La vida cuenta - Varios Autores - E-Book

La vida cuenta E-Book

Varios autores

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Beschreibung

La vida cuenta reúne a seis escritores chilenos que abordan temas universales como los problemas familiares, los recuerdos dolorosos de la infancia, la ambición, el amor, el desamor y los sueños no alcanzados. Tal como lo expresa la escritora Ana María Güiraldes, "estos autores son conocedores del género, tienen oficio. Sus historias tratan de personas que quieren ser felices y buscan la manera de sortear las dificultades para lograrlo". Un volumen con historias verosímiles, provistas de tensión, intensidad y significación.

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2025

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La vida cuentaAutores: Elena BordaliClaudia CajtakMiguel Correa Carina DeckerEmilia Kraizel Virginia Píes Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz. Primera edición: octubre, 2024. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2024-A-10369 ISBN: Nº 9789563387681 eISBN: Nº 9789563387698

Prólogo Para contar un cuento

Los cuentos reunidos en esta antología están escritos por manos conocedoras del género. Las historias que la pueblan tratan de personas que quieren ser felices y buscan la manera de sortear las dificultades para lograrlo. Como estos escritores tienen oficio, hacen de esa búsqueda una trama que mantiene al lector preso del cuento, a la espera del final.

Los autores de esta antología dominan el arte de crear mujeres, hombres y a veces niños que viven sus vidas, pero algo sucede que los hace trepidar. Ese algo que los hace detener su caminar literario será lo que dará inicio al motivo por el cual crean la historia.

¿Por qué cuentan lo que cuentan?

Justamente para decidir los futuros de los seres que han creado. “El poeta es un pequeño Dios”, dijo nuestro Vicente Huidobro. En este caso, extiendo lo poético a lo narrativo. Por lo tanto, puedo decir, con el permiso de mi admirado Vicente Huidobro, que el escritor es un pequeño Dios. Decidirá, según la lógica de la historia, lo que les sucederá. A lo mejor el personaje –que a estas alturas el lector ya sentirá como persona– encontrará la forma de ser feliz. A lo mejor no.

Estos excelentes escritores instalan un comienzo, plantan el texto y dan a entender cuál es la propuesta. Luego hacen fluir la historia, se internan en la vida de sus protagonistas por el ojo de la cerradura. Después contarán lo que ven por ahí, y lo que no ven, lo crearán. Por eso en este libro sentiremos que las historias que leemos son muy reales y creíbles, están provistas de tensión, intensidad y significación. También podremos advertir que los indicios del cuento, o “guiños al lector”, se unirán al final para destapar la verdad que ellos no quieren revelar, es decir, el secreto de lo narrado.

De esta forma, la gran mayoría de los cuentos que pueblan esta antología son epifánicos, es decir, mencionan al final una revelación o epifanía que cobra importancia.

Como una buena narración trasmite de la realidad lo que puede ser visto, oído, gustado y tocado, trabajan con los sentidos para llegar en forma eficaz al lector. Sus cuentos no dicen, sino muestran. En estas narraciones no leemos “hace calor”. No, lo que hacen es levantar su cámara para mostrar el calor a través del sudor en la cara de alguien que camina o manos abanicándose. Los escritores de esta antología hacen el adjetivo, así, una mujer no es bella; la muestran hermosa. Es como si hubieran hecho propia la frase que enarboló Vicente Huidobro: “el adjetivo cuando no da vida, mata”.

Doy la bienvenida a este libro que habla de la vida y de quienes la viven. Ojalá sean muchos los ojos que recorran las líneas con la ansiedad de saber cómo terminará esa historia que los ata al sillón y no quieran llegar a la última página para que dure más esa aventura de la imaginación llamada cuento.

Ana María Güiraldes

Elena Bordali Moure

El interés por la lectura siempre ha estado presente en su vida. Muy pequeña se empinaba por sobre el hombro de su abuelo mientras leía el diario, él le enseñó sus primeras palabras. Más grande leía con la ayuda de una vela, para no ser descubierta, los libros que le prestaba a escondidas la bibliotecaria del Liceo Nº 1 de Niñas. Así comenzó su pasión por la literatura, la que posteriormente la llevó a leer todo lo que caía en sus manos: desde la revista de la masonería, que le llegaba a su padre, hasta los cuentos de Corín Tellado, que una tía le pasaba en secreto.

Muy joven cambió soquetes por medias, con lo que dio inicio a una larga trayectoria laboral en diferentes empresas e instituciones: Grace y Cía., empresa norteamericana donde fue directora de Grace Club; Papelera del Pacífico; Hogar de Cristo, entre otras. Luego creó la empresa de corretaje de propiedades que administra hasta hoy.

De todo lo leído durante largos años, El Principito y Don Quijote de la Mancha siguen siendo sus hojas de ruta.

Ha participado en los talleres de Enrique Lafourcade, Gonzalo Contreras, Esther Edwards y Ana María Güiraldes, quien la acompaña actualmente en su trabajo literario.

Repartija

Una mañana de marzo Mónica se despertó temprano. Era un día especial. A las tres de la tarde se encontraría con sus dos hermanas donde su mamá. Partió desde su casa en Las Condes hacia Pedro de Valdivia Norte. Se le hizo tan largo el trayecto que había recorrido innumerables veces. Cruzó lentamente el puente y llegó a su destino. Se quedó observando la vivienda, su madre no saldría nunca más a recibirla con su tierna sonrisa y su generosa acogida. Tantas vivencias, tantos recuerdos. Estuvo largo rato contemplando el antejardín, una pena profunda le impedía moverse. Por fin se decidió a entrar.

–¡Hola, hola! –le dijeron Marta y Angélica, sin acercarse a saludarla.

Habían llegado mucho antes de la hora acordada, parecían estar muy entretenidas desarmándolo todo. Habían descolgado los cuadros, clasificado la loza, manteles, cristalería. Todo repartido en tres lotes muy desiguales.

Mónica no lo podía creer.

Qué poco cuesta desarmar un hogar que llevó años construir, pensó.

Espantada ante la avidez con que sus hermanas escarbaban y disputaban hasta el menor pañuelo, prefirió recorrer las habitaciones. Tantas memorias de épocas felices, de penas compartidas, de muertes y nacimientos. Se dirigió al jardín, lugar preferido de su madre. Su presencia se percibía en los delicados pensamientos, en las rosas que cuidaba con esmero. Luego de unos minutos volvió a entrar, llegó al dormitorio. El clóset estaba vaciado sobre la cama y el suelo. Marta y Angélica nadaban revolviendo todo.

–Tenía buena ropa la mamá –dijo Marta.

–Siempre le gustó vestirse bien –agregó Angélica–. Era tan buenamoza.

Mónica observaba silenciosa cómo elegían, repartían, disputaban y volvían a acomodar los tres lotes.

En la revoltura apareció un abrigo negro, bastante largo, algo gastado.

–Esto hay que regalarlo, está muy viejo, la mamá lo usaba hasta para ir a comprar pan a la esquina –dijo Marta lanzando el abrigo a una pila que crecía en la alfombra.

–Yo me lo llevo –dijo Mónica–. Era el favorito de la mamá.

Lo rescató del suelo ante la risa burlona de sus hermanas menores.

–Tú siempre tan cachurera –sentenció Angélica y retomó su labor.

Siguieron toda la tarde en distante compañía; afloraron rencores, rivalidades, antiguas rencillas, que revelaron la distancia que las separaba irremediablemente. Acordaron retirar al día siguiente los muebles y las cosas más pesadas.

Al atardecer, bajó la temperatura. Mónica sintió un frío profundo y se puso el abrigo rescatado. Experimentó una sensación muy especial, el perfume de su madre la envolvió, sintió su cariñoso abrazo de siempre.

Entrada la noche llegó a su casa exhausta, sintiendo una pesadez en el cuerpo, se dejó caer en el sofá sin quitarse el abrigo. No quería perder ese calor.

A la mañana siguiente, despertó hambrienta y adolorida. Decidió ir a comprar pan para el desayuno. Al volver buscó las llaves en el bolsillo y descubrió que estaba descosido. Las llaves se habían ido al fondo. Metió la mano por el forro para encontrarlas y un ruido la sorprendió, sacó las llaves que venían enredadas con una cadena. Entró a la casa, dejó el pan, se quitó el abrigo y lo estiró sobre la mesa pensando:

–Pobre mamá, ya no tenía fuerzas ni para coser.

Examinó cuidadosamente el forro del abrigo y distinguió unos pequeños bultos. Lo descosió, y uno a uno fueron apareciendo un collar, una pulsera de oro, un anillo de brillantes, el broche de rubí que llevaba varias generaciones en la familia… una pequeña fortuna estaba escondida en ese sencillo abrigo. Mónica suspiró hondo y pensó emocionada:

–Mi mamá de verdad me conocía…

Entre siglos

“Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso”.

Dicho esto, don Quijote, atravesando en el tiempo más de 500 años, aparece en los campos de La Mancha. No trae su caballo, solo su lanza. Viene en busca de su fiel escudero que se ha equivocado de siglo. Se trata de “Sancho, labrador vecino suyo, hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera”.

Transita por los campos y senderos, el mundo ha cambiado pero él es el mismo.

Se sorprende al ver que la gente camina con una tabla pegada a la oreja hablando sola; ya no hay carretas, se transportan en cajas con cuatro ruedas.

Él, como eterno caballero andante, no se cansa de recorrer las aldeas, que están muy diferentes a como las recuerda.

Se topa con tres molinos de viento y reconoce el lugar donde luchó con los gigantes. Ahora están pintados de blanco y las personas se retratan en sus puertas. Uno de ellos es un museo, trata de entrar pero hay que pagar para hacerlo y él no tiene dinero, nunca lo ha tenido. Se asoma la joven encargada y se sorprende al verlo:

–Qué bueno su disfraz –le dice–, cualquiera diría que es el mismo Quijote.

–Y lo soy, mi bella dama. Conozco estos lugares como la palma de mi mano, he vivido muchas aventuras en estas tierras.

La niña se confunde y muy asustada le ofrece pasar.

Qué sorpresa, me veo en estampas, en figuras, en escudos que se venden muy caros. También hay un libro muy grueso. Parece que por fin han reconocido y valorado mis victoriosas batallas.

Sale muy fortalecido del lugar y prosigue su camino. Anochece, está algo cansado, se tiende bajo un árbol y pronto entra en el camino de sus sueños. Lo despierta el sol resplandeciente, frente a él una mujer de trenzas rubias, falda larga y numerosos collares lo mira con descaro.

–Oye, paisano, qué haces aquí, este es un sitio privado, tienes que irte antes que vengan mis gitanos a sacarte a patadas.

Se incorpora don Quijote, la gitana se sorprende. Es muy alto y hay algo en sus ojos que le inquieta, de dónde vendrá este hombre, tiene que averiguarlo. Se acerca algo más a él, no puede sostener su mirada y siente una energía extraña que emana de su cuerpo.

–Pásame tu mano, paisano, que te veo el futuro.

No espera que le entregue la mano y se la coge con decisión:

–¡Ay!, no puedo ver tu futuro, aquí está tu pasado; tú vienes de otro plano, no eres de este mundo.

>A ti “de poco dormir y mucho leer se te secó el cerebro”.

>Has vivido muchas batallas inútiles, pero siempre has querido defender a los débiles.

>Aquí veo a mi enamorado contigo en aventuras. ¿Qué tienes que ver con mi Sancho?

–Mujer, a Sancho vengo a buscar. Se ha equivocado de siglo, he de llevarlo a nuestro mundo.

–No, no puede ser –reclama la gitana.

Llega el escudero jadeante en busca de Sandra. Al ver a don Quijote se arrodilla a sus pies y exclama:

–Amo, mi señor, por todos los cielos, ¿qué está haciendo aquí? Lo he extrañado tanto.

–Tanto no ha de ser, como que estás en amores con esta gitana –replicó el Quijote–. Yo te vengo a buscar, no perteneces a este siglo. Volvamos a nuestro mundo, ahí están nuestros afectos, proyectos y aventuras.

Sandra desesperada abraza a su amado y, sollozando, suplica:

–¡Llévenme con ustedes!

–Gitana, has de dejar este mundo para siempre, morirás a la vida que conoces y retrocederás siglos para llegar a compartir nuestro tiempo.

Ella decidida responde:

“Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida”.

Leyes para un mundo nuevo

Un niño pequeño, de ojos azules y rizos rubios, está sentado bajo un árbol en su diminuto planeta.

Es ingenuo, imaginativo y alegre; también algo distraído.

Viene de vuelta de una travesía por el universo. En el planeta Tierra descubrió que los adultos tienen una forma extraña de ver la existencia. Les importan demasiado los números, viven haciendo cálculos.

No tienen tiempo para disfrutar con alegría de las cosas sencillas de la vida.

A pesar de eso, aprendió el valor de la amistad y el amor. Se dio cuenta de que estaba muy solo en su planeta, y decidió llevarse con él a un zorro que se dejó domesticar para ser su amigo.

Su mayor placer es observar las puestas de sol, cuidar un árbol, el baobab, y limpiar los cráteres de sus dos volcanes pequeños, uno de los cuales está apagado; siempre en compañía de su amigo.

Por las noches contempla las estrellas hasta dormirse en sus sueños.

Su rutina es interrumpida por el brote de una bella rosa, flor que lo llena de ternura. Pero ella es coqueta, vanidosa, se cree única en el mundo. El niño sabe que hay miles de otras iguales a ella. Sin embargo, cuando estuvo lejos la extrañó y comprendió que es única para él, porque le dedicó tiempo y cariño. Es su rosa.

Con el paso de los días, el muchacho se siente triste y preocupado.

El zorro le pregunta:

–¿Qué problema tienes? Estamos tan bien aquí, nadie nos molesta.

–He estado pensando… El asunto es grave, no tenemos leyes. Cualquiera puede venir a visitarnos o invadirnos, somos un planeta sin normas.

–Es verdad –responde el zorro– pero las reglas las tienes que hacer tú, y también tienes que cumplirlas.

Después de una semana de meditación, en que consideró lo aprendido en su viaje a la Tierra, escribió en la ladera del volcán dormido:

LEYES DE UN PLANETA ESPECIAL

Toda persona que ingrese al asteroide B612 debe estar dispuesto a dejarse domesticar.Todo visitante debe actuar con prudencia, mesura y respeto hacia nosotros y nuestro paisaje.Quien ingrese no está autorizado para traer envidia, avaricia ni rencor.Aquí no existen las deudas, los apremios, ni las usuras.Los miedos no se reciben.Las penas las eliminamos con escucha, cariño, y se las llevan los vientos sin dejar huella alguna.Está permitido traer esperanza y fe.La alegría, las sonrisas y el amor son bienvenidos.Aquí no existe la prisa, el tiempo se acomoda al paso de cada uno.El trabajo se comparte.Los sueños se comunican.Los viernes está prohibido pensar en el amor, porque es el día de aseo en el planeta.

Estas leyes deben ser enviadas a los tres asteroides más cercanos, desde donde podrían venir nuestros visitantes.

Se registran en el cráter del volcán dormido, ahí permanecerán para siempre.

ANÓTESE, COMUNÍQUESE, PUBLÍQUESE Y ARCHÍVESE.

Este esfuerzo dejó al pequeño muy cansado, pero tranquilo y feliz porque su planeta quedó preparado para recibir posibles visitantes.

Se durmió contemplando las estrellas con el zorro recostado a su lado.

Presente se hace el pasado

Eran las once de la mañana de un nublado domingo de mayo. Mi esposo conducía silencioso, de vez en cuando me miraba preocupado. El trayecto se hacía tan corto y tan interminable en el concurrido cortejo. Llegamos a la Iglesia de la Recoleta Domínica, repleta de amistades y parientes especialmente vestidos para la ocasión. El féretro estaba rodeado de preciosos arreglos florales y el coro interpretaba himnos solemnes. Me quedé con Pedro más bien atrás, me costaba ser consciente de lo que sucedía. Venían a mi mente y a mi espíritu recuerdos y vivencias en cronológico desorden.

Mi madre y la abuela estaban bajo el parrón un domingo de verano, antes de almuerzo, día de reunión de la numerosa familia. Los afanosos preparativos habían concluido; las dos mujeres discutían acaloradamente. La mayor dominaba la escena. Levantando la voz, casi en un grito, dijo:

–¡No puede ser… ya tienes bastante. Otro niño más, serán cinco! Eres una irresponsable.

Mi madre empezó a llorar desconsoladamente. Esto no lo pude soportar. Ellas no habían notado mi presencia. Tenía que encontrar una manera de vengarme. Corrí impulsivamente al comedor, me detuve un instante en la puerta y contemplé la mesa perfectamente arreglada. Se veía tan grande, cubierta con un mantel blanco, rosas frescas al centro, vino tinto en jarras, loza con borde granate, copas de cristal, cubiertos de plata pulidos el día anterior; nada faltaba. En la cabecera estaba la gran sopera de loza para recibir el tradicional caldo de coles. La abuela quería esa fuente en forma especial, pues vino de Galicia junto a las escasas pertenencias que trajo en el barco. Una muestra de todo lo que dejó en su tierra natal, pensando siempre en volver, con las maletas listas en el alma.

¡Ahí estaba mi trofeo! Con el corazón acelerado, empinándome, tomé la sopera para retirarla de la mesa. Resultó muy pesada. Sin embargo, logré llegar con ella al patio y grité:

–¡Abuela, nunca más vas a tratar mal a mi mamá! –y seguidamente solté la fuente, produciendo un estruendo que la transformó en un montón de pedazos al estrellarse contra la baldosa.

Fue como una bomba. Ya no sentí sabor a triunfo, me cubrí la cara con las manos y cerré los ojos. No quería ver su mirada, menos la de mi madre. Contrariamente a lo esperado, su reacción tardó un poco:

–¡Rapaza, miña neta!

Esto era grave, cuando usaba palabras en gallego su enojo era muy grande.

–¡Levanta la cara y mírame!

Nuestros ojos se encontraron en una dimensión nueva, profunda, las dos habíamos abandonado la lucha. Yo sentía mucho dolor por haberla herido. Un sabor amargo me llegaba a la boca, sus ojos húmedos demostraban asombro.

–Recoge los pedazos, una fuente es una fuente. Es bueno que defiendas a tu madre –se agachó hasta quedar a mi altura y me miró largos segundos a los ojos–. Prométeme que, si algún día lo necesito, me vas a defender igual.

Estas palabras se grabaron en mí y me llevaron a repensarlas muchas veces.

¿La acechaba algún peligro? ¿Cómo podría defenderla si ella era todopoderosa? Ninguno de sus seis hijos se atrevía a contradecirla. Salían cabizbajos de sus conferencias privadas en la biblioteca, donde los ajustaba y obtenía lo que otro hijo o nieto necesitaba. Siempre logró mantener una fuerte unión familiar. Siento que en nuestro incidente iniciamos una verdadera amistad, se estableció un código especial entre nosotras. Fue encomendándome pequeñas tareas de confianza, hasta llegar a la prueba máxima: encerrarnos en su pieza a ordenar el armario.

Mientras trabajábamos, ella me contaba anécdotas e historias de su infancia y juventud en Galicia, de las costumbres de su tierra, que con el tiempo idealizaba a tal punto que cuando ocurría un robo, un quiebre amoroso, o un embarazo de padre desconocido, ella se apuraba a asegurar: “Esas cosas no suceden en España”.

Los años pasaron rápido, no la vi ponerse vieja. Solo su andar se hizo lento, sus salidas se espaciaron y su risa sonaba más apagada. Esa mañana me sorprendió la llamada de la tía Alicia, que la había acogido en su casa para cuidarla. Me anunció, con voz temblorosa, que la abuela se había dormido para siempre. Entré en la órbita de mis grandes penas, una sensación de congelamiento, con reacciones absolutamente cerebrales y prácticas. Mi sensibilidad se anulaba en un dominio adquirido e impuesto por la tradición familiar.

Llegué muy luego a la casa modesta donde vivió su último tiempo, con la única hija que quiso recibirla enferma. Me encontré con la familia, rigurosamente vestida de negro, parecía un cuadro vivo de Velásquez. Los hijos e hijas estaban sentados alrededor de la sencilla mesa, encima de la cual solo había un teléfono. Dos de los tíos, ahora gerentes y empresarios exitosos, daban órdenes a sus secretarias:

–El mejor funeral para la mamá, no importa el costo, quiero la iglesia con arreglos enormes, ojalá claveles, muchas coronas. Avise al Rotary. El lugar donde la velaremos no está decidido aún, lo vamos a discutir.

Las tías asumieron una actitud pasiva, mientras dos hermanos insistían en trasladarla a una u otra casa más grande, en un mejor barrio, donde pudieran llegar los amigos del partido. El hijo menor habló con la voz de la tradición:

–La mamá siempre dijo que al morir la velaran en la casa donde estuviera viviendo. Respeten las costumbres de nuestra tierra.

Y siguieron discutiendo, ahora de forma acalorada, acerca de dónde trasladar o no el cuerpo. Unos no querían que los amigos supieran que la mamá vivía en ese barrio, qué vergüenza pasarían. El diálogo se transformó en gritos.

Yo estaba de pie contemplando la escena, junto a mis dos primos mayores. Un fuerte escalofrío me estremeció; retrocedí en el tiempo y me encontré frente a la abuela bajo el parrón: ella sostenía mi mirada con seriedad… ahora… es ahora, treinta años después cuando necesita mi defensa. Sentí la garganta apretada, me ahogaba, las palabras no venían. Respiré profundo y una voz con autoridad congénita emergió de mi boca:

–¡Un momento, a la abuela nadie la mueve de aquí! Esa fue su voluntad.

Silencio, sorpresa, miradas fulminantes. Finalmente, aceptación unánime.

–Así se hará –se escuchó una voz masculina romper el tenso silencio.

La misa estaba por terminar. Empezaba el movimiento. Los hijos y nietos mayores la condujeron por la nave central hacia la puerta. En las escalinatas de la salida la esperaba un grupo de gaiteros que la envolvía tardíamente en los sones de su amada Galicia.

Ensueño

Una mujer vestida de blanco camina por las calles de Vicuña, lento, al ritmo de sus pies cansados. Lleva su cabello gris sujeto con un simple moño. Viene de Montegrande, donde visitó su casa escuela. Está muy remozada, pero conserva esa austera sencillez que la cobijó hace muchos años. Ese es el único lugar donde tal vez fue feliz.