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Hace ahora cuarenta años, un grupo de parejas y un sacerdote, en Barcelona, estaban, sin saberlo, a punto de iniciar una aventura que ha cambiado la vida de miles de personas, matrimonios, sacerdotes y consagradas. ¿Y cuál era su secreto? Sencillamente estar tan locos como para creerse que aquello de "amaos como yo os he amado" era posible y estaba al alcance de cualquier pareja. Ellos creían que matrimonio no debía ser sinónimo de sufrimiento ni de resignación, que amarse toda la vida, y hacerlo con alegría, estaba al alcance de cualquiera que realmente quisiera intentarlo. Espoleados por el reciente Sínodo de la familia, esta obra trata de dar respuesta a cinco preguntas que se corresponden con las cinco partes en las que se ha estructurado el libro: ¿qué papel juega el matrimonio en el mundo actual?; ¿es posible aprender a vivir felizmente en pareja?; el amor, ¿es eterno o algo efímero que enferma y muere?; ¿es posible vivir el amor como vocación?, y, finalmente, ¿existe el amor célibe? Varios testimonios personales y la aportación de algunos expertos ayudan a responder a estas cuestiones.
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2016
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ENCUENTROMATRIMONIAL:UNREGALOPARAMATRIMONIOSYFAMILIAS
Acepto con agrado la invitación que me hace Encuentro Matrimonial para prologar la publicación que conmemora sus cuarenta años de servicio al matrimonio y a la familia en España.
Verdaderamente, este movimiento busca sobre todo el encuentro entre los que forman el matrimonio en primer lugar y, por extensión, entre todos los miembros de la familia. Así trabaja en la «cultura del encuentro» que con tanta fuerza nos propone el papa Francisco.
Para que ese encuentro se realice cuida mucho la acogida de la pareja tal como viene a Encuentro Matrimonial, sea cual sea la situación concreta en que se encuentre. No condena ni juzga, se acerca, comprende, cura las heridas. Todo lo que es propio de acoger y vivir la misericordia de Dios Padre.
La pedagogía de Encuentro Matrimonial favorece la comunicación en el interior del matrimonio, proponiendo una herramienta que sirve para profundizar en ella: el diálogo no solo sobre ideas, sino sobre todo en el nivel de compartir sentimientos. Los sentimientos positivos compartidos animan y proporcionan alegría. Los negativos, bien trabajados, colaboran para que nos conozcamos más profundamente y emprendamos un camino de superación.
«El Evangelio del matrimonio y de la familia», es decir, la buena noticia sobre el matrimonio y la familia que la Palabra de Dios nos regala, es el contenido fundamental de la tarea evangelizadora de Encuentro Matrimonial.
El acompañamiento que proporciona Encuentro Matrimonial se basa en no dejar a los matrimonios solos, sino ayudarles a que se inserten dentro de la comunidad que les va a apoyar y sostener en su camino de amor y que la van a vivir participando habitualmente en los Grupos de diálogo, donde se vive la amistad y se comparte la vida en un ambiente de fraternidad.
La noche de comunidad y los seminarios sirven para cuidar la formación de los miembros de este movimiento.
Por fin, el compromiso apostólico se promueve animando a tomar parte en la pastoral familiar tanto diocesana como parroquial, y cuidando con esmero el acercamiento a los matrimonios y familias que atraviesan circunstancias difíciles en el orden económico y en su vida de relación.
Agradezco la aportación que he recibido de Encuentro Matrimonial en mi vida sacerdotal y mi acompañamiento pastoral a matrimonios cristianos, y hago votos para prepararnos a celebrar las bodas de oro, que están ya a la vista.
+ MANUEL SÁNCHEZ MONGE,
obispo de Santander
¿PORQUÉYPARAQUÉESTELIBRO?
Febrero de 1976. En aquellos días, España era un país que se enfrentaba titubeante a un futuro incierto, inquietante, novedoso… Una sociedad expectante, atemorizada e ilusionada a la vez, que se asomaba al mundo a través de unos televisores en su mayoría en blanco y negro. Una Iglesia que ya había empezado el camino marcado por el Concilio, que ya no vivía de espaldas al mundo, que salía de los templos…
En aquellos días, hace ahora cuarenta años, un grupo de parejas y un sacerdote en Barcelona estaban, sin saberlo, a punto de iniciar una aventura que ha cambiado la vida de miles de personas, matrimonios, sacerdotes y consagradas. ¿Y cuál era su secreto? Sencillamente estar tan locos como para creerse que aquello de «amaos como yo os he amado» era posible y estaba al alcance de cualquier pareja. Ellos creían que matrimonio no debía ser sinónimo de sufrimiento ni de resignación, que amarse toda la vida, y hacerlo con alegría, estaba al alcance de cualquiera que realmente quisiera intentarlo.
Así nace Encuentro Matrimonial en España, en un sencillo fin de semana de aquel febrero de 1976.
Y cuarenta años después vivimos en una sociedad muy diferente de la de 1976. Una sociedad más individualista, donde los modelos de relación de pareja y de familia se han ido transformando y donde casarse ya no está de moda. Una sociedad que ensalza la maternidad-paternidad y ha hecho de los hijos (muchas veces únicos) los reyezuelos de la casa. Una sociedad líquida donde amarse para toda la vida parece una quimera o una lotería. Una sociedad laicista que ha visto cómo los templos se han ido vaciando poco a poco.
Una sociedad en la que, sin embargo, y a pesar de todo, el amor sigue «estando de moda», sigue siendo el argumento principal de montones de películas, de los programas del corazón, de novelas y obras de teatro, de libros científicos y divulgativos… Y lo cierto es que las parejas hoy día siguen lanzándose a la aventura de construir un proyecto en común deseando que «lo suyo dure para toda la vida».
En este contexto, y espoleados por el reciente Sínodo de la familia, se busca dar respuesta a cinco preguntas que se corresponden con las cinco partes en las que se ha estructurado el libro:
–¿Qué papel juega el matrimonio en el mundo actual?
–¿Es posible aprender a vivir felizmente en pareja?
–El amor, ¿es eterno o algo efímero que enferma y muere?
–¿Es posible vivir el amor como vocación?
–¿Existe el amor célibe?
Para dar respuesta a estas preguntas hemos optado por ofrecer tres perspectivas diferentes:
–En primer lugar se aborda la perspectiva vital, la que puede ofrecernos gente corriente con sus testimonios.
–A continuación se expone la perspectiva académica, para lo que hemos contado con la colaboración desinteresada de algunos de los más respetados expertos en el ámbito de la sociología, la psicología, el derecho canónico, la pastoral familiar o la vida religiosa.
–Y en tercer lugar mostramos la respuesta que Encuentro Matrimonial ofrece a estas cuestiones, y que lleva cuarenta años difundiendo desde la experiencia del Fin de Semana. Una respuesta que, como se puede descubrir en el texto, se sustenta en la psicología y en la teología, y se construye con la experiencia vital de matrimonios, sacerdotes y consagrados.
Finalmente hemos querido compartir contigo, amigo lector, unos retazos de la historia de Encuentro Matrimonial, una historia de gente anónima que ha ayudado a que nuestro mundo sea hoy un poco mejor que el que nos encontramos hace cuarenta años.
Esperamos que la lectura resulte inspiradora, que descubra cosas sencillas, pero fundamentales, en el mundo de la relación, y que sirva para generar ganas de profundizar en la vida propia. Esperamos que además consiga despertar el interés por una manera diferente de vivir la relación basada en un estilo dialogante que ha marcado las vidas de tantas personas. Sinceramente creemos que así, poco a poco, podremos construir nuestro sueño de ir transformando este mundo.
No queremos terminar esta breve introducción sin agradecer a cuantos han hecho posible la elaboración de este material. En primer lugar, a todos aquellos que no han dudado en aportar, con generosidad y apertura, sus experiencias de vida en forma testimonial, y a Fernando y Adela Vara Sanz, quienes, junto a Bonifacio Fernández, han coordinado y organizado esta parte del libro con cariño, sensibilidad y cercanía.
En segundo lugar, a Fernando Vidal, Virginia Cagigal, Carmen Peña, Pablo Guerrero, Ángel López y Bonifacio Fernández, nuestros autores «expertos», a los que hemos «cazado a lazo» e involucrado en esta aventura, y quienes, quitándose horas de sueño y apretando sus agendas para entregarnos sus aportaciones de manera generosa y desinteresada, comprometida y rigurosa, han puesto su mejor saber y entender en los distintos temas que se han tratado.
Gracias también a los componentes de la Mesa Nacional de Encuentro Matrimonial por el apoyo incondicional a este proyecto. Y, sobre todo, gracias, muchas gracias, a tantos y tantos matrimonios, sacerdotes, religiosos y consagradas que cada día se esfuerzan por vivir su vocación decidiendo amar, apoyándose en el diálogo profundo y siendo testimonio y estímulo con sus vidas para todos aquellos que les rodean. Todos vosotros, santos anónimos, sois una gran razón para seguir creyendo que es posible «amarnos como él nos amó».
Y no se nos olvida, amigo lector, darte también a ti las gracias por asomarte a estas páginas y buscar… pues quien busca encontrará.
JOSICO y SUSANA MATA PRADERA
junto a JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ RUEDA,
coordinadores nacionales de Encuentro Matrimonial
El matrimonio es un estado que a muchos hoy en día no convence.
Para algunos, hombres y mujeres, lo que han vivido en su historia personal les hace buscar esa pareja idílica que pueda llegar a colmar sus sueños de relación y aspiraciones. Y así pasan los años sin importarles mantenerse en su «yo» personal, sin preguntarse si su «soltería» es por vocación, por miedo o por obligación, simplemente viviendo su vida.
Para otros, la meta parece ser llegar a vivir junto a la persona que se ama. Casarse, ¿para qué? No hay necesidad de mayores complicaciones legales que incluso puedan crear ataduras. Nos conocimos y decidimos irnos a vivir juntos. Atrás dejamos nuestro pasado familiar vivido junto a nuestros padres, felizmente casados durante muchos años. No digamos si hemos vivido experiencias negativas de ellos, separaciones, divorcios. Nos amamos, y eso es lo importante.
En cualquier caso, la convivencia no es fácil. Las diferencias se muestran cada vez de forma más radical, y hoy día cada vez se tiene menos en cuenta el vínculo que une a la pareja. Si acaso con alguna dificultad añadida cuando aquel se ha hecho oficial. Al final se llega a un punto en que todos aquellos sueños e ilusiones que nos habíamos hecho al principio de nuestro idilio se hicieron añicos.
Entonces, en esta sociedad individualista en la que casarse no está de moda, ¿hay lugar para el matrimonio? Fernando Vidal, director del Instituto de la Familia de la Universidad Pontificia Comillas, apuesta por la conyugalidad positiva, que es la promoción de las disposiciones y capacidades de los miembros de una pareja para su mutuo cuidado, entrega y desarrollo de un proyecto común. Y para avanzar en esta conyugalidad positiva es imprescindible el desarrollo de programas que la mejoren en nuestra sociedad y que den a las parejas capacidades para cuidarse y progresar.
A este respecto, Encuentro Matrimonial, a través del Fin de Semana, ha aportado a la pastoral de la Iglesia y al mundo de la relación matrimonial y familiar una experiencia de acogida, de acompañamiento y de desafío. Una experiencia que parte de una herramienta de comunicación y de un entorno cuidado para la reflexión y el diálogo para la pareja. No en vano el Fin de Semana de Encuentro Matrimonial ha sido reconocido como un método que ha ayudado a decenas de miles de parejas en todo el mundo durante medio siglo, y es preciso que se desarrolle y extienda a aquellas periferias sociales y existenciales donde pueda prestar servicio a la conyugalidad positiva.
Vivo solo, no encuentro con quién compartir mi vida
DAMIÀ LOIS,
Barcelona
Soy un joven que, a sus 33 años de edad, vive aún soltero, y eso a pesar de que, a lo largo de mi vida, he pasado tanto por etapas de soltería como de emparejado, y, a pesar de considerarme más afín a convivir en pareja, hace casi cuatro años que permanezco en mi estado actual como soltero.
Las experiencias vividas y las elecciones tomadas en el pasado, pienso que son las que determinan nuestro presente y, para entender mi situación actual, creo que será interesante explicaros los últimos diez años de mi vida.
A los 23 años conocí a la que hasta el momento ha sido la mujer de mi vida. Más allá de la belleza y la atracción física, para mí la pareja ha de sumar, no restar. Tiene que ser alguien a quien admires, que te haga ser mejor persona y tu mejor amiga, en quien confíes a ciegas. Durante tres años crecimos juntos como pareja y me enseñó el significado de compartir la vida. Con ella aprendí que una relación pareja no es solo pasar buenos momentos juntos, sino que implica hacer partícipe al otro de todo cuanto forma parte de ti, sobre todo familia y amigos, así como compartir proyectos de futuro, y todo ello sin perder tu propia autonomía y singularidad como persona. Lamentablemente, la mala experiencia del divorcio de su hermana, unido a un accidente de moto que sufrió ella, ocasionó una crisis en nuestra relación que no supimos gestionar. Durante un año estuvimos luchando por reconducir nuestra relación. Por mi parte reflexioné para tratar de ver en qué había fallado e intenté subsanar errores pasados. No obstante, después de darle muchas vueltas, la frustración que supone ser incapaz de hacer feliz a la persona que más amas en el mundo me llevó a tomar la decisión más difícil que he tomado hasta día de hoy. Ante el fracaso de todos mis intentos decidí que lo único que podía hacer para volver a verla feliz era distanciarme y esperar que alguien lo supiera hacer mejor que yo.
Tocado, pero no hundido, le busqué el lado bueno a la ruptura. Al hacer planes de vivir en pareja había dado por perdido poder tener la experiencia de vivir con amigos, con lo cual este fue mi primer gran proyecto como soltero. A finales de 2008 me fui a vivir con tres amigos durante cuatro de los mejores años de mi vida. Cabe decir que la soltería duró más bien poco, pues encontré una buena chica con la que congenié enseguida. Poco a poco, gracias a ella, la herida de mi corazón empezó a cicatrizar y, sin llegar al mismo nivel de la anterior, me volví a enamorar.
A mediados de 2011, con 29 años, acercándome a los 30, mi reloj biológico despertó y empecé a plantearme si estaba capacitado para formar una familia. A nivel económico llegué a la conclusión de que, como la mayoría de españoles, no tenía la solvencia suficiente como para traer un niño al mundo sabiendo que no le faltaría de nada. La segunda reflexión que hice fue preguntarme: «¿Tengo la relación de pareja que deseo?, ¿es esta la mujer de mi vida?». Analicé a fondo mi relación y me di cuenta de que no era lo que quería.
Ella tenía un enamoramiento enfermizo que la llevaba a tener actitudes tóxicas, como no respetar el espacio vital, dejar de ver a sus amigas por estar más tiempo conmigo o hacer chantaje pretendiendo poner la responsabilidad de su felicidad en mis manos. Para mí, una relación de pareja se basa en la igualdad al 50 %. La intenté enseñar mi concepto de relación de pareja y, dado que no lo conseguí, tomé la decisión de cortar, antes de irme a vivir con ella, dejándome llevar por la inercia de la relación y la tendencia de mis amigos de irse a vivir con sus respectivas parejas.
Así fue como, en menos de medio año, pasé de irme a vivir con la novia a quedarme soltero, viendo cómo mis compañeros de piso sí lo hacían con sus respectivas parejas.
El paso siguiente fue fichar a dos amigas, que habían sufrido desengaños amorosos, como nuevas compañeras de piso. Ante este panorama sucumbí a la crisis de los 30, y entre el pánico de quedarme solo y la ilusión de seguir el mismo ritmo de vida de mis amigos empecé a quedar con una chica con muy buen corazón, pero muy diferente a mí.
¡Dos meses! Dos meses es el tiempo que me sirvió para darme cuenta de que no tiene ningún sentido sustentar una relación, basada en el sexo, con alguien a quien no amas. Hay mucha gente que tiene miedo a envejecer sola y se queda con la primera persona que encuentra. Lo respeto, porque yo también tuve ese ataque de pánico, pero creo que es un error muy grande conformarse con una relación que solo cubra las necesidades básicas de tener compañía y sexo, negándote la oportunidad de encontrar el amor que te lleve hasta lo más alto de la pirámide de Maslow por miedo a quedarte solo.
Escarmentado con la experiencia decidí tomarme las cosas con más calma, recuperar mis principios, centrar mi vida en el terreno profesional y cultivar las amistades.
En resumen, con 33 años considero que estoy preparado para afrontar la vida como soltero, aunque me gustaría conocer a alguien que me hiciera ver que «tengo ganas de pasar el resto de mi vida a tu lado». No me apetece estar con alguien simplemente por estar. Por eso, dado que tengo un espacio vital bastante amplio, sé apreciar las ventajas que da la soltería.
¿Casarse? Una historia de «poco a poco»
Mª JESÚS FOMBUENA y SERGIO SOLER,
Valencia
(ocho años viviendo juntos y dos hijos, SERGI y BLANCA)
Teníamos 15 años (Mª Jesús) y 18 (Sergio) cuando nos conocimos en los recreativos del pueblo, un día de las fiestas. Cada uno con sus respectivos amigos. Mientras las chicas, como auténticas quinceañeras, cotilleaban sobre las amigas y las cosas del pueblo, fumando algún cigarrillo de aquellos que vendían sueltos, los chicos jugaban al billar.
Y así, de esa forma tan normal, surgió el flechazo entre nosotros, marcando el inicio de encuentros posteriores.
A partir de aquel momento fuimos buscando instantes para salir juntos, aprovechándolos para hablar y conocernos un poco más. Pasábamos horas en el pub donde Sergio pinchaba música. Bebíamos coca-cola, hablábamos y nos reíamos. Pero también había veces en que discutíamos sobre temas en los que los dos no pensábamos igual. Sin embargo, al final del día, normalmente cuando acompañaba a Mª Jesús a casa, parecía que todo se olvidaba. Y así, poco a poco, nos enamoramos, empezando a recorrer nuestro camino juntos. Un camino que transcurría entre la libertad y la confianza que nos teníamos el uno al otro y que, gracias al amor y la paciencia, nos ha permitido, y nos sigue permitiendo, seguir juntos.
Con el tiempo y paso a paso compramos una casa que íbamos llenando con cada regalo que nos hacíamos. Cosas que colmaban nuestras necesidades y que poco a poco, sin apenas darnos cuenta, nos permitió vivir en ella.
No quisimos que nuestros padres, como era su deseo, nos la compraran. Queríamos ser nosotros quienes lucháramos por ella y, con nuestro salario, poder hacerla realidad. Ahorrábamos para poderla pagar, lo que nos permitía disfrutarla, aunque fuera lentamente. Y cada nuevo elemento que adquiríamos era una nueva ilusión que cobraba vida. Normalmente, cada mes comprábamos algo nuevo.
Y así fueron pasando los años, construyendo un hogar de amor que se colmó de felicidad, primero con la llegada de nuestro hijo Sergi y más tarde con la de nuestra pequeña Blanca.
Es verdad que a veces hemos hablado de casarnos, de formalizar nuestra relación. Sin embargo, debido a nuestras diferencias en la creencia de este vínculo –uno es más escéptico que el otro–, nos ha hecho desistir.
Ambos estamos convencidos de que un hogar se crea con amor, confianza y paciencia, no con la firma de un papel. Y nosotros hemos formalizado nuestra relación con el fruto de nuestro amor y la bienvenida a nuestros hijos, por lo que no creemos que sea indispensable la confirmación oficial en un papel.
Los dos hemos crecido y sido educados con valores del catolicismo en colegios de frailes. Nos consideramos creyentes, aunque no practicantes, y tenemos claro que nuestro deseo es que también nuestros hijos se eduquen en esos mismos valores, humanos y cristianos, como lo hemos sido nosotros.
Nuestros padres también fueron educados en esos valores. Se casaron por la Iglesia y les gustaría –de hecho siempre nos enfocaban a ello– a que también nosotros nos casáramos en su seno. Sin embargo, de momento no lo hemos hecho y no sabemos si algún día lo haremos o no. Pero, si llegáramos a hacerlo, no sería para testificar nuestra unión y nuestro amor, sino por los bienes que la ley otorga a las parejas por esa firma.
Como ya hemos dejado entrever, nosotros no creemos que por no formalizar nuestra relación de esa manera seamos diferentes a tantas parejas que han dado el «sí quiero», pues con nuestro amor hemos construido una familia en la que, por medio de nuestra lucha diaria, intentamos conseguir que nuestros hijos crezcan con un corazón siempre libre, adquiriendo hábitos de disciplina, respeto y amor. Deseamos que el fruto de nuestro amor se refleje en ellos y les sirva para ser fuertes, a fin de que puedan enfrentarse a todo cuanto se les pueda presentar en sus vidas. Decisiones estas que nos hacen sentir tranquilos y confiados en nuestra forma de proceder y movidas únicamente por nuestro amor como pareja y hacia aquellos que han sido fruto del mismo.
Nos queremos, pero no creemos en el matrimonio
XX y XY 1
Somos una pareja que llevamos juntos casi treinta años y queremos comenzar diciendo que no creemos en el matrimonio como tal y nos da igual si está o no de moda. Además creemos que le debería dar igual a todo el mundo. Triste matrimonio nos parece que será el que se plantee hacerlo porque toca o porque lo hagan otros. Creemos que históricamente hemos estado muy condicionados por nuestra educación cristiana y resulta que no era tan bueno que nadie nos dijera cómo teníamos que vivir. Nos parece que debería estar siempre de moda el quererse y el ser queridos, pero no el matrimonio.
El divorcio, aparte del trauma personal que pueda suponer (o no) para las parejas, nos parece un logro social, un derecho inalienable y un alivio en muchas relaciones insatisfactorias. Debería ser incluso más sencillo, y quizá hasta incluso fomentado, pero nos parece que un divorcio libre y gratuito favorecería unas relaciones más sinceras y estables.
La idea del matrimonio indisoluble a nosotros nos parece un dogma muy absoluto que ha hecho (y que quizá sigue haciendo) mucho daño en la sociedad (mujeres maltratadas a las que, por resultarles muy difícil disolver su vínculo matrimonial, se ven condicionadas, legal, económica, social, religiosa o físicamente, a aguantar los malos tratos; machismo; miedos al qué dirán...).
Quizá alguien pueda decir: «Nos queremos, pero no creemos en el matrimonio». Error de concepto. Nos queremos sin peros. No nos apetece casarnos y punto. Habrá a quien no le apetezca y lo haga (conocemos bastantes), quien lo haga condicionado e incluso quien no se quiera y se case. Nos da igual.
Supongo que no se suele plantear esto en términos como: «Nos queremos, pero queremos casarnos», o «Nos queremos, pero creemos en el matrimonio». La reducción al absurdo suele ser un método válido en lógica y en matemáticas.
Nosotros nos conocimos en un grupo de tiempo libre, haciendo reuniones, quedadas, escapadas al monte, etc.
Al poco de conocernos empezamos a intimar, a salir juntos y a estar convencidos de que nuestra pareja ideal era esta. Y seguimos estándolo. En cuanto tuvimos cierta estabilidad económica y la posibilidad de un piso nos fuimos a vivir juntos.
Nosotros soñamos en hacernos viejos juntos, «soportándonos» como hasta ahora, y siendo, como mínimo, tan felices como lo hemos sido hasta el momento.
En cuanto a dificultades reseñables en nuestra relación, la verdad es que no hemos tenido muchas. Nos llevamos bien. Y si hablamos de dificultades de la vida ordinaria, ni esta la hemos tenido muy fácil ni tampoco es que tengamos dificultades superiores a las que podamos ver por ahí. La vida no está fácil para nadie, pero, en particular, nosotros siempre nos hemos considerado muy, pero que muy, privilegiados.
En nuestra pareja, XX tiene mucha precariedad laboral, pero por suerte XY es funcionario y tiene la estabilidad económica y laboral suficiente como para podernos mantener sin mayores problemas.
Como ya hemos apuntado anteriormente, no creemos en el matrimonio, por eso no vemos la necesidad de casarnos. El vivir en pareja lo entendemos como un acto voluntario y, probablemente, imperecedero. Son ya casi treinta años los que llevamos juntos, pero nunca hemos tenido ninguna apetencia ni presión por «sellar» ese vivir en pareja con ningún contrato formal. Rehuimos de los convencionalismos, tanto para bien como para mal. Si nos apeteciera, lo haríamos.
Solo podemos llegarle a ver quizá algún problema jurídico al asunto, pero nada que no vaya a ser de fácil solución (si hay que pasar por un juzgado, se pasa y punto). No nos gustan para nada ni las solemnidades, ni los actos sociales condicionados, ni un prometer cosas para siempre, ni siquiera las promesas en sí.
Quizá otras facetas de la vida necesiten del formalismo de los contratos. Si voy a vender un coche o un piso, lógicamente querré tener garantías de que voy a cobrar; si voy a trabajar para otros, tendremos que firmar un papel lo más clarito posible con los derechos y obligaciones; pero si voy a querer a una persona, el papel solo aporta «materialismo». Nos gusta ser más «trascendentes» en nuestra relación.
Prometer a otro que le vas a querer toda la vida no es que sea una «mentira», pero de eso no podemos ser dueños del todo.
Si estamos a gusto juntos, no necesitamos prometernos nada. Cuando cualquiera de los dos no lo esté, el problema solo tiene que ser afectivo, nada más.
La relación la vivimos como algo íntimo y somos muy celosos de esa intimidad en la misma. Consideramos que prometer algo ante otros no aporta nada a esa intimidad.
Si nos preguntan qué nos distingue de un matrimonio, lo primero sería decir que matrimonios creemos que hay de tantos tipos como parejas. La verdad es que en nuestro entorno hemos visto absolutamente de todo: divorcios traumáticos, personas que se hacen daño, engaños, infidelidades, reconciliaciones, separaciones amistosas, modelos familiares «extraños», parejas homosexuales y hasta matrimonios por conveniencia o parejas unidas solo por la hipoteca.
Nosotros no nos vemos con ninguna superioridad moral o capaces de dar consejos a nadie, ni siquiera porque nuestra pareja haya durado más que otras, ni con ninguna inferioridad porque no estemos formalmente casados. El único consejo que daríamos sería que cada cual debería plantearse las relaciones con la mayor naturalidad posible y hacer lo que le apetezca o le haga feliz en cada momento. Lo que le vale a otros no tiene por qué valerme a mí, ni viceversa, y a veces lo que valía en un momento o espacio no tiene por qué valer en otro diferente.
Ni siquiera nos atreveríamos a recomendar nuestra opción a nadie, pero, de igual forma, y relacionado esto con el mencionado celo de nuestra intimidad, tampoco admitimos consejos al respecto de cómo llevar nuestra relación.
Así es que concluimos diciendo que el hecho de vivir en pareja, sin casarnos, lo vivimos perfectamente. Como hemos dicho, son ya casi treinta años juntos y calculamos otros tantos así. Hemos tenido nuestras dificultades y las tendremos, pero juntos las solemos superar bastante mejor.
Finalmente decidimos casarnos
ESTEBAN y MARISOL NAVARRO-MARTÍNEZ
Valencia
Nos conocimos, hace ahora cinco años, en un curso de autoconocimiento y fue allí dónde –aun sin tenerlo previsto– nos llevamos uno de los regalos más bonitos que nos ha hecho Dios: un otro, una pareja, un esposo, un amante con quien poder compartir nuestra vida, un compañero que nos ayuda a conocernos cada día más y que nos enseña a amar y a permanecer a pesar de las adversidades que a veces entraña la vida en común. Todavía hoy nos sentimos emocionados al recordarlo, pues fue pura Providencia que una amiga nos convenciera para ir a aquel curso, ya que desde entonces no nos hemos separado.
Tras unos años de noviazgo y momentos muy dulces, pero también duros, tomamos la decisión de irnos a vivir juntos.
Esteban: Por aquel entonces, Marisol tenía 28 años y yo 38. Llevábamos saliendo tres años y para mí significaba la oportunidad de conocer más profundamente a Marisol y crecer en intimidad y cercanía con ella. Viví todo el proceso con mucha tranquilidad, porque no era la primera vez que salía de la casa de mis padres, y la nueva situación no generaba demasiado estrés ni en mí ni en mi familia. Me sentía ilusionado por el paso adelante que daba nuestra relación, aunque también sentía los miedos normales ante la posibilidad del fracaso, el abandono y la subsiguiente soledad.
Marisol: Yo, por mi parte lo viví feliz e ilusionada por el paso que daba nuestra relación, pero a la vez ansiosa y estresada por temor a que no funcionara la convivencia. No contribuyó la presión de mis padres, que querían que nos casáramos antes que irnos a vivir juntos, y esto me afectó mucho, pues, por una parte, me sentía culpable por no cumplir sus expectativas y, por otra, enfadada y frustrada por no ser consecuente con la propia necesidad que sentía de casarme.
Teníamos mucha ilusión y ganas de empezar este nuevo proyecto, si bien durante la convivencia surgieron inevitables roces que escondían la necesidad de decidir cuál sería nuestro proyecto de vida en común, hacia dónde iba nuestra relación, qué papel desempeñábamos en ella. Aparentemente estábamos bien. Íbamos «tirando», pero era cómo si pasáramos el tiempo sin afianzar pilares sólidos y sin tomar decisiones trascendentales sobre nuestro futuro en común. Pasaban los días y nosotros, de puntillas, dilatábamos la toma de decisiones. Evitábamos la responsabilidad principalmente por el miedo que supone ser dependiente emocionalmente de un otro.
Cuando vivimos el Fin de Semana de Encuentro Matrimonial acabábamos de empezar a vivir juntos. Necesitábamos un espacio para compartir y aclarar ideas con respecto a nuestra relación y el finde se presentó como la oportunidad perfecta para ello. Durante aquellas casi 48 horas tuvimos la oportunidad de dialogar sobre nuestros miedos y dudas y de dar luz a facetas de nosotros mismos que permanecían ocultas. Las emociones afloraron y, tras sentirnos tristes y abatidos por nuestra imposibilidad para expresar abiertamente nuestras necesidades, nos dimos cuenta de algunos hechos fundamentales para nuestras vidas, como era que habíamos tomado la decisión de seguir amándonos, que los dos teníamos necesidad de vivir en mutua pertenencia y que teníamos que construir un hogar seguro en el que poder sentirnos libres y queridos.
Estamos convencidos de que los meses posteriores el Espíritu sopló y fue trenzando el plan que Dios tenía preparado para nosotros, pues, sin saber muy bien cómo, algo se movió dentro y decidimos dar el paso de comprometernos de manera más profunda ante Dios y ante la comunidad: decidimos contraer matrimonio. Queríamos recibir la especial bendición y protección que creemos brinda este sacramento.
Al principio teníamos dudas y reticencias sobre su significado. ¿Para qué? ¿Qué más da, si ya estamos viviendo juntos? ¿Cómo pueden cambiar nuestras vidas? Sin embargo, dar el «sí quiero» fue uno de los momentos más emocionantes y felices de nuestras vidas. Podemos decir que ambos nos sentíamos pletóricos. Una vez tomamos la decisión de contraer matrimonio, los nervios y la ilusión nos acompañaron hasta el día del enlace. ¡Qué día! Cuando la unión se produjo, experimentamos muchísima plenitud y gozo, estábamos desbordados de emoción. Vivimos la ceremonia como a cámara lenta. Fue maravilloso. Sentimos profundamente la presencia de Dios en nuestras vidas y en nuestra pareja. Nos sentimos pletóricos, completos. Nos encantó también ver cómo nuestras familias y amigos se unían a nuestra alegría e ilusión. Ese día quedó grabado en nuestra memoria y el paso del tiempo no hará más que adornarlo y hacerlo más hermoso.
Los días siguientes nos sentimos excitados, felices, en paz, unidos profundamente, bendecidos por Dios y nuestra Madre María. Sentimientos que, sinceramente, perduran hasta el día de hoy. Ya ha pasado un año desde que nos casamos y podemos afirmar, sin dudar, que nos volveríamos a casar cada día.
Algo que parecía un trámite que cubrir se ha convertido en el motor que mantiene encendida la llama de nuestro amor. Hemos formado un «hogar» al que podemos volver cada día y desde donde queremos contribuir al mundo. Hemos echado raíces. Recibir el sacramento del matrimonio nos ha llenado de energía renovada y ha hecho que nuestro vínculo sea más fuerte y seguro.
Por si esto no fuera suficiente, nuestro amor se ha visto colmado con un fruto maravilloso: nuestra pequeña bebé, ahora de dos meses y medio de edad. Un pequeño milagrito que nos recuerda cada día lo generoso que es Dios y lo mucho que nos ama al regalarnos la posibilidad de sentir un amor tan grande por una persona tan pequeñita. Ahora ya somos una familia de tres, un mininúcleo del que nos sentimos parte imprescindible.
La paternidad también nos ha hecho sentirnos más cerca de nuestras familias de origen. Entender cómo nos amaron nuestros padres cuando nosotros vinimos al mundo, tan necesitados, nos estremece e impacta al mismo tiempo, sobre todo ahora que somos nosotros los que experimentamos tanto amor por nuestra pequeña. ¡Qué diferente es ser padre de ser hijo! Y ¡qué agradecidos nos sentimos hacia nuestros padres por sus cuidados y amor! Las discusiones, enfados, todos los comportamientos que veíamos incorrectos en nuestros padres, ya no nos enfurecen, al contrario, nos damos cuenta de que lo hicieron lo mejor que pudieron. ¡Cómo cambia la situación!, ahora somos nosotros los que tenemos que asumir la responsabilidad de nuestros actos frente a nuestra hija, a la que amamos con todo nuestro corazón.
La vida nos ha cambiado mucho –y lo que queda por llegar–. Tenemos más responsabilidad, lo que hace que nos sintamos más presionados y ansiosos; por eso intentamos, siempre que podemos, buscar momentos para compartir nuestros sentimientos, angustias, miedos, ilusiones y nuestra fe; además de un ratito para recordar el compromiso que asumimos de amarnos y respetarnos, de manera que juntos podamos afrontar mejor lo que venga.
La fe es lo que nos queda para relajarnos en este período de cambios. Ha sido clave en toda nuestra historia, pues confiar que Dios provee y que nos ha mantenido en el camino hasta hoy nos hace sentir calmados. Creemos que él tiene un plan para nosotros como familia, y, a pesar de que sinceramente todavía no sabemos cuál es, tenemos la certeza de que lo encontraremos, pues Dios siempre se manifiesta.
Podemos afirmar que él tocó nuestros corazones para que decidiéramos unirnos en matrimonio, y desde entonces nos acompaña en el camino de manera más real, más encarnada, a través de nuestro cónyuge, y ahora también de nuestra hija. Y en esta tarea nos encontramos en estos momentos, en cuidar de nuestra pequeña, que es pura necesidad, y en el tiempo restante en amarnos de la mejor manera posible, pues lo importante es amar y permanecer en el amor.
FERNANDO VIDAL 1
La conyugalidad positiva es la promoción de las disposiciones y capacidades de los miembros de una pareja para su mutuo cuidado, entrega y desarrollo de un proyecto común. Es imprescindible el desarrollo de programas que la mejoren en nuestra sociedad y que den a las parejas capacidades para cuidarse y progresar. La conyugalidad es una pieza crucial en el nuevo paradigma de la sociedad de los cuidados, porque es donde se generan y prestan gran parte de los cuidados más importantes. La pareja es la más importante comunidad de cuidados mutuos entre adultos. La pareja se encuentra en un nuevo ciclo que le da mayor relieve cultural e institucional, pero se necesitan apoyos para hacerla posible en un entorno muchas veces individualizador y utilitarista. Entre esas herramientas, Encuentro Matrimonial ha sido reconocido como un programa que ha ayudado a decenas de miles de parejas en todo el mundo durante medio siglo, y es preciso que se desarrolle y extienda a aquellas periferias sociales y existenciales donde pueda prestar servicio a la conyugalidad positiva.
1. La pareja, pieza primordial de la sociedad de los cuidados
¿Cuánta gente tiene pareja?
Según el CIS 2, en España un 53,9 % de los mayores de 18 años está casado, el 10,8 % convive con otra persona como pareja de hecho, el 8,9 % tiene pareja, pero no convive con ella, y el 24,9 % no tiene pareja (el 1,4 % no contesta). Es decir, que tienen pareja casi tres cuartos de los españoles (73,6 % de los mayores de 18 años). La pareja es una pieza primordial de la sociedad de los cuidados no solo porque se cuiden uno al otro, sino porque son el principal agente de la solidaridad entre generaciones (cuidan a sus menores y mayores), porque constituyen hogares, que son la célula básica que construye barrio, y porque suelen ser mayoritariamente el centro de la comunidad doméstica en la que se basa la economía.
¿Cómo nació la ética del cuidado?
Las tendencias en politología han recibido el impacto de la ética del cuidado. Esta surge como uno de los frutos de la fenomenología. 1) Por un lado se basa en la fenomenología personalista, que pone el énfasis en que la persona es la escala de todas las cosas. Contra otros enfoques modernos centrados en el Estado o el sistema, el personalismo de Mounier propone una construcción social y política que tiene en cada persona su medio y fin. Todas las cosas se deben al servicio a cada persona y deben tener esa escala personal. Huye del maquinismo, que hizo de los Estados, mercados, ideologías, naciones, bloques, empresas, religiones, ejércitos o fábricas, sujetos de la sociedad. Esos son solo instrumentos funcionales al servicio del único sujeto de la sociedad, que es la persona. 2) Por otro lado, la fenomenología de la alteridad –muy vinculada al personalismo– presenta a cada otro como una unidad inviolable e inclasificable en sus últimos términos, un misterio al que uno solo se puede acercar con respeto, humildad y atención. Relacionarse con el otro es recibirlo como a un huésped, y las responsabilidades respecto a él son ilimitadas, sostendrá Lévinas.
¿Por qué el cuidado va más allá de los derechos?
Esas claves de personalismo, hospitalidad, respeto, atención y servicialidad se encuentran en la base de la perspectiva que ha puesto al cuidado como un activo para reconstruir las relaciones sociales y políticas. Hay detrás la conciencia de que corporaciones e ideologías han pasado por encima de las personas en demasiadas ocasiones; hartazgo por los excesos cometidos contra las personas por parte de causas, intereses o ideas que consideraban que, hegelianamente, se podía sacrificar a las personas, que eran solo medios. Demasiadas veces se han violado los derechos de las personas por no considerar que el primer principio es la inalienabilidad de la dignidad humana de cada persona. La perspectiva de los cuidados va más allá de los derechos de las personas: busca en clave de responsabilidad una atención minuciosa a esa persona, a sus necesidades. No es solo una fría funcionalidad, sino que la ética del cuidado valora la cordialidad, el amor invertido, la entrega al otro, las disposiciones positivas aportadas por quien cumple la función –y que siempre incluye elementos de gratuidad en el modo en que se ejerce–, la ternura y el detalle.
¿Qué corrientes han influido en la perspectiva del cuidado?
Recoge el énfasis en la ética de las pequeñas cosas, la cual da importancia no solo a los grandes gestos y discursos, sino sobre todo a aquellos hechos de pequeña escala que son objeto de un gran aprecio de las personas, aunque pasen inadvertidos por los sistemas. La reivindicación del desarrollo a escala humana que hicieron los chilenos Artur Manfred Max Neef y Antonio Elizalde también propone una reconstrucción de la comunidad política y el sistema de servicios públicos desde la personalización y la perspectiva de sus comunidades. Otras reflexiones han ido convergiendo con la perspectiva del cuidado. Por solo citar un ejemplo, el movimiento de la lentitud, surgido en la Italia de los años 1980 como reacción a la comida rápida (Carlo Petrini, 1986) y que luego se ha expandido a un estilo para el resto de aspectos de la vida (Carl Honoré), nos habla de qué velocidad de vida es respetuosa con la vida sana y equilibrada de las personas. Examina la aceleración de los sistemas y el modelo temporal como un «maquinismo» que aplasta a las personas y hace sus vidas estresadas e insostenibles. El modelo de los cuidados también se nutre de la psicología positiva, que reconoce la importancia de aspectos como la gratitud, la ternura, el amor, el perdón, la amabilidad, la compasión, la amistad y cordialidad, la gratuidad, la escucha o la atención para la salud y la felicidad. Se relaciona directamente con la filosofía comunitarista, que en la voz de Robert Bellah hablaba de Los hábitos del corazón (1985). Son elementos fundamentales en la experiencia de las personas reales en la vida cotidiana, pero asombrosamente olvidados o ignorados por los sistemas con que se constituyen y gestionan centros, políticas o programas.
¿Por qué el feminismo ha hecho importante el cuidado?
El medio ambiente converge con el urbanismo al pensar las ciudades, y en el siglo XXI se ha girado para poner en el centro de la reconstrucción urbana el barrio y el vecinalismo, muy ligado a la perspectiva de los cuidados. También aporta otra dimensión crucial de la perspectiva de los cuidados: la integralidad. La consideración integral de la persona y sus comunidades, el cuidado con aquello que permanece oculto a la mirada burocrática y funcionalista, es uno de los primeros pasos de la mirada ecológica. La salud y la atención social se ha reconfigurado desde la bioética de los cuidados (véase el largo trabajo realizado por la Fundación Humanizar), pero quizá fue el movimiento feminista el que ha puesto la ética del cuidado en lo más alto de las agendas. La tradición feminista ha incorporado los cuidados como un elemento central de la tradición que las mujeres han forjado por su papel en las familias, los vecindarios y la comunidad. El feminismo ha recuperado esa praxis del cuidado y la ha generalizado como un factor para reconstruir una sociedad más feminizada y, por ende, más humana.
¿Por qué se ha expandido tanto el paradigma del cuidado?
La ética del cuidado interpela a los fríos sistemas construidos desde el funcionalismo, que esquematizan a las personas y las tratan como unidades reemplazables. Por el contrario, la lente del cuidado ve a cada persona como única, con un conjunto de singularidades y necesidades que requieren adaptarse a él. Así, corrige la fuerte tendencia a la estandarización de los sistemas y los reconstruye de modo que se puede adaptar flexible y personalizadamente a cada individuo. Esa personalización impacta no solo en el mejor trato, sino en la eficacia del tratamiento y la atención profesional. La ética de los cuidados ha ido expandiendo su aceptación y su utilidad para reconstruir los servicios públicos, los métodos y hasta el propio modelo de comunidad política. Un elemento progresivamente relevante para la reforma de las políticas sociales ha sido la proximidad, hasta el punto de que muchas de ellas se conciben como servicios de proximidad y servicios a la persona. La ética de los cuidados también se relaciona estrechamente con el cuidado del medio ambiente, y esa atención no es meramente técnica, sino que implica plenamente el factor humano, con su carga de ternura, amabilidad, mimo, cariño, amor, pasión, gratitud, humildad, etc. El cuidado está siendo una idea tan transversal y de tanto alcance que bien podría ser la clave para un nuevo paradigma de bienestar, la sociedad de los cuidados.
¿Qué es la ciudad de los cuidados?
De esa forma se ha llegado a concebir el modelo de sistema social como la sociedad de los cuidados, como por ejemplo ha sido formulado por Javier Barbero 3 –psicólogo clínico de la Universidad Pontificia Comillas– como «la ciudad de los cuidados» –aplicado al modelo que ha establecido para Madrid–. En torno a 2013 se constituyó un grupo de trabajo entre ciudades –liderado por Johannesburgo y Glasgow– alrededor de la idea Caring Cities
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