez.

—¿Como en una casa rodante? ¿Está jubilado?

—Ninguna casa rodante —dijo Reacher.

—En otras palabras está en situación de calle.

—Pero voluntariamente.

—¿Eso qué significa?

—Me muevo de un lugar a otro. Un día acá, un día allá.

—¿Por qué?

—Porque me gusta.

—¿Como un turista?

—Supongo.

—¿Dónde está su equipaje?

—No uso.

—¿No tiene nada?

—Vi un librito en un local del aeropuerto. Aparentemente es bueno que nos deshagamos de lo que no nos da alegría.

—¿Entonces tira sus cosas?

—Ya no tengo nada. Resolví esa parte hace años.

Aaron miró su bloc de notas, inseguro. Dijo:

—¿Entonces cuál sería la mejor palabra para usted? ¿Vagabundo?

—Itinerante. Repartido. Pasajero. Episódico.

—¿Fue licenciado de las Fuerzas Armadas con algún tipo de diagnóstico?

—¿Afectaría eso mi credibilidad como testigo?

—Ya le dije, es como cuando se quiere sacar un préstamo. No tener domicilio fijo es malo. TEPT sería peor. El abogado defensor podría especular sobre su fiabilidad potencial en el estrado. Le podrían bajar uno o dos puntos.

—Estuve en el 110 de la Policía Militar —dijo Reacher—. No le tengo miedo al TEPT. El TEPT me tiene miedo a mí.

—¿Qué era el 110 de la Policía Militar?

—Una unidad de elite.

—¿Hace cuánto que está afuera?

—Más de lo que estuve adentro.

—OK —dijo Aaron—. Pero no me toca decidir a mí. Ahora se trata de números, puro y simple. Los juicios se desarrollan adentro de laptops. Software especial. Diez mil simulaciones. La tendencia mayoritaria. Un par de puntos para alguno de los dos lados podría ser crucial. No tener domicilio fijo no es ideal, incluso sin nada más que eso.

—Tómenlo o déjenlo —dijo Reacher.

Lo tomaron, tal como Reacher sabía que sucedería. Nunca podrían tener demasiado. Siempre podrían perder algo de eso después. Perfectamente normal. Mucho trabajo bien hecho echado a perder, incluso en casos exitosos cantados. Así que repasó lo que había visto, con cuidado, coherentemente, de manera completa, de principio a fin, de izquierda a derecha, de cerca y de lejos, y después los tres estuvieron de acuerdo en que eso debía haber sido más o menos todo. Aaron mandó a Bush a que se encargara de tipiar e imprimir el audio, listo para la firma de Reacher. Bush salió de la sala, y Aaron dijo:

—Gracias una vez más.

—De nada una vez más —dijo Reacher—. Ahora cuénteme su interés.

—Como usted vio, sucedió justo enfrente de nosotros.

—Lo que estoy empezando a pensar que es la parte interesante. Digo, ¿cuáles son las probabilidades? El detective Bush estacionó en el lugar D2. Lo que significa que es el número dos en la brigada de detectives. Pero él condujo el auto y ahora le está haciendo los mandados. Lo que significa que usted es el número uno en la brigada de detectives. Lo que significa que los dos nombres más importantes en la división más glamorosa de todo el Departamento de la Policía del Condado justo estaban paseando al sol a veinte metros de una chica a la que justo le robaron.

—Coincidencia —dijo Aaron.

—Yo creo que la estaban siguiendo —dijo Reacher.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque no parece que les importe lo que le pasó a ella después. Probablemente porque saben quién es. Saben que va a volver pronto, para contarles todo. O saben dónde encontrarla. Porque la están chantajeando. O es una agente doble. O quizás es una de ustedes, trabajando de manera encubierta. Sea cual sea, confiaron en que se arreglara sola. No les preocupa. Es el bolso de tela lo que les interesa. Le robaron violentamente, pero ustedes persiguieron al bolso, no a ella. Quizás el bolso es importante. Aunque no veo cómo. A mí me pareció que estaba vacío.

—Suena como que hay una gran conspiración en curso, ¿no?

—Esas son sus palabras —dijo Reacher—. Usted me agradeció por mi ayuda. ¿Mi ayuda en qué exactamente? ¿Una emergencia espontánea de un instante? No creo que usted hubiera usado esa frase. Habría dicho guau, qué locura, ¿eh? O algún equivalente. O simplemente habría levantado las cejas. Como un gesto cómplice, o como para romper el hielo. Como si fuéramos solo dos tipos charlando. Pero en vez de eso usted me agradeció de manera bastante formal. Dijo: Muchas gracias por estar ayudándonos con eso.

—Estaba intentando ser amable —dijo Aaron.

—Pero yo creo que ese tipo de formalidad necesita una incubación más prolongada —dijo Reacher—. Y usted dijo con eso. ¿Con qué? Para que usted internalizara algo como eso, creo que necesitaría ser un poco más viejo que un instante. Necesitaría estar previamente establecido. Y usted utilizó un tiempo continuo. Dijo que yo los estaba ayudando. Lo que implica que hay algo en marcha. Algo que existía antes de que el chico arrebatara el bolso y que seguirá después. Y usted usó el pronombre plural. Dijo gracias por ayudarnos. Usted y Bush. Con algo que ya es de ustedes, con algo que ustedes manejan, y que se salió un poquito de pista, pero finalmente el daño no fue tan malo. Creo que fue ese tipo de ayuda el que usted me estaba agradeciendo. Porque usted se sintió extremadamente aliviado. Podría haber sido mucho peor, si el chico se hubiese escapado, quizás. Que es el motivo por el cual usted dijo muchas gracias. Que fue demasiado sentido para un robo trivial. Parecía más importante para usted.

—Estaba siendo amable.

—Y creo que mi declaración como testigo es sobre todo para el jefe de policía y los concejales, no un juego de computadora. Para mostrarles que no fue culpa de ustedes. Para mostrarles que no fueron ustedes los que casi arruinan algún tipo de operación de largo plazo. Por eso querían a una persona normal. Cualquier tercero estaba bien. De otro modo lo único que iban a tener era su propio testimonio, en nombre de ustedes. Usted y Bush, cuidándose las espaldas.

—Estábamos paseando.

—Ni siquiera se miraron. No lo pensaron dos veces. Simplemente salieron a perseguir ese bolso. Habían estado pensando en ese bolso todo el día. O toda la semana.

Aaron no respondió, y ya no hubo oportunidad de discutirlo, porque en ese momento la puerta se abrió y se asomó una cabeza diferente. Le hizo un gesto a Aaron para decirle algo. Aaron salió y la puerta se cerró con un clic detrás de él. Pero antes de que Reacher pudiera preocuparse por si estaba trabada o no, se abrió de nuevo, y Aaron asomó la cabeza y dijo:

—El resto de la entrevista va a quedar en manos de otros detectives.

La puerta se volvió a cerrar.

Se volvió a abrir.

El tipo que había asomado la cabeza la primera vez iba adelante. Detrás de él iba un tipo parecido. Ambos tenían el aspecto de personajes clásicos de Nueva Inglaterra de fotos históricas blanco y negro. Producto de muchas generaciones de sacrificio y trabajo duro. Ambos eran esbeltos y fibrosos, todo nervios y ligamentos, casi demacrados. Iban vestidos con pantalones chinos, camisa a cuadros y abrigo deportivo azul. Estaban rapados. Sin intención de estilo. Pura funcionalidad. Dijeron que trabajaban en la Administración para el Control de Drogas de Maine. Una organización estatal. Dijeron que las investigaciones a nivel del estado pesaban más que las investigaciones a nivel del condado. De ahí que se habían apropiado de la entrevista. Dijeron que tenían preguntas acerca de lo que Reacher había visto.

Se sentaron en las sillas que habían dejado libres Aaron y Bush. El de la izquierda dijo que se llamaba Cook, y el de la derecha dijo que se llamaba Delaney. Pareció como que él era el líder del equipo. Parecía preparado para llevar la charla. Acerca de lo que Reacher había visto, volvió a decir. Nada más. Nada de que preocuparse.

Pero después dijo:

—Primero necesitamos más información sobre un aspecto en particular. Creemos que nuestros colegas del condado lo pasaron un poco por alto. Apenas lo tocaron, entendiblemente tal vez.

—¿Apenas tocaron qué?

—¿En qué estaba pensando exactamente, en términos de intención, cuando volteó al chico?

—¿En serio?

—Con sus propias palabras.

—¿Cuántas?

—Las que necesite.

—Estaba ayudando a los policías.

—¿Nada más?

—Vi el delito. El responsable iba huyendo derecho hacia mí. Corría más rápido que sus perseguidores. No tenía dudas acerca de su inocencia o su culpabilidad. Así que me le crucé en el camino. Ni siquiera se lastimó mucho.

—¿Cómo supo que los dos hombres eran policías?

—Primeras impresiones. ¿Me equivoqué o no?

Delaney hizo una pausa.

Luego dijo:

—Ahora dígame lo que vio.

—Estoy seguro de que estaban escuchando, la primera vez.

—Estábamos escuchando —dijo Delaney—. También cuando la conversación continuó después, con el detective Aaron. Después de que se fuera el detective Bush. Parece que vio más de lo que puso en su declaración de testigo. Parece que vio algo acerca de una operación de más largo plazo.

—Eso era una especulación —dijo Reacher—. No tenía nada que hacer en una declaración de testigo.

—¿Por una cuestión ética?

—Supongo.

—¿Es usted una persona ética, señor Reacher?

—Hago lo que puedo.

—Pero ahora se puede despachar. La declaración ya está hecha. Ahora puede especular a gusto. ¿Qué vio?

—¿Por qué me pregunta a mí?

—Podríamos estar teniendo un problema. Usted podría ser capaz de ayudar.

—¿Cómo podría ayudar?

—Usted fue policía militar. Sabe cómo funcionan estas cosas. Visión de conjunto. ¿Qué fue lo que vio?

—Imagino que vi a Aaron y a Bush siguiendo a la chica del bolso de tela —dijo Reacher—. Alguna clase de operación de vigilancia. Vigilancia del bolso, principalmente. Cuando pasó lo que pasó ignoraron a la chica completamente. La mejor suposición, quizás la chica tenía que entregarle el bolso a un sospechoso todavía no identificado. En una etapa posterior. En otro lugar. Como una entrega o un pago. Quizás era importante observar la transacción misma. Quizás el sospechoso no identificado es el último eslabón de la cadena. De ahí el alto nivel de los testigos oculares. O lo que fuera. Salvo que el plan fracasó porque el destino intervino en la forma de un carterista ocasional. Pura mala suerte. Pasa en las mejores familias. Y no es para tanto. Lo pueden hacer de vuelta mañana.

Delaney negó con la cabeza:

—Estamos en aguas turbias. La gente como con la que estamos tratando en este caso, si faltas a un encuentro, para ellos estás muerto. Esto está terminado.

—Entonces lo lamento —dijo Reacher—. Así es la vida. Lo mejor va a ser olvidarse del tema.

—Para usted es fácil decirlo.

—No es mi problema —dijo Reacher—. Yo soy solo alguien que está de paso.

—De eso también tenemos que hablar. ¿Cómo nos podemos contactar con usted, en caso de que lo necesitemos? ¿Tiene un teléfono celular?

—No.

—¿Y cómo se contacta con usted la gente?

—No se contacta.

—¿Ni siquiera familia y amigos?

—No me queda familia.

—¿Tampoco amigos?

—No de los que se llaman por teléfono cada cinco minutos.

—¿Quién sabe entonces dónde está usted?

—Yo lo sé —dijo Reacher—. Con eso alcanza.

—¿Está seguro?

—Todavía no he necesitado que me rescaten.

Delaney asintió. Dijo:

—Volvamos a lo que vio.

—¿Qué parte?

—Todo. Quizás todavía no terminó. ¿Podría haber otra interpretación?

—Todo es posible —dijo Reacher.

—¿Qué tipo de cosa podría ser posible?

—Solían pagarme por este tipo de conversación.

—Le podríamos dar a cambio una taza del café del condado.

—Trato hecho —dijo Reacher—. Negro, sin azúcar.

Cook fue a buscarlo y, cuando volvió, Reacher bebió un sorbo y dijo:

—Gracias. Pero en conjunto creo que fue probablemente un hecho casual.

—Use su imaginación —dijo Delaney.

—Usen la suya —dijo Reacher.

—OK —dijo Delaney—. Supongamos que Aaron y Bush no sabían dónde o cuándo o quién o cómo, pero eventualmente esperaban ver que el bolso pasara a manos de otra persona.

—OK, supongamos —dijo Reacher.

—Y quizás eso es exactamente lo que vieron. Solo que un poco antes de lo esperado.

—Todo es posible —volvió a decir Reacher.

—Tenemos que suponer discreción y medidas clandestinas por parte de los malos. Quizás arreglaron un encuentro falso y planearon hacerse con el bolso en el camino. Para generar sorpresa e imprevisibilidad. Que es siempre la mejor manera de eludir la vigilancia. Quizás incluso estaba ensayado. Según usted la chica lo entregó sin demasiado esfuerzo. Usted dijo que ella cayó sentada, y después se puso de pie enseguida y se fue a toda prisa.

Reacher asintió:

—Lo que significa que ustedes dirían que el chico de buzo negro es el sospechoso desconocido. Dirían que fue siempre él el que tenía que recibir el bolso.

Delaney asintió:

—Y lo atrapamos, y por lo tanto la operación fue de hecho un éxito total.

—Para usted es fácil decirlo. También muy conveniente.

Delaney no respondió.

—¿Dónde está el chico ahora? —preguntó Reacher.

—Dos cuartos más allá. —Delaney señaló la puerta—. Lo vamos a estar llevando a Bangor de acá a poco.

—¿Está hablando?

—Por el momento no. Se está comportando como un buen soldadito.

—A no ser que no sea para nada un soldado.

—Creemos que lo es. Y creemos que va a hablar, cuando considere en toda su extensión el riesgo que corre.

—Otro gran problema —dijo Reacher.

—¿Cuál?

—Para mí el bolso estaba vacío. ¿Qué clase de entrega o pago sería ese? No van a conseguir una condena por andar siguiendo un bolso vacío.

—El bolso no estaba vacío —dijo Delaney—. Al menos no al principio.

—¿Qué había adentro?

—Ya vamos a llegar a eso. Pero primero tenemos que volver atrás. A lo que le pregunté al principio de todo. Para asegurarnos. Acerca de su intención.

—Estaba ayudando a los policías.

—¿Sí?

—¿Le preocupa la responsabilidad legal? Si fuera un civil brindando ayuda, tendría la misma inmunidad que tienen las fuerzas de seguridad. Además el chico no salió herido. Algunos rasguños quizás. Quizás un raspón en la rodilla. No es un problema. A no ser que ustedes acá tengan jueces realmente particulares.

—Nuestros jueces están OK. Cuando entienden el contexto.

—¿Cuál otro podría ser el contexto? Fui testigo de un delito. Hubo una clara manifestación de apresar al criminal por parte del Departamento de Policía. Yo los ayudé. ¿Me está diciendo que tienen un problema con eso?

—¿Nos disculparía por un momento? —dijo Delaney.

Reacher no respondió. Cook y Delaney se pusieron de pie y salieron despacio desde el otro lado de la mesa rectangular. La puerta se cerró con un clic detrás de ellos. Esta vez Reacher estuvo casi seguro de que había trabado. Miró el espejo. No vio más que su reflejo, gris con un tinte verde.

Diez minutos de su tiempo. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

No pasó nada. Nada durante tres largos minutos. Entonces Cook y Delaney volvieron a entrar. Se volvieron a sentar, Cook a la izquierda y Delaney a la derecha.

—Usted afirmó que estaba brindando asistencia a las fuerzas de seguridad —dijo Delaney.

—Correcto —dijo Reacher.

—¿Le gustaría reconsiderar esa declaración?

—No.

—¿Está seguro?

—¿Usted no?

—No —dijo Delaney.

—¿Por qué no?

—Creemos que la verdad fue muy distinta.

—¿Cómo es eso?

—Creemos que usted estaba sacándole el bolso al chico. De la misma manera que él se lo sacó a la chica. Creemos que usted era un sorpresivo e impredecible segundo participante.

—El bolso cayó al piso.

—Tenemos testigos que lo vieron a usted agachándose a levantarlo.

—Lo pensé mejor. Lo dejé ahí. Aaron lo levantó.

Delaney asintió:

—Y para entonces estaba vacío.

—¿Quiere revisarme los bolsillos?

—Creemos que usted retiró el contenido del bolso y se lo dio a alguno de los presentes.

—¿Qué?

—Si usted fuera un segundo participante, ¿por qué no podría haber un tercero?

—Eso es un disparate —dijo Reacher.

—Jack-nada-Reacher —dijo Delaney—, queda arrestado por asociación ilícita con una organización corrupta con influencias mafiosas. Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser usado en su contra en la corte. Tiene derecho a la presencia de un abogado antes de que se lo siga interrogando. Si no puede pagar un abogado se le asignará uno con el dinero de los contribuyentes.

 

Entraron cuatro policías del condado, tres con armas cortas desenfundadas y el cuarto con una escopeta en presenten armas cruzándole el pecho. Del otro lado de la mesa Cook y Delaney apenas se levantaron las solapas para exhibir sus Glock 17 en las sobaqueras. Reacher no se movió. Seis contra uno. Demasiados. Probabilidades en contra. Más la tensión nerviosa en el aire, más dedos en los gatillos, más un completamente desconocido nivel de entrenamiento, pericia y experiencia.

Se podían cometer errores.

Reacher no se movió.

—Quiero al defensor público —dijo.

Después de eso, no dijo nada más.

Le esposaron las muñecas detrás de la espalda y lo llevaron al pasillo, y doblaron una vez para cada lado, y abrieron una puerta de acero empotrada en un marco de hormigón y la cruzaron, y entraron a la zona de detención de la comisaría, que era un pabellón en miniatura con tres celdas vacías en un corredor estrecho, al otro extremo de una mesa de entrada que en ese momento estaba desocupada. Uno de los policías enfundó el arma y dio la vuelta. Le sacaron las esposas a Reacher. Entregó su pasaporte, su tarjeta ATM, su cepillo de dientes, setenta dólares en billetes, setenta y cinco centavos en monedas de veinticinco y los cordones de los zapatos. A cambio le dieron un empujón por la espalda y el uso exclusivo de la primera de las celdas. La puerta se cerró con un sonido metálico, y la traba sonó como un martillo golpeando un clavo para durmientes. Los policías miraron hacia adentro por un segundo más, como la gente en el zoológico, y después dieron media vuelta y se alejaron caminando más allá de la mesa de entrada y fuera de la sala, uno detrás de otro. Reacher escuchó cómo se cerraba la puerta de acero detrás del último. Escuchó cómo trababa.

Esperó. Era bueno esperando. Era un hombre paciente. No tenía adónde ir y tenía todo el tiempo del mundo para llegar ahí. Se sentó en la cama, que era una estructura de hormigón, de molde, al igual que un pequeño escritorio, con banqueta integrada. La banqueta tenía una pequeña almohadilla redonda, de la misma delgada goma espuma recubierta en vinilo que el colchón de la cama. El inodoro era de acero, con una tapa cóncava para hacer de lavabo. Solo agua fría. Como el cuarto de motel más piojoso del mundo, pero limitado a los requisitos mínimos inevitables, y después reducido en tamaño hasta lo apenas tolerable. Los arquitectos de los viejos tiempos habían usado incluso más hormigón que en los demás lugares. Como si los prisioneros que trataran de escapar pudieran ejercer más fuerza que las bombas atómicas.

 

Reacher llevó el tiempo mentalmente. Pasaron dos horas, y parte de una tercera, y entonces el más joven de los uniformados del condado se presentó para un control de rutina. Miró hacia el otro lado de las rejas y dijo:

—¿Está OK?

—Estoy bien —dijo Reacher—. Con un poco de hambre, quizás. Ya pasó la hora del almuerzo.

—Hay un problema con eso.

—¿El cocinero faltó por enfermedad?

—No tenemos cocinero. Mandamos a buscar. Al diner de la esquina. Para el almuerzo hay autorización de gastar hasta cuatro dólares. Pero esa es la tasa del condado. Usted es un prisionero del estado. No sabemos qué es lo que ellos pagan por el almuerzo.

—Espero que más.

—Pero tenemos que estar seguros. Si no, lo podemos llegar a tener que pagar nosotros.

—¿Delaney no sabe? ¿O Cook?

—Se fueron. Se llevaron al otro sospechoso a sus oficinas en Bangor.

—¿Cuánto gasta usted en la cena?

—Seis y medio.

—¿Desayuno?

—No va a estar acá para el desayuno. Es un prisionero del estado. Como el otro. Esta noche lo van a venir a buscar.

 

Una hora más tarde el joven policía volvió con un tostado de queso y una Coca en vaso de plástico. Tres dólares y monedas. Aparentemente el detective Aaron había dicho que si el estado pagaba menos que eso él se iba a encargar de la diferencia personalmente.

—Dígale gracias —dijo Reacher—. Y dígale que tenga cuidado. Un favor por otro.

—¿Cuidado de qué?

—De qué camiseta se pone.

—¿Qué quiere decir?

—O lo va a entender o no lo va a entender.

—¿Está diciendo que no fue usted?

Reacher sonrió:

—Supongo que eso ya lo escuchó otras veces.

El joven policía asintió:

—Todos dicen lo mismo. Ninguno de ustedes nunca hizo nada. Es lo que esperamos.

Entonces el tipo se fue, y Reacher comió su comida, y volvió a esperar.

 

Otras dos horas más tarde el joven policía apareció por tercera vez. Dijo:

—La defensora pública está acá. Está tratando el caso por teléfono con los tipos del estado. Todavía están en Bangor. Están hablando ahora mismo. Enseguida va a estar con usted.

—¿Cómo es? —preguntó Reacher.

—Buena. Una vez me robaron el auto y ella me ayudó con la compañía de seguros. Fue compañera de mi hermana en la secundaria.

—¿Qué edad tiene su hermana?

—Tres años más que yo.

—¿Y usted qué edad tiene?

—Veinticuatro.

—¿Consiguió que le pagaran el auto?

—Una parte.

Entonces el tipo se alejó y se sentó en la banqueta detrás de la mesa de entrada. Para aparentar un cuidado correcto de los prisioneros, supuso Reacher, mientras su abogado estaba presente. Reacher se quedó donde estaba, en la cama. Esperando.

 

Treinta minutos más tarde entró la abogada. Le dijo hola al policía que estaba en el escritorio, de manera amistosa, como lo haría cualquiera al hermano menor de un viejo compañero de la secundaria. Después dijo algo más, con tono de abogado y despacio, acerca de la confidencialidad del cliente, y el tipo se levantó y salió del recinto. Cerró la puerta de acero detrás de él. El pabellón quedó en silencio. La abogada miró a través de las rejas a Reacher. Como la gente en el zoológico. Quizás en la jaula del gorila. Ella era de altura media y peso medio, y tenía puesto un traje con falda negra. Tenía el pelo corto y castaño con reflejos más claros, y ojos marrones, y cara redonda, con la boca caída. Como una sonrisa dada vuelta. Como si hubiera sufrido muchas desilusiones en su vida. Llevaba un maletín de cuero demasiado gordo como para poder cerrarlo. Por arriba sobresalía un bloc legal amarillo. Estaba lleno de notas escritas a mano.

Dejó el maletín en el suelo y retrocedió y arrastró la banqueta de atrás de la mesa de entrada. La ubicó afuera de la jaula de Reacher y se trepó en ella, y se puso cómoda, con las rodillas bien juntas, y los tacos de los zapatos enganchados en el travesaño. Como una reunión normal con un cliente, una persona a cada lado del escritorio o la mesa, salvo porque no había ni escritorio ni mesa. Solo una pared de gruesas barras de acero, con poca separación entre sí.

—Mi nombre es Cathy Clark —dijo ella.

Reacher no dijo nada.

—Lamento haberme demorado tanto en venir —dijo ella—. Tenía una venta programada.

—¿Se dedica también al sector inmobiliario? —dijo Reacher.

—La mayor parte del tiempo.

—¿Cuántas causas tuvo a su cargo?

—Una o dos.

—Hay una gran diferencia porcentual entre uno y dos. ¿Cuántas exactamente?

—Una.

—¿La ganó?

—No.

Reacher no dijo nada.

—Toca el que toca —dijo ella—. Funciona así. Hay una lista. Hoy yo estaba primera. Como la fila de taxis en el aeropuerto.

—¿Por qué no estamos haciendo esto en una sala de reuniones?

Ella no respondió. Reacher tuvo la impresión de que a ella le gustaban las rejas. Le dio la impresión de que le gustaba la separación. Como si la hiciera estar más segura.

—¿Usted cree que soy culpable? —dijo él.

—Lo que yo pienso no importa. Importa qué es lo que puedo hacer.

—¿Y sería?

—Hablemos —dijo ella—. Tiene que explicar por qué estaba allí.

—En algún lado tengo que estar. Ellos tienen que explicar por qué habría traicionado a mi cómplice. Se los entregué directamente.

—Creen que usted estuvo torpe. Usted pretendía solo agarrar el bolso, y lo volteó sin querer. Creen que él pretendía seguir corriendo.

—¿Por qué había detectives del condado involucrados en una operación del estado?

—Presupuesto —dijo ella—. También para compartir el mérito, para que todos queden contentos.

—Yo no agarré el bolso.

—Tienen cuatro testigos que dicen que usted se agachó a buscarlo.

Reacher no dijo nada.

—¿Por qué estaba allí? —dijo ella.

—Había treinta personas en esa plaza. ¿Por qué estaban ahí?

—La evidencia demuestra que el chico corrió directo hacia usted. No hacia ellos.

—No fue así como sucedió. Yo me le crucé en el camino.

—Exactamente.

—Cree que soy culpable.

—No importa lo que yo pienso —volvió a decir ella.

—¿Qué declaran que había en el bolso?

—Todavía no lo dicen.

—¿Es legal eso? ¿No debería saber yo de qué me acusan?

—Creo que por el momento es legal.

—¿Cree? Necesito más que eso.

—Si quiere otro abogado, vaya y páguese uno.

—¿Ya habló el chico del buzo? —dijo Reacher.

—Declara que fue un simple robo. Declara que creyó que la chica usaba el bolso como cartera. Declara que esperaba encontrar efectivo y tarjetas de crédito. Quizás un teléfono celular. Los agentes del estado lo ven como una historia que se aprendió para encubrirse, por si acaso.

—¿Por qué creen que yo no me escapé también? ¿Por qué me iba a quedar ahí después?

—Misma causa —dijo ella—. Una historia falsa para encubrirse. A partir de que todo salió mal. Usted vio cómo atrapaban a su compañero, así que los dos cambiaron al plan B, instantáneamente. Él era un arrebatador, usted ayudaba a las fuerzas del orden. A él le darían una sentencia trivial, a usted una palmadita en la cabeza. Anticipan cierto nivel de sofisticación por parte de ustedes dos. Aparentemente esto es importante.

Reacher asintió:

—¿Cuán importante, usted qué cree?

—Es una investigación grande. Hace tiempo que está en marcha.

—Y cara, ¿no lo cree?

—Imagino que sí.

—En un momento en el que los presupuestos parecen ser un problema.

—Los presupuestos son siempre un problema.

—Al igual que los egos y las reputaciones y las fojas de desempeño. Piense en Delaney y Cook. Póngase en sus zapatos. Una investigación cara y de mucho tiempo se echa a perder por una casualidad. Están de vuelta en el primer casillero. Quizás peor que eso. Quizás no hay manera de volver a entrar. Muchas caras sonrojadas alrededor. ¿Entonces qué pasa después?

—No lo sé.

—La naturaleza humana —dijo Reacher—. Primero gritaron y maldijeron y le pegaron a la pared. Después se hizo sentir el instinto de supervivencia. Buscaron maneras para cuidarse el trasero. Buscaron maneras para asegurar que la operación fue de hecho todo un éxito todo el tiempo. El agente Delaney dijo exactamente eso. Se inventaron la idea de que el chico era parte del fraude. Después escucharon cuando Aaron estaba hablando conmigo. Me escucharon decir que no vivo en ninguna parte. Soy un vagabundo, en palabras de Aaron. Lo que les dio una idea incluso mejor. Lo podían transformar en un dos por uno. Podían asegurar que atraparon a dos tipos e hicieron volar todo por el aire. Podían recibir palmaditas en la espalda y cartas de recomendación después de todo.

—Lo que usted dice es que inventaron el caso.

—Sé que es así.

—Eso es demasiado.

—Conmigo repasaron todo. Se aseguraron. Confirmaron que no tengo teléfono celular. Confirmaron que nadie me sigue los pasos. Confirmaron que soy el chivo expiatorio perfecto.

—Usted estuvo de acuerdo con la idea de que el chico era más que un arrebatador.

—Como algo hipotético —dijo Reacher—. Y no de manera entusiasta. Parte de una discusión profesional. Me hicieron caer. Dijeron que yo sabía cómo eran estas cosas. Les estaba siguiendo la corriente. Estaban inventando cosas, para salvarse el trasero. Yo estaba siendo amable, supongo.

—Usted dijo que podía ser.

—¿Por qué iba a decir eso si estaba involucrado?

—Creen que fue un engaño doble.

—No soy tan inteligente —dijo Reacher.

—Creen que lo es. Estuvo en una unidad de elite de la Policía Militar.

—¿Y eso no me pondría del lado de ellos?

La abogada no dijo nada. Solo se acomodó un poco en la banqueta. Intranquilidad, asumió Reacher. Falta de afinidad. Desconfianza. Incluso repugnancia, quizás. Ganas de irse de ahí. La naturaleza humana. Él sabía cómo funcionaban estas cosas.

—Chequee el tiempo en la cinta —dijo Reacher—. Me escucharon decir que yo no tenía domicilio, y los engranajes mentales empezaron a funcionar, y poco después de eso intervinieron la entrevista y estaban conmigo en la sala. Después se volvieron a ir, solo por un minuto. Para una charla en privado. Estaban confirmando entre sí si ya tenían suficiente. Si lo podían hacer funcionar. Decidieron hacerlo. Volvieron y me arrestaron.

—No puedo llevar eso ante la corte.

—¿Qué puede llevar?

—Nada —dijo ella—. Lo mejor que puedo hacer es intentar que se le reduzca la sentencia si se declara culpable.

—¿Habla en serio?

—Totalmente. Va a ser acusado de un delito muy grave. Van a presentarle a la corte una hipótesis de trabajo y la van a respaldar con testimonios de testigos presenciales entre la gente común de Maine, los cuales son todos o literal o figuradamente amigos y vecinos de los miembros del jurado. Usted es un forastero con un estilo de vida incomprensible. Digo, ¿de dónde es usted?

—De ningún lugar en particular.

—¿Dónde nació?

—En Berlín Occidental.

—¿Es alemán?

—No, mi padre era marine. Nacido en New Hampshire. En ese momento estaba destinado en Berlín Occidental.

—¿Así que siempre fue militar?

—De chico y de grande.

—Eso no es bueno. La gente le agradece por su servicio, pero en el fondo piensan que ustedes están todos traumados. Hay un riesgo considerable de que lo condenen, y si lo condenan lo van a sentenciar a muchos años de prisión. Va a ser más seguro declararse culpable por un delito menor. Les estaría ahorrando el tiempo y los gastos de un litigio contencioso. Eso vale mucho. Podría ser la diferencia entre cinco años y veinte. Como abogada estaría faltando a mi deber si no se lo recomendara.

—¿Me está recomendando que pase cinco años adentro por un delito que no cometí?

—Todos dicen que son inocentes. Los jurados lo saben.

—¿Y los abogados?

—Los clientes mienten todo el tiempo.

Reacher no dijo nada.

Su abogada dijo:

—Lo quieren trasladar a Warren esta noche.

—¿Qué hay en Warren?

—La prisión estatal.

—Grandioso.

—Solicité que se lo mantuviera acá por un día o dos. Más práctico para mí.

—¿Y?

—Se negaron.

Reacher no dijo nada.

Su abogada dijo:

—Lo van a traer de vuelta mañana a la mañana para la lectura de derechos. El juzgado está en este edificio.

—¿Por lo que voy a ir y volver en menos de doce horas? Eso no es muy eficiente. Debería quedarme acá.

—Ahora es parte del sistema. Así funciona. Nada va a volver a tener sentido nunca más. Acostúmbrese. Discutiremos su declaración por la mañana. Le sugiero que durante la noche piense muy seriamente en eso.

—¿Qué hay con la fianza?

—¿Cuánto puede pagar?

—Setenta dólares y monedas.

—La corte lo tomaría como un insulto —dijo ella—. Va a ser mejor no pedirla.

Entonces se bajó de la banqueta y agarró su bolso sobrecargado y salió del recinto. Reacher escuchó cómo se abría y se cerraba la puerta de acero. El pabellón volvió a quedar en silencio.

Diez minutos de su tiempo. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

 

Pasó otra hora, y después el joven policía volvió a entrar. Dijo que el estado había autorizado los mismos seis dólares y cincuenta centavos para la cena que el condado habría gastado. Dijo que con eso se podía comprar prácticamente cualquier cosa del menú del diner. Recitó una lista de opciones, que era larga. Reacher lo pensó un momento. Tarta de pollo y verduras, quizás. O pasta. O una ensalada de huevo. Pensó en voz alta entre esas tres opciones. El policía recomendó la tarta de pollo. Dijo que era rica. Reacher aceptó la sugerencia. Más café, agregó. Mucho, enfatizó, mucho de verdad, en un recipiente que lo mantenga a temperatura. Con su taza y plato correspondientes. Sin crema, sin azúcar. El policía anotó todo en un papelito con el resto de un lápiz.

Después dijo:

—¿La defensora pública estuvo OK?

—Sí —dijo Reacher—. Parecía una mujer agradable. Inteligente, también. Supone que es todo un poco un malentendido. Supone que los tipos del estado se ponen un poco excesivamente entusiastas de vez en cuando. No como ustedes los del condado. No tienen sentido común.

El joven policía asintió:

—Imagino que a veces puede ser así.

—Dijo que lo más probable es que mañana ya esté libre. Dijo que espere tranquilo y confíe en el sistema.

—Generalmente eso es lo mejor —dijo el chico. Se guardó el papelito en el bolsillo de la camisa y después salió del recinto.

Reacher se quedó en la cama. Esperó. Sintió que el edificio se volvía más silencioso a medida que la guardia de día se iba a la casa y la guardia de noche llegaba. Menos gente. Un condado rural en una parte del estado poco poblada. Después eventualmente el joven policía volvió con la comida. Su último deber del día, casi con certeza. Traía una bandeja con un plato de loza con una tapa metálica, y un termo de plástico alto y panzón con el café, y un platito con una taza dada vuelta encima, y un cuchillo y un tenedor envueltos en una servilleta de papel.

El termo de plástico era el elemento clave. Hacía que el conjunto fuera demasiado alto como para pasar por el espacio horizontal en las rejas. El chico no podía apoyar el recipiente de costado en la bandeja. Empezaría a rodar y el café se derramaría sobre la tarta. No lo podía pasar derecho solo por entre las rejas porque estaban demasiado juntas para la forma panzona que tenía.

El chico hizo una pausa, indeciso.

Veinticuatro años. Un novato. Un tipo que conocía a Reacher por nada peor que un viejo apacible que pasaba todo el tiempo en la cama, aparentemente relajado y resignado. Ningún grito, ningún chillido. Ninguna queja. Ningún malhumor.

Confiando en el sistema.

Ningún peligro.

Sostendría la bandeja en una mano con la punta de los dedos, como cualquier camarero. Sacaría las llaves del cinturón. Destrabaría la puerta y la abriría con el pie. Su cartuchera estaba vacía. Ningún arma. La práctica estándar en todas partes del mundo. Ningún guardiacárcel nunca iba armado. Llevar un arma cargada en medio de prisioneros encerrados sería simplemente buscarse problemas. Entraría a la celda. Volvería a enganchar las llaves en el cinturón y pasaría la bandeja de vuelta a las dos manos. Se daría vuelta, hacia el escritorio de hormigón.

Y esa posición relativa ofrecería una cierta cantidad de posibilidades.

Reacher esperó.

Pero no.

El chico era el tipo de novato al que le habían robado el auto, pero no era del todo bobo. Apoyó la bandeja en el piso afuera de la celda, solo temporariamente, y sacó el recipiente del café, y la taza y el plato, y los apoyó en las baldosas del otro lado de las rejas, y después levantó la bandeja y la pasó por el espacio horizontal. Reacher la agarró. Para beber iba a tener que pasar sus muñecas entre las rejas y servirse del lado de afuera. La taza pasaba hacia adentro. Quizás no sobre el plato, pero bueno, no estaba cenando en el Ritz.

—Ahí estamos —dijo el chico.

No del todo bobo.

—Gracias —dijo Reacher de todos modos—. Le agradezco.

—Que lo disfrute —dijo el chico.

Reacher no lo disfrutó. La tarta estaba fea y el café estaba flojo.

 

Una hora después llegó otro uniformado para retirar los restos. La guardia nocturna. Reacher dijo:

—Tengo que ver al detective Aaron.

—No está —dijo el nuevo tipo—. Se fue a la casa.

—Hágalo venir de vuelta. Ahora mismo. Es importante.

El tipo no respondió.

—Si se entera de que yo le pedí pero usted no lo llamó le va a patear el trasero —dijo Reacher—. O le va a sacar la placa. Escuché que hay problemas de presupuesto. Mi consejo sería que no le diera una excusa.

—¿De qué se trata?

—Un éxito para que se anote.

—¿Va a confesar?

—Quizás.

—Es un prisionero del estado. Nosotros somos el condado. No nos importa lo que hizo.

—Llámelo igual.

El tipo no respondió. Simplemente se llevó la bandeja y cerró la puerta de acero detrás de sí.

 

El tipo debe haber hecho la llamada, porque noventa minutos después apareció Aaron. Más o menos hacia el final de la tarde. Tenía puesto el mismo traje. No parecía ni entusiasmado ni molesto. Neutral. Quizás algo curioso. Miró hacia las rejas.

—¿Qué quiere? —dijo.

—Hablar del caso —dijo Reacher.

—Es asunto del estado.

—No si fue un simple robo.

—No lo fue.

—¿Eso es lo que usted cree?